REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 18-06-19

El Papa san Juan Pablo II visitando en prisión a Ali Agca, el terrorista que intentó asesinarlo.

En el pasaje evangélico de ayer (Mt 5,38-42) Jesús nos instaba a “poner la otra mejilla” al que nos abofetee, a darle la capa al que quiera quitarnos la túnica, a caminar “la milla extra” por el que nos pida acompañamiento, a darle al que nos pida, y a no rehuir al que nos pida prestado. Decíamos que esa conducta está reñida con el mundo secular en que nos ha tocado vivir, y cómo puede resultar difícil, y hasta absurda, a nuestros contemporáneos.

Si creíamos que esas exigencias del seguimiento de Jesús eran difíciles, en la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mt 5,43-48), Jesús las lleva al extremo.

“Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Este pasaje da significado a lo dicho por Juan al final del prólogo de su relato evangélico: “la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (1,17). Es el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento: “Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor–. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones” (Jr 31,31-33).

Lo que parece imposible, amar a nuestros enemigos, se hace, no solo posible, sino que es consecuencia inevitable del llamado que Jesús nos hace: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. “Ser perfecto” significa amar sin medida, como Él nos ama, a pesar de todas nuestras afrentas, nuestras tibiezas, nuestras traiciones. “Ser perfecto” es aprender a ver el rostro de Jesús en todos nuestros hermanos, aun en aquellos que nos hace la vida difícil, aquellos que nos ponen la zancadilla, que entorpecen nuestra labor o, pero aun, nos causan daño con toda deliberación. Es a esos a quienes Jesús dice que tenemos que amar. ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No.

Si abrimos nuestros corazones al Amor de Dios, y conocemos ese amor, y lo reciprocamos, no tenemos otra alternativa que amar a todos como lo hace Él (Cfr. Jn 14,5), que fue capaz de perdonar a sus verdugos (Lc 23,34).

Leí en algún lugar que amar es una decisión, y que el resultado de esa decisión es el amor. Comienza por ahí. Toma la decisión a amar a tus “enemigos”, añádele el Amor del Padre, y ya no será una mera decisión; será un imperativo de vida. Entonces serás perfecto, como nuestro Padre celestial es perfecto.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA (Y FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA) 13-05-19

Hoy la Iglesia Universal conmemora la aparición de la Nuestra Señora de Fátima a los niños Lucía, Jacinta y Francisco. Hace unos años compartimos una reflexión sobre esta festividad y ofrecimos detalles sobre las apariciones, especialmente el “milagro del sol” del 13 octubre de 1917.

La liturgia pascual continúa ofreciéndonos el Evangelio según san Juan. Hoy comenzamos la lectura del capítulo 10 (Jn 10,1-10) y Juan continúa desarrollando la alegoría del Pastor y las ovejas para referirse a la relación entre Jesús y nosotros. Hoy le añade un nuevo elemento a la alegoría: Nos presenta a Jesús, no solo como el pastor, sino como la puerta del aprisco de las ovejas. El aprisco es el lugar donde los pastores recogen sus rebaños para resguardarlos del frío o de la intemperie, mientras uno de ellos vigila toda la noche. Al amanecer, cuando van a llevar las ovejas a pastar, cada cual llama a las suyas y estas responden a su voz, o a su silbido particular.

Por eso Jesús comienza reiterando que las ovejas conocen su voz, que Él llama a cada una por su nombre y, una vez afuera, las ovejas le siguen “porque conocen su voz”. Como los que le escuchaban (que eran fariseos) parecieron no comprenderle, Jesús les propuso otra alegoría: “Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos: pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Otro de los “Yo soy” que Juan pone en boca de Jesús y nos apuntan a la divinidad de Jesús (Cfr. Ex 3,14).

Vemos cómo en este pasaje la alegoría de la “Puerta” adquiere mayor relieve que la del “Pastor”. Jesús se nos presenta hoy como la “puerta de las ovejas”, el único Mediador que puede alcanzarnos la salvación que Él ha obtenido para nosotros en virtud de su Misterio Pascual (muerte-resurrección). El mismo Pastor que nos conduce a verdes praderas y aguas tranquilas (Sal 23,2), se convierte en la Puerta que nos da acceso a esas praderas y aguas a través de la “cortina”, es decir, a través de su carne. “Tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que Él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne” (Hb 10, 19; Cfr. Mt 27,51).

