REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 17-06-22

“La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz”.

En la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Mt 6,19-23), Jesús comienza planteándonos un tema que es una constante en su enseñanza: el desapego de los bienes terrenales: “No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón”.

“Donde está tu tesoro allí está tu corazón…” Un tesoro es algo precioso, algo que valoramos por encima de otras cosas, cuya posesión nos causa satisfacción, orgullo, felicidad y, más aun, seguridad. Es algo que consideramos especialmente valioso. Por eso el perderlo nos causa tristeza, y hasta angustia.

Jesús nos invita a no poner nuestra confianza, ni nuestro corazón, en las cosas del mundo que por su propia naturaleza son efímeras. Las sedas y maderas más finas pueden ser carcomidas o roídas por la carcoma y la polilla o destruidas por el fuego, y las piedras y metales más preciosos pueden ser presa de los ladrones. Entonces sentiremos que hemos perdido lo más valioso en nuestras vidas.

Por eso Jesús nos invita a poner nuestra confianza, nuestra felicidad, nuestra seguridad en las cosas del cielo. “Bendito quien se fía de Yahvé, pues no defraudará Yahvé su confianza” (Jr 17,7).

“La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!” ¿A qué ojo se refiere Jesús en este pasaje?

Mi gran amiga Minerva Maldonado me refirió en una ocasión al libro de Eclesiástico (Sirácides), en donde se recapitula la creación del hombre (Eclo 17,1-14). Allí se nos dice que Dios, al crear a los hombres “puso en ellos su ojo interior, haciéndolos así descubrir las grandes cosas que había hecho, para que alabaran su Nombre Santísimo y proclamaran la grandeza de sus obras”.

La implicación es clara. Si nos empeñamos en atesorar tesoros en la tierra, estos van a “enfermar” el “ojo interior” que Dios puso en nuestros corazones. Y estaremos a oscuras; y seremos incapaces de reconocer y admirar las maravillas de la creación. Eso, a su vez, nos impedirá alabar su Nombre Santísimo y proclamar la grandeza de sus obras.

Por eso se dice que quien atesora tesoros en la tierra vive en las tinieblas. El que tiene su corazón orientado hacia lo material vive una ceguera espiritual. Las cosas materiales se convierten en una venda que impide que la Luz del Amor de Dios llegue a él y se refleje en sus ojos. De ahí la necesidad de tener nuestros ojos fijos en las “cosas del cielo”, es decir, en Dios-Luz.

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 26,1).

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de apartar todo aquello que opaque nuestro ojo interior, para que podamos contemplar su grandeza y alabarle por siempre.

Que tengan todos un hermoso fin de semana y, no olviden visitar la casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (C) 12-06-22

La solemnidad que celebramos hoy nos recuerda que ese Espíritu es Uno con el Padre y el Hijo, y nos remite a ellos, pues el Espíritu es el amor de Dios…

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, ese misterio insondable del Dios Uno y Trino. Un solo Dios, tres personas divinas. Y la liturgia nos presenta la misma lectura evangélica que contemplamos el miércoles de la sexta semana de Pascua (Jn 16,12-15).

En ese momento en que nos preparábamos para la solemnidad de Pentecostés, nuestra mirada estaba centrada en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo consolador que los apóstoles recibirían reunidos en torno a María, la madre de Jesús y madre nuestra.

La solemnidad que celebramos hoy nos recuerda que ese Espíritu es Uno con el Padre y el Hijo, y nos remite a ellos, pues el Espíritu es el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones (ver segunda lectura de hoy: Rm 5,1-15).

Y podemos participar de esa vida eterna gracias a ese amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Por eso recitamos en el Credo Niceno-Constantinopolitano: “Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El Padre ama al Hijo con amor infinito y el Hijo ama al Padre de igual modo; y ese amor que se genera entre ellos es el Espíritu de la Verdad que se derrama sobre nosotros y nos conduce a la Verdad plena, que es el amor incondicional de Dios.

Ese Espíritu que nos conduce a la plenitud del Amor es el que nos permite sentirnos seguros al llevar a cabo la misión que Jesús nos encomendó. “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,3-5).

