REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O (1) 06-09-17

QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS:

Ante el inminente paso por nuestra Isla del huracán Irma a partir de esta noche, decidimos adelantar la publicación de nuestra reflexión para mañana, ante la posibilidad de que no podamos publicar nuestras acostumbradas reflexiones diarias durante varios días.

Aprovechamos para pedir sus oraciones por nuestro pueblo y todas las islas del caribe y el este de los Estados Unidos, para que el Señor, en su infinita misericordia nos libre una catástrofe y que no haya pérdida de vidas.

El pasaje evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 4,38-44), la curación de la suegra de Pedro, aparenta ser uno sencillo, envuelto en la cotidianidad. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de su amigo Pedro. Es un tramo corto; Pedro vive cerca de la sinagoga. De hecho, la casa de Pedro se ve desde la sinagoga. La suegra de Pedro está enferma, con fiebre muy alta. Nos dice la escritura que Jesús “increpó a la fiebre” y esta se curó. Se riega la voz. Comienzan a traerle enfermos y Él los cura a todos; y hasta echa demonios. Nos hallamos en el último año de la vida pública de Jesús.

Esta escena nos muestra cómo va haciéndose realidad el “año de gracia del Señor” que Jesús había anunciado poco antes en el “discurso programático” pronunciado en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,19). Jesús sigue manifestando su poder, hasta los demonios saben que Él es el Mesías: “Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías”.

Tres cosas queremos resaltar de este pasaje.

En primer lugar, vemos cómo tan pronto Jesús curó a la suegra de Simón, ella “levantándose enseguida, se puso a servirles”. Jesús nos llama a servir de la misma manera que Él lo hace. Su vida terrenal se desarrolló en un ambiente de servicio amoroso al prójimo. Él nos llama a todos. Si hemos de seguir sus pasos tenemos que poner nuestros carismas al servicio de los demás, compartir las gracias que Él nos ha prodigado. Y no se trata de hacerlo “mañana”. No; hemos de hacerlo con la misma prontitud que Él lo hace. Tenemos que estar prestos a servir cuando se nos necesita, no “cuando tengamos tiempo”. Esa es la característica distintiva del verdadero discípulo de Jesús.

Otro detalle que cabe resaltar es cómo Jesús curaba los enfermos “poniendo las manos sobre cada uno”. Él pudo haberlos curados a todos con su mera presencia, o con el poder de su Palabra a todos en grupo. Pero optó por hacerlo de manera personal. Nos está demostrando que para Él todos y cada uno de nosotros es importante, único, especial; que nos ama individualmente, que quiere tener una relación personal con cada cual; que no somos “uno más”.

Finalmente, vemos cómo la gente “querían retenerlo para que no se les fuese”; a lo que Jesús les dijo: “También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado”. A veces estamos tan “enamorados” de Jesús que queremos acapararlo, apropiarnos de Él. Nos tornamos egoístas. O peor aún, pretendemos aprovecharle, monopolizarle. Olvidamos que Él vino para todos. Lo mismo aplica a su Palabra. Si pretendemos retener el Evangelio para nosotros lo desvirtuamos. Jesús es la “Buena Noticia”, y si no la compartimos deja de serlo.

En este día que comienza, pidamos al Señor que abra nuestros corazones para recibir el poder sanador de Jesús, producto de su amor, y nos conceda el don de la generosidad para compartirlo con todos, especialmente mediante el servicio a Él y a los demás, como lo hizo la suegra de Simón Pedro.

Jesús, ¡en Ti confío!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 06-02-17

El relato evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 6,53-56), nos muestra a Jesús y sus discípulos llegando a Genesaret, inmediatamente después del episodio en que Jesús caminó sobre las aguas. Una vez más, encontramos a Jesús curando enfermos: “cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos”. La fama de Jesús seguía creciendo, sobre todo después de la “primera multiplicación de los panes” (Mc 6,30-44), que había suscitado un entusiasmo desbordante.

