REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ 14-09-22

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La tradición nos dice que alrededor del año 320, la Emperatriz Elena de Constantinopla encontró la Cruz en que fue crucificado Jesús (la “Vera Cruz”). A raíz del hallazgo, ella y su hijo, el Emperador Constantino, hicieron construir en el sitio la Basílica del Santo Sepulcro, en donde se guardó la reliquia. Luego de ser robada por el rey de Persia en el año 614, fue recuperada por el Emperador Heraclio en el año 628, quien la trajo de vuelta a Jerusalén el 14 de septiembre de ese mismo año. De ahí que la Fiesta se celebre en este día.

Muchos nos preguntan: ¿por qué exaltar la cruz, símbolo de tortura y muerte, cuando el cristianismo es un mensaje de amor? He ahí la “locura”, el “escándalo” de la cruz de que nos habla san Pablo (1 Cor 1,18). La contestación es sencilla, veneramos la Cruz de Cristo porque en ella Él quiso morir por nosotros, porque abrazándose a ella y muriendo en ella, en el acto de amor más sublime en la historia, derrotó la muerte, liberándonos de ésta y del pecado. Así la Cruz se convirtió en el símbolo universal del amor y de vida.

Por eso el verdadero discípulo de Cristo no teme a la “cruz”. El mismo Jesús nos exhorta a tomar nuestra cruz de cada día y seguirle (Lc 9,23). A lo que Pablo añade: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Cuando añadimos el ingrediente del amor, el sufrimiento (la “cruz”) toma un significado diferente, se enaltece, y se convierte en fuente de alegría. Es la paradoja de la Cruz.

La primera lectura de hoy nos presenta una prefiguración de la Cruz (Núm 21,4b-9) en el episodio de las serpientes venenosas que mordían mortalmente a los israelitas en el desierto como castigo por haber murmurado contra Dios y contra Moisés. Entonces el pueblo, arrepentido, pidió a Moisés que intercediera por ellos ante Dios. Siguiendo las instrucciones de Yahvé, Moisés hizo una serpiente de bronce que colocó sobre un estandarte (en forma de cruz), y todo el que era mordido quedaba sano al mirarla. En el relato evangélico (Jn 3,13-17), el mismo Jesús alude a esa serpiente: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Hoy, cuando tenemos nuestro corazón envenenado, nos tornamos a mirar la Cruz, y al igual que los israelitas en el desierto, somos sanados; así la Cruz se convierte para nosotros en fuente de amor, de misericordia, de perdón. Si nos acercamos la cruz con la mirada en el Crucificado, encontraremos que nuestra propia cruz se hace liviana, y podremos decir con san Pablo: “¡Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Gál 6,14). “Gloriémonos también nosotros en ella, aunque sólo sea porque nos apoyamos en ella” (San Agustín).

Si no lo has hecho aún, ve hoy a la Casa del Padre y mira hacia el altar; allí encontrarás a su Hijo que te espera con los brazos abiertos…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 03-09-22

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 6,1-5) nos presenta a Jesús, un sábado, atravesando un campo con sus discípulos, quienes arrancaban espigas mientras caminaban y “frotándolas con las manos, se comían el grano”.

Unos fariseos que observaban la escena les critican severamente: “¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?” Al decir eso se referían a la prohibición contenida en Ex 20,8-11 que ellos interpretaban de manera estricta, considerando la conducta de los discípulos una transgresión a ese precepto. Los fariseos pretendían utilizar las Escrituras para condenar a Jesús, pero Jesús, como siempre, demuestra tener un vasto conocimiento de las escrituras, amén de ser un verdadero maestro del debate. Eso lo vemos a lo largo de todos los relatos evangélicos. Por eso les riposta utilizando las escrituras, citando el pasaje en el cual el rey David hizo algo prohibido, que a todas luces aparenta ser más grave, al tomar los panes consagrados del templo para saciar el hambre de sus hombres (1 Sam 21,2-7).