Jesús nos asegura, además, que lo que el Espíritu nos comunique en ese coloquio amoroso “no será suyo: hablará de lo que oye y [nos] comunicará lo que está por venir”. Por eso el Espíritu le glorificará, porque será de Él que reciba todo lo que nos ha de revelar. Es decir, que el Espíritu nos ha de conducir al conocimiento de la Verdad plena que se ha manifestado en la persona de Jesús. Y el que conoce a Jesús, conoce al Padre (Jn 14,7).

De este modo, en esta acción del Espíritu Santo se nos revela, no solo el amor de Dios, sino la plenitud de la Trinidad. Solo a través de una comunicación plena en la oración, que trasciende todo ejercicio intelectual, podemos acercarnos al misterio del Dios Uno y Trino que se nos revela en el Espíritu que nos permite clamar ¡Abba! al Padre (Rm 8,15), junto al Hijo.

Hoy les invito a orar al Espíritu Santo: “Por Ti conozcamos al Padre, y también al Hijo; y que en Ti, Espíritu de entrambos, creamos en todo tiempo. Gloria a Dios Padre, y al Hijo que resucitó, y al Espíritu Consolador, por los siglos infinitos. Amén”.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 02-06-22

“… que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

La liturgia de hoy nos presenta como lectura evangélica (Jn 17,20-26) la tercera y última parte del “discurso de despedida” de Jesús a sus discípulos, que transcurre en el trasfondo de la sobremesa de la última cena. A partir de este momento vemos que la oración de Jesús al Padre por sus discípulos inmediatos se convierte también en oración por todos los que en el futuro habríamos de convertirnos en sus discípulos por la palabra de aquellos: “Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. En otras palabras, ora por la Iglesia que habría de fundarse sobre la fe de los apóstoles. Ora por nosotros… Imagínate; ¡Cristo ha orado por ti!

La súplica de Jesús al Padre es que haya unidad entre todos sus discípulos, los contemporáneos y los futuros; y el modelo, el marco de referencia que utiliza, es la unidad entre el Padre y Él, para que esa unidad se convierta en predicación, en testimonio de la Verdad, que es testimonio del Amor entre el Padre y el Hijo. De esta manera Jesús puede continuar la revelación del Padre a través de su Palabra y de la comunión de los creyentes.

Y nuestra misión, la misión de todos los bautizados que hemos recibido el Espíritu Santo, es difundir esa Palabra para que a través de ella otros crean también. Y el contenido de esa Palabra es solamente uno: que el Padre ha enviado al Hijo por pura gratuidad en el acto de amor más sublime en la historia. Y la manera de reciprocar ese amor es a través de nuestros hermanos. Así se crea la comunión, la unidad: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros”. Y esa comunión, ese amor, será el distintivo de los verdaderos discípulos de Jesús (Cfr. Jn 13,15).

Esta es la última plegaria de Jesús antes de entrar en su Pasión. Nos está diciendo qué le mueve a aceptar voluntariamente su Pasión, a entregar su vida. Ese es, podríamos decir, su testamento, su última voluntad; que todos seamos uno, que vivamos en la unidad. Eso es lo que Él quiere para la Iglesia que Él vislumbra en el horizonte. Ut unum sint!

Las últimas palabras de Jesús en esta plegaria “sellan” la misma y nos muestran el propósito de sus palabras: “para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”. Ese Amor que sirve de hilo conductor y a su vez de agente catalítico al mensaje de Jesús, que Juan nos expone de manera contundente en su relato evangélico; Amor que tiene nombre y apellido: el Espíritu Santo que los discípulos recibirían en Pentecostés, y que tú y yo recibimos el día de nuestro Bautismo.

¡Espíritu Santo, ven a mí!

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA VISITACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA 31-05-22

“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”.

Hoy celebramos la Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María a su prima Isabel. La liturgia nos regala ese hermoso pasaje del Evangelio según san Lucas (1,39-56) que nos relata el encuentro entre María e Isabel. Comentando sobre este pasaje san Ambrosio dice que fue María la que se adelantó a saludar a Isabel puesto que es la Virgen María la que siempre se adelanta a dar demostraciones de cariño a quienes ama.

