REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (B) 25-02-18

La liturgia de hoy nos presenta el pasaje de la Transfiguración del Señor (Mc 9,2-10). El pasaje nos narra que Jesús tomó consigo a los discípulos que conformaban su “círculo íntimo” de amigos: Pedro, Santiago, y su hermano Juan, y los llevó a un monte apartado (la tradición nos dice que fue el Monte Tabor). Allí, en presencia de ellos, se “transfiguró”, es decir, les permitió ver, por unos instantes, la gloria de su divinidad.

Esta narración está tan preñada de simbolismos, que resultaría imposible reseñarlos en estos breves párrafos. Trataremos, por tanto, de resumir lo que la Transfiguración representó para los discípulos a quienes Jesús les concedió el privilegio de presenciarla, sobre todo en la versión de Marcos que contemplamos hoy.

Los discípulos ya habían comprendido que Jesús era el Mesías esperado; por eso lo habían dejado todo para seguirle, sin importar las consecuencias de ese seguimiento. Pero todavía no habían logrado percibir en toda su magnitud la gloria de ese Camino que es Jesús. Él decidió brindarles una prueba de su gloria para afianzar su fe. Podríamos comparar esta experiencia con esos momentos que vivimos, por fugaces que sean, en que vemos manifestada sin lugar a dudas la gloria y el poder de Dios; esos momentos que afianzan nuestra fe y nos permiten seguir adelante tras los pasos del Maestro. En esos momentos resuenan en nuestro espíritu las palabras del Padre: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”.

Concluye la lectura diciéndonos que luego de escuchar esas palabras miraron a su alrededor y no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Es entonces que Jesús les dice “No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Pero ellos todavía no acertaban a comprender el alcance de aquellas palabras, eso de “resucitar de entre los muertos”. A pesar de que Jesús se los anuncia en más de una ocasión, no es hasta después de la Resurrección cuando, iluminados por el Espíritu Santo que reciben en Pentecostés, comprenden plenamente el alcance de las mismas.

La segunda lectura de hoy, tomada de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,31b-34), nos recuerda que gracias a esa Resurrección que aquellos apóstoles no supieron comprender en aquel momento, pero que ya Pablo conocía, Jesucristo “está a la derecha de Dios” e “intercede por nosotros”. Vemos cómo la liturgia cuaresmal ya comienza a apuntarnos hacia la culminación de este tiempo tan especial.

Hoy nosotros tenemos una ventaja que aquellos discípulos no tuvieron; el testimonio de la gloriosa Resurrección de Jesús, y la “transfiguración” que tenemos el privilegio de presenciar en cada celebración eucarística. Jesús no solo resucitó, sino que también quiso permanecer con nosotros en la Eucaristía. Por eso Pablo dice al comienzo de esa segunda lectura: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”.

Pidamos al Padre que cada vez que participemos de la Eucaristía, los ojos de la fe nos permitan contemplar la gloria de su Hijo y escuchar en nuestras almas aquella voz que nos dice: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”.

Que pasen un hermoso fin de semana y, recuerda, el Señor te espera en su casa.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA 17-02-18

“Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. El Señor te dará reposo permanente, en el desierto saciará tu hambre”. Con este oráculo del Señor comienza la primera lectura que nos presenta la liturgia de hoy (Is 58, 9b-14).

Continuamos en la tónica de las prácticas penitenciales a las que se nos llama en el tiempo de Cuaresma. Este pasaje que leemos hoy nos evoca aquel del profeta Oseas: “Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos (6,6)”. Jesús se hará eco de este pasaje en Mt 12,7: “Si hubieran comprendido lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio”.

Nos encontramos ante el imperativo del amor que constituye el fundamento y el objeto del mensaje de Jesús. Jesús nos está invitando a ayunar de todas las cosas que nos apartan de Él, de todo sentimiento o actitud que nos aparte de nuestros hermanos, pues “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Por eso, cada vez que nos despojamos de todo sentimiento y actitud negativos contra nuestro prójimo, cada vez que “partimos nuestro pan” con el hambriento, nuestra luz “brillará en las tinieblas” (Cfr. Mt 5,15; Lc 11,33), y “el Señor en el desierto saciará nuestra hambre”. Cuando hablamos de partir nuestro pan con el hambriento, no se trata solo de saciar su hambre corporal, implica también compartir nuestro tiempo, brindar consuelo y apoyo al necesitado, y enseñar al que no sabe. Entonces Él saciará nuestra hambre de Él mismo en el desierto de nuestras vidas.

