REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 20-01-22

“Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío”.

“En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él” (Mc 3,6). Así terminaba el pasaje del relato evangélico de Marcos que leíamos ayer. Jesús se había convertido en una piedrita dentro del zapato para los escribas, fariseos, saduceos y sumos sacerdotes que ostentaban el poder ideológico-religioso en tiempos de Jesús. Había que eliminarlo.

En contraste marcado con esa actitud de los poderosos, en el relato de hoy (Mc 3,7-12) vemos cómo la fama de Jesús se ha extendido, no solo a través de toda la Palestina, sino a tierras paganas, como Transjordania, Tiro y Sidón. Vemos en estos relatos cómo Marcos nos presenta a Jesús como el gran hacedor de milagros, o “taumaturgo”; Él solo puede hacer lo que en la mitología requiere de muchos. Por eso no encontramos a Jesús hablando. La gente no viene a escuchar lo que dice, viene a “ver” los prodigios que hace. “Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente…” Las cosas que Jesús hacía se hacían oír. Por eso la gente se apretujaba en torno a Él hasta el punto poner en peligro su seguridad personal. “Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo”. Por eso pidió a sus discípulos que le tuvieran preparada una lancha para treparse en ella como tantas veces tuvo que hacer.

“Hacer es la mejor manera de decir”, dijo José Martí. Nosotros los cristianos deberíamos aprender de ese ejemplo. Hemos escuchado la frase: “¿Eres cristiano? ¡Que se te note!” Porque la fe es algo que se ve, se nota, hace ruido. Recordemos el pasaje que leíamos recientemente sobre los amigos que llevan al paralítico para que Jesús lo curara, y como no pudieron llegar ante Él por el gentío, lo treparon al techo de la casa en que Jesús estaba, abrieron un boquete y lo descolgaron delante de Jesús. Nos dice el evangelio que Jesús “viendo” la fe que tenían sus amigos, primero le perdonó los pecados y luego curó su cuerpo (Mc 2,1-12). “Viendo” la fe que tenían…”

Jesús nos ha dicho que si tuviéramos fe del tamaño de un granito de mostaza le diríamos a una montaña “quítate de ahí y ponte más allá” y la montaña obedecería. No tenemos que llegar al extremo de mover montañas, pero si actuamos acorde a lo que creemos, nuestra fe se verá; y tal vez no moveremos montañas, pero sí podremos mover corazones.

Continúa diciéndonos el pasaje que hasta los “espíritus inmundos” de los poseídos se postraban ante y Él y le gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios” (recordemos que el objetivo principal de Marcos al escribir su relato evangélico es demostrar que Jesús es el Hijo de Dios). Jesús le pide que no se lo digan a nadie, como lo hace con aquellos a quienes cura. El famoso “secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos. Jesús no quiere que lo descubran, no quiere que su fama vaya a nublar su verdadero propósito. Tiene que borrar la imagen del Dios triunfalista que el pueblo esperaba. Él es el cordero que vino a ser inmolado por nuestra salvación.

En este día digámosle: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”, para que otros, “viendo” nuestra fe, crean también.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 29-11-21

Este hombre, un pagano, oficial del ejército opresor, odiado por todos, se encontraba en espera de Jesús. Tenía la certeza de que Jesús habría de venir y podía curar a su criado.

Comenzamos la primera semana de Adviento con una lectura de esperanza tomada del libro del profeta Isaías (2,1-5). Nos refiere a ese momento en que todos los pueblos, judíos y gentiles, pondrán su mirada en Jerusalén, en el monte Sión, que brillará como un faro en medio de la oscuridad y los atraerá hacia ella, “porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor”. Y entonces reinará la paz: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra”.

Y como todas las lecturas escatológicas, nos remite al final de los tiempos y nos brinda un mensaje de esperanza. ¿Qué final de los tiempos? ¿El “fin del mundo”, o el fin de la “antigua alianza”? Como siempre, hay una “zona gris” en la cual ambos “finales” se confunden. Lo importante es que, como quiera que lo consideremos, el mensaje es uno de esperanza, de salvación, para aquellos que fijen su mirada en el Señor.

El Evangelio (Mt 8,5-11), por su parte, forma parte de ese grupo de Evangelios, sacados de varios evangelistas, que han sido escogidos para este tiempo porque nos pintan un cuadro de esa “espera” en la que todos estamos inmersos, y que se percibe más marcada en este tiempo del Adviento.

