REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DÉCIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 10-07-18

En la primera lectura de hoy continuamos leyendo la profecía de Oseas, y vemos cómo el profeta reitera su denuncia contra el pueblo de Israel que se ha mostrado infiel para con Yahvé Dios. Pero la Palabra de Dios transmitida a su pueblo por voz del profeta ha caído en oídos sordos. La esposa infiel ha despreciado el ramo de olivo que le tendía su amante esposo. La sentencia no se hace esperar: “tendrán que volver a Egipto”.

Casi doscientos años después, el profeta Jeremías hará lo propio con el Reino de Judá (del Sur) cuando les profetiza que serán conquistados por el Rey Nabucodonosor y deportados a Babilonia.

En mis clases de Biblia en la universidad digo mis estudiantes que la historia del pueblo judío que se nos narra en la Biblia es un reflejo de nuestra propia vida, un ciclo interminable de infidelidades de nuestra parte, y una disposición continua de parte de Dios a perdonarnos.

“La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Con esta frase de Jesús culmina la lectura evangélica de hoy (Mt 9,32-38). Este pasaje sirve de preámbulo al segundo gran discurso misionero de Jesús que ocupa todo el capítulo 10 de Mateo.

El pasaje comienza planteándonos la brecha existente entre el pueblo y los fariseos. Los primeros se admiraban ante el poder de Jesús (“Nunca se ha visto en Israel cosa igual”), mientras los otros, tal vez por sentirse amenazados por la figura de Jesús, tergiversan los hechos para tratar de desprestigiarlo ante los suyos: “Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Jesús no se inmuta y continúa su misión, no permite que las artimañas del maligno le hagan distraerse de su misión.

Otra característica de Jesús que vemos en este pasaje es que no se comporta como los rabinos y fariseos de su tiempo, no espera que la gente vaya a Él, sino que va  por “todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias”. El mismo llamado que nos hace ahora el papa Francisco.

Jesús está consciente de que su tiempo es corto, que la semilla que Él está sembrando ha de dar fruto; y necesita trabajadores para recoger la cosecha.

Por eso, luego de darnos un ejemplo de lo que implica la labor misionera (“enseñar”, “curar”), nos recuerda que solos no podemos, que necesitamos ayuda de lo alto: “rogad, pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. La misión que Jesús encomienda a sus apóstoles no se limita a ellos; está dirigida a todos nosotros. En nuestro bautismo fuimos ungidos sacerdotes, profetas y reyes. Eso nos llama a enseñar, anunciar el reino, y sanar a nuestros hermanos. Esa es nuestra misión, la de todos: sacerdotes, religiosos, laicos.

Y al igual que Jesús, al aceptar nuestra misión, roguemos “al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Oremos al Señor por el aumento en las vocaciones sacerdotales y religiosas, y para que cada día más laicos acepten el reto y la corresponsabilidad de la instauración del Reino. Y eso nos incluye a todos nosotros, cada cual según sus talentos, según los carismas que el Espíritu Santo nos ha dado y que son para provecho común (Cfr. 1 Co 12,7).

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA VISITACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA 31-05-18

Hoy celebramos la Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María a su pariente Isabel. La liturgia nos regala ese hermoso pasaje del Evangelio según san Lucas (1,39-56) que nos relata el encuentro entre María e Isabel. Comentando sobre este pasaje san Ambrosio dice que fue María la que se adelantó a saludar a Isabel puesto que es la Virgen María la que siempre se adelanta a dar demostraciones de cariño a quienes ama.

Continúa narrándonos la lectura que al escuchar el saludo de María, Isabel se llenó de Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”.

¿Qué fuerza tan poderosa acompañó aquél saludo de María? Nada más ni nada menos que la presencia viva de Jesús en su vientre, unida a la fuerza del Espíritu Santo que la había cubierto con su sombra produciendo el milagro de la Encarnación. En ocasiones anteriores hemos dicho que el Espíritu Santo es el Amor infinito que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Ese mismo Espíritu contagió a Isabel y a la criatura que llevaba en su vientre, haciéndoles comprender el misterio que tenían ante sí, llenándolos de la alegría que solo podemos experimentar cuando nos sentimos inundados del Amor de Dios.

