REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 20-02-20

“Él les preguntó: ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy?’ Pedro le contestó: ‘Tú eres el Mesías'”.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mc 8,27-33) nos presenta la profesión de fe de Pedro. Mientras se dirigía a las aldeas de Cesarea de Filipo para continuar su misión, Jesús realiza una “encuesta” entre sus discípulos sobre quién decía la gente que Él era. Ellos contestaron lo que se decía: “Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas”. Luego les pregunta directamente a ellos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Entonces Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús a sus discípulos de guardar silencio al respecto (de nuevo el famoso “secreto mesiánico” del Evangelio según san Marcos).

Pero como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”. Es el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús. Pero los discípulos todavía no captan el verdadero significado de las palabras de Jesús.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle en los versículos que siguen al pasaje de hoy y leeremos mañana (Mc 8,34-35): “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16). Palabras fuertes, pero que expresan la seriedad del compromiso que contraemos los que decidimos seguir a Jesús. En otras palabras, no existe tal cosa como un cristiano light.

Nadie ha dicho que esto de seguir a Jesús es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 20-01-20

“Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán”.

El evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mc 2,18-22), es el paralelo del que leeremos el 13er sábado del Tiempo Ordinario (Mt 9,14-17), y contiene el primer anuncio de la pasión de parte de Jesús: “Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán”. Es la primera vez que Jesús hace alusión a su muerte, pero sus discípulos no lo captan.

Junto con el anuncio, Jesús recalca la novedad de su mensaje, que había resumido en el sermón de la montaña, recogido en el capítulo 5 de Mateo. La Ley antigua quedaba superada, mejorada, perfeccionada (5,17). Por tanto, hay que romper con los esquemas de antaño para dar paso a la ley del Amor. Es una nueva forma de vivir la Ley, un cambio radical de aquel ritualismo de los fariseos; un nuevo paradigma. Es el despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo de que nos habla san Pablo (Ef 4,22-24). En fin, se trata de una nueva manera de relacionarnos con Dios y con nuestro prójimo. No hay duda, los tiempos mesiánicos han llegado.

Este anuncio está implícito en la utilización por parte de Jesús de la figura del “novio” cuando los fariseos le cuestionan por qué sus discípulos no ayunan. De su contestación se desprende que sus discípulos no ayunan porque no tienen nada que esperar, ya que los tiempos mesiánicos han llegado, no tienen que hacer penitencia para la llegada de un Mesías que ellos ya le han encontrado.

Por eso Jesús nos dice que no se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres; se derrama el vino, y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan. Este simbolismo del “vino nuevo” junto con la figura del “novio” lo vemos también en el pasaje de las bodas de Caná (Jn 2,1-11), cuando Jesús, con su poder, nos brinda el mejor vino que jamás hayamos probado; ese vino nuevo que simboliza la novedad de su mensaje.

El problema es que nosotros muchas veces pretendemos aplicar nuestros propios criterios, nuestros viejos paradigmas al mensaje de Jesús. Queremos abrazarle, recibirle, pero no estamos dispuestos a vivir en forma radical la ley del Amor, no estamos dispuestos a amar y perdonar a todos, especialmente a los que más nos han herido, no estamos dispuestos a abrazar la cruz… “Si alguien quiere seguirme, renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). Uf, ¡qué difícil!

Hoy, pidámosle al Padre que nos ayude a despojarnos de los “odres viejos”, y que nos de “odres nuevos” para recibir y retener el “vino nuevo” que su Palabra nos brinda.

Que pasen todos una hermosa  semana, y no olviden visitar la Casa del Padre al menos una vez a la semana y, de ser posible, más de una vez. De paso, dejen a la entrada del templo sus “odres viejos”, y acepten el “odre nuevo” que allí se les ofrece… ¡Es gratis!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DESPUÉS DE EPIFANÍA 11-01-20

Hoy contemplamos como primera lectura la conclusión de la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn 5,14-21). En este pasaje Juan nos hace una invitación a la oración con la promesa de que nuestras oraciones siempre son escuchadas: “En esto está la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido”. Es decir, si nos abandonamos a Su voluntad y nos hacemos uno con Él (entramos en “comunión” con Él), no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad, por lo cual nuestras peticiones siempre coincidirán con Su voluntad. De ahí surge la certeza de saber “que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido”. Juan, en su estilo peculiar que yo llamo de “trabalenguas”, tiene la capacidad de concentrar en pocas palabras unas grandes y profundas verdades de fe, y el pasaje de hoy es un buen ejemplo.