Jesús nos está pidiendo que le sigamos, y ese seguimiento incluye seguirle hasta el Calvario, en donde la sangre derramada del Cordero se convierte en la Puerta que ha de conducirnos a la vida eterna: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

Esa es la misión de Jesús, dar vida a nosotros, sus ovejas, inclusive ofreciendo su propia vida para que podamos obtenerla. Jesús-Puerta nos abre a un nuevo espacio infinito y eterno, en donde todo el que le siga tiene cabida, como nos muestra la primera lectura de hoy, con la predicación del Evangelio de Jesús por parte de Pedro a los paganos (Hc 11,1-18).

“Señor: Danos un gran respeto hacia todos, vengan de donde vengan, y que tu Iglesia abrace a todas las culturas, para que Cristo sea verdaderamente el Señor y Pastor de todos, ahora y por los siglos de los siglos” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 04-04-19

“Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí!” (Jn 5,31-47). Los judíos se concentraban tanto en las Escrituras, escudriñando, debatiendo, teorizando, que eran incapaces de ver la gloria de Dios que estaba manifestándose ante sus ojos en la persona de Jesús. “Las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que Él envió no le creéis”.

Nosotros muchas veces caemos en el mismo error; “teorizamos” nuestra fe y nos perdemos en las ramas del árbol de las Escrituras en una búsqueda de los más rebuscados análisis de las mismas, mientras desatendemos las obras de misericordia, que son las que dan verdadero testimonio de nuestra fe y, en última instancia, de la presencia de Jesús en nosotros.

Jesús dice a los judíos: “No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió Él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?” Jesús se refería al libro del Deuteronomio (que los judíos atribuían a Moisés), en el que Yahvé le dice a Moisés: “Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, yo mismo le pediré cuenta” (Dt 18,18-19). En Jesús se cumplió esta profecía, y los suyos no le recibieron (Cfr. Jn 1,11).

Jesús se nos presenta como el “nuevo Moisés”, que intercede por nosotros ante el Padre, de la misma manera que lo hizo Moisés en la primera lectura de hoy (Ex 32,7-14) por los de su pueblo cuando adoraron un becerro de oro, haciendo que Dios se “arrepintiera” de la amenaza que había pronunciado contra ellos. Jesús llevará esa intercesión hasta las últimas consecuencias, ofrendando su vida por nosotros.

En la lectura evangélica de ayer Jesús (Jn 5,17-30) nos decía: “En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna”.

Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Hemos acogido a Jesús, escuchado su Palabra, y reconocido e interpretado justamente las grandes obras que ha hecho en nosotros? Habiéndole reconocido e interpretado sus obras, ¿seguimos sus pasos a pesar de nuestra débil naturaleza y ponemos en práctica su Palabra? ¿O somos de los que “no creemos al que (el Padre) envió”?

Durante esta Cuaresma, pidamos al Señor que reavive nuestra fe y afiance nuestro compromiso en Su seguimiento, de manera que podamos imitarle en su entrega total por nuestros hermanos. Esto incluye interceder ante el Padre por los pecadores, incluyendo aquellos que nos hacen daño o nos persiguen. Lo hemos dicho en ocasiones anteriores. El seguimiento de Jesús ha de ser radical. No hay términos medios (Cfr. Ap 3,15-16).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 28-03-19

La primera lectura que contemplamos en la liturgia de hoy (Jr 7,23-28) nos presenta a un Dios desilusionado y amargado con su pueblo, porque le ha dado la espalda: “Ésta fue la orden que di a mi pueblo: ‘Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo os irá bien’. Pero no escucharon ni prestaron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no la cara. Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy, os envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me escucharon ni me hicieron caso: Al contrario, endurecieron la cerviz y fueron peores que sus padres”.

Un pueblo que le da la espalda al Dios de la Alianza. Alianza que está recogida en la frase “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Cfr. Lv 26,12). Jeremías profetizó en el reino del sur (Judá), alertando al pueblo que si continuaban dando la espalda a Yahvé y apartándose de la Alianza les sobrevendría un castigo en la forma de la deportación a Babilonia. Pero el pueblo no le escuchó, no escuchó la Palabra de Dios pronunciada por boca del profeta.

