REFLEXIÓN PARA EL MARTES DESPUÉS DE EPIFANÍA 08-01-19

Juan continúa dominando la primera lectura de la liturgia para este tiempo. La primera lectura de hoy (1Jn 4,7-10), que parece un trabalenguas, es tal vez el mejor resumen de toda la enseñanza de Jesús: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados”.

El amor de Dios, y la identidad del Amor con Dios es el tema principal de Juan; nunca se cansa de insistir. Pero en esta lectura va más allá; entrelaza el tema del amor con el misterio de la Encarnación, unida a la vida, muerte y resurrección de su Hijo. De ese modo el amor no se nos presenta como algo espiritual, ideal, sino como algo real, palpable, histórico, con contenido y consecuencias humanas.

“Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”, nos dice san Juan. Nuestro amor es producto del Amor de Dios, de haber “nacido de Dios”. Si permitimos que ese Amor haga morada en nosotros, no tenemos más remedio que amar; amar con un amor que participa de la naturaleza del Amor divino. Por eso amando al prójimo amamos a Dios y seguimos creciendo en el Amor. Es un círculo que no termina. Alguien ha dicho que el amor es el único don que mientras más lo repartes más te sobra.

Y eso es precisamente lo que vemos en la lectura evangélica de hoy (Mc 6,34-44), el pasaje de la “primera multiplicación de los panes”. Un milagro producto de la gratuidad del amor. Al caer la tarde los discípulos le sugieren a Jesús que despida la gente para que cada cual resuelva sus necesidades de alimento. La reacción de Jesús no se hace esperar: “Dadles vosotros de comer”. Ya anteriormente Marcos nos había dicho que Jesús se había compadecido de la gente porque andaban “como ovejas sin pastor”, lo que le motivó a “enseñarles con calma”. Tenían hambre; no hambre material, sino hambre espiritual. Jesús se la había saciado con su Palabra. Ya el rebaño tiene Pastor. El Pastor tiene que procurar alimento para su rebaño. Llegó el momento del alimento, de la fracción del pan. “Dadles vosotros de comer”.

Vemos en esta perícopa evangélica una prefiguración de la celebración Eucarística, en la cual nos alimentamos primero con la Palabra de Dios para luego participar del Banquete Eucarístico. Es lo que la Iglesia, sucesora de los apóstoles sigue haciendo hoy. Y todo producto del Amor de Dios, que quiso permanecer con nosotros bajo las especies eucarísticas.

Hoy, pidamos al Señor por los ministros de Su Iglesia, para que continúen pastoreando Su rebaño, y alimentándolos con el Pan de Su Palabra y el Pan de la Eucaristía.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO 05-01-19 DENTRO DEL TIEMPO DE NAVIDAD

La liturgia continúa brindándonos el primer capítulo del Evangelio según san Juan. Recordemos que Juan es quien único nos narra con detalle esta vocación de los primeros discípulos, pues fue el que la vivió. De hecho, Juan es el único evangelista que nos presenta los tres años de la vida pública de Jesús. Los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) centran su narración en el último año. El pasaje de hoy (Jn 1,43-51) nos narra la vocación (como habíamos dicho en reflexiones anteriores, vocación quiere decir “llamado”) de Felipe y Natanael (a quien se llama Bartolomé en los sinópticos).

La narración comienza con un gesto de Jesús que reafirma su humanidad; nos dice que Jesús “determinó” (otras traducciones usan el verbo “decidió”) salir para Galilea. Un acto de voluntad muy humano, producto de escoger, decidir entre dos o más alternativas. Juan continúa presentándonos el misterio de la Encarnación.

