REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 04-06-18

La liturgia nos ofrece para hoy la “parábola de los labradores asesinos” (Mc 12,1-12). En esta parte del Evangelio según san Marcos estamos leyendo los últimos días de Jesús en Jerusalén. Él sabe que su muerte está cerca; sabe que el complot para asesinarle está culminando; y dedica esta parábola a sus enemigos para dejarles saber que conoce sus planes. Y ellos, que no tienen la conciencia limpia, se dan por aludidos: “veían que la parábola iba por ellos”…

Jesús se encuentra rodeado de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes, compuesta por gente del pueblo y, entremezclada entre ellos, miembros o enviados del Sanedrín, que estaban esperando el momento oportuno para arrestarlo. Por eso la lectura comienza identificando a los destinatarios de la parábola: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.

Jesús aprovecha el conocimiento de las Escrituras por parte de ese grupo y utiliza figuras y alegorías del Antiguo Testamento para desarrollar su parábola. “Un hombre plantó una viña”. En el lenguaje bíblico la “viña” representa el pueblo de Israel. Luego describe los cuidados que el hombre tiene con esa viña: la cerca, el lagar, la casa del guarda… Los cuidados de Dios para con su pueblo. Es el buen viñador que se esmera y cuida de su viña para que de buenos frutos. La alegoría de la viña está tomada de Is 5,1-7. También la encontramos en Jr 2,21 y Ez 17,6; 10,10.

El hombre (Dios) encomienda su viña (pueblo) a unos labradores, que representan a las autoridades. La parábola nos narra cómo el viñador envió uno tras otro criado para percibir su participación del fruto de la viña, y uno tras otro fueron rechazados con un patrón de violencia que seguía escalando, incluyendo insultos, palizas y asesinatos. No tenemos más que examinar la suerte de los profetas y otros enviados de Dios a lo largo de la historia del pueblo de Israel para ver “retratada” la suerte de los enviados del Dueño de la viña a pedir cuentas a los “labradores”.

Pero Dios, que es todo amor, no responde a la violencia con violencia. En un acto de amor infinito, decide enviar a su “hijo amado”. Aquí Jesús alude a las palabras del Padre durante su Bautismo (Mt 3,17), y en la Transfiguración (Mt 17,5b). No hay duda, se refiere a Él mismo. Jesús está anunciando su final: “Pero los labradores se dijeron: ‘Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia’. Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña”. Las autoridades judías, al igual que los labradores, aprovecharon el acto de generosidad de Dios al enviarle su único Hijo para asesinarlo y “adueñarse” del pueblo elegido de Dios.

“¿Qué hará el dueño de la viña?” Jesús les advierte lo que ocurrirá con el pueblo de Israel. “Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros”. Alude entonces al Salmo 117: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Los dirigentes judíos rechazaron y asesinaron al Hijo, rechazaron la “piedra angular”, y llevaron al pueblo a su destrucción como nación. Así, Jesús, el Hijo, se convirtió en “piedra angular” de los pueblos paganos, y nosotros somos sus herederos: “…arrendará la viña a otros”.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 28-05-18

Después de la Cuaresma, la cincuentena de Pascua y las solemnidades de Pentecostés y la Santísima Trinidad, el pasaje evangélico que nos propone la liturgia de hoy (Mc 10,17-27) es el del “joven rico”, llamado así por el evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que también le consideraba digno de veneración.

La pregunta que le formula el hombre rico a Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, es decir, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del seguimiento. Si queremos ser santos, como Jesús es Santo, no puede haber nada más importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero, ni los placeres, ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”

No se trata de que el dinero, de por sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás (Cfr. Lc 9,62). Hay personas relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una aguja”.

Y aunque el seguimiento de Jesús, que nos conduce por el camino de la salvación, no está motivado por interés o deseo de recompensa, sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).

Si nos arrepentimos y nos tornamos hacia Dios, dejando a un lado toda “riqueza” temporal, Dios nos recibe y reanima, permitiéndonos conocer Su amor, que nos conducirá a la Verdad y a la vida eterna, porque “Dios lo puede todo”.

Que pasen una hermosa semana en la PAZ del Señor.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 18-05-18

Ya en el umbral de Pentecostés, la liturgia nos propone como lectura evangélica (Jn 21,15-19) la conclusión del Evangelio según san Juan, que nos ha acompañado durante prácticamente toda la Pascua. Este pasaje constituye, junto a Mt 16,18 lo que tal vez sea el argumento bíblico más decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal.