Esa observancia estricta del sábado, la circuncisión, la pureza ritual, fueron fomentadas por los sacerdotes durante el destierro en Babilonia, para, entre otras cosas, mantener la identidad y distinguir al pueblo judío de todos los demás. Esto dio margen al nacimiento del llamado “judaísmo”. Pero en el proceso tales prácticas llegaron al extremo de controlar todos los aspectos de la vida de los judíos, al punto de restringir el número de pasos que se podían dar en el sábado, y hasta la forma de lavar los envases de la cocina. Se trataba de la observancia de la Ley por la ley misma, por encima de los hombres, por encima de las necesidades humanas más básicas. Es por eso que Jesús dice: “El Hijo del hombre es Señor del sábado”, o como dice el paralelo de Marcos: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Jesús deja claro que el amor, la misericordia, están por encima de la Ley. Jesús es Dios, es el Amor.

Dar cumplimiento a la ley no es suficiente. Como hemos dicho en innumerables ocasiones, la palabra cumplimiento está compuesta por dos: “cumplo” y “miento”. Estamos llamados a ir más allá. Si aceptamos que Jesús es el dueño del sábado, y que Él nos invita a seguirle (como lo hicieron los discípulos en la lectura), todo está también a nuestro servicio, cuando se trata de seguir sus pasos. De ahí que “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”. Por eso la Ley tiene que ceder ante el imperativo del Amor y de su resultado lógico que es la misericordia. A eso se refería Jesús cuando nos dijo “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17).

Señor, “no permitas que los mandamientos y las reglas de conducta se interpongan entre ti y nosotros, tu pueblo, sino que nos dirijan suavemente, como buenas educadoras, hacia ti y hacia nuestro prójimo; y enséñanos a ir más allá de la ley con generosidad y amor servicial”. Por Jesucristo nuestro Señor, Amén (de la Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 14-07-22

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

En la primera lectura de hoy el profeta Isaías (26,7-9.12.16-19) cambia el género literario que había utilizado en los pasajes anteriores y entona lo que podemos catalogar como un salmo: “Mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, porque tus juicios son luz de la tierra, y aprenden justicia los habitantes del orbe. Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú. Señor, en el peligro acudíamos a ti, cuando apretaba la fuerza de tu escarmiento”. Esta lectura, que nos evoca el Salmo 62, es una oración de anhelo, de esperanza.

Isaías ve el sufrimiento de su pueblo, producto de sus infidelidades a la Alianza, y busca de Dios y su Misericordia poniendo toda su esperanza en Él: “¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan el polvo! Porque tu rocío es rocío de luz, y la tierra de las sombras parirá”. Es un cántico de fe y esperanza ante el fracaso. Sabe que Dios, que lo envió a su pueblo, podrá castigarlo pero no abandonarlo, porque está lleno de misericordia y comprensión, como una madre para con el hijo de sus entrañas.

Siglos más tarde, Jesús exclamaría: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán su descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,28-30).

En esta lectura, una de las más cortas y emotivas que nos ofrece la liturgia, Jesús nos recuerda que Dios nunca nos abandona; que Él (que es Dios) está cerca de nosotros. Y que no importa cuán pesada sea nuestra carga, ni cuán grande sea nuestro pecado, en Él siempre hallaremos un corazón que late por nosotros y unos brazos ávidos de abrazarnos. Como dijo el papa Francisco en su primer Ángelus, Dios “tiene paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito” (Cfr. Sal 50,19).

