REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 24-09-20

“Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse”.

El Evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 9,7-9) es uno de esos que tenemos que leer dentro del contexto en que se suscita la escena. Jesús acaba de enviar a los “doce”, y el revuelo que causan despierta la curiosidad de Herodes Antipas, el que había hecho decapitar a Juan el Bautista, e hijo de Herodes el Grande, responsable de la matanza de los niños inocentes que hizo huir a Egipto a la Sagrada Familia.

Herodes escucha el nombre de Jesús de Nazaret como responsable de ese barullo y quiere saber quién es. La Escritura nos dice que “Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”.

Herodes había oído hablar de los milagros de Jesús, de cómo Él y sus discípulos echaban demonios. En el relato paralelo de Mateo, esta “fama” de Jesús, además de evocarle la muerte del Bautista, le despierta el remordimiento que sentía por la muerte de este, a quien se vio obligado a matar por culpa de Herodías (Mt 14,1-12).

Termina el pasaje diciendo que Herodes “tenía ganas de ver a Jesús”. Muchas veces la curiosidad se convierte en la chispa que enciende la fe. Herodes tuvo la oportunidad de su vida: la posibilidad de tener un encuentro personal con Jesús. Irónicamente eso no ocurriría hasta que Herodes jugara un papel importante en el misterio pascual de Jesús, específicamente en su pasión y muerte.

Cuando Pilato envió a Jesús ante Herodes (Lc 23,7-11) este se puso contento, pues tenía deseos de conocerle (Lucas es el único evangelista que narra este pasaje). Ahí se pone de manifiesto que la “curiosidad” de Herodes no estaba motivada por la fe; era realmente para ver si Jesús podía divertirle haciendo un par de milagros. Es decir, estaba interesado en verle hacer un par de “trucos”, lo trató como si fuera un bufón de la corte. Esa curiosidad malsana le impidió reconocer al verdadero Jesús y terminó burlándose de Él y devolviéndoselo a Pilato.

¡Cuántas veces durante nuestras vidas nos encontramos con Jesús, lo tenemos enfrente y no lo reconocemos! Cada vez que nos topamos con una persona sin hogar, o con alguna deformidad o enfermedad aparente, o una necesidad apremiante, puede que esa persona despierte nuestra “curiosidad”. Pero como no podemos reconocer en ella el rostro de Jesús, y lejos de divertirnos nos causa temor, o repulsión, o indiferencia, le devolvemos al mundo para que se este encargue de ella.

No nos percatamos que acabamos de dejar pasar la oportunidad de nuestras vidas: tener un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mt 25,45).

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda el don de reconocer su rostro en nuestros hermanos, especialmente los más necesitados, para que sirviéndoles a ellos le sirvamos a Él.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DÉCIMO SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 20-07-20

“Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás”.

“Vino a los suyos, y los suyos no lo reconocieron” (Jn 1,11). Esa frase, tomada del prólogo del evangelio según san Juan, resume el evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Mt 12,38-42).

La fama de Jesús continúa creciendo y los escribas y fariseos siguen sintiéndose amenazados por su persona. Han sido testigos de sus milagros; curaciones, expulsiones de demonios, y hasta revitalizaciones de muertos (no debemos confundir la revitalización con la resurrección, pues la última es definitiva, para no morir jamás). Ahora, delante de todos, le piden un signo: “Maestro, queremos ver un signo tuyo”. Un signo es más que un milagro, es un hecho que demuestre sin dudas la divinidad de Jesús, que demuestre que Él es Dios. Recordemos que poco antes lo habían acusado de echar demonios por el poder de Satanás (Mt 12,24). Insisten en ponerlo a prueba. En efecto, lo están tentando, contrario al mandato divino: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6,16; Mt 4,7).

