REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 20-08-22

Les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas…

El relato evangélico correspondiente a la liturgia de hoy es el preámbulo de las “siete maldiciones” que Jesús lanza contra los escribas y fariseos, recogidas en el capítulo 23 de Mateo. El pasaje nos muestra a Jesús hablando a un público numeroso (“habló a la gente y a sus discípulos”) denunciando los excesos de estos personajes que habían usurpado la “cátedra de Moisés”, que por derecho le correspondía a los sacerdotes, quienes eran los llamados por la ley de Moisés a interpretar las escrituras.

Dos cosas critica Jesús a los escribas y fariseos. En primer lugar, que habían interpretado la ley de Moisés de tal manera que habían establecido una serie de preceptos que habían convertido los diez mandamientos originales en 613 preceptos (la llamada Mitzvá), que constituían una verdadera camisa de fuerza para el pueblo, “fardos pesados e insoportables [que le] cargan a la gente en los hombros, pero [que] ellos (los escribas y fariseos) no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Una carga creada por mentes humanas, no por Dios; carga que contrasta grandemente con el “yugo suave y la carga ligera” (Mt 11,30) propuesta por Jesús.

En segundo lugar, Jesús critica el protagonismo y elitismo, y el deseo de reconocimiento que habían desarrollado los escribas y fariseos, quienes pretendían ocupar siempre los primeros puestos en todo, y exigían que se les rindiera pleitesía (¡cuántos de esos vemos a diario!). Por eso Jesús advierte a los que le escuchan que hagan y cumplan lo que les digan los escribas y fariseos, pero que no hagan lo que ellos hacen, “porque ellos no hacen lo que dicen”. Esa actitud es la que llevará a Jesús a referirse a ellos más adelante como “sepulcros blanqueados” (Mt 23,27); actitud que contrasta con el mensaje de humildad, sencillez y pobreza apostólica recogido en las Bienaventuranzas (Mt 5), y con su aseveración de que “si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos”, porque “el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir” (Mt 20,27-28).

El mensaje de Jesús es claro, pero sobre todo consistente. Y lo que le da sentido, el “pegamento” que le da esa consistencia, es el Amor. El Amor abundante e incondicional que Él nos profesa, y que nosotros venimos llamados a “derramar” con la misma abundancia sobre nuestro prójimo, sobre nuestros hermanos; el mismo Amor que llevó a Jesús a lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,12-15).

Cuando nos decidamos servir al Señor, asegurémonos de ser humildes y misericordiosos con todo el que se nos acerque, y pidámosle al Señor nos libre de caer en la tentación del orgullo o la ostentación que nos impida ser verdaderos servidores de nuestro prójimo como lo hizo el Maestro. “El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Más claro no puede ser el mensaje.

En este fin de semana que comienza, recordemos que el Padre nos espera con la mesa dispuesta para que nos sentemos junto a Él a disfrutar del banquete de la Palabra y la Eucaristía. ¡Anda, anímate!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 19-08-22

Un fariseo se acercó a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 22,34-40) nos dice que un fariseo se acercó a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Los fariseos y los escribas tenían prácticamente una obsesión con el tema de los mandamientos y los pecados. La Mitzvá contiene 613 preceptos (248 mandatos y 365 prohibiciones), y los escribas y fariseos gustaban de discutir sobre ellos, enfrascándose en polémicas sobre cuales eran más importantes que otros.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: “‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’. (Dt 6,4-5). Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Lv 19,18). Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.

Si leemos el libro del Deuteronomio, este mandamiento está precedido por “Escucha, Israel” (el famoso Shemá)… Tenemos que ponernos a la escucha de esa Palabra que es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos (Hb 4,12-13), que nos interpela. Una Palabra ante la cual no podemos permanecer indiferentes. La aceptamos o la rechazamos. No se trata pues, de una escucha pasiva; Dios espera una respuesta de nuestra parte. Cuando la aceptamos no tenemos otra alternativa que ponerla en práctica, como los Israelitas cuando le dijeron a Moisés: “acércate y escucha lo que dice el Señor, nuestro Dios, y luego repítenos todo lo que él te diga. Nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica”. O como le dijo Jesús a los que le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8,21). Hay que actuar conforme a esa Palabra. No se trata tan solo de “creer” en Dios, tenemos que “creerle” a Dios y actuar de conformidad. El principio de la fe. Ya en otras ocasiones hemos dicho que la fe es algo que se ve.

