REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 19-06-19

La liturgia sigue llevándonos de la mano por el “discurso evangélico” (también llamado “discurso inaugural”) de Jesús que comprende los capítulos 5 y 6 del Evangelio según san Mateo. El discurso comienza con las Bienaventuranzas y luego pasa a establecer la diferencia entre la Antigua Alianza fundamentada en la observancia de la Ley, y la Nueva Alianza que interpreta la misma Ley humanizada con el espíritu de las Bienaventuranzas las que, a su vez, están fundamentadas en la Ley del Amor.

Es este discurso Jesús nos reitera la primacía del amor y la disposición interior sobre el formalismo ritual y el cumplimento exterior de la Ley que practicaban los escribas y fariseos, presentándonos la justicia del verdadero discípulo como superior a la de aquellos. Para demostrarlo, en el pasaje que contemplamos hoy (Mt 6,1-6.16-18) utiliza las tres prácticas penitenciales clásicas de los fariseos, la limosna, la oración y el ayuno, que se refieren a nuestra relación con nuestro prójimo, con Dios y con nosotros mismos.

Hoy Jesús nos describe el “cumplimiento” exterior de los fariseos con las prácticas penitenciales aludidas, señalando que, por no estar acompañadas de una disposición interior cónsona con los actos y gestos exteriores, no son agradables a Dios.

Jesús se refiere a aquellos cuya conducta no guarda relación alguna con lo que hay en sus corazones. Aquellos que aparentan ser justos, ofrendan (asegurándose de que todos vean la denominación del billete que echan en la canasta de las ofendas), oran y participan de las celebraciones litúrgicas y los sacramentos con gran pompa, y se encargan de que todos sepan cuándo ayunan y hacen otros actos penitenciales, mientras en su interior están llenos de desprecio, envidias, rencor, soberbia, y hasta delirios de grandeza, pues gustan de recibir el reconocimiento de todos y hacen lo indecible para ocupar “puestos” en las comunidades de fe y ministerios parroquiales. ¿Quién dijo que el fariseísmo había desaparecido?

Jesús utiliza una palabra para referirse a estas personas: “hipócritas”. Esta palabra se deriva del griego hypokrites y significa “actor”, es decir, alguien que representa un personaje en una obra de teatro. Esos, nos dice Jesús, no tendrán recompensa del Padre, porque “ya han recibido su paga” (el reconocimiento y el aplauso de los hombres). El reconocimiento por parte de los demás nos podrá llenar de prestigio, de “gloria”, pero se trata de una gloria terrenal, pasajera, efímera.

Como la Ley del Amor está escrita en nuestros corazones, es allí donde se cumple, no en los gestos exteriores. Y el Padre, “que ve en lo escondido”, nos juzgará según lo que hay en nuestros corazones. Por eso nos reitera que si practicamos la limosna en secreto, si oramos en la intimidad de nuestro ser, y si ayunamos manteniendo nuestro buen semblante, el Padre, que “ve en lo secreto” nos recompensará. Porque habremos practicado la caridad (el Amor) hacia Dios, nuestro prójimo y nosotros mismos; habremos vivido el espíritu de las Bienaventuranzas.

“Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor” (San Juan de la Cruz).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 18-06-19

El Papa san Juan Pablo II visitando en prisión a Ali Agca, el terrorista que intentó asesinarlo.

En el pasaje evangélico de ayer (Mt 5,38-42) Jesús nos instaba a “poner la otra mejilla” al que nos abofetee, a darle la capa al que quiera quitarnos la túnica, a caminar “la milla extra” por el que nos pida acompañamiento, a darle al que nos pida, y a no rehuir al que nos pida prestado. Decíamos que esa conducta está reñida con el mundo secular en que nos ha tocado vivir, y cómo puede resultar difícil, y hasta absurda, a nuestros contemporáneos.

Si creíamos que esas exigencias del seguimiento de Jesús eran difíciles, en la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mt 5,43-48), Jesús las lleva al extremo.

“Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Este pasaje da significado a lo dicho por Juan al final del prólogo de su relato evangélico: “la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (1,17). Es el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento: “Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor–. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones” (Jr 31,31-33).

