REFLEXIÓN PARA EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 29-07-18

La liturgia de hoy nos presenta la versión de Juan del episodio de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,1-15). Los sinópticos también recogen este pasaje (Mt 14,13-21; Mc 6,32-44; Lc 9,10-17), convirtiéndose en uno de los pocos milagros que recogen los cuatro evangelistas, lo que apunta a su historicidad y al impacto que ese episodio tuvo en los evangelistas. También puede influenciar el hecho de que lo relacionaban con el episodio del profeta Eliseo que nos presenta la primera lectura de hoy (2 Re 4,42-44).

El domingo pasado nos habíamos quedado en la antesala de este milagro en el evangelio según san Marcos. Hoy interrumpimos la lectura de Marcos, para dar paso a la versión de Juan, que sirve de preámbulo al “discurso del pan de vida” que cubre todo su capítulo 6, que estaremos leyendo durante cinco domingos consecutivos, hasta retomar a Marcos en el vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario.

De entrada hay que señalar tres detalles que hacen la versión de Juan diferente a la de los sinópticos: Los panes eran de cebada, que era un pan más asequible, el “pan de los pobres” (en la primera lectura los panes que trajeron a Eliseo eran de cebada); el hecho de que en esta versión es Jesús mismo quien reparte los panes, a diferencia de los sinópticos, en los cuales son los discípulos quienes hacen la repartición; y el énfasis de Juan en el hecho de que “estaba cerca la Pascua”. Todos estos elementos hacen de la narración de Juan una prefiguración, un anticipo de la última cena y la institución de la Eucaristía.

La multiplicación de los panes es un “signo” que va más allá de la mera multiplicación material. Ese pan “inferior”, por la bendición que Jesús pronuncia sobre él se convierte en el verdadero “pan de vida” (Cfr. Jn 6,35), que es un alimento fundamental, espiritual, que recibimos de manos de Jesús, por mera gratuidad. Y dentro del marco de la Pascua, se nos presenta Él mismo como alimento pascual.

Ya desde el capítulo 2, Juan nos había presentado a Jesús como el nuevo Templo. Ahora vemos a la gente acudiendo a la persona Jesús para celebrar la Pascua. Ya no hay que ir al Templo de Jerusalén a celebrar la Pascua, sino allí donde esté Jesús. En este mismo contexto, no debemos olvidar que antes de celebrar la Pascua los judíos tenían que purificarse. Por eso el profeta Jeremías (7,1-11) nos advertía que en vano buscaríamos al Señor en el Templo si no enmendamos nuestra conducta y nuestras acciones.

Del mismo modo, si nos acercamos a recibir el “pan de vida” de la Eucaristía sin habernos arrepentido de nuestros pecados con el firme propósito de enmendar nuestra conducta y nuestras acciones, y recibido la absolución sacramental, estaremos consumiendo, no el pan de vida, sino nuestra propia condenación (Cfr. 1 Cor 11,27).

El Señor, que es el verdadero Templo, nos espera hoy en el templo parroquial para ofrecerse Él mismo en su Palabra y en el Pan de Vida de la Eucaristía. No desperdiciemos esa oportunidad. Y si no puedes, o no estás preparado para recibirle sacramentalmente, arrepiéntete de todo corazón, ábrele la puerta de tu corazón, y Él “entrará en tu casa, y cenará contigo, y tú con Él” (Cfr. Ap 3,20).

Que pasen un hermoso domingo lleno de la PAZ que solo Él puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 18-05-18

Ya en el umbral de Pentecostés, la liturgia nos propone como lectura evangélica (Jn 21,15-19) la conclusión del Evangelio según san Juan, que nos ha acompañado durante prácticamente toda la Pascua. Este pasaje constituye, junto a Mt 16,18 lo que tal vez sea el argumento bíblico más decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal.