Pero Juan no se detiene ahí; nos exhorta a orar por los pecadores: “Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y Dios le dará vida”. Nos está diciendo que, lejos de condenar al pecador, oremos por Él para que la gracia se derrame sobre Él y se convierta, “porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).

De ahí que encontramos a Jesús en compañía de pecadores, recaudadores de impuestos y prostitutas. Y cuando le critican, dice: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan” (Lc 5,31-32). Jesús acoge a los pecadores, los escucha, los consuela, y les dice: “Vete y no peques más” (Jn 8,11).

En el Evangelio de hoy (Jn 3,22-30) vemos la transición, el “pase de batón” de Juan el Bautista a Jesús. Cuando sus discípulos vienen a quejarse con él que Jesús también estaba bautizando y que aparentemente estaba logrando más adeptos que él, Juan entiende que su misión está llegando a su fin. Luego de reconocer que Jesús está actuando por designio divino, les recuerda que él mismo les había dicho: “Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él”. Luego concluye diciendo: “Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar”. Un gesto de humildad, y de reconocimiento de que su misión estaba subordinada a la de Jesús.

La liturgia de la Iglesia nos transmite esa relación al colocar la fiesta de Juan el Bautista el 24 de junio, tres días después del equinoccio de verano (a partir del cual los días se hacen cada vez más cortos, van menguando), y la solemnidad de la Navidad el 25 de diciembre, cuatro días después del equinoccio de invierno (a partir del cual los días se hacen cada vez más largos, va creciendo el tiempo de luz). Así el “sol menguante” simboliza a Juan el Bautista, y el “sol creciente” simboliza a Cristo.

Al concluir este tiempo de Navidad, pidamos al Señor la humildad de Juan, para que nos libre del falso orgullo y estemos conscientes de que toda nuestra actividad pastoral es producto de la gracia y en función de la persona de Cristo, que es quien merece toda gloria y reconocimiento.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DEL TIEMPO DE NAVIDAD 04-01-20

“Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?”

Como adelantáramos ayer, hoy continuamos con el primer capítulo del Evangelio según san Juan (1,35-42). Esta vez la atención gira en torno a la vocación de los primeros discípulos. En el caso de estos discípulos el llamado no es directamente de boca de Jesús; son ellos quienes deciden seguirle una vez Juan el Bautista les señala la persona de Jesús y les dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Y tal fue la impresión que causó la presencia de Jesús en estos discípulos, que nos cuenta la escritura que: “los dos discípulos oyeron (las) palabras (de Juan) y siguieron a Jesús”. Cada vez que leo la vocación de cada uno de los discípulos de Jesús trato de imaginarme su mirada penetrante, su carisma, su magnetismo, imposible de resistir. Un encuentro que provoca un seguimiento…

Seguimiento que a su vez provoca las primeras palabras de Jesús en las Sagradas Escrituras: “¿Qué buscáis?”. Pudo haberles preguntado sus nombres, hacia dónde se dirigían, por qué le seguían… No olvidemos que Jesús es Dios, que conoce nuestros pensamientos. Él sabía lo que buscaban. Tan solo quería una confirmación; no para Él, sino para ellos mismos.  Eso me hace preguntarme a mí mismo: ¿Busco yo seguir a Jesús? Si Jesús me preguntara: “Y tú, ¿qué buscas?” ¿Qué le contestaría?

Los discípulos le contestaron con otra pregunta: “Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?” Pregunta que implica un deseo de seguirle y permanecer con Él. De hecho, cuando Jesús les contesta, “Venid y lo veréis”, nos dice el Evangelio que los discípulos “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”. Tal fue la impresión que esa experiencia causó en el evangelista, que hasta recuerda la hora: “serían las cuatro de la tarde”.