De nuevo encontramos a Jesús pronunciando palabras duras contra los suyos; les llama “generación perversa y adúltera”, y les dice que no les dará más signo que el del profeta Jonás, que estuvo tres días en el vientre del cetáceo y salió con vida, anunciándoles de paso que Él mismo estaría tres días en el vientre de la tierra y resucitaría. Les está anunciando su Misterio pascual (pasión, muerte, resurrección), alrededor del cual gira toda nuestra fe (Cfr. 1 Cor 15,14). Pero estas personas están cegadas por el ritualismo vacío y el “cumplimiento” de la Ley y los preceptos. No pueden ver más allá. Es más, se niegan. Están anteponiendo sus propios intereses a los del Reino.

Por eso Jesús les dice que cuando juzguen a esa generación, los de Nínive, que se convirtieron con la predicación de Jonás, quien no era más que un profeta (Jon 3,5-8) y la reina del Sur, que vino a escuchar la sabiduría de Salomón (1 Re 10,1-13), se alzarán y les condenarán, pues ellos no le han creído a Él que es “más que Jonás” y “más que Salomón”.

Muchas veces en nuestras vidas, especialmente en los momentos de prueba, la angustia, la desesperanza, nos lleva a “tentar a Dios”, a exigirle “signos”, como si fuera necesario que Él haga alarde de su poder para que creamos en Él. Queremos “signos” que correspondan a nuestras necesidades, nuestros deseos; y si no nos “complace”, comenzamos a dudar. Entonces actuamos como la persona que recibe un diagnóstico médico que no es de su agrado y continúa visitando médicos hasta que da con uno que le dice lo que quiere escuchar. Nos negamos a ver la grandeza de Dios en todas las cosas que damos por sentadas: la vida misma, la complejidad y perfección de nuestro cuerpo, un amanecer, la belleza de las flores… ¡Y continuamos exigiendo “signos”!

En estos días de pandemia esa tentación de pedir signos y soluciones instantáneas se exacerba, al punto de pedirle el fin inmediato del COVID-19. Dios tiene poder para eso y más, pero no podemos exigirle, y mucho menos “tentarlo”. Permitámosle ser Dios. Mientras tanto, conformémonos con que nos de los “ojos de la fe” para abandonaros a su Divina Providencia, recordando que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman (Rm 8,28). ¿Lo amas?

Que pasen una hermosa semana en la Paz del Señor.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTO TOMÁS, APÓSTOL 03-07-20

“¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”.

Hoy celebramos la fiesta de Santo Tomás, apóstol.  La tradición nos dice que Tomás partió a evangelizar en Persia y en la India, donde fue martirizado el 3 de julio del año 72. La lectura que nos presenta la liturgia para esta fiesta es la narración de la primera aparición de Jesús a los apóstoles luego de su gloriosa resurrección (Jn 20,24-29). La Resurrección de Jesús culminó su Misterio Pascual, y con ella la Iglesia adquirió una nueva vida. “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,14).

Cuando el Resucitado se apareció por primera vez a los apóstoles, Tomás no estaba con ellos. Al integrarse nuevamente al grupo, le dijeron: “Hemos visto al Señor”. Tomás, quien al igual que los demás no había captado el anuncio de la resurrección que Jesús les había hecho en innumerables ocasiones, reaccionó con incredulidad: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.

La actitud de Tomás es muy similar a  nuestra. Como reza el dicho popular: “Ver para creer”. En ocasiones nuestra fe flaquea. Entonces tratamos de aferrarnos a algo tangible, que nos brinde “seguridad” física; y nos preguntamos si en realidad “alguien” escucha nuestras oraciones, sobre todo cuando no vemos los resultados que queremos (Cfr. Hb 11,1).

En la lectura evangélica de hoy Jesús le dice a Tomás: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. ¡Qué diferencia con María, la que “creyó sin haber visto”! (Cfr. Lc 1,45;).

La fe es una de las virtudes teologales (llamadas también “infusas”) que recibimos en nuestro bautismo. Pero lo que en realidad recibimos es como una semilla que hay que alimentar e irrigar adecuadamente para que pueda germinar y dar fruto. Si la abandonamos corre el peligro de secarse y morir. Y el agua y alimento que necesita la encontramos en la oración, la Palabra y los sacramentos, especialmente la Eucaristía.

