REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA 11-03-18

Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, conocido litúrgicamente como Laetare. Deriva su nombre de la antífona gregoriana del Introito de la misa, tomada del libro del profeta Isaías (66,10), que comienza diciendo: Lætare, Jerusalem: et conventum facite omnes qui diligitis eam: gaudete cum lætitia, qui in tristitia fuistis: ut exultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestræ  Lætatus sum in his, quæ dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus (Regocíjate, Jerusalén, vosotros, los que la amáis, sea ella vuestra gloria. Llenaos con ella de alegría, los que con ella hicisteis duelo, para mamar sus consolaciones; para mamar en delicia a los pechos de su gloria. ¡Qué alegría tan grande la que tuve cuando oí que dijeron: ¡Andando ya, a la casa del Señor!)”.

Este es un domingo excepcional (al igual que el tercer domingo de Adviento), en el que el carácter penitencial de la Cuaresma da paso a la Alegría en anticipación al Misterio Pascual de Jesús (su Pasión, muerte y Resurrección) que estamos próximos a celebrar.

La lectura evangélica para este Ciclo B nos presenta a Nicodemo, un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan (al igual que Lázaro), y que es importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús, que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Nicodemo era un fariseo rico que, intrigado y atraído por el mensaje de Jesús, decide ir a visitarle de noche. Ahí se suscita el primer encuentro con Jesús, dentro del cual se desarrolla el diálogo que recoge parcialmente la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este cuarto domingo de Cuaresma (Jn 3,14-21).

El saludo de Nicodemo y el inicio del diálogo, que no aparecen en el fragmento que leemos hoy, son importantes para entender el mismo, así como la mentalidad y la actitud con que Nicodemo se presentó ante Jesús. Por eso les recomiendo que se lean la perícopa en su totalidad (vv. 1-21).

Recordemos que Nicodemo era un alto personaje del judaísmo que se había sentido atraído por la enseñanza de Jesús, y por eso decide ir a verlo. El hecho de que venga a verlo de noche nos apunta a que viene de la “noche” del judaísmo ritual vacío (la oscuridad) hacia la “luz” representada en la persona de Jesús, en su Palabra, en el nacimiento del agua y del Espíritu que Jesús le propone en el versículo 5. La contraposición luz-tinieblas del Evangelio de Juan.

En el pasaje de hoy encontramos a Jesús haciendo un anuncio de su Pasión y la salvación que por ella nos vendría, prefigurada en la serpiente de bronce que Moisés, siguiendo las instrucciones de Yahvé, hizo y colocó sobre un estandarte (en forma de cruz), para que todo el que era mordido por unas serpientes venenosas que los asediaban quedara sano al mirarla (Cfr. Núm 21,4-9). Por eso dice a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

Seguimos adelantando en este tiempo de Cuaresma; tiempo de conversión en que se nos invita sanar nuestros corazones envenenados por el pecado. Si nos tornamos a mirar la Cruz, al igual que los israelitas en el desierto, nuestros corazones serán sanados; porque en la Cruz encontraremos una fuente inagotable de amor, de misericordia, de perdón. Y si fijamos nuestra mirada en el Crucificado, encontraremos que nuestra propia cruz se hace liviana, y podremos decir con san Pablo: “¡Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Gál 6,14). “Gloriémonos también nosotros en ella, aunque sólo sea porque nos apoyamos en ella” (San Agustín).

Si no lo has hecho aún, ve hoy a la Casa del Padre y mira hacia el altar; allí encontrarás a su Hijo que te espera con los brazos abiertos… Y si aún no te has reconciliado, ¡este es el momento! No esperes más.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 10-03-18

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Estos versos, tomados del Miserere, Salmo que nos presenta la liturgia de hoy (50) y ha estado resonando en la liturgia cuaresmal, sientan la tónica para las lecturas del día.

