REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 16-05-18

En ocasiones anteriores hemos dicho que de todos los evangelistas Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús. El pasaje que nos presenta la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 10,13-16) es un ejemplo vivo de ello.

Nos dice la Escritura que la gente le acercaba a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al ver esta actitud en sus discípulos, Jesús se enfadó (otras versiones dicen que se “indignó”) y les dijo la tan conocida frase: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Añade la lectura que “los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos”.

Este es uno de esos pasajes que nos narran los tres sinópticos (Ver: Mt 19, 13-15; Lc 18, 15-17). Mateo menciona el hecho de que los discípulos les “reñían”, pero se limita a decir que Jesús pidió que permitieran a los niños acercarse y que les imponía las manos. Lucas se limita a mencionar lo primero, pero ni tan siquiera menciona que les impusiera las manos.

Marcos nos revela un Jesús muy humano, igual a nosotros en todo menos en el pecado (Cfr. Hb 4,15). Un Jesús capaz de enojarse ante la torpeza y falta de caridad de sus discípulos, y a la vez un Jesús tierno, amoroso, que abraza… sobre todo a los niños. ¡Qué diferencia entre la actitud de Jesús y la de sus discípulos! Hemos señalado que en tiempos de Jesús los niños eran seres insignificantes, ni tan siquiera se sentaban a la mesa con sus padres; se sentaban con los criados. Jesús se identifica con ellos, los acoge, los abraza. Con su gesto nos está demostrando, no solo sus sentimientos, sino su preferencia por los más pequeños, los más débiles, los más indefensos, los marginados.

Pero con sus palabras también nos está señalando la actitud que tenemos que seguir frente a Dios y las cosas de Reino. Tenemos que ser capaces de maravillarnos, ver las cosas sin dobleces, actuar espontáneamente, sin segundas intenciones ni agendas ocultas, ser capaces de acercarnos a Dios con la confianza y la inocencia de un niño: “el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

No se trata de asumir una actitud “infantil” respecto a las cosas de Dios y del Reino. Se trata de confiar en la Divina Providencia, aprender a depender de Dios como lo hace un niño con su padre o, más aun, con su madre.

Para entrar en el Reino hay que despojarse de toda pretensión; hay que recordar que queremos entrar en un Reino donde el que reina se hizo servidor de todos.

Te lo aseguro. Si logras despojarte de toda ínfula de autosuficiencia, y bajar todas tus “defensas” ante la presencia de Dios, sentirás Su tierno y cálido abrazo, que sin necesidad de palabras te expresará el amor más grande que hayas experimentado jamás. Y no tendrás más remedio que compartirlo. De eso se trata el Reino.

No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 22-05-18

La lectura evangélica de hoy (Mc 9,30-37), nos presenta el segundo anuncio de la Pasión. Encontramos a Jesús haciendo un “aparte” para instruir a sus apóstoles, aquellos a quienes Él había escogido de entre sus discípulos para que continuaran su obra una vez llegara el momento de regresar al Padre. Quería que entendieran que Él no iba a estar con ellos durante mucho tiempo. Ya en una ocasión anterior se los había intimado, pero ellos no entendieron (Mc 2,18-22).

Hoy se los dice más directamente: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero aun así ellos no lo captaron, “y les daba miedo preguntarle”. Es la naturaleza humana. Ellos se sentían cómodos, seguros, en compañía de su Maestro a quien Pedro había identificado como el Mesías esperado (Ver nuestra reflexión para el jueves de la sexta semana del T.O.). No querían ni tan siquiera contemplar la idea de que Él les abandonara. Preferían hacer como los niños, que comienzan a tararear en voz alta cuando no quieren escuchar lo que se les dice.

En cambio, los apóstoles tornaron su atención hacia ellos mismos y comenzaron a discutir entre sí sobre quién es el más importante entre ellos. Resulta claro que no comprenderán el mensaje de Jesús hasta después de su Pascua. Al llegar a la casa Jesús les preguntó que de qué hablaban por el camino (por supuesto, Él lo sabía), pero ellos no contestaron. Entonces con su santa calma se sentó, los llamó y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y para enfatizar su punto, acercó un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado” (Marcos es quien único enfatiza ese gesto de ternura de Jesús abrazando al niño).

