REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (B) 22-11-15

Cristo Rey 3

Hoy es el trigésimo cuarto del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo; fiesta que marca el fin de Tiempo Ordinario y nos dispone a comenzar ese tiempo litúrgico tan especial del Adviento.

Todas las lecturas que nos propone la liturgia para hoy (Dn 7,13-14; Sal 92, 1ab.1c-2-5); Ap 1,5-8; y Jn 18,33b-37) nos apuntan al señorío y reinado de Jesús, con un sabor escatológico, es decir, a esa segunda venida de Jesús que marcará el fin de los tiempos y la culminación de su Reino por toda la eternidad.

La primera lectura, tomada de la profecía de Daniel, de género apocalíptico, nos presenta la figura de un “hijo de hombre”, refiriéndose a ese misterio del Dios humanado, el Dios-con-nosotros, que es la persona de Jesús con su doble naturaleza, divina y humana: “Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin”.

La lectura del libro del Apocalipsis nos reitera el señorío de Jesucristo, “el príncipe de los reyes de la tierra”. Pero a la misma vez lo presenta como “el testigo fiel” que, como decíamos ayer, es sinónimo de “mártir”, lo que nos apunta hacia la verdadera fuente se su poder: el Amor. “Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Juan utiliza el mismo lenguaje de Daniel al describir la visión de Jesús que “viene en las nubes”, añadiendo que cuando Él venga reinará sobre todos, incluyendo a “los que lo atravesaron” (Cfr. Jn 19,37), que tendrán que verlo llegar en toda su gloria. La lectura cierra con una proclamación solemne por parte del Dios Trino: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso”, el principio y el fin de la historia.

De ambas lecturas surge claramente que el Reinado de Jesús no se rige por las normas de los reinos terrenales. Un reino que “no tiene fin”, es eterno, y en vez de convertirnos en súbditos, nos libera. Jesús lo reitera al comparecer ante Pilato en el pasaje evangélico que contemplamos hoy: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Más adelante Jesús añade: “Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad”. En ocasiones anteriores hemos dicho que el término “verdad”, según utilizado en las Sagradas Escrituras, se refiere a la fidelidad del Amor de Dios.

El Reino de Jesucristo no es de este mundo, pero se inicia y se va germinando en este mundo, y alcanzará su plenitud definitiva al final de los tiempos, cuando el demonio, el pecado, el dolor y la muerte hayan sido erradicados para siempre. Entonces contemplaremos su rostro y llevaremos su nombre en la frente, y reinaremos junto al Él por los siglos de los siglos (Cfr. Ap 22,4-5). ¡Qué promesa!

Recuerda visitar la Casa de nuestro Rey; Él mismo vendrá a tu encuentro.

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXXIII DEL T.O. (B) 15-11-15

Juicio Final

“En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte”. Con esta imagen del final de los tiempos presentada por Jesús a sus discípulos, comienza el relato evangélico (Mc 13,24-32) para hoy.

La primera lectura, tomada del libro de Daniel (12,1-3), complementa la visión escatológica del Evangelio: “Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.

El Evangelio nos habla de los “elegidos” que el Señor va a reunir de todas partes del mundo al final de los tiempos. Esto nos evoca la imagen que nos presenta el libro del Apocalipsis de aquella enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas (7,9).

La primera lectura, por su parte, nos habla del “los inscritos en el libro”, una imagen que se repite en el Antiguo y el Nuevo Testamentos y que, en el contexto que lo utiliza Daniel, nos presenta un paralelo con Ap 20,12-15, en donde se utiliza esta imagen relacionada con el juicio final: “y también fue abierto el Libro de la Vida; y los que habían muerto fueron juzgados de acuerdo con el contenido de los libros; cada uno según sus obras” (v. 12; Cfr. St 2,17).

Estas lecturas nos transmiten el mensaje que al final de los tiempos, cuando tengamos que enfrentarnos a “Jesucristo Juez”, seremos juzgados según nuestras obras, lo único que vamos a llevar al Juicio. Y si nuestras obras estuvieron guiadas por el amor a Dios y al prójimo, así quedará plasmado en el libro de la vida, y el Señor nos dirá: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo” (Mt 25,34). Si por el contrario, nuestras obras estuvieron guiadas por el egoísmo y la maldad, así quedará también escrito en el libro de la vida, y el Señor nos dirá: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles” (Mt 25,41). San Juan de la Cruz lo expresó con meridiana claridad: “En el ocaso de nuestra vida seremos juzgados en el amor”.

