REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (14-11-18)

El Evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 17,11-19) es el relato de la curación de los diez leprosos. Esta narración, exclusiva de Lucas, nos dice que mientras Jesús se dirigía a Jerusalén “vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’.” Continúa diciendo la narración que Jesús se limitó a decirles: “ld a presentaros a los sacerdotes”. Y mientras iban de camino, quedaron limpios.

En tiempos de Jesús los leprosos eran separados de la sociedad (Cfr. Lv 13), no podían acercarse a las personas sanas, quienes tampoco podían acercarse a ellos para no quedar “impuros”. De hecho, mientras se desplazaban de un lugar a otro tenían que ir tocando una campanilla, mientras gritaban “¡impuro, impuro!”, para que nadie se les acercara. Si alguno de ellos se sanaba, solo los sacerdotes podían declararlos curados, “puros”. Entonces podían reintegrarse a la sociedad. Por eso todo el diálogo entre Jesús y los leprosos tiene lugar con estos “a lo lejos”.

Notamos que en este relato Jesús ni tan siquiera les dijo que quedaban curados, se limitó a decirles que fueran ante los sacerdotes para que estos certificaran su curación y les devolvieran su dignidad. Los leprosos no cuestionaron las instrucciones de Jesús, confiaron en su la palabra y se dirigieron hacia los sacerdotes. Ese acto de fe los curó: “Y, mientras iban de camino, quedaron limpios”.

Esta parte del relato sirve de preámbulo a la parte verdaderamente importante del pasaje. Al percatarse de que habían sido sanados, solo uno, un samaritano, un “no creyente”, uno que no pertenecía al “pueblo elegido”, alabó a Dios, regresó corriendo donde Jesús, se echó por tierra a sus pies, y le dio las gracias. Solo uno, un “proscrito”. De ahí que Jesús le pregunte: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Tal vez el samaritano fue el único que experimentó la curación considerándola como un don, mientras los otros nueve la consideraron un “derecho” por pertenecer al pueblo elegido. Más aún, contrario a los demás, que fueron directamente a cumplir con la prescripción legal de comparecer al sacerdote para que les declarara puros, este antepuso la alabanza y el agradecimiento al que le había curado, por encima del cumplimiento de la letra de la ley. Esa fe del samaritano es la que hace que Jesús le diga como frase conclusiva del pasaje: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. Los otros nueve quedaron curados de su enfermedad física. El samaritano, con su fe, y su reconocimiento de la misericordia divina, encontró la salvación.

Tenemos que preguntarnos, ¿alabo al Padre y me postro a los pies de Jesús, dándole gracias por los dones recibidos de su bondad y misericordia? ¿O me creo que por el hecho de “portarme bien”, asistir a misa y acercarme a los sacramentos me merezco todo lo que me da?

Hoy, demos gracias a Dios por todos los dones recibidos de su misericordia divina, reconociendo que los recibimos por pura gratuidad suya, como una muestra de su amor infinito hacia nosotros.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 13-11-18

En el Evangelio de ayer (Lc 17,1-6) Jesús nos exhortaba a no “escandalizar” con nuestra conducta, a vivir una vida acorde a sus enseñanzas. Ayer también en la primera lectura (Ti 1,1-9), Pablo instruía a Tito, a quien había dejado a cargo de terminar de organizar la comunidad de Creta, sobre las características que debían adornar a los presbíteros y obispos, insistiendo que debían ser personas “intachables”, que sirvieran de ejemplo a la comunidad.

En la primera lectura de hoy (Ti 2,1-7a.11-14), secuela de la de ayer, Pablo aconseja a Tito sobre lo que debe, a su vez, aconsejar a todos los feligreses de su comunidad; tanto a los ancianos y ancianas, como a los jóvenes.