Para entender el alcance de este gesto tenemos que entender lo que significaba un niño en tiempos de Jesús. En aquella época un niño era un ser insignificante, sin derechos, una posesión de su padre, menos valioso que un animal de carga o de trabajo. Por tanto, acoger a un niño equivale a hacerse menos que un niño, el más insignificante de todos. Aun así, los apóstoles no comprendieron las palabras de Jesús. Más adelante, en la última cena, Jesús acentuaría su enseñanza con el gesto de lavar los pies a los apóstoles (Jn 13,1-15), tarea reservada en esa época a los esclavos o sirvientes y, en ausencia de estos, a los niños.

Nadie dijo que el seguimiento de Jesús es fácil. Implica renuncias, privaciones, humillaciones, burla, persecuciones. “El que quiera seguirme…” (Mt 16,24). El camino es arduo, pero la recompensa es segura: “el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (16,27). Y tú, ¿te animas a seguirlo?

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN (B) 13-05-18

Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. En la actualidad esta solemnidad se celebra el séptimo domingo de Pascua en lugar del jueves de la sexta semana, que es cuando se cumplen los cuarenta días desde la Resurrección. Esta año también coincide con la conmemoración de la primera aparición de la Nuestra Señora de Fátima a los niños Lucía, Jacinta y Francisco y, en Puerto Rico, con el día de las madres. ¡Estamos de fiesta!

La solemnidad de la Ascensión nos sirve de preámbulo a la Fiesta de Pentecostés que observaremos el próximo domingo, cuando se ha de cumplir la promesa de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión, que leemos en la primera lectura de hoy (Hc 1,1-11): “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8; Cfr. Lc 24,49).

La Ascensión es la culminación de la misión redentora de Jesús. Deja el mundo y regresa al mismo lugar de donde “descendió” al momento de su encarnación: a la derecha del Padre. Pero no regresa solo. Lleva consigo aquella multitud imposible de contar de todos los justos que le antecedieron en el mundo y fueron redimidos por su muerte de cruz. Las puertas del paraíso que se habían cerrado con el pecado de Adán, estaban abiertas nuevamente.

San Cirilo de Alejandría lo expresa con gran elocuencia: “El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y nunca ningún ser creado había penetrado en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose Él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. Él fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: ‘ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne’ (Hb 10,20)”.

El Evangelio de hoy nos presenta lo que parecería ser la “conclusión” del relato evangélico de Marcos (Mc 16,15-20), pero que en realidad es el “comienzo” de la historia de la Buena Noticia del Evangelio: “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. Estas palabras, pronunciadas por Jesús justo antes de su gloriosa ascensión, le imprimen a la Iglesia su talante misionero. Nos dice la lectura que inmediatamente Jesús se fue al cielo y que los apóstoles “se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”.

Ahora que el Resucitado vive en la Gloria de Dios Padre, pidámosle que envíe sobre nosotros su Santo Espíritu para que, al igual que los apóstoles, tengamos el valor para continuar su obra salvadora en este mundo para que ni uno solo de sus pequeños se pierda (Mt 18,14).

Que pasen un hermoso fin de semana, y Felicidades a todas las madres en su día.

 

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (B) 18-02-18

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los pecadores, a la conversión, a reconciliarnos con Él.

Nuestra débil naturaleza humana, esa inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la tentación. Jesús experimentó en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios, se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación. Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno (Mt 4,1-11; Lc 4,1-13). De paso, en un acto de misericordia, nos dejó el sacramento de la reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena con el Dios uno y trino.

La lectura evangélica de hoy (Mc 1,12-15) nos presenta la versión más corta de las tentaciones en el desierto, unida a un llamado de conversión: “En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio’”.

En el lenguaje bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”. Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su Misterio Pascual, su muerte y resurrección.

La versión de Lucas de este pasaje nos dice que luego de tentar a Jesús el demonio se marchó “hasta otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de tentarnos nuevamente, “como un león rugiente” (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer momento de debilidad para atacar. De ahí el llamado constante a la conversión.

La segunda lectura (1 Pe 3,18-22), haciendo referencia a la primera (Gn 9,8-15), en la cual Dios establece una alianza con Noé y los suyos salvándolos del diluvio, nos la presenta como “un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios”.

Tiempo de cuaresma, tiempo de conversión, tiempo de penitencia. Durante este tiempo la liturgia nos invita a tornarnos hacia Él con confianza para decirle: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador” (Sal 24).

Apenas comienza la Cuaresma. El Rey nos invita al banquete bodas de su Hijo, pero tenemos que ir con traje de fiesta (Cfr. Mt 22,12-13). Todavía estamos a tiempo… ¡Reconcíliate!

