REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 25-02-20

“El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”

La lectura evangélica de hoy (Mc 9,30-37), nos presenta el segundo anuncio de la Pasión. Encontramos a Jesús haciendo un “aparte” para instruir a sus apóstoles, aquellos a quienes Él había escogido de entre sus discípulos para que continuaran su obra una vez llegara el momento de regresar al Padre. Quería que entendieran que Él no iba a estar con ellos durante mucho tiempo. Ya en una ocasión anterior se los había intimado, pero ellos no entendieron (Mc 2,18-22).

Hoy se los dice más directamente: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero aun así ellos no lo captaron, “y les daba miedo preguntarle”. Es la naturaleza humana. Ellos se sentían cómodos, seguros, en compañía de su Maestro a quien Pedro había identificado como el Mesías esperado (Ver nuestra reflexión para el jueves de la sexta semana del T.O.). No querían ni tan siquiera contemplar la idea de que Él les abandonara. Preferían hacer como los niños, que comienzan a tararear en voz alta cuando no quieren escuchar lo que se les dice.

En cambio, los apóstoles tornaron su atención hacia ellos mismos y comenzaron a discutir entre sí sobre quién es el más importante entre ellos. Resulta claro que no comprenderán el mensaje de Jesús hasta después de su Pascua. Al llegar a la casa Jesús les preguntó que de qué hablaban por el camino (por supuesto, Él lo sabía), pero ellos no contestaron. Entonces con su santa calma se sentó, los llamó y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y para enfatizar su punto, acercó un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado” (Marcos es quien único enfatiza ese gesto de ternura de Jesús abrazando al niño).

Para entender el alcance de este gesto tenemos que entender lo que significaba un niño en tiempos de Jesús. En aquella época un niño era un ser insignificante, sin derechos, una posesión de su padre, menos valioso que un animal de carga o de trabajo. Por tanto, acoger a un niño equivale a hacerse menos que un niño, el más insignificante de todos. Aun así, los apóstoles no comprendieron las palabras de Jesús. Más adelante, en la última cena, Jesús acentuaría su enseñanza con el gesto de lavar los pies a los apóstoles (Jn 13,1-15), tarea reservada en esa época a los esclavos o sirvientes y, en ausencia de estos, a los niños.

Nadie dijo que el seguimiento de Jesús es fácil. Implica renuncias, privaciones, humillaciones, burla, persecuciones. “El que quiera seguirme…” (Mt 16,24). El camino es arduo, pero la recompensa es segura: “el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (16,27). Y tú, ¿te animas a seguirlo?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 24-02-20

“¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”.

La lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 9,14-29) nos narra el pasaje de la “curación del endemoniado epiléptico”, llamado así porque a pesar de que en el pasaje se habla de que el joven estaba poseído por un espíritu inmundo, la descripción de los efectos de la “posesión” apunta a un episodio de epilepsia. Recordemos que en aquél tiempo, toda condición similar que no tuviera explicación se la atribuían a los espíritus inmundos o demonios. De todos modos, epilepsia o posesión, el hecho es que Jesús curó al joven.

Jesús llega y se encuentra con el padre del joven, quien le explica que sus discípulos no han sido capaces de echar el espíritu. Jesús se molesta e increpa una vez más a sus discípulos: “¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo”. Le llevaron al joven, y tan pronto el espíritu “vio a Jesús, retorció al niño; cayó por tierra y se revolcaba, echando espumarajos”. En ese momento el padre se desesperó (trato de imaginar la angustia del padre) y le suplicó a Jesús que lo ayudase: “Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos”. A lo que Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”.

Luego de un intercambio entre Jesús y el padre, en el que el último le confiesa su fe débil (“Tengo fe, pero dudo; ayúdame”), Jesús increpó al espíritu inmundo y éste salió del joven. Imagino la vergüenza de los discípulos ante su fracaso estrepitoso enfrente de los presentes. A la primera oportunidad que tuvieron a solas con Jesús le preguntaron: “¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?”. La contestación de Jesús fue tajante: “Esta especie sólo puede salir con oración”.

Jesús confió su “secreto” a los discípulos. Jesús era una persona de oración constante, vivió toda su vida terrena en un ambiente de oración. Los relatos evangélicos lo muestran constantemente retirándose a orar (a veces pasaba la noche entera en oración), u orando en público. Invocaba la ayuda de lo alto, y el Espíritu de Dios (Espíritu Santo) le arropaba y le daba fuerzas para seguir adelante en su misión y realizar todos los milagros y portentos que vemos en los evangelios. Por eso la oración se considera el arma o instrumento que toma el primer plano en el combate espiritual contra las fuerzas del mal.