“Di a los ancianos que sean sobrios, serios y prudentes; que estén robustos en la fe, en el amor y en la paciencia. A las ancianas, lo mismo: que sean decentes en el porte, que no sean chismosas ni se envicien con el vino, sino maestras en lo bueno, de modo que inspiren buenas ideas a las jóvenes, enseñándoles a amar a los maridos y a sus hijos, a ser moderadas y púdicas, a cuidar de la casa, a ser bondadosas y sumisas a los maridos, para que no se desacredite la palabra de Dios. A los jóvenes, exhórtalos también a ser prudentes, presentándote en todo como un modelo de buena conducta”. Pablo exhorta a Tito a practicar lo que predica, pidiéndole que se presente él mismo como modelo, “para que la parte contraria se abochorne, no pudiendo criticarnos en nada”.

Estos consejos de Pablo podrían, a primera vista, parecer una lección de urbanismo, de prácticas para la buena convivencia social. Pero si continuamos leyendo vemos que Pablo va más allá; sus consejos van dirigidos a prepararnos para algo más importante: “Porque ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”.

La conducta sobria y prudente a que nos exhorta Pablo no es otra cosa que el seguimiento de Cristo, quien supo renunciar a los deseos mundanos, incluyendo la fama, el poder y la gloria, en aras del verdadero valor: el Reino. Ese Reino que “ya” está aquí, pero que “todavía” aguarda “la dicha que esperamos”, la segunda venida de Cristo que ha de marcar el final de los tiempos, para su culminación.

Está claro también que Pablo está consciente que solos no podemos llevar esa conducta intachable que nos exige el seguimiento de Cristo, que necesitamos de “la gracia de Dios” para “enseñarnos” a hacerlo. Por eso tenemos que invocar el Espíritu Santo para que esa “gracia de Dios” se derrame sobre nosotros y nos permita, por nuestra conducta, ser contados entre los enumerados en el “libro de la vida” (Cfr. Fil 4,3; Ap 3,5; 13,8; 20,12; 21,27).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 12-11-18

“Auméntanos la fe”.

La liturgia de hoy nos propone como lectura evangélica un pasaje (Lc 17,1-6) que podríamos dividir en tres partes.

La primera se recoge en esta advertencia de Jesús a sus discípulos: “Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar”. Esta advertencia, dirigida a los discípulos (y a nosotros) nos impone la grave obligación de “vivir” el Evangelio de Jesús, vivir de acuerdo a sus enseñanzas. Jesús se muestra siempre bien estricto en lo que respecta a sus “pequeños”, a los humildes, los pobres, los menos afortunados, los que nos miran como “ejemplo”, los que están en nuestro entorno, en nuestras comunidades de fe. Él no quiere que los escandalicemos con nuestra conducta. Por el contrario, nos exige una conducta que sirva de ejemplo. En otras palabras, que si somos cristianos, ¡que se nos note! No vaya a ser que el que nos vea diga como Ghandi: “Me gusta tu Cristo, no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo”…

Pero Jesús sabe que somos imperfectos, una Iglesia santa compuesta por pecadores. Sabe que podemos ofender y nos pueden ofender. Por eso nos dice: “Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: ‘Lo siento’, lo perdonarás”… ¡Ahí es donde eso de ser cristiano se pone difícil! Es el amor sin límites que nos impone el seguimiento de Jesús; el mismo Amor que nos profesa el Padre del cielo, que no se cansa de perdonarnos cada vez que le fallamos y regresamos arrepentidos. Eso solo se logra mediante una adhesión incondicional a Jesús. Y esa adhesión incondicional solo es posible mediante un acto de fe. Creer en Jesús y creerle a Jesús.

Los discípulos, al enfrentarse a las exigencias de Jesús, están conscientes de que solos no pueden, y por eso le imploran: “Auméntanos la fe”. Jesús, al contestarles, les establece la medida de fe que espera de ellos (nosotros): “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’. Y os obedecería”. Con más razón necesitamos implorar al Señor que aumente nuestra fe.

