REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN, FUNDADOR DE LA ORDEN DE PREDICADORES 08-08-22

La Orden de Predicadores (Dominicos) celebra hoy la Solemnidad de nuestro padre y fundador Santo Domingo de Guzmán, y en esta fecha celebramos la liturgia propia de la solemnidad, apartándonos de las lecturas correspondientes al tiempo ordinario.

Como primera lectura propia de la Solemnidad, se nos ofrece un texto de la Primera Carta del Apóstol san Pablo a los Corintios (2,1-10a), que nos presenta el secreto de la predicación de Pablo: “Cuando vine a ustedes a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a ustedes débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. Pablo termina este pasaje diciendo: “«Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu”.

Ahí está el secreto de la evangelización: predicar a Jesús muerto y resucitado, y las maravillas que ha obrado en cada uno de nosotros a través de su Santo Espíritu. El Padre Emiliano Tardiff lo expresó de manera elocuente: “Un evangelizador es ante todo un testigo que tiene experiencia personal de la muerte y resurrección de Cristo Jesús y que transmite a los demás, más que una doctrina, una persona que está viva, que comunica vida y vida en abundancia. Después, solo después y siempre después, se debe enseñar la catequesis y la moral. A veces estamos muy preocupados en que la gente cumpla los mandamientos de Dios antes de que conozcan al Dios de los mandamientos”.

De Santo Domingo se dice que “hablaba con Dios y de Dios”. Hablaba con Dios porque era hombre de oración, estudio de la Palabra y contemplación de la verdad revelada a través del estudio. El fruto de esa contemplación, que es el conocimiento de Dios, es lo que le permitía “hablar de Dios”, es decir, compartir con otros su experiencia de Dios como “una persona que está viva que comunica vida y vida en abundancia”. Ese fue el secreto de Pablo, y el secreto de Domingo de Guzmán, y es el ejemplo que debemos emular.

Como lectura evangélica contemplamos a Lc 9,57-62, que nos presenta dos frases que resumen las exigencias del seguimiento de Jesús: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Jesús no solo abandonó su casa, sino que junto a ella abandonó también a su familia, especialmente a su madre, que era la persona que más amaba. Cuando Jesús le dice a su discípulo que seguirlo a Él es más importante que cumplir con el piadoso deber de enterrar a los muertos, lo hace con todo propósito, para recalcar la radicalidad del seguimiento, y que no hay nada más importante que el anuncio del Reino.

Domingo de Guzmán vivió esa radicalidad en el seguimiento de Jesús, e imprimió a la Orden ese carisma, que me honro compartir.

¡Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (2) 24-07-22

Jesús les enseñó a sus discípulos a rezar la primera oración que aprendemos cuando niños: el Padrenuestro.

La lectura evangélica que contemplamos hoy (Lc 11,1-13) es la versión de Lucas del pasaje en que Jesús les enseñó a sus discípulos a rezar la primera oración que aprendemos cuando niños: el Padrenuestro. Yo mismo cierro los ojos y recuerdo a mi madre enseñándome a juntar mis manitas mientras recitaba verso a verso el Padrenuestro para que yo lo aprendiera.

Esta versión es un poco más corta que la de Mateo (6,9-13), que es la que normalmente recitamos. La versión de Lucas (11,1-4) está precedida de una petición por parte de sus discípulos para que les enseñara a orar como Juan había enseñado a sus discípulos. No se trataba de que les enseñara a orar propiamente, pues si algo saben hacer los judíos es orar, sino más bien que les enseñara una oración que les distinguiera de los demás grupos, cada uno de los cuales tenía su propia “fórmula”. Es decir, los discípulos de cada maestro se distinguían por una oración particular. Así, Jesús les da una oración que habría de ser el distintivo de todos sus discípulos, y que contiene una especie de “resumen” de la conducta que se espera de cada uno de ellos, respecto a Dios y al prójimo.

