REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN, FUNDADOR DE LA ORDEN DE PREDICADORES 08-08-20

La Orden de Predicadores (Dominicos) celebra hoy la Solemnidad de nuestro padre y fundador Santo Domingo de Guzmán, y en esta fecha celebramos la liturgia propia de la solemnidad, apartándonos de las lecturas correspondientes al tiempo ordinario.

Como primera lectura propia de la Solemnidad, se nos ofrece un texto de la Primera Carta del Apóstol san Pablo a los Corintios (2,1-10a), que nos presenta el secreto de la predicación de Pablo: “Cuando vine a ustedes a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a ustedes débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. Pablo termina este pasaje diciendo: “«Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu”.

Ahí está el secreto de la evangelización: predicar a Jesús muerto y resucitado, y las maravillas que ha obrado en cada uno de nosotros a través de su Santo Espíritu. El Padre Emiliano Tardiff lo expresó de manera elocuente: “Un evangelizador es ante todo un testigo que tiene experiencia personal de la muerte y resurrección de Cristo Jesús y que transmite a los demás, más que una doctrina, una persona que está viva, que comunica vida y vida en abundancia. Después, solo después y siempre después, se debe enseñar la catequesis y la moral. A veces estamos muy preocupados en que la gente cumpla los mandamientos de Dios antes de que conozcan al Dios de los mandamientos”.

De Santo Domingo se dice que “hablaba con Dios o de Dios”. Hablaba con Dios porque era hombre de oración, estudio de la Palabra y contemplación de la verdad revelada a través del estudio. El fruto de esa contemplación, que es el conocimiento de Dios, es lo que le permitía “hablar de Dios”, es decir, compartir con otros su experiencia de Dios como “una persona que está viva que comunica vida y vida en abundancia”. Ese fue el secreto de Pablo, y el secreto de Domingo de Guzmán, y es el ejemplo que debemos emular.

Como lectura evangélica contemplamos a Lc 9,57-62, que nos presenta dos frases que resumen las exigencias del seguimiento de Jesús: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Jesús no solo abandonó su casa, sino que junto a ella abandonó también a su familia, especialmente a su madre, que era la persona que más amaba. Cuando Jesús le dice a su discípulo que seguirlo a Él es más importante que cumplir con el piadoso deber de enterrar a los muertos, lo hace con todo propósito, para recalcar la radicalidad del seguimiento, y que no hay nada más importante que el anuncio del Reino.

Domingo de Guzmán vivió esa radicalidad en el seguimiento de Jesús, e imprimió a la Orden ese carisma, que me honro compartir.

¡Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 18-05-20

Celebrando la Eucaristía en Filipos, en un pequeño islote en medio del río justo en el lugar en que Pablo bautizó a Lidia, la primera cristiana bautizada en el continente europeo (Hc 16,13-15). Una experiencia inolvidable. Allí celebramos la misa de la vigilia de Pentecostés. Foto tomada durante nuestra peregrinación del 2014.

La liturgia pascual continúa presentándonos la historia de la Iglesia primitiva y su expansión por todo el mundo conocido, gracias a la acción del Espíritu Santo. La primera lectura para hoy (Hc 16,11-15), en un pasaje aparentemente sencillo, nos presenta un hecho trascendental en la historia de la Iglesia. El relato de un viaje en barco nos presenta a Pablo, ya acompañado por Lucas, poniendo pie y predicando por primera vez la Buena Noticia de Jesús en el continente europeo. El viaje nos muestra a Pablo llegando primero a Neáplois, y luego a Filipos, donde permaneció un tiempo y fundó la primera comunidad cristiana en Europa; comunidad a la que más tarde escribiría la carta que también forma parte del Nuevo Testamento. Corría aproximadamente el año 50.

Gracias a ese viaje misionero de Pablo llegó también el Evangelio a tierras americanas, por voz de aquellos primeros misioneros europeos que arriesgaron sus vidas cruzando el Atlántico para traer el mensaje de salvación a estas tierras.

Hay un dato que no quiero dejar de mencionar. Si nos fijamos, de este punto en adelante la narración de los Hechos de los Apóstoles cambia de tercera persona a primera persona (“zarpamos”, “salimos”, “nos detuvimos”, etc.); lo que significa que desde ese momento en adelante, ya Lucas, el autor del libro, acompaña a Pablo en sus viajes.