En la Primera Lectura de hoy Ti 1,1-19 San Pablo hace énfasis en la conducta que se espera especialmente de nuestro clero, en quienes está centrada la mirada, tanto de los que estamos en la Iglesia como de los que nos miran de afuera, y cómo esa conducta no debe ser motivo de escándalo.

Los escándalos que han sacudido a nuestra Iglesia en tiempos recientes (que no tengo que repetir aquí, pues son harto conocidos), indican que tal vez en el pasado la Iglesia no ha sido lo suficiente cuidadosa al momento de escoger sus presbíteros y manejar aquellos que han incurrido en conducta escandalosa.

El papa Francisco ha enfrentado con valentía la situación y enfatizado en la necesidad de limpiar la casa para que la santidad de la Iglesia pueda brillar por encima del pecado de los menos, y está tomando medidas para que ello no se repita. Oremos con fe para que el Espíritu continúe guiando a Francisco en su misión.

Que esa sea la intención de nuestras oraciones durante la semana que comienza.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TRIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 08-11-18

“Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26-27). Así comenzaba el Evangelio que contemplábamos en la liturgia de ayer. La radicalidad del seguimiento. Para el verdadero discípulo de Jesús no puede haber nada más importante que Él. Ante Él todo lo demás palidece, incluyendo los bienes y hasta los lazos de parentesco más estrechos. No puede haber nada que se anteponga a Él; nada que “compita” con Él; nada que sea un obstáculo entre Él y nosotros.

En la primera lectura de hoy (Fil 3,3-8a) san Pablo comienza por describirse a sí mismo, y la posición privilegiada que ocupaba dentro del esquema social y religioso del pueblo judío: “circuncidado a los ocho días de nacer, israelita de nación, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados y, por lo que toca a la ley, fariseo; si se trata de intransigencia, fui perseguidor de la Iglesia, si de ser justo por la ley, era irreprochable”. A lo que yo añadiría que Saulo de Tarso venía de una familia de comerciantes acaudalada y, no solo era fariseo, sino que había estudiado en la escuela del maestro de fariseos más prestigioso de su época, llamado Gamaliel.

Pablo venía de un ambiente religioso basado en medios humanos, en el estricto cumplimiento de unas reglas de conducta, en unos “títulos”. Sin embargo, cuando tuvo aquél encuentro personal con Jesús en el camino a Damasco, su vida cambió. Lo abandonó todo por el Reino. “Todo eso que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”.

No hay duda que Pablo está siguiendo el modelo evangélico del perfecto discípulo que nos presenta Jesús. Una vez conocemos a Jesús y optamos por el Reino, ya no hay marcha atrás (Cfr. Lc 9,62); no puede haber nada más importante. Todos los “valores” de este mundo son inútiles para nuestra salvación y, más aún, pueden convertirse en obstáculos. Por eso tenemos que estar dispuestos a desprendernos de ellos, dejarlos atrás, como el exceso de carga que se arroja por la borda del buque a punto de zozobrar para poder mantenerlo a flote. “Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”…

Señor, al igual que hiciste con Pablo, quita de mis ojos las “escamas” que me impiden verte y conocerte en toda tu grandeza, de manera que, conociéndote, todo lo demás lo estime “basura” con tal de ganarte.

La lectura evangélica que contemplamos hoy (Lc 15,1-10) nos presenta dos de las “parábolas de la misericordia”, la de la “oveja perdida”, y la “moneda perdida”. Para un comentario sobre esta lectura, les referimos a una reflexión nuestra anterior sobre la misma.

Que pasen un hermoso día lleno de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 31-10-18

En el Evangelio de hoy Lucas nos muestra la imagen de Jesús típica de él: como predicador itinerante, recorriendo ciudades y aldeas enseñando (Lc 13,22-30). En este pasaje encontramos a “uno” de los que le escuchaba preguntarle: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. De nuevo alguien anónimo; tú o yo. La pregunta no es la correcta, pues la preocupación no debe ser “cuántos” se van a salvar, sino cómo, qué hay que hacer para salvarse.