Además de enseñar a sus discípulos, y a nosotros, a dirigirnos al Padre como “Abba”, el nombre con que los niños hebreos se dirigían a su padre (“Abba nuestro…”), y a confiar en Su divina providencia y protección contra las acechanzas del maligno, nos establece la norma, la medida, en que vamos a ser acreedores de Su perdón cuando le fallamos (que para la mayoría de nosotros es a diario): “perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo”.

Además de repetirlo mecánicamente (como los gentiles cuya “palabrería” Él critica en la versión de Mateo), ¿en algún momento nos detenemos a pensar en lo que estamos diciendo respecto al perdón cuando recitamos el Padrenuestro? Si le pedimos al Padre que nos perdone en la misma medida que perdonamos a los que nos ofenden, ¿seremos acreedores de Su perdón? ¡Uf! Una vez más Jesús nos la pone difícil. ¿Quién dijo que el seguimiento de Jesús era fácil? “El que quiera seguirme…” (Mt 16,24; Mc 8,34; Lc 9,23).

Nuevamente tenemos que decir: ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No. Él nos advirtió que el camino iba a ser empinado, pero nos dio la herramienta para hacerlo llevadero. Él mismo nos había dicho que tenemos que amar a nuestros enemigos (Lc 6,27-36). El Padre nos perdona porque nos ama, porque el perdón es fruto del amor. Si le escuchamos y seguimos en lo primero (amar incluso a nuestros enemigos), lo segundo (perdonar a los que nos ofenden) es consecuencia lógica, obligada. Dios nos ama con amor de Madre, y nos pide que nos amemos unos a otros como Él nos ama (Jn 13,34b). ¿Qué madre no perdona a su hijo?

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,5). Y si abrimos nuestro corazón a ese Amor, se desbordará sobre nuestros hermanos, y el perdón no se hará esperar. Ni de nosotros a nuestros hermanos, ni de Dios a nosotros. ¡Entonces viviremos el Padrenuestro!

Que pasen un hermoso día lleno de la Paz del Señor, y no olviden visitar la Casa del Padre. Él y su Hijo nos esperan para derramar su Santo Espíritu sobre nosotros.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 27-05-22

Ruinas de la ciudad de Corinto, donde Pablo permaneció año y medio siguiendo la voz del Señor: “No temas. Yo estoy contigo”.

La primera lectura de hoy (Hc 18,9-18) es continuación de la de ayer, y nos presenta a Pablo en plena evangelización de la ciudad de Corinto. Mientras estuvo allí vivió en casa de Priscila y Aquila, lugar donde con toda seguridad se reunían los cristianos para la oración, la enseñanza de la doctrina de los apóstoles, y la fracción del pan (Cfr. Hc 2,42).

El relato que contemplamos hoy comienza con Jesús presentándose en una visión a Pablo y diciéndole: “No temas. Sigue predicando y no te calles. Yo estoy contigo. Nadie pondrá la mano sobre ti para dañarte, porque en esta ciudad hay un pueblo numeroso que me está reservado”. Eso fue suficiente para que Pablo se quedara en Corinto durante año y medio, como habíamos adelantado en nuestra reflexión de ayer, y fundara una comunidad de creyentes en medio del ambiente pagano y libertino de aquella ciudad.

Hay algo que llama la atención sobre Pablo y su misión. Desde aquél primer encuentro de Pablo con la persona de Jesús en el camino a Damasco, Jesús está siempre presente en su vida; en todo momento y en todo lugar. Al leer las cartas de Pablo podemos ver cómo lo menciona continuamente (al menos tres o cuatro veces en cada página), cuenta con Él, no permite que se rompa el hilo conductor entre ambos. Y ese hilo conductor es la oración. De la misma manera que Jesús vivió toda su vida en un ambiente de oración con el Padre, Pablo vivió la suya en un ambiente de oración con Jesús. Más tarde dirá a los tesalonicenses: “Oren sin cesar” (1 Tes 5,17). Esa oración hacía que Jesús formara parte integrante y esencial de su vida; vivía en comunión con Él. Por eso Pablo podía escucharle.