¿Y qué nos dice el texto de la Ley citado por Jesús? “Amarás al Señor tu Dios”. ¿Y cómo ha de ser ese amar? “Con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Que no quede duda. Jesús quiere abarcar todas las maneras posibles, todas las facultades de amar. Amor absoluto, sin dobleces, incondicional (a Jesús no le gustan los términos medios). Corresponder al Amor que Dios nos profesa. Pero no se detiene ahí. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Consecuencia inevitable de abrirnos al Amor de Dios. Cuando nos abrimos al amor de Dios no tenemos otra alternativa que amar de igual manera.

La fórmula que nos propone Jesús es sencilla. Dos mandamientos cortos. Cumpliéndolos cumples todos los demás. La dificultad está en la práctica. Se trata de escuchar la Palabra y “ponerla en práctica”. Nadie dijo que era fácil (Dios los sabe), pero si queremos estar cada vez más cerca del Reino tenemos que seguir intentándolo.

Que no se diga que no intentamos…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (2) – MEMORIA OBLIGATORIA DE SANTA CLARA DE ASÍS 11-08-22

“Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Cuando repetimos esa frase al rezar el Padrenuestro, la oración que el mismo Cristo nos enseñó, ¿tenemos conciencia de lo que estamos diciendo? Con esta frase podríamos resumir el evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Mt 18,21-19,1).

Se trata del episodio en que Pedro, como portavoz del grupo (ya para entonces Jesús lo había instituido “piedra” de la Iglesia – Mt 16,18) le pregunta a Jesús que cuántas veces tenía que perdonar a un hermano que le hubiese ofendido. Y creyendo expresar lo máximo posible le pregunta que si hasta siete veces (recordemos que el siete es el número que representa la perfección). Pero Jesús lo lleva al infinito, a decirle que debe perdonar no hasta siete, sino hasta setenta veces siete.

Y para que comprendieran mejor, Jesús aprovecha la oportunidad y les presenta la “parábola del siervo sin entrañas”, a quien el rey le había perdonado una deuda cuantiosa, y al salir se encontró con un amigo que le debía una suma insignificante de dinero. Haciendo ademán de ahorcarle, le reclamó el pago de la deuda; y como el amigo no pudo pagarle, lo metió en la cárcel. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, mandó llamar al siervo y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo mandó a meter preso hasta que pagara la deuda. A lo que Jesús añadió: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

“Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”… Habiendo meditado este evangelio, tenemos que preguntarnos: ¿cuántas veces ofendemos a Dios? ¿Cuántas veces Él nos perdona? Al mismo tiempo pensemos cuán difícil se nos hace perdonar, a veces una sola falta de un hermano hacia nosotros; falta que con toda seguridad palidece ante las faltas que Dios, como una madre que se desborda en amor a hacia el hijo de sus entrañas, nos perdona una y otra vez, “hasta setenta veces siete”.

Y ahí está la clave. ¡En el amor! Amor y perdón son como dos caras de una misma moneda. El que ama de verdad perdona de corazón, porque el que ama no puede albergar rencor, ni odio, ni resentimiento en su corazón. La luz no admite la oscuridad… En el Antiguo Testamento se nos pedía que amáramos al prójimo como a nosotros mismos. Jesús los llevó más allá al pedirnos que nos amemos los unos a los otros COMO ÉL NOS AMA. Un salto cuantitativo y cualitativo que implica estar siempre en disposición de servir al prójimo por amor (tanto al que nos ama como al que nos ofende). El reto es grande; solos no podemos, pero con Su ayuda, ¡nada es imposible!

Hoy la Iglesia celebra la memoria de santa Clara de Asís, quien supo vivir el mandamiento de amor a plenitud. Se cuenta que aún después de haber sido nombrada abadesa del convento de San Damián, servía la mesa y brindaba agua a todas las religiosas a su cargo para que se lavasen las manos, además de estar continuamente pendiente a sus necesidades.

Pidamos al Padre que nos de la mansedumbre y humildad de santa Clara para seguir los pasos de su Hijo, de manera que seamos acreedores a la gloria que nos tiene prometida.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMOCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 04-08-22

“Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”. Continúa retumbando esa frase de Yahvé Dios; pero esta vez precedida de un componente que le brinda hasta cierto dramatismo: “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones…”

En la primera lectura de hoy (Jr 31,31-34) Dios se está refiriendo a una Nueva Alianza, diferente de la Alianza del Sinaí, que va a establecer con su pueblo. Aquella estaba escrita en unas tablas de piedra y basada en unas normas de conducta impuestas. Ahora va ser diferente. Ya no tendrán que aprender ni enseñar la ley, “porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande”.