Me pregunto sobre qué les habrá hablado Jesús durante esa tarde. Se me ocurren dos temas obligados: el Reino (Lc 4,43) y el Amor (Mc 12,28-31). Siempre pienso en la mirada de Jesús, y trato de imaginarla…, y se me eriza la piel… Lo cierto es que tan impresionados quedaron los discípulos con la experiencia de Jesús, que tan pronto salieron, uno de ellos, Andrés, encontró a su hermano Simón y no pudo contenerse. Antes de saludarle, como impulsado por un celo inexplicable exclama: “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)”. Esa es la conducta de todo el que ha tenido un encuentro personal con Cristo. Hemos sido arropados por su Amor, y ese amor nos obliga a compartirlo, a proclamarlo, a anunciarlo a todos. ¿Siento yo ese deseo incontrolable de compartir mi experiencia de Jesús con todo el que se cruza en mi camino? Si no lo siento, tengo que preguntarme: ¿He tenido real y verdaderamente un encuentro con Jesús? ¿Me he abierto a su Amor incondicional? ¿Le he permitido “nacer” en mi corazón? ¿Qué trabas existen que me impiden tener la experiencia de Jesús?

Estamos escasamente a dos días de la Epifanía, cuando veremos a unos magos que llegaron del oriente, encontraron al Niño, y se postraron a adorarle. El Niño no tuvo que pronunciar palabra. Ellos le abrieron sus corazones y Él hizo morada en ellos, y le reconocieron. Y tú, ¿has reconocido al Niño que nació hace unos días?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO 11-12-19

“…los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas”.

Isaías, profeta del Adviento, continúa prefigurando al Mesías que tanto ansiaba el pueblo de Israel. La lectura que nos ofrece la liturgia para hoy (40,25-31) forma parte de la introducción al “Segundo Isaías”, también conocido como el “Libro de la Consolación”, que comprende los capítulos 40 a 55 del Libro de Isaías. En esos momentos el pueblo se encuentra desterrado en tierra extraña (Babilonia), y siente que Dios le ha abandonado: “Mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa”.

El profeta dice a su pueblo: “El Señor … da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas corno las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse”. La clave del mensaje lo encontramos en el último versículo (31): “…los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas”.

El profeta ofrece al pueblo un mensaje de aliento y consuelo durante el destierro, ofreciendo una visión de las relaciones de Dios con su pueblo, y cómo Dios, aunque a veces parece distante, no los abandona. Más adelante en la persona de Jesucristo se hacen realidad esas visiones, especialmente en el Evangelio según san Mateo, dirigido a los judíos convertidos al cristianismo, cuya tesis principal es probar que en Jesús se cumplen todas las promesas y profecías del Antiguo Testamento.

Así, en la lectura evangélica de hoy (Mt 11,28-30) Jesús nos invita a acudir a Él, en quien encontraremos el alivio a nuestro cansancio y el consuelo para las tribulaciones que nos agobian: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

“Venid a mí”… Jesús nos está invitando (Él siempre está llamando a nuestra puerta). Y especialmente en este tiempo de Adviento esa invitación se hace más intensa. Él quiere que vivamos el Adviento, que aceptemos su invitación y estemos dispuestos a recibirlo en nuestros corazones. ¿Cómo respondo yo a esa invitación, a ese llamado? ¿Me dirijo a Él (a la Navidad) con el corazón preparado para recibirlo? ¿Respondo a su invitación con la misma alegría, disposición y humildad que lo hicieron los pastores (Lc 2,15-16)? En el pasaje precedente a este, Jesús había orado diciendo al Padre: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11,25).

¿Quiénes son los que están “agobiados” con “cargas”? Generalmente los pobres, los humildes, los “pequeños”, los que no temen acudir al llamado y tomar el yugo que Jesús les está ofreciendo, para luego descubrir que el peso se hace más llevadero porque Él lo está compartiendo. Ambos caminando en la misma dirección. ¿Saben cómo se llama ese yugo? Amor.

En este Adviento, pidamos al Señor nos revista de sentimientos de humildad para aceptar Su invitación a acercarnos y descargar en Él todas nuestras preocupaciones, con la certeza de que Él nos aliviará (1 Pe 5,5-7).

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 07-12-19

“Rogad, pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.

El profeta Isaías continúa prefigurando al Mesías. En la primera lectura para hoy (Is 30,19-21.23-26), el profeta nos dice: “Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, porque se apiadará a la voz de tu gemido: apenas te oiga, te responderá. Aunque el Señor te dé el pan medido y el agua tasada, ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro. Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: ‘Éste es el camino, camina por él’”. Esta última frase nos evoca la palabra griega utilizada en el Nuevo Testamento para “conversión” (metanoia), que literalmente se refiere a una situación en que un trayecto ha tenido que volverse del camino en que andaba y tomar otra dirección.