Una anécdota cuenta de un prisionero en un campo de concentración que, en sus momentos de más aflicción, imploraba este don con una sencilla jaculatoria: “¡Salúdame, María!”

En el momento de la Anunciación, el mismo Espíritu que más tarde sería responsable del lanzamiento de la Iglesia misionera (Hc 2,1-40), impulsó a María a partir en su primera misión para asistir a su pariente Isabel, quien por ser de edad avanzada necesitaba ayuda. ¡Y qué ayuda le llevó! La fuerza del Espíritu Santo que le permitió reconocer la presencia del Hijo, bajo la mirada amorosa del Padre. ¡La Santísima Trinidad!

Así, la primera misión de María comenzó allí mismo, en la Anunciación. Ante la insinuación de Ángel de que Isabel estaba encinta, inmediatamente se puso en camino, presurosa, hacia el hogar de su prima. Pudo haberse quedado en la comodidad y tranquilidad de su hogar adorando a Jesús recién concebido en su seno.

Tampoco se detuvo a pensar en los peligros del camino. Más bien, se armó de valor y, a pesar de su corta edad (unos dieciséis años), partió con el Niño en su seno virginal. María misionera salió de Nazaret, simplemente para servir… Algunos autores, al describir esta primera misión de María, la llaman “custodia viva”, describiendo ese viaje como la primera “procesión de Corpus”. El alma de María había sido tocada por el que vino a servir y no a ser servido, y optó por seguir sus pasos no obstante los obstáculos, mostrándonos el ejemplo a seguir.

Del mismo modo, cada vez que visitamos a un enfermo, o a un envejeciente, o a cualquier persona que necesita ayuda o consuelo, y le llevamos el amor del Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo, estamos siguiendo los pasos de María misionera.

En esta Fiesta de la Visitación, imploremos a María con la misma jaculatoria del prisionero de la anécdota, diciendo con fe: “¡Salúdame María!”

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 29-05-18

En la primera lectura de hoy (1 Pe 1,10-16), san Pedro recalca la “continuidad” de la revelación divina. El mensaje de salvación que anunciaron los profetas en el Antiguo Testamento es el mismo que nos traen ahora los predicadores del Evangelio. Pedro nos recuerda que lo que los antiguos profetas anunciaban está sucediendo “ahora”. De paso nos recuerda que lo que le da continuidad al mensaje de salvación es el “Espíritu de Cristo”. Que el Espíritu que inspiró a los profetas es el mismo que inspira a los que ahora predican el Evangelio.

A la misma vez, nos está haciendo un llamado a la santidad: “El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: «Seréis santos, porque yo soy santo»”. Para adquirir la santidad, para ser verdaderos cristianos, es preciso aceptar sin reparos el mensaje de salvación contenido en las Sagradas Escrituras. Para ello tenemos que creer que el Espíritu está presente en esos textos sagrados, y en nuestros corazones para poder captar en toda su plenitud ese mensaje de salvación. Tengo que aspirar a la santidad, tengo que convertirme en otro “Cristo”.

La lectura evangélica (Mc 10,28-31) nos recalca que no basta tampoco con creer y “cumplir” lo que dice la Escritura. Ayer leíamos el pasaje del hombre rico que cumplía todos los mandamientos, pero no pudo seguir a Jesús abandonado su riqueza. Hoy Jesús nos lleva más allá, recalcándonos que no hay nada más importante que Él, ni “casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras”. El seguimiento de Jesús tiene que ser radical, no hay términos medios, una vez decidimos seguirlo no hay marcha atrás (Lc 9,60.62; Ap 3,16). Cuando nos habla de relegar a un segundo plano todo lo que nos impida seguirle libremente, no se trata tan solo de las “cosas” materiales o el dinero. Se trata también de los lazos afectivos que a veces nos atan con tanta o más fuerza que las cosas materiales. De nuevo, no se trata de “abandonar” a nuestros seres queridos; se trata de no permitir que se conviertan en un impedimento para seguir a Jesús (Cfr. Lc 12,53).