¿Y cómo va Dios a “meter su ley en nuestro pecho”, a “grabarla en nuestros corazones”? La clave tal vez la encontramos unos versículos antes en el mismo libro de Jeremías: “Con amor eterno te amé,…” (Jr 31,3). Va a escribir esa Ley de la Nueva y Eterna Alianza con el único lenguaje que conoce el corazón: el lenguaje del amor. Dios ha derramado su Amor infinito sobre nosotros, nos ama con pasión, con ese amor eterno que no conoce de tiempo ni de límites. Y cuando nos abrimos a ese Amor, y sentimos esa llama que quema nuestro corazón, no tenemos otra alternativa que corresponder. Y cuando eso ocurre nos encontramos “sembrados” en las Bienaventuranzas. Descubrimos que no hay otro camino que no sea el amor, ese amor que nos hace capaces de dar la vida por nuestros amigos (Jn 15,13). Ya la Ley se hará innecesaria, porque al amar con el mismo Amor que Dios nos ama, cumplimos con todos sus preceptos. Por eso ya no tendremos que “aprender ni enseñar la ley”; porque la tendremos “grabada en nuestros corazones”.

El Evangelio de hoy (Mt 16,13-23) nos presenta la “profesión de fe” de Pedro y el primer anuncio de la Pasión. El pasaje comienza con Jesús preguntando a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. A lo que los discípulos respondieron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Entonces Jesús les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro replicó: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Esa profesión de fe suscita el primado petrino: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”.

Habiendo delegado su autoridad a Pedro, procedió a hacer el primer anuncio de su Pasión, diciendo a sus discípulos que “tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Hoy, pidamos el don de un corazón dócil al Espíritu, para que Su Ley quede grabada en nuestros corazones, y podamos hacer profesión de fe reconociendo a Jesús como nuestro Señor y Salvador.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 15-07-22

La primera lectura de hoy (Is 38,1-6.21-22.7-8) es un ejemplo del poder de la oración impetratoria o de petición fervorosa. Dios había enviado a Isaías a comunicar a Ezequías que había llegado la hora de su muerte: “Haz testamento, porque vas a morir sin remedio y no vivirás”. Nos narra la lectura que Ezequías “volvió la cara a la pared” (un típico gesto de oración judío), oró al Señor para le curara y “lloró con largo llanto”. Oró con fe, con la certeza de que su petición sería escuchada.

Ante ese gesto, el Señor se compadeció de Ezequías y “cambió de parecer”, y con los mismos labios que había pronunciado su sentencia de muerte, le concedió quince años más de vida. ¿Cuántas veces hemos visto a una persona a las puertas de la muerte, que gracias al poder de la oración se ha librado de ella? Señor, concédenos confiar en la fuerza de la oración, y a seguir confiando en Ti aún en las ocasiones en que Tú, en tu insondable Voluntad decides lo contrario.

La lectura evangélica de hoy (Mt 12,1-8) nos muestra a los fariseos, quienes movidos por la rabia, producto de la envidia y el temor que les produce el mensaje de Jesús, acusan a sus discípulos de violar el “sábado”, que más que una ley o un precepto, se había convertido en una pesada carga que ni los mismos sacerdotes y fariseos estaban dispuestos a llevar (Mt 23,4; Lc 11,46). Hacen lo que nosotros mismos hacemos muchas veces cuando queremos criticar a alguien: nos ponemos en vela a esperar el más mínimo “resbalón” para levantar el dedo acusador. Miramos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro (Lc 6,41).

Ya anteriormente, cuando los discípulos de Juan le cuestionaron a Jesús por qué ellos y los fariseos ayunaban y sus discípulos no lo hacían, Él les había contestado: “¿Pueden acaso los invitados de la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán” (Mt 9,15). En la versión de este pasaje en Marcos, Jesús añade: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Esta última frase cobra sentido con la aseveración de Jesús: “Si comprendierais lo que significa ‘quiero misericordia y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa”.

Jesús está siendo consistente con la nueva “Ley del amor” recogida en las Bienaventuranzas (Mt 5); por eso se declara “Señor del sábado”. La reglas del sábado, producto de los hombres, tienen que ceder ante las necesidades y obligaciones que nacen del amor que es la esencia misma de Dios.