Continúa narrándonos la lectura que al escuchar el saludo de María, Isabel se llenó de Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”.

¿Qué fuerza tan poderosa acompañó aquél saludo de María? Nada más ni nada menos que la presencia viva de Jesús en su vientre, unida a la fuerza del Espíritu Santo que la había cubierto con su sombra produciendo el milagro de la Encarnación. En ocasiones anteriores hemos dicho que el Espíritu Santo es el Amor infinito que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Ese mismo Espíritu contagió a Isabel y a la criatura que llevaba en su vientre, haciéndoles comprender el misterio que tenían ante sí, llenándolos de la alegría que solo podemos experimentar cuando nos sentimos inundados del Amor de Dios.

Una anécdota cuenta de un prisionero en un campo de concentración que, en sus momentos de más aflicción, imploraba este don con una sencilla jaculatoria: “¡Salúdame, María!”

En el momento de la Anunciación, el mismo Espíritu que fue responsable del lanzamiento de la Iglesia misionera (Hc 2,1-40), impulsó a María a partir en su primera misión para asistir a su pariente Isabel, quien por ser de edad avanzada necesitaba ayuda. ¡Y qué ayuda le llevó! La fuerza del Espíritu Santo que le permitió reconocer la presencia del Hijo, bajo la mirada amorosa del Padre. ¡La Santísima Trinidad!

Así, la primera misión de María comenzó allí mismo, en la Anunciación. Ante la insinuación de Ángel de que su prima Isabel estaba encinta, inmediatamente se puso en camino, presurosa, hacia el hogar de su prima. Pudo haberse quedado en la comodidad y tranquilidad de su hogar adorando a Jesús recién concebido en su seno.

Tampoco se detuvo a pensar en los peligros del camino. Más bien, se armó de valor y, a pesar de su corta edad (unos dieciséis años), partió con el Niño en su seno virginal. María misionera salió de Nazaret, simplemente para servir… Algunos autores, al describir esta primera misión de María, la llaman “custodia viva”, describiendo ese viaje como la primera “procesión de Corpus”. El alma de María había sido tocada por el que vino a servir y no a ser servido, y optó por seguir sus pasos no obstante los obstáculos, mostrándonos el ejemplo a seguir.

Del mismo modo, cada vez que visitamos a un enfermo, o a un envejeciente, o a cualquier persona que necesita ayuda o consuelo, y le llevamos el amor del Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo, estamos siguiendo los pasos de María misionera.

En esta Fiesta de la Visitación, imploremos a María con la misma jaculatoria del prisionero de la anécdota, diciendo con fe: “¡Salúdame María!”

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 30-05-22

“Cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar”.

El evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Jn 16,29-33) es la conclusión del discurso de despedida de Jesús al finalizar la última cena. Y justo en ese momento vemos una afirmación de fe de parte de los apóstoles: “Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios”. Pero esa “fe” es producto de la euforia de haber tenido ese encuentro con la divinidad de Jesús, de haber comprendido finalmente que Jesús es el Hijo de Dios.

Jesús, que se encarnó para experimentar, para vivir en carne propia nuestras emociones y nuestras debilidades, sabe que esa fe de los apóstoles no ha sido probada (Cfr. 1 Pe 1,7; Prov 17,3) y, más aún, sabe que fallarán en la primera prueba de fuego, fracaso que estará representado en las negaciones de Pedro. “¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo”. La fe de los apóstoles no ha sido fortalecida por la prueba. Tienen que percatarse de su fragilidad y de su incapacidad para enfrentar por sí mismos la prueba de fe.

Recordemos que siempre que Jesús nos señala una debilidad, nos da la fórmula para sobreponernos a ella: “Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo”. Los apóstoles y los demás discípulos no lo comprenderán hasta que reciban la fuerza del Espíritu en Pentecostés. Entonces sabrán que no están solos, y que, si Jesús “venció al mundo” ellos, y nosotros, podremos también vencer al mundo.