El problema estriba en que hoy día vivimos en un mundo secularizado, esclavo de la tecnología, en el que resulta más fácil creer lo que dice la internet (sin cuestionarnos la fuente ni las intenciones de quien escribe), que creer en Dios y en su Palabra salvífica, que es Palabra de Vida eterna (Cfr. Jn 6,68).

Los apóstoles creyeron esa Palabra de Vida eterna. El mismo Tomás, a pesar de su incredulidad inicial, no tuvo que meter los dedos en las manos ni la mano en el costado del Señor para hacer una profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”

Por eso, hoy, en la fiesta de Santo Tomás, apóstol, digamos a Nuestro Señor: “Señor Jesús, al celebrar hoy con admiración y alegría la fiesta de santo Tomás, te pedimos que nosotros –tus discípulos- y cuantos nos rodean y no te conocen por la fe experimentemos tu presencia en nuestras vidas mostrándote llagado y resucitado, predicador del Reino y pastor de ovejas perdidas, salvador y amigo. Amén” (oración tomada de Dominicos 2003).

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA DEL BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ 04-05-20

“Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios”.

Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. En una ocasión anterior publicamos su biografía. Les invitamos a leerla para conocer mejor a este cristiano ejemplar.

El calendario litúrgico-pastoral para la Provincia de Puerto Rico nos sugiere unas lecturas opcionales para esta celebración litúrgica. Como primera lectura se nos ofrecen dos lecturas alternas. Hemos escogido 1 Co 1,26-31: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios. Por él, ustedes están unidos a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención, a fin de que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Basta leer la biografía de nuestro beato Charlie para ver personificada esta lectura. Un humilde oficinista, de constitución débil y acosado por la enfermedad, que supo compenetrarse de tal modo con el Resucitado y la liturgia de la Iglesia, que se convirtió en precursor de los cambios en la liturgia que serían adoptados por los sabios y entendidos en el Concilio Vaticano II. Su secreto fue “estar unido a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención”. En comparación con Cristo, nada puede ni tan siquiera considerarse como una alternativa real. Él es la fuente última de sabiduría, justicia y redención.

Vemos constantemente esa preferencia de Jesús por los débiles, lo pequeños, los humildes, cuando se trata de la Revelación de los grandes misterios del Reino. Así encontramos una santa Catalina de Siena, una santa Teresa del Niño Jesús, un beato Charlie, junto a los grandes pensadores y eruditos con todos los títulos académicos posibles. No es que Dios desprecie a los sabios e intelectuales; es que tal vez los pequeños y humildes no se sienten apegados a su propia “sabiduría” o a su éxito, y por ello pueden sentirse más receptivos y dependientes de Dios, quien les hace partícipes del Misterio.

San Pablo enfatiza que “nadie podrá gloriarse delante de Dios”, es decir, que la sabiduría humana es incapaz de conocer por sí misma la sabiduría de Dios. Solo el que se despoje de sus pretensiones humanas, es decir, el que se “gloría en el Señor” y no en su propia sabiduría, podrá alcanzar la verdadera Sabiduría.

Esa Sabiduría hizo posible que el beato, adelantándose al Concilio Vaticano II, entendiera y proclamara la importancia del Misterio Pascual, y cómo toda la liturgia de la Iglesia tenía que girar alrededor de la Madre de todas las vigilas, la Vigilia Pascual. Él supo vivir la alegría y la esperanza que Cristo nos regaló con Su Pascua. De ahí su lema: ¡VIVIMOS PARA ESA NOCHE!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 23-04-20

“¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre?”

Durante el Tiempo Pascual la primera lectura que nos propone la liturgia es del Nuevo Testamento, especialmente el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y en estas lecturas sobresale el testimonio de la fe Pascual de los Apóstoles inspirados y guiados por el Espíritu Santo, quien se nos presenta como el gran protagonista de este libro sagrado.