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DEL T.O. (B) 10-02-18

En la lectura que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 1, 40-45) vemos la reacción de Jesús ante un leproso que se presenta ante Él y le pide que lo cure: “Si quieres, puedes limpiarme”, le dice el leproso. Un acto de fe. Jesús se conmueve ante la situación del leproso: “Sintiendo lástima (la palabra griega utilizada significa “conmovido en las entrañas”, con referencia a las entrañas maternas, a ese amor que solo una madre es capaz de sentir por el hijo de sus entrañas), extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Quiero: queda limpio’”.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, de todos los evangelistas, Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús. Marcos habla con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús, mientras que Mateo y Lucas tienden a omitirlas o mitigarlas en los pasajes paralelos (comparar este pasaje con los relatos paralelos en Mt 8,3 y Lc 5,12).

Hay otro detalle que quisiéramos resaltar. La lectura nos dice que Jesús “tocó” al leproso, algo que chocaba con la Ley, rayando en el escándalo. La lepra era la peor enfermedad de la época de Jesús. Nadie podía acercarse ni tocar a los leprosos. De hecho, los leprosos eran aislados, marginados de la sociedad. Como nos dice la primera lectura de hoy (Lv 13,1-2.44-46), tenían que caminar gritando: “¡Impuro, impuro!”, para que todos se alejasen. Aun así, el leproso decide acercarse a Jesús. Reconoce su poder. Jesús, por su parte, quiere dejar establecido que el amor, la misericordia, están por encima de la Ley, como cuando cura en sábado (Mc 3, 1-6; Lc 13-14).

Si analizamos esta lectura más allá de la historia que nos presenta, vemos cómo ese leproso nos representa a todos nosotros. Sí, nuestro pecado es como una lepra que carcome nuestra alma, y solo el poder sanador de Jesús, producto de su compasión e infinita misericordia, es capaz de curarnos. Tan solo tenemos que acercarnos a Él con el corazón contrito y humillado (Cfr. Sal 50), y la certeza de que solo Él puede sanarnos. Entonces escucharemos su voz que nos dice: “Quiero: queda limpio”.

La lectura nos dice que Jesús, luego de curar al leproso le pide que no se lo diga a nadie: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”. El famoso “secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos. Está claro que Jesús no quiere hacer alarde de su poder. Tampoco quiere comprometer su misión.

Como todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús, el leproso no puede contener su alegría. Tiene que compartir su experiencia con todos. “Cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes”.

Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Si de veras lo has tenido, no podrás contener las ganas de compartir esa experiencia con todos. De eso se trata…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 10-02-18

Hoy la liturgia nos ofrece como lectura evangélica la “segunda multiplicación de los panes” (Mc 8,1-10). Como veremos más adelante, Marcos aprovecha la narración de esta segunda multiplicación para enfatizar lo que ha venido presentado en las lecturas de los días anteriores, que la mesa de Jesús está abierta a todos, judíos y paganos. También nos apunta hacia el sacramento que constituirá el culmen del culto cristiano: la Eucaristía.

La narración comienza diciendo que había “mucha gente” que seguía a Jesús y “no tenían qué comer”. A renglón seguido Marcos destaca una vez más la dimensión humana de Jesús; nos presenta a un Jesús capaz de sentimientos profundos, un Jesús rico en misericordia, que se compadece de los que tienen hambre y  comparte su pan: “Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos”. Esta última aseveración también nos apunta a la universalidad de la redención en la persona de Cristo Jesús, haciéndose eco de la referencia a “los que vienen de lejos”, frase utilizada en el libro de Josué (9,6), y en Is 60,4 para referirse a los paganos.

Esto último adquiere mayor relevancia cuando tomamos en cuenta que Marcos escribe para los paganos de la región itálica. Estos comprenden el mensaje que se les quiere transmitir: Ellos, que han “venido desde lejos”, también están invitados al banquete eucarístico de los tiempos mesiánicos.

De hecho, si comparamos la primera multiplicación de los panes con esta segunda, vemos más claro aún la relación entre la Eucaristía y la universalidad de la salvación. Así, por ejemplo, la primera ocurre en territorio judío para los judíos; la segunda ocurre en territorio pagano (la Decápolis). En la primera Jesús “bendijo” los panes, mientras que en la segunda pronunció la “acción de gracias” (eu-caristein en griego), un término familiar para los paganos, que sería adoptado por los cristianos para referirse a la celebración del sacramento que constituye el culmen de la liturgia, el banquete eucarístico al que todos estamos invitados y en el cual Jesús se nos ofrece a sí mismo como “pan de vida” (Cfr. Jn 6,35).