La primera, tomada del profeta Oseas (6,1-6), nos habla del arrepentimiento y la misericordia divina: “Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará (prefigurando la gloriosa resurrección de Jesús); y viviremos delante de él”. A lo que el Señor contesta: “Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Durante este tiempo de Cuaresma se nos hace un llamado a la conversión. Esa conversión está relacionada al arrepentimiento, pero no a un arrepentimiento que implique culpa, remordimiento, o temor al castigo, sino más bien un arrepentimiento que sea producto de una transformación interior, en lo más profundo de nuestro ser, que nos haga reconocer nuestras faltas, lo que se ha de reflejar en nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Se trata de que el arrepentimiento y la penitencia sean producto de la conversión y no a la inversa. Se trata de abrirnos incondicionalmente al Amor de Dios y rendirnos ante Él con la firme determinación de cumplir Su voluntad.

No se trata de decirlo de palabra, ni de confesarlo en público, ni de ponerse en pie frente a una asamblea y decir: “Yo acepto a Jesucristo como mi único Salvador”. No. Tampoco se trata de gestos exteriores como orar en público, ni de dar limosna donde todos nos vean, ni de ayunar por ayunar. No son las devociones las que hacen a un hombre “bueno” ante los ojos de Dios. Él no halla en ellas el Amor recíproco que espera de nosotros. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21).

El pasaje del Evangelio, tomado de san Lucas (18,9-14) nos presenta la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. El fariseo, “erguido” (los fariseos solían orar de pie), se limitaba a dar gracias a Dios por lo bueno que era: “no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. También decía a Dios cómo cumplía con sus obligaciones: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

En cambio, el publicano se mantenía en la parte de atrás y no se atrevía ni levantar los ojos al cielo, mientras se daba golpes de pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Jesús sentenció: “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La diferencia estaba en la actitud interior, en el corazón. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”…

En esta Cuaresma, abramos nuestros corazones al Amor infinito de Dios, y ese Amor nos permitirá reconocer las veces que le hemos fallado. Eso nos permitirá postrarnos ante Él con un corazón quebrantado y humillado. Entonces Él nos tomará de la mano, nos levantará, y nos dará el abrazo más amoroso que hayamos recibido.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 27-02-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy nos confrontan con la hipocresía religiosa del pueblo. En la primera lectura (Is 1,10.16-20), el profeta pronuncia un oráculo de Yahvé en el que repudia los sacrificios que le ofrece el pueblo mientras  sus corazones están cada vez más alejados de Él. Si leemos el pasaje completo, incluyendo los vv. 11-15, notamos que este oráculo aparenta haber sido proclamado en medio de una celebración litúrgica, pues hace referencia a los “holocaustos de carneros y grasa de animales cebados”, “incienso”, y “manos extendidas”. Yahvé hace claro que está “harto”, que “detesta” esos rituales vacíos, esas celebraciones litúrgicas falsas, que se han convertido para Él en “una abominación”, en una “carga” que no está dispuesto a soportar. Llega al punto de comparar su generación con la de Sodoma y Gomorra.

Hace claro que ese no es el sacrificio agradable a Él. Por el contrario, les exhorta: “Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda”. La primacía del amor, de la caridad, sobre la ley y el ritualismo vacío. A Él no le interesan los sacrificios ni holocaustos. Si, por el contrario, obramos el bien y nos apartamos del pecado, “aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana”. El profeta nos señala en qué consiste el verdadero culto religioso: en obras de caridad (misericordia-amor).

En el pasaje del Evangelio (Mt 23,1-12), que es el preámbulo de las “siete maldiciones” que Jesús lanza contra los escribas y fariseos, Jesús arremete contra la hipocresía de los escribas y fariseos que se han sentado en la cátedra de Moisés (el autor de la Ley) y “no hacen lo que dicen”. “Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Se refería Jesús a todos los numerosos preceptos (613 en total) en que los fariseos habían convertido la Ley de Moisés y que, por su número eran prácticamente imposible cumplir.

