REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (B) 11-11-18

Las lecturas de la liturgia para hoy, 32do domingo del Tiempo Ordinario, tienen un tema común: la generosidad.

La primer lectura (1 Re 17,10-16), conocida también como el pasaje de la viuda de Sarepta, nos muestra al profeta Elías que se encuentra con una mujer que se haya en la más extrema pobreza. Esta historia se desarrolla en medio de una gran sequía (capítulos 17 y 18 del primer libro de Reyes). Dentro de esa situación, la viuda y su hijo se aprestan a consumir su último bocado antes de esperar la muerte. Elías le pide pan, y a pesar de que ella le explica que apenas tiene harina y aceite para un pan, el profeta insiste en su petición y le dice: “No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: ‘La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’”.

Un acto de fe. La viuda pudo haber ignorado la petición de Elías, y satisfacer su hambre y la de su hijo. Pero ella creyó en la palabra del profeta y compartió lo poco que tenía. Y el Señor premió su fe y su generosidad: “Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías”. La verdadera generosidad, que consiste en compartir lo que tenemos, no lo que nos sobra, con la certeza de que el Señor nos proveerá (Danos hoy nuestro pan de cada día…). La confianza en la Divina Providencia, que es producto de la fe. Esto nos evoca aquél joven anónimo que pudiendo guardar para sí el único alimento que tenía, cinco panes y dos peces, los compartió propiciando así el milagro de la multiplicación de los panes (Jn 6,9-13). Un milagro fruto de la generosidad y de la fe.

Es el caso de la otra viuda que nos narra el Evangelio (Mc 12,38-44) quien, mientras los ricos ofrendaban “en cantidad”, echó las últimas dos monedas que le quedaban. Al ver ese acto de generosidad de la viuda, Jesús dijo a sus discípulos: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Ella ofrendó todo lo que tenía porque confiaba en que el Señor le proveería. “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?” (Mt 6,26).

Hoy, día del Señor, pidámosle un corazón generoso que nos permita compartir con nuestros hermanos, especialmente los más necesitados, los bienes (muchos o pocos) que hemos recibido gracias a Su generosidad, con la certeza de que la orza de harina no se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará.

Que pasen todos un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre y, cuando vayan al ofrendar, recuerden a la viuda del Evangelio.

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 28-10-18

“Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Así finaliza el Evangelio que nos propone la liturgia para hoy, trigésimo domingo del Tiempo Ordinario (Mc 10,46-52).

“Maestro, que pueda ver”. Una frase tan directa y sencilla como profunda y compleja, pues encierra un cambio radical en la vida de aquél hombre; una vida nueva. Pasar de las tinieblas a la luz, de la dependencia a la autosuficiencia, de la tristeza a la alegría, de la baja autoestima a la plena realización.

“Maestro, que pueda ver”. Somos tantos los ciegos que andamos vagando por el mundo de las tinieblas sin alcanzar a ver la luz… Porque a veces la verdadera ceguera no es la ceguera física, sino la ceguera espiritual; esa que nos impide ver el rostro de Jesús. ¡Cuántas veces le pasamos por al frente, o Él pasa a nuestro lado y no lo reconocemos!

“Maestro, que pueda ver”. ¡Cuán distinta sería nuestra vida si lográramos ver el rostro de Jesús; el de Ése que nos ama tanto que dio su vida por nosotros! No lo podemos ver porque nuestros ojos están cubiertos por las “escamas” de nuestros pecados, nuestros orgullos, nuestro egoísmo, nuestra hipocresía, nuestra falta de fe.

“Maestro, que pueda ver”. Si abrimos nuestros corazones al amor de Dios que se derrama sobre nosotros y que se llama Espíritu Santo, esas “escamas” se disolverán y caerán de nuestros ojos, y comenzaremos a ver, como le ocurrió a Saulo de Tarso (Cfr. Hc 9,18), y a Bartimeo en el pasaje evangélico de hoy. Cuando aquél hombre recuperó la vista lo primero que vio fue el rostro de Jesús. Del mismo modo nosotros, una vez recuperemos la vista del alma, el primer rostro que veremos será el rostro de Jesús reflejado en el rostro del hermano más próximo, especialmente el más necesitado (Cfr. Mt 25,37-40). Entonces, al igual que Bartimeo, seguiremos tras los pasos de Jesús. Y la luz de su rostro apartará toda tiniebla de nuestra vida, como lo será en el último día (Cfr. Ap 22,5).

