REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA OBLIGATORIA DE JUAN EL BAUTISTA 29-08-19

Hoy celebramos la memoria obligatoria del martirio de Juan el Bautista. La lectura evangélica de hoy (Mc 6,17-29) nos presenta la versión de Marcos del martirio de Juan. Algunos ven en este relato un anuncio de la suerte que habría de correr Jesús a consecuencia de la radicalidad de su mensaje. Juan había merecido la pena de muerte por haber denunciado, como buen profeta, la vida licenciosa que vivían los de su tiempo, ejemplificada en el adulterio del Rey Herodes Antipas con Herodías, la esposa de su hermano Herodes Filipo. Jesús, al denunciar la opresión de los pobres y marginados, y los pecados de las clases dominantes, se ganaría el odio de los líderes políticos y religiosos de su tiempo, quienes terminarían asesinándolo.

Juan, el precursor, se nos presenta también como el prototipo del seguidor de Jesús: recio, valiente, comprometido con la verdad. La suerte que corrieron tanto Juan el Bautista como Jesús fue extrema: la muerte. Marcos coloca este relato con toda intención después del envío de los doce, para significar la suerte que podía esperarles a ellos también, pues la predicación de todo el que sigue el ejemplo del Maestro va a provocar controversia, porque va a obligar a los que lo escuchan a enfrentarse a sus pecados. De este modo, el martirio de Juan el Bautista se convierte también en un anuncio para los “doce” sobre la suerte que les espera.

Aunque nos parezca algo que ocurrió en un pasado distante, algunos se sorprenden al enterarse que todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay hombres y mujeres valientes que pierden la vida por predicar el Evangelio de Jesucristo. De ese modo sus muertes se convierten en el mejor testimonio de su fe. De hecho, la palabra “mártir” significa “testigo”.

Hemos dicho en innumerables ocasiones que el seguimiento de Jesús no es fácil, que el verdadero discípulo de Jesús tiene que estar dispuesto a enfrentar el rechazo, la burla, el desprecio, la difamación, a “cargar su cruz”. Porque si bien el mensaje de Jesús está centrado en el amor, tiene unas exigencias de conducta, sobre todo de renuncias, que resultan inaceptables para muchos (Cfr. Jn 6,60-67). Quieren el beneficio de las promesas sin las obligaciones.

El verdadero cristiano tiene que predicar a Cristo; ¡a Cristo crucificado! “Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios” (1 Co 1,17-18).

Por eso el que confía en Jesús y en su Palabra salvífica enfrenta las consecuencias del seguimiento con la certeza de que no está solo. Eso es una promesa de Dios, y Dios nunca se retracta de sus promesas (Cfr. 1 Pe 10,23). Esa es la verdadera “esperanza del cristiano”, que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que es “la virtud teologal por la cual deseamos y esperamos de Dios, con una firme confianza, la vida eterna y las gracias para merecerla, porque Dios nos lo ha prometido”.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL T.O. (B) 26-08-18

La liturgia de hoy nos presenta la culminación del “discurso del pan de vida” (Jn 6,60-69), que hemos estado contemplando durante los pasados cuatro domingos.

En el Evangelio que contemplábamos el pasado domingo (Jn 6,51-59) Jesús había enfatizado en cinco ocasiones la necesidad de “comer su carne” y “beber su sangre” para obtener la vida eterna, en una alusión al sacramento de la Eucaristía que para ellos resultaba incomprensible. Esto, en respuesta a los comentarios de los judíos, quienes se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Lejos de suavizar o justificar sus palabras, reitera que el que no coma su carne y beba su sangre “no tendrá vida” en sí mismo, es decir, no tendrá la vida que da la Gracia, añadiendo que ello es necesario para que podamos “habitar” en Él y Él en nosotros.