Inmediatamente se nos dice que Jesús “encuentra a Felipe y le dice ‘Sígueme’”. Una sola palabra… La misma palabra que nos dice a nosotros día tras día: “Sígueme”. Una sola palabra acompañada de esa mirada penetrante. De nuevo esa mirada… Cierro los ojos y trato de imaginármela. Imposible de resistir; no porque tenga autoridad, sino porque el Amor que transmite nos hace querer permanecer en ella por toda la eternidad. Es la mirada de Dios que nos invita a compartir ese amor con nuestros hermanos, como nos dice San Juan en la primera lectura de hoy (1 Jn 3,11-21): “Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros”, y no “de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”.

Felipe se ha sumergido en la mirada de Dios y se ha sumergido en el Amor que transmite. Y ya no conoce otro camino que el que marcan sus pasos. Y al igual que en el pasaje inmediatamente anterior a este, en el que veíamos cómo Andrés, al encontrar a Jesús se lo dijo a su hermano Simón y lo llevó inmediatamente ante Él, hoy se desata el mismo “efecto dominó”. Felipe no puede contener la alegría de haber encontrado al Mesías, y se lo comunica a Natanael: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret”. Trato de imaginar la alegría reflejada en su rostro y me pregunto: Cuando yo hablo de Jesús, ¿se nota esa misma alegría en mi rostro? Natanael se mostró esquivo, le cuestionó si de Nazaret podría salir algo bueno. Pero Felipe no se dio por vencido, le invitó a seguirle para que viera por sí mismo: “Ven y verás”. La certeza que proyecta el que está seguro de lo que dice, convencido de lo que cree. Y me pregunto una vez más, ¿muestro yo ese mismo empeño y celo apostólico cuando me cuestionan si lo que yo digo de Jesús es cierto? Para ello tengo que preguntarme: ¿Estoy convencido de haber encontrado a mi Señor y Salvador?

Hace unos días celebrábamos el nacimiento de aquél Niño, que en la lectura de hoy vemos convertido en ese hombre que provoca estas reacciones en aquellos a quienes llama. Ese mismo nos hace una promesa si creemos en Él: “Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.

Mañana celebraremos la Epifanía, la manifestación de Dios al mundo entero. Pidamos al Señor que nos permita convertirnos en una manifestación de su poder y gloria, pero sobre todo de su Amor a todo el que se cruce en nuestro camino.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES 03-01-19 DENTRO DEL TIEMPO DE NAVIDAD

Durante este tiempo de Navidad la liturgia continúa proponiéndonos el comienzo del Evangelio según san Juan, cuya lectura comenzamos el pasado 31 de diciembre con el testimonio de Juan el Bautista (1,1-18): “Éste es de quien dije: ‘El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo’”.

Luego de un paréntesis para celebrar la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, ayer retomamos la lectura con los versículos 19-28 en donde veíamos la “investigación” por parte de las autoridades religiosas sobre la identidad de Juan el Bautista y el Mesías. Confrontado por las autoridades, Juan aclara que él no es el Mesías, que él es meramente el precursor, el heraldo que ha venido a preparar al camino para Aquél de quien dice: “no soy digno de desatar la correa de su sandalia”.

Hoy vemos cómo el texto (Jn 1,29-34) ha ido progresando hasta culminar con el encuentro. Pero no es Juan quien va hacia Él, es Cristo quien viene hacia él: “al ver Juan a Jesús que venía hacia él…” En ese momento, Juan profiere inmediatamente la declaración que había estado soñando durante toda su vida: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Su misión principal había culminado (Cfr. Lc 1,76-79).

Esta última frase de Juan encierra todo el misterio de la Encarnación que hemos estado contemplando durante el tiempo de Navidad, pues explica el propósito de Dios al enviar a su Hijo a “acampar” entre nosotros. Los israelitas ofrecían corderos en sacrificio por la expiación de sus pecados. Inclusive los sacerdotes ofrecían sacrificio por sus propios pecados antes de hacerlo por los demás (Hb 9,7). Al identificar a Jesús como el “Cordero de Dios”, Juan nos apunta al destino que esperaba a Jesús, a quien el mismo Dios habría de ofrecer en sacrificio por los pecados de toda la humanidad; por los tuyos y los míos.

