REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DÉCIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 06-07-20


“Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Y me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto”.

En la primera lectura de hoy (Os 2,16.17b-18.21-22), el profeta Oseas nos presenta la figura de Dios como amante de Israel. Más tarde, los “profetas mayores”, Jeremías, Isaías y Ezequiel retomarán esa figura de Dios-amante. Oseas nos presenta a Yahvé como el esposo-amante que se siente traicionado por su esposa infiel, que es el pueblo de Israel.

El mismo Oseas vivió en carne propia esa experiencia, pues Yahvé le ordenó casarse con una prostituta que le fue infiel: “Ve y cásate con una de esas mujeres que se entregan a la prostitución sagrada y ten hijos de esa prostituta. Porque el país se está prostituyendo al apartarse de Yahvé” (Os1,2).

El pasaje que nos ocupa hoy es parte de un cántico que ocupa casi todo el capítulo 2 del libro, que comienza con una denuncia y condena de la mujer infiel, para luego dar paso a ese coloquio amoroso lleno de perdón, misericordia y reconciliación. Es el reflejo del amor incondicional de Dios por nosotros, quien es capaz de seguir amándonos a pesar de nuestras infidelidades. Yahvé le dice a Oseas: “Vuelve a querer de nuevo a una mujer adúltera que hace el amor con otros, así como Yahvé ama a los hijos de Israel a pesar de que lo han dejado por otros dioses…” (3,1). Pero el pueblo de Israel no le hizo caso a Oseas, y continuó su decadencia, hasta culminar con la destrucción del reino del norte a manos de Asiria en el año 722 A.C.

¿Cuántas veces nos hemos “prostituido”, adorando otros “diosecillos” que nos apartan de nuestro Dios-esposo que es todo fidelidad? Pero Él nos sigue amando, “a pesar de que lo [hemos] dejado por otros dioses”. Y Él sigue esperándonos, como el esposo amante que espera a su esposa infiel para perdonarla y reconciliarse…

Se nos dice que la Palabra de Dios es viva y eficaz, que es tan vigente hoy como lo fue cuando fue escrita. Prestemos atención a lo que nos dijo a través de Oseas, hace alrededor de 2,300 años: “Escuchen lo que dice Yahvé, hijos de Israel. Yahvé tiene un pleito pendiente con la gente de esta tierra, porque no encuentra en su país ni sinceridad, ni amor, ni conocimiento de Dios. Solo hay juramentos en falso y mentiras, asesinato y robo, adulterio y violencia, crímenes y más crímenes. Por eso el país está en duelo y están deprimidos sus habitantes” (4,1-3a).

¿Les resulta familiar esta descripción? ¿No es acaso una descripción de lo que está viviendo nuestro pueblo? Dios nos sigue hablando a través de su Palabra. ¡Escuchémosle!

La lectura evangélica (Mt 9,18-26), por su parte, nos presenta la versión de Mateo de un episodio que aparece en los tres sinópticos, con sus consabidas variantes (Cfr. Mc 5,21-43; Lc 8,40-56), y que combina dos milagros, la curación de la hija de Jairo, y la curación de la hemorroísa. En nuestra reflexión para el martes de la cuarta semana del T.O. comentamos la versión de Marcos.

Esta lectura nos recalca la importancia de la fe, que es algo más que creer en Dios, es creerle, creer en su Palabra salvífica. Ahí estriba tal vez el problema de nuestra sociedad actual. Puede que creamos que Dios “existe”, pero, ¿le creemos y actuamos de conformidad? Mientras no lo hagamos, estaremos “al garete”, a merced del maligno…

Señor, ¡aumenta mi fe!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 02-07-20

“Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”.

La liturgia de hoy (Mt 9,1-8) continúa la narración de los diez milagros que sirven de preámbulo a la predicación del Reino de los Cielos que comprende los capítulos 8 y 9 del relato evangélico de Mateo.