Así, vemos cómo en esta lectura también se adelanta el llamado a la conversión que caracteriza la predicación de Juan Bautista, otra de las figuras del Adviento: “Porque ha ordenado Dios que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios” (Cfr. Lc 3,1-6)

El relato evangélico de hoy (Mt 9,35–10,1.6-8) nos presenta a un Jesús  misericordioso que se apiada ante el gemido de su pueblo y le responde. Así, la lectura nos dice que “recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias” (Cfr. Tercer misterio luminoso del Rosario). Continúa diciendo la lectura que Jesús, “al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”.

Este pasaje destaca otra característica de Jesús: que no se comporta como los rabinos y fariseos de su tiempo, no espera que la gente vaya a Él, sino que Él va a la gente a anunciar la Buena Nueva del Reino.

Luego de darnos un ejemplo de lo que implica la labor misionera (“enseñar”, “curar”), nos recuerda que solos no podemos, que necesitamos ayuda de lo alto: “rogad, pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Podemos ver que la misión que Jesús encomienda a sus apóstoles no se limita a ellos; está dirigida a todos nosotros. En nuestro bautismo fuimos ungidos sacerdotes, profetas y reyes. Eso nos llama a enseñar, anunciar el reino, y sanar a nuestros hermanos. Esa es nuestra misión, la de todos: sacerdotes, religiosos, y laicos.

“Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. El Señor quiere que todos se salven, esa es su misión, nuestra misión. Pero para poder hacerlo, primero tenemos que experimentar nosotros mismos la conversión, que se asocia al arrepentimiento; mas no un arrepentimiento que denota culpa o remordimiento, sino que es producto de una transformación entendida como un movimiento interior, en lo más profundo de nuestro ser, nuestra relación con Dios, con nuestro prójimo y nosotros mismos, iluminados y ayudados por la Gracia Divina. Solo así podremos “contagiar” a nuestros hermanos y lograr su conversión.

En este tiempo de Adviento, roguemos al dueño de la mies que derrame su Gracia sobre nosotros para poder convertirnos en sus obreros.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 04-12-19

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida.

La primera lectura de la liturgia para hoy (Is 25,6-10a) continúa presentándonos al futuro Mesías y nos habla de un banquete al que todos serán invitados: “En aquél día preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados”. El mismo Jesús utilizaría en muchas ocasiones esta figura del banquete para referirse al Reino.

El profeta añade que en ese tiempo el Señor “aniquilará la muerte para siempre” y “enjugará las lágrimas de todos los rostros”. Entonces todo será alegría, pues habrá llegado aquél de quien esperábamos la salvación, y solo habrá motivo para celebrar y gozar esa salvación. De nuevo, esta lectura nos crea gran expectativa ante la inminente llegada de los nuevos tiempos que el Mesías vendrá a inaugurar con su presencia entre nosotros. Tiempos de gozo y abundancia.

Del mismo modo, la lectura evangélica (Mt 15,29-37) nos muestra cómo en la persona de Jesús se cumple esa profecía. A Él acuden todos los que sufren alguna dolencia: tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; y “los echaban a sus pies, y él los curaba”. La lectura nos dice que la gente se admiraba. Pero no tanto por las curaciones milagrosas, sino porque esos portentos eran el signo más patente de la llegada del Mesías. Así, la llegada del Mesías en se convierte en una fiesta para todos los que sufren (Cfr. Mt 11.28), quienes ven retroceder el mal, el sufrimiento y las lágrimas, para dar paso a la felicidad. Cuando Dios pasa, derrama sobre todos su Santo Espíritu que se manifiesta como una estela de alegría que deja tras de si.

¡El Mesías ha llegado! Y con Él la plenitud de los tiempos. No hay duda. Con Él ha llegado también la abundancia. “Siete panes y unos pocos peces” parecerán poco para alimentar una muchedumbre, que en la versión de Marcos se nos dice eran “unas cuatro mil personas” (Mc 8,9). Pero en manos del Mesías, ese “poco” se convierte en “todo” lo necesario para saciar el hambre de aquella multitud.

No obstante, si miramos a nuestro alrededor, nos percatamos que aún quedan por cumplirse muchas de las profecías del Antiguo Testamento, especialmente aquellas que tienen que ver con la paz y la justicia. El Reino está aquí, pero todavía está “en construcción”. Hace unos días hablábamos del sentido escatológico del Adviento, de esa espera de la segunda venida de Jesús que va a marcar la culminación de los tiempos, cuando se establecerá definitivamente el Reinado de Dios por toda la eternidad. En ese sentido, el Adviento adquiere también para nosotros un significado parecido al que le daban los primeros cristianos.