Nosotros también podemos vivir esa comunión constante con Jesús si perseveramos en la oración. “No temas… porque yo estoy contigo”. Esa fue la promesa de Jesús a sus discípulos antes de partir (Cfr. Mt 28,20). Aquellos primeros cristianos estaban convencidos de esa presencia en sus vidas. Creían en Jesús y le creían a Jesús. Por eso “se llevaban el mundo de frente” y no cesaban en su empeño de evangelizar.

Hoy debo preguntarme: ¿Estoy convencido de la presencia de Jesús en mi vida? Más aún, cuando oro, ¿escucho su voz llamando a mi puerta (Cfr. Ap 3,20) que me dice: “No temas… porque yo estoy contigo”? Yo he tenido la experiencia de sentir Su presencia y escuchar Su voz en medio de un ambiente hostil y peligroso, y sentirme seguro porque me dijo claramente: “Nadie pondrá la mano sobre ti para dañarte”.

“No temas…” Esas palabras que el Señor le dice a Pablo están también, por así decirlo, a flor de labios de Dios. Son las mismas que el Padre le dice a Jeremías (1,8), a Zacarías (Lc 1,13) y a la Virgen María (Lc 1,30). Del mismo modo dijo a Moisés “Yo estoy contigo” (Ex 3,12). Ellos le creyeron y Dios obró maravillas en ellos.

A nosotros, al igual que a Pablo y a los primeros cristianos, Jesús nos está diciendo: “¡No temas… estoy contigo!”. Señor, danos esa misma certeza, esa seguridad.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 16-05-22

“… el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.

“Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. Con estas palabras de Jesús concluye el Evangelio de hoy (Jn 14,21-26).

A partir de hoy, según vayamos acercándonos a ese gran acontecimiento de Pentecostés cuando el Espíritu se derrama sobre los apóstoles reunidos en oración en torno a María, la madre de Jesús, veremos cómo la liturgia nos irá preparando para ese día. Según la Cuaresma nos fue preparando para la Pascua, la Pascua nos sirve de preparación para Pentecostés. Según nos acerquemos a Pentecostés, las lecturas que nos presenta la liturgia continuarán intensificando las alusiones al Espíritu Santo. Ese Espíritu que infundió en los apóstoles el celo de la predicación para salir a conquistar el mundo para Cristo, a instaurar el Reino de Dios en la tierra.

Pero sabemos que esa tarea no ha concluido, que corresponde a nosotros, la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios, continuarla. Por eso tenemos que invocar continuamente el Espíritu Santo para que se derrame sobre nosotros como lo hizo en aquél primer Pentecostés, y nos de la valentía y la fortaleza para continuar proclamando la Palabra de Dios en todas partes y en todo lugar, a tiempo y a destiempo, y de ese modo ayudar en la instauración del Reino que ya ha llegado pero que todavía espera su culminación en la parusía (segunda venida de Jesús).

Los santos Pablo y Bernabé nos proporcionan un ejemplo del celo apostólico que debe caracterizar a todo discípulo de Jesús. La primera lectura de hoy (Hc 14,5-18) nos presenta estos dos predicando, primero en Licaonia, y luego en Listra y Derbe.

Nos cuenta el pasaje que “había en Listra un hombre lisiado y cojo de nacimiento, que nunca había podido andar”. Este hombre escuchaba con tanta atención la predicación de Pablo, que este, “viendo que tenía una fe capaz de curarlo, le gritó, mirándolo: ‘Levántate, ponte derecho’”. Inmediatamente el hombre dio un salto y echó a andar. El poder de la Palabra, que cuando se une a un acto de fe, es capaz de mover montañas (Cfr. Mt 17,20); la Palabra de Dios, que hace morada en nuestros corazones y es capaz de desatar su poder a través de nosotros. Como nos dice Jesús en el Evangelio de hoy: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

Los que estaban allí, al ver el milagro, creyeron que Pablo y Bernabé eran dioses y quisieron adorarles ofreciéndoles sacrificios. Ambos tuvieron que reprender vigorosamente a todos hasta disuadirlos de que les ofrecieran sacrificios.