Estamos a una semana de la celebración de la gran fiesta del Espíritu Santo, la Solemnidad de Pentecostés, en la que celebraremos la venida del Espíritu Santo sobre aquellos discípulos que se encontraban reunidos en oración junto a María, la Madre de Jesús en la estancia superior, en el mismo lugar en que Jesús había instituido la Eucaristía. Y las lecturas de esta semana, especialmente la primera lectura, continuarán presentándonos la acción del Espíritu Santo en aquella Iglesia incipiente.

Así, la primera lectura de hoy (Hc 19,1-8) nos muestra cómo cuando Pablo les impuso las manos a doce gentiles convertidos de la ciudad de Éfeso, “bajó sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar”. Se trata del mismo Espíritu que nosotros recibimos en nuestro Bautismo. Tan solo tenemos que invocarlo y Él vendrá sobre nosotros. Tal vez no hablemos en lenguas (aunque sí hablaremos el lenguaje del amor), pero la fuerza del Espíritu nos permitirá enfrentar con valentía las adversidades, la enfermedad y el sufrimiento cuando estas se crucen en nuestro camino, para con nuestra conducta dar testimonio de que Jesucristo es el Señor. Esa será nuestra mejor predicación.

Que pasen una hermosa semana en la PAZ que solo el Espíritu, que es el Amor de Dios que se derrama sobre nosotros, puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA 22-05-22

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Con esas palabras de Jesús a sus discípulos comienza el pasaje evangélico (Jn 14,23-29) que nos brinda la liturgia para este sexto domingo de Pascua. Este pasaje forma parte del “discurso de despedida de Jesús”, que transcurre en la sobremesa de la versión de Juan de la última cena.

Durante esta despedida Jesús ha estado enfatizando en la identidad entre el Padre y Él. Hoy insiste nuevamente en esa identidad, mientras prepara a sus discípulos para su partida: “Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo”. Pero les asegura que no los dejará solos, asegurándoles que “el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.

Ya en otras ocasiones hemos dicho que el Espíritu Santo es el amor que se profesan mutuamente el Padre y el Hijo, que se derrama sobre nosotros inundándonos con ese Amor que es la esencia misma de Dios. Por eso donde habitan el Padre y el Hijo habita el Espíritu Santo. El pasaje comenzaba diciendo que si amamos a Jesús y guardamos su Palabra, el Padre también nos amará, y ambos “harán morada en nosotros”. Pensemos el grado de intimidad que implica esa relación en la cual el Padre y el Hijo cohabitan con nosotros. Y el Espíritu, que es el Amor que Ellos a su vez se profesan, inunda toda la morada, es decir, todo nuestro cuerpo y alma.

Es el Espíritu quien nos instruye y nos recuerda las enseñanzas de Jesús. Así, ha guiado a la Iglesia desde sus comienzos, como vemos en la primera lectura de hoy (Hc 15,1-2.22-29), que nos refiere al primer Concilio de la Iglesia, en Jerusalén, en donde vemos al Espíritu Santo actuando en los apóstoles, guiando los primeros pasos de la Iglesia naciente. Los apóstoles y presbíteros, dóciles al Espíritu Santo, se reúnen y comunican así su decisión a los de Antioquía: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”.

Anteriormente hemos señalado que el protagonista del libro de los Hechos de los Apóstoles es el Espíritu Santo; al punto que se le conoce como el “Evangelio del Espíritu Santo”. No hay duda, los apóstoles actuaban asistidos y guiados por El Espíritu Santo que recibieron por partida doble; primero durante la primera aparición de Jesús luego de su Resurrección (Jn 20,22), y posteriormente en Pentecostés, cuando recibieron una “sobredosis” de Espíritu.

Y todo se reduce a una palabra: Amor. Porque “el que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21). Y esa manifestación tiene nombre y apellido: “Espíritu Santo”.

Es Jesús quien te hace una invitación y un ofrecimiento. ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN MATÍAS, APÓSTOL 14-05-22

“Echaron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles”.

Hoy la Iglesia universal celebra la Fiesta de san Matías, apóstol. Matías fue el escogido para ocupar el puesto de Judas en el grupo de los “Doce”. La primera lectura de hoy (Hc 1,15-17.20-26) nos narra la selección de Matías. Este episodio se desarrolla poco antes del evento de Pentecostés, que estaremos celebrando al finalizar la “cincuentena” de Pascua. Así, Matías recibió el Espíritu Santo como uno de los “Doce” mientras se encontraban reunidos en oración en la estancia superior en compañía de María, la madre de Jesús (Cfr. Hc 1,14).