Es decir, Cristo no es el cordero que los hombres ofrecen en sacrificio en el Templo para que Dios perdone sus pecados, sino el Cordero elegido por Dios para quitar los pecados del mundo. Como nos dice el autor de la carta a los Hebreos: “Él comienza diciendo: ‘Tú no has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios’, a pesar de que están prescritos por la Ley. Y luego añade: ‘Aquí estoy, yo vengo para hacer Tu voluntad’. Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre” (Hb 10,8-10).

Ese sacrificio es el que permite que el apóstol diga en la primera lectura de hoy (1Jn 2,29; 3,1-6): “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. Todo comenzó en Nazaret, se concretizó en Belén, y culminará en Jerusalén. Y fue por amor… Y ese amor de Dios debe ser el motivo de nuestra alegría durante ese tiempo de Navidad, y todas nuestras vidas.

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 28-10-18

“Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Así finaliza el Evangelio que nos propone la liturgia para hoy, trigésimo domingo del Tiempo Ordinario (Mc 10,46-52).

“Maestro, que pueda ver”. Una frase tan directa y sencilla como profunda y compleja, pues encierra un cambio radical en la vida de aquél hombre; una vida nueva. Pasar de las tinieblas a la luz, de la dependencia a la autosuficiencia, de la tristeza a la alegría, de la baja autoestima a la plena realización.

“Maestro, que pueda ver”. Somos tantos los ciegos que andamos vagando por el mundo de las tinieblas sin alcanzar a ver la luz… Porque a veces la verdadera ceguera no es la ceguera física, sino la ceguera espiritual; esa que nos impide ver el rostro de Jesús. ¡Cuántas veces le pasamos por al frente, o Él pasa a nuestro lado y no lo reconocemos!

“Maestro, que pueda ver”. ¡Cuán distinta sería nuestra vida si lográramos ver el rostro de Jesús; el de Ése que nos ama tanto que dio su vida por nosotros! No lo podemos ver porque nuestros ojos están cubiertos por las “escamas” de nuestros pecados, nuestros orgullos, nuestro egoísmo, nuestra hipocresía, nuestra falta de fe.

“Maestro, que pueda ver”. Si abrimos nuestros corazones al amor de Dios que se derrama sobre nosotros y que se llama Espíritu Santo, esas “escamas” se disolverán y caerán de nuestros ojos, y comenzaremos a ver, como le ocurrió a Saulo de Tarso (Cfr. Hc 9,18), y a Bartimeo en el pasaje evangélico de hoy. Cuando aquél hombre recuperó la vista lo primero que vio fue el rostro de Jesús. Del mismo modo nosotros, una vez recuperemos la vista del alma, el primer rostro que veremos será el rostro de Jesús reflejado en el rostro del hermano más próximo, especialmente el más necesitado (Cfr. Mt 25,37-40). Entonces, al igual que Bartimeo, seguiremos tras los pasos de Jesús. Y la luz de su rostro apartará toda tiniebla de nuestra vida, como lo será en el último día (Cfr. Ap 22,5).

“Maestro, que pueda ver”. Que esa sea nuestra petición al Señor en este, su día. Y si lo hacemos con la fe de Bartimeo, Jesús nos dirá: “Anda, tu fe te ha curado”.

Que pasen todos un hermoso día en la Paz del Señor. No olviden visitar la Casa de aquél que es la luz del mundo (Jn 8,12).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 17-10-18

En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Lc 11,42-46), Jesús continúa su condena a los fariseos y doctores de la ley, lanzando contra ellos “ayes” que resaltan su hipocresía al “cumplir” con la ley, mientras “pasan por alto el derecho y el amor de Dios”. Jesús sigue insistiendo en la primacía del amor y la pureza de corazón por encima del ritualismo vacío de aquellos que buscan agradar a los hombres más que a Dios o, peor aún, acallar su propia conciencia ante la vida desordenada que llevan. Todos los reconocimientos y elogios que su conducta pueda propiciar no les servirán de nada ante los ojos del Señor, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, por encima de las apariencias (Cfr. Salmo 138; 1 Sam 16,7).