Y en el estilo típico de Jesús, opta por no contestar directamente la pregunta, sino hacerlo a través de una parábola: “Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’; y él os replicará: ‘No sé quiénes sois’. Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados’… Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”.

El que le formula la pregunta, uno de los que le seguía, parece partir de la premisa que él pertenece al número de los “escogidos”. Eso nos pasa a muchos de los que nos sentamos a su mesa (recibimos la Eucaristía) y estamos presentes cuando “enseña en nuestras plazas” (la liturgia de la Palabra); creemos que por eso ya estamos salvados. El problema es que no sabemos cuándo va a llegar el Amo de la casa y cerrar la puerta. En ese momento, ¿estaremos adentro (en gracia), o estaremos afuera (en pecado)?

Está claro que la salvación no va a depender de a qué religión “pertenecemos”, ni a cuántas misas hemos asistido, ni cuántos sacramentos hemos recibido. Muchos de los llamados “pecadores” pueden experimentar una verdadera conversión a última hora y esos estarán “adentro” cuando se cierren las puertas (Cfr. Lc 23,40-43). Y muchos de los que se “sientan a la mesa” a menudo, y van y vienen se quedarán afuera cuando el Amo “cierre las puertas”. Como nos dice el mismo Jesús en el Evangelio según san Mateo: “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!” (Mt 7,21-23).

No se trata de “creer” en Jesús, se trata de “creerle”. Y si le creemos, no nos limitaremos a ese mero acto de fe; le seguiremos y actuaremos acorde a sus enseñanzas, “haremos la voluntad del Padre celestial”. Se trata de unir la fe a las obras (St 2,14-26). Y el secreto para lograrlo es uno: vivir el Amor de Dios; amarlo y amar a los demás como Él nos ama (Jn 13,34).

Hoy, pidamos al Señor el don de la perseverancia en la fe y las obras.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 29-10-18

El Evangelio de hoy (Lc 13,18-21) nos presenta dos “extractos” del discurso parabólico de Jesús acerca del Reino, y nos presenta dos perspectivas del Reino: la extensión del mismo, representada por el grano de mostaza, y su intensidad, representada por la levadura.

Cuando Jesús intenta explicar a sus discípulos la naturaleza del Reino, está consciente que no resulta fácil hacerlo en una manera que sea comprensible, pues se trata de algo “que no es de este mundo” (Jn 18,36), algo que ya ha llegado pero que todavía no ha alcanzado su plenitud (“Ya, pero todavía…”). Por eso tiene que recurrir a comparaciones, al uso de parábolas. Son tantas las alusiones de Jesús al Reino citadas por Lucas, que resultaría impráctico citarlas todas en tan breve espacio. A manera de ejemplo, comienza diciendo que Él ha venido a anunciar la “buena nueva” del Reino de Dios (4,43); declara “bienaventurados” a los pobres, porque a ellos les pertenece el Reino (6,20); envía a los “doce” a proclamar el Reino (9,2); anuncia que el Reino “está cerca” (10,9-11); cuando enseña a sus discípulos a orar les instruye que digan: “venga a nosotros tu Reino”; dice que de los niños, y de los que son como ellos es el Reino (18,16); y finalmente, el buen ladrón le dice a Jesús: “acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino” (23,42).

El Reino, eso por lo que hay que dejar casa, mujer, hermanos, padre e hijos (18,29), rebasa toda comprensión por parte de los discípulos. Pero para que no se desanimen, les asegura que con los pocos recursos que tienen, pueden llevar a cabo su misión.

Para ello recurre primero al grano de mostaza, la semilla más pequeña de todas (los representa a ellos, los humildes comienzos del Reino), que cuando se planta y crece se convierte en un arbusto en el que anidan los pájaros. El Reino es algo que crece, que “brota” de la tierra, como lo hace una semilla cuando germina; es la vida misma que se abre paso poco a poco para romper la tierra que la aprisiona, y alzarse sobre ella. Nos enseña que el Reino no es algo estático, circunscrito a unos límites territoriales o temporales. Tiene que crecer y ha de seguir creciendo, aunque a veces su crecimiento sea lento, casi imperceptible.