“Señor, Dios de la vida y de la muerte, no sabemos la hora de tu venida, pero estamos seguros de que tu amor no nos va a fallar. Guárdanos vigilantes en esperanza, y ayúdanos a acogerte ahora en los hermanos, para que tú nos acojas un día en tu casa eterna para siempre” (de la Oración de los fieles).

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 25-10-15

Bartimeo

“Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Así finaliza el Evangelio que nos propone la liturgia para hoy, trigésimo domingo del Tiempo Ordinario (Mc 10,46-52).

“Maestro, que pueda ver”. Una frase tan directa y sencilla como profunda y compleja, pues encierra un cambio radical en la vida de aquél hombre; una vida nueva. Pasar de las tinieblas a la luz, de la dependencia a la autosuficiencia, de la tristeza a la alegría, de la baja autoestima a la plena realización.

“Maestro, que pueda ver”. Somos tantos los ciegos que andamos vagando por el mundo de las tinieblas sin alcanzar a ver la luz… Porque a veces la verdadera ceguera no es la ceguera física, sino la ceguera espiritual; esa que nos impide ver el rostro de Jesús. ¡Cuántas veces le pasamos por al frente, o Él pasa a nuestro lado y no lo reconocemos!

“Maestro, que pueda ver”. ¡Cuán distinta sería nuestra vida si lográramos ver el rostro de Jesús; el de Ése que nos ama tanto que dio su vida por nosotros! No lo podemos ver porque nuestros ojos están cubiertos por las “escamas” de nuestros pecados, nuestros orgullos, nuestro egoísmo, nuestra hipocresía, nuestra falta de fe.

“Maestro, que pueda ver”. Si abrimos nuestros corazones al amor de Dios que se derrama sobre nosotros y que se llama Espíritu Santo, esas “escamas” se disolverán y caerán de nuestros ojos, y comenzaremos a ver, como le ocurrió a Saulo de Tarso (Cfr. Hc 9,18), y a Bartimeo en el pasaje evangélico de hoy. Cuando aquél hombre recuperó la vista lo primero que vio fue el rostro de Jesús. Del mismo modo nosotros, una vez recuperemos la vista del alma, el primer rostro que veremos será el rostro de Jesús reflejado en el rostro del hermano más próximo, especialmente el más necesitado (Cfr. Mt 25,37-40). Entonces, al igual que Bartimeo, seguiremos tras los pasos de Jesús. Y la luz de su rostro apartará toda tiniebla de nuestra vida, como lo será en el último día (Cfr. Ap 22,5).

“Maestro, que pueda ver”. Que esa sea nuestra petición al Señor en este, su día. Y si lo hacemos con la fe de Bartimeo, Jesús nos dirá: “Anda, tu fe te ha curado”.

Que pasen todos un hermoso día en la Paz del Señor. No olviden visitar la Casa del que es la luz del mundo (Jn 8,12).

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXIX DEL T.O. (B) 18-10-15

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“El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.

“El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Con esta aseveración por parte de Jesús concluye el pasaje evangélico que contemplamos en la liturgia de hoy (Mc 10,35-45).

A pesar de que los discípulos llevan ya un tiempo con Jesús, no han comprendido del todo el mensaje de Jesús, ni la naturaleza de su mesianismo. Todavía siguen pensando en términos terrenales, mientras el Reino que Jesús viene a anunciar “no es de este mundo” (Cfr. Jn 18, 19). No debemos olvidar el contexto en el cual Santiago y Juan le hacen la petición de puestos importantes que motiva la contestación de Jesús. Él acaba de hacerles el tercer anuncio de su pasión (vv. 32-34), pero los discípulos, o no comprenden, o están en negación.

Jesús es consciente de que su pasión y muerte están cerca, y necesita de sus discípulos para que continúen su misión. Se presenta así mismo como “Hijo del hombre”, título mesiánico que evoca el libro de Daniel (7,1-14), pero recalca a sus discípulos que no ha venido a ser servido, sino a servir, que la verdadera gloria está en servir hasta el punto de dar la vida “en rescate” por todos, algo que Él está a punto de hacer. Ese concepto de rescate, típico de Marcos, nos remite al término “redención”, que era el precio que se pagaba por la libertad de un esclavo.

Jesús antepone la diaconía (servicio) evangélica al poder sobre los demás, y les muestra a sus discípulos, y a nosotros, que ese es el camino a seguir si queremos ser otros “cristos”. Y ese servicio ha de ser motivado por el amor, como lo hizo Jesús, hasta el punto de dar la vida por sus amigos (Cfr. Jn 15,13).