El poder de la fe. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, la fe es el “gatillo” que dispara el poder de Dios. Aquella gente creía, y actuaba conforme a su fe. Creían que con tan solo tocar el borde de su manto sanarían, pero no se conformaban con creer, hacían el esfuerzo hasta tocar el manto, y se obraba el milagro; como la hemorroísa (Mc 5,25-34), quien se arrastró hasta tocar el manto de Jesús, arriesgándose a ser apedreada si no era sanada. Aquella mujer, por padecer flujos de sangre era considerada “impura” y no podía tocar a ningún hombre, so pena de ser lapidada. Pero tuvo fe, y su fe la curó.

Encontramos un patrón que se repite: Jesús y sus discípulos tratando de encontrar un lugar donde descansar. En esta ocasión acababan de llegar de misionar, y para llegar a Genesaret habían tenido que remar largo rato contra un viento contrario. Necesitaban el descanso. Pero la gente se los impedía. Por más que trataran de pasar desapercibidos, siempre los encontraban. Y como siempre, Jesús se compadece. No puede permanecer ajeno al dolor y enfermedad ajenos. El descanso tendrá que esperar…

Nos llamamos discípulos de Jesús. Una de las características del discípulo es que sigue al Maestro. Este pasaje nos llama a hacer introspección. ¿Cómo reaccionamos ante el dolor, las necesidades, la soledad (¡cuántos de nuestros viejos mueren de soledad!) de nuestros hermanos? ¿Los atendemos, los acompañamos, los ayudamos, los escuchamos cuando lo necesitan, o lo hacemos cuando “podamos” o “tengamos tiempo”? ¿Anteponemos nuestra comodidad, nuestros placeres, nuestras “necesidades” por encima de la misericordia? Se ha dicho que la peor de las enfermedades, la que más golpea este mundo, no es la tuberculosis, el cólera o la lepra, tampoco es el SIDA ni la diabetes; es el hecho de no ser deseado, de que nadie nos ame ni se preocupe sinceramente por nosotros. Las enfermedades físicas pueden curarse con medicinas, pero el único remedio para la soledad y la desesperación es el amor.

En el Evangelio de ayer (Mt 5,13-16) Jesús nos llamaba a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”, y en la primera lectura Yahvé, por voz del profeta Isaías, nos conminaba: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora” (Is 58,7-10).

Si nos llamamos discípulos de Jesús, ¡que se nos note!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 03-12-16

señor de la mies

El profeta Isaías continúa prefigurando al Mesías. En la primera lectura para hoy (Is 30,19-21.23-26), el profeta nos dice: “Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, porque se apiadará a la voz de tu gemido: apenas te oiga, te responderá. Aunque el Señor te dé el pan medido y el agua tasada, ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro. Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: ‘Éste es el camino, camina por él’”. Esta última frase nos evoca la palabra griega utilizada en el Nuevo Testamento para “conversión” (metanoia), que literalmente se refiere a una situación en que un trayecto ha tenido que volverse del camino en que andaba y tomar otra dirección.

Así, vemos cómo en esta lectura también se adelanta el llamado a la conversión que caracteriza la predicación de Juan Bautista, otra de las figuras del Adviento: “Porque ha ordenado Dios que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios” (Cfr. Lc 3,1-6)

El relato evangélico de hoy (Mt 9,35–10,1.6-8) nos presenta a un Jesús misericordioso que se apiada ante el gemido de su pueblo y le responde. Así, la lectura nos dice que “recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias” (Cfr. Segundo misterio luminoso del Rosario). Continúa diciendo la lectura que Jesús, “al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”.

Este pasaje destaca otra característica de Jesús: que no se comporta como los rabinos y fariseos de su tiempo, no espera que la gente vaya a Él, sino que Él va a la gente a anunciar la Buena Nueva del Reino.