Jesús, en su infinita pero misteriosa sabiduría, ha escogido a uno de sus amigos íntimos para que “apaciente sus corderos”, “pastoree sus ovejas”. Sí, al mismo Pedro que, luego de haber asegurado que estaba dispuesto a dar su vida por Él (Jn 13,37), había terminado negándolo tres veces (Mt 26,69-75). Mientras las multitudes seguían y aclamaban a Jesús, era fácil decir que estaba dispuesto a dar la vida por Él. Cuando se vieron rodeados de soldados y amenazados, ese entusiasmo se esfumó. Trato de imaginarme la angustia, la frustración, la vergüenza que sintió Pedro al recordar las palabras de Jesús cuando le dijo que antes de que cantara el gallo le habría negado tres veces.

Ahora se encuentran por última vez, luego del suceso traumático de la muerte de Jesús y su posterior resurrección. Ya todos comprendían lo que Jesús les había adelantado sobre su resurrección. Una vez más el ambiente es de sobremesa; acababan de consumir parte del producto de la pesca milagrosa, y Jesús y su amigo Pedro tienen un “aparte”, probablemente tomando un corto paseo a orillas del lago de Tiberíades. Jesús quiere confiarle a Pedro el rebaño que con tanto amor Él había juntado. Por eso el diálogo gira en torno al principal requisito que tiene que cumplir el que vaya a asumir semejante tarea: el amor.

Jesús conoce lo que hay en nuestros corazones, al punto que las palabras a veces pueden hasta tornarse en obstáculos. Pero aun así le pregunta tres veces (el mismo número de las negaciones): “¿me amas más que éstos?”; “¿me amas?”; “¿me quieres?”. Nos dice la escritura que a la tercera pregunta Pedro “se entristeció”. Probablemente recordó las negaciones, y también cuando su mirada se cruzó con la de Jesús en casa de Caifás. Jesús sabe que Pedro le ama, pero quiere que Pedro esté seguro que le ama. Porque la labor que le va a encomendar es una de amor, pues solo el que ama “hasta que le duela”, al punto de dar la vida, puede predicar el amor. Todo eso está implícito en la última palabra: “Sígueme”.

Jesús le está confiando su más preciado tesoro, y le está pidiendo que ese mismo amor que le tiene a Él, lo demuestre en su entrega incondicional a ese “rebaño”. Después de todo, la misión de Pedro, junto a los demás discípulos va a ser solo una: predicar el Amor a todo el mundo. Esa es también nuestra misión, y sobre esa gestión hemos de rendir cuentas. Como nos dijo san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Consciente del alcance y significado de la pregunta, cierra los ojos, examina tu corazón y contesta la pregunta que Jesús te está haciendo: “¿me amas?”

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 17-05-18

La liturgia de hoy nos presenta como lectura evangélica (Jn 17,20-26) la tercera y última parte del “discurso de despedida” de Jesús a sus discípulos que transcurre en el trasfondo de la sobremesa de la última cena. A partir de este momento vemos que la oración de Jesús al Padre por sus discípulos inmediatos se convierte también en oración por todos los que en el futuro habríamos de convertirnos en sus discípulos por la palabra de aquellos: “Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. En otras palabras ora por la Iglesia que habría de fundarse sobre la fe de los apóstoles. Ora por nosotros… Imagínate; ¡Cristo ha orado por ti!

La súplica de Jesús al Padre es que haya unidad entre todos sus discípulos, los contemporáneos y los futuros; y el modelo, el marco de referencia que utiliza es la unidad entre el Padre y Él, para que esa unidad se convierta en predicación, en testimonio de la Verdad, que es testimonio del Amor entre el Padre y el Hijo. De esta manera Jesús puede continuar la revelación del Padre a través de su Palabra y de la comunión de los creyentes.

Y nuestra misión, la misión de todos los bautizados que hemos recibido el Espíritu Santo, es difundir esa Palabra para que a través de ella otros crean también. Y el contenido de esa Palabra es solamente uno: que el Padre ha enviado al Hijo por pura gratuidad en el acto de amor más sublime en la historia. Y la manera de reciprocar ese amor es a través de nuestros hermanos. Así se crea la comunión, la unidad: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros”. Y esa comunión, ese amor, será el distintivo de los verdaderos discípulos de Jesús (Cfr. Jn 13,15).

Esta es la última plegaria de Jesús antes de entrar en su Pasión. Nos está diciendo qué le mueve a aceptar voluntariamente su Pasión, a entregar su vida. Ese es, podríamos decir, su testamento, su última voluntad; que todos seamos uno, que vivamos en la unidad. Eso es lo que Él quiere para la Iglesia que Él vislumbra en el horizonte.