La levadura, por su parte, le imparte a la imagen del Reino que Jesús quiere transmitir ese elemento de potencia de transformación que ocurre de forma casi imperceptible, como cuando la masa se mezcla con la levadura viva y se deja cubierta para esperar que fermente, y se  transforma en una hogaza lista para ser metida en el horno. El Reino ha de seguir transformándose, creciendo, hasta llegar a su plenitud en el día final, cuando se lleven a cabo las bodas del Cordero (Cfr. Ap 21).

Jesús nos envía a proclamar la buena noticia del Reino. Tenemos que seguir regando la semilla para que germine, rogándole al Señor que envíe operarios a su mies (Mt 9,38; Lc 10,2). Anda, ¡atrévete!; la paga es abundante: la Vida eterna (Cfr. Rom 6,23; Mt 10,32).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 29-10-18

La primera lectura de la liturgia para hoy (Ef 4,32-5,8) es lo que podríamos llamar un “manual de instrucciones para la santidad”. San Pablo logra resumir, en un párrafo, lo que es un verdadero cristiano. Y es tan explícito que no requiere explicación ni interpretación alguna. Les invito a leerla.

Como segunda lectura se nos presenta el pasaje evangélico en el que Jesús cura a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada sin poderse enderezar (Lc 13,10-17). Este milagro resalta por dos cosas: Lucas es el único que lo narra, y Jesús obra el milagro sin que la mujer, ni nadie más se lo pida. Nos dice la lectura que Jesús estaba enseñando en una sinagoga y al ver la mujer la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Luego hizo el gesto visible de imponerle las manos, “y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.”

Muchos ven en esta narración un simbolismo relacionado con la opresión a que estaban sometidas las mujeres en tiempos de Jesús (simbolizada por el estar encorvada, que la mantenía en un estado servil y no le permitía mirar a los hombres a los ojos) y que Jesús, al enderezarla, le devuelve su dignidad. No obstante, lo cierto es que esa mujer encorvada nos representa a todos los que estamos “encorvados”, oprimidos bajo el peso de nuestros vicios, nuestros pecados, nuestras angustias, nuestros pesares.

La mujer estaba encorvada, no podía interactuar con los que le rodeaban, no podía levantar los ojos al cielo. Jesús se toma la iniciativa, la llama, la cura, la “endereza”. Está claro que Jesús nos quiere erguidos, de pie, en victoria. Por eso nos libera de nuestras “cargas” pesadas (“Vengan a mi…” Mt 11,28), levanta a los que están postrados, como la suegra de Pedro (Mc 1,3-31). Ese “levántate” que encontramos también en el Antiguo Testamento, en el que vemos actuar a un Dios que “levanta del polvo al desvalido” (1 Sam 2,7-8; Sal 113,7), y “levanta al pobre de la miseria” (Sal 107,41).

Estar de pie es sinónimo de libertad, de la dignidad propia de los hijos de Dios. Dios nos creó para ser felices y libres, no para ser esclavizados, ni oprimidos, ni caídos, ni deprimidos. Por eso cuando vio a su pueblo esclavizado en Egipto decidió intervenir en la historia para llevar a cabo el gesto liberador del Éxodo.

Ahora vivimos esclavizados, oprimidos, “encorvados” bajo el peso de nuestros pecados, nuestros vicios. Y ese peso nos impide avanzar, nos impide ver nuestro entorno con claridad, nos impide fijar la mirada en el cielo, nos impide “glorificar a Dios”, como hizo aquella mujer encorvada tan pronto Jesús la enderezó.