Jesús, en su infinita pero misteriosa sabiduría, ha escogido a uno de sus amigos íntimos para que “apaciente sus corderos”, “pastoree sus ovejas”. Sí, al mismo Pedro que, luego de haber asegurado que estaba dispuesto a dar su vida por Él (Jn 13,37), había terminado negándolo tres veces (Mt 26,69-75). Mientras las multitudes seguían y aclamaban a Jesús, era fácil decir que estaba dispuesto a dar la vida por Él. Cuando se vieron rodeados de soldados y amenazados, ese entusiasmo se esfumó. Trato de imaginarme la angustia, la frustración, la vergüenza que sintió Pedro al recordar las palabras de Jesús cuando le dijo que antes de que cantara el gallo le habría negado tres veces.

Ahora se encuentran por última vez, luego del suceso traumático de la muerte de Jesús y su posterior resurrección. Ya todos comprendían lo que Jesús les había adelantado sobre su resurrección. Una vez más el ambiente es de sobremesa; acababan de consumir parte del producto de la pesca milagrosa, y Jesús y su amigo Pedro tienen un “aparte”, probablemente tomando un corto paseo a orillas del lago de Tiberíades. Jesús quiere confiarle a Pedro el rebaño que con tanto amor Él había juntado. Por eso el diálogo gira en torno al principal requisito que tiene que cumplir el que vaya a asumir semejante tarea: el amor.

Jesús conoce lo que hay en nuestros corazones, al punto que las palabras a veces pueden hasta tornarse en obstáculos. Pero aun así le pregunta tres veces (el mismo número de las negaciones): “¿me amas más que éstos?”; “¿me amas?”; “¿me quieres?”. Nos dice la escritura que a la tercera pregunta Pedro “se entristeció”. Probablemente recordó las negaciones, y también cuando su mirada se cruzó con la de Jesús en casa de Caifás. Jesús sabe que Pedro le ama, pero quiere que Pedro esté seguro que le ama. Porque la labor que le va a encomendar es una de amor, pues solo el que ama “hasta que le duela”, al punto de dar la vida, puede predicar el amor. Todo eso está implícito en la última palabra: “Sígueme”.

Jesús le está confiando su más preciado tesoro, y le está pidiendo que ese mismo amor que le tiene a Él, lo demuestre en su entrega incondicional a ese “rebaño”. Después de todo, la misión de Pedro, junto a los demás discípulos va a ser solo una: predicar el Amor a todo el mundo. Esa es también nuestra misión, y sobre esa gestión hemos de rendir cuentas. Como nos dijo san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Consciente del alcance y significado de la pregunta, cierra los ojos, examina tu corazón y contesta la pregunta que Jesús te está haciendo: “¿me amas?”

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 02-05-18

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Jn 15,1-8) nos presenta otro de los famosos “Yo soy” que encontramos en el relato evangélico de Juan: Yo soy la verdadera vid. No se trata de una parábola, en la que Jesús utiliza una breve comparación basada en una experiencia cotidiana de la vida, imaginaria o real, con el propósito de enseñar una verdad espiritual. Aquí se trata de una afirmación absoluta de Jesús: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”.

A partir de esa afirmación, Jesús desarrolla una alegoría que nos presenta unos elementos en transposición: la vid (Jesús), los sarmientos (los discípulos) y el labrador (el Padre). Hay otro elemento adicional que es el instrumento de limpieza y poda, que es la Palabra de Jesús: “A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado”.

Jesús está diciendo a sus discípulos que ellos han sido “podados”, han sido limpiados por la Palabra del Padre que han recibido de Él, con el mismo cuidado y diligencia que un labrador poda “a todo el que da fruto… para que dé más fruto”.

Esta conversación de Jesús con sus discípulos se da en el contexto de la sobremesa de la última cena. Jesús sabe que el fin de su vida terrena está cerca; de ahí su insistencia en que los discípulos permanezcan unidos a Él, pues sabe que a ellos les queda una larga y ardua misión por delante. Y solo permaneciendo unidos a Él y a su Palabra, podrán tener éxito. Juan recalca esa insistencia, poniendo siete veces (la insistencia de Juan en el número 7) en labios de Jesús el verbo “permanecer”, entre los versículos 4 al 8.