Antes de partir Jesús nos dijo que los que creyéramos en Él tendríamos poder para echar demonios, curar enfermos, etc. (Cfr. Mc 16,17). Y si creemos en Él y le creemos, seguiremos sus pasos, y ese seguimiento incluye ser personas de oración.

Para eso nos dejó el Espíritu Santo. El Espíritu que nos ayuda a llamar “Padre” a Dios, nos dará también la fuerza para echar demonios. Pero para eso tenemos que invocarlo con fe, el tipo de fe que nos lleva a actuar como si ya se nos hubiese concedido lo que pedimos al Padre, como lo hizo Jesús al resucitar a Lázaro (Cfr. Jn 11,41).

Hoy te invito a desarrollar una relación íntima con el Espíritu Santo, y verás los portentos que puedes realizar. Y, ¿cómo lograr esa relación? Jesús te confió su secreto: la oración.

REFLEXIÓN PARA EL SÉPTIMO DOMINGO DE T.O. (A) 23-02-20

“Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”.

“Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Este párrafo, tomado de la lectura evangélica de nos brinda la liturgia para este séptimo domingo del tiempo ordinario (Mt 5,38-48), resume la enseñanza de Jesús.

Es la llamada a la santidad, a ser “santos e irreprochables ante Él” (Ef 1,4). Llamada que desde tiempos de Moisés Yahvé hace a su pueblo en la primera lectura (Lv 19,1-2.17-18): “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Esa es la primera vocación del cristiano, por encima de cualquier otro llamado. Y Jesús le da contenido a esa santidad en el Amor.

La Ley del Amor. Jesús la repite sin cansancio. No podemos acercarnos a Él sin toparnos de frente con ese mensaje. Jesús nos ofrece la filiación divina (¡qué regalo!). Hay un solo requisito: amar; amar sin distinción y sin excepciones, especialmente a aquellos que nos hacen la vida imposible, aquellos que nos traicionan, nos odian, aquellos que son “diferentes”… Y más aún, orar por los que nos persiguen, los que nos hacen daño, los que nos “hacen la vida cuadritos”. Tú nos has mostrado el camino: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¡Señor, qué difícil se nos hace seguirte!…

Pero Tú siempre nos hablas claro, sin dobleces: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). ¿No será eso una utopía, un sueño, un ideal, una ilusión, una ingenuidad de Tu parte, Señor?

Pero Tú nunca nos pides nada que no podamos lograr; y mientras más difícil la encomienda, más cerca de nosotros estás para ayudarnos. En este caso nos dejaste el Espíritu de Verdad que iba a venir y hacer morada en nosotros: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17). En reflexiones anteriores hemos expresado que la “Verdad”, en términos bíblicos, es el amor incondicional de Dios.

Esa es la clave para alcanzar la santidad a la que somos llamados. Si logramos despojarnos de todo lo que nos ata y abrimos nuestro corazón a ese Amor incondicional, y nos dejamos arropar por Él, no tenemos más remedio que amar como Él nos ama, hasta el extremo (Jn 13,1).

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO 22-02-20

“Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de la Cátedra de San Pedro. Esta festividad se remonta al siglo IV, y con ella se rinde homenaje al primado y la autoridad de Pedro. La palabra “cátedra” literalmente significa “silla” o “trono”, y se refiere al asiento o trono desde el cual un obispo predica. De esta palabra se deriva también la palabra “catedral”, que es el templo donde ubica la cátedra del obispo de una diócesis. Por ejemplo, el Papa es el obispo de Roma y, como tal, tiene su cátedra en la Archibasílica de San Juan de Letrán, que es la Catedral de Roma.

La festividad que celebramos hoy nos recuerda el ministerio especial que el mismo Jesús encomendó a san Pedro como jefe de los apóstoles de “confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe” (JP II). El llamado “ministerio petrino”, que más que una posición de autoridad es un llamado a servir a todo el pueblo cristiano. Un verdadero Pastor que cuida de sus ovejas.