El libro de los Hechos de los Apóstoles se llama así porque recoge la actividad misionera de los apóstoles Pedro y Pablo. Pero sobre todo recoge la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia. Por eso se le ha llamado el “Evangelio del Espíritu Santo”. Como el Antiguo Testamento nos habla de Dios Padre y los relatos evangélicos de Jesucristo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla del Espíritu Santo. Fue escrito por san Lucas, como secuela de su relato evangélico, para documentar esos primeros años del desarrollo de la Iglesia. Por eso se le considera también el primer libro de historia de la Iglesia.

En las lecturas de los días anteriores hemos visto cómo las autoridades judías, amenazadas por el éxito de la predicación de los apóstoles, les habían prohibido continuar predicando el Evangelio de Jesucristo y su Misterio Pascual. Por ello habían sido encarcelados.

La lectura de hoy (Hc 5,27-33) nos muestra a los apóstoles conducidos nuevamente ante el Sanedrín e increpados por haber continuado predicando el Evangelio a pesar de las advertencias, luego de haber sido liberados de la cárcel por un ángel del Señor. En ese momento se hacen realidad las palabras de Jesús a sus apóstoles: “A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes” (Mt 10,18-20).

Inspirados por el Espíritu Santo, Pedro y los apóstoles replicaron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. En la continuación de este pasaje, que leeremos mañana, veremos el resultado de estas palabras inspiradas.

“El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero”. Vemos cómo la fe Pascual es la que les lanza con valentía y coherencia, inspirados y asistidos por el Espíritu Santo, a predicar la Buena Noticia del Reino en la persona de Jesucristo.

Esto los llevará (junto a miles a través de la historia) a dar testimonio, incluso con sus vidas, de su fe en el Resucitado. Si nosotros estuviéramos tan llenos de fe Pascual como aquellos apóstoles, y nos dejáramos guiar por el Espíritu santo como ellos, estaríamos proclamando esa fe con valentía en nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo, nuestras comunidades y, hoy en día, en las redes sociales. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 20-04-20

“Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios”.

Nicodemo es un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan (al igual que Lázaro), y que es importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús, que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Nicodemo era un fariseo rico que, intrigado y atraído por el mensaje de Jesús, decide ir a visitarlo de noche. Ahí se suscita el primer encuentro con Jesús, cuyo inicio recoge la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Jn 3,1-8).

El saludo de Nicodemo y el inicio del diálogo son importantes para entender la mentalidad y la actitud con que Nicodemo se presentó ante Jesús, y nos ayudarán a entender el resto del diálogo: “‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’. Jesús le contestó: ‘Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios’. Nicodemo le pregunta: ‘¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?’”.

Es esa pregunta de Nicodemo la que provoca las palabras de Jesús con que finaliza la lectura de hoy: “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”. Nicodemo es incapaz de comprender lo que le dice Jesús. Su mentalidad de fariseo no le permitía ver más allá de la Ley y su cumplimiento. El concepto de libertad en el Espíritu que Jesús le planteaba resultaba incomprensible para él. La idea de “nacer de nuevo” resulta irrisoria, imposible, para todo aquél que no ha conocido el Amor de Dios, ese Amor que nos hace comprender que, para Dios, todo es posible.

Y es el Espíritu el que nos hace “nacer” a una nueva realidad que nos permite “ver” el Reino, más allá de los signos que lo anuncian. Es el Espíritu que hace posible que cumplamos la misión que, por nuestras propias fuerzas, dependiendo de nuestra humanidad, no podemos realizar. Ese “nacer de nuevo” nos evoca el “hacernos como niños” (Cfr. Mt 18,3) que Jesús nos propone, tan necesario para aceptar que dependemos de Dios para nuestra salvación, ya que por nuestro propio esfuerzo es imposible.