“Venid a mí…” Nos dice que nos acerquemos, que vayamos hacia Él con confianza. “Y yo os aliviaré”. Nos está ofreciendo Su hombro para aliviar nuestro cansancio, y Su abrazo para aliviar nuestros pesares y perdonar nuestros pecados. “Cargad con mi yugo y aprended de mí”. Nos invita a ser sus discípulos, a vivir la ley del Amor, que es un yugo llevadero y una carga ligera; no como el yugo de la Ley, que al carecer del Amor se torna en una carga insoportable. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. Nos señala el camino a seguir. Se trata de asumir una nueva forma de vida, libre de los legalismos aplastantes, que podría resumirse en un amor incondicional al prójimo, producto de una experiencia amorosa con el Padre. Más que una carga, es un imperativo de Amor.

Señor, ayúdame a tener la confianza de acercarme a Ti como se acerca un niño a su padre con un juguete roto, con la certeza de que él es quien único puede repararlo…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMOCUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 04-07-22

“Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Y me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto”.

En la primera lectura de hoy (Os 2,16.17b-18.21-22), el profeta Oseas nos presenta la figura de Dios como amante de Israel. Más tarde, los “profetas mayores”, Jeremías, Isaías y Ezequiel retomarán esa figura de Dios-amante. Oseas nos presenta a Yahvé como el esposo-amante que se siente traicionado por su esposa infiel, que es el pueblo de Israel.

El mismo Oseas vivió en carne propia esa experiencia, pues Yahvé le ordenó casarse con una prostituta que le fue infiel: “Ve y cásate con una de esas mujeres que se entregan a la prostitución sagrada y ten hijos de esa prostituta. Porque el país se está prostituyendo al apartarse de Yahvé” (Os1,2).

El pasaje que nos ocupa hoy es parte de un cántico que ocupa casi todo el capítulo 2 del libro, que comienza con una denuncia y condena de la mujer infiel, para luego dar paso a ese coloquio amoroso lleno de perdón, misericordia y reconciliación. Es el reflejo del amor incondicional de Dios por nosotros, quien es capaz de seguir amándonos a pesar de nuestras infidelidades. Yahvé le dice a Oseas: “Vuelve a querer de nuevo a una mujer adúltera que hace el amor con otros, así como Yahvé ama a los hijos de Israel a pesar de que lo han dejado por otros dioses…” (3,1). Pero el pueblo de Israel no le hizo caso a Oseas, y continuó su decadencia, hasta culminar con la destrucción del reino del norte a manos de Asiria en el año 722 A.C.

¿Cuántas veces nos hemos “prostituido”, adorando otros “diosecillos” que nos apartan de nuestro Dios-esposo que es todo fidelidad? Pero Él nos sigue amando, “a pesar de que lo [hemos] dejado por otros dioses”. Y Él sigue esperándonos, como el esposo amante que espera a su esposa infiel para perdonarla y reconciliarse…

Se nos dice que la Palabra de Dios es viva y eficaz, que es tan vigente hoy como lo fue cuando fue escrita. Prestemos atención a lo que nos dijo a través de Oseas, hace alrededor de 2,300 años: “Escuchen lo que dice Yahvé, hijos de Israel. Yahvé tiene un pleito pendiente con la gente de esta tierra, porque no encuentra en su país ni sinceridad, ni amor, ni conocimiento de Dios. Solo hay juramentos en falso y mentiras, asesinato y robo, adulterio y violencia, crímenes y más crímenes. Por eso el país está en duelo y están deprimidos sus habitantes” (4,1-3a).

¿Les resulta familiar esta descripción? ¿No es acaso una descripción de lo que está viviendo nuestro pueblo? Dios nos sigue hablando a través de su Palabra. ¡Escuchémosle!

La lectura evangélica (Mt 9,18-26), por su parte, nos presenta la versión de Mateo de un episodio que aparece en los tres sinópticos, con sus consabidas variantes (Cfr. Mc 5,21-43; Lc 8,40-56), y que combina dos milagros, la curación de la hija de Jairo, y la curación de la hemorroísa. En nuestra reflexión para el martes de la cuarta semana del T.O. comentamos la versión de Marcos.