Dios se queja del que el pueblo no le ha querido escuchar: “no me escucharon ni prestaron oído”. Y advierte al profeta que a él tampoco le escucharán: “Ya puedes repetirles este discurso, que no te escucharán; ya puedes gritarles, que no te responderán”. “Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”, nos dice el Salmo responsorial (94).

El relato evangélico (Lc 11,14-23) nos muestra a Jesús curando a un mudo (“echando un demonio que era mudo”), y apenas salió el demonio, el mudo habló. Algunos de los presentes le acusaron de echar demonios por arte del príncipe de los demonios, mientras otros pedían un signo en el cielo. Resultaba más “cómodo” para ellos creer que Jesús actuaba por el poder del demonio, que aceptar que el Reino había llegado, para no tener que asumir las responsabilidades que ello implicaba. Tenían un signo enfrente de sí, tenían la Palabra encarnada y, al igual que los del tiempo de Jeremías, le dieron la espalda, se negaron a escucharle, tenían el corazón endurecido. La sentencia de Jesús no se hace esperar: “El que no está conmigo está contra mí”.

Miramos a nuestro alrededor. Vemos a nuestro pueblo, y tenemos que preguntarnos: ¿qué diferencia hay entre nuestro pueblo hoy, y el pueblo de Israel en tiempos de Jeremías, o en tiempos de Jesús? Vemos que nuestro pueblo, al igual que aquellos, le ha dado la espalda a Dios, se niega a escuchar su voz, tiene el corazón endurecido.

Esa voz nos habla con mayor intensidad durante este tiempo de Cuaresma. Nosotros, los bautizados, ¿también nos negamos a escuchar lo que se nos está diciendo durante esta Cuaresma? ¿O estamos prestando atención al llamado a la conversión que se nos hace durante este tiempo?

Pensemos por un momento: ¿estoy con Jesús, o contra Él? El seguimiento de Jesús no puede ser a medias, tiene que ser radical (Cfr. Lc 9,62; Ap 3,15-16). Todavía estamos a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DESPUÉS DE CENIZA 07-03-19

Acabamos de comenzar el “tiempo fuerte” de Cuaresma, y la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este “jueves después de ceniza” es la versión de Lucas del primer anuncio de la Pasión (Lc 9,22-25). Siempre nos ha llamado la atención el hecho de que los anuncios de la Pasión de Jesús van unidos al anuncio de su gloriosa Resurrección. “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Pero Jesús va más allá. Nos invita a seguirle, señalándonos de paso el camino de la salvación: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Vemos que la fórmula que Jesús nos propone está matizada por tres verbos: “negarse”, “tomar” la cruz y “seguirle”. Examinemos brevemente el significado y alcance de cada uno.

El “negarse a sí mismo” implica que el verdadero discípulo de Jesús tiene que ser capaz de relegar a un segundo plano su interés propio para atender las necesidades del prójimo; tiene que superar la cultura del “yo”; tiene que “vaciarse”. Es decir, tiene que estar completamente libre para “darse” a los demás tal como lo hizo Jesús. Esta opción de vida generalmente implica privaciones, dolor y sufrimiento, que asociamos también a “cargar con la cruz”.

El “tomar la cruz”, o cargar con la cruz, tiene un significado más profundo de lo que aparenta a primera vista. Para comprenderlo a plenitud tenemos que adentrarnos en la ambiente cultural de la época de Jesús. “Cargar con la cruz” era el último acto del condenado a la ignominiosa muerte de cruz; era recorrer el camino al lugar donde se iba a efectuar la ejecución llevando a cuestas el madero (patibulum), mientras todos le abucheaban, le escupían y se burlaban de él. Más terrible aún era tal vez el sentimiento de sentirse despreciado por todos y expulsado de la sociedad, al punto que esa persona se consideraba muerta para todos los fines legales, sin derechos ni defensa alguna. De igual modo los que nos llamamos discípulos de Jesús tenemos que estar prestos a cargar con nuestra “cruz de cada día” soportando la burla y el desprecio, aún de los nuestros, pensando, no en el dolor ni en la humillación del momento, sino en la resurrección del día final (Cfr. Jn 6,54).