Aquellas palabras (eso de “comer” su carne y “beber” su sangre) resultaban fuertes y escandalosas, duras, para muchos de los “discípulos” que le seguían: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Jesús no intenta convencerlos ni trata de explicar su discurso. Por el contrario, se reitera en lo dicho y les increpa: “¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen… Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Esas palabras hicieron que muchos discípulos suyos se echaran atrás y dejaran de seguirle.

Entonces Jesús se viró hacia donde estaban los Doce (trato de imaginarme la escena) y les lanza un desafío: “¿También ustedes quieren marcharse?” Como siempre, Simón Pedro tomó la palabra e hizo una profesión de fe: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Las palabras de Jesús siempre son motivo de controversia. Ya el anciano Simeón lo había profetizado desde el comienzo (Lc 2,34). Y hoy día no es diferente. Su seguimiento es exigente, duro, el estilo de vida que implica está reñido con los gustos, las tendencias del mundo actual. Seguir a Jesús implica hacerse uno con Él, “comer su carne”, no solo en la Eucaristía, sino también participar de su encarnación, y “beber la sangre” de su sacrificio.

Los que queremos perseverar, los que queremos permanecer fieles a Él, necesitamos comer constantemente de ese “pan de Vida”, no solo en la mesa de la Eucaristía, sino también en la mesa de la Palabra, que es también fuente de vida eterna: “¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

En la Eucaristía encontramos alimento, y en la Palabra el aliento y el consuelo que nos permite continuar en el camino a la Vida eterna que Él regala de balde a los que comemos de su cuerpo y bebemos de su sangre.

Él siempre tiene la mesa de la Eucaristía y la mesa de la Palabra dispuestas para ti.

¡Acércate! Él te está esperando…

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL 24-08-18

Hoy celebramos la Fiesta de san Bartolomé, apóstol. A Bartolomé se le menciona, y aparece en las llamadas “listas apostólicas” de los sinópticos y Hechos de los apóstoles, como uno de los doce apóstoles (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14; Hch 1,13). No así en el evangelio según san Juan. En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia de hoy (Jn 1,45-51) para la Fiesta de san Bartolomé, se habla de un tal Natanael, a quien la tradición le identifica con éste, en parte, por el hecho de que su nombre aparece inmediatamente después de Felipe en tres de esas “listas apostólicas”.

En este pasaje, lleno de simbolismos y alusiones al Antiguo Testamento, típicas de los escritos de san Juan, que por la brevedad de estas líneas no podemos elaborar, nos narra la vocación de Natanael (Bartolomé), inmediatamente después de la de Felipe, a quien Jesús utiliza como instrumento para “reclutarlo”. Como hemos señalado en ocasiones anteriores la palabra vocación viene del verbo latino vocare que quiere decir llamar.

Al igual que hizo con Felipe y Natanael en el relato de hoy, y con los demás apóstoles, Jesús nos llama a todos a seguirle. A unos nos llama directamente, como lo hizo con Felipe (“sígueme”), a otros nos llama por medio de aquellos que ya le siguen, como en el caso de Bartolomé, a quien Felipe le dijo: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.” Y ante el escepticismo de Bartolomé (“¿De Nazaret puede salir algo bueno?”), Felipe insistió: “Ven y verás”. Bartolomé le siguió, vio, y creyó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.

Felipe había tenido un encuentro personal con Jesús, y como todo el que pasa por esa experiencia, sintió una urgencia inexplicable en comunicar a otros “eso” que había encontrado; como aquellos a quienes Jesús curaba y les pedía que no dijeran a nadie lo ocurrido, que no bien había Jesús terminado de decirlo, cuando ellos salían corriendo a contarle a todos ese encuentro maravilloso que había cambiado sus vidas para siempre. Es lo que Jesús más adelante verbalizaría en su mandato: “Vayan y hagan discípulos” (Mt 28,19).

