REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 01-03-21

“La medida que uséis, la usarán con vosotros”.

El pasaje evangélico que leemos en la liturgia para hoy (Lc 6,36-38) comienza diciéndonos que seamos “misericordiosos” (otras traducciones dicen “compasivos”) como nuestro Padre es misericordioso. La compasión, la misericordia, productos del amor incondicional; el amor incondicional que el Padre derrama sobre nosotros (la “verdad” en términos bíblicos). La “medida” que se nos propone.

En otra ocasión Jesús nos decía: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5,48). Y esa perfección solo la encontramos en el amor; en amar sin medida; como el Padre nos ama. Ese Padre que es compasivo y siempre nos perdona, no importa cuánto podamos faltarle, ofenderle, fallarle. Ese Dios que siempre se mantiene fiel a sus promesas no importa cuántas veces nosotros incumplamos las nuestras. En la primera lectura, tomada del libro de Daniel (9,4b-10), escuchamos al profeta “confesando” a Dios sus pecados y los de su Pueblo: “Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona”.

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos hace un llamado a la conversión, a dar vuelta del camino equivocado que llevamos y cambiar de dirección (el significado de la palabra metanoia que san Pablo utiliza para “conversión”) para seguir tras los pasos de Jesús. Y si vamos a seguir los pasos de Jesús, si aspiramos a parecernos a Él (Cfr. Gál 2,20), buscamos en las Escrituras cómo es Él, y encontramos que es el Amor personificado. ¡Ahí está la clave! Para ser perfectos como el Padre es perfecto, tenemos que amar a nuestro prójimo como el Padre nos ama, como Jesús nos ama.

La primera lectura nos refiere a la misericordia de Dios hacia nosotros. Nos da la medida. El Evangelio nos refiere a la relación con nuestro prójimo. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. No se nos está pidiendo nada que Dios no esté dispuesto a darnos. “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34).

Examino mi conciencia. ¡Cuántas veces soy intolerante! ¡Cuántas veces, pudiendo ser compasivo me muestro inflexible! ¡Cuán presto estoy a juzgar a mi prójimo sin mirar sus circunstancias, su realidad de vida! ¡Cuántas veces condeno la mota en el ojo ajeno y no miro la viga en el mío (Lc 6,41)! ¡Cuántas veces le niego el perdón a los que me faltan (“perdona nuestras ofensas…”), y le niego una limosna al que necesita o, peor aún, le niego un poco de mi tiempo (el pecado de omisión; el gran pecado de nuestros tiempos)!

Le lectura evangélica termina diciéndonos: “La medida que uséis, la usarán con vosotros” (Cfr. Mt 25-31-46). Estamos viviendo un tiempo de conversión y penitencia en preparación para la celebración de la Pascua de Resurrección (“¡Vivimos para esa noche!”). La Palabra de hoy nos enfrenta con nuestra realidad y nos invita al arrepentimiento y a tornarnos hacia Dios. “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados” (Antífona del Salmo).

Todavía estamos a tiempo… Y tú, ¿qué vas a hacer?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 15-02-21

“¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”.

“En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: “¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla” (Mc 8,11-13). Este corto pasaje que nos propone la liturgia para hoy lunes de la sexta semana del tiempo ordinario como lectura evangélica, nos invita a reflexionar sobre nuestra fe.

Aquellos se negaban a aceptar el anuncio de Reino de parte de Jesús porque les faltaba fe, que no es otra cosa que “la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Gál 11,1). Sabemos por los relatos evangélicos que Jesús era un maestro del debate. Imagino que cuando los fariseos se sintieron acorralados ante los argumentos contundentes de Jesús, en un intento de quedar bien delante de los que les escuchaban, decidieron ponerle a prueba exigiendo un signo del cielo. Un riesgo para ellos y una tentación para Jesús; la oportunidad de demostrar su poder, como cuando el demonio tentó a Jesús en el desierto luego de ayunar por cuarenta días: “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes” (Mt 4,3). Pero Jesús no vino a demostrar su poder sino a servir, a dar su vida por la salvación de todos. Los milagros que hace son producto de su amor y misericordia infinitos, no para demostrar su poder.