Hoy Mateo nos presenta el pasaje de la curación de un paralítico. Este episodio también lo recogen todos los sinópticos. Pero mientras Marcos y Lucas le añaden el detalle de unos amigos que bajaron al paralítico frente a Jesús desde el techo removiendo unas tejas, Mateo omite ese detalle y va directo al reconocimiento de la fe de los que le trajeron al hombre, y al diálogo que sigue, que constituye el meollo del mensaje de Jesús.

“¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados”. Estoy seguro que nadie esperaba esa frase de parte de Jesús. Hasta entonces le habían visto como el gran taumaturgo (hacedor de prodigios): curando enfermos, demostrando su poder sobre la naturaleza, y hasta echando demonios. Pero, ¿ahora también se arroga el poder de perdonar pecados? ¡Blasfemia!, pensaron todos. Ese poder le está reservado a Dios, pues solo a Él se ofende, se hiere con el pecado.

Jesús, que ve en lo profundo de los corazones de los hombres, sabía lo que estaban pensando y les ripostó: “¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados están perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados –dijo dirigiéndose al paralítico–: Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”.

Para entender el alcance de este gesto de Jesús tenemos que comprender la mentalidad de los escribas y fariseos. Para ellos, la enfermedad era producto del pecado, y mientras más grave el pecado, más grave la enfermedad. Y aunque Jesús había aclarado que la enfermedad no estaba ligada al pecado (Jn 9,1-14), utiliza un signo visible, como es la desaparición de la parálisis, para demostrar que, en efecto, los pecados de aquél hombre habían sido perdonados. Es decir, utilizó el signo de la sanación corporal para probarles la sanación espiritual del alma de aquél hombre que estaba en estado de pecado.

No solo les demostró a sus detractores que los pecados de aquél hombre habían sido perdonados, sino que también el hombre tuvo la certeza de que había sido perdonado: “tus pecados están perdonados”.

Antes de partir, Jesús transmitió a sus apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20,22-23). Ese es el fundamento del sacramento de la reconciliación. Cuando nos acercamos al sacramento con nuestra alma “paralizada” por el pecado y confesamos nuestros pecados, escuchamos la fórmula absolutoria que parafrasea las palabras de Jesús a aquél paralítico: “tus pecados están perdonados”, y “ponte en pie”. Entonces tenemos la certeza de que hemos sido perdonados. No hay nada que sustituya la sensación que se siente en ese momento.

Si aún no has tenido acceso a la reconciliación sacramental por motivo de la pandemia, tan pronto tengas la oportunidad, acude. Verás qué rico se siente…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 25-06-20

“Cayó la lluvia salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca”.

La liturgia de hoy nos presenta la conclusión del discurso evangélico de Jesús, conocido como el “Sermón de la Montaña”, que comenzó con las Bienaventuranzas. A lo largo de este discurso Jesús ha estado exponiendo lo que Él espera de sus discípulos, enfatizando la supremacía del amor y el corazón sobre las apariencias y el cumplimiento ritual.

El comienzo de la lectura evangélica (Mt 7,21-29) sirve de colofón al discurso: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día muchos dirán: ‘Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?’ Yo entonces les declararé: ‘Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados’”.

El aceptar y hacer la voluntad del Padre es lo que nos hace discípulos de Jesús, lo que nos integra a la “familia” de Jesús, lo que nos hace ciudadanos del Reino. Por eso, cuando a Jesús le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban, Él, señalando a sus discípulos que le rodeaban dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49b-50).

Jesús no condena la oración, ni la escucha de la Palabra, ni la celebración litúrgica. Alude a aquellos que tienen Su nombre a flor de labios, que participan de las celebraciones litúrgicas y se acercan a los sacramentos, pero cuya oración y alabanza no se traduce en obras, en vida y en compromiso, es decir, en “hacer la voluntad del Padre”. Personas que escuchan la Palabra y hasta manifiestan euforia y gozo en las celebraciones, pero esa Palabra no deja huella permanente, y ese gozo es pasajero. Como el que va a ver una película emocionante, de esas que hacen llorar de emoción, y al abandonar la sala de cine deja allí todas esas emociones. Es a esos a quienes Jesús desconocerá el día del Juicio.

