REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 21-02-20

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?”. Con esa sentencia comienza la lectura evangélica que nos regala la liturgia para hoy (Mc 8,34–9,1).

Jesús no se cansa de repetirlo. Él nos ofrece la vida eterna, la felicidad eterna en presencia del Dios uno y trino, arropados de ese Amor infinito que solo Él puede prodigarnos, sin interrupciones, sin distracciones. Disfrutar de la “visión beatífica” de que nos habla santo Tomás de Aquino. ¿A quién le amarga un dulce?, dice el refrán. Pero ese dulce viene acompañado de lo que yo llamo la “letra chica”, que dice: “Carga con tu cruz y sígueme”. Uf, ¡qué difícil! Ahí es donde muchos se desaniman. Entonces resuenan las palabras de Jesús a los Doce cuando muchos de muchos discípulos comenzaron a abandonarlo porque encontraban “muy duro” su mensaje: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67).

En una ocasión escuché una homilía en la que el predicador comparaba la cruz que Cristo nos invita a cargar para nuestra salvación con el efecto secundario de un medicamento capaz de curarnos de una enfermedad. Se me ocurre tomar como ejemplo la quimioterapia, que es capaz de curar un cáncer o, al menos, prolongar considerablemente la vida del paciente, pero cuyos efectos secundarios son incómodos, desagradables, y hasta dolorosos. Así, podríamos decir que la cruz es el “efecto secundario” del seguimiento de Jesús.

Si somos capaces de soportar los efectos secundarios desagradables de un tratamiento médico para prolongar la vida terrenal, que de todos modos es temporal y va a terminar como quiera, ¿por qué se nos hace tan difícil aceptar la cruz que Cristo nos invita a cargar para alcanzar la vida eterna?

Lo mismo ocurre con los atletas, quienes sufren privaciones, se someten a estrictas disciplinas, y llevan su cuerpo a límites cada vez más extremos, a costa de dolor físico y agotamiento mental, con la esperanza (nunca la certeza) de ganar una carrera, o un partido, o cualquier otro evento deportivo. “Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio, por una incorruptible” (1 Co 9,25). ¿Cuánto más estaremos dispuestos a soportar con tal que alcanzar la “corona de gloria que no se marchita” que Cristo nos tiene prometida? Cfr. 1 Pe 5,4.

El Señor tiene una cruz para cada uno de nosotros. Cuando enfrentado con tu cruz el Señor te pregunte si tú también quieres marcharte, ¿qué le vas a contestar? Recordemos la contestación de Simón Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

Recuerda, el Señor te invita a seguirle. El precio es alto, pero la recompensa es eterna.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 14-02-20

Luego invoca al Padre (“mirando al cielo”) y dice: “Effetá, que quiere decir ‘Ábrete’”

El relato evangélico que contemplamos en la liturgia para hoy (Mc 7,31-37) nos presenta el episodio de la curación del sordomudo. Estando en territorio pagano, de regreso a Galilea (en las fronteras del Líbano), le traen “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos”. Jesús, apartándolo a un lado, le introduce los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva. Luego invoca al Padre (“mirando al cielo”) y dice: “Effetá, que quiere decir ‘Ábrete’” (recordemos que Marcos escribe su relato evangélico para los paganos de la región itálica; por eso pasa el trabajo de traducir los arameismos). Nos dice la escritura que “al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.

Vemos en este episodio el cumplimiento de la profecía de Isaías, cuando anunciaba al pueblo exiliado en Babilonia que sería revestido con “el esplendor del Líbano”, y que los oídos de los sordos se abrirían,… y la lengua de los mudos gritaría de alegría (Is 35,2.5-6). Este milagro es un signo inequívoco de que la salvación ha llegado en la persona de Jesús. Los presentes parecen reconocerlo cuando “en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. El hecho de que el milagro se realice en territorio pagano (al igual que el exorcismo que se nos presentaba en el pasaje que leíamos ayer) apunta, además, a la universalidad de esa salvación.