Y fue precisamente ese concepto de libertad en el Espíritu que nos plantea Jesús lo que le hizo optar libremente por la Cruz, que en el Evangelio de mañana (Jn 3,7b-15) Él anuncia y Nicodemo no puede entender: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Con su muerte de Cruz Jesús transformó una forma de muerte ignominiosa en glorificación y medio para alcanzar la vida eterna, para pasar de la muerte a la Vida. Es el legado de su Misterio Pascual (pasión, muerte, resurrección y glorificación) que hemos estado contemplando en las pasadas dos semanas.

Él nos mostró el camino (no es fácil), y somos testigos de su Resurrección. ¿Te animas a seguirlo?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO SANTO 11-04-20

Sabía que lo que tenía en sus brazos era un cadáver, pero lo adoraba como al Dios que era, al Dios que ella tenía la certeza que iba a resucitar.

Hoy, Sábado Santo, no hay liturgia; por eso no hay lecturas. Con la Vigilia Pascual que celebraremos en la noche se inaugura el Tiempo Pascual.

Hoy es un día lleno de emociones encontradas, en el cual lloramos la muerte de Jesús, pero a la vez estamos en la espera ansiosa de su gloriosa Resurrección y la alegría que experimentaremos esta noche al escuchar el Pregón Pascual. Dentro de este marco, les invito a centrar nuestra atención en la que podríamos llamar la protagonista de este día.

Durante aquél primer Sábado Santo, mientras todos se dispersaron confundidos como ovejas sin pastor ante la muerte de Jesús, solo una persona mantuvo su fe incólume con la certeza de que si Jesús había dicho que resucitaría al tercer día, iba a resucitar: su Madre María.

Vio a su hijo siendo clavado en una Cruz; vio cuando lo bajaron de la Cruz y lo recibió en su regazo. Sabía que lo que tenía en sus brazos era un cadáver, pero lo adoraba como al Dios que era, al Dios que ella tenía la certeza que iba a resucitar. Toda esta demostración de fe se confirmó luego a María con la gloriosa resurrección de Cristo que culminó su Misterio Pascual.

La tradición coloca a María, primero dentro del sepulcro, y luego después de cerrada la piedra que lo cubría. Por eso, dentro de toda la tristeza indescriptible de la Pasión, muerte y entierro de su hijo, María mantuvo la cabeza en alto con la certeza de que iba a verlo nuevamente; que su hijo iba a resucitar.

Ese día, dentro del profundo dolor que le causó la pérdida de su Hijo, en el mismo momento que corrieron la piedra que serviría de lápida al sepulcro, comenzó para la María lo que yo llamo su “segundo Adviento”. Aquí se pone de manifiesto la fe inquebrantable de María en su Hijo, de quien ella tiene la certeza de que es Dios.

Si examinamos los relatos sobre la resurrección, encontraremos que su madre no estaba entre las mujeres piadosas que fueron al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús. Algunos se preguntan por qué. La contestación es obvia: ¿Cómo iba a ir su Madre a embalsamarlo, cuando estaba esperando su Resurrección?

Como sabemos, la liturgia dedica los sábados a María. Santo Tomás nos dice que esto se debe a que en ese primer Sábado Santo solo ella tenía fe absoluta en el Redentor, y en ella descansó la fe de toda la Iglesia entre la muerte y resurrección de Jesús. Por eso la Iglesia también nos la propone como modelo de fe para todos los creyentes.

Esa fe inquebrantable, esa certeza absoluta de que su hijo iba a resucitar, es tal vez la lección más grande que podemos obtener de María.

Hoy es un buen día para continuar meditando sobre el santo sacrificio de la Cruz ofrecido de una vez y por todas por nuestra salvación y la del mundo entero, mientras nos preparamos para la “Gran Noche”, cuando cantaremos el Aleluya anunciado la gloriosa Resurrección de Nuestro Salvador, que culminó su Misterio Pascual.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES SANTO EN LA PASIÓN DEL SEÑOR 10-04-20

Hoy no se celebra la Santa Misa. En su lugar, a la “hora nona” (las tres de la tarde), se celebra la Pasión del Señor con la Liturgia de la Palabra y la Adoración de la Cruz. Luego de la Adoración de la Santa Cruz, se distribuye la comunión con el pan consagrado el día anterior durante la Misa de la Cena del Señor. Es día de ayuno y abstinencia. También en este día se meditan las “siete palabras” de Jesús en la cruz. El propósito es recordar la crucifixión de Jesús y acompañarlo en su sufrimiento.