Hoy vemos cuántos hermanos padecen de hambre, como aquella muchedumbre que seguía a Jesús. Y la solución del hambre se encontró en el reparto fraterno, en el amor que nos lleva a estar atentos a las necesidades de los demás. En ninguno de los evangelios se menciona quién tenía los panes y los peces que fueron entregados a Jesús. Alguien anónimo, que con su generosidad propició el milagro.

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 03-12-19

“Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago”.

El profeta Isaías continúa dominando la liturgia durante este tiempo que nos prepara para la Navidad. La primera lectura de hoy (Is 11,1-10) nos anuncia que “brotará un renuevo del tronco de Jesé” (es decir, del linaje de David). Para el pueblo de Israel esta imagen del tronco seco (a diferencia del árbol floreciente), representa la desgracia. Pero Isaías nos brinda un mensaje de esperanza: “de su raíz florecerá un vástago”. Un retoño que sale de un árbol seco, esperanza de nueva vida; un vástago floreciente, símbolo de felicidad.

Isaías describe al Mesías como una persona fascinante, alguien que despierta interés, expectativa (Adviento). Lo primero que dice es que “Sobre él se posará el espíritu del Señor”. Jesús echará mano de esa profecía y se la aplicará a sí mismo al pronunciar su “discurso programático” en la sinagoga de Cafarnaúm: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4,18).

Ese Mesías esperado será más grande que David, y mostrará preferencia por los pobres, los sencillos los humildes: “juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados” (Cfr. Bienaventuranzas). Será el faro hacia el cual alzarán la vista todos los pueblos, según leíamos en la lectura de ayer, y que hoy Isaías nos plantea de otro modo: “Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada”. Así se dará cumplimiento también a la promesa de Yahvé a Abraham: “por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra” (Gn 12,3).

El profeta nos describe esos tiempos mesiánicos como tiempos de paz, justicia, armonía: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente”. Tiempos de alegría desbordante.

Esa alegría la vemos reflejada en la lectura evangélica de hoy (Lc 10,21-24), que nos describe a Jesús como “lleno de la alegría del Espíritu Santo”, cuando exclamó: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”. De nuevo la opción preferencial de Jesús por la gente sencilla, como los pastores a quienes se les reveló antes que a nadie el nacimiento del Mesías. Jesús nos está enseñando que para llegar a Él, para entrar en el Reino, tenemos que hacernos sencillos, como niños (Mt 18,3-4), reconocer nuestras debilidades, nuestra incapacidad de llegar a Él por nuestros propios méritos. Como decía santa Teresa de Ávila: “Teresa sola es una pobre mujer; Teresa con Dios, una potencia”.

Señor, durante este tiempo de Adviento, concédeme la sencillez de un niño, para poder recibirte en mi corazón con la misma humildad y alegría que te recibieron los pastores.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 27-09-19

El Evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 9,18-22), es secuela del que leíamos ayer (Lc 9,7-9), cuando Herodes trató de averiguar quién era ese Jesús de quien tanto había oído hablar, y unos le dijeron que era Juan Bautista resucitado, otros que Elías u otro de los grandes profetas. Pero hoy es Jesús quien pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. La respuesta de los discípulos es la misma. Entonces les pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Esa pregunta suscita la “profesión de fe” de Pedro (“El Mesías de Dios”), y el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús (“El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”).

Pero lo que quisiéramos resaltar de esta lectura es que al comienzo de la misma se dice que Jesús “estaba orando solo”; y luego de orar, de tener ese diálogo amoroso con el Padre, es que interroga a sus discípulos para determinar si estaban conscientes de su mesianismo, y de paso les anuncia su pasión para borrar cualquier vestigio de mesianismo triunfal en el orden político o militar que estos pudieran albergar. Me imagino que en esa oración también pidió al Padre que iluminara a sus discípulos para que aceptaran lo que él les iba a comunicar.