Como podemos apreciar, todas las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, no son más que manifestaciones del Amor de Dios que se derrama sobre y a través de nosotros a toda la humanidad.

La lectura evangélica (Lc 5,27-32) nos presenta la versión de Lucas de la vocación de Leví (Mateo). Mateo era un hombre embebido en la rutina diaria de su trabajo como cobrador de impuestos. Pero al cruzar su mirada con la de Jesús, y escuchar su voz instándole a seguirle, comprendió en un instante que su vida, como él la conocía, no tenía sentido, que había “algo más”, y ese algo era Jesús. Jesús y el amor incondicional que percibió en Su mirada.

El publicano, odiado por todos, contado, junto con las prostitutas y los criminales entre el grupo de los “pecadores” por la sociedad del tiempo de Jesús, se sintió amado, tal vez por primera vez en su vida. Mateo comprendió de momento cuán vacía había sido su vida hasta entonces. Y allí y entonces, aquel amor que percibió en la mirada de Jesús abrasó su alma y provocó su conversión. “Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió”.

La Iglesia nos llama a la conversión durante la Cuaresma. Y la liturgia de hoy nos da la fórmula. Fijemos nuestros ojos en la mirada amorosa de Jesús, y abramos nuestros corazones a Su amor incondicional. ¿Quién puede resistirse?

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DESPUÉS DE CENIZA 15-02-18

Acabamos de comenzar el “tiempo fuerte” de Cuaresma, y la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este “jueves después de ceniza” es la versión de Lucas del primer anuncio de la Pasión (Lc 9,22-25). Siempre nos ha llamado la atención el hecho de que los anuncios de la Pasión de Jesús van unidos al anuncio de su gloriosa Resurrección. “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Pero Jesús va más allá. Nos invita a seguirle, señalándonos de paso el camino de la salvación: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Vemos que la fórmula que Jesús nos propone está matizada por tres verbos: “negarse”, “tomar” la cruz y “seguirle”. Examinemos brevemente el significado y alcance de cada uno.

El “negarse a sí mismo” implica que el verdadero discípulo de Jesús tiene que ser capaz de relegar a un segundo plano su interés propio para atender las necesidades del prójimo; tiene que superar la cultura del “yo”; tiene que “vaciarse”. Es decir, tiene que estar completamente libre para “darse” a los demás tal como lo hizo Jesús. Esta opción de vida generalmente implica privaciones, dolor y sufrimiento, que asociamos también a “cargar con la cruz”.

El “tomar la cruz”, o cargar con la cruz, tiene un significado más profundo de lo que aparenta a primera vista. Para comprenderlo a plenitud tenemos que adentrarnos en la ambiente cultural de la época de Jesús. “Cargar con la cruz” era el último acto del condenado a la ignominiosa muerte de cruz; era recorrer el camino al lugar donde se iba a efectuar la ejecución llevando a cuestas el madero (patibulum), mientras todos le abucheaban, le escupían y se burlaban de él. Más terrible aún era tal vez el sentimiento de sentirse despreciado por todos y expulsado de la sociedad, al punto que esa persona se consideraba muerta para todos los fines legales, sin derechos ni defensa alguna. De igual modo los que nos llamamos discípulos de Jesús tenemos que estar prestos a cargar con nuestra “cruz de cada día” soportando la burla y el desprecio, aún de los nuestros, pensando, no en el dolor ni en la humillación del momento, sino en la resurrección del día final (Cfr. Jn 6,54).

El “seguirle”, como hemos visto, implica mucho más que un mero seguimiento exterior, un dirigirse en la misma dirección. El seguimiento de Jesús va mucho más allá. Se trata de un seguimiento interior, una adhesión a Su proyecto de vida, una comunión de vida, un estar dispuesto a compartir el destino del Maestro. Es el camino que vamos a recorrer durante esta Cuaresma, durante la cual acompañaremos a Jesús camino a su Pasión y muerte, pero con la mirada fija en la Gran Noche; la Vigilia Pascual, que es la antesala de la culminación del Misterio Pascual de Jesús: su Resurrección gloriosa. ¡Vivimos para esa Noche!