Lo que parece imposible, amar a nuestros enemigos, se hace, no solo posible, sino que es consecuencia inevitable del llamado que Jesús nos hace: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. “Ser perfecto” significa amar sin medida, como Él nos ama, a pesar de todas nuestras afrentas, nuestras tibiezas, nuestras traiciones. “Ser perfecto” es aprender a ver el rostro de Jesús en todos nuestros hermanos, aun en aquellos que nos hace la vida difícil, aquellos que nos ponen la zancadilla, que entorpecen nuestra labor o, pero aun, nos causan daño con toda deliberación. Es a esos a quienes Jesús dice que tenemos que amar. ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No.

Si abrimos nuestros corazones al Amor de Dios, y conocemos ese amor, y lo reciprocamos, no tenemos otra alternativa que amar a todos como lo hace Él (Cfr. Jn 14,5), que fue capaz de perdonar a sus verdugos (Lc 23,34).

Leí en algún lugar que amar es una decisión, y que el resultado de esa decisión es el amor. Comienza por ahí. Toma la decisión a amar a tus “enemigos”, añádele el Amor del Padre, y ya no será una mera decisión; será un imperativo de vida. Entonces serás perfecto, como nuestro Padre celestial es perfecto.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 17-06-19

Las lecturas que nos ofrece la liturgia hoy constituyen una guía, un mapa, para los que aceptamos el llamado a la santidad que nos hace Jesús. Cuando escuchamos y aceptamos el “Sígueme” que Jesús nos propone, reconocemos que estamos llamados a la santidad, porque Él es santo. La santidad es la plenitud de nuestra felicidad, y la única forma de alcanzar esa plenitud es obrar bien.
La primera lectura, tomada de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (6,1-10) nos proporciona un “código de conducta” para alcanzar esa plenitud que va más allá del mero cumplimiento de unos preceptos. Se trata de una nueva actitud hacia Dios, nuestro prójimo, y nosotros mismos; una nueva forma de ver la vida misma a través de la óptica del amor. Es entregarnos a la voluntad de Dios y vivir de conformidad. Por eso Pablo comienza exhortándonos a “no echar en saco roto la gracia de Dios” y a “no poner en ridículo nuestro ministerio”, ni a dar “a nadie motivo de escándalo”.
Siempre que leo este pasaje me recuerda esa pegatina que lee: “¿Crees en Cristo?; ¡Que se te note!” Nuestro mejor método de evangelización, nuestra mejor predicación, es nuestra conducta, que hace que todos los que se relacionan con nosotros noten que hay “algo” diferente en nosotros, algo que les atrae, algo que les lleva a decir “yo quiero de eso”. Eso incluye a nuestra familia, nuestros vecinos, nuestros trabajos, nuestras escuelas, nuestras organizaciones cívicas, nuestra comunidad de fe.
Esta primera lectura es tan rica en contenido que a no ser por las limitaciones de espacio, la transcribiríamos íntegramente. Les exhorto a leerla; es una verdadera joya.
En la lectura evangélica (Mt 5,38-42), Jesús continúa su catequesis sobre la nueva interpretación de la Ley basada en el Amor. “Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas”.
¡Uf, qué difícil nos lo plantea Jesús! Difícil cuando lo vemos desde la perspectiva del mundo secular que nos llama a “dar a cada cual según se merece”, al éxito, al confort, a acumular posesiones, al egoísmo; la cultura del “yo”. Pero para el que ha tenido un encuentro personal con Jesús y ha conocido su Amor, esa exhortación de parte de Jesús resulta fácil, y hasta lógica.
Cuando Dios se convierte en el centro de nuestras vidas, todo adquiere un nuevo significado al punto que todo lo demás lo estimamos “basura” (Cfr. Fil 8,8).
Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Él te ha llamado por tu nombre y tan solo está esperando tu respuesta. Anda, ábrele la puerta. Y cuando te diga: “Sígueme”, no lo pienses; ¡síguelo! Créeme, no te arrepentirás.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 14-06-19

En la lectura evangélica de hoy (Mt 5,27-32), continuación de la de ayer, Jesús continúa su catequesis sobre la nueva Alianza fundamentada en la Ley del amor que nos lleva a adorar en espíritu y verdad, a diferencia del ritualismo exterior del culto judío. Se trata de cumplir con los preceptos de la Ley, no por temor al castigo, sino mediante el ejercicio de la libertad que nos proporciona el Amor de Dios que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Es la Ley escrita, no en tablas de piedra ni en pergaminos, sino en nuestros corazones (Cfr. Jr 31,33; Hb 8,10).

