REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 20-09-21

Jesús nos está repitiendo que la Palabra de vida eterna (el candil) que recibimos de Él no es para que nos la quedemos para nosotros, como un secreto bien guardado, es para que la proclamemos a todo el mundo.

El pasaje del Evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Lc 8,16-18) es uno de los más cortos: “En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener»”.

Hoy nos concentraremos en la primera oración de esta parábola de Jesús: “Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz”. La enseñanza de Jesús contenida en esta parábola complementa otras mediante las cuales de igual modo Jesús invita a sus discípulos (y a nosotros) a compartir la Palabra recibida de Él. Así nos habla de dar “fruto en abundancia”, el “ciento por uno”; y hoy nos habla de ser una luz que ilumine a “los que entran”, es decir, a todos los que entran en nuestro entorno.

Jesús nos está repitiendo que la Palabra de vida eterna (el candil) que recibimos de Él no es para que nos la quedemos para nosotros, como un secreto bien guardado (escondiéndolo debajo de la cama), es para que la proclamemos a todo el mundo (Mc 16,15). Y como he dicho en innumerables ocasiones, esa proclamación de la Buena Nueva del Reino que recibimos mediante la Palabra, no necesariamente implica “predicar” en el sentido que normalmente usamos esa palabra. Esa predicación, esa proclamación del Evangelio, se hace mediante la forma en que vivimos nuestra vida, nuestras palabras de aliento al que las necesita, nuestros gestos de ayuda al necesitado, el amor que prodigamos a nuestros semejantes, es decir, convirtiéndonos en otros “cristos”.

Hoy tenemos que preguntarnos: Mi fe, ¿es un asunto “personal” mío?; ¿llegan a enterarse los que me rodean (mis amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos) que yo soy cristiano, que vivo según las enseñanzas de Jesús? En otras palabras, ¿“se me nota” que soy cristiano? Reflexionando sobre el Evangelio de hoy, mi “candil”, ¿está escondido dentro de una vasija u oculto debajo de la cama, o lo pongo “en el candelero para que los que entran tengan luz”?

Jesús nos pide que estemos atentos (“A ver si me escucháis bien”). Porque no podemos dar luz si primero no la hemos recibido de Él. Hay una máxima latina que dice que nadie puede dar lo que no tiene (nemo dat quod non habet). Por eso mi insistencia constante en la formación del cristiano. Debemos esforzarnos en estudiar para conocer cada día más esa Palabra de Dios que es “luz del mundo” (Jn 8,12). Solo recibiendo y conociendo a plenitud esa Palabra que es la Luz, podemos colocarla en un “candelero”, “para que los que entran tengan luz”.

Pidámosle al Señor que nos permita conocer su Palabra cada día más, y nos dé la valentía de proclamarla con nuestra vida, de manera que el que nos vea tenga que decir: “Yo quiero de eso…”

Que pasen una hermosa semana llena de la PAZ que solo Él puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO DEL T.O. – CICLO B – 19-09-21

“El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mc 9,30-37) es el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. El primero lo leíamos el pasado domingo (Mc 8,27-35). En esa ocasión veíamos a Pedro increpando a Jesús luego del anuncio, y a Jesús regañándolo por mirar con ojos de hombre los eventos que Él anticipaba, en lugar de verlos como hechos salvíficos.

En el relato evangélico de hoy vemos cómo, luego del anuncio de la pasión, los discípulos tampoco comprenden su alcance. En lugar de meditar sobre el mensaje de salvación que Jesús pretendía transmitirles, se pusieron a discutir entre sí quién era el más importante de ellos. De nuevo nos damos de frente con la naturaleza humana, que reúsa ver más allá de su propio bienestar, de su propia conveniencia. Una naturaleza humana marcada por la soberbia, que ha sido llamada “la madre de todos los pecados”, la que llevó a nuestros primeros padres a pretender ser iguales a Dios, introduciendo de ese modo el pecado y la muerte en el mundo.