Se consideraban superiores, mejores que los demás (de hecho, “fariseo” significa “separado”). Toda su actitud iba dirigida a ostentar su superioridad (que pretendía ser producto de su “santidad”) ante todos: las vestimentas y otros accesorios, como las filacterias (unas bandas que llevaban en la frente o en los puños, con unos cofrecitos que contenían textos de la Ley), los primeros lugares, los asientos de honor, las reverencias que esperaban, los títulos. Todo era apariencia exterior, “sepulcros blanqueados” (Mt 23, 27-28). Y por dentro, ¿qué?

El Concilio Vaticano II hizo un gran esfuerzo para eliminar la “pompa” en nuestros ritos y celebraciones litúrgicas, inculturándolos a nuestros respectivos países. Pero, ¿logró acabar con el fariseísmo?

En esta Cuaresma, hagamos examen de conciencia: ¿Me gusta recibir honores?, ¿reconocimiento?, ¿me siento mejor o superior a los demás? Señor, ayúdame a recordar que todos somos hermanos, y que “el que se humilla será enaltecido”, como Aquél que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28), de modo que al llevar a cabo mi misión pastoral pueda tener “olor de oveja”.

Lo repito; el papa Francisco no está diciendo nada nuevo; simplemente está leyendo el Evangelio…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 19-02-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para este lunes de la primera semana de Cuaresma giran en torno al amor, y a la máxima expresión de este: la misericordia.

La primera, tomada del libro del Levítico (19,1-2.11-18), nos presenta el llamado “código de santidad” que fue presentado por Moisés al pueblo de Israel para que pudiera estar a la altura de lo que Dios, que es santo, espera de nosotros: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Además de las leyes acerca del culto debido a Dios y las reglas de convivencia con el prójimo (no matar, no robar, no explotar al trabajador, no tomar venganza, etc.), termina con una sentencia: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Dios nos está pidiendo que seamos santos como Él es santo, que le honremos con nuestras obras, no con nuestras palabras. Dios nos ama hasta morir, y espera que nosotros hagamos lo propio. De ahí que Jesús elevará más aún ese mandamiento de amar al prójimo como a nosotros mismos cuando nos diga: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” (Jn 13, 34).

En la lectura evangélica de hoy (Mt 25,31-46), Mateo nos estremece con el pasaje del “juicio final”. Este pasaje nos recuerda que un día vamos a enfrentarnos a nuestra historia, a nuestras obras, y vamos a ser juzgados. A ese juicio no podremos llevar nuestras palabras ni nuestra conducta exterior. Solo se nos permitirá presentar nuestras obras de misericordia. Y seremos nosotros mismos quienes hemos de dictar la sentencia.

Mateo pone en boca de los que escuchaban a Jesús, la pregunta: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” La contestación no se hace esperar: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. Lo mismo ocurre en la negativa: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. Y la respuesta es igual: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo”.

Durante ese tiempo de Cuaresma se nos propone el compromiso de amar al prójimo como preparación para la “gran noche” de la Pascua de resurrección. El Evangelio de hoy va más allá de no hacer daño, de no odiar; nos plantea lo que yo llamo el gran pecado de nuestros tiempos: el pecado de omisión. Jesús nos está diciendo que es Él mismo quien está en ese hambriento, sediento, forastero, enfermo, desnudo, preso, a quien ignoramos, a quien abandonamos (pienso en nuestros viejos). “En el atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor” (san Juan de la Cruz).

Un día vamos a tomar el examen de nuestras vidas, y Jesús nos está dando las contestaciones por adelantado. ¿Aprobaremos, o reprobaremos? De nosotros depende… Que pasen una hermosa semana.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA 17-02-18

“Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. El Señor te dará reposo permanente, en el desierto saciará tu hambre”. Con este oráculo del Señor comienza la primera lectura que nos presenta la liturgia de hoy (Is 58, 9b-14).

Continuamos en la tónica de las prácticas penitenciales a las que se nos llama en el tiempo de Cuaresma. Este pasaje que leemos hoy nos evoca aquel del profeta Oseas: “Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos (6,6)”. Jesús se hará eco de este pasaje en Mt 12,7: “Si hubieran comprendido lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio”.