Aun así, los que decidimos seguir al Señor y proclamar su Palabra, en ocasiones nos sentimos frustrados y quisiéramos que Dios mostrara su poder y su gloria a todos, para que hasta los más incrédulos tuvieran que creer, experimentar la conversión. Y es que se nos olvida la cruz… Si fuera asunto de signos, las legiones celestiales habrían intervenido para evitar su arresto y ejecución (Cfr. Jn 18,36). El que vino a servir y no a ser servido no necesita más signo que su Palabra.

Hoy que tenemos la Palabra de Jesús, sus enseñanzas, y su Iglesia con los sacramentos que Él instituyó, tenemos que preguntarnos: ¿Es eso suficiente para creer, para moverme a una verdadera conversión, o me gustaría al menos un “milagrito” para afianzar esa “conversión”? ¿Acaso no basta el milagro que se efectúa sobre el altar cada vez que las especies eucarísticas se convierten en el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesús? ¡Ah!, pero para percibir ese milagro hace falta fe…

Pienso en esos “televangelistas” con su espectáculo multitudinario en el cual los ciegos recuperan la vista, los tullidos caminan, los sordos recuperan la audición y el habla, etc., etc., y me pregunto: ¿Acaso los que presencian esos portentos creerían igual si no tuvieran esos “signos”? La Buena Noticia del Reino, ¿necesita de “signos” visibles para ser creída? Esas personas creen creer porque “ven”… (Cfr. Jn 20,25). ¿Es eso fe?

A veces el verdadero milagro consiste en la felicidad que produce el saberse amado por Dios en medio de la enfermedad, del dolor, de las dificultades y de las pérdidas, y confiar en su promesa de Vida eterna.

Que pasen una hermosa semana…

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DEL T.O. (B) 07-02-21

No tenemos que hacer portentos como Jesús; a veces el mejor milagro que podemos hacer es regalar una sonrisa que refleje el Amor de Dios…

Las lecturas que nos ofrece la liturgia para este quinto domingo del Tiempo Ordinario giran en torno al tema de la predicación, el anuncio del Reino.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (9,16-19.22-23), encontramos la famosa frase del apóstol: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!”. En este pasaje san Pablo nos presenta las características del verdadero apóstol, del enviado por el Señor a predicar la Buena Nueva del Reino (es decir, todos y cada uno de nosotros): “Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos”. En otras palabras, que el seguidor de Jesús ha de seguir los pasos del Maestro, que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28). Esa es la mejor predicación, traducir nuestra fe en obras (Cfr. St 2,18).

El Evangelio (Mc 1,29-39) nos narra la curación de la suegra de Pedro. Una vez más vemos a Jesús curando enfermos, echando demonios, demostrando su poder. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Marcos quiere presentar a los paganos un Jesús poderoso en obras, por eso, de todos los evangelistas, es quien pone más énfasis en los milagros de Jesús, presentándolo como el gran taumaturgo o hacedor de milagros.

La lectura nos dice que después de curar a la suegra de Pedro, al anochecer “le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”. Todos esos milagros y demostraciones de poder por parte de Jesús constituyen un anuncio de que el Reino ha llegado pero, como sucede con muchos, en ocasiones no podemos ver más allá de los milagros y el beneficio que estos puedan brindarnos. Queremos y buscamos a un Jesús “milagrero” que resuelva nuestro “problema” inmediato, y pasamos por alto el hecho de que ese milagro es manifestación del Amor de Dios.

Al final de la jornada, luego de descansar un rato, Jesús se levantó y, como tantas veces, se marchó al descampado y allí se puso a orar, a retomar ese diálogo continuo con al Padre. Es allí donde los discípulos lo encuentran, lo interrumpen y le dicen: “Todo el mundo te busca”. La pregunta que me hago es: ¿para qué lo buscaban? ¿Por curiosidad, para verle hacer milagros? ¿Para que obrara un milagro en ellos? De todos los que lo “buscaban”, ¿cuántos lo hacían porque querían escuchar Su Palabra para ponerla en práctica? ¿Cuántos habían captado el mensaje detrás de los milagros?