“Maestro, que pueda ver”. Que esa sea nuestra petición al Señor en este, su día. Y si lo hacemos con la fe de Bartimeo, Jesús nos dirá: “Anda, tu fe te ha curado”.

Que pasen todos un hermoso día en la Paz del Señor. No olviden visitar la Casa de aquél que es la luz del mundo (Jn 8,12).

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO DEL T.O. (B) 21-10-18

“El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Con esta aseveración por parte de Jesús concluye el pasaje evangélico que contemplamos en la liturgia de hoy (Mc 10,35-45).

A pesar de que los discípulos llevan ya un tiempo con Jesús, no han comprendido del todo el mensaje de Jesús, ni la naturaleza de su mesianismo. Todavía siguen pensando en términos terrenales, mientras el Reino que Jesús viene a anunciar “no es de este mundo” (Cfr. Jn 18, 19). No debemos olvidar el contexto en el cual Santiago y Juan le hacen la petición de puestos importantes que motiva la contestación de Jesús. Él acaba de hacerles el tercer anuncio de su pasión (vv. 32-34), pero los discípulos, o no comprenden, o están en negación.

Jesús es consciente de que su pasión y muerte están cerca, y necesita de sus discípulos para que continúen su misión. Se presenta así mismo como “Hijo del hombre”, título mesiánico que evoca el libro de Daniel (7,1-14), pero recalca a sus discípulos que no ha venido a ser servido, sino a servir, que la verdadera gloria está en servir hasta el punto de dar la vida “en rescate” por todos, algo que Él está a punto de hacer. Ese concepto de rescate, típico de Marcos, nos remite al término “redención”, que era el precio que se pagaba por la libertad de un esclavo.

Jesús antepone la diaconía (servicio) evangélica al poder sobre los demás, y les muestra a sus discípulos, y a nosotros, que ese es el camino a seguir si queremos ser otros “cristos”. Y ese servicio ha de ser motivado por el amor, como lo hizo Jesús, hasta el punto de dar la vida por sus amigos (Cfr. Jn 15,13).

Y hoy, dos mil años más tarde, nos cuesta servir a los demás. Nos hacemos de la vista larga cuando vemos las necesidades de nuestros hermanos, como aquellos que ignoraron a sus hermanos en la parábola del juicio final (Mt 25,31-36), o los que siguieron de largo en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37). Y esta actitud se acentúa con el individualismo que estamos viviendo en nuestros tiempos. Se nos olvida que al rezar el Acto de Contrición decimos: “…que he pecado mucho de pensamiento, palabra y omisión…”. Por eso, cuando hacemos nuestro examen de conciencia nos concentramos en los pecados de “acción”, mientras pasamos por alto los de omisión.

Hoy, día del Señor, pidamos al Hijo del hombre que vino a servir y no a ser servido, nos conceda el don del espíritu de servicio que nos permita algún día proclamar como Pablo: “y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20).

Que pasen un hermoso día lleno de la paz que solo Dios puede brindarnos. Recuerden que el Señor les espera en su Casa.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO DEL T.O. (B) 23-09-18

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mc 9,30-37) es el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. El primero lo leíamos el pasado domingo (Mc 8,27-35). En esa ocasión veíamos a Pedro increpando a Jesús luego del anuncio, y a Jesús regañándolo por mirar con ojos de hombre los eventos que Él anticipaba, en lugar de verlos como hechos salvíficos.

En el relato evangélico de hoy vemos cómo, luego del anuncio de la pasión, los discípulos tampoco comprenden su alcance. En lugar de meditar sobre el mensaje de salvación que Jesús pretendía transmitirles, se pusieron a discutir entre sí quién era el más importante de ellos. De nuevo nos damos de frente con la naturaleza humana, que reúsa ver más allá de su propio bienestar, de su propia conveniencia. Una naturaleza humana marcada por la soberbia, que ha sido llamada “la madre de todos los pecados”, la que llevó a nuestros primeros padres a pretender ser iguales a Dios, introduciendo de ese modo el pecado y la muerte en el mundo.