Nos encontramos ante el imperativo del amor que constituye el fundamento y el objeto del mensaje de Jesús. Jesús nos está invitando a ayunar de todas las cosas que nos apartan de Él, de todo sentimiento o actitud que nos aparte de nuestros hermanos, pues “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Por eso, cada vez que nos despojamos de todo sentimiento y actitud negativos contra nuestro prójimo, cada vez que “partimos nuestro pan” con el hambriento, nuestra luz “brillará en las tinieblas” (Cfr. Mt 5,15; Lc 11,33), y “el Señor en el desierto saciará nuestra hambre”. Cuando hablamos de partir nuestro pan con el hambriento, no se trata solo de saciar su hambre corporal, implica también compartir nuestro tiempo, brindar consuelo y apoyo al necesitado, y enseñar al que no sabe. Entonces Él saciará nuestra hambre de Él mismo en el desierto de nuestras vidas.

Como podemos apreciar, todas las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, no son más que manifestaciones del Amor de Dios que se derrama sobre y a través de nosotros a toda la humanidad.

La lectura evangélica (Lc 5,27-32) nos presenta la versión de Lucas de la vocación de Leví (Mateo). Mateo era un hombre embebido en la rutina diaria de su trabajo como cobrador de impuestos. Pero al cruzar su mirada con la de Jesús, y escuchar su voz instándole a seguirle, comprendió en un instante que su vida, como él la conocía, no tenía sentido, que había “algo más”, y ese algo era Jesús. Jesús y el amor incondicional que percibió en Su mirada.

El publicano, odiado por todos, contado, junto con las prostitutas y los criminales entre el grupo de los “pecadores” por la sociedad del tiempo de Jesús, se sintió amado, tal vez por primera vez en su vida. Mateo comprendió de momento cuán vacía había sido su vida hasta entonces. Y allí y entonces, aquel amor que percibió en la mirada de Jesús abrasó su alma y provocó su conversión. “Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió”.

La Iglesia nos llama a la conversión durante la Cuaresma. Y la liturgia de hoy nos da la fórmula. Fijemos nuestros ojos en la mirada amorosa de Jesús, y abramos nuestros corazones a Su amor incondicional. ¿Quién puede resistirse?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 13-02-18

En el relato evangélico que contemplábamos ayer, habíamos dejado a Jesús embarcándose y zarpando “a la otra orilla”, luego de haber reprendido la falta de fe de los fariseos, quienes le habían pedido “un signo del cielo”. El pasaje de hoy (Mc 8,14-21) retoma la narración cuando ya están en la barca y nos presenta una conversación aparentemente trivial y cotidiana entre los apóstoles, en la que se quejaban porque se les había olvidado traer suficiente pan para la travesía (“no tenían más que un pan en la barca”).
Jesús, todavía pensando en el encuentro que acababa de tener con los fariseos, escucha la queja de los discípulos y les dice: “Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes”. Una vez más encontramos a Jesús criticando al poder ideológico-religioso y político de su tiempo (eso le costará la vida). En esos tiempos la “levadura” era considerada generalmente (excepto cuando se utiliza en las parábolas del Reino) como fuente de impureza y de corrupción (1 Co 5,6.8; Ga 5,9). Al utilizar este término dentro del contexto del pan (los judíos consumían panes ázimos especialmente en la fiesta de la Pascua y Ázimos), Jesús alude a la corrupción del pan-doctrina, por un lado con la “levadura” de los fariseos quienes esperaban y predicaban para el pueblo de Israel un Mesías poderoso, un líder militar, y por otro lado de Herodes, un rey que había llegado al poder de forma ilegítima.
Tras enfrentar a los fariseos, Jesús tiene que enfrentar también la incomprensión de los suyos, quienes no entendieron lo que quería decirles, y comentaron entre sí: “Lo dice porque no tenemos pan”. Estaba claro que los discípulos no acababan de entender a Jesús. Y una vez más les reprende: “¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís?”.
Jesús tenía razón para estar molesto. Los discípulos habían escuchado su Palabra y habían dejado todo para seguirle, habían sido testigos de su poder para echar demonios, curar toda clase de dolencias y enfermedades, lo habían visto caminar sobre las aguas y, además, habían sido testigos de dos multiplicaciones de panes. Es decir, habían sido testigos de la misericordia y providencia divinas en la persona de Jesús, ¡y se quejaban porque solo tenían un pedazo de pan para la travesía! Ellos mismos habían tenido la experiencia de salir a predicar tan solo con lo que llevaban puesto, y el Señor siempre les había provisto lo necesario (Mc 6,6b-13). Trato de imaginar la frustración de Jesús: “¿Y no acabáis de entender?”.
¿Cuántas veces nosotros nos “ahogamos en un vaso de agua”, preocupados y contrariados por las dificultades y carestías periódicas que enfrentamos, y permitimos que nuestras almas se corrompan con la “levadura” de la falta de confianza en la palabra de Dios y su Providencia Divina? Se nos olvida que al igual que las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, nuestro Padre que está en los cielos siempre nos provee (Cfr. Mt 6,26).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 12-02-18