El pasaje que recoge el relato evangélico de hoy es el de la curación del criado del centurión. Cabe resaltar que no fue Jesús quien le llamó; fue él quien se le acercó tan pronto Jesús entró en Cafarnaún, en donde Jesús vivió durante su vida pública. Resulta obvio que este hombre, un pagano, oficial del ejército opresor, odiado por todos, se encontraba en espera de Jesús. Tenía la certeza de que Jesús habría de venir y podía curar a su criado. Más aún, tenía la certeza de que Jesús poseía el poder de curarlo sin tener que estar a su lado, sin tener que verlo. Por eso le esperaba, y lo hacía con esa “anticipación” del que espera algo maravilloso, lo que lleva a Jesús a decirle: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”. El Adviento es un tiempo especial de gracia para todos. Ya se respira en el ambiente ese “algo” que no podemos describir y que llamamos con varios nombres, y que no es otra cosa que un anuncio de esperanza, confianza y fe en Dios; ese Dios que viene para todos, los de “cerca” y los de “lejos”, los pobres y los ricos, los tristes y los alegres, para traernos su regalo de salvación. Y la espera de ese evento nos causa excitación, nos llena de gozo.

En estos tiempos tan difíciles que estamos viviendo hay mucha gente desorientada, deprimida, ansiosa, desesperanzada. Personas que no han tenido la oportunidad de encontrarse con Jesús, pero que tienen buenos sentimientos, como el centurión. Tan solo hay que esperar; esperar con fe.

En este tiempo de Adviento, roguemos al Señor que nos conceda el espíritu de espera y la fe del centurión, para reconocerle y recibirle en nuestros corazones. Pidamos también ese don de manera especial para aquellos que se encuentran alejados, de manera que cuando se cante el Gloria en la Misa de Gallo, todos podamos decir al unísono: “¡Es Navidad!”

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 22-11-21

“Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Estamos en la última semana del año litúrgico, y durante la misma san Lucas nos narrará episodios de los últimos días de la vida terrena de Jesús, justo antes de su Pasión. El pasaje de hoy (Lc 21,1-4) se desarrolla justo a la entrada del Templo, ante el vestíbulo, donde estaban colocadas trece grandes arcas que conformaban la “tesorería” del Templo. Allí depositaban las ofrendas los fieles, y comunicaban sus “intenciones” al encargado de contabilizar el valor de cada ofrenda.

La lectura nos dice que Jesús alzó los ojos; está observando, estudiando los gestos, “viendo” con los ojos de Dios dentro de los corazones de todos los que desfilan frente al arca de las ofendas. Allí “vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: ‘Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’”. El original nos dice que lo que la viuda ofrendó fue dos lepta, la moneda de menor valor que existía entonces. Y Jesús, que es Dios, sabe que era todo lo que esa pobre mujer tenía. Confianza en la Providencia Divina.

Vemos una marcada diferencia en el significado de cada ofrenda. La viuda le entrega a Dios su pobreza, le ha dado lo único que posee. Los ricos, por el contrario, le entregan su poder y privilegios, le han dado lo que les sobra.

Siempre que leemos este pasaje hablamos de la importancia de ser generosos al momento de ofrendar, o de practicar la caridad; de dar de lo que tenemos, no de lo que nos sobra. Pensemos por un momento a la inversa. ¿Podríamos aplicar la enseñanza de este pasaje a Dios? Si Dios nos hubiese dado solo de lo que le sobra, ¿nos habría dado a su único Hijo para salvarnos? En el pasaje que leemos hoy Jesús sabe que le quedan apenas unos días de vida. Sabe que su Padre, que es Dios, lo va a ofrendar a Él, que también es Dios; es decir, que Dios se va a ofrendar a sí mismo, dando no solo lo que tiene, sino lo que es.

Tal vez por eso Jesús presta tanta importancia al gesto de aquella viuda que entregó su posibilidad de sobrevivir, confiando, como lo hizo la viuda de Sarepta, en la palabra del Señor cuando dijo que “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará”. (1 Re 17,7-16).

Ese Jesús que nació pobre, teniendo por cuna un pesebre (Lc 2,7), vivió como pobre, no teniendo donde recostar la cabeza (Mt 18,20), e iba morir, también pobre, teniendo como fortuna tan solo su ropa (Jn 19,24), estaba a punto de ofrendar, al igual que la viuda, todo lo que tenía: su vida misma, su persona.