Al milagro le sigue la petición de Jesús de guardar silencio sobre el mismo (el llamado “secreto mesiánico”, típico del evangelio según san Marcos), y la proclamación del mismo por todos los presentes. Esta es la reacción típica de todo el que ha tenido la experiencia de Jesús; no puede evitarlo, tiene que compartirla con todos.

En el rito del bautismo hay un momento que se llama precisamente Effetá, en el cual el ministro traza la señal de la cruz sobre los oídos y boca del bautizando mientras pronuncia la misma palabra aramea que le dijo Jesús al “sordomudo” del Evangelio de hoy. Esto, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de Dios y sus labios se abran para proclamarla.

Antes a estas personas se les llamaba “sordomudos”, pero ahora se les llama “sordos”, pues se reconoce que su condición es un problema de audición. No hablan porque no pueden escuchar; viven aislados en un mundo de silencio. Así mismo nos pasa a nosotros cuando nos cerramos a la Palabra de Dios. Pero si nos tornamos hacia Él y permitimos que su Palabra sanadora penetre en nuestras almas, aún dentro de la sordera espiritual que hemos vivido, podremos escuchar ese Effetá potente y sonoro que nos librará de las cadenas del silencio espiritual. Y esa Palabra sanadora hará brotar agua en el desierto de nuestras vidas, haciendo que esa agua brote de nosotros como un torrente (Is 35,7), “salpicando” a todo el que se cruce en nuestro camino.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 13-02-20

“Tienes razón, Señor: pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

La lectura evangélica de hoy (Mc 7,24-30) nos presenta a Jesús en territorio pagano, en la región de Tiro, en Fenicia. Había marchado allí huyendo del bullicio y el gentío que le seguía a todas partes. Tenía la esperanza de pasar desapercibido, pero no lo logró. Jesús nunca busca protagonismo ni reconocimiento. Por el contrario, se limita a curar y echar demonios, pidiéndole a los que cura que no se lo digan a nadie (el famoso “secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos). Así es la obra de Dios; así debe ser la de todo discípulo de Jesús; sin hacer ruido. Cada vez que veo a uno de esos llamados “evangelistas”, o autodenominados “apóstoles” que hacen de su misión un verdadero espectáculo digno de Broadway o Hollywood, me pregunto qué dirá Jesús cuando los ve…

A pesar de mantener un perfil bajo, una mujer sirofenicia que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró, y enseguida fue a buscarlo y se le echó a los pies, rogándole que echase el demonio de su hija. La reacción de Jesús puede dejarnos desconcertados si no la leemos en el contexto y cultura de la época: “Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos”. La mujer no se dejó disuadir por el aparente desplante de Jesús: “Tienes razón, Señor: pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”. Como sucede en otras ocasiones, Jesús se conmueve ante aquél despliegue de fe (¿qué madre no pone en los pies de Jesús los problemas y enfermedades de sus hijos?): “Anda vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija”.

Aquella mujer pagana creyó en Jesús y en su Palabra, y creyó que Jesús podía curar a su hija. Por eso no se rindió y continuó insistiendo (Cfr. Lc 11,13; 18,1-8). De ese modo “disparó” Su poder sanador. “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

Otro detalle de este pasaje es que, con sus palabras y su gesto, Jesús abrió las puertas a los paganos, apartándose así del pensamiento judío de exclusividad como “pueblo elegido”. La figura del “alimento de los hijos” se refiere al mensaje de salvación que había sido dado primero al pueblo de Israel. Las migajas que los niños tiran a los “perros” se refieren a la Buena Noticia de salvación que se comparte con los pueblos “paganos”.

Pablo, el apóstol de los gentiles, lo expresó con elocuencia: “Toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada, pues uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los que le invocan” (Rm 10,12). “Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios. Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno” (Gál. 26,28).

Una Iglesia universal (católica), abierta a todo el que crea en Jesús y su mensaje salvífico.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 23-01-20

“Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío”. 

“En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él” (Mc 3,6). Así terminaba el pasaje del relato evangélico de Marcos que leíamos ayer. Jesús se había convertido en una piedrita dentro del zapato para los escribas, fariseos, saduceos y sumos sacerdotes que ostentaban el poder ideológico-religioso en tiempos de Jesús. Había que eliminarlo.