Cuando nos acerquemos a servir a Dios, tengamos presente que el servicio a Dios no puede contradecir el amor y la misericordia que tenemos que mostrar a nuestro prójimo: “Lo que hiciereis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hacéis” (Mt 25,40).

Eso es lo hermoso del evangelio; podrá haber algunas inconsistencias en las narraciones, según cada evangelista, pero el mensaje de Jesús es consistente, es la Verdad que nos conduce al Padre.

Que pasen un hermoso fin de semana; y no olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera con los brazos abiertos…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 02-07-22

“No seáis nunca hombres o mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo”.

El evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mt 9,14-17), contiene el primer anuncio de la pasión de parte de Jesús en el evangelio según san Mateo: “Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán” (9,15). Es la primera vez que Jesús hace alusión su muerte, pero sus discípulos no lo captan.

Este anuncio se da en el contexto de la respuesta de Jesús a la crítica que se le hace porque sus discípulos no ayunaban. Siempre se les veía contentos, en ánimo de fiesta. Esa conducta resultaba escandalosa para los discípulos de Juan y de los fariseos, a quienes sus maestros les imponían un régimen estricto de penitencia y austeridad.

La respuesta de Jesús comienza ubicando a sus discípulos en un ambiente de fiesta: una boda, y se compara a sí mismo con el novio, y a sus discípulos con los amigos del novio. El discípulo de Jesús, el verdadero cristiano, es una persona alegre, porque se sabe amado por Jesús. Por eso, aun cuando ayuna lo hace con alegría, porque sabe que con su ayuno está agradando al Padre y a su Amado. Ya anteriormente había dicho a sus discípulos: “Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto” (Mt 6,17-18).

Sobre este particular, el papa Francisco nos ha dicho: “No seáis nunca hombres o mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; de saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles”.

Es lo que quiere decirnos Jesús en este pasaje, para recalcar la novedad de su mensaje, que ya había resumido en el sermón de la montaña. La Ley antigua quedaba superada, mejorada, perfeccionada (5,17). Por tanto, había que romper con los esquemas de antaño para dar paso a la ley del Amor. Se trata de una nueva forma de vivir la Ley, un cambio radical de aquel ritualismo de los fariseos; un nuevo paradigma. Es el despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo del que nos habla san Pablo (Ef 4,22-24).

No se trata de “echar remiendos” a la Ley; se trata de una nueva manera de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Jesús está consciente que su mensaje representa un realidad nueva, totalmente incompatible con las conductas de antaño. Por eso añade que no “se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres; se derrama el vino, y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan”. Esto significa que tenemos que dejar atrás las viejas actitudes que nos impiden escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Este simbolismo del “vino nuevo” lo vemos también en las bodas de Caná (Jn 2,1-11), cuando Jesús, con su poder, nos brinda el mejor vino que jamás hayamos probado; ese vino nuevo que simboliza la novedad de su mensaje.

Hoy, pidamos al Padre que nos ayude a despojarnos de los “odres viejos”, y que nos dé “odres nuevos” para recibir y retener el “vino nuevo” que su Palabra nos brinda.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 15-06-22

Jesús utiliza una palabra para referirse a estas personas: “hipócritas”. Esta palabra se deriva del griego hypokrites y significa “actor”, es decir, alguien que representa un personaje en una obra de teatro.

La liturgia sigue llevándonos de la mano por el “discurso evangélico” (también llamado “discurso inaugural”) de Jesús que comprende los capítulos 5 y 6 del Evangelio según san Mateo. El discurso comienza con las Bienaventuranzas y luego pasa a establecer la diferencia entre la Antigua Alianza fundamentada en la observancia de la Ley, y la Nueva Alianza que interpreta la misma Ley humanizada con el espíritu de las Bienaventuranzas las que, a su vez, están fundamentadas en la Ley del Amor.

Es este discurso Jesús nos reitera la primacía del amor y la disposición interior sobre el formalismo ritual y el cumplimento exterior de la Ley que practicaban los escribas y fariseos, presentándonos la justicia del verdadero discípulo como superior a la de aquellos. Para demostrarlo, en el pasaje que contemplamos hoy (Mt 6,1-6.16-18) utiliza las tres prácticas penitenciales clásicas de los fariseos, la limosna, la oración y el ayuno, que se refieren a nuestra relación con nuestro prójimo, con Dios y con nosotros mismos.