Bartolomé no solo aceptó la invitación sino que se convirtió en discípulo. Más tarde, Jesús lo escogería como uno de los doce apóstoles sobre los que Jesús instituyó su Iglesia, cuyos nombres están inscritos en los doce basamentos de la Nueva Jerusalén que Juan describe en la visión que nos narra en la primera lectura de hoy, tomada del libro del Apocalipsis (21,9b-14). Como tal, saldría a predicar, a “hacer discípulos”.

Aunque es uno de los apóstoles de quien menos se sabe, la tradición lo coloca evangelizando en Armenia y en la India, siendo objeto de especial veneración en este último país.

Jesús nos ha llamado a todos de diversas maneras. Y si vamos a ser verdaderos seguidores de Jesús acataremos su mandato: “Vayan y hagan discípulos”. ¿Aceptas el reto?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN LORENZO, DIÁCONO Y MÁRTIR (10-08-18)

Hoy la Iglesia universal (¿sabías que la palabra “católica” quiere decir “universal”?) celebra la Fiesta de san Lorenzo, mártir. Lorenzo fue uno de los siete diáconos de la Iglesia de Roma, en donde fue martirizado el 10 de agosto de 258. El papa Sixto lo había ordenado diácono y nombrado administrador de los archivos y los bienes de la Iglesia, y el cuidado de los pobres. Se le venera como santo patrón de los bibliotecarios.

Lorenzo es uno de esos santos cuya vida está rodeada de anécdotas y leyendas, entre las que podemos resaltar que se dice que entre los tesoros de la Iglesia cuya custodia se le habían confiado a Lorenzo estaba el “Santo Grial”, es decir, la copa utilizada por Jesús en la institución de la Eucaristía durante la última cena. A partir de ahí se han urdido toda clase de leyendas e intrigas, sobre todo para aquellos que gustan de ese tipo de historias

Otra anécdota cuenta que cuando el papa Sixto fue asesinado, el alcalde pagano de Roma le pidió a Lorenzo que le entregara todas las riquezas de la Iglesia, a lo que éste le pidió tiempo para recolectarlas. Entonces fue y recogió a todos los pobres, huérfanos, viudas, enfermos, tullidos, ciegos y leprosos que él atendía y se los presentó al alcalde diciéndole: “Estos son los tesoros de la Iglesia”. El alcalde, furioso por la actuación de Lorenzo lo condenó a muerte diciéndole: “Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida”.

Precisamente con su martirio tiene que ver la tercera anécdota. La “muerte lenta” que le prometió el alcalde fue morir asado en una parrilla. Cuenta la leyenda que, en medio del martirio, dijo a su verdugo: “Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho”.

En ocasiones hemos hablado de la “letra chica” del seguimiento de Jesús y cómo Jesús tiene una cruz distinta para cada uno de nosotros, según sus misteriosos designios. Lorenzo leyó esa letra chica y aceptó seguir a Jesús y dar testimonio de su Palabra sin importar las consecuencias. Con su muerte dio testimonio de la resurrección de Jesús (la palabra “mártir” quiere decir “testigo”) y logró que la Palabra de Dios diera fruto en abundancia.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para esta Fiesta (Jn 12,24-26) le da sentido al martirio de Lorenzo: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

Jesús nos invita a seguirle y nos advierte lo que nos espera. Lorenzo lo siguió hasta la muerte. Y a nosotros se nos hace tan difícil seguirlo en el sufrimiento, aún en las cosas más pequeñas, insignificantes, que a veces sacamos de proporción y nos parecen tan “dolorosas”. ¡Atrévete! No te vas a arrepentir. ¿Sabes cuál es el secreto? Una sola palabra: Amor.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN 08-08-18

La Orden de Predicadores (Dominicos) celebra hoy la Solemnidad de nuestro padre y fundador Santo Domingo de Guzmán, y en esta fecha celebramos la liturgia propia de la solemnidad, apartándonos de las lecturas correspondientes al tiempo ordinario.