El pasaje expone primero los requisitos que ha de llenar el que sea escogido: “Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión”. Tenía que ser así porque el elegido tenía que cumplir la misión que el mismo Jesús les había encomendado justo antes de su Ascensión: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8).

Los apóstoles estaban llamados a ser testigos de la Resurrección de Jesús y, más aún, de la vida, el mensaje de Jesús. Y solo pueden ser testigos quienes han visto o experimentado algo. Y para poder llevar a cabo su misión evangelizadora Jesús les promete “la fuerza del Espíritu Santo”.

Nos dice la Escritura que: “Propusieron dos nombres: José, apellidado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezaron así: ‘Señor, tú penetras el corazón de todos; muéstranos a cuál de los dos has elegido para que, en este ministerio apostólico, ocupe el puesto que dejó Judas para marcharse al suyo propio’. Echaron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles”. Vemos cómo el llamado siempre es de Dios; Él es quien escoge, de una manera misteriosa que no podemos comprender. Cfr. Jr 1,5.

Todos somos llamados a ser testigos; pero no basta con leer las escrituras y estudiar sobre Jesús y la Buena Noticia del Reino. Si vamos a ser testigos tenemos que tener conocimiento personal, pues, como dijimos anteriormente, solo pueden ser testigos quienes han visto o experimentado algo. Por tanto, para poder ser “testigos” de Jesús, tenemos que tener un encuentro personal con el Resucitado. Solo así nuestro testimonio tendrá la credibilidad que mueva a otros, a su vez, a entrar en contacto con Él y conocerle personalmente. Y al igual que los apóstoles, necesitamos la ayuda de “la fuerza del Espíritu Santo”.

Como hemos dicho en innumerables ocasiones, el Espíritu Santo es el Amor de Dios que se derrama sobre nosotros. Por eso en la lectura evangélica que contemplamos hoy (Jn 15,9-17), Jesús nos insta a permanecer en su Amor.

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu Creador y renueva la faz de la tierra”. Amén.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 06-05-22

¿Qué ocurrió en ese instante enceguecedor en que Saulo cayó en tierra, que le hizo entregarse a la causa de Jesús?

Hemos estado leyendo como primera lectura el libro de los Hechos de los Apóstoles. Durante esta semana hemos sido testigos de la predicación y martirio de Esteban, y cómo tras su muerte se recrudeció la persecución contra los discípulos de Jesús, lo que hizo que estos abandonaran la ciudad de Jerusalén y comenzaran a evangelizar en Judea y Samaria. Luego vimos a Felipe convertir y bautizar al funcionario de la reina de Etiopía en el camino a Gaza, para de allí seguir llevando la Buena Noticia hasta el mismo corazón de África, en lo que hoy día es Sudán. Ese celo apostólico encendido por la fe Pascual y el poder del Espíritu Santo que llevaría a los discípulos a evangelizar el mundo entero.

En la lectura de hoy (Hc 9,1-20) vemos a Dios, en su infinita sabiduría que rebasa toda comprensión humana, colocar la última pieza del rompecabezas para configurar su plan de salvación. Esta lectura nos narra la conversión de san Pablo. Esa fue precisamente la persona que Jesús, en su sabia “necedad”, escogió para ser el “súper apóstol” que necesitaba para que su Iglesia, pequeña como un grano de mostaza, extendiera sus ramas hasta los confines de la tierra.

¿Qué ocurrió en ese instante enceguecedor en que Saulo cayó en tierra, que le hizo entregarse a la causa de Jesús? Nunca lo sabremos, pero de lo que yo estoy seguro es que Jesús le mostró a Pablo en ese instante un Amor como no había conocido jamás, y en ese momento Saulo conoció la Verdad, que como hemos dicho en ocasiones anteriores, es el Amor incondicional que Dios nos tiene. El impacto de ese Amor fue tal, que Pablo experimentó una conversión instantánea. Ya no había marcha atrás; había conocido el Amor de Dios, y ese Amor lo impulsó, lo obligó a compartirlo; no pudo evitarlo, era una fuerza superior a la de él.