La Liturgia de la Palabra para este día consta de la lectura del cuarto “Cántico del Siervo de Yahvé” (Is 52,13-53,12) – profecía del Mesías en su Misterio Pascual, el Salmo 30 (2.6.12-13.15-16.17.25) – con la invocación de Jesús en la cruz: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”, el pasaje de la Carta a los Hebreos donde se proclama el sentido sacerdotal de la vida de Jesús y especialmente en la Pasión (Hb 4,14-16;5,7-9) y, finalmente, el relato de esta según san Juan (18,1–19,42).

La primera lectura, que a mí siempre me conmueve, no solo profetiza, sino que explica el verdadero sentido de la Pasión redentora de Jesús: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino?… El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación… Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores”.

Y todo fue por amor…

El salmo nos presenta la última de las siete palabras de Jesús en la cruz: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. En la sexta palabra Jesús anuncia al Padre que la misión que Él le había encomendado estaba cumplida (Jn 19,30). Ahora reclina la cabeza sobre su pecho y, estando ya próximo el sábado, llegó la hora de descansar, como lo hizo el Padre al concluir la creación (Cfr. Gn 1,31.2,2).

No sé exactamente qué pasaría por su mente en esos momentos, pero prefiero creer que su último pensamiento humano fue para su Madre bendita. Eso le hizo recordar aquellas palabras que había aprendido de niño en el regazo de su Madre, las palabras con que todos los niños judíos encomendaban su alma a Dios al acostarse: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Señor, ayúdame a comprender y apreciar el sacrificio supremo de la Cruz, ofrecido por Ti inmerecidamente para nuestra salvación. Amén.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 02-04-20

“En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre”.

La primera lectura de hoy (Gn 17,3-9) nos presenta la alianza que Yahvé Dios pacta con Abraham. Una alianza que por sus propios términos iba a ser perpetua. Una alianza que se trasmitiría por la carne (por herencia), por eso Dios utiliza un signo carnal para sellar la misma: la circuncisión. Dios le cambia el nombre a Abrán para significar su cambio de misión, y le llama Abraham, que quiere decir padre de muchedumbre de pueblos (Ab = padre, y ham = muchedumbre). Pero más allá de la herencia carnal, Abraham se convierte en “padre de la fe” para todos los que creen en las promesas de Dios.

En la lectura evangélica (Jn 8,51-59), Jesús alude a esa genealogía que comienza con Abraham: “Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría”.

En ocasiones anteriores hemos señalado que Juan resalta la divinidad de Jesús, ya que el objetivo principal de su evangelio es combatir una herejía (los “ebionistas”) que negaba la divinidad de Jesucristo (Cfr. Jn 20,30-31). De ahí que cuando Él aludió a Abraham de esa manera los judíos le dijeron: “No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?” A lo que Jesús respondió: “En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy”. Jesús está diciendo que Él “es” antes de Abraham y “es” ahora, es eterno, por lo tanto es Dios. “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1,1). De igual modo fue presentado por Juan el Bautista: “A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo” (Jn 1,30).

Pero Jesús va más allá: “En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre”. Eso resultaba inaceptable para los judíos que le escuchaban, quienes lo tildaron de endemoniado, diciéndole: “¿y tú dices: ‘Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre?’ ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?”

La actuación de Jesús sigue incomodando cada vez más al poder político-religioso de su época. El complot para eliminarlo se acrecienta. El cerco sigue cerrándose, pero todavía no ha llegado su hora. “Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo”.