Como primera lectura propia de la Solemnidad, se nos ofrece un texto de la Primera Carta del Apóstol san Pablo a los Corintios (2,1-10a), que nos presenta el secreto de la predicación de Pablo: “Cuando vine a ustedes a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a ustedes débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. Pablo termina este pasaje diciendo: “«Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu”.

Ahí está el secreto de la evangelización: predicar a Jesús muerto y resucitado, y las maravillas que ha obrado en cada uno de nosotros a través de su Santo Espíritu. El Padre Emiliano Tardiff lo expresó de manera elocuente: “Un evangelizador es ante todo un testigo que tiene experiencia personal de la muerte y resurrección de Cristo Jesús y que transmite a los demás, más que una doctrina, una persona que está viva que comunica vida y vida en abundancia. Después, solo después y siempre después, se debe enseñar la catequesis y la moral. A veces estamos muy preocupados en que la gente cumpla los mandamientos de Dios antes de que conozcan al Dios de los mandamientos”.

De Santo Domingo se dice que “hablaba con Dios y de Dios”. Hablaba con Dios porque era hombre de oración, estudio de la Palabra y contemplación de la verdad revelada a través del estudio. El fruto de esa contemplación, que es el conocimiento de Dios, es lo que le permitía “hablar de Dios”, es decir, compartir con otros su experiencia de Dios como “una persona que está viva que comunica vida y vida en abundancia”. Ese fue el secreto de Pablo, y el secreto de Domingo de Guzmán, y es el ejemplo que debemos emular.

Como lectura evangélica contemplamos a Lc 9,57-62, que nos presenta dos frases que resumen las exigencias del seguimiento de Jesús: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Jesús no solo abandonó su casa, sino que junto a ella abandonó también a su familia, especialmente a su madre, que era la persona que más amaba. Cuando Jesús le dice a su discípulo que seguirlo a Él es más importante que cumplir con el piadoso deber de enterrar a los muertos, lo hace con todo propósito, para recalcar la radicalidad del seguimiento, y que no hay nada más importante que el anuncio del Reino.

Domingo de Guzmán vivió esa radicalidad en el seguimiento de Jesús, e imprimió a la Orden ese carisma que me honro compartir.

¡Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 17-07-18

Estamos acostumbrados a escuchar a Jesús pronunciar palabras de amor, llenas de misericordia; por eso nos estremece y hasta nos confunde escucharle pronunciar palabras fuertes de reproche y condenación, como las que encontramos en el evangelio de hoy (Mt 11,20-24). Jesús acaba de impartir las instrucciones a sus apóstoles antes de enviarlos en misión. Y hacia el final de esas instrucciones ya les había dicho que si en algún lugar no los recibían bien, que se sacudieran el polvo de los pies y continuaran su camino a otro lugar en el cual estuvieran dispuestos a escucharles.

No hay duda, la Palabra de Jesús a veces nos resulta amenazadora, precisamente por las exigencias de vida que contiene, por lo que yo llamo la “letra chica”. No se trata de un juego, es algo bien serio. Si algo está en “juego” es nuestra salvación, la Vida eterna. Tenemos dos opciones: o aceptamos a Jesús (con todo lo que implica), o lo rechazamos. No hay términos medios. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,15).

El seguimiento de Jesús no es fácil; su lenguaje es duro, sin “adornos”, por eso muchos de sus discípulos al oírle optaron por abandonarlo (Cfr. Jn 6,60.66), ante lo cual Jesús se dirigió a los Doce diciendo: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67).

Los habitantes de las ciudades que Él menciona en la lectura de hoy, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, donde Él realizó la mayoría de los milagros, donde predicó en las sinagogas y en las ciudades, donde pronunció el discurso de las Bienaventuranzas, no le hicieron caso (Cfr. Jn 1,11). Por eso las compara con ciudades paganas de Tiro, Sidón y Gomorra, y les anuncia que correrán una suerte peor que aquellas.

Jesús se muestra especialmente fuerte con Cafarnaún, la ciudad donde llevó  cabo la parte más significativa de su ministerio, y que sirvió como “centro de operaciones” de su misión evangelizadora: “Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”.