El “seguirle”, como hemos visto, implica mucho más que un mero seguimiento exterior, un dirigirse en la misma dirección. El seguimiento de Jesús va mucho más allá. Se trata de un seguimiento interior, una adhesión a Su proyecto de vida, una comunión de vida, un estar dispuesto a compartir el destino del Maestro. Es el camino que vamos a recorrer durante esta Cuaresma, durante la cual acompañaremos a Jesús camino a su Pasión y muerte, pero con la mirada fija en la Gran Noche; la Vigilia Pascual, que es la antesala de la culminación del Misterio Pascual de Jesús: su Resurrección gloriosa. ¡Vivimos para esa Noche!

¡Esa es nuestra fe!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 05-03-18

La liturgia nos brinda hoy la continuación de la lectura evangélica de ayer, que nos relataba el episodio del hombre rico que se marchó triste cuando Jesús le dijo que para conseguir la vida eterna tenía que vender todo lo que tenía y repartir el dinero que obtuviera entre los pobres. Lo que Jesús le pedía estaba más allá de su capacidad, pues vivía muy apegado a sus bienes.

Hoy leemos (Mc 10,28-31) cómo, cuando el hombre se va decepcionado, Pedro toma la palabra y le dice a Jesús: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Aunque Marcos no lo explicita en su relato, en la versión de Mateo (Mt 19,27b) Pedro le formula una pregunta: “¿Qué nos tocará a nosotros?” (Otras versiones dicen: “¿Qué recibiremos?”). Probablemente están pensando todavía en puestos y privilegios…

Jesús le contesta: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros”.

Jesús enfatiza el seguimiento radical que Él espera de los que nos llamamos sus discípulos. Lo hemos repetido en innumerables ocasiones. En el seguimiento de Jesús no hay términos medios, no hay condiciones, no hay tiempo de espera. Cuando Jesús nos dice “Sígueme”, o lo seguimos, o nos quedamos a la vera del camino. Como decimos en Puerto Rico: “Se nos va la guagua (autobús, colectivo, etc.)”

Lo que Jesús nos pide para alcanzar la salvación no es fácil. Nos exige romper con todas las estructuras que generan apegos, para entregarnos de lleno a una nueva vida donde lo verdaderamente importante son los valores del Reino. Solos no podemos. Entonces podemos preguntarnos: ¿quién podrá salvarse? Solo Dios salva; solo quien se abandona totalmente a la voluntad de Dios alcanza la vida eterna. Como decía Jesús a sus discípulos en la lectura evangélica de ayer: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”.

La promesa de hoy no se trata de cálculos aritméticos. No podemos esperar “cien casas”, o “cien” hermanos, o padres, o madres, o hijos biológicos, o tierras a cambio de dejar los que tenemos ahora. Lo que se nos promete es que vamos a recibir algo mucho más valioso a cambio. Y no hablamos de valor monetario. ¿Quién puede ponerle precio al amor de Dios; a la vida eterna; a la “corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5,4)? Para los que creemos en Jesús y le creemos a Jesús, la vida eterna no es promesa vacía, es una realidad de mayor valor que todo aquello a que podamos renunciar para seguirle.

Pero, contrario a la predicación de las llamadas “iglesias de la prosperidad”, ese premio no viene solo, viene acompañado de persecuciones, de “cruces” aquí en este mundo. En eso Jesús es consistente también (Cfr. Mt 16,24; Lc 14,27). Y para los que le creemos a Jesús, aun esas persecuciones se convierten en un premio (Cfr. Hc 5,41).

El mejor ejemplo de aquellos que lo dejan todo por seguir a Jesús lo encontramos en los sacerdotes y religiosos(as) que abandonan patria y parentela para dedicar su vida al Evangelio. Hoy, pidamos especialmente por ellos, para que el Señor les colme de alegría, sabiendo que desde ya están recibiendo su premio.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 04-03-19

El pasaje evangélico que nos propone la liturgia de hoy (Mc 10,17-30) es el del “joven rico”, llamado así por el evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que también le consideraba digno de veneración.