Luego de darnos un ejemplo de lo que implica la labor misionera (“enseñar”, “curar”), nos recuerda que solos no podemos, que necesitamos ayuda de lo alto: “rogad, pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Podemos ver que la misión que Jesús encomienda a sus apóstoles no se limita a ellos; está dirigida a todos nosotros. En nuestro bautismo fuimos ungidos sacerdotes, profetas y reyes. Eso nos llama a enseñar, anunciar el reino, y sanar a nuestros hermanos. Esa es nuestra misión, la de todos: sacerdotes, religiosos, y laicos.

“Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. El Señor quiere que todos se salven, esa es su misión, nuestra misión. Pero para poder hacerlo, primero tenemos que experimentar nosotros mismos la conversión, que se asocia al arrepentimiento; mas no un arrepentimiento que denota culpa o remordimiento, sino que es producto de una transformación entendida como un movimiento interior, en lo más profundo de nuestro ser, nuestra relación con Dios, con nuestro prójimo y nosotros mismos, iluminados y ayudados por la Gracia Divina. Solo así podremos “contagiar” a nuestros hermanos y lograr su conversión.

En este tiempo de Adviento, roguemos al dueño de la mies que derrame su Gracia sobre nosotros para poder convertirnos en sus obreros.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 27-10-16

jesus-as-multidoes

La liturgia continúa narrándonos la última subida de Jesús a Jerusalén donde iba a culminar su misión. En el pasaje que se nos presenta hoy (Lc 13,31-35), unos fariseos se le acercaron para decirle: “Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte”.

La persona, pero sobre todo la predicación de Jesús, habían causado un ambiente de tensión. Su suerte estaba echada. Los poderosos habían tomado la decisión de acabar con él; se había convertido en una persona peligrosa a quien había que eliminar. Entre esos estaba Herodes Antipas, quien ya había mandado matar a Juan el Bautista. Este era hijo de Herodes el Grande, quien había ordenado la matanza de los inocentes.

Jesús está consciente de que su tiempo se acaba, pero asume con libertad y valentía las consecuencias de su misión. Por eso le dice a sus interlocutores: “ld a decirle a ese zorro: ‘Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término’ Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”.

Llama “zorro” a Herodes, un mote ofensivo. El zorro es un animal que, aunque dañino, es miedoso, ataca sus presas bajo el manto de la oscuridad de la noche, y al menor peligro emprende la huida. Está llamado “cobarde” a Herodes. Esa actitud constituye un desafío abierto a la autoridad política de su tiempo. Herodes mostrará su cobardía al no atreverse a matar a Jesús y “endosárselo” a Pilato.

El mensaje que le envía a Herodes es claro y contundente. Él va a seguir adelante con su misión, va a continuar curando enfermos y echando demonios. Así nos está diciendo a los que decidimos seguirle que no podemos dejarnos amedrentar, que tenemos que llevar a cabo nuestra misión con valentía. No hay duda, vamos a encontrar muchos “zorros” en nuestro camino, pero Jesús nos repite constantemente: “No tengas miedo, solamente ten fe” (Mc 5,36).

La siguiente frase de Jesús reconoce la inminencia de su fin: “pasado mañana llego a mi término” (otras traducciones dicen “al tercer día”). Comoquiera no se refiere literalmente a pasado mañana; “pasado mañana” es una traducción de una frase en arameo que quiere decir “en breve” o “dentro de poco”. Jesús sabe que hasta el momento ha cumplido el objetivo de su misión. Tan solo le resta la parte más difícil, la hora final. Por eso apresura su paso para llegar a Jerusalén (“no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”). Allí culminará su misión redentora. Todo está en manos del Padre, a cuya voluntad se entrega. Por eso podrá decir al final: “¡Consummatum est: Todo está cumplido!” (Jn 19,30).

“¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido”. Esta imagen de la gallina clueca nos evoca el “rostro femenino de Dios”, quien como una madre recoge a sus hijos bajo su manto con ternura y les ofrece su protección. Pero lo rechazamos. Preferimos valernos por nosotros mismos (la soberbia), o poner nuestra confianza en los hombres.

Hoy, pidamos al Señor nos brinde la valentía de seguirlo, con la certeza de que nada podrá dañarnos porque Él marcha junto a nosotros.