Esta lectura nos recalca la importancia de la fe, que es algo más que creer en Dios, es creerle, creer en su Palabra salvífica. Ahí estriba tal vez el problema de nuestra sociedad actual. Puede que creamos que Dios “existe”, pero, ¿le creemos y actuamos de conformidad? Mientras no lo hagamos, estaremos “al garete”, a merced del maligno…

Señor, ¡aumenta mi fe!

REFLEXÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 22-06-22

“Por sus frutos los conoceréis…”

Jesús se crio entre gente de trabajo; artesanos, carpinteros, agricultores, pastores. Por eso vemos que constantemente utiliza figuras que son conocidas a los de su tiempo para transmitir sus enseñanzas. En la lectura evangélica que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 7,15-20) nos habla de lobos y ovejas, uvas y zarzas, higos y cardos, árboles y frutos… “Por sus frutos los conoceréis”, repite en dos ocasiones.

Este pasaje es uno de esos que no requiere mucha explicación. Lo que Jesús nos plantea se puede dividir en dos enseñanzas íntimamente ligadas entre sí.

Primero, nos advierte que nos cuidemos de los falsos profetas (otras versiones dicen falsos “pastores”) que “se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces”. Se refiere a aquellos que se nos acercan con “cantos de sirena” a vendernos unas doctrinas que nos “hacen sentir bonito”, cuando lo cierto es que están detrás del fruto de nuestro trabajo.

El ejemplo perfecto lo encontramos en los llamados “tele-evangelistas” que nos predican un mensaje de prosperidad y felicidad terrenal a cambio de un diezmo. Para lograrlo montan todo un espectáculo digno de Hollywood, que crea un ambiente de euforia, una histeria colectiva que produce una sensación de bienestar y felicidad. Mientras tanto, sus cuentas bancarias continúan creciendo.

Eso dista mucho del verdadero mensaje de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24).

Segundo, Jesús nos recuerda que a la larga esos falsos pastores se desenmascaran a sí mismos a través de sus propios actos, ya que el verdadero valor de una persona se manifiesta por lo que hace. Jesús debe haber estado pensando en los fariseos de su tiempo, figura que Él utiliza en muchas ocasiones.

“Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos”. El mismo Jesús sentencia a esos falsos profetas: “El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego”.

Aunque Jesús parece referirse a los fariseos de su tiempo, nosotros hoy, lejos de levantar un dedo acusador contra aquellos que podamos considerar “falsos profetas”, debemos ver en esta lectura una invitación a examinar nuestra propia vida interior y nuestra fe.

Mis actuaciones, ¿son realmente un reflejo de mi disposición interior, o son una “piel de oveja” que oculta el lobo rapaz que habita en mi interior? Mis actuaciones en la vida parroquial y comunitaria, ¿guardan relación con mis pensamientos y mis actuaciones cuando “nadie me ve”? ¿Soy un árbol sano? Podremos engañar a los hombres, pero no a Dios, que “ve en lo secreto” y nos recompensará según lo que hay en nuestro corazón (Cfr. Mt 6,4).

¡Cuidado! Jesús es misericordioso pero también es un juez severo: “El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego”… En Mateo, Jesús nos advierte en al menos cinco ocasiones: “entonces será el llanto y el rechinar de dientes”… (Mt 8,12; 13,42; 13,50; 22,13; 24,51). El que tenga oídos para oír, que oiga…

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (C) 03-04-22

“Yo tampoco de condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Hoy celebramos la liturgia correspondiente al quinto domingo de Cuaresma. El pasado domingo leíamos la parábola del hijo pródigo o, como se conoce también, la parábola del padre misericordioso (Lc 15, 1-3.11-32). En esa parábola se nos presentaba el amor de un padre que perdona a su hijo, quien se había marchado luego de pedirle a su parte de la herencia al padre (lo que equivalía a decirle que para él ya su padre estaba muerto), y habiendo malgastado la herencia regresa a su hogar.