Las últimas palabras de Jesús en esta plegaria “sellan” la misma y nos muestran el propósito de sus palabras: “para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”. Ese Amor que sirve de hilo conductor y a su vez de agente catalítico al mensaje de Jesús, que Juan nos expone de manera contundente en su relato evangélico; Amor que tiene nombre y apellido: el Espíritu Santo, que los discípulos recibirían en Pentecostés y que tú y yo recibimos el día de nuestro Bautismo.

“Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad” (de la Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA (B) 06-05-18

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este sexto domingo de Pascua (Jn 15,9-17) es la versión “agrandada” del que leíamos el pasado jueves (Jn 15, 9-11). Durante su “discurso de despedida” Jesús insiste en el mandamiento del Amor. Mas no se trata de un amor romántico ni de una simple amistad, se trata del amor “que duele”, el que profesa quien está dispuesto a entregarse a cambio de nada, el que nos hace amar a los que nos odian, a nuestros enemigos. En fin, se trata de amarnos como Él nos ama, con todos nuestros pecados, nuestras debilidades, nuestros defectos; con un amor de madre…

Es el mandamiento del amor, el “gran mandamiento”, la Ley del Amor que vino a dar plenitud al decálogo, porque el que ama ya cumple todos los mandamientos, no por temor al castigo, sino porque ama.

El texto original utiliza el verbo agapaô y el sustantivo ágape para denominar el amor a que se refiere, diferenciándolo de eros y filia (Ver Carta Encíclica Deus Cáritas est de SS. Benedicto XVI). Se refiere a ese amor que entregándose libremente produce la verdadera alegría.

La segunda lectura de hoy, también de la autoría de Juan, llamado el evangelista del Amor, nos ayuda a entender e interpretar el evangelio. “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. A primera vista parece un trabalenguas, pero cuando lo leemos con detenimiento, encontramos la pista para entender el mandamiento del Amor.

Debemos recordar que cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos nos referimos a algo mucho más profundo que saber la identidad de alguien, o simplemente relacionarnos con alguien. “Conocer” implica un grado profundo de intimidad. Por tanto, cuando hablamos de “conocer” a Dios, lo que queremos decir es tener una “experiencia” de Dios; experiencia que solo puede ser producto de un encuentro íntimo, personal con Él, al punto de hacernos uno con Él. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).

La medida es alta, al parecer inalcanzable, si dependemos de nuestra capacidad humana. Pero para el que ha tenido un encuentro personal con el Resucitado y le ha abierto su corazón al Amor infinito e incondicional de Dios, al punto de convertirse en otro “cristo” (Gál 2,20), nada es imposible.

Piet Van Breemen, en su libro Te he llamado por tu nombre, lo resume así: “Si comprendemos esto con nuestro corazón, podremos a la vez amar a Dios, y su amor nos hará capaces, a su vez de amar a nuestro prójimo. Si yo me sé amado por Dios, su amor llenará mi corazón y se desbordará, porque un corazón humano es demasiado pequeño para contenerlo todo entero. Así, amaré a mi prójimo con ese mismo amor. En eso consiste todo el mensaje del Evangelio”.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA LITÚRGICA DE LOS APÓSTOLES FELIPE Y SANTIAGO 03-05-18

Ya para hoy hemos comentado las lecturas correspondientes al jueves de la quinta semana de Pascua. Sin embargo, hoy la Iglesia celebra la Fiesta Litúrgica de los Apóstoles Felipe y Santiago. Aquí nuestra reflexión para la Fiesta.

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de los santos Felipe y Santiago, apóstoles. La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy coincide con la que contempláramos el sábado de la cuarta semana de Pascua (Jn 14,6-14), que ya habíamos comentado anteriormente. En este pasaje Jesús se presenta como el único camino al Padre, por la identidad que existe entre ambos: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Les refiero a nuestra reflexión anterior, publicada en http://delamanodemaria.com/?p=7053.

Como primera lectura para esta Fiesta, nos apartamos momentáneamente del libro de los Hechos de los Apóstoles para visitar la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15, 1-8). En este pasaje encontramos a Pablo reiterando la proclamación de su fe pascual a los cristianos de la comunidad de Corinto: “Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí”. Como parte de la proclamación de fe pascual, Pablo nos presenta a Santiago y los demás apóstoles (lo que incluiría a Felipe) como testigos de la Resurrección.