¡Esa es nuestra fe!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 05-02-18

El relato evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 6,53-56), nos muestra a Jesús y sus discípulos llegando a Genesaret, inmediatamente después del episodio en que Jesús caminó sobre las aguas. Una vez más encontramos a Jesús curando enfermos: “cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos”. La fama de Jesús seguía creciendo, sobre todo después de la “primera multiplicación de los panes” (Mc 6,30-44), que había suscitado un entusiasmo desbordante.

El poder de la fe. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios. Aquella gente creía, y actuaba conforme a su fe. Creían que con tan solo tocar el borde de su manto sanarían, pero no se conformaban con creer, hacían el esfuerzo hasta tocar el manto, y se obraba el milagro; como la hemorroísa (Mc 5,25-34), quien se arrastró hasta tocar el manto de Jesús. Aquella mujer, por padecer flujos de sangre era considerada “impura” y no podía tocar a ningún hombre, so pena de ser lapidada. Pero tuvo fe, actuó conforme a esa fe, y fue curada.

Encontramos un patrón que se repite: Jesús y sus discípulos tratando de encontrar un lugar donde descansar. En esta ocasión acababan de llegar de misionar, y para llegar a Genesaret habían tenido que remar largo rato contra un viento contrario. Necesitaban el descanso. Pero la gente se los impedía. Por más que trataran de pasar desapercibidos, siempre los encontraban. Y como siempre, Jesús se compadece. No puede permanecer ajeno al dolor y enfermedad ajenos. El descanso tendrá que esperar…

Nos llamamos discípulos de Jesús. Una de las características del discípulo es que sigue al Maestro, lo imita. Este pasaje nos llama a hacer introspección. ¿Cómo reaccionamos ante el dolor las necesidades, la soledad de nuestros hermanos? (¡Cuántos de nuestros viejos mueren de soledad!) ¿Los atendemos, los acompañamos, los ayudamos, los escuchamos cuando lo necesitan, o lo hacemos cuando “podamos” o “tengamos tiempo”? ¿Anteponemos nuestra comodidad, nuestros placeres, nuestras “necesidades” por encima de la misericordia? ¡Cuántas veces, al encontrarnos ante la necesidad de un hermano nos hacemos de la vista larga o “damos un rodeo” para no enfrentarnos a la situación, como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37)!

No nos podemos quedar en el hecho del milagro; tenemos que ver más allá para encontrar su verdadero significado. No podemos perder de vista que los milagros de Jesús son producto de su gratuidad, de su Amor infinito, de su Misericordia…

Todas las obras de Dios son buenas, por eso debemos alabarle con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres!” (Sal 103).

Que pasen una hermosa semana alabando y bendiciendo al Señor, comenzando por el regalo de la vida.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 23-01-18

La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (2 Sam 6,12b-15.17-19), nos presenta al rey David concluyendo la traslación del Arca de la Alianza desde la casa de Obededom hasta Jerusalén, y su instalación en la tienda que él mismo le había preparado en la “ciudad de David”. La narración está llena de imágenes visuales, destacando la del rey David “danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino” mientras trasladaban el Arca “entre vítores y al sonido de las trompetas”.

El pasaje termina con un banquete en el cual el rey “repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno”. Un gesto propio del padre de familia al sentarse a la mesa, que repartía los alimentos a toda su familia, gesto lleno de simbolismo que repetiría Jesús en la última cena al instituir la Eucaristía.

El Evangelio, por su parte, nos presenta la versión de Marcos (3,31-35) del pasaje de “la verdadera familia” de Jesús. Relata el episodio en que la familia de Jesús vino a buscarlo y, como de costumbre, había tanta gente arremolinada a su alrededor, que no podían llegar hasta Él, así que le enviaron un recado. Los que estaban cerca de Él le dijeron: “Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan”.

Jesús, como en tantas otras ocasiones, aprovecha la oportunidad para hacer un comentario con un fin pedagógico: “Les contestó: ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y, paseando la mirada por el corro, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’”.

El mensaje de Jesús es claro: a la familia del Señor se ingresa por escuchar su Palabra, no por lazos de sangre. De hecho, la versión de Lucas del mismo pasaje, la más tardía de todas (escrita entre los años 80 y 90 d.C.), sin mencionar que paseó la mirada por el grupo de personas presentes, se limita a relatar que Jesús dijo: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8,21). Otras versiones dicen: “los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. No se trata tan solo de escuchar su Palabra, hay que “ponerla en práctica”, seguirlo.