Y hoy, dos mil años más tarde, nos cuesta servir a los demás. Nos hacemos de la vista larga cuando vemos las necesidades de nuestros hermanos, como aquellos que ignoraron a sus hermanos en la parábola del juicio final (Mt 25,31-36), o los que siguieron de largo en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37). Y esta actitud se acentúa con el individualismo que estamos viviendo en nuestros tiempos. Se nos olvida que al rezar el Acto de Contrición decimos: “…que he pecado mucho de pensamiento, palabra y omisión…”. Por eso, cuando hacemos nuestro examen de conciencia nos concentramos en los pecados de “acción”, mientras pasamos por alto los de omisión.

Hoy, día del Señor, pidamos al Hijo del hombre que vino a servir y no a ser servido, nos conceda el don del espíritu de servicio que nos permita algún día proclamar como Pablo: “y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20).

Que pasen un hermoso día lleno de la paz que solo Dios puede brindarnos. Recuerden que el Señor les espera en su Casa.

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXVIII DEL T.O. (B) 11-10-15

 

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El pasaje evangélico que nos propone la liturgia de hoy (Mc 10,17-30) es el del “joven rico”, llamado así por el evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que también le consideraba digno de veneración.

La pregunta que le formula el hombre rico a Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?, es decir, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del seguimiento. Si queremos ser santos, como Jesús es Santo, no puede haber nada más importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero, ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”

De nuevo, no se trata de que el dinero, de por sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás. Hay personas relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una aguja”.

Y aunque el seguimiento de Jesús, que nos conduce por el camino de la salvación, no está motivado por interés o deseo de recompensa, sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda ese “espíritu de sabiduría” de que nos habla la primera lectura (Sb 7,7-11), que nos permita preferir la sabiduría de Dios por encima de “cetros y tronos”; esa sabiduría a cuyo lado el oro “es un poco de arena”; esa sabiduría que es superior a la salud, a la belleza, y que es la única que puede mostrarnos el camino a la vida eterna. “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXVII DEL T.O. (B) 04-10-15

Dejad que los niños

La primera lectura y el Evangelio que nos presentan la liturgia para este vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario (Gn 2,18-24 y Mc 10,2-16) tratan el tema del matrimonio, el origen divino y la indisolubilidad del mismo. Son las lecturas que acostumbramos escuchar en las celebraciones de dicho sacramento.

Sin menospreciar la importancia de las mismas, ni su relevancia para nuestros tiempos, hoy centraremos nuestra atención en los últimos versículos de la lectura evangélica: “Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos” (ver. 13-16).

Sobre este último versículo, como nota exegética, cabe señalar que de todos los evangelistas Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús, quien habla con la mayor naturalidad de las emociones intensas de Jesús. Así, por ejemplo, al narrar este pasaje, Marcos es el único que nos presenta ese gesto tierno de Jesús de abrazar a los niños (comparar con Mt 19,15; Lucas lo omite). De ese modo Marcos quiere presentarnos a un Jesús cercano, familiar, que conoce nuestros sentimientos y emociones. Verdadero Dios y verdadero hombre.

Está claro que los discípulos no trataban de impedir que los niños se acercaran a Jesús porque fuesen a molestarle, sino porque en la cultura judía los niños no valían nada. Con ese gesto de ternura y amor, seguido de las palabras “el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”, Jesús le dice a sus discípulos (y a nosotros) que el Reino no es cuestión de mérito, sino de humildad; que el Reino no es algo que tenemos que “buscar”, es algo que se nos ofrece por mera gratuidad; que tan solo tenemos que saber aceptarlo como lo hacen los niños, con la mayor naturalidad, sin creernos que “lo merecemos todo”.

El proceso es sencillo: “recibimos” el Reino, lo “aceptamos” con humildad, y “entramos” en él. Como lo haría un niño.

En este día del Señor, pidámosle la humildad y sencillez de espíritu para aceptar el anuncio y regalo del Reino, conscientes de que lo estamos recibiendo por pura gratuidad, no por mérito nuestro. “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,25-26).

Y recuerda, si aún no has visitado la Casa del Padre, todavía estás a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO SEXTO DOMINGO DEL T.O. (1) 27-09-15

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La primera lectura de hoy, tomada del libro de los Números (11,16-17a.24-29), nos narra el siguiente episodio: Siguiendo las instrucciones del Señor, Moisés había reunido a setenta ancianos en la Carpa del Encuentro. Entonces el Señor “tomó parte del espíritu que había en él [Moisés] y lo pasó a los setenta ancianos”. Y apenas el espíritu se posó sobre ellos, “comenzaron a profetizar”. Había dos hombres, Eldad y Medad, que no habían sido llamados a la Carpa, y el espíritu también se posó sobre ellos. Inmediatamente se pusieron a profetizar también. Un muchacho vino a darle la noticia a Moisés, y Josué, hijo de Nun le dijo: “¡Señor mío, Moisés, prohíbeselo!”. A lo que Moisés replicó: “¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!”