La comunidad de Corinto fue una de las que más dolores de cabeza le causaron a Pablo. Basta leer ambas cartas para ver la cantidad de problemas que enfrentaba esa joven comunidad, causados primordialmente por estar ubicada en un puerto marítimo lleno de vicios, pecado (especialmente de índole sexual), idolatría, etc. De ahí la insistencia de Pablo en reiterarles la tradición apostólica que él había recibido,  no sin antes recordarles que hay una sola fe y una sola doctrina: el Evangelio de Jesucristo. Les dice que no pueden apartarse de ese Evangelio, pues, “de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe”. Ese es nuestro Camino de salvación, el único Camino que nos ha de conducir al Padre, como nos recuerda Jesús en la lectura evangélica.

Se trata de un Cristo que nos amó “hasta el extremo”, que murió por nuestros pecados. Por eso, si nos adherimos plenamente a Él (como tiene que ser, pues para Jesús no hay términos medios; el seguimiento ha de ser radical), no solo anunciaremos lo que sabemos de Él que hemos recibido de las Escrituras y la santa Tradición, sino que daremos testimonio con nuestra propia vida, que se convertirá en predicación viviente de la Buena Noticia del amor salvador de Jesús para toda la humanidad.

Señor, hoy que celebramos la Fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago, concédenos la gracia de convertirnos en testigos del Resucitado mediante nuestro testimonio de vida, para que todos le conozcan y, conociéndole crean en la Buena Noticia y le reconozcan como el único Camino que conduce a Ti.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA 02-04-18

Nos encontramos de lleno en la octava de Pascua. Con el Domingo de Resurrección comenzamos la cincuentena del tiempo pascual que culmina con la solemnidad de Pentecostés. Llamamos Octava de Pascua a la primera semana de la cincuentena. Es como si se tratara de un solo día, o sea, que la alegría del domingo de Pascua se prolonga por ocho días seguidos. Durante la octava, las lecturas evangélicas que nos brinda la liturgia se concentran en el signo “positivo” de la resurrección, las apariciones de Jesús, que junto al signo “negativo” (el sepulcro vacío), conforman los hechos que demuestran sin lugar a dudas que ¡Jesús ha resucitado! Estas lecturas nos transmitirán fielmente las experiencias de los apóstoles y otros con el Resucitado.

La lectura de hoy (Mt 28,8-15) nos presenta a María Magdalena y “la otra María” (María la de Santiago) marchándose a toda prisa del sepulcro después de haber presenciado al “Ángel del Señor” bajar del cielo en medio de un terremoto y rodar la piedra que servía de lápida. El Ángel les anunció que no temieran, que el Señor había resucitado tal como lo había anunciado, pidiéndoles que fueran a informar lo ocurrido a los discípulos (vv. 1-7).

Estando de camino a comunicarles la buena noticia de la resurrección a los demás discípulos, Jesús se aparece a las mujeres y les dice: “Alegraos. No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Cuando examinamos los relatos de la Resurrección de Jesús, lo primero que salta a la vista es el papel tan importante que ocupan las mujeres en los mismos. En ocasiones anteriores hemos dicho que el Resucitado, con su cuerpo glorificado escoge a quién le permite verle. Muchos se preguntan por qué Jesús se apareció primero a las mujeres. La pregunta es válida.

El papa San Gregorio Magno nos brinda una posible explicación: “Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquellas mujeres, que no se apartaban del sepulcro. Buscaban al que no habían hallado, lo buscaban llorando y encendidas en el fuego del amor. Por ello, las mujeres fueron las únicas en verlo entonces, por que se habían quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas”.

En otras palabras, lo encontraron porque fueron las únicas que se atrevieron, las únicas que lo buscaron (Cfr. Mt 7,7-8). No hay duda, ese amor que ardía en los corazones de aquellas mujeres piadosas les proporcionó algo que le faltó a los hombres, quienes se habían escondido por temor a las autoridades: VALOR. Un valor capaz de enfrentar los peligros de la noche y la presencia de los guardias que custodiaban el sepulcro.

San Juan Pablo II al tratar el tema nos dice: “Es a las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección, haciéndolas las primeras testigos de esta verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza, que las había impulsado hasta el Calvario”.

Pidámosle al Resucitado nos conceda el amor y la perseverancia de aquellas mujeres, para tener un verdadero encuentro con Él y poder anunciar a todos la noticia: ¡Ha resucitado!