Esta es una tentación que continuamente sale al paso de todo los que predicamos la Palabra; la adulación de los que atribuyen el poder de la Palabra al mensajero y no pueden, o no quieren a ver al Autor. En esos momentos tenemos que mantener los pies en la tierra y proclamar con humildad que nuestra predicación viene del Espíritu, y al igual que Pablo y Bernabé, afirmar que tan solo somos unos instrumentos, mortales e imperfectos, del Evangelio de Nuestro Señor.

Que pasen un hermoso día y una semana llena de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 08-04-22

“Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”.

“Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”. Esa ha sido la constante en los relatos evangélicos de los días recientes. La autoridades, los componentes del poder ideológico-religioso de la época, ya habían puesto en marcha su conspiración para acabar con Jesús. Había que eliminarlo. Pero su hora no había llegado aún. Cuando llegue la hora Él no opondrá resistencia, y enfrentará con valentía, no solo el poder ideológico-religioso, representado por el Sumo Sacerdote Caifás y el Sanedrín, sino también el poder político, representado por el rey Herodes Antipas y el Procurador romano Poncio Pilato.

En el relato evangélico de hoy (Jn 10,31-42) encontramos a Jesús enfrentando a unos judíos que se disponían a apedrearlo. Jesús los confronta con todos los portentos y prodigios que ha obrado “por encargo” de su Padre, y ellos insisten en apedrearlo, no por las buenas obras que ha realizado, sino por blasfemo, al atribuirse a sí mismo el ser Dios. Los judíos que le rodean están tan concentrados en la letra de la Ley que no pueden ver que tienen a Dios delante de ellos, no tienen fe. Creen en Dios pero no creen en Su Palabra que se hace presente entre ellos.

En el sermón de la Montaña Jesús había dicho: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Si no abro mi corazón al amor incondicional de Dios (la Verdad) y comparto ese amor con mi prójimo, especialmente los más necesitados, jamás veré el rostro de Dios aunque lo tenga delante de mí (Cfr. Mt 25,31-46). Me pasará igual que a aquellos judíos que lo tuvieron ante sí y no le reconocieron, a pesar de todas las pruebas que se les presentaron.

Como no había llegado su hora, el Señor lo protegió y permitió que escapara. En la misma situación vemos al profeta Jeremías en la primera lectura (Jr 20,10-13). Jeremías fue llamado por Dios al profetismo a temprana edad. Por eso puso resistencia cuando recibió su vocación: “¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven”. El Señor le dijo que no aceptaba esa excusa, y le prometió su protección (1,8).

A pesar de su corta edad, Jeremías fue llamado a denunciar los graves pecados del pueblo, sus infidelidades a la Alianza. Y al igual que Cristo, fue perseguido, y conspiraron para atraparlo y acabar con él. “‘Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo’. Mis amigos acechaban mi traspié: ‘A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él’”. Pero el profeta confió en la palabra de Dios y siguió adelante. “El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”.

Es la oración de petición confiada y fervorosa que encontramos en el Salmo (17) de hoy: “En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó”.

Asimismo tenemos que aprender a confiar en el Señor cuando se nos persiga, o se mofen de nosotros causa del Evangelio. “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador”.

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (C) 13-03-22

La liturgia para este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la versión de Lucas de la Transfiguración del Señor (Lc 9,28b-36). Comienza la narración con Jesús tomado a sus discípulos más íntimos, sus “amigos” inseparables, Pedro, Santiago y Juan, con quienes compartió experiencias especiales (como la de hoy), subiendo a lo alto de la montaña a orar.

La oración, uno de los rasgos distintivos de Jesús. Los relatos evangélicos nos muestran a Jesús orando en los momentos más importantes de su vida, y antes de tomar cualquier decisión importante. Toda la vida de Jesús transcurrió en un ambiente de oración. Su vida se nutría de ese diálogo constante con el Padre. Así, por ejemplo, lo vemos orando en el momento de su bautismo (Lc 3,22), antes de la elección de los “doce” (Lc 6,12), ante la tumba de su amigo Lázaro antes de revivirlo (Jn 11,41b-42), al curar al endemoniado epiléptico (Mc 9,28-29), en la oración de acción de gracias que precedió la institución de la Eucaristía, en el huerto de Getsemaní (Mt 26,36-44), al pedir por sus victimarios (Lc 23,34), y al momento de entregar su vida por nosotros (Mt 27,66; Cfr. Sal 22,2;).