Jesús, con la paciencia que lo caracteriza, luego de decirles que: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”, toma un niño, lo pone en medio de todos, lo abraza, y dice: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. Para comprender el alcance de esa frase tenemos que entender que en la época de Jesús un niño no tenía derechos, era una mera posesión de sus padres, y si no los tenía y nadie lo acogía, valía lo mismo que un perro callejero. Jesús está enseñando a sus discípulos que ante el Padre la verdadera grandeza está en el servicio, sobre todo a los pobres y marginados, por quienes Él siempre mostró preferencia. Él mismo les daría la máxima lección de humildad lavando sus pies en la última cena.

Y no se trata de “dar”, se trata de “darse” a los demás. En Santa Teresa de Calcuta encontramos a alguien que supo entender a plenitud y poner en práctica el mensaje se Jesús. Abandonando todo, viviendo en extrema pobreza, supo darse en cuerpo y alma a los demás, especialmente a los más pobres de los pobres, en quienes aprendió a ver el rostro de Jesús; y acogiéndolos, era a Él a quien acogía; y no teniendo nada, se lo daba todo, les daba su amor. Como ella misma decía: “Cuanto menos poseemos, más podemos dar. Parece imposible, pero no lo es. Esa es la lógica del amor”.

Hoy, día del Señor, pidámosle nos conceda la humildad de espíritu que nos permita acercarnos a los más necesitados y ver en ellos el rostro de Jesús, de modo que acogiéndolos a ellos en Su nombre, lo acojamos a Él; y acogiéndolo a Él acojamos al Padre que lo envió.

Que pasen un lindo día y, si no lo han hecho aún, todavía están a tiempo de visitar la casa del Padre. ¡Bendiciones a todos!

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. (B) 16-09-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy (Is 50,5-9a; Sal 114; St 2,14-18; y Mc 8,27-35) son tan ricas en simbolismo y doctrina, que resulta difícil escoger uno o dos versículos para reflexionar en estas cortas líneas.

El evangelio nos presenta el pasaje de la profesión de fe de Pedro. Luego de realizar una “encuesta” entre sus discípulos sobre quién decía la gente que Él era, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús a sus discípulos de guardar silencio al respecto. Pero como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16).

Como nos dice la segunda lectura de hoy, la fe sin obras, por si sola está muerta. En otras palabras, “no basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús”. Y cuando creemos en su Palabra salvífica, cualquier sufrimiento, tribulación, prueba, que podamos experimentar cobra un nuevo significado, nos permite participar de la obra salvadora de Jesús. A eso se refiere Pablo cuando dice: “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo” (Col 1,24).

Nadie ha dicho que esto es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa es la que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. Que pasen un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. (B) 09-09-18

El relato evangélico que contemplamos en la liturgia para hoy (Mc 7,31-37) nos presenta el episodio de la curación del sordomudo. Estando en territorio pagano (en las fronteras del Líbano), le traen “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos”. Jesús, apartándolo a un lado, le introduce los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva. Luego invoca al Padre (“mirando al cielo”) y dice: Effetá, que quiere decir “Ábrete”. Nos dice la escritura que “al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.

Vemos en este episodio el cumplimiento de la profecía de Isaías contenida en la primera lectura de hoy (Is 35,4,7a), cuando anunciaba al pueblo exiliado en Babilonia que “los oídos del sordo se abrirán”,… y “la lengua del mudo cantará”. Este milagro es un signo inequívoco de que la salvación ha llegado en la persona de Jesús. Los presentes parecen reconocerlo cuando “en el colmo del asombro decían: ‘Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’.” El hecho de que el milagro se realice en territorio pagano, apunta a la universalidad de esa salvación.

Al milagro le sigue la petición de Jesús de guardar silencio sobre el mismo (el llamado “secreto mesiánico”, típico del evangelio según san Marcos), y la proclamación del mismo por todos los presentes. Esta es la reacción típica de todo el que ha vivido la experiencia de Jesús; no puede evitarlo, tiene que compartir su experiencia, proclamarlo a todos.

En el rito del bautismo hay un momento que se llama precisamente Effetá, en el cual el ministro traza la señal de la cruz sobre los oídos y boca del bautizando mientras pronuncia la misma palabra aramea que le dijo Jesús al “sordomudo” del Evangelio de hoy. Esto, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de Dios y su boca se abra para proclamarla.

Antes a estas personas se les llamaba “sordomudos”, pero ahora se les llama “sordos”, pues se reconoce que su condición es un problema de audición. No hablan porque no pueden escuchar; viven aislados en un mundo de silencio.