Ayer celebrábamos la Solemnidad de Cristo Rey, y decíamos que el poder del Reino de Dios está en el Amor, no en la riqueza ni el poder terrenal. Dios no es un Rey que vino de paseo a la tierra para mostrar su poder. Por el contrario, vino para hacerse pobre y esclavo de todos, y así mostrar su grandeza; para con su gesto comprar para nosotros la libertad que no puede restringirse con cadenas: la libertad de sabernos amados por un Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación.

Que pasen una hermosa semana.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TRIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 10-11-21

El Evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 17,11-19) es el relato de la curación de los diez leprosos. Esta narración, exclusiva de Lucas, nos dice que mientras Jesús se dirigía a Jerusalén “vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’.” Continúa diciendo la narración que Jesús se limitó a decirles: “ld a presentaros a los sacerdotes”. Y mientras iban de camino, quedaron limpios.

En tiempos de Jesús los leprosos eran separados de la sociedad (Cfr. Lv 13), no podían acercarse a las personas sanas, quienes tampoco podían acercarse a ellos para no quedar “impuros”. De hecho, mientras se desplazaban de un lugar a otro tenían que ir tocando una campanilla, mientras gritaban “¡impuro, impuro!”, para que nadie se les acercara. Si alguno de ellos se sanaba, solo los sacerdotes podían declararlos curados, “puros”. Entonces podían reintegrarse a la sociedad. Por eso todo el diálogo entre Jesús y los leprosos tiene lugar con estos “a lo lejos”.

Notamos que en este relato Jesús ni tan siquiera les dijo que quedaban curados, se limitó a decirles que fueran ante los sacerdotes para que estos certificaran su curación y les devolvieran su dignidad. Los leprosos no cuestionaron las instrucciones de Jesús, confiaron en su palabra y se dirigieron hacia los sacerdotes. Ese acto de fe los curó: “Y, mientras iban de camino, quedaron limpios”.

Esta parte del relato sirve de preámbulo a la parte verdaderamente importante del pasaje. Al percatarse de que habían sido sanados, solo uno, un samaritano, un “no creyente”, uno que no pertenecía al “pueblo elegido”, alabó a Dios, regresó corriendo donde Jesús, se echó por tierra a sus pies, y le dio las gracias. Solo uno, un “proscrito”. De ahí que Jesús le pregunte: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Tal vez el samaritano fue el único que experimentó la curación considerándola como un don, mientras los otros nueve la consideraron un “derecho” por pertenecer al pueblo elegido. Más aún, contrario a los demás, que fueron directamente a cumplir con la prescripción legal de comparecer al sacerdote para que les declarara puros, este antepuso la alabanza y el agradecimiento al que le había curado, por encima del cumplimiento de la letra de la ley. Esa fe del samaritano es la que hace que Jesús le diga como frase conclusiva del pasaje: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. Los otros nueve quedaron curados de su enfermedad física. El samaritano, con su fe, y su reconocimiento de la misericordia divina, encontró la salvación.

Tenemos que preguntarnos, ¿alabo al Padre y me postro a los pies de Jesús, dándole gracias por los dones recibidos de su bondad y misericordia? ¿O me creo que por el hecho de “portarme bien”, asistir a misa y acercarme a los sacramentos me merezco todo lo que me da?

Hoy, demos gracias a Dios por todos los dones recibidos de su misericordia divina, reconociendo que los recibimos por pura gratuidad suya, como una muestra de su amor infinito hacia nosotros.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS 01-11-21

“Entonces oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero»” (Ap 7,4.9-10). Este pasaje, que forma parte de la primera lectura de hoy, es uno de mis favoritos de toda la Sagrada Escritura. Cada vez que lo leo no puedo evitar hacerme una imagen mental de la escena, con efectos audiovisuales y todo. Y como todo cristiano, mi aspiración, como debe ser la de todos, es llegar a formar parte de esa muchedumbre inmensa. Se me eriza la piel de tan solo imaginarlo.

Y esa lectura es muy apropiada para la Solemnidad de todos los Santos que celebramos hoy. Porque si bien la Iglesia nos propone como modelos y canoniza a unos que llamamos “Santos” y “Santas”, son cientos de miles los que componen esa multitud, “imposible de contar” que conforma el grupo de los elegidos, de los que han forjado su santidad a base de oración y amor al prójimo, a base del seguimiento de los pasos de Jesús.