Él no se cansa de repetirlo. Él es santo, y si queremos seguirlo, tenemos que ser “santos”. La santidad va atada a la filiación divina, lo que implica formar parte de la nueva familia de Dios fundamentada en la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo derramada en la cruz. En el Antiguo Testamento se pasaba a formar parte del “pueblo elegido” por la sangre, por herencia. Ahora Jesús nos dice que pasamos a formar parte de la nueva familia de Dios cumpliendo la voluntad del Padre (Mc 3,35; Mt 12,49-50; Lc 8,21).

Lo que Jesús nos pide para alcanzar la salvación no es tarea fácil. Nos exige romper con todas las estructuras que generan apegos, para entregarnos de lleno a una nueva vida donde lo verdaderamente importante son los valores del Reino.

La promesa que Jesús nos hace al final de pasaje no se trata de cálculos aritméticos. No podemos esperar “cien casas”, o “cien” hermanos, o padres, o madres, o hijos biológicos, o tierras a cambio de dejar los que tenemos ahora. Lo que se nos promete es que vamos a recibir algo mucho más valioso a cambio. Y no hablamos de valor monetario. ¿Quién puede ponerle precio al amor de Dios; a la vida eterna; a la “corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5,4)?

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (B) 27-05-18

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, ese misterio insondable del Dios Uno y Trino. Un solo Dios, tres personas divinas. Y la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Mt 28,16-20) es la conclusión del Evangelio según san Mateo. En ese pasaje Jesús afirma en forma inequívoca que todo el poder que se le ha dado, y que Él transmite a sus discípulos al enviarlos a hacer discípulos de todos los pueblos proviene del Dios Uno y Trino. Por eso los envía a bautizar “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Durante la cincuentena de Pascua, mientras nos preparábamos para la solemnidad de Pentecostés, leíamos el libro de los Hechos de los Apóstoles que centraba nuestra mirada en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo consolador que los apóstoles recibirían en Pentecostés reunidos en torno a María, la madre de Jesús y madre nuestra, dando origen a la Iglesia misionera.

Eso le infunde un carácter Trinitario a la Iglesia, ya que esta nace de la promesa del Padre que se hace realidad en Pentecostés a fin de que la comunidad dé testimonio de Jesús; y es el Espíritu quien guía la obra de evangelización y le da la fuerza necesaria para dar testimonio de Jesús en medio de persecuciones y luchas.

“Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ‘¡Abba!’ (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Segunda lectura de hoy (Rm 8,14-17).

Es decir, que podemos participar de la vida eterna gracias a ese amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. La fórmula es sencilla: El Padre ama al Hijo con amor infinito y el Hijo ama al Padre de igual modo; y ese amor que se genera entre ellos es el Espíritu de la Verdad que se derrama sobre nosotros y nos conduce a la Verdad plena, que es el Amor incondicional de Dios.

Esa identidad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu es la que hace posible la promesa de Jesús a sus discípulos al final del Evangelio de hoy: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Porque donde está el Padre está el Hijo, y está también el Espíritu; y donde está el Espíritu están el Padre y el Hijo. De este modo, en la acción del Espíritu Santo se nos revela, no solo el amor de Dios, sino la plenitud de la Trinidad.

De eso se trata la Trinidad, pues todo el misterio de Dios se reduce al amor: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1Jn 4,7-8).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 23-05-18

El egoísmo, el protagonismo, la mezquindad, se repiten a lo largo de la historia, y los que pretendemos seguir al Señor no somos la excepción. Y la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mc 9,38-40), es un vivo ejemplo de ello. Nada menos que Juan, “el discípulo amado”, le dice a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. “No es de los nuestros…” ¿Podemos pensar en una frase más egoísta, más excluyente, más discriminatoria, más “clasista”, más divisoria que esa? ¿Dónde quedó aquello de “en esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35)?