“En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: “¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla” (Mc 8,11-13). Este corto pasaje que nos propone la liturgia para hoy lunes de la sexta semana del tiempo ordinario como lectura evangélica, nos invita a reflexionar sobre nuestra fe.

Aquellos se negaban a aceptar el anuncio de Reino de parte de Jesús porque les faltaba fe, que no es otra cosa que “la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Gál 11,1). Sabemos por los relatos evangélicos que Jesús era un maestro del debate. Imagino que cuando los fariseos se sintieron acorralados ante los argumentos contundentes de Jesús, en un intento de quedar bien delante de los que les escuchaban, decidieron ponerle a prueba exigiendo un signo del cielo. Un riesgo para ellos y una tentación para Jesús; la oportunidad de demostrar su poder, como cuando el demonio tentó a Jesús en el desierto luego de ayunar por cuarenta días: “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes” (Mt 4,3). Pero Jesús no vino a demostrar su poder sino a servir, a dar su vida por la salvación de todos. Los milagros que hace son producto de su amor y misericordia infinitos, no para demostrar su poder.

Aun así, los que decidimos seguir al Señor y proclamar su Palabra, en ocasiones nos sentimos frustrados y quisiéramos que Dios mostrara su poder y su gloria a todos, para que hasta los más incrédulos tuvieran que creer, experimentar la conversión. Y es que se nos olvida la cruz… Si fuera asunto de signos, las legiones celestiales habrían intervenido para evitar su arresto y ejecución (Cfr. Jn 18,36). El que vino a servir y no a ser servido no necesita más signo que su Palabra.

Hoy que tenemos la Palabra de Jesús, sus enseñanzas, y su Iglesia con los sacramentos que Él instituyó, tenemos que preguntarnos: ¿Es eso suficiente para creer, para moverme a una verdadera conversión, o me gustaría al menos un “milagrito” para afianzar esa “conversión”? ¿Acaso no basta el milagro que se efectúa sobre el altar cada vez que las especies eucarísticas se convierten en el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesús? ¡Ah!, pero para percibir ese milagro hace falta fe…

Pienso en esos “televangelistas” con su espectáculo multitudinario en el cual los ciegos recuperan la vista, los tullidos caminan, los sordos recuperan la audición y el habla, etc., etc., y me pregunto: ¿Acaso los que presencian esos portentos creerían igual si no tuvieran esos “signos”? La Buena Noticia del Reino, ¿necesita de “signos” visibles para ser creída? Esas personas creen creer porque “ven”… (Cfr. Jn 20,25). ¿Es eso fe?

A veces el verdadero milagro consiste en la felicidad que produce el saberse amado por Dios en medio de la enfermedad, del dolor, de las dificultades y de las pérdidas, y confiar en su promesa de Vida eterna.