Y a propósito de la festividad, la liturgia nos presenta como primera lectura un pasaje de la primera carta del apóstol san Pedro (5,1-4), dirigido a los presbíteros que vigilan (episkopoúntes = que cumplen la tarea de vigilar; palabra derivada de epískopos = vigilante), o sea, a los obispos. Pedro echa mano de la figura del pastor que encontramos en el Antiguo Testamento (Cfr. Sal 23), y que Jesús mismo se atribuye (Jn 10,11). Esta figura del pastor vigilante tiene sus raíces en la historia y la tradición del pueblo judío como pueblo nómada. Dios es el Pastor y el pueblo su rebaño. En la misma primera carta, Pedro se refiere a Jesús como epískopos (2,25).

Los consejos que Pedro da a los pastores reflejan el espíritu de servicio y entrega con que éstos deben gobernar al pueblo, “no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño”.

La lectura evangélica (Mt 16,13-19) nos presenta el pasaje del primado de Pedro. En este pasaje Jesús instituye a Pedro como cabeza y jefe de la Iglesia: “Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Podríamos dedicar varias reflexiones a analizar y exponer el alcance de estas palabras pronunciadas por Jesús y la autoridad conferida a Pedro mediante las mismas, pero hoy nos limitaremos a señalar que Pedro entendió el alcance de su encomienda a la luz de las enseñanzas del que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28). Así lo refleja en su primera carta que acabamos de leer hoy.

Ese mismo espíritu lo recogería siglos más tarde el Papa Gregorio Magno al rechazar el título de “cabeza de la Iglesia” y sustituirlo por Servus servorum Dei (Siervo de los siervos de Dios), título que subsiste al día de hoy. Desde el comienzo de su papado, el papa Francisco, haciéndose eco de ese mismo espíritu ha llamado a los presbíteros y obispos a ser “pastores con olor a oveja”.

En esta Fiesta les invito a elevar una oración especial por nuestro papa Francisco, para que el Espíritu lo proteja de las acechanzas del maligno y continúe guiándolo en su ministerio para nuestro bien y el de toda Su santa Iglesia.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 21-02-20

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?”. Con esa sentencia comienza la lectura evangélica que nos regala la liturgia para hoy (Mc 8,34–9,1).

Jesús no se cansa de repetirlo. Él nos ofrece la vida eterna, la felicidad eterna en presencia del Dios uno y trino, arropados de ese Amor infinito que solo Él puede prodigarnos, sin interrupciones, sin distracciones. Disfrutar de la “visión beatífica” de que nos habla santo Tomás de Aquino. ¿A quién le amarga un dulce?, dice el refrán. Pero ese dulce viene acompañado de lo que yo llamo la “letra chica”, que dice: “Carga con tu cruz y sígueme”. Uf, ¡qué difícil! Ahí es donde muchos se desaniman. Entonces resuenan las palabras de Jesús a los Doce cuando muchos de muchos discípulos comenzaron a abandonarlo porque encontraban “muy duro” su mensaje: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67).

En una ocasión escuché una homilía en la que el predicador comparaba la cruz que Cristo nos invita a cargar para nuestra salvación con el efecto secundario de un medicamento capaz de curarnos de una enfermedad. Se me ocurre tomar como ejemplo la quimioterapia, que es capaz de curar un cáncer o, al menos, prolongar considerablemente la vida del paciente, pero cuyos efectos secundarios son incómodos, desagradables, y hasta dolorosos. Así, podríamos decir que la cruz es el “efecto secundario” del seguimiento de Jesús.

Si somos capaces de soportar los efectos secundarios desagradables de un tratamiento médico para prolongar la vida terrenal, que de todos modos es temporal y va a terminar como quiera, ¿por qué se nos hace tan difícil aceptar la cruz que Cristo nos invita a cargar para alcanzar la vida eterna?

Lo mismo ocurre con los atletas, quienes sufren privaciones, se someten a estrictas disciplinas, y llevan su cuerpo a límites cada vez más extremos, a costa de dolor físico y agotamiento mental, con la esperanza (nunca la certeza) de ganar una carrera, o un partido, o cualquier otro evento deportivo. “Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio, por una incorruptible” (1 Co 9,25). ¿Cuánto más estaremos dispuestos a soportar con tal que alcanzar la “corona de gloria que no se marchita” que Cristo nos tiene prometida? Cfr. 1 Pe 5,4.