Así, critica también inmisericordemente a aquellos a quienes les encantan los reconocimientos y asientos de honor en las sinagogas (¡cuántos de esos tenemos hoy en día!), y a los que estando en posiciones de autoridad abruman a otros con cargas muy pesadas que ellos mismos no están dispuestos a soportar.

El Señor nos está pidiendo que practiquemos el derecho y el amor de Dios ante todo; que no nos limitemos a hablar grandes discursos sobre la fe, demostrando nuestro conocimiento de la misma, sino que asumamos nuestra responsabilidad como cristianos de practicar la justicia y el derecho, que no es otra cosa que cumplir la Ley del amor. De lo contrario seremos cristianos de “pintura y capota”, “sepulcros blanqueados”, hipócritas, que presentamos una fachada admirable y hermosa ante los hombres, mientras por dentro estamos podridos.

Somos muy dados a juzgar a los demás, a ver la paja en el ojo ajeno ignorando la viga que tenemos en el nuestro (Cfr. Mt 7,3), olvidándonos que nosotros también seremos juzgados. Es a lo que nos insta san Pablo en la primera lectura de hoy (Gál 5, 18-25 2,1-11) cuando nos dice: “Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu.”.

A partir del Año del Jubileo Extraordinario de la Misericordia proclamado por el papa Francisco hace dos años, él nos ha estado invitando a todos, al pueblo santo de Dios que es la Iglesia, a poner el énfasis en la misericordia por encima de la rigidez de las instituciones, de los títulos y la jerarquía. La Iglesia del siglo XXI ha de ser la Iglesia de los pobres, de los marginados. De ellos se nutre y a ellos se debe. Y para lograrlo no hay que reinventar la rueda, lo único que se requiere es leer y poner en práctica el Evangelio de Jesucristo y los documentos del Concilio Vaticano II.

Siempre que pienso en la Iglesia de los pobres vienen a mi mente las palabras que el Espíritu Santo puso en boca del Cardenal Claudio Hummes cuando le dijo al entonces Cardenal Bergoglio al momento de ser elegido como Papa: “No te olvides de los pobres”; frase que dio origen al nombre papal que este escogió.

Hoy, pidamos al Señor nos conceda un corazón puro que nos permita guiar nuestras obras por la justicia y el amor a Dios y al prójimo, no por los méritos o reconocimiento que podamos recibir por las mismas.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 26-09-18

La lectura evangélica que nos propone la liturgia de hoy (Lc 9,1-6), nos narra el “envío” de los doce, que guarda cierto paralelismo con el envío de “los setenta y dos” que el mismo Lucas nos narra más adelante (Lc 10,1-12). En ambos relatos encontramos unas instrucciones para la “misión” casi idénticas. En la de los doce que contemplamos hoy nos dice: “No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto”. A los setenta y dos les dirá: “No lleven dinero, ni alforja, ni sandalias…” La intención es clara; dejar atrás todo lo que pueda estorbarles en su misión. La verdadera pobreza evangélica.

Es de notar que en ambos casos la “misión” es la misma: el anuncio del Reino, que fue precisamente la misión de Jesús. “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Esa es la gran misión de la Iglesia, anunciar al todo el mundo la Buena Nueva del Reino, dando testimonio del amor de Dios. Y de la misma manera que Jesús abandonó Nazaret dejándolo todo, eso mismo instruye tanto a los apóstoles como a los setenta y dos.