Y de la misma manera en que la patria honra a los héroes anónimos de las grandes guerras con un monumento al “soldado desconocido”, así la Iglesia honra, mediante esta Solemnidad, la memoria de aquellos que vivieron y murieron en olor de santidad, y cuya obra pasó a veces desapercibida para la humanidad, mas no ante los ojos de Dios, quien recibió con agrado la oblación de sus vidas santas.

“Una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42): la santidad personal. La santidad no es algo que está reservado a unas cuantas almas “privilegiadas”. Todos estamos llamados a ser “santos”. Dios no nos quiere buenos, nos quiere santos. Santa Teresita del Niño Jesús decía que “la santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, y confiados -aun con nuestro cuerpo- en su bondad paternal”. Ya desde el Antiguo Testamento, Yahvé Dios dijo a su pueblo: “Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Pablo llama “santos” a todos los cristianos de esas primeras comunidades; así, por ejemplo, le dice a los Corintios “que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro” (1 Cor 1,2).

Hoy mi alma reboza de alegría, porque la Iglesia universal honra la memoria de mi santa madre y mi padre ejemplar, que estoy seguro se encuentran de pie, ante el trono del Cordero, con sus vestiduras blancas y palmas en las manos, alabando y bendiciendo al Señor, intercediendo por mí y mi familia, mientras gritan con fuerte voz: “La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”. ¡Santa Milagros y San Ernesto, rueguen por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 27-10-21


‘Señor, ábrenos’; y él os replicará: ‘No sé quiénes sois’…

En el Evangelio de hoy Lucas nos muestra la imagen de Jesús típica de él: como predicador itinerante, recorriendo ciudades y aldeas enseñando (Lc 13,22-30). En este pasaje encontramos a “uno” de los que le escuchaba preguntarle: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. De nuevo alguien anónimo; tú o yo. La pregunta no es la correcta, pues la preocupación no debe ser “cuántos” se van a salvar, sino cómo, qué hay que hacer para salvarse.

Y en el estilo típico de Jesús, opta por no contestar directamente la pregunta, sino hacerlo a través de una parábola: “Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’; y él os replicará: ‘No sé quiénes sois’. Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados’… Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”.

El que le formula la pregunta, uno de los que le seguía, parece partir de la premisa que él pertenece al número de los “escogidos”. Eso nos pasa a muchos de los que nos sentamos a su mesa (recibimos la Eucaristía) y estamos presentes cuando “enseña en nuestras plazas” (la liturgia de la Palabra); creemos que por eso ya estamos salvados. El problema es que no sabemos cuándo va a llegar el Amo de la casa y cerrar la puerta. En ese momento, ¿estaremos adentro (en gracia), o estaremos afuera (en pecado)?

Está claro que la salvación no va a depender de a qué religión “pertenecemos”, ni a cuántas misas hemos asistido, ni cuántos sacramentos hemos recibido. Muchos de los llamados “pecadores” pueden experimentar una verdadera conversión a última hora y esos estarán “adentro” cuando se cierren las puertas (Cfr. Lc 23,40-43). Y muchos de los que se “sientan a la mesa” a menudo, y van y vienen se quedarán afuera cuando el Amo “cierre las puertas”. Como nos dice el mismo Jesús en el Evangelio según san Mateo: “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!” (Mt 7,21-23).

No se trata de “creer” en Jesús, se trata de “creerle”. Y si le creemos, no nos limitaremos a esa mera profesión de fe; le seguiremos y actuaremos acorde a sus enseñanzas, “haremos la voluntad del Padre celestial”. Se trata de unir la fe a las obras (St 2,14-26). Y el secreto para lograrlo es uno: vivir el Amor de Dios; amarlo y amar a los demás como Él nos ama (Jn 13,34).

Hoy, pidamos al Señor el don de la perseverancia en la fe y las obras.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO DEL T.O. – CICLO B – 10-10-21

“Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

El pasaje evangélico que nos propone la liturgia de hoy (Mc 10,17-30) es el del “joven rico”, llamado así por el evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que también lo consideraba digno de veneración.

La pregunta que le formula el hombre rico a Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?, es decir, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del seguimiento. Si queremos ser santos, como Él es Santo, no puede haber nada más importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero, ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”

De nuevo, no se trata de que el dinero, de por sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás. Hay personas relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una aguja”.