Jesús nos propone una “relectura” del decálogo a partir de la intención que Dios tenía al proclamarlo. Se trata de interpretar los mandamientos según el espíritu de la Ley, no a base de una lectura literal. La “plenitud” que Jesús vino a dar a la Ley no es otra cosa que su interpretación a la luz de las virtudes expresadas en las Bienaventuranzas, como la misericordia, la justicia, la verdad, etc. Es la “humanización” de la Ley.

En el pasaje de hoy Jesús nos instruye: “Habéis oído el mandamiento ‘no cometerás adulterio’. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno”.

Está claro, no se trata del cumplimiento (palabra que hemos dicho se compone de otras dos: “cumplo y miento”) exterior de los fariseos que ocultaba su podredumbre interior, lo que llevaría a Jesús a llamarles sepulcros blanqueados: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!” (Mt 23,27-28); se trata del cumplimiento “de corazón”.

Se peca lo mismo con el pensamiento como con los actos, ya que en el pensamiento es que se fragua el pecado antes de llevar a cabo la acción: “Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones. Estas son las cosas que hacen impuro al hombre” (Mt 15,19-20).

Jesús nos propone que antes que pecar nos arranquemos o cortemos aquellas partes de nuestro cuerpo que puedan hacernos pecar. Aunque algunos sostienen que Jesús quería que esta aseveración se tomase al pie de la letra para indicar la radicalidad y la seriedad con las que Él insiste en la observancia de este mandamiento, podría también decirse que hace uso de la hipérbole con un fin pedagógico: enfatizar que la pureza de corazón va por encima de la propia integridad corporal (por la concepción judía de la resurrección física era importante ser enterrado con el cuerpo íntegro). Si fuéramos a hacer una lectura literal de este pasaje, ¡cuántos tuertos, mancos, y castrados habría!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 12-06-19

“Nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva: no de código escrito, sino de espíritu; porque la ley escrita mata, el Espíritu da vida”.

En este pasaje, tomado de la primera lectura de hoy (2 Cor 3,4-11), san Pablo resume en cierta medida la enseñanza contenida en la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia (Mt 5,17-19), en que Jesús nos dice: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos”.

Para los judíos la Ley y los profetas constituían la expresión de la voluntad de Dios, la esencia de las Sagradas Escrituras. Jesús era judío; más aún, era el Mesías que había sido anunciado por los profetas. Era inconcebible que viniera a echar por tierra lo que constituía el fundamento de la fe de su pueblo. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Durante su vida terrena Jesús nos dio unos indicadores, como: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Así los primeros cristianos tuvieron que determinar qué preceptos de la Ley eran de origen divino y cuáles eran hechura de los hombres, como los 613 preceptos de la Mitzvá, que los fariseos habían derivado de la Torá (Ley escrita) y la Torá shebe al pe (Ley oral). La Iglesia cristiana tuvo su origen en el judaísmo, en la Ley y los profetas del Antiguo Testamento (Antigua Alianza), y dio paso a la Alianza Nueva y Eterna (Nuevo Testamento). ¿Cuáles de aquellas leyes y tradiciones ancestrales había que mantener? ¿Cuáles constituían Ley, y cuáles eran meros preceptos establecidos por los hombres interpretando la Ley?

El problema de los fariseos era que habían reducido la religión al “cumplimiento” objetivo de unas normas de conducta, divorciadas del “corazón”. El cumplimiento por temor al castigo. Jesús nos dijo que el cumplimiento de la Ley estaba predicado en el Amor (“Si me amáis guardaréis mis mandamientos”… Jn 14,15). El que ama a Dios y ama a su prójimo por amor a Él, ya cumple con todos los mandamientos. Ahí está la plenitud del cumplimiento de la Ley. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

A eso se refiere la primera lectura de hoy cuando dice: “Si el ministerio de la condena se hizo con resplandor, cuánto más resplandecerá el ministerio del perdón”.