La liturgia continúa acercándonos al Misterio Pascual de Jesús. Ya pasado mañana es la víspera del domingo de ramos. Ayer nos decía que en Él encontraríamos la Verdad y que esa Verdad nos haría libres. Hoy ha añadido: “quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre”. Es decir, que además de ser libres, tendremos vida en plenitud, y vida eterna.

El llamado a la conversión está vigente. Todavía estamos a tiempo. Si creemos en Él y “le creemos” (tenemos fe), tendremos Vida. Anda, ¡atrévete! ¿Y sabes qué? Él te está esperando para darte el abrazo más tierno y cálido que hayas sentido. Entonces comprenderás…

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR 25-03-20

“María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra’. Y la dejó el ángel”.

Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor, ese hecho salvífico que puso en marcha la cadena de eventos que culminó en el Misterio Pascual de Jesús, selló la Nueva y definitiva Alianza, y abrió el camino para nuestra salvación. La Iglesia celebra esta Solemnidad el 25 de marzo, nueve meses antes del nacimiento de Jesús.

La primera lectura que nos presenta la liturgia para esta celebración está tomada del profeta Isaías (7,10-14; 8,10), que termina diciendo: “Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’”.

El Evangelio, tomado del relato de Lucas, nos brinda la narración tan hermosa del evangelista sobre el anuncio de la Encarnación de Jesús (1,26-38), uno de los pasajes más citados y comentados de las Sagradas Escrituras. No creo que haya un cristiano que no conozca ese pasaje.

Centraremos nuestra atención en el último versículo del mismo: “María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra’. Y la dejó el ángel”.

“Hágase”… No podemos encontrar otra palabra que exprese con mayor profundidad la fe de María. Es un abandonarse a la voluntad de Dios con la certeza que Él tiene para nosotros un plan que tal vez no comprendemos, pero que sabemos que tiene como finalidad nuestra salvación, pues esa es la voluntad de Dios. En la Anunciación, María, con su “hágase”, hizo posible el misterio de la Encarnación y dio paso a la plenitud de los tiempos y a nuestra redención. Así nos proporcionó el modelo a seguir para nuestra salvación.

Por eso podemos decir que “hágase” no es una palabra pasiva; por el contrario, es una palabra activa; es inclusive una palabra con fuerza creadora, la máxima expresión de la voluntad de Dios reflejada a lo largo de toda la historia de la salvación. Desde el Génesis, cuando dentro del caos inicial Yahvé dijo: “Hágase la luz” (Gn 1,2), hasta Getsemaní, cuando Jesús utilizó también la fuerza del “hágase” para culminar su sacrificio salvador: “Padre, si es posible aparta de mí esta copa; pero hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22,42).

El consentimiento de María a la propuesta del ángel, significado en su “hágase”, hizo posible que en ese momento se realizara sobre la tierra todo ese misterio de amor y misericordia predicho desde la caída del hombre (Gn 3,15), anunciado por los profetas, deseado por el pueblo de Israel, y anticipado por muchos (Mt 2,1-11).

Proyectando nuestra mirada hacia el Misterio Pascual, estoy seguro que la fuerza del “hágase” hizo posible que María se mantuviera erguida, con la cabeza en alto, al pie de la cruz en los momentos más difíciles. Asimismo, ese hágase de María al pie de la cruz, unido al de su Hijo, transformó las tinieblas del Gólgota en el glorioso amanecer de la Resurrección. Esa era la voluntad de Dios, y María lo comprendió, actuó de conformidad, y ocurrió.

En estos tiempos difíciles que nos ha tocado vivir con la pandemia del COVID-19, oremos todos como Iglesia al Padre Misericordioso y digamos junto con María, hágase, haciendo todo lo que nos corresponda, y abandonándonos a la Voluntad del Padre con la certeza de que Él tiene para nosotros un plan que tal vez no comprendemos, pero que sabemos que tiene como finalidad nuestra salvación, pues esa es Su voluntad.

¡Gracias, Mamá María!