Hoy día no es diferente. ¿Cuántas veces vemos esas divisiones, esas distinciones, entre los diversos grupos o movimientos dentro de una misma parroquia, e inclusive dentro de un mismo grupo o movimiento? ¿Cuántos celos entre feligreses porque alguien que “acaba de llegar” puede y hace algo igual o mejor que los que lo han venido haciendo hasta ahora, y pretendemos excluirlo porque “no es de los nuestros”? ¡Cuánto resentimiento, cuánto “chisme” porque el párroco, o el diácono, o el director del movimiento le encomendó a otro feligrés alguna tarea o función que “es mía”!

La respuesta de Jesús a Juan (y a nosotros) no se hace esperar: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Si estamos actuando en nombre de Jesús, ¿cómo podemos estar en contra de que otros lo hagan? ¿Acaso pretendemos tener el monopolio de la persona y el nombre de Jesús?

A veces se nos olvida que el Espíritu reparte sus carismas según lo estima necesario para el funcionamiento de la Iglesia, que no es otra cosa que el pueblo santo de Dios reunido en su nombre. ¿Quiénes somos nosotros para dictar a quién o quiénes el Espíritu reparte sus carismas?

¡Ojalá todos tuvieran el carisma de profetizar, o de hablar en lenguas, o de interpretarlas, o de enseñar, o de la oración, o de hacer milagros, o de tantos otros múltiples carismas que el Espíritu pueda estimar necesarios para el buen funcionamiento del Cuerpo místico de Cristo!

Pidamos al Señor que derrame su Espíritu sobre toda su Santa Iglesia, y alegrémonos cuando veamos a nuestros hermanos desarrollar los carismas que ese Espíritu ha dado a cada cual y ponerlos al servicio del Pueblo de Dios.

Sin adelantar juicios que en este espacio limitado no podemos abordar, este pasaje también debe llevarnos a reflexionar sobre el papel de aquellas otras confesiones cristianas que con pleno convencimiento y de buena fe predican, en nombre de Jesús, el mensaje de la Buena Noticia del Reino. ¿Se lo vamos a impedir porque no son “de los nuestros? “…para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 21-05-18

Hoy retomamos el tiempo ordinario de la Liturgia, luego del gozo en el Espíritu de la Solemnidad de Pentecostés que celebráramos ayer y que culminó la cincuentena Pascual.

Y la lectura evangélica que contemplamos este día (Mc 9,14-29) nos narra el pasaje de la “curación del endemoniado epiléptico”, llamado así porque a pesar de que en el pasaje se habla de que el joven estaba poseído por un espíritu inmundo, la descripción de los efectos de la “posesión” apunta a un episodio de epilepsia. Recordemos que en aquél tiempo, toda condición similar que no tuviera explicación se la atribuían a los espíritus inmundos o demonios. De todos modos, epilepsia o posesión, el hecho es que Jesús curó al joven.

Jesús llega y se encuentra con el padre del joven, quien le explica que sus discípulos no han sido capaces de echar el espíritu. Jesús se molesta e increpa una vez más a sus discípulos: “¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo”. Le llevaron al joven, y tan pronto el espíritu “vio a Jesús, retorció al niño; cayó por tierra y se revolcaba, echando espumarajos”. En ese momento el padre se desesperó (trato de imaginar la angustia del padre) y le suplicó a Jesús que lo ayudase: “Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos”. A lo que Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”.

Luego de un intercambio entre Jesús y el padre, en el que el último le confiesa su fe débil (“Tengo fe, pero dudo; ayúdame”), Jesús increpó al espíritu inmundo y éste salió del joven. Imagino la vergüenza de los discípulos ante su fracaso estrepitoso enfrente de los presentes. A la primera oportunidad que tuvieron a solas con Jesús le preguntaron: “¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?”. La contestación de Jesús fue tajante: “Esta especie sólo puede salir con oración”.