En ese primer encuentro con unas mujeres que estaba orando, sobresale la figura de Lidia, una comerciante a quien “el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo”. Vemos la acción del Espíritu abriendo caminos, ayudando a los misioneros, proveyéndoles los medios. Habiendo escuchado y aceptado el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, Lidia se hizo bautizar e invitó a Pablo y Lucas a hospedarse en su casa (Cfr. Lc 10,5-7).

La lectura evangélica (Jn 15,26 -16,4a) continúa narrándonos el discurso de despedida de Jesús, en el cual Jesús instruye y prepara a sus discípulos para lo que les espera, incluyendo el martirio. Les asegura que ha de enviarles el Paráclito que dará testimonio de Él; y que ellos también darán testimonio de Él. La palabra “testimonio”, según utilizada en el Nuevo Testamento, es sinónimo de martirio. Dar la vida por el Evangelio es el gran Testimonio, confesar con la sangre la Verdad. Jesús les está diciendo de tendrán que enfrentar el martirio: “llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios”. Y les advierte que: “Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho”.

Es el Espíritu quien ha de darles las fuerzas para “dar testimonio”. Y mientras existan en el mundo el pecado, el egoísmo y el mal, los cristianos seremos perseguidos, humillados, ridiculizados. La mayoría de nosotros tenemos la dicha de proclamar nuestra fe en un mundo donde no tenemos que confesar la Verdad con nuestra sangre, pero ello no nos exime de la burla, la persecución, a veces abierta y (la peor) a veces vedada. Desgraciadamente, todavía hoy existen aquellos que sufren el martirio por profesar su fe, como está ocurriendo en el Oriente medio.

Señor, envía tu Santo Espíritu sobre nosotros, para que tengamos la valentía y perseverancia de proclamar tu Evangelio, a tiempo y a destiempo, sin importar las consecuencias.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 21-04-20

“Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”.

Como decíamos en nuestra reflexión de ayer, Nicodemo es un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan; personaje importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Durante ese primer encuentro con Jesús, es que se desarrolla el diálogo que se recoge parcialmente entre la lectura evangélica de ayer y la que nos ofrece la liturgia para hoy (Jn 3,5a.7b-15).

Ayer leíamos cómo, cuando Jesús le dijo que “el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios”, Nicodemo le preguntó: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?”.

Y es esa pregunta de Nicodemo la que provoca las palabras de Jesús con que comienza la lectura de hoy: “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”.

Nicodemo es incapaz de comprender lo que le dice Jesús. Su mentalidad de fariseo no le permitía ver más allá de la Ley y su cumplimiento. Jesús le está hablando de la verdadera Libertad que solo el Espíritu (que es el Amor entre el Padre y el Hijo) puede darnos. Ese concepto de libertad en el Espíritu que Jesús le planteaba resultaba incomprensible para él.

La idea de “nacer de nuevo” resulta irrisoria, imposible, para todo aquél que no ha conocido el Amor de Dios, ese Amor que nos hace comprender que para Dios todo es posible y que solo podemos alcanzar la Libertad plena abrazando la Cruz de su Hijo.

Entonces Jesús le dice: “Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo?” El cielo del que le habla Jesús a Nicodemo (y a nosotros) no hay que buscarlo en las alturas; es la experiencia de hacerse uno con el Padre como Él lo es. Es esa toma de conciencia grande y profunda de que Dios está con uno y uno está con Dios, en un pacto producto de la Libertad que solo puede provenir del Amor.

“Si permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32); libres, no para “hacer lo que nos dé la gana”, sino libres para amar. Porque como hemos dicho en ocasiones anteriores, la “verdad” a la que se refiere Jesús es el Amor incondicional de Dios. Ese es el concepto de Libertad que nos plantea Jesús; libertad que le hizo optar libremente por la Cruz, y que Él trata de comunicar a Nicodemo pero que este no puede entender: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Y tú, ¿le crees?

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 26-03-20

“No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza”.

“Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí! (Jn 5,31-47). Los judíos se concentraban tanto en las Escrituras, escudriñando, debatiendo, teorizando, que eran incapaces de ver la gloria de Dios que estaba manifestándose ante sus ojos en la persona de Jesús. “Las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que Él envió no le creéis”.

Nosotros muchas veces caemos en el mismo error; “teorizamos” nuestra fe y nos perdemos en las ramas del árbol de las Escrituras en una búsqueda de los más rebuscados análisis de las mismas, mientras desatendemos las obras de misericordia, que son las que dan verdadero testimonio de nuestra fe y, en última instancia, de la presencia de Jesús en nosotros.

Jesús dice a los judíos: “No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?” Jesús se refería al libro del Deuteronomio (que los judíos atribuían a Moisés), en el que Yahvé le dice a Moisés: “Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, yo mismo le pediré cuenta” (Dt 18,18-19). En Jesús se cumplió esta profecía, y los suyos no le recibieron (Cfr. Jn 1,11).

Jesús se nos presenta como el “nuevo Moisés”, que intercede por nosotros ante el Padre, de la misma manera que lo hizo Moisés en la primera lectura de hoy (Ex 32,7-14) por los de su pueblo cuando adoraron un becerro de oro, haciendo que Dios se “arrepintiera” de la amenaza que había pronunciado contra ellos. Jesús llevará esa intercesión hasta las últimas consecuencias, ofrendando su vida por nosotros.

En la lectura evangélica que hubiésemos leído ayer, de no coincidir con la Solemnidad de la Anunciación, Jesús (Jn 5,17-30) nos decía: “En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna”.

Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Hemos acogido a Jesús, escuchado su Palabra, y reconocido e interpretado justamente las grandes obras que ha hecho en nosotros? Habiéndole reconocido e interpretado sus obras, ¿seguimos sus pasos a pesar de nuestra débil naturaleza y ponemos en práctica su Palabra? ¿O somos de los que “no creemos al que (el Padre) envió”?

Durante esta Cuaresma, pidamos al Señor que reavive nuestra fe y afiance nuestro compromiso en Su seguimiento, de manera que podamos imitarle en su entrega total por nuestros hermanos. Esto incluye interceder ante el Padre por los pecadores, incluyendo aquellos que nos hacen daño o nos persiguen. Lo hemos dicho en ocasiones anteriores. El seguimiento de Jesús ha de ser radical. No hay términos medios (Cfr. Ap 3,15-16).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 23-03-20

“Anda, tu hijo está curado”.

La primera lectura que nos presenta la liturgia para hoy (65,17-21), está tomada del “Tercer Isaías”, que comprende los capítulos 56 al 66 de ese libro. Estos capítulos, escritos por un autor anónimo y atribuidos al profeta Isaías, fueron escritos durante la “era de la restauración”, luego del regreso del pueblo judío a su país tras el destierro en Babilonia. Es un libro lleno de esperanza y alegría, dentro de la devastación que encontró el pueblo en Jerusalén a su regreso del destierro.

La lectura continúa el ambiente festivo del domingo lætare que celebrábamos ayer: “Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear. Mirad: voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos”.

Es un anticipo de la promesa de la “nueva Jerusalén” que san Juan nos presentará luego en el Apocalipsis en un ambiente de boda (uno de mis pasajes favoritos): “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios – con – ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado’” (Ap 21,1-4).

Es una promesa del Señor. Hay una sola condición: escuchar Su Palabra y creerle al que le envió. Y eso tiene que llenarnos de alegría. Así como el pueblo de Israel se levantó de entre las cenizas de una Jerusalén y un Templo destruidos, esta lectura nos prepara para la alegría de la Vigilia Pascual cuando resuene en los templos de todo el mundo el Gloria, anunciando la Resurrección de Jesús.

La lectura evangélica (Jn 4,43-54) nos presenta el pasaje de la curación del hijo de un funcionario real. Lo curioso de este episodio es que es un pagano quien nos revela la verdadera naturaleza de la fe: una confianza plena y absoluta en la palabra y la persona de Jesús, que le hace resistir los reproches iniciales de Jesús (“Como no veáis signos y prodigios, no creéis”) y le impulsa a actuar según esa confianza, sin necesidad de ningún signo visible. Creyó en Jesús, y “le creyó” a Jesús. Eso fue suficiente para emprender el camino de regreso a su casa con la certeza de que Jesús le había dicho: “Anda, tu hijo está curado”. Él creyó que su hijo estaba sano, y este fue sanado.