Jesús compara esas personas con el hombre que construye su casa en terreno arenoso: “El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”.

No se trata pues, de confesar a Jesús de palabra, de “aceptar a Jesucristo como mi único salvador”. Se trata de poner por obra la voluntad del Padre, de practicar la Ley del Amor. A los que así obren, el Padre les reconocerá el día del Juicio: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mt 25,34-36).

Como siempre, la Palabra nos interpela, es “viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hb 4,12). ¿En qué terreno he construido mi casa?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 17-02-20

“¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”.

“En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: “¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla” (Mc 8,11-13). Este corto pasaje que nos propone la liturgia para hoy lunes de la sexta semana del tiempo ordinario como lectura evangélica, nos invita a reflexionar sobre nuestra fe.

Aquellos se negaban a aceptar el anuncio de Reino de parte de Jesús porque les faltaba fe, que no es otra cosa que “la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Gál 11,1). Sabemos por los relatos evangélicos que Jesús era un maestro del debate. Imagino que cuando los fariseos se sintieron acorralados ante los argumentos contundentes de Jesús, en un intento de quedar bien delante de los que les escuchaban, decidieron ponerle a prueba exigiendo un signo del cielo. Un riesgo para ellos y una tentación para Jesús; la oportunidad de demostrar su poder, como cuando el demonio tentó a Jesús en el desierto luego de ayunar por cuarenta días: “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes” (Mt 4,3). Pero Jesús no vino a demostrar su poder sino a servir, a dar su vida por la salvación de todos. Los milagros que hace son producto de su amor y misericordia infinitos, no para demostrar su poder.

Aun así, los que decidimos seguir al Señor y proclamar su Palabra, en ocasiones nos sentimos frustrados y quisiéramos que Dios mostrara su poder y su gloria a todos, para que hasta los más incrédulos tuvieran que creer, experimentar la conversión. Y es que se nos olvida la cruz… Si fuera asunto de signos, las legiones celestiales habrían intervenido para evitar su arresto y ejecución (Cfr. Jn 18,36). El que vino a servir y no a ser servido no necesita más signo que su Palabra.

Hoy que tenemos la Palabra de Jesús, sus enseñanzas, y su Iglesia con los sacramentos que Él instituyó, tenemos que preguntarnos: ¿Es eso suficiente para creer, para moverme a una verdadera conversión, o me gustaría al menos un “milagrito” para afianzar esa “conversión”? ¿Acaso no basta el milagro que se efectúa sobre el altar cada vez que las especies eucarísticas se convierten en el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesús? ¡Ah!, pero para percibir ese milagro hace falta fe…

Pienso en esos “televangelistas” con su espectáculo multitudinario en el cual los ciegos recuperan la vista, los tullidos caminan, los sordos recuperan la audición y el habla, etc., etc., y me pregunto: ¿Acaso los que presencian esos portentos creerían igual si no tuvieran esos “signos”? La Buena Noticia del Reino, ¿necesita de “signos” visibles para ser creída? Esas personas creen creer porque “ven”… (Cfr. Jn 20,25). ¿Es eso fe?

A veces el verdadero milagro consiste en la felicidad que produce el saberse amado por Dios en medio de la enfermedad, del dolor, de las dificultades y de las pérdidas, y confiar en su promesa de Vida eterna.

Que pasen una hermosa semana…

MEMORIA DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES 11-02-20

Hoy celebramos la memoria de Nuestra Señora de Lourdes. Dicha advocación mariana surge con motivo de la aparición de Nuestra Señora, la Virgen María, a santa Bernardita Soubirous en Lourdes, Francia en 1858. Además de los muchos milagros atribuidos a la intercesión de la Virgen bajo esta advocación y relacionado con el lugar de las apariciones, esta aparición se destaca por el hecho de que en la decimosexta aparición, el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Santísima Virgen, esta se identificó a sí misma diciéndole a la niña Bernardita: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Apenas cuatro años antes, el papa Pío IX había definido el dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, hecho que, con los medios de comunicación limitados de la época, era totalmente desconocido para los habitantes de aquella pequeña villa en los Pirineos.

