REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DEL T.O. (B) 04-01-18

Las lecturas que nos ofrece la liturgia para este quinto domingo del Tiempo Ordinario giran en torno al tema de la predicación, el anuncio del Reino.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (9,16-19.22-23), encontramos la famosa frase del apóstol: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!”. En este pasaje san Pablo nos presenta las características del verdadero apóstol, del enviado por el Señor a predicar la Buena Nueva del Reino (es decir, todos y cada uno de nosotros): “Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos”. En otras palabras, que el seguidor de Jesús ha de seguir los pasos del Maestro, que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28). Esa es la mejor predicación, traducir nuestra fe en obras (Cfr. St 2,18).

El Evangelio (Mc 1,29-39) nos narra la curación de la suegra de Pedro. Una vez más vemos a Jesús curando enfermos, echando demonios, demostrando su poder. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Marcos quiere presentar a los paganos un Jesús poderoso en obras, por eso, de todos los evangelistas, es quien pone más énfasis en los milagros de Jesús, presentándolo como el gran taumaturgo o hacedor de milagros.

La lectura nos dice que después de curar a la suegra de Pedro, al anochecer “le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”. Todos esos milagros y demostraciones de poder por parte de Jesús constituyen un anuncio de que el Reino ha llegado pero, como sucede con muchos, en ocasiones no podemos ver más allá de los milagros y el beneficio que estos puedan brindarnos. Queremos y buscamos a un Jesús “milagrero” que resuelva nuestro “problema” inmediato, y pasamos por alto el hecho de que ese milagro es manifestación del Amor de Dios.

Al final de la jornada, luego de descansar un rato, Jesús se levantó y, como tantas veces, se marchó al descampado y allí se puso a orar, a retomar ese diálogo continuo con al Padre. Es allí donde los discípulos lo encuentran, lo interrumpen y le dicen: “Todo el mundo te busca”. La pregunta que me hago es: ¿para qué lo buscaban? ¿Por curiosidad, para verle hacer milagros? ¿Para que obrara un milagro en ellos? De todos los que lo “buscaban”, ¿cuántos lo hacían porque querían escuchar Su Palabra para ponerla en práctica? ¿Cuántos habían captado el mensaje detrás de los milagros?

Eso no detiene a Jesús, que dice a sus discípulos: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”. Esa fue la misión de Jesús, anunciar la Buena Noticia de que el Reino ya está aquí; y es la misión que encomendaría a sus discípulos antes de partir (Mc 16,15). Es lo que nos dice a nosotros ahora a través de la Palabra.

Y al igual que Jesús, nuestra predicación ha de ir acompañada de obras que den testimonio de la misma. No tenemos que hacer portentos como Jesús; a veces el mejor milagro que podemos hacer es aconsejar o alentar a alguien, visitar a un enfermo, acoger a alguien que sufra discrimen o rechazo, o tal vez regalar una sonrisa que refleje el Amor de Dios… Ese acto se convertirá en un testimonio de que el Reino ha llegado.

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