La lectura evangélica que se nos presenta para hoy (Jn 8,1-11) también trata sobre el perdón, la misericordia, pero no es una parábola, es un episodio real en la vida de Jesús. El pasaje trata sobre una mujer que había sido sorprendida en adulterio y es traída delante de Jesús. No se trataba de una mera sospecha, la mujer había sido “sorprendida”.

Para comprender el episodio hay que ponerlo en contexto. Jesús estaba “enseñando” en el templo. En las lecturas de los días anteriores hemos visto cómo el malestar de los escribas, fariseos y sumos sacerdotes hacia la persona de Jesús había continuado creciendo. Por eso habían decidido “eliminarlo”. Y vieron en esta situación una oportunidad para acusarlo o, al menos, desacreditarle ante sus seguidores.

Por eso le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” Una pregunta “cargada”. Si contestaba que sí, echaba por tierra todo lo que había predicado sobre el amor y el perdón. Si contestaba que no, lo acusaban de violar la ley de Moisés. Por eso Jesús decide ignorarlos, mientras “inclinándose, escribía con el dedo en el suelo”. Me imagino la ira que esta actitud de Jesús despertó en ellos. Por eso insisten en su pregunta. Ante su insistencia, Jesús “se incorporó y les dijo: ‘El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra’.” Y continuó escribiendo en el suelo, mientras todos los que se disponían a lapidar la mujer fueron escabulléndose uno a uno, “empezando por los más viejos”, hasta que solo quedaron Jesús y la mujer.

Luego se suscita el diálogo entre Jesús y la mujer, que constata que todos sus acusadores se habían desaparecido sin condenarla. Entonces Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

A diferencia de los fariseos, que se creían superiores a los demás y estaban prestos a levantar el dedo acusador contra cualquiera que cometiera la más mínima transgresión a la ley, Jesús, el Verbo encarnado, libre de mancha de pecado, no nos juzga, no nos condena. Tan solo nos pide que no pequemos más. Se trata de la misericordia, de la manifestación más pura del amor. El amor de una madre…

En lo que resta de esta Cuaresma, hagamos un examen de conciencia. ¿Con cuanta facilidad juzgamos a nuestro prójimo? ¿Con cuánta facilidad le condenamos? Cuando juzgamos a los demás es porque nos creemos superiores a ellos; porque no tenemos de qué ser juzgados ni condenados.

“El que esté sin pecado, que tire la primera piedra…”

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 02-04-22

Ya se ve en el horizonte el drama de la Pasión…

En las lecturas que contemplamos hoy se percibe un ambiente de tensión. Ya se ve en el horizonte el drama de la Pasión…

La primera lectura (Jr 11,18-20) continúa prefigurando la Pasión, con la imagen del “cordero manso, llevado al matadero”. Seis siglos antes que Jesús, Jeremías también había sido perseguido por anunciar la palabra de Dios e invitar a su pueblo a la conversión.

Esa imagen del cordero, tan asociada al “cordero pascual” que representa la figura de Cristo, enfatiza la inocencia de la víctima y la injusticia del sacrificio; sacrificio que fue justificado por la Ley.

En la lectura evangélica (Jn 7,40-53) encontramos a los judíos divididos en cuanto a su opinión sobre Jesús. Jesús siempre se presentó como una figura controversial. Ya Simeón había profetizado que Jesús iba a ser “signo de contradicción” (Lc 2,34). Por otro lado, vemos que los sumos sacerdotes y fariseos ya estaban poniendo en marcha su conspiración para acabar con Jesús. Pero sus esfuerzos por arrestarlo resultaban en vano. Los guardias del templo que tenían esa encomienda regresaron ante ellos con las manos vacías. Furiosos ante el fracaso de su gestión, increparon a los guardias: “¿Por qué no lo habéis traído?”, a lo que éstos respondieron: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. El poder del Verbo, la Palabra de Dios que creó el universo (Cfr. Gn 1), que separó las tinieblas de la luz; que es capaz de apartar las tinieblas de los corazones que se abren a ella. Los guardias no habían podido resistir ese Poder.