Y aunque el seguimiento de Jesús que nos conduce por el camino de la salvación no está motivado por interés o deseo de recompensa sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda ese “espíritu de sabiduría” de que nos habla la primera lectura (Sb 7,7-11), que nos permita preferir la sabiduría de Dios por encima de “cetros y tronos”; esa sabiduría a cuyo lado el oro “es un poco de arena”; esa sabiduría que es superior a la salud, a la belleza, y que es la única que puede mostrarnos el camino a la vida eterna. “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 23-08-21

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren”.

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 23,13-22) se coloca en el discurso de Jesús contra la hipocresía y vacuidad de los escribas y fariseos que ocupa el capítulo 23 de Mateo. Por el tono de su discurso podemos inferir que Jesús estaba bien molesto, enojado, al proferir su ataque frontal hacia ese grupo, sobre todo porque, como dice al principio de su diatriba, “dicen y no hacen” imponiendo a la gente cargas pesadas que ellos “ni con el dedo quieren moverlas” (3-4). Por eso les habla en un tono tan fuerte, llamándoles hipócritas, necios y ciegos. Jesús critica duramente la falta de autenticidad de estos. Asimismo, a Jesús le resulta hipócrita y hasta ofensiva la forma en que les gusta que se les reconozca y rinda pleitesía.

El pasaje de hoy es el comienzo de las “siete maldiciones” o “ayes” (llamadas así porque cada una está precedida de un “ay”) de Jesús contra los escribas y fariseos, que examinaremos durante los próximos tres días (mañana ampliaremos sobre el origen y significado de los “ayes”). Resulta notable la diferencia entre esta lectura y la primera (1 Tes 1-10), en la que Pablo elogia y da gracias por la fe de los cristianos de Tesalónica, quienes han sabido mantenerse firmes en la “esperanza en Jesucristo”.

Este contraste debe llevarnos a la reflexión y a un autoexamen de conciencia. ¿Cuántas altas y bajas experimentamos en nuestro camino de conversión continua mientras intentamos alcanzar la gloria eterna? ¿Cuántas veces damos gracias a Dios por nuestra fe, por todas las bendiciones que derrama sobre nosotros a diario, y cuántas veces tenemos que bajar nuestra mirada al enfrentarnos a nuestro pecado, a nuestra falta de autenticidad, a nuestro orgullo? Jesús nos está llamando a ser genuinos, transparentes, pero sobre todo humildes: “el Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes” (Salmo).

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren”. Este primer “ay” nos proporciona la clave de por qué Jesús, el manso y humilde corazón, puede tornarse en una “fiera” cuando se enfrenta a los que tergiversan el mensaje al punto de impedir a otros la entrada al Reino de los cielos. Los fariseos escondían su hipocresía en el “cumplimiento” estricto de la Ley, por encima de la justicia y el amor, angustiando a los fieles con “pecados” que son meras interpretaciones legalistas; interpretaciones que llegan a convertirse en “camisas de fuerza” que nos impiden movernos en nuestro camino a la santidad y a la salvación.

Hemos dicho en otras ocasiones que la voluntad de Dios es que todos obtengamos la salvación. Jesús es claro en su mensaje; o estamos con Él, o en contra de Él (Lc 11,23). No hay términos medios. Y mientras de Él dependa, ninguna de sus ovejas se ha de perder (Mt 18,14). Por eso ataca como una leona parida a los que puedan ser piedra de obstáculo para nuestra salvación.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 17-08-21

La lectura evangélica que contemplamos en la liturgia para hoy (Mt 19,23-30), es la continuación de la del joven rico que se nos propusiera ayer. En esta lectura, Jesús dice a sus discípulos: “Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios”. El “ojo de una aguja” a que se refiere Jesús era un pequeño portón que tenían las puertas principales de las ciudades como Jerusalén, por donde entraban los mercaderes después de la hora que se cerraban las mismas. Si el mercader traía camellos, le resultaba bien difícil entrarlos por “el ojo de la aguja”. Para poder lograrlo (no siempre podían), tenían que quitarle la carga y entrarlo arrodillado. ¿Ven el simbolismo?