El Señor tiene una cruz para cada uno de nosotros. Cuando enfrentado con tu cruz el Señor te pregunte si tú también quieres marcharte, ¿qué le vas a contestar? Recordemos la contestación de Simón Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

Recuerda, el Señor te invita a seguirle. El precio es alto, pero la recompensa es eterna.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 20-02-20

“Él les preguntó: ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy?’ Pedro le contestó: ‘Tú eres el Mesías'”.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mc 8,27-33) nos presenta la profesión de fe de Pedro. Mientras se dirigía a las aldeas de Cesarea de Filipo para continuar su misión, Jesús realiza una “encuesta” entre sus discípulos sobre quién decía la gente que Él era. Ellos contestaron lo que se decía: “Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas”. Luego les pregunta directamente a ellos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Entonces Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús a sus discípulos de guardar silencio al respecto (de nuevo el famoso “secreto mesiánico” del Evangelio según san Marcos).

Pero como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”. Es el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús. Pero los discípulos todavía no captan el verdadero significado de las palabras de Jesús.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle en los versículos que siguen al pasaje de hoy y leeremos mañana (Mc 8,34-35): “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16). Palabras fuertes, pero que expresan la seriedad del compromiso que contraemos los que decidimos seguir a Jesús. En otras palabras, no existe tal cosa como un cristiano light.

Nadie ha dicho que esto de seguir a Jesús es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 19-02-20

Jesús primero le untó saliva en los ojos y le impuso las manos. Luego dialogó con él: “¿Ves algo?”.

El pasaje evangélico que la liturgia nos brinda para hoy (Mc 8,22-26) nos presenta la primera de dos curaciones de un ciego en el evangelio según san Marcos. La que leemos hoy se realiza en Betsaida; la segunda será la del ciego Bartimeo, en Jericó (Mc 10,46-52). Y resulta curioso notar que aunque en tiempo y lugares distintos, ambas se dan en el mismo contexto: la falta de comprensión por parte de los discípulos de su enseñanza. La de hoy se da luego de que Jesús les advirtiera que se cuidaran de la “levadura” de los fariseos y de Herodes, y estos pensaron que se refería al hecho de que solamente tenían un pedazo de pan: “¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís?” (vv. 17-18).

Al colocar este milagro en este punto de su relato, Marcos parece querer resaltar la “ceguera” de los fariseos y los discípulos, que “tienen ojos y no ven”. En este caso, al igual que en la curación del sordomudo en (7,31-37), Jesús hace uso de signos o gestos sensibles que le permitan al sujeto percibir la realidad sobrenatural que está sucediendo; algo así como el “signo” de los sacramentos, constituido por elementos materiales y gestos, unidos a la “forma” sacramental. Nos dice la narración que Jesús tomó al hombre de la mano y lo sacó de la aldea (ya hemos establecido anteriormente que Jesús no busca protagonismo). Luego “le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: ‘¿Ves algo?’”. Jesús quiere que la persona esté consciente de lo que Jesús está obrando en él; para permitirle “recibir” el milagro.

Esta curación tiene una peculiaridad que tampoco podemos pasar por alto. La recuperación de la vista por parte del ciego no es instantánea; es gradual, por etapas. Jesús primero le untó saliva en los ojos y le impuso las manos. Luego dialogó con él: “¿Ves algo?”. El hombre comenzó a ver, pero no con claridad: “Veo hombres, me parecen árboles, pero andan”. Jesús le impuso las manos por segunda vez al hombre, y entonces recuperó la vista.

Mediante esta curación “por etapas” Marcos parece apuntar al proceso gradual de conversión de los discípulos, quienes con la ayuda de Jesús irían poco a poco captando el mensaje que Jesús intentaba transmitirles a través de su Palabra. Así es también nuestro proceso de conversión, que va adelantado gradualmente mientras maduramos nuestra fe; un proceso que durará toda nuestra vida, hasta que finalmente veamos el rostro de Dios (Cfr. Ap 22, 4).

Nos llama la atención también el hecho de que en este caso, al igual que en el del sordomudo de nacimiento, Jesús utilice el símbolo de imponer saliva; en el pasaje de hoy sobre los ojos, y en aquél otro sobre la lengua. La saliva se genera en la boca, que es de donde sale la Palabra, que es Dios, y tiene poder sanador para aquél que la escucha y acepta.

Hoy, pidamos al Señor que nos unja con la saliva de su Palabra y sea paciente con nosotros, hasta lograr eliminar todo aquello que nos impide verle con claridad.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 18-02-20

“En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían mas que un pan en la barca”.