Los fariseos estaban tan concentrados en estudiar la Ley y los profetas, en aprenderlos de memoria, en debatir sobre su interpretación, en el estricto “cumplimiento” de la Ley, que no reconocieron a Aquél de quien hablaban los profetas. Por eso insultan a los guardias: “¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos”.

Los compararon con los llamados “pecadores” de su época. Este grupo lo conformaban aquellos que por falta de instrucción, y desconocimiento de la Ley, estaban constantemente expuestos a incumplir sus normas o preceptos, especialmente aquellos relativos a la pureza ritual, y eso los convertía en “pecadores”. Los judíos los denominaban el “pueblo de la tierra” o ham ha’ares. Solo esta gente “ignorante” podía dejarse “embaucar” por Jesús.

Los fariseos estaban convencidos que solo mediante el estudio de la Ley y las escrituras se podía alcanzar el favor de Dios. Todavía, en pleno siglo XXI, existen sectas fundamentalistas que sostienen que el que no sabe leer no puede salvarse, pues no puede leer la Biblia. Los fariseos confundían el conocimiento de la Ley con el conocimiento de Dios. Esa actitud resalta el contraste entre ellos y Jesús. Ellos se sienten “superiores”, por encima de la plebe, mientras Jesús se identifica con los pobres y marginados.

Al final del pasaje vemos que los fariseos también apoyan sus prejuicios en las Escrituras cuando insultan a Nicodemo: “verás que de Galilea no salen profetas”.

Hagamos examen de conciencia. Nosotros, ¿utilizamos las Escrituras para juzgar, y fundamentar nuestros prejuicios contra ciertas personas o grupos? ¿Ponemos los preceptos por encima del amor?

“Misericordia quiero, y no sacrificio”…

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA (LAETARE) CICLO C – 27-03-22

Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, conocido litúrgicamente como Lætare. Deriva su nombre de la antífona gregoriana del Introito de la misa, tomada del libro del profeta Isaías (66,10), que comienza diciendo: Lætare, Jerusalem (Regocíjate Jerusalén). Este es un domingo excepcional (al igual que el tercer domingo de Adviento), en el que el carácter penitencial de la Cuaresma da paso a la alegría (por eso las vestimentas de color rosado). Alegría en anticipación al Misterio  Pascual de Jesús (su Pasión, muerte y Resurrección) que estamos próximos a celebrar. Y ese ambiente festivo se refleja en la liturgia, incluyendo las lecturas.

Desde la primera lectura (Jos 5,9a.10-12) que nos muestra la alegría del pueblo de Israel celebrando por primera vez la Pascua con el fruto de la tierra prometida, la segunda lectura (2 Cor 5,17-21) que nos habla de los frutos de ese regalo que Jesús nos legó en el sacramento de la reconciliación, hasta la lectura evangélica (Lc 15,1-3.11-32), que nos presenta por segunda vez en la Cuaresma la parábola del hijo pródigo, o como muchos preferimos llamarla, la parábola del padre misericordioso (ya la habíamos contemplado el sábado de la segunda semana de Cuaresma).

Ese segundo sábado señalábamos cómo el padre salió corriendo hacia su hijo cuando lo vio a la distancia, “se le echó al cuello y se puso a besarlo”, antes de que su hijo le pidiera perdón. Así es el amor de Dios. Él nos ama con locura, con pasión, y no importa lo que hagamos, nunca va a dejar de amarnos. Y el amor todo lo perdona, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Cor 13,7).