Eso no detiene a Jesús, que dice a sus discípulos: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”. Esa fue la misión de Jesús, anunciar la Buena Noticia de que el Reino ya está aquí; y es la misión que encomendaría a sus discípulos antes de partir (Mc 16,15). Es lo que nos dice a nosotros ahora a través de la Palabra.

Y al igual que Jesús, nuestra predicación ha de ir acompañada de obras que den testimonio de la misma. No tenemos que hacer portentos como Jesús; a veces el mejor milagro que podemos hacer es aconsejar o alentar a alguien, visitar a un enfermo, acoger a alguien que sufra discrimen o rechazo, hacer una llamada telefónica, o tal vez regalar una sonrisa que refleje el Amor de Dios… Ese acto se convertirá en un testimonio de que el Reino ha llegado.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 06-02-21

Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor.

La lectura del Evangelio que la liturgia nos propone para hoy (Mc 6,30-34) retoma la narración del primer “envío” que leíamos el pasado jueves (Mc 6,7-13). Hoy se nos presenta el regreso de los apóstoles de esa misión. El evangelista no nos dice cuánto tiempo estuvieron misionando, solo nos dice que “los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado”. Me imagino el entusiasmo de los apóstoles contando todas sus peripecias durante la misión. Había llegado la hora del “informe”, de comparar notas con el Maestro, de recibir crítica constructiva de Él.

Así debería ser la Asamblea eucarística del domingo. Cada vez que terminamos la misa, con el rito de conclusión, el sacerdote nos “envía” a la aventura de la vida a vivir lo que celebramos, llevando a Jesús en nuestros corazones, para que con nuestros quehaceres diarios alabemos y bendigamos al Señor. Así, después de nuestra “misión” durante la semana, nos reunimos nuevamente el siguiente domingo en torno a la mesa con Jesús, tal como lo hicieron los apóstoles en el pasaje evangélico de hoy. Cuando el Señor nos pregunte sobre la misión que nos encomendó, ¿qué le vamos a decir?

Jesús está consciente de que después del viaje misionero los apóstoles deben estar cansados y hambrientos. Por eso les dice: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. El descanso y la alimentación son necesarios para mantenerse saludables y poder continuar predicando. En la celebración eucarística del domingo el Señor nos brinda un espacio de descanso de los trajines de la vida diaria, y nos alimenta con su Palabra y su Persona.

Continúa diciendo el relato que era tanta la gente que “no encontraban tiempo ni para comer”. Se montaron en una barca para ir a otro lugar tranquilo, pero la gente los siguió corriendo por la orilla del lago y se les adelantaron.

Al ver a la gente, Jesús sintió “lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. Vio la necesidad, el hambre espiritual de aquella multitud, y se sintió conmovido, al punto del sacrificio. Aquí se destaca otra dimensión de Jesús. En este pasaje Marcos nos presenta, no tanto el gran hacedor de milagros, sino el Pastor que cuida de su rebaño, aludiendo a una figura que encontramos en el antiguo testamento para referirse al pueblo de Israel que se había descarriado: “He visto a todo Israel disperso por las montañas, como ovejas sin pastor” (1 Re 22,17). Asimismo, nos lo presenta como el hombre sensible, que se compadece. Recordemos que Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús, quien habla con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús.

Trato de imaginar qué le diría Jesús a aquella multitud. Marcos no nos ofrece detalles sobre el contenido de la enseñanza de Jesús. Debemos suponer que les hablaba de la llegada del Reino, pues Marcos había establecido esto como la misión de Jesús, desde el comienzo de su Evangelio (1,14-15).

Esa es también nuestra misión (Mc 16,15). ¿Aceptas el reto?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 03-02-21

¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?

“Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Este versículo, tomado del prólogo del Evangelio según san Juan, resume lo ocurrido en el pasaje evangélico que nos brinda la liturgia para hoy (Mc 6,1-6).

Jesús regresa a su pueblo de Nazaret y, cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga. Era costumbre que se asignara la responsabilidad de pronunciar la homilía a un varón de la comunidad. Jesús, que se había marchado de Nazaret regresa de visita, y las noticias de su fama, y sobre todo sus milagros, han llegado a oídos de sus antiguos vecinos. El pasaje no nos dice qué les dijo Jesús en su enseñanza, pero lo que fuera les dejó asombrados: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”

Ignoraron el mensaje y fijaron su atención en el mensajero. Para los judíos Dios era un ser distante, terrible, inalcanzable. Y el Mesías esperado había de ser una persona rodeada de esplendor, de majestad. No podían concebir que aquél que había sido su vecino, que había compartido su vida cotidiana con ellos durante treinta años, fuera el Mesías esperado, y mucho menos que fuera el Hijo de Dios, Dios encarnado. “Y esto les resultaba escandaloso”.

Una vez más vemos a Marcos enfatizando la importancia de la fe: “No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe”. No es que Jesús “necesite” de nuestra fe para obrar milagros, no se trata de una “condición”; Él es omnipotente, no necesita de nadie. Pero la fe es necesaria para para recibir el milagro en nuestras vidas.

Jesús “se extrañó de su falta de fe”. Muchas veces, en nuestra labor apostólica nos frustramos, nos extrañamos, y hasta nos escandalizamos ante la falta de fe que encontramos en aquellos a quienes llevamos la Buena Noticia del Reino. Este pasaje nos debe servir de consuelo y, a la vez, de estímulo para seguir adelante. Vemos a Jesús, la segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios encarnado, predicando Su Palabra, ¡y no le hicieron caso!, ignoraron su mensaje. Cuando nos enfrentemos a una situación similar, hagamos como Jesús, que continuó “recorriendo los pueblos de alrededor enseñando”. Como Él dirá a sus discípulos en el Evangelio de mañana: “Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos” (Mc 6,11).

Estamos llamados a sembrar la semilla del Reino, pero tenemos que estar conscientes que esta no siempre caerá en terreno fértil (Mc 4,3-9; Lc 8,4-8; Mt 13,1-9). Jesús nos invita a no desanimarnos, porque muchos de los que escuchan nuestro mensaje “miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden” (Mt 13,13; cfr. Is 6,9).

Jesús nos está invitando a seguirle. Muchas veces preferimos la recepción cálida de nuestra predicación por parte de un grupo de “los nuestros” antes que enfrentar el rechazo o la burla de los no creyentes. El papa Francisco nos invita a salir a la calle, a la periferia, a misionar en nuestra propia tierra. Nadie dijo que era fácil. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 27-01-21

“Salió el sembrador a sembrar…”

La liturgia nos invita hoy a continuar leyendo el evangelio según san Marcos (4,1-20). A partir de este punto en el relato, Marcos nos va a presentar cinco sermones de Jesús y cuatro milagros, todos en presencia de sus discípulos a quienes había instituido apóstoles (Mc 3,13-10), como para afianzar su relación con ellos, que ya constituían su círculo íntimo.

La lectura de hoy nos presenta a Jesús “enseñando” otra vez junto al lago. Esa palabra coloca a Jesús ejerciendo la función propia de un rabino, enseñar. Hemos visto a lo largo del relato de Marcos cómo la fama de Jesús ha seguido creciendo, y a donde quiera que vaya le siguen multitudes. Una vez más, había tanta gente que tuvo que subirse a una barca y retirarse de la orilla mientras la gente permanecía en ella, y “les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar”.