“Señor Dios nuestro, tú has tomado la iniciativa de amarnos y de traernos tu libertad por medio de tu Hijo Jesucristo. Enriquécenos con el Espíritu de Jesús, derrámalo sobre nosotros generosamente, sin medida, para que no nos escondamos por más tiempo detrás de tradiciones y de la letra de la ley para apagar al Espíritu Santo que quiere hacernos libres” (Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 16-05-19

La primera lectura de hoy (Hc 13,13-25) continúa presentándonos la expansión de la Iglesia por el mundo greco-romano. Expansión que llevaría la Buena Noticia a los confines del mundo conocido, obedeciendo el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su ascensión: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

En el pasaje de hoy, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata el comienzo de la misión de Pablo y Bernabé. Guiado por el Espíritu Santo, Pablo “actualiza” el Antiguo Testamento, narrando a los que estaban congregados en la sinagoga de Antioquía la historia del pueblo de Israel, todas las obras maravillosas que Dios había hecho por su Pueblo elegido, y cómo en la persona de Jesús esas obras habían encontrado su culminación. La transición de la Antigua Alianza a la Nueva Alianza, sellada con la sangre derramada por Jesús en la Cruz.

Esta lectura nos enseña que no nos podemos limitar a “leer” las Sagradas Escrituras; que tenemos que actualizarlas, encontrar el mensaje de Jesús resucitado en los “signos de los tiempos”, en todos los acontecimientos, positivos y negativos, personales y colectivos, los cuales, cuando los interpretamos a la luz del Evangelio, nos transmiten un mensaje interpelante de Cristo. Es la continuación de la Historia de la Salvación, de la cual somos testigos y protagonistas junto al Resucitado.

La lectura evangélica (Jn 13,16-20) nos narra las palabras de Jesús a sus discípulos luego de la lavarles los pies: “Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”. Con estas palabras Jesús quiere explicar a los discípulos (y a nosotros) el alcance del gesto que acaba de realizar, y que ha de ser el norte de la conducta de sus seguidores, pero sobre todo el significado de la Ley del Amor.

El discípulo de Jesús tiene que seguir sus pasos. Eso implica amar sin límites, hasta que duela, como nos dice santa Madre Teresa de Calcuta. No se trata meramente de “imitar” la conducta de Jesús, se trata de sentir igual que Él, de amar igual que Él, de convertirse en servidor incondicional, en “esclavo” del hermano, por amor.

Jesús continúa diciéndonos lo que espera de nosotros, y cada vez nos parece más difícil cumplir con esa expectativa. Eso nos obliga a hacer introspección, no de nuestra conducta exterior, sino de nuestra vida, de nuestro “ser”. ¿Soy un verdadero “servidor”? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a servir? ¿A quién sirvo? Jesús nos ha dado la medida y nos ha dicho: “dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”.

Jesús sabe que va a ser traicionado. Y aun así lava los pies del que lo va a traicionar, se convierte en su esclavo. Y es en esa traición que nos va a revelar su divinidad (¡qué misterio!): “Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy”. “Yo soy”, el nombre que Dios le reveló a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3,14).

Esta lectura nos invita a preguntarnos: ¿Soy un “admirador” de Jesús o soy otro “cristo” (Gál 2,20)?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 27-03-19

El pasaje evangélico que contemplamos en la liturgia de hoy (Mt 5,17-19), que Mateo coloca dentro del discurso de las Bienaventuranzas, nos presenta la visión de Jesús respecto a la Ley: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Para los judíos la ley y los profetas constituían la expresión de la voluntad de Dios, la esencia de las Sagradas Escrituras. Jesús era judío; más aún, era el Mesías que había sido anunciado por los profetas. Era inconcebible que viniera a echar por tierra lo que constituía el fundamento de la fe de su pueblo. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Esa plenitud la encontramos en la Ley del amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,34-35). Antes se obedecía la Ley por temor al castigo; ahora se cumple porque amamos. Ya no se trata del cumplimiento exterior, vacío de contenido, ahora se trata de un imperativo producto del amor. Así, el que ama cumple los mandamientos. Si amamos a Dios y a nuestro prójimo como Él nos ama, el decálogo se convierte en un “retrato” de nuestra conducta, de nuestra forma de vida.