Eso mismo nos pasa a nosotros cuando nos cerramos a la Palabra de Dios. Pero si nos tornamos hacia Él y permitimos que su Palabra sanadora penetre en nuestras almas, aún dentro de la sordera espiritual que hemos vivido, podremos escuchar ese Effetá potente y sonoro que nos librará de las cadenas del silencio espiritual; y esa Palabra sanadora hará brotar agua en el desierto de nuestras vidas, y esa agua brotará de nosotros como un torrente (Is 35,7). Entonces viviremos el Effetá que Jesús pronunció a través del ministro el día de nuestro bautismo, y proclamaremos a todos esa Palabra sanadora que hemos recibido.

Hoy es el día del Señor. Acude a Él y déjate penetrar por su Palabra sanadora. Entonces no podrás contenerte y saldrás a proclamar a todos que Jesucristo es el Señor…

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL T.O. (B) 26-08-18

La liturgia de hoy nos presenta la culminación del “discurso del pan de vida” (Jn 6,60-69), que hemos estado contemplando durante los pasados cuatro domingos.

En el Evangelio que contemplábamos el pasado domingo (Jn 6,51-59) Jesús había enfatizado en cinco ocasiones la necesidad de “comer su carne” y “beber su sangre” para obtener la vida eterna, en una alusión al sacramento de la Eucaristía que para ellos resultaba incomprensible. Esto, en respuesta a los comentarios de los judíos, quienes se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Lejos de suavizar o justificar sus palabras, reitera que el que no coma su carne y beba su sangre “no tendrá vida” en sí mismo, es decir, no tendrá la vida que da la Gracia, añadiendo que ello es necesario para que podamos “habitar” en Él y Él en nosotros.

Aquellas palabras (eso de “comer” su carne y “beber” su sangre) resultaban fuertes y escandalosas, duras, para muchos de los “discípulos” que le seguían: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Jesús no intenta convencerlos ni trata de explicar su discurso. Por el contrario, se reitera en lo dicho y les increpa: “¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen… Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Esas palabras hicieron que muchos discípulos suyos se echaran atrás y dejaran de seguirle.

Entonces Jesús se viró hacia donde estaban los Doce (trato de imaginarme la escena) y les lanza un desafío: “¿También ustedes quieren marcharse?” Como siempre, Simón Pedro tomó la palabra e hizo una profesión de fe: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Las palabras de Jesús siempre son motivo de controversia. Ya el anciano Simeón lo había profetizado desde el comienzo (Lc 2,34). Y hoy día no es diferente. Su seguimiento es exigente, duro, el estilo de vida que implica está reñido con los gustos, las tendencias del mundo actual. Seguir a Jesús implica hacerse uno con Él, “comer su carne”, no solo en la Eucaristía, sino también participar de su encarnación, y “beber la sangre” de su sacrificio.

Los que queremos perseverar, los que queremos permanecer fieles a Él, necesitamos comer constantemente de ese “pan de Vida”, no solo en la mesa de la Eucaristía, sino también en la mesa de la Palabra, que es también fuente de vida eterna: “¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

En la Eucaristía encontramos alimento, y en la Palabra el aliento y el consuelo que nos permite continuar en el camino a la Vida eterna que Él regala de balde a los que comemos de su cuerpo y bebemos de su sangre.

Él siempre tiene la mesa de la Eucaristía y la mesa de la Palabra dispuestas para ti.

¡Acércate! Él te está esperando…

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 19-08-18

La primera lectura de hoy (Prov 9,1-6) nos presenta la “Sabiduría” personificada (que no es otra cosa que Dios actuando sabiamente) convocando a todos a participar de la mesa que ha dispuesto: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia”. Esta lectura nos evoca la parábola del banquete nupcial que Mateo nos presenta al comienzo de su capítulo 22 (1-14), y prefigura el “pan de vida” con el que Jesús se identifica en el capítulo 6 de Juan.

El pan es vida. En el Padrenuestro decimos “danos hoy nuestro pan de cada día”. Cuando alguien trabaja decimos que está “ganándose el pan”. Cuando celebramos la Eucaristía, en el momento del ofertorio el sacerdote dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre”.