Jesús, con la paciencia que lo caracteriza, luego de decirles que: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”, toma un niño, lo pone en medio de todos, lo abraza, y dice: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. Para comprender el alcance de esa frase tenemos que entender que en la época de Jesús un niño no tenía derechos, era una mera posesión de sus padres, y si no los tenía y nadie lo acogía, valía lo mismo que un perro callejero. Jesús está enseñando a sus discípulos que ante el Padre la verdadera grandeza está en el servicio, sobre todo a los pobres y marginados, por quienes Él siempre mostró preferencia. Él mismo les daría la máxima lección de humildad lavando sus pies en la última cena.

Y no se trata de “dar”, se trata de “darse” a los demás. En Santa Teresa de Calcuta encontramos a alguien que supo entender a plenitud y poner en práctica el mensaje se Jesús. Abandonando todo, viviendo en extrema pobreza, supo darse en cuerpo y alma a los demás, especialmente a los más pobres de los pobres, en quienes aprendió a ver el rostro de Jesús; y acogiéndolos, era a Él a quien acogía; y no teniendo nada, se lo daba todo, les daba su amor. Como ella misma decía: “Cuanto menos poseemos, más podemos dar. Parece imposible, pero no lo es. Esa es la lógica del amor”.

Hoy, día del Señor, pidámosle nos conceda la humildad de espíritu que nos permita acercarnos a los más necesitados y ver en ellos el rostro de Jesús, de modo que acogiéndolos a ellos en Su nombre, lo acojamos a Él; y acogiéndolo a Él acojamos al Padre que lo envió.

Que pasen un lindo día y, si no lo han hecho aún, todavía están a tiempo de visitar la casa del Padre. ¡Bendiciones a todos!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 17-09-21

A Jesús y a los Doce les acompañaban un grupo de mujeres, entre las que se encontraba María Magdalena, a quien la Orden de Predicadores venera como su protectora, “que le ayudaban con sus bienes”.

Como primera lectura, la liturgia para hoy continúa brindándonos la primera carta a Timoteo (6,2c-12), que hemos estado leyendo desde el pasado viernes. En aquella ocasión dijimos que Pablo había dejado a Timoteo a cargo de la comunidad de Éfeso cuando partió para Macedonia. En esta carta, una de las tres “cartas pastorales” de Pablo, este instruye a su discípulo sobre la sana administración y manejo de su comunidad eclesial.

En el pasaje de hoy le advierte sobre la importancia de mantener la sana doctrina de Jesús que él mismo le ha instruido (“Si alguno enseña otra cosa distinta, sin atenerse a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que armoniza con la piedad, es un orgulloso y un ignorante, que padece la enfermedad de plantear cuestiones inútiles y discutir atendiendo sólo a las palabras”), y le previene contra la tentación de lucrarse de su gestión, advirtiéndole de las consecuencias de esa conducta: “los que buscan riquezas caen en tentaciones, trampas y mil afanes absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque la codicia es la raíz de todos los males, y muchos, arrastrados por ella, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos”.

Tal parece que Pablo estuviese describiendo el ambiente religioso de nuestro tiempo, en donde hay una secta para cada gusto y unos “pastores” que se lucran de su predicación, convirtiendo su “iglesia” en un negocio personal, predicando lo que sus feligreses quieren escuchar. Y es que la sociedad y la civilización han evolucionado, pero la naturaleza humana y la corrupción han permanecido constantes. No estamos generalizando, pues hay hombres de Dios que viven el ideal evangélico, teniendo claro que “la piedad es una ganancia, cuando uno se contenta con poco. Sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él. Teniendo qué comer y qué vestir nos basta”.

Del mismo modo que el apego al dinero y los bienes materiales se convierten para nosotros en obstáculo para seguir a Jesús, para aquellos encargados de predicar su Palabra tienen el efecto de tergiversar el mensaje de Jesús y deformar su doctrina. O se concentran en llevar el mensaje, o en recaudar dinero. No se puede servir a dos señores a la vez (Mt 6,24).

La lectura evangélica de hoy (Lc 8,1-3) nos muestra cómo Jesús “iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del Reino de Dios”. Esa era su única preocupación (Lc 4,43), y toda su vida giró en torno a esa misión. Nació pobre y así mismo murió. Le bastaba con tener qué comer y qué vestir, pues el verdadero misionero depende de la Divina Providencia (Cfr. Mt 6,26).