El egoísmo, el protagonismo, la mezquindad, se repiten a lo largo de la historia, y los que pretenden seguir al Señor no somos la excepción. En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mc 9,38-43.45.47-48), se repite el episodio. Nada menos que Juan, “el discípulo amado”, dice a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo”. “No es de nuestro grupo…” ¿Podemos pensar en una frase más egoísta, más excluyente, más discriminatoria, más “clasista”, más divisoria que esa? ¿Dónde quedó aquello de “en esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35)?

Hoy día no es diferente. ¿Cuántas veces vemos esas divisiones, esas distinciones, entre los diversos grupos cristianos, o entre grupos o movimientos dentro de una misma parroquia? ¿Cuántos celos entre feligreses porque alguien que “acaba de llegar” puede y hace algo igual o mejor que los que lo han venido haciendo hasta ahora y pretenden excluirlo porque “no es de nuestro grupo”?

La respuesta de Jesús a Juan, al igual que la de Moisés a Josué, no se hace esperar: “No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Si estamos actuando en nombre de Jesús, ¿cómo podemos estar en contra de que otros lo hagan? ¿Acaso pretendemos tener el monopolio de la persona y el nombre de Jesús?

A veces se nos olvida que el Espíritu reparte sus carismas según lo estima necesario para el funcionamiento de la Iglesia, que no es otra cosa que el pueblo santo de Dios reunido en su nombre. ¿Quiénes somos nosotros para dictar a quién o quiénes el Espíritu reparte sus carismas?

¡Ojalá todos tuvieran el carisma de profetizar, o de hablar en lenguas, o de interpretarlas, o de enseñar, o de la oración, o de hacer milagros, o de tantos otros múltiples carismas que el Espíritu pueda estimar necesarios para el buen funcionamiento del cuerpo místico de Cristo!

Pidamos al Señor que derrame su Santo Espíritu sobre toda su Santa Iglesia, y alegrémonos cuando veamos a nuestros hermanos desarrollar los carismas que ese Espíritu ha dado a cada cual.

Si no los has hecho aún, todavía estás a tiempo para visitar la Casa del Padre. Recuerda, Él te espera con los brazos abiertos…

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO DEL T.O. (B) 20-09-15

Papa Francisco con niño

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mc 9,30-37) es el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. El primero lo leíamos el pasado domingo (Mc 8,27-35). En esa ocasión veíamos a Pedro increpando a Jesús luego del anuncio, y a Jesús regañándolo por mirar con ojos de hombre los eventos que Él anticipaba, en lugar de verlos como hechos salvíficos.

En el relato evangélico de hoy vemos cómo, luego del anuncio de la pasión, los discípulos tampoco comprenden su alcance. En lugar de meditar sobre el mensaje de salvación que Jesús pretendía transmitirles, se pusieron a discutir entre sí quién era el más importante de ellos. De nuevo nos damos de frente con la naturaleza humana, que reúsa ver más allá de su propio bienestar, de su propia conveniencia. Una naturaleza humana marcada por la soberbia, que ha sido llamada “la madre de todos los pecados”, la que llevó a nuestros primeros padres a pretender ser iguales a Dios, introduciendo de ese modo el pecado y la muerte en el mundo.

Jesús, con la paciencia que lo caracteriza, luego de decirles que: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”, toma un niño, lo pone en medio de todos, lo abraza, y dice: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. Para comprender el alcance de esa frase tenemos que entender que en la época de Jesús un niño no tenía derechos, era una mera posesión de sus padres, y si no los tenía y nadie lo acogía, valía lo mismo que un perro callejero. Jesús está enseñando a sus discípulos que ante el Padre la verdadera grandeza está en el servicio, sobre todo a los pobres y marginados, por quienes Él siempre mostró preferencia. Él mismo les daría la máxima lección de humildad lavando sus pies en la última cena.