La pregunta que le formula el hombre rico a Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?, es decir, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del seguimiento. Si queremos ser santos, como Jesús es Santo, no puede haber nada más importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero, ni los placeres, ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”

De nuevo, no se trata de que el dinero, de por sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás (Cfr. Lc 9,62). Hay personas relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una aguja”.

Y aunque el seguimiento de Jesús, que nos conduce por el camino de la salvación, no está motivado por interés o deseo de recompensa, sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).

Si nos arrepentimos y nos tornamos hacia Dios, dejando a un lado toda “riqueza” temporal, Dios nos recibe y reanima, permitiéndonos conocer Su amor, que nos conducirá a la Verdad y a la vida eterna (Cfr. Primera lectura – Sir 17,20-28).

Dentro de dos días comenzamos la Cuaresma con la celebración del miércoles de ceniza. Aprovechemos este tiempo, y el llamado que se nos hace, para retomar nuestro camino de conversión que nos permita fijar nuestra mirada en Dios y echar a un lado todo lo que pueda apartarnos de Él.

¡Hermosa semana!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 28-02-19

“El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar”. Esta advertencia, contenida en la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Mc 9,41-50), dirigida a los apóstoles (y a nosotros), nos impone la grave obligación de “vivir” el Evangelio de Jesús, vivir de acuerdo a sus enseñanzas.

Jesús se muestra siempre bien estricto en lo que respecta a sus “pequeños”, a los humildes, los pobres, los menos afortunados, los que nos miran como “ejemplo”, los que están en nuestro entorno, en nuestras comunidades de fe. Él no quiere que los escandalicemos con nuestra conducta. Por el contrario, nos exige una conducta que sirva de ejemplo. En otras palabras, que si somos cristianos, ¡que se nos note! No vaya a ser que el que nos vea diga como Gandhi: “Me gusta tu Cristo, no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo”…

Está claro, Jesús no quiere cristianos light, tibios. Porque si somos tibios va a “vomitarnos de su boca” (Cfr. Ap 3,16). Jesús es amor, es la Misericordia encarnada, pero también es exigente con los que decidimos seguirle. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62).

En el pasaje que contemplamos hoy Jesús hace uso de la hipérbole para enfatizar las exigencias del seguimiento; está estableciendo el modelo, las características que exige de sus discípulos: “Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

Resulta obvio que Jesús no nos está llamando a la mutilación física. Nos está advirtiendo contra todas las cosas del mundo que nos seducen y nos alejan del Reino, y nos pueden llevar a una conducta que va escandalizar a los “pequeños”. Años más tarde Pablo se hará eco de este llamado cuando exhorte a los de Corinto a no escandalizar a “los más débiles” comiendo carne sacrificada a los ídolos paganos (1 Cor 8,9-14).

Este pasaje representan una versión más cruda, más al grano, de las frases que le escuchamos a Jesús en Mt 6,33: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia”; y Mt 16,26: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. El énfasis está en la búsqueda del Reino, que nos exige radicalidad en el seguimiento. “Si alguno quiere venir en pos de mí…” (Mt 16,24).

Hoy, pidamos al Padre, por intercesión de su Hijo, que nos conceda, por su gracia, aumentar nuestra fe para poder cumplir sus exigencias y, lejos de escandalizar, evangelicemos con nuestro ejemplo de vida.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 26-02-19

“Hijo, si te acercas a servir al Señor, permanece firme en la justicia y en el temor, y prepárate para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido”. Con esta oración comienza la primera lectura que nos brinda la liturgia hoy (Sir 2,1-13).

El autor del libro plantea una realidad que no podemos escapar. El mal existe y en algún momento nos va a alcanzar. Pero a diferencia de Job, que se plantea las interrogantes fundamentales del hombre respecto al mal y trata de encontrar respuestas, Ben Sirac se limita a exponerlas y brindar al lector consejos sobre cómo y por qué los que decidimos seguir al Señor debemos enfrentar las pruebas cuando estas sobrevengan.

El primer consejo es la paciencia: “Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él”.

Así, aconseja también, esperanza: “aguardad su misericordia y no os desviéis, no sea que caigáis”; confianza: “confiad en él, y no se retrasará vuestra recompensa”; fe en la recompensa futura: “esperad bienes, gozo eterno y misericordia. Los que teméis al Señor, amadlo y vuestros corazones se llenarán de luz”…, “porque el oro se acrisola en el fuego, y el hombre que Dios ama, en el horno de la humillación”.