Además, en ambos relatos hay un sobrante, una sobreabundancia de panes, símbolo de un alimento que es inagotable y, por tanto, debe ponerse a disposición de los demás. Hoy nosotros, como Iglesia, hemos recibido la misión de anunciar la Palabra, la Buena Noticia del Reino a todos los pueblos de la tierra. Y ese anuncio va unido a un “dar de comer”, a practicar las obras de misericordia, a “servir” en el sentido más amplio de la palabra. Como hemos señalado en otras ocasiones, no tenemos que hacer milagros espectaculares como la multiplicación de los panes, pero sí podemos atender, acompañar, dedicar nuestro tiempo y compartir nuestros recursos, por escasos que sean, con los más necesitados. Entonces estaremos efectuando una verdadera “multiplicación” del mensaje inagotable de caridad, paz, esperanza y bienestar que Jesús nos legó en su actitud hacia los más necesitados.

Que tengan un hermoso fin de semana, y no olviden visitar la Casa del Señor. Allí hay pan en abundancia.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 9-02-18

El relato evangélico que contemplamos en la liturgia para hoy (Mc 7,31-37) nos presenta el episodio de la curación del sordomudo. Estando en territorio pagano, de regreso a Galilea (en las fronteras del Líbano), le traen “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos”. Jesús, apartándolo a un lado, le introduce los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva. Luego invoca al Padre (“mirando al cielo”) y dice: “Effetá, que quiere decir ‘Ábrete’” (recordemos que Marcos escribe su relato evangélico para los paganos de la región itálica; por eso pasa el trabajo de traducir los arameismos). Nos dice la escritura que “al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.

Vemos en este episodio el cumplimiento de la profecía de Isaías, cuando anunciaba al pueblo exiliado en Babilonia que sería revestido con “el esplendor del Líbano”, y que los oídos de los sordos se abrirían,… y la lengua de los mudos gritaría de alegría (Is 35,2.5-6). Este milagro es un signo inequívoco de que la salvación ha llegado en la persona de Jesús. Los presentes parecen reconocerlo cuando “en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. El hecho de que el milagro se realice en territorio pagano (al igual que el exorcismo que se nos presentaba en el pasaje que leíamos ayer) apunta, además, a la universalidad de esa salvación.

Al milagro le sigue la petición de Jesús de guardar silencio sobre el mismo (el llamado “secreto mesiánico”, típico del evangelio según san Marcos), y la proclamación del mismo por todos los presentes. Esta es la reacción típica de todo el que ha tenido la experiencia de Jesús; no puede evitarlo, tiene que compartirla con todos.

En el rito del bautismo hay un momento que se llama precisamente Effetá, en el cual el ministro traza la señal de la cruz sobre los oídos y boca del bautizando mientras pronuncia la misma palabra aramea que le dijo Jesús al “sordomudo” del Evangelio de hoy. Esto, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de Dios y sus labios se abran para proclamarla.

Antes a estas personas se les llamaba “sordomudos”, pero ahora se les llama “sordos”, pues se reconoce que su condición es un problema de audición. No hablan porque no pueden escuchar; viven aislados en un mundo de silencio. Así mismo nos pasa a nosotros cuando nos cerramos a la Palabra de Dios. Pero si nos tornamos hacia Él y permitimos que su Palabra sanadora penetre en nuestras almas, aún dentro de la sordera espiritual que hemos vivido, podremos escuchar ese Effetá potente y sonoro que nos librará de las cadenas del silencio espiritual. Y esa Palabra sanadora hará brotar agua en el desierto de nuestras vidas, haciendo que esa agua brote de nosotros como un torrente (Is 35,7), “salpicando” a todo el que se cruce en nuestro camino.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 08-02-18

La lectura evangélica de hoy (Mc 7,24-30) nos presenta a Jesús en territorio pagano, en la región de Tiro, en Fenicia. Había marchado allí huyendo del bullicio y el gentío que le seguía a todas partes. Tenía la esperanza de pasar desapercibido, pero no lo logró. Jesús nunca busca protagonismo ni reconocimiento. Por el contrario, se limita a curar y echar demonios, pidiéndole a los que cura que no se lo digan a nadie (el famoso “secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos). Así es la obra de Dios; así debe ser la de todo discípulo de Jesús; sin hacer ruido. Cada vez que veo a uno de esos llamados “evangelistas”, o autodenominados “apóstoles” que hacen de su misión un verdadero espectáculo digno de Broadway o Hollywood, me pregunto qué dirá Jesús cuando los ve…