El calendario litúrgico católico celebra la “Festividad de Nuestra Señora de Lourdes” el día de la primera aparición, es decir, el 11 de febrero. Son incontables las curaciones atribuidas a la intercesión de Nuestra Señora de Lourdes, especialmente en peregrinos al santuario que allí se erigió. En 1992, el papa san Juan Pablo II instituyó la celebración de la “Jornada Mundial del Enfermo” a realizarse el 11 de febrero de cada año, en memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes. Por eso hoy en muchas parroquias alrededor del mundo se celebran misas por los enfermos.

Nuestra Señora de Lourdes, ¡ruega por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 01-02-20

“¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”

En días recientes Marcos nos estuvo narrando una serie de parábolas relacionadas con el Reino. En la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 4, 35-41) comienza la narración de una serie de cuatro milagros que Jesús realizará en presencia de sus discípulos, con exclusión de la muchedumbre que le seguía a todas partes. Jesús quiere demostrarles que el Reino a que se refería en las parábolas ya ha llegado, que está entre nosotros.

El hecho de que realice esos portentos solo para beneficio de su círculo íntimo, los Doce, pone de relieve el deseo de Jesús de instruir a esos que van a estar a cargo de continuar propagando la Buena Noticia del Reino. Nadie puede hablar de un Reino que dice que ha llegado, si no lo cree. De lo contrario, su mensaje estará hueco, y será incapaz de convencer a los que lo escuchan.

En este primer milagro vemos a Jesús ejerciendo poder sobre los elementos, específicamente sobre el viento y el mar. Jesús da por terminada una jornada de trabajo e invita a sus discípulos a ir “a la otra orilla” del lago de Tiberíades. “Vamos a la otra orilla”, les dice; lejos del gentío; quiere estar a solas con ellos, pero a la vez quiere demostrarles lo difícil que ha de ser su trabajo, y la importancia de permanecer constantes en la fe, aún en medio de las dificultades. Abandonan Galilea y se dirigen a tierra de paganos, lugar donde aún no se ha escuchado la palabra de Dios; verdadero “territorio de misión”. Así nos llama a todos.

No bien habían salido, se desató un fuerte huracán que levantó las olas, y amenazaban con hacer zozobrar la embarcación (Cfr. Sir 2,1). En el lenguaje bíblico el mar es siempre lugar de peligro y se le asocia con el maligno. Y la tormenta es, por su parte, símbolo de momentos de crisis, tanto personales como colectivas.

Trato de imaginar la escena: Los discípulos asustados, temerosos por sus vidas, mientras el Señor duerme plácidamente en la popa de la lancha, aparentemente ajeno a todo lo que sucede a su alrededor. ¡Cuántas veces en nuestras vidas nos enfrentamos a una situación difícil e inesperada y nos parece que el Señor “duerme”, aparentando estar ajeno a lo que nos ocurre!

Los discípulos se apresuran a despertarlo con un grito de angustia unido a un sentido de abandono: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Sigo imaginando la escena. Jesús se despierta, y poniéndose de pie increpa al viento y dice al lago: “¡Silencio, cállate! Se levanta, y mirándolos con una mezcla de desilusión y ternura, les dice: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”

Tal parece que los discípulos habían olvidado que el Señor iba en su barca, aunque durmiera. Lo mismo nos ocurre a nosotros cada vez que nos enfrentamos a las pruebas de la vida y nos parece que el Señor “duerme”. Nos acobardamos. Nuestra falta de fe nos hace pensar que el Señor nos ha abandonado o, cuando menos, está ajeno a nuestros problemas. Se nos olvida que mientras Él esté en nuestra barca, aunque aparente dormir, estará velando por nosotros. Y si ponemos nuestra confianza en Él, increpará al viento y la tormenta cesará. ¡Confía!