La parábola es el recurso literario preferido por Jesús para comunicar sus enseñanzas, especialmente con relación al Reino. Estas consisten en una breve narración de un suceso, imaginario o real, del que podemos deducir, por comparación, una enseñanza moral, o una verdad que trasciende nuestra experiencia. El Reino es un misterio, algo que está más allá de nuestra comprensión, pero relacionándolo con situaciones concretas que forman parte de nuestra experiencia cotidiana, podemos tener al menos un atisbo de esa “otra” realidad trascendente. El pueblo de Galilea entendía de árboles y pájaros, conocía el color y la historia del trigo y la amenaza de la cizaña, sabía de semillas, de la tierra, de la pesca, de las costumbres de las aves de rapiña, conocía la vida de las zorras y cómo cobija una gallina a sus polluelos, etc. Y Jesús aprovecha esas experiencias para comunicarles la Buena Noticia del Reino (Cfr. Lc 4,43).

Nos dice la lectura que en esta ocasión Jesús les narró la parábola del sembrador, en la que un hombre regó semillas que cayeron en cuatro tipos de terreno: la orilla del camino, terreno pedregoso, entre zarzas, y en tierra buena, y cómo solamente las últimas nacieron, crecieron y dieron fruto. Lo curioso de esta parábola es que al retirarse el gentío, los discípulos pidieron a Jesús que les explicara la parábola, y Jesús procedió a explicárselas, no sin antes advertirles que “a vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas”. Más adelante veremos a Jesús repitiendo ese gesto de hablar a la gente en parábolas y explicarle su significado a los discípulos en privado: “Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo” (Mc 4,33-34).

¿Por qué esa doble vara? Algunos ven en ese gesto de Jesús, que hoy catalogaríamos de discriminatorio, la importancia que los “doce” (y sus sucesores, los obispos) iban a tener en la Iglesia. El fundamento para lo que hoy llamamos el “magisterio” de la Iglesia.

Que pasen un hermoso día en la PAZ del Señor.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA MADRE DE LA DIVINA PROVIDENCIA 19-11-20

María, Madre de la Divina Providencia, ¡ruega por Puerto Rico; ruega por nosotros!

Hoy celebramos en Puerto Rico la Solemnidad de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, Patrona de Puerto Rico, declarada como tal por el papa san Pablo VI hace cincuenta y un años, el 19 de noviembre de 1969.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia propia de la solemnidad es Jn 2,1-11, el pasaje de las Bodas de Caná. Y el pasaje es muy apropiado, pues nos muestra a María haciendo uso de su prerrogativa como madre de Dios, provocando así el primer milagro de su Hijo. Un milagro que es producto de la generosidad de la providencia divina. Recordemos que Dios es el único que puede obrar milagros; su Madre tan solo se limita a interceder por nosotros ante su Hijo, y guiarnos hacia su Palabra: “Hagan lo que él les diga”.

Es curioso notar cómo en el relato, María parecería estar más preocupada por los jóvenes esposos que por su propio Hijo, a quien ella refiere su preocupación. Él sigue siendo el foco de atención, como lo será durante toda la vida de su madre. Pero en ese momento ella, como mujer y madre, está pendiente a los detalles, a diferencia de su hijo, que está disfrutando de la fiesta con sus nuevos amigos (Cfr. Jn 1,35-51; 2,2). Por eso es ella quien se percata de la escasez del vino, una situación altamente embarazosa para una familia de la época. Y de la misma manera que tan pronto se enteró del embarazo de su prima salió a ayudarla sin pensarlo (Lc 1,39-45), emprendiendo un largo y peligroso viaje a pesar de su corta edad y su propio estado de embarazo, en esta ocasión actuó de inmediato para resolver el problema de los novios. Y aunque su Hijo le manifiesta que aún no ha llegado su “hora”, ella insiste y hace que esa “hora” se adelante.

Del mismo modo hoy María está pendiente de nosotros, de nuestras vidas, presta a venir en nuestro auxilio y presentar nuestros problemas y nuestras necesidades ante su Hijo. Tan solo nos pide una cosa: “Hagan lo que Él les diga”.