Nosotros tenemos la ventaja del testimonio de Su gloriosa Resurrección. Aun así, tenemos que preguntarnos: ¿Realmente le creo a Jesús?

En esta Cuaresma, oremos: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DEL TIEMPO DE NAVIDAD 03-01-20

“Éste es de quien dije: ‘El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo’”.

Durante este tiempo de Navidad la liturgia continúa proponiéndonos el comienzo del Evangelio según san Juan, cuya lectura comenzamos el pasado 31 de enero con el testimonio de Juan el Bautista (1,15-18): “Éste es de quien dije: ‘El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo’”.

Luego de un paréntesis para celebrar la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, ayer retomamos la lectura con los versículos 19-28 en donde veíamos la “investigación” por parte de las autoridades religiosas sobre la identidad de Juan el Bautista y el Mesías. Confrontado por las autoridades, Juan aclara que él no es el Mesías, que él es meramente el precursor, el heraldo que ha venido a preparar al camino para Aquél de quien dice: “no soy digno de desatar la correa de su sandalia”.

Hoy vemos cómo el texto (Jn 1,29-34) ha ido progresando hasta culminar con el encuentro. Pero no es Juan quien va hacia Él, es Cristo quien viene hacia él: “al ver Juan a Jesús que venía hacia él…” En ese momento, Juan profiere inmediatamente la declaración que había estado soñando durante toda su vida: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Su misión principal había culminado (Cfr. Lc 1,76-79).

Esta última frase de Juan encierra todo el misterio de la Encarnación que hemos estado contemplando durante el tiempo de Navidad, pues explica el propósito de Dios al enviar a su Hijo a “acampar” entre nosotros. Los israelitas ofrecían corderos en sacrificio por la expiación de sus pecados. Inclusive los sacerdotes ofrecían sacrificio por sus propios pecados antes de hacerlo por los demás (Hb 9,7). Al identificar a Jesús como el “Cordero de Dios”, Juan nos apunta al destino que esperaba a Jesús, a quien el mismo Dios habría de ofrecer en sacrificio por los pecados de toda la humanidad; por los tuyos y los míos.

Es decir, Cristo no es el cordero que los hombres ofrecen en sacrificio en el Templo para que Dios perdone sus pecados, sino el Cordero elegido por Dios para quitar los pecados del mundo. Como nos dice el autor de la carta a los Hebreos: “Él comienza diciendo: ‘Tú no has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios’, a pesar de que están prescritos por la Ley. Y luego añade: ‘Aquí estoy, yo vengo para hacer Tu voluntad’. Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre” (Hb 10,8-10).

Ese sacrificio es el que permite que el apóstol diga en la primera lectura de hoy (1Jn 2,29; 3,1-6): “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. Todo comenzó en Nazaret, se concretizó en Belén, y culminará en Jerusalén. Y fue por amor… Y ese amor de Dios debe ser el motivo de nuestra alegría durante ese tiempo de Navidad, y todas nuestras vidas.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN ESTEBAN PROTOMÁRTIR 26-12-19

“Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Ayer celebrábamos la Natividad del Señor, todo era fiesta, júbilo, villancicos, dulzura. Hoy, de repente, sin aviso, nos enfrentamos al martirio de Esteban, el primero que ofrecerá su vida por el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Esto nos sirve para devolvernos a la realidad y recordar, dentro de todo este ambiente idílico de la Navidad, que ese niño que ayer nacía en Belén, por mantenerse fiel a su misión, ofrendará su vida en la cruz por nuestra salvación. La fiesta de san Esteban protomártir es la primera de tres fiestas de santos que celebramos durante la Octava de Navidad: san Esteban, san Juan y los santos Inocentes.

Todo el ambiente que rodea el nacimiento de Jesús tiene un denominador común: la pobreza. Dios escogió nacer en un rústico pesebre. Es como si fuera un anticipo de la cruz que asumiría por nosotros y por nuestra salvación. Así como nació pobre, terminaría su vida mortal como el más pobre de los pobres, teniendo como única posesión material sus vestiduras y su manto (Jn 19, 23-24).