Esa misma Palabra nos pregunta hoy, a cada uno de nosotros: “Y tú, ¿piensas escalar el cielo?”

¿Cuál es tu respuesta?

Está claro, para ser ciudadanos del Reino, y acreedores a la Vida eterna tenemos que imitar a Jesús, que no es otra cosa que vivir la Ley del Amor, que Él mismo resume en dos mandamientos: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37.39). Y el cumplimiento del primero se logra en el cumplimiento del segundo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Cfr. Mt 25, 31-46).

Se lee fácil, pero, Señor, ¡qué difícil se nos hace seguirte!

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOQUINTO DOMINGO DEL T.O. (B) 15-07-18

En este decimoquinto domingo de tiempo ordinario, la primera lectura está tomada la profecía de Amós (Am 7,12-15). Amós no fue muy bien visto en Israel (Reino del Norte), pues, además de ser un simple pastor, era de Judá (Reino del Sur) y, para colmo, vino a denunciar las infidelidades del pueblo de Israel contra Yahvé. Amasías, sacerdote de Betel (Betel era una de dos capitales religiosas del Reino Israel – junto con Dan), se siente amenazado, pues las denuncias de Amós le tocan directamente. Por eso se queja ante el rey Jeroboam, e intenta expulsar a Amós.

Amós se le enfrenta con la valentía que caracteriza a los enviados de Dios y contesta: “Yahvé me tomó de detrás del rebaño y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo Israel’.” Y la respuesta de Yahvé Dios a Amasías, a través de su profeta, no se hace esperar (Am 7,17): “Tu mujer se prostituirá en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán a espada, tu tierra será repartida a cordel, tú mismo morirás en tierra impura (tierra extranjera, manchada por la presencia de los ídolos), e Israel será deportado de su tierra”. Esto ocurrió efectivamente en el año 722 a.C.

Dios nos habla continuamente y de muchas maneras; sobre todo a través de su Palabra, nos señala el Camino y, como le sucedió a Israel, esa Palabra de vida eterna cae en oídos sordos. Por eso continuamos adorando nuestros “diosecillos”, que no hacen otra cosa que mantenernos apegados a las cosas materiales, alejándonos cada vez más de Dios.

Hoy, día del Señor, hagamos un pequeño examen de consciencia para tratar de identificar esos “ídolos” que nos esclavizan y nos impiden, como al pueblo de Israel, acercarnos a Dios y ser acreedores de su promesa de vida eterna.

Por eso en la lectura evangélica de hoy (Mc 6,7-13), que es la versión de Marcos del envío de los “doce”, cuya versión de Mateo leyéramos el jueves, Jesús instruye a sus apóstoles que, para poder llevar a cabo su misión en forma efectiva tienen que despojarse de todas las cosas materiales, de todo peso que pueda convertirse un lastre para el Camino: “los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Jesús no condena las posesiones materiales, especialmente aquellas que son producto del trabajo bendecido por Él. Lo que Jesús condena reiteradamente es el “apego” a esas posesiones que nos impide “dejarlo todo” para seguirle (Cfr. Mt 19,16-22; Mc 10,17-22; Lc 18,18-23); aquellas cosas que nos impiden amar al Señor nuestro Dios “con todo [nuestro] corazón, con toda [nuestra] alma, con todas [nuestras] fuerzas, y con toda [nuestra] mente” (Cfr. Dt 6,5; Lc 10,27).

Que pasen un hermoso día en la PAZ del Señor y, si aún no lo han hecho, no olviden visitarle en su Casa; Él les espera.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 06-07-18

El evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 9,9-13) es uno sobre el cual podríamos escribir muchas páginas, dada la riqueza de su contenido. En este pasaje Mateo narra su propia vocación (del latín vocatio, que se deriva a su vez del verbo vocare – llamar), y se llama a sí mismo Mateo (que significa “don de Dios”), mientras Marcos y Lucas, en sus pasajes paralelos (Mc 2,13; Lc 5,27), le llaman Leví.