En contraste marcado con esa actitud de los poderosos, en el relato de hoy (Mc 3,7-12) vemos cómo la fama de Jesús se ha extendido, no solo a través de toda la Palestina, sino a tierras paganas, como Transjordania, Tiro y Sidón. Vemos en estos relatos cómo Marcos nos presenta a Jesús como el gran hacedor de milagros, o “taumaturgo”; Él solo puede hacer lo que en la mitología requiere de muchos. Por eso no encontramos a Jesús hablando. La gente no viene a escuchar lo que dice, viene a “ver” los prodigios que hace. “Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente…” Las cosas que Jesús hacía se hacían oír. Por eso la gente se apretujaba en torno a Él hasta el punto poner en peligro su seguridad personal. “Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo”. Por eso pidió a sus discípulos que le tuvieran preparada una lancha para treparse en ella como tantas veces tuvo que hacer.

“Hacer es la mejor manera de decir”, dijo José Martí. Nosotros los cristianos deberíamos aprender de ese ejemplo. Hemos escuchado la frase: “¿Eres cristiano? ¡Que se te note!” Porque la fe es algo que se ve, se nota, hace ruido. Recordemos el pasaje que leíamos recientemente sobre los amigos que llevan al paralítico para que Jesús lo curara, y como no pudieron llegar ante Él por el gentío, lo treparon al techo de la casa en que Jesús estaba, abrieron un boquete y lo descolgaron delante de Jesús. Nos dice el evangelio que Jesús “viendo” la fe que tenían sus amigos, primero le perdonó los pecados y luego curó su cuerpo (Mc 2,1-12). “Viendo” la fe que tenían…”

Jesús nos ha dicho que si tuviéramos fe del tamaño de un granito de mostaza le diríamos a una montaña “quítate de ahí y ponte más allá” y la montaña obedecería. No tenemos que llegar al extremo de mover montañas, pero si actuamos acorde a lo que creemos, nuestra fe se verá; y tal vez no moveremos montañas, pero sí podremos mover corazones.

Continúa diciéndonos el pasaje que hasta los “espíritus inmundos” de los poseídos se postraban ante y Él y le gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios” (recordemos que el objetivo principal de Marcos al escribir su relato evangélico es demostrar que Jesús es el Hijo de Dios). Jesús le pide que no se lo digan a nadie, como lo hace con aquellos a quienes cura. El famoso “secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos. Jesús no quiere que lo descubran, no quiere que su fama vaya a nublar su verdadero propósito. Tiene que borrar la imagen del Dios triunfalista que el pueblo esperaba. Él es el cordero que vino a ser inmolado por nuestra salvación.

En este día digámosle: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”, para que otros, “viendo” nuestra fe, crean también.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN ESTEBAN PROTOMÁRTIR 26-12-19

“Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Ayer celebrábamos la Natividad del Señor, todo era fiesta, júbilo, villancicos, dulzura. Hoy, de repente, sin aviso, nos enfrentamos al martirio de Esteban, el primero que ofrecerá su vida por el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Esto nos sirve para devolvernos a la realidad y recordar, dentro de todo este ambiente idílico de la Navidad, que ese niño que ayer nacía en Belén, por mantenerse fiel a su misión, ofrendará su vida en la cruz por nuestra salvación. La fiesta de san Esteban protomártir es la primera de tres fiestas de santos que celebramos durante la Octava de Navidad: san Esteban, san Juan y los santos Inocentes.

Todo el ambiente que rodea el nacimiento de Jesús tiene un denominador común: la pobreza. Dios escogió nacer en un rústico pesebre. Es como si fuera un anticipo de la cruz que asumiría por nosotros y por nuestra salvación. Así como nació pobre, terminaría su vida mortal como el más pobre de los pobres, teniendo como única posesión material sus vestiduras y su manto (Jn 19, 23-24).