Así, vemos cómo a Jesús y a los Doce les acompañaban un grupo de mujeres, entre las que se encontraba María Magdalena, a quien la Orden de Predicadores venera como su protectora, “que le ayudaban con sus bienes”.

Al igual que aquellas mujeres, todos los cristianos tenemos la obligación de contribuir, en la medida de nuestros medios, al sostenimiento de nuestra Iglesia, para que nuestros pastores puedan concentrarse en su misión de enseñar. Pero, ¡ojo!, que esa Palabra sea cónsona con el mensaje de Cristo.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 16-09-21

“Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 7,36-50) nos presenta el pasaje de “la pecadora perdonada”.

El Antiguo Testamento nos había presentado la misericordia de Dios. Los relatos evangélicos nos muestran un Jesús que se atribuye a sí mismo el poder de perdonar los pecados, poder que solo le pertenece a Dios. Jesús no se limita a enseñarnos que el Padre está dispuesto a perdonarnos nuestros pecados, sino que Él mismo perdona los pecados. La explicación a esta actitud de Jesús nos la da Él mismo: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10,30).

Desde el comienzo de su misión mesiánica Jesús deja claro que Él tiene poder para perdonar los pecados: “El Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados” (Mc 2,10). Vemos cómo Él mismo repite reiteradamente en los relatos evangélicos: “tus pecados te son perdonados”, o frases similares que resultaban blasfemas para los escribas y fariseos quienes no reconocían la divinidad de Jesús.

En el pasaje de hoy encontramos a una pecadora que se postra ante Jesús, lava sus pies con sus lágrimas, los unge con perfume y los besa. Esa mujer arrepentida nos proporciona la clave para obtener el perdón de los pecados (siempre volvemos a lo mismo, ¿no?): el Amor. “‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama’. Y a ella le dijo: ‘Tus pecados están perdonados’”. Es el amor lo que nos lleva al arrepentimiento y a buscar la reconciliación. Aquella pecadora conoció el amor de Jesús y le reciprocó con la misma intensidad de sus pecados. Y en ese amor conoció el perdón, que es fruto del Amor.

Vemos también cómo, al final del pasaje, Jesús le dice a la pecadora: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. La pecadora del relato no solo creyó en Jesús y en su poder sanador de cuerpo y alma, sino que convirtió su creencia en acción. Y esa acción le valió el perdón de sus pecados y la Vida Eterna.

Más tarde, luego de su Resurrección, Jesús confiaría ese “ministerio” del perdón de los pecados a los apóstoles y a sus sucesores, quienes conferirían el perdón, no por sí mismos, sino por el poder del Dios a través de la acción del Espíritu Santo que les infundió: “Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’” (Jn 20,22-23). La misma sensación de paz que sintió aquella pecadora la podemos sentir nosotros al escuchar las palabras absolutorias en el sacramento de la reconciliación.

La lectura de hoy nos recuerda que mientras más grandes sean nuestros pecados, más grande es el Amor que recibiremos de Él si nos acercamos con un corazón genuinamente arrepentido. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias” (Sal 50).

Hoy es un buen día para reconciliarte con el Señor. ¡Aprovecha ese regalo tan hermoso que Jesús te dejó!

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA OBLIGATORIA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES 15-09-21

Ayer celebrábamos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz que nos invitaba a fijar nuestra mirada en el Crucificado. Hoy la Iglesia nos invita a contemplar a aquella que fue testigo y partícipe del sacrificio de la Cruz, celebrando la memoria obligatoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores (la “Dolorosa”). Y a propósito de esta memoria la liturgia nos brinda uno de los pasajes evangélicos más conocidos e interpretados del Nuevo Testamento (Jn 19,25-27). El pasaje nos muestra a las tres Marías (María, la Madre de Jesús, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena) al pie de la cruz, y “cerca” al discípulo amado. Nos dice la Escritura que “Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.»  Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”.