Jesús ha expresado claramente que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a sobreponerse a los lazos humanos familiares (Cfr. Mt 10,37-38). Se trata de la “gran familia” de Dios abierta a toda la humanidad sin distinción de raza ni nacionalidad, el “nuevo Pueblo de Dios”. Ya no se trata de una familia en el orden biológico, sino de otra muy diferente, del orden espiritual. Una familia universal (“católica”) convocada al amor.

“Te pedimos, Señor, fe y confianza. Haz que tu voluntad sea nuestra, para que pueda conducirnos a tu casa bajo la guía de aquel que siempre y en todo cumplió tu voluntad: Jesucristo, nuestro Señor” (de la Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (A) 03-09-17


La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario (Mt 16,21-27) es la secuela de la profesión de fe Pedro.

Y como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser ejecutado”, y “resucitar”. Es el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús. Pero los discípulos todavía no captan el verdadero significado de Sus palabras.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Continuaba pensando en un Mesías libertador, un líder político que los librara del Imperio Romano. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”.

Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle en los versículos que siguen “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.” De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, “cargar” con la Cruz, “seguirlo”…

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16). Palabras fuertes, pero que expresan la seriedad del compromiso que contraemos los que decidimos seguir a Jesús. En otras palabras, no existe tal cosa como un cristiano light.

Ese es el gran problema de nuestros tiempos, el Cristo de la prosperidad, el Cristo hecho a la medida de cada cual. Nada parecido a la “locura de la Cruz” que predicó san Pablo.

Nadie ha dicho que esto de seguir a Jesús es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa es la promesa que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL 24-08-17

Hoy celebramos la Fiesta de san Bartolomé, apóstol. A Bartolomé se le menciona, y aparece en las llamadas “listas apostólicas” de los sinópticos y Hechos de los apóstoles, como uno de los doce apóstoles (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14; Hch 1,13). No así en el evangelio según san Juan. En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia de hoy (Jn 1,45-51) para la Fiesta de san Bartolomé, se habla de un tal Natanael, a quien la tradición le identifica con éste, en parte, por el hecho de que su nombre aparece inmediatamente después de Felipe en tres de esas “listas apostólicas”.

En este pasaje, lleno de simbolismos y alusiones al Antiguo Testamento, típicas de los escritos de san Juan, que por la brevedad de estas líneas no podemos elaborar, nos narra la vocación de Natanael (Bartolomé), inmediatamente después de la de Felipe, a quien Jesús utiliza como instrumento para “reclutarlo”. Como hemos señalado en ocasiones anteriores la palabra vocación viene del verbo latino vocare que quiere decir llamar.

Al igual que hizo con Felipe y Natanael en el relato de hoy, y con los demás apóstoles, Jesús nos llama a todos a seguirle. A unos nos llama directamente, como lo hizo con Felipe (“sígueme”), a otros nos llama por medio de aquellos que ya le siguen, como en el caso de Bartolomé, a quien Felipe le dijo: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.” Y ante el escepticismo de Bartolomé (“¿De Nazaret puede salir algo bueno?”), Felipe insistió: “Ven y verás”. Bartolomé le siguió, vio, y creyó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.

Felipe había tenido un encuentro personal con Jesús, y como todo el que pasa por esa experiencia, sintió una urgencia inexplicable en comunicar a otros “eso” que había encontrado; como aquellos a quienes Jesús curaba y les pedía que no dijeran a nadie lo ocurrido, que no bien había Jesús terminado de decirlo, cuando ellos salían corriendo a contarle a todos ese encuentro maravilloso que había cambiado sus vidas para siempre. Es lo que Jesús más adelante verbalizaría en su mandato: “Vayan y hagan discípulos” (Mt 28,19).

Bartolomé no solo aceptó la invitación sino que se convirtió en discípulo. Más tarde, Jesús lo escogería como uno de los doce apóstoles sobre los que Jesús instituyó su Iglesia, cuyos nombres están inscritos en los doce basamentos de la Nueva Jerusalén que Juan describe en la visión que nos narra en la primera lectura de hoy, tomada del libro del Apocalipsis (21,9b-14). Como tal, saldría a predicar, a “hacer discípulos”.

Aunque es uno de los apóstoles de quien menos se sabe, la tradición lo coloca evangelizando en Armenia y en la India, siendo objeto de especial veneración en este último país.

Jesús nos ha llamado a todos de diversas maneras. Y si vamos a ser verdaderos seguidores de Jesús acataremos su mandato: “Vayan y hagan discípulos”. ¿Aceptas el reto?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 11-08-17

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. Con esa sentencia comienza la lectura evangélica que nos regala la liturgia para hoy (Mt 16,24-28).