La primera lectura nos narra el martirio de san Esteban, diácono (Hc 6,8-10;7, 54-60). Esteban es el primer mártir de Jesús (la palabra mártir significa “testigo”), el primero en seguir al Maestro, el primero en “llevar su cruz”, en sufrir la muerte a manos de los mismos que perseguían a Jesús.

La lectura evangélica (Mt 10,17-22) nos muestra cómo Jesús le había adelantado a sus discípulos las persecuciones y pruebas que habrían se sufrir por seguirle: “os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles… Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán. Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará”. Esteban perseveró hasta el final, dando la mayor prueba de amor (Jn 15,13), y encontró la salvación.

Son muchos los que, después de Esteban, han sufrido el martirio a lo largo de la historia del cristianismo, algunos intensos, rápidos y hasta la muerte, como el suyo; otros lentos y prolongados, que pasan desapercibidos, como el nuestro, con muchos “testimonios” pequeños en nuestro quehacer cotidiano. Hoy debemos preguntarnos: ¿Estamos dispuestos a perseverar hasta el final? ¿Estamos dispuestos a perdonar a nuestros perseguidores como lo hizo Jesús, como lo hizo Esteban?

“Señor Dios nuestro: Honramos hoy la memoria de San Esteban, el primer mártir de tu joven Iglesia. Danos la gracia de ser buenos testigos, como él, llenos de fe y del Espíritu Santo, hombres y mujeres que estemos llenos de fortaleza, ya que nos esforzamos por vivir la vida de Jesús. Danos una gran confianza para vivir y morir en tus manos. Y que, como Esteban,  sepamos rogar por los que nos hieren u ofenden para que tú nos perdones a todos, tanto a ellos como a nosotros. Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 04-12-19

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida.

La primera lectura de la liturgia para hoy (Is 25,6-10a) continúa presentándonos al futuro Mesías y nos habla de un banquete al que todos serán invitados: “En aquél día preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados”. El mismo Jesús utilizaría en muchas ocasiones esta figura del banquete para referirse al Reino.

El profeta añade que en ese tiempo el Señor “aniquilará la muerte para siempre” y “enjugará las lágrimas de todos los rostros”. Entonces todo será alegría, pues habrá llegado aquél de quien esperábamos la salvación, y solo habrá motivo para celebrar y gozar esa salvación. De nuevo, esta lectura nos crea gran expectativa ante la inminente llegada de los nuevos tiempos que el Mesías vendrá a inaugurar con su presencia entre nosotros. Tiempos de gozo y abundancia.

Del mismo modo, la lectura evangélica (Mt 15,29-37) nos muestra cómo en la persona de Jesús se cumple esa profecía. A Él acuden todos los que sufren alguna dolencia: tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; y “los echaban a sus pies, y él los curaba”. La lectura nos dice que la gente se admiraba. Pero no tanto por las curaciones milagrosas, sino porque esos portentos eran el signo más patente de la llegada del Mesías. Así, la llegada del Mesías en se convierte en una fiesta para todos los que sufren (Cfr. Mt 11.28), quienes ven retroceder el mal, el sufrimiento y las lágrimas, para dar paso a la felicidad. Cuando Dios pasa, derrama sobre todos su Santo Espíritu que se manifiesta como una estela de alegría que deja tras de si.

¡El Mesías ha llegado! Y con Él la plenitud de los tiempos. No hay duda. Con Él ha llegado también la abundancia. “Siete panes y unos pocos peces” parecerán poco para alimentar una muchedumbre, que en la versión de Marcos se nos dice eran “unas cuatro mil personas” (Mc 8,9). Pero en manos del Mesías, ese “poco” se convierte en “todo” lo necesario para saciar el hambre de aquella multitud.

No obstante, si miramos a nuestro alrededor, nos percatamos que aún quedan por cumplirse muchas de las profecías del Antiguo Testamento, especialmente aquellas que tienen que ver con la paz y la justicia. El Reino está aquí, pero todavía está “en construcción”. Hace unos días hablábamos del sentido escatológico del Adviento, de esa espera de la segunda venida de Jesús que va a marcar la culminación de los tiempos, cuando se establecerá definitivamente el Reinado de Dios por toda la eternidad. En ese sentido, el Adviento adquiere también para nosotros un significado parecido al que le daban los primeros cristianos.