Aparte de la cuestión legal-cultural de la necesidad de una mujer no quedarse sin la protección de un hombre que velara por sus derechos, la interpretación de este pasaje ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la Iglesia, especialmente en cuanto al papel de María en ese momento crucial de su misión. Las palabras de Jesús en esos, sus últimos momentos de vida, sirven para proyectar el significado de la escena más allá del ámbito de aquél momento tan íntimo entre la Madre y el Hijo.

En las palabras de Jesús podemos ver cómo Jesús constituye a María madre espiritual de todos los creyentes; tanto de la Iglesia, como de cada uno de nosotros individuamente, representados en la persona del discípulo amado. Como dijera el Papa León XIII: “En la persona de Juan, según el pensamiento constante de la Iglesia, Cristo quiere referirse al género humano y particularmente a todos los que habrían de adherirse a él con la fe”.

María ejerció su papel de madre de la Iglesia, y de los discípulos, desde los comienzos de la Iglesia, reuniendo a estos últimos junto a ella en oración tras la muerte y resurrección de Jesús (Hc 1,14).

Yo no tengo la menor duda de que la presencia de María, la llena de gracia, en aquella estancia superior, precipitó la venida del Espíritu Santo sobre los presentes aquél día de Pentecostés. María, constituida ya por su Hijo en madre espiritual de todos, continuó animando y ejerciendo su cuidado maternal sobre aquellos que continuarían la labor misionera de su Hijo. Así, como Madre solícita, está siempre pendiente a nuestras necesidades para recabar la intervención de su Hijo cuando se necesario para que la obra de su Hijo no se vea frustrada. Si lo hizo en Caná de Galilea por los novios (Jn 2-1-11), ¿cómo no lo va a hacer por nosotros, los que seguimos a su Hijo, el mismo que nos la entregó como madre al pie de la Cruz?

¿Qué hijo no va a recurrir a su madre en los momentos difíciles, con la certeza de que en sus brazos va a encontrar el consuelo, la paz que tanto necesita? No temas acudir a ella en tus momentos de tribulación; ella te acogerá en su regazo y allí te sentirás seguro, amado… Y ya nada podrá perturbarte.

Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 13-09-21

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Lc 7,1-10) nos narra la curación del criado del centurión. En ese episodio un centurión (pagano), envía unos judíos a hablar con Jesús para que este curara a su siervo, que estaba muy enfermo. Jesús partió hacia la casa del centurión para curarlo, pero cuando iba de camino, llegaron unos emisarios de este que le dijeron a Jesús que les mandaba decir a Jesús: “Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”. A renglón seguido añade que él está bajo el mando de superiores y a su vez tiene subordinados.

Tenemos ante nosotros a todo un militar de alto rango que reconoce la autoridad de Jesús por encima de la de él, y que la presencia física no es necesaria para que la palabra con autoridad sea efectiva. Pero el centurión no solo le reconoce autoridad a Jesús, se reconoce indigno de Él, se reconoce pecador. Es la misma reacción que observamos en Pedro en el pasaje de la pesca milagrosa: “Apártate de mí, que soy un pecador” (Lc 5,8).  Es lo que decimos inmediatamente antes de la comunión: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Esta actuación de centurión de dar crédito a la Palabra de Jesús y hacer de ella un acto de fe, lleva a Jesús a exclamar: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”. Se trata de una confianza plena en la Palabra de Jesús. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no se trata de meramente “creer en Jesús”, se trata de “creerle a Jesús”. Es la actitud de Pedro en el episodio de la pesca milagrosa: “Si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5,5). A diferencia de los judíos que exigían signos y requerían presencia para los milagros, este pagano supo confiar en el poder salvífico y sanador de la Palabra de Jesús.

La versión de Mateo sobre este episodio contiene un versículo que Lucas omite, que le da mayor alcance al mismo: “Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes” (Mt 8,11-12). Vino a los suyos y no lo recibieron (Jn 1,11). No lo recibieron porque les faltaba fe. La Nueva Alianza que Jesús viene a traernos se transmite, no por la carne como la Antigua, sino por la infusión del Espíritu. El Espíritu que nos infunde la virtud teologal de la fe, por la cual creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado. Y esa está abierta a todos, judíos y gentiles.