Aunque hay ciertas variantes entre ambos envíos, nos concentraremos en las citadas “instrucciones” a ambos grupos; instrucciones que son de aplicación a todo discípulo, incluyéndonos a nosotros. Ese “dejarlo todo”, incluye las cosas “básicas” a las que estamos acostumbrados, por las cuales hemos creado dependencia, pero que si analizamos en el fondo, son necesidades creadas por nosotros mismos, que llegan a convertirse en un lastre, en un estorbo para seguir a Jesús. Dejar atrás todo lo que nos ata, como hizo Mateo cuando Jesús le dijo “sígueme”, es la prueba del verdadero discípulo que confía en la Divina Providencia, y nos evoca la vocación de los primeros apóstoles, quienes “abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11). “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?” (Mt 6,26).

Una de las características del verdadero discípulo es la libertad. Y esa libertad solo es posible cuando nos desprendemos de todo. Si nada tenemos, nada tememos perder. Por tanto, no tendremos preocupaciones que nos impidan concentrarnos totalmente nuestra misión. Piénsalo; desde el momento que tienes una “posesión”, o dependes de algo, tienes la preocupación de perderla. Solo el que ha tenido la experiencia de perderlo todo, al punto de no ser dueño ni tan siquiera de la ropa que lleva puesta, sabe a lo que me refiero.

Si creemos en Dios y le creemos a Dios, sabemos que cuando Él nos encomienda una misión siempre va a permanecer a nuestro lado, acompañándonos y proporcionándonos las fuerzas y los medios para cumplirla (Cfr. Ex 3,12; Jr 1,8). Por eso el verdadero discípulo no teme enfrentar la adversidad. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31).

Hoy, pidamos al Señor que nos permita liberarnos de todo equipaje inútil que pueda estorbar u opacar la misión a la que hemos sido llamados, de anunciar la Buena Noticia del Reino y el Amor de Dios.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 19-09-18

En la primera lectura de ayer (1 Cor 12,12-14.27-31a) san Pablo nos exponía su criterio sobre los distintos carismas, y cómo cada uno se ellos es necesario para el buen funcionamiento de la Iglesia. En la lectura de hoy (1 Cor 12,31-13,13) nos presenta el imperativo que le da sentido y coherencia a esa diversidad de dones que nos mencionaba ayer: el amor. En este pasaje, conocido como “himno al amor”, Pablo nos plantea que sin ese elemento del amor, los carismas dejan de serlo, pierden su sentido, se convierten en meros actos mecánicos que, a lo sumo, podrían catalogarse de filantropía; algo así como la oración hueca, ritualista, que Jesús criticaba a los fariseos.

Mientras algunas versiones de la Biblia utilizan la palabra “amor”, otras utilizan “caridad”. Lo cierto es que ambas podrían prestarse a malas interpretaciones. La palabra utilizada por Pablo es agapé, que tiene un significado más profundo (Cfr. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est). A diferencia del “amor-eros”, que está más relacionado con el “amor-deseo” o el “querer”, el “amor-agapé” es el “amor-don”, es el amor que se manifiesta en la entrega, en la capacidad de sacrificarse por el ser amado para su felicidad.

Se trata de ese amor que el mismo Pablo nos describe con adjetivos precisos: “El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca” (ver. 4-8a). Es el amor de madre, que a su vez es reflejo del amor de Dios. Es el amor plasmado en las Bienaventuranzas. No dudo que al describir todas las cualidades del amor, Pablo estuviera describiendo la persona de Jesús.

Si analizamos la doctrina de Jesús, podemos concluir que toda ella gira en torno al amor, se nutre de él, se concretiza en él. El amor es el “pegamento” que mantiene unida toda la enseñanza de Jesús. Si lo removemos de la ecuación, todo se viene abajo, pierde su forma, su sentido. “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35).

Pablo finaliza recalcando que aún los más grandes carismas son limitados, pasarán, acabarán “cuando llegue lo perfecto”. Lo cierto es que cuando finalmente veamos cara a cara a Dios, ya no necesitaremos de la fe, porque le estaremos viendo; tampoco necesitaremos la esperanza, porque ya estaremos disfrutando del Reino de los cielos y la vida eterna como felicidad nuestra. Solo el amor nos bastará, pues estaremos amando y dejándonos arropar por el infinito amor de Dios. Eso es el “cielo”.