Hoy vemos cuántos hermanos padecen de hambre, como aquella muchedumbre que seguía a Jesús. Y la solución del hambre se encontró en el reparto fraterno, en el amor que nos lleva a estar atentos a las necesidades de los demás. En ninguno de los evangelios se menciona quién tenía los panes y los peces que fueron entregados a Jesús. Alguien anónimo, que con su generosidad propició el milagro.

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 02-12-19

Comenzamos la primera semana de Adviento con una lectura de esperanza tomada del libro del profeta Isaías (2,1-5); la misma que leyéramos ayer en el primer domingo de Adviento. Aunque para este “Ciclo A” se nos sugiere una lectura alternativa opcional, nuestra Provincia eclesiástica propone la misma lectura de ayer. Esta lectura nos refiere a ese momento en que todos los pueblos, judíos y gentiles, pondrán su mirada en Jerusalén, en el monte Sión, que brillará como un faro en medio de la oscuridad y los atraerá hacia ella, “porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor”. Y entonces reinará la paz: “De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra”.

Y como todas las lecturas escatológicas, nos remite al final de los tiempos y nos brinda un mensaje de esperanza. ¿Qué final de los tiempos? ¿El “fin del mundo”, o el fin de la “antigua alianza”? Como siempre, hay una “zona gris” en la cual ambos “finales” se confunden. Lo importante es que, como quiera que lo consideremos, el mensaje es uno de esperanza, de salvación, para aquellos que fijen su mirada en el Señor.

El Evangelio (Mt 8,5-11), por su parte, forma parte de ese grupo de Evangelios, sacados de varios evangelistas, que han sido escogidos para este tiempo porque nos pintan un cuadro de esa “espera” en la que todos estamos inmersos, y que se percibe más marcada en este tiempo del Adviento.

El pasaje que recoge el relato evangélico de hoy es el de la curación del criado del centurión. Cabe resaltar que no fue Jesús quien le llamó; fue él quien se le acercó tan pronto Jesús entró en Cafarnaún, en donde Jesús vivió durante su vida pública. Resulta obvio que este hombre, un pagano, oficial del ejército opresor, odiado por todos, se encontraba en espera de Jesús. Tenía la certeza de que Jesús habría de venir y podía curar a su criado. Más aún, tenía la certeza de que Jesús poseía el poder de curarlo sin tener que estar a su lado, sin tener que verlo. Por eso le esperaba, y lo hacía con esa “anticipación” del que espera algo maravilloso, lo que lleva a Jesús a decirle: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”.

El Adviento es un tiempo especial de gracia para todos. Ya se respira en el ambiente ese “algo” que no podemos describir y que llamamos con varios nombres, y que no es otra cosa que un anuncio de esperanza, confianza y fe en Dios; ese Dios que viene para todos, los de “cerca” y los de “lejos”, los pobres y los ricos, los tristes y los alegres, para traernos su regalo de salvación. Y la espera, la anticipación de ese evento nos causa excitación, nos llena de gozo.

En estos tiempos tan difíciles que estamos viviendo hay mucha gente desorientada, deprimida, ansiosa, desesperanzada. Personas que no han tenido la oportunidad de encontrarse con Jesús, pero que tienen buenos sentimientos, como el centurión. Tan solo hay que esperar; esperar con fe.

En este tiempo de Adviento, roguemos al Señor que nos conceda el espíritu de espera y la fe del centurión, para reconocerle y recibirle en nuestros corazones. Pidamos también ese don de manera especial para aquellos que se encuentran alejados, de manera que cuando se cante nuevamente el Gloria en la Misa de Gallo, todos podamos decir al unísono: “¡Es Navidad!”

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 25-11-19

“Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Estamos en la última semana del año litúrgico, y durante la misma san Lucas nos narrará episodios de los últimos días de la vida terrena de Jesús, justo antes de su Pasión. El pasaje de hoy (Lc 21,1-4) se desarrolla a la entrada del Templo, ante el vestíbulo, donde estaban colocadas trece grandes arcas que conformaban la “tesorería” del Templo. Allí depositaban las ofrendas los fieles, y comunicaban sus “intenciones” al encargado de contabilizar el valor de cada ofrenda.