Hoy, pidamos al Señor que acreciente en nosotros la virtud de la fe, para que creyendo en su Palabra y poniéndola en práctica, seamos acreedores de las promesas del Reino.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. – CICLO B – 12-09-21

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy (Is 50,5-9a; Sal 114; St 2,14-18; y Mc 8,27-35) son tan ricas en simbolismo y doctrina, que resulta difícil escoger uno o dos versículos para reflexionar en estas cortas líneas.

El evangelio nos presenta el pasaje de la profesión de fe de Pedro. Luego de realizar una “encuesta” entre sus discípulos sobre quién decía la gente que Él era, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús a sus discípulos de guardar silencio al respecto. Pero como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16).

Como nos dice la segunda lectura de hoy, la fe sin obras, por si sola está muerta. En otras palabras, “no basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús”. Y cuando creemos en su Palabra salvífica, cualquier sufrimiento, tribulación, prueba, que podamos experimentar cobra un nuevo significado, nos permite participar de la obra salvadora de Jesús. A eso se refiere Pablo cuando dice: “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo” (Col 1,24).

Nadie ha dicho que esto es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa es la que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. Que pasen un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 11-09-21

Se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla.

El evangelio de hoy (Lc 6,43-49) nos presenta la parte final del “Sermón del llano”, que es la versión que Lucas del Sermón de la Montaña. Esta lectura nos presenta la parábola del árbol que da buenos frutos. “No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos”.

A renglón seguido nos explica lo que quiere decir con sus palabras: “El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca”.

¿Y quién atesora bondad en su corazón? El que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica: “¿Por qué me llamáis “Señor, Señor” y no hacéis lo que digo? El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra, … se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida. El que escucha y no pone por obra se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y en seguida se derrumbó desplomándose”.

El aceptar y hacer la voluntad del Padre es lo que nos hace discípulos de Jesús, lo que nos integra a la “familia” de Jesús: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49b-50).

Jesús no condena la oración, ni la escucha de la Palabra, ni la celebración litúrgica. Alude a aquellos que tienen Su nombre a flor de labios, que participan de las celebraciones litúrgicas y se acercan a los sacramentos, pero cuya oración y alabanza no se traduce en obras, en vida y en compromiso, es decir, en “hacer la voluntad del Padre”. Personas que escuchan la Palabra y hasta manifiestan euforia y gozo en las celebraciones, pero esa Palabra no deja huella permanente, cuyo gozo es pasajero. Me recuerda a aquél que va a ver una película emocionante, de esas que hacen llorar de emoción, y al abandonar la sala de cine deja allí todas esas emociones. Es a estos a quienes Jesús compara con el que edificó su casa sobre tierra, sin cimiento.

No se trata pues, de confesar a Jesús de palabra, de “aceptar a Jesucristo como mi único salvador”. Se trata de poner por obra la voluntad del Padre, de practicar la Ley del Amor. A los que así obren, el Padre los reconocerá el día del Juicio: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mt 25,34-36).

¿En qué terreno he construido mi casa?

REFEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 10-09-21

La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy es el comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1,1-2.12-14). Esta carta, junto a la segunda carta al mismo Timoteo y la carta a Tito, conforman las tres cartas de Pablo que se conocen como “cartas pastorales”.

Los primeros dos versículos nos permiten apreciar el profundo amor y respeto que Pablo siente por su discípulo, al llamarlo “verdadero hijo en la fe”, y desearle “la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro”. Pablo había dejado a Timoteo a cargo de la comunidad de Éfeso cuando partió para Macedonia.

El resto del pasaje (vv.12-14) nos muestra la humildad de Pablo, quien reconoce su vida anterior de pecado (“antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente”) y que todo lo que ha logrado, especialmente su fe, se lo debe a la compasión que Dios ha tenido con él, y a la gracia que Dios le ha prodigado. Esa gracia y compasión le permitieron reconocer sus pecados, experimentar la verdadera conversión y ponerse al servicio del Señor. De otro modo no hubiese podido guiar a otros hacia ese camino de conversión verdadera.