Por la brevedad que nos impone esta corta reflexión, nos limitaremos a una sola palabra, tal vez la más importante pronunciada por Jesús: “Sígueme”. Siempre que leo este pasaje trato de imaginarme la escena. Mateo sentado en su mesa de cobrador de impuestos (los publicanos eran de las personas más odiadas en tiempos de Jesús, nos solo por cobrar los impuestos para el imperio romano, sino por cobrar en exceso para enriquecerse), probablemente contando sus recaudos, y de momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a la mesa y lo mira con la mirada más penetrante que jamás haya visto, al punto que le hace levantar la suya y cruzarla con la de Aquél cuya presencia le perturbó. Y esa persona, a quien Mateo no había visto jamás, con un tono de voz amable pero con una firmeza avasalladora le dice: “Sígueme”. Y Mateo “se levanto, lo dejó todo y empezó a seguirlo” (Lc 5,27).

Hoy Jesús continúa diciendo lo mismo a cada uno de nosotros: “Sígueme”. A veces pensamos que eso es para los “santos”, para las ancianitas “piadosas”, para los “curas” y las monjitas. ¡Falso! Jesús nos llama a cada uno por nuestro nombre, por más pecadores que seamos, y tiene una misión para para cada cual. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

En su ministerio Jesús se juntaba, se sentaba a la mesa con los “pecadores”, que en su tiempo se refería a unas determinadas clases sociales o tipos de gentes (publicanos, ladrones, prostitutas, paganos, adúlteros, asesinos, etc.). De esta manera Jesús rompe con los esquemas y prejuicios de su tiempo; no “etiqueta” a las personas, como solemos hacer hoy aún. Y ante el prejuicio y la intolerancia, nos propone el amor gratuito y desinteresado, la misericordia (en hebreo: hesed).

Jesús llamó a Mateo (publicano), a Pablo (su más acérrimo perseguidor), para convertirlos en apóstoles; y lo fueron porque estuvieron dispuestos a seguirle, a compartir su suerte. Hoy te llama a ti, me llama a mí. ¿Estamos dispuestos a “dejarlo todo” y empezar a seguirle?

Que conste, a veces nos llama tan solo para saber si en realidad estamos dispuestos a seguirlo, y a mitad el camino, o casi al final nos dice: “Como estuviste dispuesto a dejarlo todo para seguirme, ahora tengo algo mejor para ti”.

“¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,21). ¡El que tenga oídos para oír que oiga!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 02-06-18

Dos frases de Jesús, contenidas en el evangelio de hoy (Mt 8,18-22), resumen su mensaje. “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Tú, sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos”.

Cuando Jesús nos habla, a veces su mensaje es claro, pero a veces nos confunde, y hasta nos estremece, como sucede con la última frase, en la que Jesús le pide a su discípulo que incumpla una de las obras de misericordia corporales, enterrar a los muertos, con tal de seguirlo. Como siempre que abordamos la Biblia, no podemos hacerlo con una lectura literal del texto. Hay que ver el contexto en que se dice.

En esta lectura tenemos que tomar ambas frases en conjunto y en el contexto de la vida de quien las pronuncia. Jesús abandonó su casa, el confort y la seguridad de su hogar para ir a proclamar la Buena Noticia del Reino: “para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Por eso nos dice que no tiene dónde recostar la cabeza. Le advierte a su discípulo potencial sobre las exigencias que implica su seguimiento.

Jesús no solo abandonó su casa, sino que junto a ella abandonó también a su familia, especialmente a su madre, que era la persona que más amaba. Cuando Jesús le dice a su discípulo que seguirlo a Él es más importante que cumplir con el piadoso deber de enterrar a los muertos, lo hace con todo propósito, para recalcar la radicalidad del seguimiento, y que no hay nada más importante que el anuncio del Reino. Lo único que Jesús garantiza a los que deciden seguirle (además de las persecuciones y sufrimiento) es la vida eterna, la “corona que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25).