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA 11-03-18

Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, conocido litúrgicamente como Laetare. Deriva su nombre de la antífona gregoriana del Introito de la misa, tomada del libro del profeta Isaías (66,10), que comienza diciendo: Lætare, Jerusalem: et conventum facite omnes qui diligitis eam: gaudete cum lætitia, qui in tristitia fuistis: ut exultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestræ  Lætatus sum in his, quæ dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus (Regocíjate, Jerusalén, vosotros, los que la amáis, sea ella vuestra gloria. Llenaos con ella de alegría, los que con ella hicisteis duelo, para mamar sus consolaciones; para mamar en delicia a los pechos de su gloria. ¡Qué alegría tan grande la que tuve cuando oí que dijeron: ¡Andando ya, a la casa del Señor!)”.

Este es un domingo excepcional (al igual que el tercer domingo de Adviento), en el que el carácter penitencial de la Cuaresma da paso a la Alegría en anticipación al Misterio Pascual de Jesús (su Pasión, muerte y Resurrección) que estamos próximos a celebrar.

La lectura evangélica para este Ciclo B nos presenta a Nicodemo, un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan (al igual que Lázaro), y que es importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús, que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Nicodemo era un fariseo rico que, intrigado y atraído por el mensaje de Jesús, decide ir a visitarle de noche. Ahí se suscita el primer encuentro con Jesús, dentro del cual se desarrolla el diálogo que recoge parcialmente la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este cuarto domingo de Cuaresma (Jn 3,14-21).

El saludo de Nicodemo y el inicio del diálogo, que no aparecen en el fragmento que leemos hoy, son importantes para entender el mismo, así como la mentalidad y la actitud con que Nicodemo se presentó ante Jesús. Por eso les recomiendo que se lean la perícopa en su totalidad (vv. 1-21).

Recordemos que Nicodemo era un alto personaje del judaísmo que se había sentido atraído por la enseñanza de Jesús, y por eso decide ir a verlo. El hecho de que venga a verlo de noche nos apunta a que viene de la “noche” del judaísmo ritual vacío (la oscuridad) hacia la “luz” representada en la persona de Jesús, en su Palabra, en el nacimiento del agua y del Espíritu que Jesús le propone en el versículo 5. La contraposición luz-tinieblas del Evangelio de Juan.

En el pasaje de hoy encontramos a Jesús haciendo un anuncio de su Pasión y la salvación que por ella nos vendría, prefigurada en la serpiente de bronce que Moisés, siguiendo las instrucciones de Yahvé, hizo y colocó sobre un estandarte (en forma de cruz), para que todo el que era mordido por unas serpientes venenosas que los asediaban quedara sano al mirarla (Cfr. Núm 21,4-9). Por eso dice a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

Seguimos adelantando en este tiempo de Cuaresma; tiempo de conversión en que se nos invita sanar nuestros corazones envenenados por el pecado. Si nos tornamos a mirar la Cruz, al igual que los israelitas en el desierto, nuestros corazones serán sanados; porque en la Cruz encontraremos una fuente inagotable de amor, de misericordia, de perdón. Y si fijamos nuestra mirada en el Crucificado, encontraremos que nuestra propia cruz se hace liviana, y podremos decir con san Pablo: “¡Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Gál 6,14). “Gloriémonos también nosotros en ella, aunque sólo sea porque nos apoyamos en ella” (San Agustín).

Si no lo has hecho aún, ve hoy a la Casa del Padre y mira hacia el altar; allí encontrarás a su Hijo que te espera con los brazos abiertos… Y si aún no te has reconciliado, ¡este es el momento! No esperes más.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 02-03-18

La liturgia de hoy nos brinda como primera lectura (Gn 37,3-4.12-13a.17b-28) la historia de José, uno de los doce hijos de Jacob (Israel). Esta narración tiene el propósito de explicar la procedencia de la tribu de José y el porqué de su preeminencia sobre las demás tribus. La historia nos presenta cómo la providencia divina hace que un acto, producto de la envidia y la maldad de los hermanos de José, desencadene una serie de eventos que culminan con la salvación del pueblo.

Así, al final de la narración, José dirá a sus hermanos: “El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso” (Gn 50,20).

Esta historia nos demuestra a nosotros cómo Dios muchas veces permite que nos sucedan cosas que nos hieren, nos causan daño, pero con el tiempo descubrimos que todo tenía un propósito. Alguien ha dicho que “Dios escribe derecho en renglones torcidos”.  Es en la prueba, en la mortificación, que nos purificamos, como el oro en el crisol: “Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo” (1 Pe 1,6-7).