La primera lectura nos narra el martirio de san Esteban, diácono (Hc 6,8-10;7, 54-60). Esteban es el primer mártir de Jesús (la palabra mártir significa “testigo”), el primero en seguir al Maestro, el primero en “llevar su cruz”, en sufrir la muerte a manos de los mismos que perseguían a Jesús.

La lectura evangélica (Mt 10,17-22) nos muestra cómo Jesús le había adelantado a sus discípulos las persecuciones y pruebas que habrían se sufrir por seguirle: “os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles… Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán. Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará”. Esteban perseveró hasta el final, dando la mayor prueba de amor (Jn 15,13), y encontró la salvación.

Son muchos los que, después de Esteban, han sufrido el martirio a lo largo de la historia del cristianismo, algunos intensos, rápidos y hasta la muerte, como el suyo; otros lentos y prolongados, que pasan desapercibidos, como el nuestro, con muchos “testimonios” pequeños en nuestro quehacer cotidiano. Hoy debemos preguntarnos: ¿Estamos dispuestos a perseverar hasta el final? ¿Estamos dispuestos a perdonar a nuestros perseguidores como lo hizo Jesús, como lo hizo Esteban?

“Señor Dios nuestro: Honramos hoy la memoria de San Esteban, el primer mártir de tu joven Iglesia. Danos la gracia de ser buenos testigos, como él, llenos de fe y del Espíritu Santo, hombres y mujeres que estemos llenos de fortaleza, ya que nos esforzamos por vivir la vida de Jesús. Danos una gran confianza para vivir y morir en tus manos. Y que, como Esteban,  sepamos rogar por los que nos hieren u ofenden para que tú nos perdones a todos, tanto a ellos como a nosotros. Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO – “GAUDETE” (A) 15-12-19

“‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’ Jesús les respondió: ‘Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!’’. Este fragmento de la lectura evangélica para este tercer domingo de Adviento (Mt 11,2-11) sienta la tónica para este día que se nos presenta como el domingo del TESTIMONIO. Testimonio gozoso que le da el nombre de “domingo gaudete”. Gaudete quiere decir “regocijaos” en latín.

Desde la primera lectura (Is 35,1-6a.10) se advierte la alegría y el gozo que acompañaría la venida del redentor que el pueblo esperaba desde el mismo momento de la caída (Gn 3,15). Venida que estaría acompañada de señales que darían testimonio de su llegada: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión”.

Era esa espera gozosa, la expectación de la llegada del Mesías liberador que mantenía vivas las esperanzas del pueblo. Por eso el profeta les exhorta a no ser cobardes: “‘Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará’. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán”. Es el “Adviento” que vivía el pueblo de Israel durante el Antiguo Testamento, y que profetas como Isaías mantenían vivo.

Esas expectativas, esas profecías, se hacen realidad en la persona de Jesucristo. Esos son los signos de que la plenitud de los tiempos ha llegado y Él es Dios “que viene en persona”, el Mesías esperado; “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio”. Por eso, ante la pregunta que Juan le formula desde la cárcel a través de sus discípulos (“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?), Jesús se limita a pedirles que den TESTIMONIO de lo que han visto y oído; testimonio que ha de estar obligadamente enmarcado, no solo en el gozo natural que semejantes portentos provocan, sino en el convencimiento de que ellos apuntan que los tiempos mesiánicos ha llegado.

Hoy la Iglesia nos dice: “regocíjate” y “da testimonio” de ese gozo. Si hacemos inventario de las maravillas que Dios ha obrado en cada una de nuestras vidas, desde el mismo momento de nuestra concepción, tenemos que regocijarnos. Y ese regocijo es tal que, nos sentimos compelidos a salir y dar TESTIMONIO.

Isaías nos pide que seamos valientes. En la segunda lectura Santiago (5,7-10) nos exhorta a ser pacientes, especialmente en el sufrimiento. Es decir, a mantener la expectación gozosa en medio de la prueba y la tribulación, porque el Señor nos ama tanto que nos hará justicia. Si hemos vivido el Adviento sabemos que el Señor está cerca. ¡Regocíjate!