A pesar de que al principio de la alegoría se nos presenta al Padre como el labrador, el énfasis del relato está en la relación entre la vid y los sarmientos, es decir, entre Jesús y sus discípulos; léase, nosotros. Y el vínculo, la savia que mantiene con vida a los sarmientos, es la Palabra de Jesús. Esa comunicación entre Jesús y nosotros a través de su Palabra es la que nos mantiene “limpios”, nos va “podando” constantemente para que demos fruto. Si nos alejamos de su Palabra, no podemos dar fruto; entonces el Labrador nos “arrancará”, nos tirarán afuera y nos secaremos, para luego ser recogidos y echados al fuego. Mateo nos presenta un lenguaje similar de parte de Jesús, cuando sus discípulos le dicen que los fariseos se habían escandalizado por sus palabras: “Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz” (Mt 15,14).

Jesús nos está invitando a seguirlo, pero ese seguimiento implica constancia, “permanencia”; permanencia en el seguimiento y permanencia en su Palabra. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino” (Lc 9,62).  Como reiteramos constantemente, si no nos limitamos meramente a creer en Jesús, sino que le creemos a Jesús, entonces permaneceremos en Él, y Él permanecerá en nosotros; y todo lo que le pidamos se realizará. ¿Existe promesa mejor?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 16-04-18

En ocasiones he visto una pegatina, de esas que se adhieren a los parachoques de los autos que lee: “¿Crees en Cristo? ¡Que se te note!”. Algo así sucedió a Esteban en la primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (Hc 6,8-15).

Esteban estaba tan “lleno de gracia y poder”, que realizaba grandes prodigios y signos delante del pueblo, y predicaba con tanta elocuencia que nadie podía rebatir su discurso. Esa gracia y poder provenían de la efusión del Espíritu Santo que había recibido por la oración e imposición de manos de los Apóstoles (6,6) al ser ordenado como diácono. Tan grande era su fe, y el Espíritu obraba con tanto poder en él, que cuando fue apresado y conducido ante el Sanedrín, “todos los miembros del Sanedrín miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel”.

En ocasiones anteriores, al tratar el tema de la fe, hemos dicho que la fe es “algo que se ve”. Porque los hombres y mujeres de fe actúan conforme a la Palabra de Jesús, en quien confían plenamente. Y eso se ve, la gente lo nota, y les hace decir: “Yo no sé lo que esa persona quiere, pero yo quiero de eso”. La persona que cree en Jesús, y le cree a Jesús, actúa diferente, despliega una seguridad que es contagiosa, y la gente le nota algo distinto en el rostro. Es la certeza de que Dios le ama y que su voluntad es que todos alcancemos la salvación. Eso fue lo que los del Sanedrín vieron en Esteban, al punto que “su rostro les pareció el de un ángel”.

Durante esta semana vamos a estar “degustando” el discurso del pan de vida contenido en el capítulo 6 del Evangelio según Juan, que comenzó con el símbolo eucarístico de la multiplicación de los panes. Por eso estas lecturas, aunque se refieren a hechos anteriores a la Pasión, muerte y resurrección, las leemos en clave Pascual.

La lectura de hoy (Jn 6,22-29) nos presenta nuevamente a esa multitud anónima que sigue a Jesús, impresionada por sus milagros. Acaban de presenciar la multiplicación de los panes y han saciado su hambre corporal. El gentío quiere seguirlo. Al no encontrarlo, fueron a buscarlo en Cafarnaún.

Cuando al fin lo encuentran, Jesús les cuestiona sus motivaciones para seguirle: “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios”. No se trata de que las motivaciones sean malas, pues se refieren a satisfacer necesidades humanas básicas. Lo que Jesús quiere transmitirles a ellos (y a nosotros) es que esas no son motivaciones válidas para seguirle.

“La obra que Dios quiere es ésta, que creáis en el que él ha enviado”, les dice Jesús. Y para creer tenemos que conocer su Amor. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Y ese amor nos hará creer en el Resucitado, que es el pan de vida que puede saciar todas nuestras hambres y nos conduce a la vida eterna.

¡Señor, dame de ese Pan!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 14-04-18

La primera lectura de hoy (Hc 6,1-7) nos narra la institución del diaconado en la Iglesia, “…escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea (atender a las viudas): nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra”.

La institución del diaconado permanente ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la Iglesia, y había caído en desuso hasta que el Concilio Vaticano II lo restableció.