Durante su vida terrena Jesús nos dio unos indicadores, como: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). La primacía del amor. La Iglesia cristiana tuvo su origen en el judaísmo, en la ley y los profetas del Antiguo Testamento (Antigua Alianza), y dio paso a la Alianza Nueva y Eterna (Nuevo Testamento). ¿Cuáles de aquellas leyes y tradiciones ancestrales había que mantener? ¿Cuáles constituían Ley, y cuáles eran meros preceptos establecidos por los hombres interpretando la Ley? La prueba para determinarlo habría de ser: ¿Me impide ese precepto amar como Cristo me ama?

La Iglesia en sus comienzos tuvo que enfrentar esa disyuntiva; se vio precisada a determinar si tenía que continuar observando la circuncisión, la pureza ritual, la prohibición de comer ciertos alimentos, el sábado, los sacrificios de animales en el Templo, etc. Esas interrogantes propiciaron el Concilio de Jerusalén, alrededor del año 50, y la intervención de Pedro, como pontífice de la Iglesia, a favor de la apertura (Hc 15,4-12). Así, la Iglesia comenzó un proceso de crecimiento que le ha hecho mudar el carapacho varias veces a lo largo de su historia, como lo hacen los crustáceos. Y ha logrado sobrevivir todos los cambios gracias al Espíritu que el mismo Jesús nos dejó, y que la ha guiado para asegurar el cumplimento de la promesa de Jesús al momento de establecer el primado de Pedro, de que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella (Mt 16,18).

El Concilio Vaticano II, convocado por san Juan XXIII por inspiración del Espíritu Santo, representó un “salto cuántico” para nuestra Iglesia, atendiendo al llamado del pontífice para una puesta al día (aggiornamento) de la Iglesia. Allí se continuó el proceso de “darle plenitud” a tenor con los “signos de los tiempos”. La vertiginosidad de los cambios sociales ocurridos desde el Vaticano II, propiciados en parte por la explosión tecnológica y en los medios de comunicación, apuntan a la necesidad de un nuevo ejercicio de aggiornamento en la Iglesia.

En estos tiempos, ese mismo Espíritu nos ha regalado la persona de Francisco, signo inequívoco de que el Señor cumple sus promesas (Cfr. Mt 28,20).

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 16-03-19

“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Con esa frase pronunciada por Jesús termina la lectura evangélica que la liturgia nos propone para hoy (Mt 5,43-48). Y esa perfección se manifiesta en el amor que Dios prodiga a toda la humanidad, sin distinción, aún sobre los que no le conocen, aquellos que lo ignoran, aquellos que lo odian, aquellos que blasfeman contra Él. Esa es la medida que se nos exige. ¡Uf!

“Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?”

La ley del amor. Jesús la repite sin cansancio. No podemos acercarnos a Él sin toparnos de frente con ese mensaje. Jesús nos ofrece la filiación divina (¡qué regalo!). Hay un solo requisito: amar; amar sin distinción y sin excepciones, especialmente a aquellos que nos hacen la vida imposible, aquellos que nos traicionan, nos odian, aquellos que son “diferentes”… Y más aún, orar por los que nos persiguen, los que nos hacen daño. Tú nos has mostrado el camino: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¡Señor, qué difícil se nos hace seguirte!

Tú siempre nos hablas claro, sin dobleces: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). ¿No será eso nada más que un sueño, un ideal, una ilusión, una quimera, una ingenuidad de Tu parte, Señor?

Pero Tú nunca nos pides nada que no podamos lograr; y mientras más difícil la encomienda, más cerca de nosotros estás para ayudarnos. En este caso nos dejaste el Espíritu de Verdad que iba a venir y hacer morada en nosotros: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17).

Durante este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a la conversión. Esa conversión de corazón es una obra de la Gracia de Dios. Como nos dice el libro de las Lamentaciones: “Conviértenos Señor, y nos convertiremos” (Lm 5,21). Y esa Gracia que obra la conversión en nosotros la recibimos cuando le abrimos nuestro corazón a ese Espíritu de la Verdad y le permitimos que haga morada en nosotros; ese Espíritu que es el Amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Solo entonces podremos decir con san Pablo: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

“Conviértenos Señor, y nos convertiremos”.