En el evangelio de hoy (Jn 6,51-58) Jesús se nos presenta a sí mismo como el “pan de vida”: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Ante la incredulidad de los que le escuchan, que le cuestionan que cómo es posible que Jesús les dé a comer su carne, Jesús les responde: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

Cuando nos sentamos a la mesa familiar para compartir el pan, ese pan tiene un significado que va más allá del mero alimento; adquiere una nueva dimensión, es el fruto del trabajo de alguien que lo ganó, y alguien que lo confeccionó. Cuando el padre se sienta a la mesa con su familia a compartir el pan, fruto de su trabajo, les está ofreciendo algo más que alimento, les está entregando su vida y su trabajo; en cierto sentido les está entregando su “carne” (“el pan que yo les daré es mi carne”). Y la familia, congregada en torno a la mesa, en cierta manera está compartiendo la vida misma del padre que se los ha dado.

Jesús, que es “el pan de vida”, “la luz del mundo”, “la puerta”, “el buen pastor”, “la resurrección y a vida”, “el camino, la verdad y la vida”, “la vid verdadera”, nos está dando su vida, el fruto de su sacrificio. Jesús ha querido dar al pan un nuevo significado. Nos está ofreciendo en ese pan su vida, nos invita a la mesa eucarística a compartir su vida con el Padre: “El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”.

Hoy, día del Señor, aprovecha a oportunidad única que Jesús te ofrece: compartir su mesa; comer el pan vivo bajado del cielo. ¡Qué banquete! Recuerda, en la mesa del Señor hay una silla con tu nombre; Él te espera…

REFLEXIÓN PARA EL DECIMONOVENO DOMINGO DEL T.O. (B) 12-08-18

La primera lectura de hoy (1 Re 19,4-8) nos presenta al profeta Elías huyendo de la reina Jezabel, que había prometido matarlo. Luego de caminar por el desierto, llegó un momento en que, como nos pasa a nosotros muchas vences en nuestras vidas, se sintió cansado, agobiado, rendido, frustrado, al punto de desear su propia muerte, y simplemente se acostó a dormir (hoy día a eso le llamarían “depresión”).

Pero lo que Elías no sabía era que la misión que Dios tenía para él no había concluido. Por eso le envía un ángel que le lleva pan y agua, y le ordena comer. Elías, como todo buen deprimido, comió y se volvió a acostar. Entonces el ángel del Señor lo volvió a tocar, le ordenó levantarse, e insistió en que comiera nuevamente porque el camino que tenía por delante era superior a sus fuerzas y con ese pan (“con la fuerza de ese alimento”) lo iba a lograr. Así caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb.

Podemos ver en este pasaje cómo la combinación de la palabra de Dios pronunciada a través del ángel, junto con el pan (que había “bajado del cielo” de manos del ángel), levantaron al profeta de su letargo físico y espiritual y le permitieron seguir adelante con su misión.

En el evangelio (Jn 6,41-51) encontramos a Jesús frente a aquellos que hace poco lo seguía porque les había hartado y ahora le critican, murmuran contra Él, como lo hicieron con Moisés en el desierto, porque se les ha presentado Él mismo como el “pan bajado del cielo”. Entonces Jesús les dice: “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí”. Y luego añade: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera”.

Nuevamente vemos la combinación de la escucha de la Palabra de Dios y el “pan de vida”, la energía, el “combustible” que nos da la fuerza para continuar nuestro camino hacia la vida eterna (“el que coma de este pan vivirá para siempre”). El mensaje es claro. Si escuchamos al Padre, creemos en Jesús; y si creemos en Jesús, y le creemos a Jesús, que es la Palabra hecha carne (Jn 1,14), y “comemos su carne”, “viviremos para siempre”. ¡Qué promesa!

Jesús nos legó la Eucaristía (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-23; Lc 22, 19-20, 1 Cor 11,23-25), que más que una “combinación” de Palabra y Pan, es la propia Palabra de Dios hecha carne, el alimento físico y espiritual por excelencia que nos proporciona la fortaleza necesaria para continuar nuestro peregrinar hacia la vida eterna a esa “vida en abundancia” que Jesús nos ha prometido.

Cuando te sientas cansado, agobiado, como se sintió el profeta Elías, recuerda las palabras de Jesús: “Vengan a mi todos los que estén fatigados y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28). Y la Eucaristía te brinda el lugar de encuentro por excelencia. Hoy es un buen día; reconcíliate con Él y recíbelo en tu cuerpo y en tu alma.