Sobre doscientos años después, Jesús resumirá esta sabiduría en una frase: “todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11).

La lectura evangélica de hoy (Mc 9,30-37), nos presenta a los apóstoles discutiendo entre sí sobre quién era el más importante entre ellos. A pesar de que Jesús acaba de anunciarles la Pasión que ha de sufrir, resulta claro que no comprenderán el mensaje de Jesús hasta después de su Pascua. De momento, Jesús les dice: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y para enfatizar su punto, acercó un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.

Para entender el alcance de este gesto tenemos que entender lo que significaba un niño en tiempos de Jesús. En aquella época un niño era un ser insignificante, sin derechos, una posesión de su padre, menos valioso que un animal de carga o de trabajo. Por tanto, acoger a un niño equivale a hacerse menos que un niño, el más insignificante de todos. Aun así, los apóstoles no comprendieron las palabras de Jesús. Más adelante, en la última cena, Jesús acentuaría su enseñanza con el gesto de lavar los pies a los apóstoles (Jn 13,1-15), tarea reservada en esa época a los esclavos o sirvientes y, en ausencia de estos, a los niños.

Nadie dijo que el seguimiento de Jesús es fácil. Implica renuncias, privaciones, humillaciones, burla, persecuciones. “El que quiera seguirme…” (Mt 16,24). El camino es arduo, pero la recompensa es segura: “el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (16,27)…

REFLEXIÓN PARA EL SÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (C) 24-02-19

El evangelio de hoy (Lc 6,27-38) nos presenta una especie de “secuela” a las Bienaventuranzas que contemplábamos el pasado domingo. En este pasaje Jesús pretende dar contenido a las Bienaventuranzas. Jesús nos está diciendo que las normas contenidas en las Bienaventuranzas no son algo teórico, sino que podemos identificar a nuestros “enemigos” con unos personajes concretos: los que nos odian, los que nos maldicen, los que nos injurian, los que nos pegan, los que nos engañan, los que nos roban… Contrario a la reacción natural de nosotros ante esas situaciones, Jesús nos pide que amemos, que bendigamos, que hagamos el bien, que “presentemos la otra mejilla”, que no reclamemos, que no esperemos nada…

Si miramos a nuestro alrededor, no será muy difícil encontrar varias personas a quienes se nos hace difícil amar; personas que parecen vivir para “hacernos la vida cuadritos”. Y Jesús nos está pidiendo que amemos a esas personas; que les deseemos el bien de todo corazón, que oremos por ellas, que seamos generosos con ellas, que no les reclamemos, que seamos compasivos. Jesús no se está refiriendo a meros sentimientos; nos está hablando de asumir actitudes concretas respecto a esos enemigos. “Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?”  Esa es la “prueba de fuego” del que quiere seguir a Jesús, del verdadero “discípulo” que quiere vivir el Evangelio.

Jesús nos pide que nos pongamos en el lugar de estos “enemigos”; que los tratemos como nos gustaría que nos trataran a nosotros, porque la misma medida que usemos con ellos la usarán con nosotros: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. La Palabra siempre nos interpela, nos hace enfrentarnos con nosotros mismos. Si todo el mundo nos tratara como merecemos, ¿cómo sería ese trato?

¡Uf! Nadie ha dicho que esto de ser cristiano es fácil: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No. “Todo lo puedo en Aquél que me fortalece” (Fil 4,13).

Hace tiempo leí un relato de un sabio que decía: “Amar es una decisión, y el fruto de esa decisión es el amor”. Jesús nos está pidiendo que asumamos unas actitudes concretas hacia nuestros “enemigos”; en otras palabras, que tomemos la decisión de amarlos, amarles como Dios les ama y como nos ama a nosotros, a pesar de todas nuestras faltas.

Por otro lado, un viejo proverbio chino nos recuerda que un viaje de mil leguas comienza con un paso. Hoy Jesús nos invita a dar ese “primer paso” con la promesa de que Él nos brindará la fortaleza para continuar adelante, para que esa decisión de amar a nuestros enemigos rinda fruto. Y ese fruto ha de ser el amor…