Hoy, pidamos al Señor, fuente de todo amor, que nos conceda la gracia de que el amor sea una parte tan importante e imprescindible de nuestra identidad como cristianos, que todas nuestras obras estén motivadas por el amor.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA 30-08-18

Reconstrucción facial de santa Rosa de Lima basado en su cráneo utilizando las más modernas técnicas forenses

Hoy celebramos la Fiesta de Santa Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, patrona de América, India y Filipinas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla, contenidas en el segundo gran sermón (también llamado “discurso parabólico”) de Jesús, en el cual nos presenta siete parábolas del Reino:

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Si examinamos estas dos cortas parábolas, tienen un elemento en común: la alegría desbordante de ambos personajes al encontrar el tesoro y la perla, respectivamente. Porque esa es la característica esencial de Evangelio, del anuncio de la Buena Noticia de Reino que se plasma en las Bienaventuranzas. Así, Jesús llama “bienaventurados”, “dichosos”, “felices”, a los que practican las bienaventuranzas. Se trata de la alegría de haber tenido un encuentro personal con Jesús, y haber sentido ese torrente de amor que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Es la verdadera “alegría del cristiano”, la alegría de haber encontrado a Jesús y darle cabida en nuestras almas, descubriendo en nuestras propias vidas la acción de Dios.

Es la alegría que nos permite sonreír en medio de la tribulación, de las persecuciones, los insultos, las pruebas, con la certeza de que Dios nos ama y habrá de hacer buen la promesa de Vida eterna, lo que san Pablo llama “‘la feliz esperanza’ que llena y alegra nuestras almas mientras esperamos confiadamente ‘la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo’” (Tit 2,13).

Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, del verdadero seguidor de Jesús, no hay nada más valioso que los valores del Reino; tanto que tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. Y su promesa es generosa, “el ciento por uno” en el presente, y “la vida eterna” en el mundo venidero (Mt 19,27-39; Mc 10,28-31; Lc 18,28-30). Para el que ha encontrado ese “Tesoro”, ya nada más importa.

Rosa de Lima encontró ese gran tesoro que es el Amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 25-08-18

El relato evangélico correspondiente a la liturgia de hoy (Mt 23,1-12) es el preámbulo de las “siete maldiciones” que Jesús lanza contra los escribas y fariseos, recogidas en el capítulo 23 de Mateo. El pasaje nos muestra a Jesús hablando a un público numeroso (“habló a la gente y a sus discípulos”) denunciando los excesos de estos personajes que habían usurpado la “cátedra de Moisés”, que por derecho le correspondía a los sacerdotes, quienes eran los llamados por la ley de Moisés a interpretar las escrituras.

Dos cosas critica Jesús a los escribas y fariseos. En primer lugar, que habían interpretado la ley de Moisés de tal manera que habían establecido una serie de preceptos que habían convertido los diez mandamientos originales en 613 preceptos (la llamada Mitzvá), que constituían una verdadera camisa de fuerza para el pueblo, “fardos pesados e insoportables [que le] cargan a la gente en los hombros, pero [que] ellos (los escribas y fariseos) no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Una carga creada por mentes humanas, no por Dios; carga que contrasta grandemente con el “yugo suave y la carga ligera” (Mt 11,30) propuesta por Jesús.