Jesús no se cansa de repetirlo. Él nos ofrece la vida eterna, la felicidad eterna en presencia del Padre, arropados de ese Amor infinito que solo Dios puede prodigarnos, sin interrupciones, sin distracciones. Disfrutar de la “visión beatífica” de que nos habla santo Tomás de Aquino. ¿A quién le amarga un dulce?, dice el refrán. Pero ese dulce viene acompañado de lo que yo llamo la “letra chica”, que dice: “Carga con tu cruz y sígueme”. Uf, ¡qué difícil! Ahí es donde muchos se desaniman. Entonces resuenan las palabras de Jesús a los Doce cuando muchos de sus discípulos comenzaron a abandonarlo porque encontraban “muy duro” su mensaje: “¿También vosotros queréis marcharos? (Jn 6,67)”.

En una ocasión escuché una homilía en la que el predicador comparaba la cruz que Cristo nos invita a cargar para nuestra salvación, con el efecto secundario de un medicamento capaz de curarte una enfermedad. Se me ocurre tomar como ejemplo la quimioterapia, que es capaz de curar un cáncer o, al menos, prolongar considerablemente la vida del paciente, pero cuyos efectos secundarios pueden ser incómodos, desagradables, y hasta dolorosos. Así, podríamos decir que la cruz es el “efecto secundario” del seguimiento de Jesús.

Si somos capaces de soportar los efectos secundarios de un tratamiento médico para prolongar la vida terrenal, que de todos modos es temporal y va a terminar comoquiera, ¿por qué se nos hace tan difícil aceptar la cruz que Cristo nos invita a cargar para alcanzar la vida eterna?

Lo mismo ocurre con los atletas, quienes sufren privaciones, se someten a estrictas disciplinas, y llevan su cuerpo a límites cada vez más extremos, a costa de dolor físico y agotamiento mental, con la esperanza (nunca la certeza) de ganar una carrera, o un partido, o cualquier otro evento deportivo. “Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio, por una incorruptible” (1 Co 9,25). ¿Cuánto más estaremos dispuestos a soportar con tal que alcanzar la “corona de gloria que no se marchita” que Cristo nos tiene prometida? Cfr. 1 Pe 5,4.

El Señor tiene una cruz para cada uno de nosotros. Cuando enfrentado con tu cruz el Señor te pregunte si tú también quieres marcharte, ¿qué le vas a contestar? Recordemos la contestación de Simón Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

Recuerda, el Señor te invita a seguirle. El precio es alto, pero la recompensa es eterna.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 05-08-17

La liturgia de hoy nos presenta como primera lectura el pasaje del libro del Levítico (Lv 25,1.8-17) en el cual el Señor establece el “año del jubileo”, o “año jubilar”. Para entender el significado de este precepto, tenemos que remontarnos a las promesas de Yahvé a Abraham y la conquista de la tierra de Canaán por el pueblo de Israel. La tierra, repartida entre todos, don de Dios y fruto del esfuerzo humano, representa el cumplimiento de la promesa de Dios.

Con el transcurso del tiempo, las tierras cambiaban de dueño por diversas transacciones económicas, rompiendo el desbalance inicial. En este pasaje del Levítico Yahvé instruye a Moisés que cada año cincuenta (el año después de “siete semanas de años, siete por siete, o sea cuarenta y nueve años”), cada cual tendrá derecho a recuperar su propiedad y volver a su pueblo. Y para evitar disputas, el mismo Dios establece la fórmula a utilizarse al hacer el cómputo para determinar el precio a pagarse por las tierras, es decir la tasación.

El año jubilar tenía un sentido religioso, de culto a Dios, unido a un carácter social, de justicia igualitaria.  Así, el año jubilar no solo se refería a las tierras; en ese año también se restablecía la justicia social mediante la liberación de los esclavos (“promulgaréis la manumisión en el país para todos sus moradores”).

La lectura evangélica de hoy (Mt 14,1-12) nos presenta la versión de Mateo del martirio de Juan el Bautista. Algunos ven en este relato un anuncio de la suerte que habría de correr Jesús a consecuencia de la radicalidad de su mensaje. Juan había merecido la pena de muerte por haber denunciado, como buen profeta, la vida licenciosa que vivían los de su tiempo, ejemplificada en el adulterio del Rey Herodes Antipas con Herodías, la esposa de su hermano Herodes Filipo. Jesús, al denunciar la opresión de los pobres y marginados, y los pecados de las clases dominantes, se ganaría el odio de los líderes políticos y religiosos de su tiempo, quienes terminarían asesinándolo.

