REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 11-03-13

Hoy la liturgia nos presenta al evangelista san Juan, quien dominará la liturgia por lo que resta de la Cuaresma. El pasaje que leemos hoy (Jn 4,43-54) es el de la curación del hijo de un funcionario real (un pagano). Este suceso ocurre después del encuentro de Jesús con Nicodemo y la Samaritana. Cabe señalar que este es uno de apenas siete milagros (“signos”) que nos narra el evangelio según san Juan (los sinópticos nos narran unos 23).

Jesús acababa de llegar a Caná de Galilea y este funcionario que tenía un hijo muy enfermo en Cafarnaún le pide que vaya con él allá para curarlo. Jesús le increpa diciéndole: “Como no veáis signos y prodigios, no creéis”. Aun así el funcionario insiste (está seguro de que Jesús puede curar a su hijo – la semilla de la fe). Ante la insistencia del hombre Jesús le dice: “Anda, tu hijo está curado”. La Escritura nos dice que “El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino”. Yendo de camino los criados vinieron a su encuentro y le dijeron que el niño estaba curado, y él pudo constatar que el milagro había ocurrido justo a la hora que Jesús le había dicho que su hijo estaba curado. El funcionario creyó que su hijo estaba curado y actuó conforme a esa creencia. En eso consiste la fe. Creyó si haber visto.

Lo curioso de este episodio es que es un pagano quien nos revela la verdadera naturaleza de la fe: una confianza plena y absoluta en la persona de Jesús, que le hace resistir los reproches iniciales de Jesús, y le impulsa a actuar según esa confianza, sin necesidad de ningún signo visible. Creyó en Jesús, y “le creyó” a Jesús. Eso fue suficiente para emprender el camino de regreso a su casa con la certeza de que Jesús le había dicho: “Anda, tu hijo está curado”. Él creyó que su hijo estaba sano, y su hijo fue sanado.

Otra característica del Evangelio según san Juan: a diferencia de los sinópticos, en los que el objetivo de los milagros es producir la fe, en el evangelio de Juan el objetivo de los milagros es recompensar la fe. Así, no se trata de creer o no en los signos, se trata de creerle o no creerle a Jesús. El que le cree a Jesús y actúa conforme a esa confianza, verá manifestarse la gloria de Dios. El que no le cree a Jesús podrá presenciar mil prodigios, pero nunca recibirá la gracia de los mismos, nunca verá manifestarse la gloria de Dios.

La fe verdadera puede darse sin necesidad de milagros, pero es la fe la que hace posible los milagros en nosotros. Por eso se ha dicho que la fe es el “gatillo” que “dispara” el poder de Dios. Ese es nuestro problema, creemos pero no tenemos fe, aunque nos creamos personas “de fe”. Basta con escuchar las palabras de Jesús: “Si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: ‘Trasládate de aquí a allá’, y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes” (Mt 17,20). Una sola pregunta: ¿Puedo yo mover montañas?

En esta Cuaresma, enmarcada en el Año de la Fe, digamos: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 04-03-13

Hoy la liturgia nos ofrece como primera lectura el pasaje del libro de los Reyes (5,1-15a) sobre Naamán, el general del ejército sirio que padecía de lepra, y una criada judía le recomendó a su esposa que fuera a Israel a ver al “profeta de Samaria”, quien lo curaría. Debemos recordar que Siria era un país que vivía en constante guerra con Israel. La sierva que dirige al general al profeta había sido llevada a Siria como esclava. El general era un hombre poderoso, pero estaba afectado por la lepra, una enfermedad catastrófica en su época (y considerada producto del pecado). A aquella sierva no le importó que hubiese sido llevada a Siria como esclava ni que aquél hombre fuera pagano. Estaba enfermo, necesitaba curación. Ella se compadeció de él; no le importó su religión. “Ojalá mi señor fuera a ver al profeta de Samaria: él lo libraría de su enfermedad”. Se refería al profeta Eliseo.

El rey sirio envió a Naamán con una carta ante el rey de Israel para que dirigiera a su general ante el profeta. Cuando finalmente llegó ante la puerta de Eliseo “con sus caballos y su carroza” y los tesoros que había traído (como si con ellos pudiera comprar su salud), se molestó porque Eliseo ni tan siquiera le recibió, sino que mandó a decirle: “Ve a bañarte siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia”. Él se molestó porque no Eliseo no salió a recibirle y, luego de decir: “Yo me imaginaba que saldría en persona a verme, y que, puesto en pie, invocaría al Señor, su Dios, pasaría la mano sobre la parte enferma y me libraría de mi enfermedad”, dio media vuelta y se marchó.

Si no es porque sus siervos, tal vez por ser más sencillos, intervinieron y le dijeron: “Señor, si el profeta te hubiera prescrito algo difícil, lo harías. Cuanto más si lo que te prescribe para quedar limpio es simplemente que te bañes”. Naamán se bañó siete veces en el Jordán como había dicho el profeta, y quedó limpio de su lepra.

Naamán estaba acostumbrado al ritualismo pagano, vacío. El gesto sencillo de bañarse en el Jordán no tenía sentido. Le faltaba la fe. La fe es la que nos sana y nos salva. Los ritos, los sacrificios, el incienso, las fórmulas sacramentales, no tienen sentido, no tienen efecto, si nos falta la fe. Lo mismo nos pasa a nosotros al acercarnos a los sacramentos. Algo tan sencillo como bañarse en el Jordán, acompañado de la fe, podía limpiar aquél hombre de su lepra. Sus siervos le transmitieron la fe. Él creyó, se bañó, y fue sanado. Esto resalta lo que hemos dicho; que no basta con creer, hay que actuar conforme a lo que creemos.

“Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio”, nos dice Jesús en la lectura evangélica de hoy (Lc 4,24-30). Se refería a la falta de fe de los suyos. El orgullo, el considerarse miembros del “pueblo elegido” les hacía creerse “salvados”. No tenían la humildad de reconocer su “lepra” y acercarse a Dios con humildad. Por eso no creyeron en Él.

En este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor la humildad de reconocer la “lepra” de nuestros pecados y experimentar la necesidad de volvernos hacia Él, con la certeza de que “una palabra [s]uya bastará para sanarnos”.