Si aún no te has reconciliado con el Padre, todavía estás a tiempo. Él no se cansa de esperarte…

LA LITURGIA DEL TIEMPO DE ADVIENTO

El tiempo litúrgico de Adviento abarca los cuatro domingos anteriores al 25 de diciembre, y las lecturas que nos brinda la liturgia para estos cuatro domingos nos llevan de la mano progresivamente desde la espera de la segunda venida del Señor, el tiempo presente, hasta el anuncio del nacimiento del Niño Dios, culminando en la Navidad. Hagamos un breve recorrido por la liturgia de este tiempo tan especial de Adviento que acabamos de comenzar.

El primer domingo comienza con la espera de la segunda venida del Señor. Es el domingo de la VIGILANCIA. Durante esta primera semana las lecturas bíblicas y la predicación son una invitación con las palabras del evangelio: “Velen y estén preparados, que no saben cuándo llegará el momento”.

Es importante que, como familia, nos hagamos un propósito que nos permita avanzar en el camino hacia la Navidad. ¿Qué les parece si nos proponemos revisar nuestras relaciones familiares? Como resultado deberemos buscar el perdón de quienes hemos ofendido y darlo a quienes nos hayan ofendido para comenzar el Adviento viviendo en un ambiente de armonía y amor familiar. Desde luego, esto deberá ser extensivo también a los demás grupos de personas con los que nos relacionamos diariamente, como la escuela, el trabajo, los vecinos, etc.

La segunda y tercera semanas continúan con la venida del Señor en el tiempo presente; el HOY.

La palabra clave para el segundo domingo es CONVERSIÓN, y tiene como nota predominante la predicación de Juan el Bautista. Durante la segunda semana, la liturgia nos invita a reflexionar con la exhortación del profeta Juan el Bautista: “Preparen el camino, Jesús llega” y, ¿qué mejor manera de prepararlo que buscando ahora la reconciliación con Dios?

En la primera semana buscamos la reconciliación con nuestro prójimo, nuestros hermanos. Ahora el llamado es a la reconciliación con Dios. Por eso la Iglesia y la predicación nos invitan a acudir al sacramento de la Reconciliación, que nos devuelve la amistad con Dios que habíamos perdido por el pecado. Esta semana nos presenta una magnífica oportunidad para averiguar los horarios de confesiones en los diferentes templos cercanos a nosotros, de manera que cuando llegue la Navidad estemos preparados para unirnos a Jesús y a nuestros hermanos en la Comunión sacramental.

El tercer domingo se nos presenta como el domingo del TESTIMONIO. Y la figura clave es María, la Madre del Señor, que da testimonio sirviendo y ayudando al prójimo. Por eso la liturgia nos invita a recordar la figura de María, que se prepara para ser la madre de Jesús y que además está dispuesta a ayudar y servir a quien la necesita. El evangelio nos relata la visita de la Virgen a su prima Isabel y nos invita a repetir como ella: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?”

Sabemos que María está siempre acompañando a sus hijos en la Iglesia, por lo que nos disponemos a vivir esta tercera semana de Adviento, meditando acerca del papel que la Virgen María desempeñó. Se nos propone que fomentemos la devoción a María, rezando el Santo Rosario en familia.

A partir de la cuarta semana, la liturgia se orienta hacia la venida “en carne” del Señor, su nacimiento en Belén; el “ayer”. Es tiempo de espera activa, esperanza, anticipación…

Así, el cuarto domingo es el domingo del ANUNCIO del nacimiento de Jesús hecho a José y a María. Las lecturas bíblicas y la predicación dirigen su mirada a la disposición de la Virgen María ante el anuncio del nacimiento de su Hijo, y nos invitan a “aprender de María y aceptar a cristo que es la luz del mundo”. Como ya está tan próxima la Navidad, nos hemos reconciliado con Dios y con nuestros hermanos; ahora nos queda solamente esperar la gran Fiesta. Como familia debemos vivir la armonía, la fraternidad y la alegría que esta cercana celebración representa.

La liturgia nos ayuda a recordar que esta celebración manifiesta cómo todo el tiempo gira alrededor de Cristo, el mismo ayer, hoy y siempre; Cristo el Señor del tiempo y de la historia.

 Adaptado de: http://mercaba.org/LITURGIA/Adv/el_adviento.htm