Juan, el precursor, se nos presenta también como el prototipo del seguidor de Jesús: recio, valiente, comprometido con la verdad. La suerte que corrieron tanto Juan el Bautista como Jesús fue extrema: la muerte. Aunque este pasaje se refiere a algo que ocurrió en un pasado distante vemos cómo todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay hombres y mujeres valientes que pierden la vida por predicar el Evangelio de Jesucristo. De ese modo sus muertes se convierten en el mejor testimonio de su fe. De hecho, la palabra “mártir” significa “testigo”.

Hemos dicho en innumerables ocasiones que el seguimiento de Jesús no es fácil, que el verdadero discípulo de Jesús tiene que estar dispuesto a enfrentar el rechazo, la burla, el desprecio, la difamación, a “cargar su cruz”. Porque si bien el mensaje de Jesús está centrado en el amor, tiene unas exigencias de conducta, sobre todo de renuncias, que resultan inaceptables para muchos. Quieren el beneficio de las promesas sin las obligaciones.

Ese doble discurso lo vemos a diario en los que utilizan el “amor de Dios” para justificar toda clase de conductas que atentan contra la dignidad del ser humano y la familia.

Hermoso fin de semana a todos, y no olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 14-07-17

“Mirad que os mando como ovejas entre lobos” (Mt 10,16).

La primera lectura de la liturgia para hoy (Gn 46,1-7.28-30), nos narra el desenlace de la historia de José, con la salida de Jacob y sus descendientes de la tierra de Canaán hacia Egipto, en donde se establecerán por cuatro siglos. Este pasaje sirve de preludio a la esclavitud en Egipto que dará paso a la figura de Moisés, que aparecerá al comienzo del libro del Éxodo.

En la lectura evangélica (Mt 10, 16-23), Jesús continúa las instrucciones a sus apóstoles (“los doce”) antes de enviarlos a proclamar la Buena Noticia del Reino. Jesús les advierte que no iban a ser recibidos bien en todos lados, que los enviaba como corderos en medio de lobos. Jesús es consciente que Él mismo no fue bien recibido entre los suyos (Cfr. Lc 4,24), es decir, contempla ese mismo fracaso entre las posibilidades de sus enviados.

Jesús es también consciente que el mensaje de amor que sus enviados van a predicar con entrega, con mansedumbre, será rechazado y hasta combatido con brutalidad y violencia por los adversarios de la Palabra. Los apóstoles serán de ese modo ejemplo de que el Reino de Dios se revela en la debilidad de Jesús y de sus enviados. San Pablo recogerá ese pensamiento cuando diga: “Él (Jesús) me respondió: ‘Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad’. Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,9-10).

Pero a pesar de que les asegura que no los dejará solos, e inclusive que el Espíritu les sugerirá lo que tienen que decir cuando los arresten, les instruye que sean “sagaces como serpientes y sencillos como palomas”, que no se fíen de nadie. La mansedumbre no quiere decir que sean incautos o tontos. Por el contrario, al utilizar el ejemplo de la serpiente y la paloma, les dice que tienen que ser hábiles, inteligentes, cautos como la serpiente para discernir la presencia de lobos y no provocarlos innecesariamente, pero manteniendo al mismo tiempo la candidez, la simplicidad de las palomas, sin dobleces ni complicaciones.

Jesús siempre es claro con los que llama a seguirlo. El camino va a ser difícil, lleno de obstáculos, persecuciones e insultos. El que sigue a Jesús tiene que estar consciente que su recompensa no será en este mundo, sino en la vida eterna: “el que persevere hasta el final se salvará”. Y esa recompensa es la “corona de gloria que no se marchita” de que nos habla san Pedro (1 Pe 5,4).

Esas instrucciones de Jesús a los apóstoles son también para todos los que aceptamos el llamado de Jesús a participar de la misión evangelizadora. El Concilio Vaticano II dejó claramente establecido el papel de los laicos como “nuevos evangelizadores”. Ya no es una misión reservada a los ministros ordenados o consagrados (Apostilicam actuositatem). Nos toca a todos; a ti y a mí. ¡Atrévete!