Que pasen una hermosa semana llena de la alegría que solo puede producirnos el sabernos amados por Dios…

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DEL T.O. (B) 10-02-18

En la lectura que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 1, 40-45) vemos la reacción de Jesús ante un leproso que se presenta ante Él y le pide que lo cure: “Si quieres, puedes limpiarme”, le dice el leproso. Un acto de fe. Jesús se conmueve ante la situación del leproso: “Sintiendo lástima (la palabra griega utilizada significa “conmovido en las entrañas”, con referencia a las entrañas maternas, a ese amor que solo una madre es capaz de sentir por el hijo de sus entrañas), extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Quiero: queda limpio’”.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, de todos los evangelistas, Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús. Marcos habla con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús, mientras que Mateo y Lucas tienden a omitirlas o mitigarlas en los pasajes paralelos (comparar este pasaje con los relatos paralelos en Mt 8,3 y Lc 5,12).

Hay otro detalle que quisiéramos resaltar. La lectura nos dice que Jesús “tocó” al leproso, algo que chocaba con la Ley, rayando en el escándalo. La lepra era la peor enfermedad de la época de Jesús. Nadie podía acercarse ni tocar a los leprosos. De hecho, los leprosos eran aislados, marginados de la sociedad. Como nos dice la primera lectura de hoy (Lv 13,1-2.44-46), tenían que caminar gritando: “¡Impuro, impuro!”, para que todos se alejasen. Aun así, el leproso decide acercarse a Jesús. Reconoce su poder. Jesús, por su parte, quiere dejar establecido que el amor, la misericordia, están por encima de la Ley, como cuando cura en sábado (Mc 3, 1-6; Lc 13-14).

Si analizamos esta lectura más allá de la historia que nos presenta, vemos cómo ese leproso nos representa a todos nosotros. Sí, nuestro pecado es como una lepra que carcome nuestra alma, y solo el poder sanador de Jesús, producto de su compasión e infinita misericordia, es capaz de curarnos. Tan solo tenemos que acercarnos a Él con el corazón contrito y humillado (Cfr. Sal 50), y la certeza de que solo Él puede sanarnos. Entonces escucharemos su voz que nos dice: “Quiero: queda limpio”.

La lectura nos dice que Jesús, luego de curar al leproso le pide que no se lo diga a nadie: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”. El famoso “secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos. Está claro que Jesús no quiere hacer alarde de su poder. Tampoco quiere comprometer su misión.

Como todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús, el leproso no puede contener su alegría. Tiene que compartir su experiencia con todos. “Cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes”.

Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Si de veras lo has tenido, no podrás contener las ganas de compartir esa experiencia con todos. De eso se trata…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 05-02-18

El relato evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 6,53-56), nos muestra a Jesús y sus discípulos llegando a Genesaret, inmediatamente después del episodio en que Jesús caminó sobre las aguas. Una vez más encontramos a Jesús curando enfermos: “cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos”. La fama de Jesús seguía creciendo, sobre todo después de la “primera multiplicación de los panes” (Mc 6,30-44), que había suscitado un entusiasmo desbordante.

El poder de la fe. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios. Aquella gente creía, y actuaba conforme a su fe. Creían que con tan solo tocar el borde de su manto sanarían, pero no se conformaban con creer, hacían el esfuerzo hasta tocar el manto, y se obraba el milagro; como la hemorroísa (Mc 5,25-34), quien se arrastró hasta tocar el manto de Jesús. Aquella mujer, por padecer flujos de sangre era considerada “impura” y no podía tocar a ningún hombre, so pena de ser lapidada. Pero tuvo fe, actuó conforme a esa fe, y fue curada.