En las palabras de María en este pasaje encontramos un doble propósito: por un lado resolver el apuro material de los novios (“no tienen vino”), y por otro, dirigir a los que allí estaban (y a nosotros) a prestar atención y actuar conforme a la Palabra de su Hijo (“Hagan lo que él les diga”). Con esa última frase nos abre a la intervención de su Hijo para que se produzca el milagro. Así, de la misma manera que suscitó la fe de los que estaban aquel día en Caná de Galilea, hoy coopera para que nuestros corazones se abran a la fe en su Hijo y en la Divina Providencia.

En esta Solemnidad de nuestra patrona, pidámosle que nos lleve de su mano hacia su Hijo, y encomendémonos a su intercesión para que lleve ante Él  todas nuestras necesidades materiales y espirituales.

Especialmente en estos tiempos difíciles que nos ha tocado vivir, oremos: María, Madre de la Divina Providencia, ¡ruega por Puerto Rico; ruega por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 18-11-20

Dos de ellos habían negociado el oro y lo habían multiplicado.

El Evangelio de hoy (Lc 19,11-28) nos presenta la versión de Lucas de la “parábola de los talentos” que leyéramos el pasado domingo en el relato evangélico de Mateo (Mt 25,14-30). Lucas coloca este relato inmediatamente después del relato de Zaqueo que leíamos en la liturgia de ayer y, además de darle un sabor escatológico, lo enmarca en un contexto histórico contemporáneo a Jesús con el cual los que le escuchaban podían relacionarse. Resulta que un tal Arquelao, quien estaba a cargo de la ciudad de Jericó, había marchado a Roma para pedir un título de rey al emperador, y un grupo de sus enemigos habían conspirado para que se denegara su petición.

Además, para el tiempo en que Lucas escribe su relato, ya los detractores del cristianismo comenzaban a burlarse y a cuestionar la veracidad de la promesa de la segunda venida de Jesús para instaurar su Reino definitivo. “¿Dónde está la promesa de su Venida? Nuestros padres han muerto y todo sigue como al principio de la creación” (2 Pe 3,4). Los contemporáneos de Jesús, los que le escuchaban, y hasta sus discípulos, tenían la noción de que el Reino de Dios se iba a concretizar de un momento a otro. No habían comprendido el “ya, pero todavía” que mencionáramos en días recientes.

Hemos de tener presente también que cuando Jesús cuenta esta parábola, ya se está acercando a Jerusalén, su Pascua está “a la vuelta de la esquina”. Hay expectativa. ¿Qué mejor momento para que Jesús proclame su Reinado definitivo? Por eso le recibirán entre vítores y palmas en unos días, cuando haga su entrada en Jerusalén. Jesús lo sabe y quiere sacarles del error (su Reino no es de este mundo, Jn 18-36).

Por eso les propone la parábola del hombre que se marchó “a tierras lejanas” a buscar un título de rey y encomendó una “mina” (onza) de oro a cada uno de sus empleados. Al regresar les pidió cuentas. Dos de ellos habían negociado el oro y lo habían multiplicado. Como premio, el hombre les dio autoridad sobre un número de ciudades equivalente a las veces que lo habían multiplicado. En cambio, al que lo guardó en un pañuelo para que no se le perdiera por temor a perderlo, y se lo devolvió sin ganancia, lo regañó diciendo a los presentes: “Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez”. Cuando le cuestionan su actitud, el hombre contestó: “Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”.

¿Qué nos quiere decir Jesús con ésta parábola? En primer lugar, que Él se va a marchar para regresar, más nadie sabe cuándo, excepto el Padre (Cfr. Mt 24,36). Pero antes de irse nos va a encomendar su Palabra. ¿Qué vamos a hacer con ella? Tenemos que hacerla producir, fructificar, multiplicarse; cada cual según su capacidad. “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura” (Mc 16,15). Y los que así lo hagan, recibirán su justa recompensa. Si, por el contrario, nos la guardamos y no la hacemos producir, se nos quitará hasta esa misma Palabra, con todas las promesas que contiene.

Señor, danos la valentía y sagacidad para “negociar” tu Palabra de manera que rinda fruto en abundancia, y así ser merecedores de la gloria eterna.