En el relato evangélico que contemplábamos ayer, habíamos dejado a Jesús embarcándose y zarpando “a la otra orilla”, luego de haber reprendido la falta de fe de los fariseos, quienes le habían pedido “un signo del cielo”. El pasaje de hoy (Mc 8,14-21) retoma la narración cuando ya están en la barca y nos presenta una conversación aparentemente trivial y cotidiana entre los apóstoles, en la que se quejaban porque se les había olvidado traer suficiente pan para la travesía (“no tenían más que un pan en la barca”).

Jesús, todavía pensando en el encuentro que acababa de tener con los fariseos, escucha la queja de los discípulos y les dice: “Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes”. Una vez más encontramos a Jesús criticando al poder ideológico-religioso y político de su tiempo (eso le costará la vida). En esos tiempos la “levadura” era considerada generalmente (excepto cuando se utiliza en las parábolas del Reino) como fuente de impureza y de corrupción (1 Co 5,6.8; Ga 5,9). Al utilizar este término dentro del contexto del pan (los judíos consumían panes ázimos especialmente en la fiesta de la Pascua y Ázimos), Jesús alude a la corrupción del pan-doctrina, por un lado con la “levadura” de los fariseos quienes esperaban y predicaban para el pueblo de Israel un Mesías poderoso, un líder militar, y por otro lado de Herodes, un rey que había llegado al poder de forma ilegítima.

Tras enfrentar a los fariseos, Jesús tiene que enfrentar también la incomprensión de los suyos, quienes no entendieron lo que quería decirles, y comentaron entre sí: “Lo dice porque no tenemos pan”. Estaba claro que los discípulos no acababan de entender a Jesús. Y una vez más les reprende: “¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís?”.

Jesús tenía razón para estar molesto. Los discípulos habían escuchado su Palabra y habían dejado todo para seguirle, habían sido testigos de su poder para echar demonios, curar toda clase de dolencias y enfermedades, lo habían visto caminar sobre las aguas y, además, habían sido testigos de dos multiplicaciones de panes. Es decir, habían sido testigos de la misericordia y providencia divinas en la persona de Jesús, ¡y se quejaban porque solo tenían un pedazo de pan para la travesía! Ellos mismos habían tenido la experiencia de salir a predicar tan solo con lo que llevaban puesto, y el Señor siempre les había provisto lo necesario (Mc 6,6b-13). Trato de imaginar la frustración de Jesús: “¿Y no acabáis de entender?”.

¿Cuántas veces nosotros nos “ahogamos en un vaso de agua”, preocupados y contrariados por las dificultades y carestías periódicas que enfrentamos, y permitimos que nuestras almas se corrompan con la “levadura” de la falta de confianza en la palabra de Dios y su Providencia Divina? Se nos olvida que al igual que las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, nuestro Padre que está en los cielos siempre nos provee (Cfr. Mt 6,26).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 17-02-20

“¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”.

“En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: “¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla” (Mc 8,11-13). Este corto pasaje que nos propone la liturgia para hoy lunes de la sexta semana del tiempo ordinario como lectura evangélica, nos invita a reflexionar sobre nuestra fe.

Aquellos se negaban a aceptar el anuncio de Reino de parte de Jesús porque les faltaba fe, que no es otra cosa que “la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Gál 11,1). Sabemos por los relatos evangélicos que Jesús era un maestro del debate. Imagino que cuando los fariseos se sintieron acorralados ante los argumentos contundentes de Jesús, en un intento de quedar bien delante de los que les escuchaban, decidieron ponerle a prueba exigiendo un signo del cielo. Un riesgo para ellos y una tentación para Jesús; la oportunidad de demostrar su poder, como cuando el demonio tentó a Jesús en el desierto luego de ayunar por cuarenta días: “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes” (Mt 4,3). Pero Jesús no vino a demostrar su poder sino a servir, a dar su vida por la salvación de todos. Los milagros que hace son producto de su amor y misericordia infinitos, no para demostrar su poder.

Aun así, los que decidimos seguir al Señor y proclamar su Palabra, en ocasiones nos sentimos frustrados y quisiéramos que Dios mostrara su poder y su gloria a todos, para que hasta los más incrédulos tuvieran que creer, experimentar la conversión. Y es que se nos olvida la cruz… Si fuera asunto de signos, las legiones celestiales habrían intervenido para evitar su arresto y ejecución (Cfr. Jn 18,36). El que vino a servir y no a ser servido no necesita más signo que su Palabra.