Jesús confió su “secreto” a los discípulos. Jesús era una persona de oración constante, vivió toda su vida terrena en un ambiente de oración. Los relatos evangélicos lo muestran constantemente retirándose a orar (a veces pasaba la noche entera en oración), u orando en público. Invocaba la ayuda de lo alto, y el Espíritu de Dios (Espíritu Santo) le arropaba y le daba fuerzas para seguir adelante en su misión y realizar todos los milagros y portentos que vemos en los evangelios. Por eso la oración se considera el arma o instrumento que toma el primer plano en el combate espiritual contra las fuerzas del mal.

Antes de partir Jesús nos dijo que los que creyéramos en Él tendríamos poder para echar demonios, curar enfermos, etc. (Cfr. Mc 16,17). Y si creemos en Él y le creemos, seguiremos sus pasos, y ese seguimiento incluye ser personas de oración.

Para eso nos dejó el Espíritu Santo. El Espíritu que nos ayuda a llamar “Padre” a Dios, nos dará también la fuerza para echar demonios. Pero para eso tenemos que invocarlo con fe, el tipo de fe que nos lleva a actuar como si ya se nos hubiese concedido lo que pedimos al Padre, como lo hizo Jesús al resucitar a Lázaro (Cfr. Jn 11,41).

Hoy te invito a desarrollar una relación íntima con el Espíritu Santo, y verás los portentos que puedes realizar. Y, ¿cómo lograr esa relación? Jesús te confió su secreto: la oración.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS 20-05-18

Hoy celebramos la gran solemnidad de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles mientras se encontraban reunidos en oración, junto a la María, la madre de Jesús, y otros discípulos, siguiendo las instrucciones y esperando el cumplimiento de la promesa del Señor quien, según la narración de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento en que iba a ascender al Padre les pidió que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre. La promesa “que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” (Hc 1,4b-5). Y luego añadió: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (1,8).

Se refería Jesús a la promesa que Jesús les había hecho de enviarles su Santo Espíritu: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Jesús ya vislumbra en el horizonte aquella Iglesia a la cual Él confiaría continuar su misión. Hasta ahora han estado juntos, él ha permanecido con ellos. Pero tienen que “ir a todo el mundo a proclamar el Evangelio”. Cada cual por su lado; y Él no puede físicamente acompañarlos a todos. Al enviarles el Espíritu Santo, este podrá acompañarlos a todos. Así podrá hacer cumplir la promesa que les hizo antes de marcharse: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe es la acción del creer, es actuar conforme a lo que creemos, es confiar plenamente en la palabra de Dios. Más que creer en Dios es creerle a Dios, creer en sus promesas.

Los apóstoles llevaron a cabo un acto de fe. Creyeron en Jesús y le creyeron a Jesús. Por tanto, estaban actuando de conformidad: Permanecieron en Jerusalén, y perseveraban en la oración con la certeza de que el Señor enviaría su Santo Espíritu sobre ellos. Y como sucede cada vez que llevamos a cabo un acto de fe, vemos manifestada la gloria y el poder de Dios. En este caso ese acto de fe se  tradujo en la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María la madre de Jesús, episodio que nos narra la primera lectura de hoy (Hc 2,1-11). Nos dice la lectura que “de repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.

Cuando pensamos en Pentecostés siempre pensamos en las “lengüitas de fuego”, y pasamos por alto la ráfaga de viento que precedió a las lenguas de fuego. Las últimas representan, no al Espíritu en sí, sino a una de sus manifestaciones, el carisma de hablar en lenguas extranjeras (xenoglosia). El poder pleno del Espíritu que recibieron aquél día está representado en la ráfaga de viento. De ahí que la Iglesia, congregada alrededor de María, recibió algo más; recibió la plenitud del Espíritu y con él la valentía, el arrojo para salir al mundo y enfrentar la persecución, la burla, la difamación que enfrenta todo el que acepta ese llamado de Jesús: “sígueme”. Así, aquellos hombres que habían estado encerrados por miedo a las autoridades que habían asesinado a Jesús, se lanzan a predicar la buena nueva de Jesús resucitado a todo el mundo.