Los hermanos de José lo vendieron por veinte monedas, y al llevar a cabo ese acto detestable e inmoral, sin saberlo, estaban contribuyendo a realizar un episodio importante en la historia del pueblo de Israel y, de paso, al desarrollo de la historia de la salvación; esa que Yahvé tenía dispuesta desde el principio (Cfr. Gn 3,15).

Asimismo, cuando meditemos sobre la Pasión de Nuestro Señor durante la Semana Santa, veremos cómo Jesús también es vendido por treinta monedas de plata y posteriormente torturado y asesinado. Lo que aparenta ser una derrota, un fracaso estrepitoso, se convierte en el acto de amor más sublime en la historia de la humanidad, en la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, dando paso a nuestra salvación. La “locura de la cruz”, que cuando la miramos desde la óptica de la fe se convierte en “fuerza de Dios” (Cfr. 1 Cor 1,18).

José, a quien sus hermanos desecharon, e incluso conspiraron para matar, se convirtió en la salvación de sus hermanos y de todo su pueblo. Asimismo Jesús, mediante su Misterio Pascual, se convirtió en la salvación para toda la humanidad, incluyendo los que no le aman.

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 118,22; Mt 21,42).

Durante este tiempo de Cuaresma, meditemos sobre el Misterio Pascual de Jesús y cómo Jesús, por amor, ofrendó su vida para el perdón de los pecados de toda la humanidad, los cometidos y por cometer. Los tuyos y los míos.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 27-02-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy nos confrontan con la hipocresía religiosa del pueblo. En la primera lectura (Is 1,10.16-20), el profeta pronuncia un oráculo de Yahvé en el que repudia los sacrificios que le ofrece el pueblo mientras  sus corazones están cada vez más alejados de Él. Si leemos el pasaje completo, incluyendo los vv. 11-15, notamos que este oráculo aparenta haber sido proclamado en medio de una celebración litúrgica, pues hace referencia a los “holocaustos de carneros y grasa de animales cebados”, “incienso”, y “manos extendidas”. Yahvé hace claro que está “harto”, que “detesta” esos rituales vacíos, esas celebraciones litúrgicas falsas, que se han convertido para Él en “una abominación”, en una “carga” que no está dispuesto a soportar. Llega al punto de comparar su generación con la de Sodoma y Gomorra.

Hace claro que ese no es el sacrificio agradable a Él. Por el contrario, les exhorta: “Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda”. La primacía del amor, de la caridad, sobre la ley y el ritualismo vacío. A Él no le interesan los sacrificios ni holocaustos. Si, por el contrario, obramos el bien y nos apartamos del pecado, “aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana”. El profeta nos señala en qué consiste el verdadero culto religioso: en obras de caridad (misericordia-amor).

En el pasaje del Evangelio (Mt 23,1-12), que es el preámbulo de las “siete maldiciones” que Jesús lanza contra los escribas y fariseos, Jesús arremete contra la hipocresía de los escribas y fariseos que se han sentado en la cátedra de Moisés (el autor de la Ley) y “no hacen lo que dicen”. “Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Se refería Jesús a todos los numerosos preceptos (613 en total) en que los fariseos habían convertido la Ley de Moisés y que, por su número eran prácticamente imposible cumplir.

Se consideraban superiores, mejores que los demás (de hecho, “fariseo” significa “separado”). Toda su actitud iba dirigida a ostentar su superioridad (que pretendía ser producto de su “santidad”) ante todos: las vestimentas y otros accesorios, como las filacterias (unas bandas que llevaban en la frente o en los puños, con unos cofrecitos que contenían textos de la Ley), los primeros lugares, los asientos de honor, las reverencias que esperaban, los títulos. Todo era apariencia exterior, “sepulcros blanqueados” (Mt 23, 27-28). Y por dentro, ¿qué?

El Concilio Vaticano II hizo un gran esfuerzo para eliminar la “pompa” en nuestros ritos y celebraciones litúrgicas, inculturándolos a nuestros respectivos países. Pero, ¿logró acabar con el fariseísmo?

En esta Cuaresma, hagamos examen de conciencia: ¿Me gusta recibir honores?, ¿reconocimiento?, ¿me siento mejor o superior a los demás? Señor, ayúdame a recordar que todos somos hermanos, y que “el que se humilla será enaltecido”, como Aquél que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28), de modo que al llevar a cabo mi misión pastoral pueda tener “olor de oveja”.

Lo repito; el papa Francisco no está diciendo nada nuevo; simplemente está leyendo el Evangelio…