De nuevo vemos a Jesús poniendo el apego a la riqueza como impedimento para alcanzar el reino de Dios, pero esta vez es, como ocurre a menudo, en un diálogo aparte con sus discípulos, luego del episodio. Los discípulos acaban de escuchar a Jesús pronunciarse en esos términos y están confundidos, pues en la mentalidad judía la riqueza y la prosperidad son sinónimos de bendición de Dios. ¿Cómo es posible que la riqueza, que es bendición de Dios, sea un impedimento para alcanzar el Reino? Pero Jesús se refiere a la conducta descrita en el Deuteronomio (8,11-18) que nos manda estar alertas, no sea que: “cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes, tu corazón se engría y olvides a Yahvé tu Dios que te sacó de Egipto, de la casa de la servidumbre”.

Lo que Jesús nos propone es comprender que para seguirle tenemos que “desposeernos” de todo lo que pueda desviar nuestra atención de Dios como valor absoluto. Tenemos que aprender a depender, no de nuestra propia riqueza ni de aquello que pueda darnos “seguridad” humana, sino de los demás, y ante todo, de Dios, recordando que solo siguiéndole a Él podemos alcanzar la salvación. Por eso cuando los discípulos le preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”, Él les mira y les contesta: “Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo”…. “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”.

Tarea harto difícil, la verdadera “pobreza evangélica”, imposible para nosotros si dependemos de nuestros propios recursos. Solo si nos abandonamos a Dios incondicionalmente podemos lograrlo, porque “Dios lo puede todo” (Cfr. Lc 1,37).

En este pasaje se nos describe, además, la renuncia a las cosas del mundo llevada al extremo, que encontramos en aquellos que abrazan la vida religiosa abandonando “casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras” con tal de seguir a Jesús.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a desprendernos de todo lo que nos impide seguirle plenamente; que podamos hacer de Él, y de su seguimiento, el valor absoluto en nuestras vidas, para así ser acreedores a la vida eterna que Él nos tiene prometida.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DÉCIMA QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 13-07-21

“Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido”.

Estamos acostumbrados a escuchar a Jesús pronunciar palabras de amor, llenas de misericordia; por eso nos estremece y hasta nos confunde escucharle pronunciar palabras fuertes de reproche y condenación, como las que encontramos en el evangelio de hoy (Mt 11,20-24). Jesús acaba de impartir las instrucciones a sus apóstoles antes de enviarlos en misión. Y hacia el final de esas instrucciones ya les había dicho que, si en algún lugar no los recibían bien, que se sacudieran el polvo de los pies y continuaran su camino a otro lugar en el cual estuvieran dispuestos a escucharlos.

No hay duda, la Palabra de Jesús a veces nos resulta amenazadora, precisamente por las exigencias de vida que contiene, por lo que yo llamo la “letra chica”. No se trata de un juego, es algo bien serio. Si algo está en “juego” es nuestra salvación, la Vida eterna. Tenemos dos opciones: o aceptamos a Jesús (con todo lo que implica), o lo rechazamos. No hay términos medios. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,15).

El seguimiento de Jesús no es fácil; su lenguaje es duro, sin “adornos”, por eso muchos de sus discípulos al oírle optaron por abandonarlo (Cfr. Jn 6,60.66), ante lo cual Jesús se dirigió a los Doce diciendo: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67).

Los habitantes de las ciudades que Él menciona en la lectura de hoy, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, donde Él realizó la mayoría de los milagros, donde predicó en las sinagogas y en las ciudades, donde pronunció el discurso de las Bienaventuranzas, no le hicieron caso (Cfr. Jn 1,11). Por eso las compara con ciudades paganas de Tiro, Sidón y Gomorra, y les anuncia que correrán una suerte peor que aquellas.

Jesús se muestra especialmente fuerte con Cafarnaún, la ciudad donde llevó cabo la parte más significativa de su ministerio, y que sirvió como “centro de operaciones” de su misión evangelizadora: “Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”.

Esa misma Palabra nos pregunta hoy, a cada uno de nosotros: “Y tú, ¿piensas escalar el cielo?”

¿Cuál es tu respuesta?

Está claro, para ser ciudadanos del Reino, y acreedores a la Vida eterna tenemos que imitar a Jesús, que no es otra cosa que vivir la Ley del Amor, que Él mismo resume en dos mandamientos: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37.39). Y el cumplimiento del primero se logra en el cumplimiento del segundo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Cfr. Mt 25, 31-46).

Se lee fácil, pero, Señor, ¡qué difícil se nos hace seguirte!