En segundo lugar, Jesús critica el protagonismo y elitismo, y el deseo de reconocimiento que habían desarrollado los escribas y fariseos, quienes pretendían ocupar siempre los primeros puestos en todo, y exigían que se les rindiera pleitesía (¡cuántos de esos vemos a diario!). Por eso Jesús advierte a los que le escuchan que hagan y cumplan lo que les digan los escribas y fariseos, pero que no hagan lo que ellos hacen, “porque ellos no hacen lo que dicen”. Esa actitud es la que llevará a Jesús a referirse a ellos más adelante como “sepulcros blanqueados” (Mt 23,27); actitud que contrasta con el mensaje de humildad, sencillez y pobreza apostólica recogido en las Bienaventuranzas (Mt 5), y con su aseveración de que “si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos”, porque “el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir” (Mt 20,27-28).

El mensaje de Jesús es claro, pero sobre todo consistente. Y lo que le da sentido, el “pegamento” que le da esa consistencia es el Amor. El Amor abundante e incondicional que Él nos profesa, y que nosotros venimos llamados a “derramar” con la misma abundancia sobre nuestro prójimo, sobre nuestros hermanos; el mismo Amor que llevó a Jesús a lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,12-15).

Cuando nos decidamos servir al Señor, asegurémonos de ser humildes y misericordiosos con todo el que se nos acerque, y pidámosle al Señor nos libre de caer en la tentación del orgullo o la ostentación que nos impida ser verdaderos servidores de nuestro prójimo como lo hizo el Maestro. “El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Más claro no puede ser el mensaje.

En este fin de semana que comienza, recordemos que el Padre nos espera con la mesa dispuesta para que nos sentemos junto a Él a disfrutar del banquete de la Palabra y la Eucaristía. ¡Anda, anímate!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (2)

“Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Cuando repetimos esa frase al rezar el Padrenuestro, la oración que el mismo Cristo nos enseñó, ¿tenemos conciencia de lo que estamos diciendo? Con esta frase podríamos resumir el evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Mt 18,21-19,1).

Se trata del episodio en que Pedro, como portavoz del grupo (ya para entonces Jesús lo había instituido “piedra” de la Iglesia – Mt 16,18) le pregunta a Jesús que cuántas veces tenía que perdonar a un hermano que le hubiese ofendido. Y creyendo expresar lo máximo posible le pregunta que si hasta siete veces (recordemos que el siete es el número que representa la perfección). Pero Jesús lo lleva al infinito, a decirle que debe perdonar no hasta siete, sino hasta setenta veces siete.

Y para que comprendieran mejor, Jesús aprovecha la oportunidad y les presenta la “parábola del siervo sin entrañas”, a quien el rey le había perdonado una deuda cuantiosa, y al salir se encontró con un amigo que le debía una suma insignificante de dinero. Haciendo ademán de ahorcarle, le reclamó el pago de la deuda; y como el amigo no pudo pagarle, lo metió en la cárcel. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, mandó llamar al siervo y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo mandó a meter preso hasta que pagara la deuda. A lo que Jesús añadió: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

“Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”… Habiendo meditado este evangelio, tenemos que preguntarnos: ¿cuántas veces ofendemos a Dios? ¿Cuántas veces Él nos perdona? Al mismo tiempo pensemos cuán difícil se nos hace perdonar, a veces una sola falta de un hermano hacia nosotros; falta que con toda seguridad palidece ante las faltas que Dios, como una madre que se desborda en amor a hacia el hijo de sus entrañas, nos perdona una y otra vez, “hasta setenta veces siete”.

Y ahí está la clave. ¡En el amor! Amor y perdón son como dos caras de una misma moneda. El que ama de verdad perdona de corazón, porque el que ama no puede albergar rencor, ni odio, ni resentimiento en su corazón. La luz no admite la oscuridad… En el Antiguo Testamento se nos pedía que amáramos al prójimo como a nosotros mismos. Jesús los llevó más allá al pedirnos que nos amemos los unos a los otros COMO ÉL NOS AMA. Un salto cuantitativo y cualitativo. El reto es grande; solos no podemos, pero con Su ayuda, ¡nada es imposible!

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a perdonar totalmente y sin reservas como Él nos perdona una y otra vez… Que pasen todos un hermoso día.