La lectura nos dice que Jesús alzó los ojos; está observando, estudiando los gestos, “viendo” con los ojos de Dios dentro de los corazones de todos los que desfilan frente al arca de las ofendas. Allí “vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: ‘Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’”. El original nos dice que lo que la viuda ofrendó fue dos lepta, la moneda de menor valor que existía entonces. Y Jesús, que es Dios, sabe que era todo lo que esa pobre mujer tenía. Confianza en la Providencia Divina.

Vemos una marcada diferencia en el significado de cada ofrenda. La viuda le entrega a Dios su pobreza, le ha dado lo único que posee. Los ricos, por el contrario, le entregan su poder y privilegios, le han dado lo que les sobra.

Siempre que leemos este pasaje hablamos de la importancia de ser generosos al momento de ofrendar, o de practicar la caridad; de dar de lo que tenemos, no de lo que nos sobra. Pensemos por un momento a la inversa. ¿Podríamos aplicar la enseñanza de este pasaje a Dios? Si Dios nos hubiese dado solo de lo que le sobra, ¿nos habría dado a su único Hijo para salvarnos? En el pasaje que leemos hoy Jesús sabe que le quedan apenas unos días de vida. Sabe que su Padre, que es Dios, lo va a ofrendar a Él, que también es Dios; es decir, que Dios se va a ofrendar a sí mismo, dando no solo lo que tiene, sino lo que es.

Tal vez por eso Jesús presta tanta importancia al gesto de aquella viuda que entregó su posibilidad de sobrevivir, confiando, como lo hizo la viuda de Sarepta, en la palabra del Señor cuando dijo que “el tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará” (1 Re 17,7-16).

Ese Jesús que nació pobre, teniendo por cuna un pesebre (Lc 2,7), vivió como pobre, no teniendo donde recostar la cabeza (Mt 18,20), e iba morir, también pobre, teniendo como fortuna su ropa (Jn 19,24), estaba a punto de ofrendar, al igual que la viuda, todo lo que tenía: su vida misma, su persona.

Ayer celebrábamos la Solemnidad de Cristo Rey, y decíamos que el poder del Reino de Dios está en el Amor, no en la riqueza ni el poder terrenal. Dios no es un Rey que vino de paseo a la tierra para mostrar su poder. Por el contrario, vino para hacerse pobre y esclavo de todos, y así mostrar su grandeza; para con su gesto comprar para nosotros la libertad que no puede restringirse con cadenas: la libertad de sabernos amados por un Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación.

Que pasen una hermosa semana.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 13-11-19

“Levántate, vete; tu fe te ha salvado”.

El Evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 17,11-19) es el relato de la curación de los diez leprosos. Esta narración, exclusiva de Lucas, nos dice que mientras Jesús se dirigía a Jerusalén “vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’.” Continúa diciendo la narración que Jesús se limitó a decirles: “ld a presentaros a los sacerdotes”. Y mientras iban de camino, quedaron limpios.

En tiempos de Jesús los leprosos eran separados de la sociedad (Cfr. Lv 13), no podían acercarse a las personas sanas, quienes tampoco podían acercarse a ellos para no quedar “impuros”. De hecho, mientras se desplazaban de un lugar a otro tenían que ir tocando una campanilla, mientras gritaban “¡impuro, impuro!”, para que nadie se les acercara. Si alguno de ellos se sanaba, solo los sacerdotes podían declararlos curados, “puros”. Entonces podían reintegrarse a la sociedad. Por eso todo el diálogo entre Jesús y los leprosos tiene lugar con estos “a lo lejos”.

Notamos que en este relato Jesús ni tan siquiera les dijo que quedaban curados, se limitó a decirles que fueran ante los sacerdotes para que estos certificaran su curación y les devolvieran su dignidad. Los leprosos no cuestionaron las instrucciones de Jesús, confiaron en su palabra y se dirigieron hacia los sacerdotes. Ese acto de fe los curó: “Y, mientras iban de camino, quedaron limpios”.