Pero para poder recibir los frutos de ese amor tenemos que acudir al Padre arrepentidos, con el corazón contrito y humillado (Cfr. Sal 50,19). El hijo había decidido regresar, consciente de que había obrado mal, para humillarse ante su padre, dispuesto a trabajar como jornalero. Pero el padre, que nunca había dejado de amarlo, lo recibió con la dignidad de hijo, olvidando todas sus faltas, todas sus ofensas. “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”, nos dice la segunda lectura. Así es con nosotros cuando, a través del sacramento de la reconciliación nos acercamos al Padre. Como decimos: “borrón y cuenta nueva”.

Para eso Jesús nos dejó ese regalo tan especial del sacramento de la reconciliación. En la misma lectura san Pablo nos dice que “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados”, y a los apóstoles les confió “la palabra de la reconciliación”. Y es Él mismo quien nos reconcilia con el Padre. Pablo lo dice claramente: “nosotros actuamos como enviados de Cristo”.

Todo el que se acerca al sacramento de la reconciliación experimenta la misma alegría que el hijo pródigo cuando escucha a Jesús, a través del sacerdote decir: “Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Por eso se ha dicho que “La reconciliación es el sacramento del hijo arrepentido que regresa a los brazos de su Padre”.

¿Quieres saber lo que sintió el hijo pródigo cuando su padre “se le echó al cuello y se puso a besarlo”? Reconcíliate con tu Padre del cielo. Esta Cuaresma nos presenta una oportunidad para acudir al sacramento de la reconciliación. ¡Anda, todavía estás a tiempo!

Y ese día habrá fiesta en la casa del Padre, quien te vestirá con el mejor traje de gala, y te pondrá un anillo en la mano y sandalias en los pies.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 26-03-22

“¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Estos versos, tomados del Miserere, Salmo que nos presenta la liturgia de hoy (50) y ha estado resonando en la liturgia cuaresmal, sientan la tónica para las lecturas del día.

La primera, tomada del profeta Oseas (6,1-6), nos habla del arrepentimiento y la misericordia divina: “Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará (prefigurando la gloriosa resurrección de Jesús); y viviremos delante de él”. A lo que el Señor contesta: “Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Durante este tiempo de Cuaresma se nos hace un llamado a la conversión. Esa conversión está relacionada al arrepentimiento, pero no a un arrepentimiento que implique culpa, remordimiento, o temor al castigo, sino más bien un arrepentimiento que sea producto de una transformación interior, en lo más profundo de nuestro ser, que nos haga reconocer nuestras faltas, lo que se ha de reflejar en nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Se trata de que el arrepentimiento y la penitencia sean producto de la conversión y no a la inversa. Se trata de abrirnos incondicionalmente al Amor de Dios y rendirnos ante Él con la firme determinación de cumplir Su voluntad.

No se trata de decirlo de palabra, ni de confesarlo en público, ni de ponerse en pie frente a una asamblea y decir: “Yo acepto a Jesucristo como mi único Salvador”. No. Tampoco se trata de gestos exteriores como orar en público, ni de dar limosna donde todos nos vean, ni de ayunar por ayunar. No son las devociones las que hacen a un hombre “bueno” ante los ojos de Dios. Él no halla en ellas el Amor recíproco que espera de nosotros. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21).

El pasaje del Evangelio, tomado de san Lucas (18,9-14) nos presenta la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. El fariseo, “erguido” (los fariseos solían orar de pie), se limitaba a dar gracias a Dios por lo bueno que era: “no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. También decía a Dios cómo cumplía con sus obligaciones: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

En cambio, el publicano se mantenía en la parte de atrás y no se atrevía ni levantar los ojos al cielo, mientras se daba golpes de pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Jesús sentenció: “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La diferencia estaba en la actitud interior, en el corazón. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”…

En esta Cuaresma, abramos nuestros corazones al Amor infinito de Dios, y ese Amor nos permitirá reconocer las veces que le hemos fallado. Eso nos permitirá postrarnos ante Él con un corazón quebrantado y humillado. Entonces Él nos tomará de la mano, nos levantará, y nos dará el abrazo más amoroso que hayamos recibido.