El perseguidor se enamoró del perseguido y se sintió llevado a predicar el amor hacia Él a todos. Eso le llevaría a evangelizar a los pueblos paganos, lo que le ganó el título de “apóstol de los gentiles”.

La pregunta obligada es: Y tú, ¿has sentido ese Amor? ¿Has tenido un encuentro íntimo con el Resucitado? Si has sentido un impulso incontrolable de predicar ese Amor a todos, no hay duda de que lo has tenido. Pero si todavía no lo has tenido, lo bueno es que todavía estás a tiempo.

En la lectura evangélica de hoy (Jn 6,51-59) continuamos leyendo el “discurso del pan de vida” que también hemos venido leyendo durante la última semana. Jesús nos dice: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. Si crees en Jesús y le crees a Jesús, es decir, si tienes fe, creerás que Él está real y sustancialmente presente en las especies eucarísticas, con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Te acercarás a la Santa Eucaristía, y Él habitará en ti, y tú habitarás en Él. Entonces conocerás su Amor, y vivirás por Él, como lo hizo Saulo de Tarso después de aquél encuentro en el camino a Damasco.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 02-05-22

En ocasiones he visto una pegatina, de esas que se adhieren a los parachoques de los autos (lo que en mi pueblo llaman bumper sticker) que lee: “¿Crees en Cristo? ¡Que se te note!”. Algo así sucedió a Esteban en la primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (Hc 6,8-15).

Esteban estaba tan “lleno de gracia y poder”, que realizaba grandes prodigios y signos delante del pueblo, y predicaba con tanta elocuencia que nadie podía rebatir su discurso. Esa gracia y poder provenían de la efusión del Espíritu Santo que había recibido por la oración e imposición de manos de los Apóstoles (6,6) al ser ordenado como diácono. Tan grande era su fe, y el Espíritu obraba con tanto poder en él, que cuando fue apresado y conducido ante el Sanedrín, “todos los miembros del Sanedrín miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel”.

En ocasiones anteriores, al tratar el tema de la fe, hemos dicho que la fe es “algo que se ve”. Porque los hombres y mujeres de fe actúan conforme a la Palabra de Jesús, en quien confían plenamente. Y eso se ve, la gente lo nota, y les hace decir: “Yo no sé lo que esa persona quiere, pero yo quiero de eso”. La persona que cree en Jesús, y le cree a Jesús, actúa diferente, despliega una seguridad que es contagiosa, y la gente le nota algo distinto en el rostro. Es la certeza de que Dios le ama y que su voluntad es que todos alcancemos la salvación. Eso fue lo que los del Sanedrín vieron en Esteban, al punto que “su rostro les pareció el de un ángel”.

Durante esta semana vamos a estar “degustando” el discurso del pan de vida contenido en el capítulo 6 del Evangelio según Juan, que comenzó el viernes de la segunda semana de Pascua con el símbolo eucarístico de la multiplicación de los panes. Por eso estas lecturas, aunque se refieren a hechos anteriores a la Pasión, muerte y resurrección, las leemos en clave Pascual.

La lectura de hoy (Jn 6,22-29) nos presenta nuevamente a esa multitud anónima que sigue a Jesús, impresionada por sus milagros. Acaban de presenciar la multiplicación de los panes y han saciado su hambre corporal. El gentío quiere seguirlo. Al no encontrarlo, fueron a buscarlo en Cafarnaún.

Cuando al fin lo encuentran, Jesús les cuestiona sus motivaciones para seguirle: “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios”. No se trata de que las motivaciones sean malas, pues se refieren a satisfacer necesidades humanas básicas. Lo que Jesús quiere transmitirles a ellos (y a nosotros) es que esas no son motivaciones válidas para seguirle.

“La obra que Dios quiere es ésta, que creáis en el que él ha enviado”, les dice Jesús. Y para creer tenemos que conocer su Amor. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Y ese amor nos hará creer en el Resucitado, que es el pan de vida que puede saciar todas nuestras hambres y nos conduce a la vida eterna.

¡Señor, dame de ese Pan!