En la lectura evangélica para hoy (Lc 6,39-42) Jesús utiliza la figura de la vista (“ciego” – “ojo”), que nos evoca la contraposición luz-tinieblas (Cfr. Jn 12,46), para recordarnos que no debemos seguir a nadie a ciegas, como tampoco podemos guiar a otros si no conocemos la luz. “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. El mensaje es claro: No podemos guiar a nadie hacia la verdad si no conocemos la verdad. No podemos proclamar el Evangelio si no lo vivimos, porque terminaremos apartándonos de la verdad y arrastrando a otros con nosotros.

Ese peligro se hace más patente cuando caemos en la tentación de juzgar a otros sin antes habernos juzgado a nosotros mismos, cuando pretendemos enseñarle a otros cómo poner su casa en orden cuando la nuestra está en desorden: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la mota del ojo’, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.

Con toda probabilidad Jesús estaba pensando en los fariseos cuando pronunció esas palabras tan fuertes. Pero esa verdad no se limita a los fariseos. Somos muy dados a juzgar a los demás con severidad, pero cuando se trata de nosotros, buscamos (y encontramos) toda clase de justificaciones e inclusive nos negamos a ver nuestras propias faltas.

“Te pedimos, Señor: Danos ojos limpios y claros para mirar dentro de nuestro corazón y nuestra conciencia, pero empáñalos tenuemente con las sombras del amor cuando veamos las faltas de los que nos rodean. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén” (de la Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 09-09-21

“Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”.

El evangelio de hoy (Lc 6,27-38) nos presenta una especie de “secuela” a las Bienaventuranzas, en el que Jesús pretende dar contenido a las mismas. Jesús nos está diciendo que las normas contenidas en las Bienaventuranzas no son algo teórico, sino que podemos identificar a nuestros “enemigos” con unos personajes concretos: los que nos odian, los que nos maldicen, los que nos injurian, los que nos pegan, los que nos engañan, los que nos roban… Contrario a la reacción natural de nosotros ante esas situaciones, Jesús nos pide que amemos, que bendigamos, que hagamos el bien, que “presentemos la otra mejilla”, que no reclamemos, que no esperemos nada…

Si miramos a nuestro alrededor, no será muy difícil encontrar varias personas a quienes se nos hace difícil amar; personas que parecen vivir para “hacernos la vida cuadritos”. Y Jesús nos está pidiendo que amemos a esas personas; que les deseemos el bien de todo corazón, que oremos por ellas, que seamos generosos con ellas, que no les reclamemos, que seamos compasivos. Jesús no se está refiriendo a meros sentimientos; nos está hablando de asumir actitudes concretas respecto a esos enemigos. “Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?”  Esa es la “prueba de fuego” del que quiere seguir a Jesús, del verdadero “discípulo” que quiere vivir el Evangelio.

Jesús nos pide que nos pongamos en el lugar de estos “enemigos”; que los tratemos como nos gustaría que nos trataran a nosotros, porque la misma medida que usemos con ellos la usarán con nosotros: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. La Palabra siempre nos interpela, nos hace enfrentarnos con nosotros mismos. Si todo el mundo nos tratara como merecemos, ¿cómo sería ese trato?

¡Uf! Nadie ha dicho que esto de ser cristiano es fácil: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No. “Todo lo puedo en Aquél que me fortalece” (Fil 4,13).

Hace tiempo leí un relato de un sabio que decía: “Amar es una decisión, y el fruto de esa decisión es el amor”. Jesús nos está pidiendo que asumamos unas actitudes concretas hacia nuestros “enemigos”; en otras palabras, que tomemos la decisión de amarlos, amarlos como Dios los ama y como nos ama a nosotros, a pesar de todas nuestras faltas.

Por otro lado, un viejo proverbio chino nos recuerda que un viaje de mil leguas comienza con un paso. Hoy Jesús nos invita a dar ese “primer paso” con la promesa de que Él nos brindará la fortaleza para continuar adelante, para que esa decisión de amar a nuestros enemigos rinda fruto. Y ese fruto ha de ser el amor…

¡Hermoso y bendecido día!