Esteban, uno de los primeros diáconos nombrados por los apóstoles, hombre “lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo” y se convirtió en el primero en dar su vida por el Evangelio, el primer mártir de la Iglesia.

La lectura evangélica nos presenta la versión de Juan del episodio en que Jesús camina sobre las aguas (Jn 6,16-21). Los dos sinópticos que nos presentan el episodio (Mateo y Marcos), al igual que Juan, lo ubican inmediatamente después de la multiplicación de los panes, es decir, dentro de un contexto eucarístico. Y todas las narraciones nos presentan a los discípulos navegando en un mar embravecido con viento contrario, cuando Jesús se acerca a ellos caminando sobre las aguas del lago que se iba encrespando. Este es uno de tan solo siete “signos” (Juan llama signos a los milagros) que Juan nos narra en su relato; el poder de Jesús sobre las leyes naturales (los sinópticos narran alrededor de veintitrés milagros).

Al verlo acercarse, los discípulos se asustaron. No por la presencia de Jesús, sino porque estaban presenciando algo que su cerebro no podía procesar. Estaban tan ocupados en navegar su embarcación en el mar enfurecido, que aquella experiencia los sobresaltó. La reacción de Jesús, y sus palabras no se hicieron esperar: “Soy yo, no teman”.

Muchas veces en nuestras vidas acudimos a la celebración eucarística dominical y al salir nos enfrentamos a la aventura de la vida, a “navegar” el mar de situaciones e incertidumbre que nos presenta la cotidianidad. Y las “cosas pequeñas” del diario vivir consumen toda nuestra atención. Nos olvidamos que hemos recibido a Jesús-Eucaristía con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y que esa presencia permanece con nosotros. Él prometió que iba a estar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Pero estamos tan ocupados atendiendo nuestra barca, que no lo vemos; y si lo vemos, o no lo reconocemos, o nos sobresaltamos, como ocurrió a los discípulos aquella noche en el lago de Tiberíades.

Cuando caemos en la cuenta que se trata de Él, y decidimos “recogerlo a bordo” de nuestra vida, nos sucede lo mismo que a los discípulos: “Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban”. Nos percatamos que hemos llegado a nuestro destino y no nos habíamos dado cuenta que Él había estado caminando a nuestro lado, sobre el mar embravecido, todo el tiempo.

Señor, ayúdame a estar consciente de Tu presencia en mi vida, para abandonarme a Tu santa voluntad, con la certeza de que me has de conducir al puerto seguro de la Salvación que compraste para nosotros con tu Misterio Pascual.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 10-04-18

Nicodemo es un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan; personaje importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Durante ese primer encuentro con Jesús, es que se desarrolla el diálogo que se recoge parcialmente en la lectura que nos ofrece la liturgia para hoy (Jn 3,5a.7b-15).

En el pasaje que le precede inmediatamente, y que hubiésemos leído ayer, de no haberse trasladado a Solemnidad de la Anunciación, vemos cómo, cuando Jesús le dijo que “el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios”, Nicodemo le preguntó: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?”.

Y es esa pregunta de Nicodemo la que provoca las palabras de Jesús con que comienza la lectura de hoy: “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”.

Nicodemo es incapaz de comprender lo que le dice Jesús. Su mentalidad de fariseo no le permitía ver más allá de la Ley y su cumplimiento. Jesús le está hablando de la verdadera Libertad que solo el Espíritu (que es el Amor entre el Padre y el Hijo) puede darnos. Ese concepto de libertad en el Espíritu que Jesús le planteaba resultaba incomprensible para él.

La idea de “nacer de nuevo” resulta irrisoria, imposible, para todo aquél que no ha conocido el Amor de Dios, ese Amor que nos hace comprender que para Dios todo es posible y que solo podemos alcanzar la Libertad plena abrazando la Cruz de su Hijo.

Entonces Jesús le dice: “Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo?” El cielo del que le habla Jesús a Nicodemo (y a nosotros) no hay que buscarlo en las alturas; es la experiencia de hacerse uno con el Padre como Él lo es. Es esa toma de conciencia grande y profunda de que Dios está con uno y uno está con Dios, en un pacto producto de la Libertad que solo puede provenir del Amor.