Hoy Jesús quiere enderezarnos a nosotros también. Nos invita a poner a sus pies todas nuestras cargas pesadas, materiales o espirituales, que nos mantienen encorvados. Si lo hacemos y nos postramos ante Él, nos impondrá su mano poderosa, nos “pondrá derechos”, y como la mujer encorvada, glorificaremos a Dios.

Que pasen todos una hermosa semana llena de PAZ.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 27-10-18

En el Evangelio de hoy (Lc 13,1-9) se nos continúa narrando la última subida de Jesús a Jerusalén. Acaba de contar a los que le siguen una parábola sobre la reconciliación. Ahora les plantea la necesidad de conversión, unida a la paciencia divina.

Los que le siguen le plantean dos eventos separados, uno producto de la conducta humana (los revoltosos ejecutados por Pilato en Galilea), y otro producto de un hecho fortuito (los que murieron aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé en Jerusalén). En tiempos de Jesús existía la creencia que esas desgracias eran producto del pecado. Por eso Jesús se apresta a decirles que si creen que los que murieron eran más pecadores que el resto de la población, está equivocados: “Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Jesús les dice que no solo son culpables los que sufren algún “castigo”, sino todos: tanto los habitantes de Galilea como los de Jerusalén, por lo que es necesario entrar en un camino de conversión.

En el Evangelio de ayer Jesús hablaba de los “signos de los tiempos”, de cómo en los eventos que ocurren a nuestro alrededor, incluyendo las desgracias, podemos encontrar la Palabra de Dios, que nos invita constantemente a la conversión. Para enfatizar la necesidad de conversión y la inminencia de la misma, Jesús les plantea la parábola del viñador. En esta se nos narra la historia de “uno” que tenía una higuera que llevaba tres años (el tiempo que Jesús llevaba predicando) sin dar fruto, y dijo al viñador, “córtala”. Pero el viñador le pidió más tiempo para cavar a su alrededor y abonarla a ver si daba fruto.

Todos estamos llamados a la conversión, pero si leemos los signos de los tiempos, como la desgracia de los que murieron repentinamente, a la luz del Evangelio, comprendemos Dios nos está diciendo que tenemos un tiempo limitado en nuestra vida y tenemos que aprovecharlo. Y Dios es paciente con nosotros, no nos castiga, y nos da un año más, y otro, y otro… Pero el tiempo se nos acaba, y no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar novio y encontrarnos con las lámparas sin aceite (Cfr. Mt 25,1-13).

Jesús nos sigue llamando (Cfr. Ap 3,20), pero seguimos dejándolo “para mañana”. Entonces tenemos que preguntarnos, ¿hasta cuando voy a tener para contestarle? No tenemos más que abrir un periódico para leer sobre todas las personas que a diario mueren producto de accidentes o crímenes. La pregunta obligada es: Estas personas, ¿habían contestado la llamada de Jesús, o lo habían dejado para “mañana”?

Si no lo has hecho, este este fin de semana que comienza es un buen momento para reconciliarte con el Señor. No desaproveches la oportunidad.

Todavía estamos a tiempo… ¡Anda!, Él te espera.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 25-10-18

Llamamos “signos de los tiempos” a todos los acontecimientos que percibimos en nuestro entorno, positivos y negativos, colectivos y personales, los cuales, leídos a la luz del Evangelio, nos dejan un mensaje interpelante de Dios, nos hacen tomar acción acorde a las enseñanzas de ese Evangelio.

A eso es que se refiere Jesús en el Evangelio de hoy (Lc 12,54-59) cuando dice a la gente: “Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: ‘Chaparrón tenemos’, y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: ‘Va a hacer bochorno’, y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?”

“Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza” (GS 4). Con esa aseveración comienza la exposición preliminar de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II.

Más adelante, el mismo documento conciliar nos dice que: “Movido por la fe que le impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, el pueblo de Dios se esfuerza en discernir en los acontecimientos, las exigencias y los deseos que le son comunes con los demás hombres de nuestro tiempo y cuáles son en ellos las señales de la presencia o de los designios de Dios”.