Si invocamos el Espíritu Santo, no hay nada que nos dispongamos a hacer por el Reino que no podamos lograr. Y tú, ¿lo has invocado?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 19-05-18

¡Mañana es Pentecostés! La solemnidad que celebra la venida del Espíritu Santo sobre el colegio apostólico reunido en torno a María, la madre de Jesús. Si bien la Iglesia gira en torno al Misterio Pascual de Cristo, es el Espíritu quien guía a los pecadores que la componemos para tomar las decisiones más humanas de Su Iglesia. Por eso ha perdurado dos mil años, a pesar de las debilidades de sus miembros.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy nos presentan el pasaje final del libro de los Hechos de los Apóstoles (28,16-20.30-31) y la conclusión del Evangelio según san Juan (21,20-25).

La lectura de Hechos nos narra la actividad de Pablo durante su primer cautiverio en Roma, y cómo su cautiverio (aunque estaba en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”) no fue impedimento para que él continuara su misión evangelizadora; estando preso, recibía a todos los que acudían a visitarle, “predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos”.

Aun estando en prisión, supo experimentar la verdadera libertad producto de saberse amado por Dios y estar haciendo su voluntad. Mediante su testimonio en Roma, Pablo da cumplimiento la promesa y el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Desde el principio hasta el final, vemos en el libro de los hechos de los Apóstoles la acción del Espíritu Santo en el desarrollo y expansión de la Iglesia por todo el mundo conocido.

El relato evangélico, por su parte, nos presenta la continuación del pasaje de ayer, con el diálogo entre Jesús y Pedro, que concluyó con el mandato de Jesús: “Sígueme”. Jesús le había dicho a Pedro que él iba a seguir su misma suerte, que iba a experimentar el martirio. Pedro probablemente se siente orgulloso de seguir los pasos del Señor. Entonces ve que Juan les está siguiendo mientras caminan, y ese deseo humano de compararse con los demás, de saber si otro va a tener el mismo privilegio que yo, le lleva a preguntarle a Jesús: “Señor, y éste ¿qué?”.

El mero hecho de referirse a Juan como “este”, implica cierto grado de orgullo, de aire de superioridad. Después de todo, ya había sido “escogido” para tomar las riendas de la Iglesia naciente. Jesús no pierde tiempo e inmediatamente lo baja de su pedestal: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. En otras palabras, cumple tu misión, y deja lo demás en las manos del Padre.

Nuestra Iglesia es Santa, pero está compuesta por pecadores que aspiramos a la santidad; y solo guiados y asistidos por el Espíritu puede seguir adelante y llevar a cabo su misión evangelizadora para que se cumpla la voluntad del Padre: que no se pierda ninguna de las ovejas de su rebaño.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 17-05-18

La liturgia de hoy nos presenta como lectura evangélica (Jn 17,20-26) la tercera y última parte del “discurso de despedida” de Jesús a sus discípulos que transcurre en el trasfondo de la sobremesa de la última cena. A partir de este momento vemos que la oración de Jesús al Padre por sus discípulos inmediatos se convierte también en oración por todos los que en el futuro habríamos de convertirnos en sus discípulos por la palabra de aquellos: “Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. En otras palabras ora por la Iglesia que habría de fundarse sobre la fe de los apóstoles. Ora por nosotros… Imagínate; ¡Cristo ha orado por ti!

La súplica de Jesús al Padre es que haya unidad entre todos sus discípulos, los contemporáneos y los futuros; y el modelo, el marco de referencia que utiliza es la unidad entre el Padre y Él, para que esa unidad se convierta en predicación, en testimonio de la Verdad, que es testimonio del Amor entre el Padre y el Hijo. De esta manera Jesús puede continuar la revelación del Padre a través de su Palabra y de la comunión de los creyentes.