“Si permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32); libres, no para “hacer lo que nos dé la gana”, sino libres para amar. Porque como hemos dicho en ocasiones anteriores, la “verdad” a la que se refiere Jesús es el Amor incondicional de Dios. Ese es el concepto de Libertad que nos plantea Jesús; libertad que le hizo optar libremente por la Cruz, y que Él trata de comunicar a Nicodemo pero que este no puede entender: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Y tú, ¿le crees?

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA 11-03-18

Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, conocido litúrgicamente como Laetare. Deriva su nombre de la antífona gregoriana del Introito de la misa, tomada del libro del profeta Isaías (66,10), que comienza diciendo: Lætare, Jerusalem: et conventum facite omnes qui diligitis eam: gaudete cum lætitia, qui in tristitia fuistis: ut exultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestræ  Lætatus sum in his, quæ dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus (Regocíjate, Jerusalén, vosotros, los que la amáis, sea ella vuestra gloria. Llenaos con ella de alegría, los que con ella hicisteis duelo, para mamar sus consolaciones; para mamar en delicia a los pechos de su gloria. ¡Qué alegría tan grande la que tuve cuando oí que dijeron: ¡Andando ya, a la casa del Señor!)”.

Este es un domingo excepcional (al igual que el tercer domingo de Adviento), en el que el carácter penitencial de la Cuaresma da paso a la Alegría en anticipación al Misterio Pascual de Jesús (su Pasión, muerte y Resurrección) que estamos próximos a celebrar.

La lectura evangélica para este Ciclo B nos presenta a Nicodemo, un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan (al igual que Lázaro), y que es importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús, que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Nicodemo era un fariseo rico que, intrigado y atraído por el mensaje de Jesús, decide ir a visitarle de noche. Ahí se suscita el primer encuentro con Jesús, dentro del cual se desarrolla el diálogo que recoge parcialmente la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este cuarto domingo de Cuaresma (Jn 3,14-21).

El saludo de Nicodemo y el inicio del diálogo, que no aparecen en el fragmento que leemos hoy, son importantes para entender el mismo, así como la mentalidad y la actitud con que Nicodemo se presentó ante Jesús. Por eso les recomiendo que se lean la perícopa en su totalidad (vv. 1-21).

Recordemos que Nicodemo era un alto personaje del judaísmo que se había sentido atraído por la enseñanza de Jesús, y por eso decide ir a verlo. El hecho de que venga a verlo de noche nos apunta a que viene de la “noche” del judaísmo ritual vacío (la oscuridad) hacia la “luz” representada en la persona de Jesús, en su Palabra, en el nacimiento del agua y del Espíritu que Jesús le propone en el versículo 5. La contraposición luz-tinieblas del Evangelio de Juan.

En el pasaje de hoy encontramos a Jesús haciendo un anuncio de su Pasión y la salvación que por ella nos vendría, prefigurada en la serpiente de bronce que Moisés, siguiendo las instrucciones de Yahvé, hizo y colocó sobre un estandarte (en forma de cruz), para que todo el que era mordido por unas serpientes venenosas que los asediaban quedara sano al mirarla (Cfr. Núm 21,4-9). Por eso dice a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

Seguimos adelantando en este tiempo de Cuaresma; tiempo de conversión en que se nos invita sanar nuestros corazones envenenados por el pecado. Si nos tornamos a mirar la Cruz, al igual que los israelitas en el desierto, nuestros corazones serán sanados; porque en la Cruz encontraremos una fuente inagotable de amor, de misericordia, de perdón. Y si fijamos nuestra mirada en el Crucificado, encontraremos que nuestra propia cruz se hace liviana, y podremos decir con san Pablo: “¡Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Gál 6,14). “Gloriémonos también nosotros en ella, aunque sólo sea porque nos apoyamos en ella” (San Agustín).

Si no lo has hecho aún, ve hoy a la Casa del Padre y mira hacia el altar; allí encontrarás a su Hijo que te espera con los brazos abiertos… Y si aún no te has reconciliado, ¡este es el momento! No esperes más.