Por eso se dice que la Palabra de Dios no es un mensaje del pasado, sino que es una “Palabra viva y eficaz, más cortante que cualquier espada de doble filo” (Hb 4,12), y aunque fue escrita hace casi dos mil años, es tan válida hoy como lo fue entonces.

En el Evangelio de hoy Jesús nos invita a tomar conciencia de los acontecimientos de este mundo tan convulso en que vivimos, a “darnos cuenta” del momento que vivimos, y examinarlos a la luz de su Palabra, esa Palabra que interpela, ante la cual no podemos permanecer indiferentes. Cada uno de nosotros tiene que hacer lo que le corresponde según los carismas que el Espíritu nos haya conferido a cada cual. Los de su tiempo no supieron hacerlo, y perdieron la oportunidad de sus vidas.

Todavía estamos a tiempo, pero Jesús nos advierte de la posibilidad que ese tiempo sea corto: “Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel”.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda el don de discernimiento para poder identificar interpretar los signos de los tiempos a la luz de su Palabra, de manera que podamos tomar todas las acciones a nuestro alcance para adelantar la instauración del Reino.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMO NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 25-10-18

El símbolo ichtus o ichthys, creado por la combinación de las letras griegas ΙΧΘΥΣ en una rueda. Foto tomada en Éfeso, durante nuestra peregrinación por la ruta de san Pablo. El vocablo significa pez, pero constituye además un acrónimo: Ἰησοῦς Χριστός, Θεοῦ Υἱός, Σωτήρ (Iēsoûs Christós, Theoû Hyiós, Sōtḗr), que se traduce al español como Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador.

Como primera lectura hemos estado contemplando en los días pasados la carta del apóstol san Pablo a los Efesios. El texto de hoy (Ef 3,14-21) nos remite a la gratuidad del amor de Dios, ese amor que nos permite conocerle en la medida que nuestra capacidad finita lo permite.

“Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que, de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todos los santos, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano” (14-19).

Pablo habla de “doblar rodillas”, un gesto poco común entre los judíos, que acostumbran a orar de pie o sentados. El doblar rodillas implica postrarse en total adoración. Esa frase nos indica la profundidad de su oración por la comunidad de Éfeso, por la que pide que sus corazones sean “robustecidos” en la fe que, según Pablo, ha de estar enraizada y cimentada en el amor. Porque ese amor de Dios que se derrama sobre nosotros es lo que le da sentido a toda la doctrina de Jesús (Cfr. 1 Cor 13,1-3), lo que nos permite llegar al conocimiento de la verdad, esa verdad que nos hace conocer la verdadera libertad (Cfr. Jn 8,31-32). Y esa verdad no es otra cosa que la fidelidad del amor de Dios al hombre tal y como es. Es el amor de “Dios madre”, que ama a los hijos de sus entrañas no importa lo que hagan, y que siempre está presta a perdonarlos cuando regresan arrepentidos (Cfr. Lc 15,20-24).

Jesús nos ha dicho: “Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). Y como nos dice Piet van Breemen: “Esta verdad es designada en el Antiguo Testamento con el término ‘emet’, que significa en el pensamiento judío, la solidez del amor de Dios. Cristo no vivió más que para eso: para convencernos de la verdad de que somos amados por Dios y de que ese amor es de fiar, hagamos lo que hagamos”. Pablo por su parte nos recuerda que solo cuando llegamos a ese conocimiento podemos llegar a nuestra “plenitud, según la plenitud total de Dios”.

Hoy, pidamos al Señor que abra nuestros corazones para que podamos recibir la plenitud de la auténtica verdad: que somos amados por Él, y que nos ama tal cual somos. Entonces no tendremos más remedio que reciprocar ese amor.

Y de la misma manera que Pablo “dobla rodillas” por los de Éfeso, nosotros debemos hacer lo propio por nuestros hermanos para todos se salven, pues “esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,3-4).