Encontramos un patrón que se repite: Jesús y sus discípulos tratando de encontrar un lugar donde descansar. En esta ocasión acababan de llegar de misionar, y para llegar a Genesaret habían tenido que remar largo rato contra un viento contrario. Necesitaban el descanso. Pero la gente se los impedía. Por más que trataran de pasar desapercibidos, siempre los encontraban. Y como siempre, Jesús se compadece. No puede permanecer ajeno al dolor y enfermedad ajenos. El descanso tendrá que esperar…

Nos llamamos discípulos de Jesús. Una de las características del discípulo es que sigue al Maestro, lo imita. Este pasaje nos llama a hacer introspección. ¿Cómo reaccionamos ante el dolor las necesidades, la soledad de nuestros hermanos? (¡Cuántos de nuestros viejos mueren de soledad!) ¿Los atendemos, los acompañamos, los ayudamos, los escuchamos cuando lo necesitan, o lo hacemos cuando “podamos” o “tengamos tiempo”? ¿Anteponemos nuestra comodidad, nuestros placeres, nuestras “necesidades” por encima de la misericordia? ¡Cuántas veces, al encontrarnos ante la necesidad de un hermano nos hacemos de la vista larga o “damos un rodeo” para no enfrentarnos a la situación, como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37)!

No nos podemos quedar en el hecho del milagro; tenemos que ver más allá para encontrar su verdadero significado. No podemos perder de vista que los milagros de Jesús son producto de su gratuidad, de su Amor infinito, de su Misericordia…

Todas las obras de Dios son buenas, por eso debemos alabarle con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres!” (Sal 103).

Que pasen una hermosa semana alabando y bendiciendo al Señor, comenzando por el regalo de la vida.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 07-07-17

El evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 9,9-13) es uno sobre el cual podríamos escribir muchas páginas, dada la riqueza de su contenido. En este pasaje Mateo narra su propia vocación (del latín vocatio, que se deriva a su vez del verbo vocare – llamar), y se llama a sí mismo Mateo (que significa “don de Dios”), mientras Marcos y Lucas, en sus pasajes paralelos (Mc 2,13; Lc 5,27), le llaman Leví.

Por la brevedad que nos impone esta corta reflexión, nos limitaremos a una sola palabra, tal vez la más importante pronunciada por Jesús: “Sígueme”. Siempre que leo este pasaje trato de imaginarme la escena. Mateo sentado en su mesa de cobrador de impuestos (los publicanos eran de las personas más odiadas en tiempos de Jesús, nos solo por cobrar los impuestos para el imperio romano, sino por cobrar en exceso para enriquecerse), probablemente contando sus recaudos, y de momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a la mesa y lo mira con la mirada más penetrante que jamás haya visto, al punto que le hace levantar la suya y cruzarla con la de Aquél cuya presencia le perturbó. Y esa persona, a quien Mateo no había visto jamás, con un tono de voz amable pero con una firmeza avasalladora le dice: “Sígueme”. Y Mateo “se levanto, lo dejó todo y empezó a seguirlo” (Lc 5,27).

Hoy Jesús continúa diciendo lo mismo a cada uno de nosotros: “Sígueme”. A veces pensamos que eso es para los “santos”, para las ancianitas “piadosas”, para los “curas” y las monjitas. ¡Falso! Jesús nos llama a cada uno por nuestro nombre, por más pecadores que seamos, y tiene una misión para para cada cual. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

En su ministerio Jesús se juntaba, se sentaba a la mesa con los “pecadores”, que en su tiempo se refería a unas determinadas clases sociales o tipos de gentes (publicanos, ladrones, prostitutas, paganos, adúlteros, asesinos, etc.). De esta manera Jesús rompe con los esquemas y prejuicios de su tiempo; no “etiqueta” a las personas, como solemos hacer hoy aún. Y ante el prejuicio y la intolerancia, nos propone el amor gratuito y desinteresado, la misericordia (en hebreo: hesed).

Jesús llamó a Mateo (publicano), a Pablo (su más acérrimo perseguidor), para convertirlos en apóstoles; y lo fueron porque estuvieron dispuestos a seguirle, a compartir su suerte. Hoy te llama a ti, me llama a mí. ¿Estamos dispuestos a “dejarlo todo” y empezar a seguirle?

Que conste, a veces nos llama tan solo para saber si en realidad estamos dispuestos a seguirlo, y a mitad el camino, o casi al final nos dice: “Como estuviste dispuesto a dejarlo todo para seguirme, ahora tengo algo mejor para ti”.

“¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,21).