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA, MADRE DE LA DIVINA PROVIDENCIA 19-11-19

María, Madre de la Divina Providencia, ¡ruega por Puerto Rico; ruega por nosotros!

Hoy celebramos en Puerto Rico la Solemnidad de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, Patrona de Puerto Rico, declarada como tal por el papa san Pablo VI hace cincuenta años, el 19 de noviembre de 1969.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia propia de la solemnidad es Jn 2,1-11, el pasaje de las Bodas de Caná. Y el pasaje es muy apropiado, pues nos muestra a María haciendo uso de su prerrogativa como madre de Dios, provocando así el primer milagro de su Hijo. Un milagro que es producto de la generosidad de la providencia divina. Recordemos que Dios es el único que puede obrar milagros; su Madre tan solo se limita a interceder por nosotros ante su Hijo, y guiarnos hacia su Palabra: “Hagan lo que él les diga”.

Es curioso notar cómo en el relato, María parecería estar más preocupada por los jóvenes esposos que por su propio Hijo, a quien ella refiere su preocupación. Él sigue siendo el foco de atención, como lo será durante toda la vida de su madre. Pero en ese momento ella, como mujer y madre, está pendiente a los detalles, a diferencia de su hijo, que está disfrutando de la fiesta con sus nuevos amigos (Cfr. Jn 1,35-51; 2,2). Por eso es ella quien se percata de la escasez del vino, una situación altamente embarazosa para una familia de la época. Y de la misma manera que tan pronto se enteró del embarazo de su prima salió a ayudarla sin pensarlo (Lc 1,39-45), emprendiendo un largo y peligroso viaje a pesar de su corta edad y su propio estado de embarazo, en esta ocasión actuó de inmediato para resolver el problema de los novios. Y aunque su Hijo le manifiesta que aún no ha llegado su “hora”, ella insiste y hace que esa “hora” se adelante.

Del mismo modo hoy María está pendiente de nosotros, de nuestras vidas, presta a venir en nuestro auxilio y presentar nuestros problemas y nuestras necesidades ante su Hijo. Tan solo nos pide una cosa: “Hagan lo que Él les diga”.

En las palabras de María en este pasaje encontramos un doble propósito: por un lado resolver el apuro material de los novios (“no tienen vino”), y por otro, dirigir a los que allí estaban (y a nosotros) a prestar atención y actuar conforme a la Palabra de su Hijo (“Hagan lo que él les diga”). Con esa última frase nos abre a la intervención de su Hijo para que se produzca el milagro. Así, de la misma manera que suscitó la fe de los que estaban aquel día en Caná de Galilea, hoy coopera para que nuestros corazones se abran a la fe en su Hijo y en la Divina Providencia.

En esta Solemnidad de nuestra patrona, pidámosle que nos lleve de su mano hacia su Hijo, y encomendémonos a su intercesión para que lleve ante Él  todas nuestras necesidades materiales y espirituales.

María, Madre de la Divina Providencia, ¡ruega por Puerto Rico; ruega por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 18-11-19

“¡Hijo de David, ten compasión de mí!”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Lc 18, 35-43) nos presenta un ejemplo lo que es la perseverancia en la fe. El pasado sábado leímos el pasaje del “juez inicuo” (Lc 18,1-8). En aquella parábola encontrábamos a una viuda que recurría ante un juez para pedirle que le hiciera justicia frente a su adversario. Y aunque el juez “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, fue tanta la insistencia de la viuda que el juez terminó haciéndole justicia con tal de salir de ella: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”.

En el pasaje de hoy leemos que cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna, y al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: “Pasa Jesús Nazareno”. Para ese tiempo la fama de Jesús se había extendido por toda Palestina, así que aquél hombre de seguro había oído hablar de Jesús y cómo este expulsaba demonios y curaba a los enfermos.

“¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”, le grita el ciego a Jesús, aunque no puede verlo. El ejemplo perfecto de un acto de fe. Mas cuando le regañan y le piden que calle, él no se rinde. Continúa gritando con más fuerza: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. El ejemplo perfecto de perseverancia en la fe. Y Jesús, conmovido por la perseverancia de aquel ciego (que el paralelo de Marcos nos dice que se llamaba Bartimeo), pidió que se lo acercaran y le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” “Señor, que vea otra vez”, contestó el ciego. A lo que Jesús le responde: “Recobra la vista, tu fe te ha curado” (otras versiones dicen “tu fe te ha ‘salvado’”). De nuevo el ingrediente indispensable para los milagros: la fe. “Todo lo que pidan con fe, lo alcanzarán” (Mt 21,22); “Cuando pidan algo en la oración, crean que ya tienen y lo conseguirán” (Mc 11,24).

Aquél hombre no tenía visión en sus ojos, pero supo “ver” a Jesús con su alma y reconoció en Él al Hijo de Dios. A veces nosotros nos apantallamos con todas las imágenes que bombardean nuestra visión física y eso nos impide ver a Jesús aunque lo tengamos de frente. ¡Cuántas veces se nos presenta como un mendigo, o un enfermo, un inmigrante “indocumentado”, o un preso (Cfr. Mt 25,31 ss.) y no lo reconocemos! Y perdemos la oportunidad de nuestras vidas…

“¡Hijo de David, ten compasión de mí!”… Un grito que sale de lo más profundo de un hombre condenado a vivir en las tinieblas; el mismo que brota de los labios del creyente cuando está sumido en las tinieblas del pecado. “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”… Un grito de dolor, pero no de desesperanza. Por el contrario, es un grito de esperanza producto de la fe. Es el grito de un hombre que cree en Jesús y cree que Él puede sanarle; es decir, le cree a Jesús. El modelo prefecto de fe. Y esa fe le obtuvo la salvación.

Señor yo creo, pero aumenta mi fe…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMO OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 14-10-19

El Evangelio de hoy (Lc 11,29-32) es uno de esos que está “preñado” de simbolismos y alusiones al Antiguo Testamento. Pero el mensaje es uno: Jesús nos llama a la conversión, y nosotros, al igual que los de su tiempo, también nos pasamos pidiendo “signos”, milagros, portentos, que evidencien su poder. Una vez más escuchamos a Jesús utilizar palabras fuertes contra los que no aceptan el mensaje de salvación de su Palabra: “Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”.

Aun los que decidimos seguir al Señor y proclamar su Palabra, en ocasiones nos sentimos frustrados y quisiéramos que Dios mostrara su poder y su gloria a todos, para que hasta los más incrédulos tuvieran que creer, experimentar la conversión. Y es que se nos olvida la Cruz. Si fuera asunto de signos, las legiones celestiales habrían intervenido para evitar su arresto y ejecución. El que vino a servir y no a ser servido no necesita más signo que su Palabra, pero esa Palabra nos resulta un tanto incómoda; a veces nos hiere, nos “desnuda”. Por eso preferimos ignorarla…

Jesús le pone a los de su tiempo el ejemplo de Jonás, que con su predicación, sin necesidad de signos, convirtió a los habitantes de Nínive, una ciudad pagana a la que Yahvé le envió a predicar (Jon 3). Le bastó a Jonás un recorrido de un día por las calles de la ciudad, para que hasta el rey se convirtiera y emitiera un decreto ordenando al pueblo al ayuno y la penitencia. Sin embargo a Jesús, “que es más que Jonás”, no lo escucharon. No le escucharon porque les faltaba fe, que no es otra cosa que “la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Gál 11,1). Exigían signos, “ver para creer”, como Tomás (Jn 20,25).