Cabe señalar que de todos los evangelistas Lucas es quien tal vez más resalta la dimensión orante de Jesús. De hecho, Lucas es el único que enmarca este pasaje en un ambiente de oración (comparar con Mc 8,27-33 y Mt 16,13-20). Así, Lucas nos presenta a Jesús en oración siempre que va a suceder algo crucial para su misión, o antes de tomar cualquier decisión importante (Cfr. Lc 3,21; 4,1-13; 6,12; 9,29; 11,1; 22,31-39; 23,34; 23,46).

Esta oración de Jesús en los momentos cruciales o difíciles nos muestra la realidad de su naturaleza humana, en ese misterio insondable de su doble naturaleza: “verdadero Dios y verdadero hombre”. Vemos como Jesús se alimentaba de la oración con el Padre para obtener la fuerza, la voluntad y el valor necesario para que su humanidad pudiera llevar a cabo su misión redentora. Tan solo tenemos que recordar el drama humano de la oración en el huerto. Aquella agonía, aquél miedo, no formaban parte de una farsa, de una representación teatral. Fueron tan reales e intensos como su oración. Jesús verdaderamente estaba buscando valor, ayuda de lo alto. Y a través de esa oración, y el amor que se derramó sobre Él a través de ella, su naturaleza humana encontró el valor para enfrentar su máxima prueba.

Hoy, pidamos al Padre que, siguiendo el ejemplo de su Hijo, aprendamos a dirigirnos al Él en oración fervorosa y confiada antes de tomar cualquier decisión importante en nuestras vidas, y cada vez que enfrentemos esas pruebas que encontramos en nuestro peregrinar hacia la Meta con la certeza que en Él encontraremos la luz que guíe nuestros pasos y el valor y la aceptación necesarios para enfrentar la adversidad.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 06-09-19

“¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy es la versión de Lucas (5,33-39) del pasaje en que los fariseos critican a Jesús porque sus discípulos, contrario a los de Juan, y a los de los propios fariseos, que ayunan y oran a menudo, se la pasan comiendo y bebiendo. El pasado 6 de julio leíamos la versión de Mateo (9,14-17). A la crítica de los fariseos, Jesús responde: “¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”. Luego añade dos parábolas cortas, la que propone que nadie remienda un paño viejo con una tela nueva, y la que propone que nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan y se pierden, tanto el vino, como los odres.

En aquella ocasión nos concentramos en el primer anuncio de la pasión de Jesús, y en las parábolas del paño y los odres viejos. Hoy nos limitaremos al significado de la frase: “¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”

Para entender esta frase, tenemos que partir del hecho de que en el Antiguo Testamento el ayuno, especialmente del vino, eran signos de austeridad y penitencia ligados a la espera del Mesías prometido. Simbólicamente significaban que “los tiempos son malos, estamos insatisfechos, hemos perdido el gusto de vivir… que venga de una vez el tiempo de la consolación y de la alegría, cuando el mesías estará aquí”. Pero como todas las prácticas rituales de los fariseos, estos habían convertido también ese ayuno en algo externo, que no guardaba relación con la actitud interior.

Pero la contestación de Jesús va más allá. No solo hace referencia al verdadero significado de ese ayuno, sino que les dice que este ya no es necesario para sus discípulos porque “el novio está con ellos”. Es decir, los tiempos mesiánicos ya han llegado. No es tiempo de austeridad y privaciones; ¡el tiempo de la alegría y la celebración ha llegado!

Nosotros, los cristianos de hoy, no debemos olvidar que esos tiempos mesiánicos no terminaron con la muerte de Jesús. El tiempo de la alegría se ha perpetuado con la presencia de Jesús entre nosotros: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28,20). ¡Jesús está vivo! Está presente entre nosotros en su Palabra, en la Eucaristía, cada vez que hay dos o más reunidos en su nombre (Mt 18,20). Y la verdadera alegría del cristiano consiste precisamente de saber que “el novio” está con nosotros; en amarlo y sentirnos amados por Él. Y eso no depende de ningún rito externo, ni de oraciones vacías, carentes de contenido espiritual. Ese es precisamente el fundamento de las críticas de Jesús contra los escribas y fariseos.

Por tanto, nuestra alegría más profunda ha de estar fundamentada en esa “presencia” de Novio entre nosotros. Por eso el papa Francisco no se cansa de repetir que la alegría es el “sello” del cristiano: “Un cristiano sin alegría no es cristiano. La alegría es como el sello del cristiano, también en el dolor, en las tribulaciones, aun en las persecuciones”. ¡Que viva el Novio!