Durante el tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a retomar la práctica de la oración.  Hoy encontramos a Jesús nuevamente “orando” en el monte Tabor junto a sus discípulos, y vemos cómo, estando en oración, se “transfiguró”. ¡El poder de la oración! Sí, Jesús se transfiguró por el poder de la oración. Y Jesús había invitado a sus amigos a acompañarle para que fueran testigos de esa manifestación de la Gloria de Dios.

Nos dice el pasaje que contemplamos hoy que “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos”. Del mismo modo la oración puede “transfigurar” nuestras almas, permitiéndonos participar de la Gloria de Dios, convirtiéndonos en otros “cristos”. Ese es el mejor testimonio de nuestra fe, pues todo el que nos vea notará algo “distinto” en nuestro rostro; tal vez esa sonrisa inconfundible que refleja la verdadera “alegría del cristiano” que solo puede ser producto de haber tenido un encuentro con Dios.

Era también en la oración que Jesús encontraba la fuerza para continuar y completar su misión. Y esa fuerza emanaba del amor del Padre. Como decía santa Teresa de Jesús: “La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar”. De igual modo, la oración es la “gasolina” que nos permite seguir adelante en la misión que el Señor ha encomendado a cada cual. De ella nos nutrimos y en ella encontramos el bálsamo que sana nuestras heridas y alivia nuestros pesares, al sentirnos arropados por ese Amor incondicional del Padre que se derrama sobre nosotros en la oración fervorosa.

Hoy, pidamos al Señor que nos transfigure en la oración, para que Su luz ilumine nuestros rostros, de manera que podamos convertirnos en “faros” que aparten las tinieblas y arrojen un rayo de esperanza que guíe a nuestros hermanos hacia Él. Por Jesucristo nuestro Señor.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 10-03-22

Llamad y se os abrirá; porque al que llama se le abre

Todas las lecturas de hoy nos refieren la oración, enfatizando la oración impetratoria o de petición fervorosa.

La primera lectura, tomada del libro de Ester (3,6; 4,11-12.14-16.23-25), nos presenta a la reina Ester pidiendo fervorosamente la protección de Dios en un momento de gran peligro en que temía por su vida. La plegaria de Ester refleja su total confianza en el Señor y sus promesas, confianza que solo puede emanar de la fe. Esa fe se refleja en la manera en que Ester actuó inmediatamente después de su oración. Actuó conforme a su certeza en que Dios había escuchado su oración. En eso consiste la fe.

Ester reconoce su pequeñez, su impotencia, su soledad (“estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti”), y pone toda su confianza en Dios con una certeza que solo puede emanar de la fe verdadera.

La lectura evangélica (Mt 7,7-12), por su parte, nos evoca esa plegaria de Ester. En este pasaje Jesús nos enseña a pedir con la confianza en que nuestro Padre que está en el cielo siempre está dispuesto a darnos si le pedimos con ese mismo espíritu. Ya la antífona del Salmo (137) nos había puesto en “sintonía”: “Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”.

El Evangelio nos dice: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!”

El abandono a la voluntad y providencia de Dios que surge de la verdadera fe no se manifiesta sentándose a esperar que Él nos provea nuestras necesidades. Por el contrario, tenemos que “actuar” de conformidad con esa confianza, esa certeza de que Dios escucha nuestra plegaria. Si no buscamos no hallaremos; si no llamamos no se nos abrirá.

En su libro Ser como Dios manda (pp.49-50), Benjamín Oltra Colomer nos dice: “Creyente no es el que posee a Dios, sino el que se deja poseer por él. No eres tú quien posee la Revelación, si eres creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga, hipoteca y guía tu vida dirigiendo tus pasos y haciendo que aceptes la voluntad de Dios como propia”.