Jesús pone también como ejemplo a la reina de Saba (“la reina del sur”), una reina también pagana, que viajó grandes distancias para escuchar la sabiduría de Salomón. Es decir, compara a los de su “generación” con los paganos y les dice que primero se salvan estos antes que ellos. “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,11).

Hoy que tenemos la Palabra de Jesús, sus enseñanzas, y su Iglesia con los sacramentos que Él instituyó, tenemos que preguntarnos: ¿Es eso suficiente para creer, para moverme a una verdadera conversión, o me gustaría al menos “un milagrito” para afianzar esa “conversión”?

En esta semana que comienza, pidamos al Señor que nos conceda el don de la fe, y la valentía para deshacernos de todo lo que nos impide la conversión plena.

Que tengan una linda semana llena de la PAZ que solo la fe en Cristo Jesús puede traernos.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (C) 06-10-19

“Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’. Y os obedecería”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario (Lc 17,5-10), se divide en dos partes.

La primera está relacionada con los versículos inmediatamente anteriores a la lectura (Lc 3b-4) que se refieren a la corrección fraterna y, sobre todo, el perdón. Jesús sabe que somos imperfectos, una Iglesia santa compuesta por pecadores. Sabe que podemos ofender y nos pueden ofender. Por eso nos dice: “Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: ‘Lo siento’, lo perdonarás”. ¡Ahí es donde eso de ser cristiano se pone difícil! Es el amor sin límites que nos impone el seguimiento de Jesús; el mismo Amor que nos profesa el Padre del cielo. Eso solo se logra mediante una adhesión incondicional a Jesús. Y esa adhesión incondicional solo es posible mediante un acto de fe. Creer en Jesús y creerle a Jesús.

Con ese trasfondo podemos comprender mejor la lectura de hoy. Los discípulos, al enfrentarse a las exigencias de Jesús, están conscientes de que solos no pueden, del gran abismo que les separa de Él en términos de fe. Por eso le imploran: “Auméntanos la fe”. Jesús, al contestarles, les establece la medida de fe que espera de ellos (nosotros): “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’. Y os obedecería”. Con más razón necesitamos implorar al Señor que aumente nuestra fe.

Hemos dicho en innumerables ocasiones que creer y tener fe, no son sinónimos. Se puede creer y no tener fe. La fe implica no solo creer en Jesús, sino también creerle a Jesús. Eso nos lleva a actuar conforme a Su Palabra.

La mayoría de nosotros nos consideramos personas de fe; pero hagamos un alto en ese camino hacia la santidad a la que todos somos llamados, y examinemos nuestra “fe”. ¿Cuántos milagros hemos logrado últimamente? ¿Y durante nuestras vidas? ¿Quiere eso decir que nuestra fe es tan pequeña que palidece ante un grano de mostaza? Mirémoslo de otro punto de vista. Olvidémonos de milagros espectaculares como mover montañas o árboles, echar demonios, curar enfermos, o revivir muertos. Hablemos de mantener la calma y la esperanza ante la adversidad, ante las desgracias, pérdidas o tragedias personales o familiares. ¿No es eso un “milagro”? Contéstate esa interrogante.

La segunda parte de la lectura puede parecer desconcertante, pues podría interpretarse que Dios es un malagradecido que no sabe apreciar los servicios que le prestamos a diario los que decidimos seguirle. Sin embargo, la lectura se refiere en realidad a nosotros, quienes en ocasiones creemos que si servimos a Dios con fidelidad, Él “nos debe”, es decir, que hemos comprado su favor. De nuevo, nuestra mentalidad “pequeña”, nuestra falta de fe, nos traicionan. Se nos olvida que nuestra “recompensa” no la tendremos en este mundo, sino en la vida eterna. Si decidimos seguir a Jesús tenemos que estar dispuestos a soportar todas las pruebas que ese seguimiento implica (Cfr. Sir 2,1-6).

“Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.

Que pasen un hermoso fin de semana lleno de bendiciones y de la PAZ que solo Él puede brindarnos.