El discípulo sigue al maestro, “se sienta a sus pies” a escucharlo, pero más importante aún, “comparte su destino”. Jesús nos está diciendo que su seguimiento tiene que ser radical; que tenemos que estar dispuestos a renunciar, dejar atrás todo lo que pueda convertirse en un obstáculo para seguirlo.

Ahí reside nuestro problema. Estamos apegados a muchas cosas y personas, y ante ellas, el seguimiento de Jesús toma un distante segundo plano. Ese “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”, se convierte para nosotros en “Señor, espera que me jubile” o, “Señor, déjame terminar de criar a mis hijos” o, “Señor, déjame terminar mis estudios” o, “Señor, déjame juntar suficiente dinero para comprar una casa, o un auto nuevo” … ¡Siempre hay una excusa válida para posponerlo! Mientras tanto, Él sigue llamando a nuestra puerta (Cfr. Ap 3,20).

Jesús quiere que le sigamos, pero ese seguimiento no puede ser a medias; no podemos ser cristianos “tibios”, part time: “Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,16). Palabras fuertes, pero Él quiere que no quede duda alguna sobre lo que espera de nosotros. Ese mismo Jesús te está pidiendo HOY que le sigas. ¿Cuál es tu excusa?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 30-05-18

La lectura evangélica de hoy (Mc 10,32-45) nos presenta el tercer anuncio de la pasión de Jesús a sus discípulos. Vemos cómo cada vez el anuncio se hace más preciso. Hoy lo hace con lujo de detalle: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará”.

Este anuncio se da en el contexto de la primera “subida” de Jesús a Jerusalén en la narración de Marcos. Además del aspecto geográfico, vemos en este detalle un significado teológico: Jesús abandona el mundo pagano y “sube” a Sión para enfrentar su pasión y muerte voluntariamente aceptadas, para luego resucitar lleno de gloria.

Otro simbolismo: Jesús se les adelanta y los discípulos le siguen “asustados”. Jesús va enfrentar la culminación de su misión, y los apóstoles sufrirán su mismo destino: el martirio. Según la tradición todos, excepto Juan, padecieron el martirio a causa del Evangelio.

No bien había acabado Jesús de hacer su anuncio, se le acercan Santiago y Juan, todavía con las ideas mesiánicas del pueblo de Israel en sus mentes, y le piden: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. En la versión de Mateo, es la madre de estos quien se lo pide (Mt 20,20-21). De nuevo la ambición de gloria y privilegio. Jesús destaca la incomprensión de los apóstoles: “No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” Ellos siguen sin comprender y le contestan en la afirmativa.

Jesús, con toda su paciencia les afirma: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado”. Beber el cáliz se refiere a asumir la amargura, el sacrificio, la renuncia (Cfr. Mt 26,39; Lc 22,42), y el bautismo es sinónimo de sumergirse, dejarse purificar, morir para nacer a una nueva vida. Les anuncia la suerte que les espera.

Los otros se indignan, no porque creyeran que la petición de los hijos del Zebedeo fuera impropia, sino porque se les habían adelantado. No será hasta la Pascua de Jesús que los discípulos comprenderán el significado de sus palabras.

Jesús aprovecha (¿cuándo no?) para darles (y darnos a nosotros también) una lección sobre lo que significan autoridad y servicio: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

Hagamos examen de conciencia. ¿Tengo tendencia a dominar o imponer mi criterio sobre otros, más que servir? ¿Ambiciono, consciente o inconscientemente puestos de honor o reconocimiento?

Ser cristiano significa seguir los pasos de Cristo. Beber su mismo cáliz y bautizarse en su mismo bautismo. La invitación es sencilla: “Sígueme”. ¿Te animas?