Y no se trata de “dar”, se trata de “darse” a los demás. En la Beata Teresa de Calcuta encontramos a alguien que supo entender a plenitud y poner el práctica el mensaje se Jesús. Abandonando todo, viviendo en extrema pobreza, supo darse en cuerpo y alma a los demás, especialmente a los más pobres de los pobres, en quienes aprendió a ver el rostro de Jesús; y acogiéndolos, era a Él a quien acogía; y no teniendo nada, se lo daba todo, les daba su amor. Como ella misma decía: “Cuanto menos poseemos, más podemos dar. Parece imposible, pero no lo es. Esa es la lógica del amor”.

Hoy, día del Señor, pidámosle nos conceda la humildad de espíritu que nos permita acercarnos a los más necesitados y ver en ellos el rostro de Jesús, de modo que acogiéndolos a ellos en Su nombre, lo acojamos a Él; y acogiéndolo a Él acojamos al Padre que lo envió.

Que pasen un lindo día y, si no lo han hecho aún, todavía están a tiempo de visitar la casa del Padre. ¡Bendiciones a todos!

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. (B) 13-09-15

Quien dice la gente que es Jesus

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy (Is 50,5-9a; Sal 114; St 2,14-18; y ) son tan ricas en simbolismo y doctrina, que resulta difícil escoger uno o dos versículos para reflexionar en estas cortas líneas.

El evangelio nos presenta el pasaje de la profesión de fe de Pedro. Luego de realizar una “encuesta” entre sus discípulos sobre quién decía la gente que Él era, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús a sus discípulos de guardar silencio al respecto. Pero como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16).

Como nos dice la segunda lectura de hoy, la fe sin obras, por si sola está muerta. En otras palabras, “no basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús”. Y cuando creemos en su Palabra salvífica, cualquier sufrimiento, tribulación, prueba, que podamos experimentar cobra un nuevo significado, nos permite participar de la obra salvadora de Jesús. A eso se refiere Pablo cuando dice: “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo” (Col 1,24).

Nadie ha dicho que esto es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa es la que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. Que pasen un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. (B) 06-09-15

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El relato evangélico que contemplamos en la liturgia para hoy (Mc 7,31-37) nos presenta el episodio de la curación del sordomudo. Estando en territorio pagano (en las fronteras del Líbano), le traen “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos”. Jesús, apartándolo a un lado, le introduce los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva. Luego invoca al Padre (“mirando al cielo”) y dice: Effetá, que quiere decir “Ábrete”. Nos dice la escritura que “al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.

Vemos en este episodio el cumplimiento de la profecía de Isaías contenida en la primera lectura de hoy (Is 35,4,7a), cuando anunciaba al pueblo exiliado en Babilonia que “los oídos del sordo se abrirán”,… y “la lengua del mudo cantará”. Este milagro es un signo inequívoco de que la salvación ha llegado en la persona de Jesús. Los presentes parecen reconocerlo cuando “en el colmo del asombro decían: ‘Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’.” El hecho de que el milagro se realice en territorio pagano, apunta a la universalidad de esa salvación.

Al milagro le sigue la petición de Jesús de guardar silencio sobre el mismo (el llamado “secreto mesiánico”, típico del evangelio según san Marcos), y la proclamación del mismo por todos los presentes. Esta es la reacción típica de todo el que ha vivido la experiencia de Jesús; no puede evitarlo, tiene que compartir su experiencia, proclamarlo a todos.

En el rito del bautismo hay un momento que se llama precisamente Effetá, en el cual el ministro traza la señal de la cruz sobre los oídos y boca del bautizando mientras pronuncia la misma palabra aramea que le dijo Jesús al “sordomudo” del Evangelio de hoy. Esto, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de Dios y su boca se abra para proclamarla.

Antes a estas personas se les llamaba “sordomudos”, pero ahora se les llama “sordos”, pues se reconoce que su condición es un problema de audición. No hablan porque no pueden escuchar; viven aislados en un mundo de silencio.

Eso mismo nos pasa a nosotros cuando nos cerramos a la Palabra de Dios. Pero si nos tornamos hacia Él y permitimos que su Palabra sanadora penetre en nuestras almas, aún dentro de la sordera espiritual que hemos vivido, podremos escuchar ese Effetá potente y sonoro que nos librará de las cadenas del silencio espiritual; y esa Palabra sanadora hará brotar agua en el desierto de nuestras vidas, y esa agua brotará de nosotros como un torrente (Is 35,7). Entonces viviremos el Effetá que Jesús pronunció a través del ministro el día de nuestro bautismo, y proclamaremos a todos esa Palabra sanadora que hemos recibido.

Hoy es el día del Señor. Acude a Él y déjate penetrar por su Palabra sanadora. Entonces no podrás contenerte y saldrás a proclamar a todos que Jesucristo es el Señor…