Y nuestra misión, la misión de todos los bautizados que hemos recibido el Espíritu Santo, es difundir esa Palabra para que a través de ella otros crean también. Y el contenido de esa Palabra es solamente uno: que el Padre ha enviado al Hijo por pura gratuidad en el acto de amor más sublime en la historia. Y la manera de reciprocar ese amor es a través de nuestros hermanos. Así se crea la comunión, la unidad: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros”. Y esa comunión, ese amor, será el distintivo de los verdaderos discípulos de Jesús (Cfr. Jn 13,15).

Esta es la última plegaria de Jesús antes de entrar en su Pasión. Nos está diciendo qué le mueve a aceptar voluntariamente su Pasión, a entregar su vida. Ese es, podríamos decir, su testamento, su última voluntad; que todos seamos uno, que vivamos en la unidad. Eso es lo que Él quiere para la Iglesia que Él vislumbra en el horizonte.

Las últimas palabras de Jesús en esta plegaria “sellan” la misma y nos muestran el propósito de sus palabras: “para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”. Ese Amor que sirve de hilo conductor y a su vez de agente catalítico al mensaje de Jesús, que Juan nos expone de manera contundente en su relato evangélico; Amor que tiene nombre y apellido: el Espíritu Santo, que los discípulos recibirían en Pentecostés y que tú y yo recibimos el día de nuestro Bautismo.

“Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad” (de la Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 16-05-18

Calle principal de la ciudad de Éfeso, por donde san Pablo seguramente caminó muchas veces durante el año y medio que permaneció allí.

La lectura del evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Jn 17,11-29), es la continuación de la llamada “oración” sacerdotal de Jesús, que ocupa todo el capítulo 17 del evangelio según san Juan. En el evangelio de ayer Jesús le encomendaba sus apóstoles al Padre: “Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti”.

Los apóstoles se encuentran en una situación difícil; Jesús los llamó y ahora se regresa al Padre. Se sienten como huérfanos, asustados. Jesús los ha instruido acerca de su misión, les ha revelado todo lo que el Padre le encomendó, les ha advertido de las luchas y persecuciones que han de enfrentar en el mundo. Pero Jesús les asegura que Él se va, mas no los deja abandonados a su suerte, les ha prometido enviar el Paráclito que va a continuar su obra por lo siglos de los siglos.

Por otro lado, antes de irse les recuerda que al haber sido escogidos por Él, al igual que Él “no son del mundo”, pero van a estar “en el mundo”, en el que tienen que permanecer unidos, como Él y el Padre son uno. Por eso le pide al Padre por ellos, no para que los retire del mundo, sino para que los mantenga unidos y los guarde del mal, de las fuerzas del maligno que va a estar al acecho constantemente en su misión.

Lo mismo vemos en la primera lectura (Hc 20,28-38) cuando Pablo termina su despedida de los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Él tiene que marcharse y ya no lo volverán a ver. Ellos lloran su partida, se sienten tristes, como los apóstoles cuando Jesús se despidió de ellos. Al igual que Jesús, Pablo les encomienda continuar su misión cuidando del “rebaño”, les advierte de los peligros, de los “lobos” feroces que se van a meter entre ellos, y se los encomienda al Padre.

El Concilio Vaticano II ha dejado meridianamente claro que la misión evangelizadora que Jesús encomendó a los apóstoles es la que todos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos estamos llamados a continuar. Y como lo hizo por los apóstoles, Jesús nos envía y nos presenta ante el Padre, intercede por nosotros; nos “escoge”, nos instruye, pertenecemos a Él, y aunque al igual que Él no “pertenecemos al mundo” estamos llamados a llevar a cabo nuestra misión “en el mundo”. Somos sus misioneros para lograr la transformación este mundo tan convulsionado que nos ha tocado vivir. Si nos consagramos en la verdad, es decir si hacemos la voluntad del Padre, como lo hizo Jesús, tendremos una morada asegurada en la Casa del Padre, tal y como Él nos prometió (Jn 14,2).

Hermanos, estamos a unos días de Pentecostés. Oremos al Espíritu Paráclito, para que nos guíe en la misión que Jesús nos encomendó.