Cuando llegamos a ese grado de compenetración con Dios en la oración, Su voluntad guía nuestra súplica, y nuestra petición coincide con Su voluntad, que siempre coincide con el mayor bien para nosotros. Por tanto, no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad. Entonces Dios siempre nos dará lo que le pedimos, porque todo lo que le pidamos será “bueno”.

Durante este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor que nos permita crecer en la fe de tal manera que nuestra oración de petición vaya siempre precedida de una acción de gracias (Cfr. Jn 11,41).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 09-03-22

“Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás”.

La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy está tomada del libro de Jonás (3,1-10), y para comprenderla tenemos que ponerla en contexto. Afortunadamente el libro de Jonás es corto (apenas dos páginas). Nos narra la historia de este profeta que es más conocido por la historia del pez que se lo tragó, lo tuvo tres días en el vientre, y luego lo vomitó en la tierra (!!!!), que por la enseñanza que encierra su libro.

Lo cierto es que Yahvé envió a Jonás a profetizar a Nínive: “Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y clama contra ella, porque su maldad ha llegado hasta mí” (1,2). Jonás se sintió sobrecogido por la magnitud de la encomienda, pues Nínive era una ciudad enorme para su época, de unos ciento veinte mil habitantes (4,11), que se requerían tres días para cruzarla (3,3). Decidió entonces “huir” de Yahvé y esconderse en Tarsis. Precisamente yendo de viaje a Tarsis en una embarcación es que se suscita el incidente en que lo lanzan por la borda y Yahvé ordena al pez que se lo trague.

Jonás había desatendido la vocación (el “llamado”) de Yahvé. Pero Yahvé lo había escogido para esa misión y, luego de su experiencia dentro del vientre del pez, en donde Jonás experimentó una conversión (2,1-10), lo llama por segunda vez: “Parte ahora mismo para Nínive, la gran ciudad, y anúnciale el mensaje que yo te indicaré”.

Jonás emprendió su misión, pero esta vez consciente de que era un enviado de Dios, anunciando Su mensaje: “Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida”. Tan convencido estaba Jonás de que su mensaje provenía del mismo Yahvé, que los Ninivitas lo recibieron como tal, se arrepintieron de sus pecados, e hicieron ayuno y se vistieron de saco (hicieron penitencia). Esta actitud sincera hizo que Yahvé, con esta visión antropomórfica (atribuirle características humanas) de Dios que vemos en el Antiguo Testamento, “se arrepintiera” de las amenazas que les había hecho y no las cumpliera.

Dos enseñanzas cabe destacar en esta lectura. Primero: ¿cuántas veces pretendemos ignorar el llamado de Dios porque nos sentimos incapaces o impotentes ante la magnitud de la misión que Él nos encomienda?  Recordemos que Dios no escoge a los capacitados para encomendarles una misión; Dios capacita a los que escoge, como lo hizo con Jonás, y con Jeremías, y Samuel, y Moisés, etc. Si el Señor nos llama, nos va a capacitar y, mejor aún, nos va acompañar en la misión.

Segundo: Vemos cómo el Pueblo de Nínive se arrepintió, ayunó e hizo penitencia, logrando el perdón de Dios. No fue que Dios se “arrepintiera” pues Dios es perfecto y, por tanto no puede arrepentirse. De nuevo, estamos ante la pedagogía divina del Antiguo Testamento, con rasgos imperfectos que lograrán su perfección en la persona de Jesús.

El tiempo de Cuaresma nos invita a la conversión y arrepentimiento, que nos llevan a ofrecer sacrificios agradables a Dios, representados por las prácticas penitenciales del ayuno, la oración y la limosna.

No hagamos como los de la generación de Jesús, que serían condenados por los de Nínive, quienes se convirtieron por la predicación de Jonás mientras que los ellos no le hicieron caso a la predicación del Hijo de Dios (Evangelio de hoy – Lc 11,29-32).