Esta parte del relato sirve de preámbulo a la parte verdaderamente importante del pasaje. Al percatarse de que habían sido sanados, solo uno, un samaritano, un “no creyente”, uno que no pertenecía al “pueblo elegido”, alabó a Dios, regresó corriendo donde Jesús, se echó por tierra a sus pies, y le dio las gracias. Solo uno, un “proscrito”. De ahí que Jesús le pregunte: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Tal vez el samaritano fue el único que experimentó la curación considerándola como un don, mientras los otros nueve la consideraron un “derecho” por pertenecer al pueblo elegido. Más aún, contrario a los demás, que fueron directamente a cumplir con la prescripción legal de comparecer al sacerdote para que les declarara puros, este antepuso la alabanza y el agradecimiento al que le había curado, por encima del cumplimiento de la letra de la ley. Esa fe del samaritano es la que hace que Jesús le diga como frase conclusiva del pasaje: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. Los otros nueve quedaron curados de su enfermedad física. El samaritano, con su fe, y su reconocimiento de la misericordia divina, encontró la salvación.

Tenemos que preguntarnos, ¿alabo al Padre y me postro a los pies de Jesús, dándole gracias por los dones recibidos de su bondad y misericordia? ¿O me creo que por el hecho de “portarme bien”, asistir a misa y acercarme a los sacramentos me merezco todo lo que me da?

Hoy, demos gracias a Dios por todos los dones recibidos de su misericordia divina, reconociendo que los recibimos por pura gratuidad suya, como una muestra de su amor infinito hacia nosotros.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS 01-11-19

“Entonces oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero»” (Ap 7,4.9-10). Este pasaje, que forma parte de la primera lectura de hoy, es uno de mis favoritos de toda la Sagrada Escritura. Cada vez que lo leo no puedo evitar hacerme una imagen mental de la escena, con efectos audiovisuales y todo. Y como todo cristiano, mi aspiración, como debe ser la de todos, es llegar a formar parte de esa muchedumbre inmensa. Se me eriza la piel de tan solo imaginarlo.

Y esa lectura es muy apropiada para la Solemnidad de todos los Santos que celebramos hoy. Porque si bien la Iglesia nos propone como modelos y canoniza a unos que llamamos “Santos” y “Santas”, son cientos de miles los que componen esa multitud, “imposible de contar” que conforma el grupo de los elegidos, de los que han forjado su santidad a base de oración y amor al prójimo, a base del seguimiento de los pasos de Jesús.

Y de la misma manera en que la patria honra a los héroes anónimos de las grandes guerras con un monumento al “soldado desconocido”, así la Iglesia honra, mediante esta Solemnidad, la memoria de aquellos que vivieron y murieron en olor de santidad, y cuya obra pasó a veces desapercibida para la humanidad, mas no ante los ojos de Dios, quien recibió con agrado la oblación de sus vidas santas.

“Una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42): la santidad personal. La santidad no es algo que está reservado a unas cuantas almas “privilegiadas”. Todos estamos llamados a ser “santos”. Dios no nos quiere buenos, nos quiere santos. Santa Teresita del Niño Jesús decía que “la santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, y confiados -aun con nuestro cuerpo- en su bondad paternal”. Ya desde el Antiguo Testamento, Yahvé Dios dijo a su pueblo: “Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Pablo llama “santos” a todos los cristianos de esas primeras comunidades; así, por ejemplo, le dice a los Corintios “que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro” (1 Cor 1,2).

Hoy mi alma reboza de alegría, porque la Iglesia universal honra la memoria de mi santa madre y mi padre ejemplar, que estoy seguro se encuentran de pie, ante el trono del Cordero, con sus vestiduras blancas y palmas en las manos, alabando y bendiciendo al Señor, intercediendo por mí y mi familia, mientras gritan con fuerte voz: “La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”. ¡Santa Milagros y San Ernesto, rueguen por nosotros!