A pesar de mantener un perfil bajo, una mujer sirofenicia que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró, y en seguida fue a buscarlo y se le echó a los pies, rogándole que echase el demonio de su hija. La reacción de Jesús puede dejarnos desconcertados si no la leemos en el contexto y cultura de la época: “Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos”. La mujer no se dejó disuadir por el aparente desplante de Jesús: “Tienes razón, Señor: pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”. Como sucede en otras ocasiones, Jesús se conmueve ante aquél despliegue de fe (¿qué madre no pone en los pies de Jesús los problemas y enfermedades de sus hijos?): “Anda vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija”.

Aquella mujer pagana creyó en Jesús y en su Palabra, y creyó que Jesús podía curar a su hija. Por eso no se rindió y continuó insistiendo (Cfr. Lc 11,13; 18,1-8). De ese modo “disparó” Su poder sanador. “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

Otro detalle de este pasaje es que, con sus palabras y su gesto, Jesús abrió las puertas a los paganos, apartándose así del pensamiento judío de exclusividad como “pueblo elegido”. La figura del “alimento de los hijos” se refiere al mensaje de salvación que había sido dado primero al pueblo de Israel. Las migajas que los niños tiran a los “perros” se refieren a la Buena Noticia de salvación que se comparte con los pueblos “paganos”.

Pablo, el apóstol de los gentiles, lo expresa con elocuencia: “Toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada, pues uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los que le invocan” (Rm 10,12). “Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios. Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno” (Gál. 26,28).

Una Iglesia universal (católica), abierta a todo el que crea en Jesús y su mensaje salvífico.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 05-02-18

El relato evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 6,53-56), nos muestra a Jesús y sus discípulos llegando a Genesaret, inmediatamente después del episodio en que Jesús caminó sobre las aguas. Una vez más encontramos a Jesús curando enfermos: “cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos”. La fama de Jesús seguía creciendo, sobre todo después de la “primera multiplicación de los panes” (Mc 6,30-44), que había suscitado un entusiasmo desbordante.

El poder de la fe. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios. Aquella gente creía, y actuaba conforme a su fe. Creían que con tan solo tocar el borde de su manto sanarían, pero no se conformaban con creer, hacían el esfuerzo hasta tocar el manto, y se obraba el milagro; como la hemorroísa (Mc 5,25-34), quien se arrastró hasta tocar el manto de Jesús. Aquella mujer, por padecer flujos de sangre era considerada “impura” y no podía tocar a ningún hombre, so pena de ser lapidada. Pero tuvo fe, actuó conforme a esa fe, y fue curada.

Encontramos un patrón que se repite: Jesús y sus discípulos tratando de encontrar un lugar donde descansar. En esta ocasión acababan de llegar de misionar, y para llegar a Genesaret habían tenido que remar largo rato contra un viento contrario. Necesitaban el descanso. Pero la gente se los impedía. Por más que trataran de pasar desapercibidos, siempre los encontraban. Y como siempre, Jesús se compadece. No puede permanecer ajeno al dolor y enfermedad ajenos. El descanso tendrá que esperar…

Nos llamamos discípulos de Jesús. Una de las características del discípulo es que sigue al Maestro, lo imita. Este pasaje nos llama a hacer introspección. ¿Cómo reaccionamos ante el dolor las necesidades, la soledad de nuestros hermanos? (¡Cuántos de nuestros viejos mueren de soledad!) ¿Los atendemos, los acompañamos, los ayudamos, los escuchamos cuando lo necesitan, o lo hacemos cuando “podamos” o “tengamos tiempo”? ¿Anteponemos nuestra comodidad, nuestros placeres, nuestras “necesidades” por encima de la misericordia? ¡Cuántas veces, al encontrarnos ante la necesidad de un hermano nos hacemos de la vista larga o “damos un rodeo” para no enfrentarnos a la situación, como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37)!

No nos podemos quedar en el hecho del milagro; tenemos que ver más allá para encontrar su verdadero significado. No podemos perder de vista que los milagros de Jesús son producto de su gratuidad, de su Amor infinito, de su Misericordia…

Todas las obras de Dios son buenas, por eso debemos alabarle con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres!” (Sal 103).

Que pasen una hermosa semana alabando y bendiciendo al Señor, comenzando por el regalo de la vida.