Hoy que tenemos la Palabra de Jesús, sus enseñanzas, y su Iglesia con los sacramentos que Él instituyó, tenemos que preguntarnos: ¿Es eso suficiente para creer, para moverme a una verdadera conversión, o me gustaría al menos un “milagrito” para afianzar esa “conversión”? ¿Acaso no basta el milagro que se efectúa sobre el altar cada vez que las especies eucarísticas se convierten en el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesús? ¡Ah!, pero para percibir ese milagro hace falta fe…

Pienso en esos “televangelistas” con su espectáculo multitudinario en el cual los ciegos recuperan la vista, los tullidos caminan, los sordos recuperan la audición y el habla, etc., etc., y me pregunto: ¿Acaso los que presencian esos portentos creerían igual si no tuvieran esos “signos”? La Buena Noticia del Reino, ¿necesita de “signos” visibles para ser creída? Esas personas creen creer porque “ven”… (Cfr. Jn 20,25). ¿Es eso fe?

A veces el verdadero milagro consiste en la felicidad que produce el saberse amado por Dios en medio de la enfermedad, del dolor, de las dificultades y de las pérdidas, y confiar en su promesa de Vida eterna.

Que pasen una hermosa semana…

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DEL T.O. (A) 16-02-20

“Habéis oído que se dijo a los antiguos: ‘No matarás’, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este sexto domingo del tiempo ordinario (Mt 5,17-37), nos reitera la primacía del amor y la disposición interior sobre el formalismo ritual y el cumplimento exterior de la Ley que practicaban los escribas y fariseos: “Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Para demostrar su punto Jesús nos propone dos ejemplos.

El primero de ellos nos refiere al quinto mandamiento: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: ‘No matarás’, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano ‘imbécil’, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama ‘renegado’, merece la condena del fuego”. La “condena del fuego” se refería a la “gehena” de fuego, el equivalente judío del infierno.

Esta sentencia de Jesús es un ejemplo de cómo Jesús no vino a abolir la Ley, sino a darle “plenitud”, como nos dice al comienzo del pasaje. La ley de Moisés prohibía matar, una prescripción importante para la convivencia humana, un paso firme hacia la no-violencia (lo mismo que prohíben los códigos penales en nuestra sociedad actual). Pero se limitaba al acto, no iba a la raíz del problema.

Jesús no se queda en el exterior; Él “interioriza” la Ley. Ya no se trata de que un acto, un gesto exterior sea malo. Todo lo que injurie gravemente al prójimo, o le manche su reputación; todo aquello que “envenene” las relaciones fraternas entre los hombres es contrario a la Ley y constituye un pecado grave que puede conllevar pena de condenación eterna.

La importancia de la disposición de corazón por encima de los gestos exteriores. Y Dios, “que ve en lo secreto” (Cfr. Mt 6,6), nos juzgará de conformidad. ¡Cuántas veces “matamos” a nuestros hermanos haciendo comentarios hirientes sobre ellos, sean ciertos o no, que sabemos le van a herir su reputación! Cuando lo hacemos, pecamos contra el quinto mandamiento como si le hubiésemos clavado un puñal en el costado. Hemos pecado contra el Amor, el principal de todos los mandamientos.

El segundo ejemplo, prácticamente una consecuencia del primero, nos remite a nuestra relación con Dios: “si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”.

“Vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”… El amor fraterno toma primacía sobre el culto. Dios nos está diciendo: “Si quieres relacionarte conmigo, tienes que amar a tu hermano. La razón es clara, cuando tenemos desavenencias o discordias con nuestro prójimo, nuestra relación con Dios se afecta, se rompe; pierde su fundamento que es el Amor.

Esto no se limita a cuando tengamos una desavenencia con alguien. Basta que nos enteremos que esa persona “tiene quejas” contra nosotros, con razón o sin ella. Jesús nos está exigiendo que demos nosotros el primer paso, que reparemos la relación afectada. Entonces nuestra ofrenda, nuestra oración aderezada con la virtud de la caridad, será agradable a Él.

Señor, ayúdame a ser agente de reconciliación fraterna, comenzando con mis propias relaciones, para que pueda ofrecerme yo mismo como hostia viva agradable a Ti.