Hoy Jesús nos describe el “cumplimiento” exterior de los fariseos con las prácticas penitenciales aludidas, señalando que, por no estar acompañadas de una disposición interior cónsona con los actos y gestos exteriores, no son agradables a Dios.

Jesús se refiere a aquellos cuya conducta no guarda relación alguna con lo que hay en sus corazones. Aquellos que aparentan ser justos, ofrendan (asegurándose de que todos vean la denominación del billete que echan en la canasta de las ofendas), oran y participan de las celebraciones litúrgicas y los sacramentos con gran pompa, y se encargan de que todos sepan cuándo ayunan y hacen otros actos penitenciales, mientras en su interior están llenos de desprecio, envidias, rencor, soberbia, y hasta delirios de grandeza, pues gustan de recibir el reconocimiento de todos y hacen lo indecible para ocupar “puestos” en las comunidades de fe y ministerios parroquiales. ¿Quién dijo que el fariseísmo había desaparecido?

Jesús utiliza una palabra para referirse a estas personas: “hipócritas”. Esta palabra se deriva del griego hypokrites y significa “actor”, es decir, alguien que representa un personaje en una obra de teatro. Esos, nos dice Jesús, no tendrán recompensa del Padre, porque “ya han recibido su paga” (el reconocimiento y el aplauso de los hombres). El reconocimiento por parte de los demás nos podrá llenar de prestigio, de “gloria”, pero se trata de una gloria terrenal, pasajera, efímera.

Como la Ley del Amor está escrita en nuestros corazones, es allí donde se cumple, no en los gestos exteriores. Y el Padre, “que ve en lo escondido”, nos juzgará según lo que hay en nuestros corazones. Por eso nos reitera que si practicamos la limosna en secreto, si oramos en la intimidad de nuestro ser, y si ayunamos manteniendo nuestro buen semblante, el Padre, que “ve en lo secreto” nos recompensará. Porque habremos practicado la caridad (el Amor) hacia Dios, nuestro prójimo y nosotros mismos; habremos vivido el espíritu de las Bienaventuranzas.

“Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor” (San Juan de la Cruz).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 17-06-22

“No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra”…

El pasado miércoles de la décima semana del tiempo ordinario, leíamos el pasaje en el que Jesús nos dice: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos” (Mt 5,17-19).

En la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 5, 38-42), Jesús continúa su catequesis sobre la nueva interpretación de la Ley basada en el Amor. “Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas”.

Jesús está enfatizando la primacía de la Ley del Amor sobre la Ley del Talión (el “ojo por ojo y diente por diente”), nos está diciendo a nosotros, sus discípulos, que no debemos “pagar con la misma moneda”, que no debemos responder al mal con mal. Por el contrario, nos pide que respondamos con amor, que amemos a los que nos odian. Es un lenguaje duro y sumamente exigente.

Pero, ¡ojo! Tenemos que estar claros que no podemos tomar estos ejemplos que Jesús nos plantea en forma literal, pues se trata de una actitud interior, de corazón, que va más allá de la ley civil y de la justa defensa de nuestros derechos.

Lo que Jesús nos está diciendo es que el amor es la fuerza más poderosa del universo, pues proviene del mismo Dios, y que esa fuerza es la única capaz de superar el mal. La ley de los hombres busca restablecer el “equilibrio” en la sociedad, pero con eso no va eliminar la maldad del mundo. La única forma de superar el mal es con el “desequilibrio” del Amor, que es el mejor antídoto para la tendencia humana de caer en la venganza y en la tentación de combatir la violencia con la violencia.

¡Uf, qué difícil nos lo plantea Jesús! Difícil cuando lo vemos desde la perspectiva del mundo secular que nos llama a “dar a cada cual según se merece”, al éxito, al confort, a acumular posesiones, al egoísmo; la cultura del “yo”. Pero para el que ha tenido un encuentro personal con Jesús y ha conocido su Amor, esa exhortación de parte de Jesús resulta fácil, y hasta lógica.

Cuando Dios se convierte en el centro de nuestras vidas, todo adquiere un nuevo significado al punto que todo lo demás lo estimamos “basura” (Cfr. Fil 8,8).

Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Él te ha llamado por tu nombre y tan solo está esperando tu respuesta. Anda, ábrele la puerta. Y cuando te diga: “Sígueme”, no lo pienses; ¡síguelo! Créeme, no te arrepentirás.