REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 17-09-20

“Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo”.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 7,36-50) nos presenta el pasaje de “la pecadora perdonada”.

El Antiguo Testamento nos había presentado la misericordia de Dios. Los relatos evangélicos nos muestran un Jesús que se atribuye a sí mismo el poder de perdonar los pecados, poder que solo le pertenece a Dios. Jesús no se limita a enseñarnos que el Padre está dispuesto a perdonarnos nuestros pecados, sino que Él mismo perdona los pecados. La explicación a esta actitud de Jesús nos la da Él mismo: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10,30).

Desde el comienzo de su misión mesiánica Jesús deja claro que Él tiene poder para perdonar los pecados: “El Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados” (Mc 2,10). Vemos cómo Él mismo repite reiteradamente en los relatos evangélicos: “tus pecados te son perdonados”, o frases similares que resultaban blasfemas para los escribas y fariseos quienes no reconocían la divinidad de Jesús.

En el pasaje de hoy encontramos a una pecadora que se postra ante Jesús, lava sus pies con sus lágrimas, los unge con perfume y los besa. Esa mujer arrepentida nos proporciona la clave para obtener el perdón de los pecados (siempre volvemos a lo mismo, ¿no?): el Amor. “‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama’. Y a ella le dijo: ‘Tus pecados están perdonados’”. Es el amor lo que nos lleva al arrepentimiento y a buscar la reconciliación. Aquella pecadora conoció el amor de Jesús y le reciprocó con la misma intensidad de sus pecados. Y en ese amor conoció el perdón, que es fruto del Amor.

Vemos también cómo, al final del pasaje, Jesús le dice a la pecadora: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. La pecadora del relato no solo creyó en Jesús y en su poder sanador de cuerpo y alma, sino que convirtió su creencia en acción. Y esa acción le valió el perdón de sus pecados y la Vida Eterna.

Más tarde, luego de su Resurrección, Jesús confiaría ese “ministerio” del perdón de los pecados a los apóstoles y a sus sucesores, quienes conferirían el perdón, no por sí mismos, sino por el poder del Dios a través de la acción del Espíritu Santo que les infundió: “Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’” (Jn 20,22-23). La misma sensación de paz que sintió aquella pecadora la podemos sentir nosotros al escuchar las palabras absolutorias en el sacramento de la reconciliación.

La lectura de hoy nos recuerda que mientras más grande sean nuestros pecados, más grande es el Amor que recibiremos de Él si nos acercamos con un corazón genuinamente arrepentido. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias” (Sal 50).

Por eso, a la primera oportunidad que tengas, ve a reconciliarte con el Señor, ¡Aprovecha ese regalo tan hermoso que Jesús te dejó!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 16-09-20

El amor es el “pegamento” que mantiene unida toda la enseñanza de Jesús.

Ayer reflexionamos sobre las lecturas propias de la Memoria de Nuestra Señora, Virgen de los Dolores. De no haber sido así,
como primera lectura hubiésemos leído 1 Cor 12,12-14.27-31a, en la cual san Pablo nos expone su criterio sobre los distintos carismas, y cómo cada uno de ellos es necesario para el buen funcionamiento de la Iglesia. En la lectura de hoy (1 Cor 12,31-13,13) va un paso más allá y nos presenta el imperativo que le da sentido y coherencia a esa diversidad de dones que nos mencionaba ayer: el amor. En este pasaje, conocido como “himno al amor”, Pablo nos plantea que sin ese elemento del amor, los carismas dejan de serlo, pierden su sentido, se convierten en meros actos mecánicos que, a lo sumo, podrían catalogarse de filantropía; algo así como la oración hueca, ritualista, que Jesús criticaba a los fariseos.

Mientras algunas versiones de la Biblia utilizan la palabra “amor”, otras utilizan “caridad”. Lo cierto es que ambas podrían prestarse a malas interpretaciones. La palabra utilizada por Pablo es agapé, que tiene un significado más profundo (Cfr. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est). A diferencia del “amor-eros”, que está más relacionado con el “amor-deseo” o el “querer”, el “amor-agapé” es el “amor-don”, es el amor que se manifiesta en la entrega, en la capacidad de sacrificarse por el ser amado para su felicidad.

Se trata de ese amor que el mismo Pablo nos describe con adjetivos precisos: “El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca” (ver. 4-8a). Es el amor de madre, que a su vez es reflejo del amor de Dios. Es el amor plasmado en las Bienaventuranzas. No dudo que al describir todas las cualidades del amor, Pablo estuviera describiendo la persona de Jesús.

Si analizamos la doctrina de Jesús, podemos concluir que toda ella gira en torno al amor, se nutre de él, se concretiza en él. El amor es el “pegamento” que mantiene unida toda la enseñanza de Jesús. Si lo removemos de la ecuación, todo se viene abajo, pierde su forma, su sentido. “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35).

Pablo finaliza recalcando que aún los más grandes carismas son limitados, pasarán, acabarán “cuando llegue lo perfecto”. Lo cierto es que cuando finalmente veamos cara a cara a Dios, ya no necesitaremos de la fe, porque le estaremos viendo; tampoco necesitaremos la esperanza, porque ya estaremos disfrutando del Reino de los cielos y la vida eterna como felicidad nuestra. Solo el amor nos bastará, pues estaremos amando y dejándonos arropar por el infinito amor de Dios. Eso es el “cielo”.

Hoy, pidamos al Señor, fuente de todo amor, que nos conceda la gracia de que el amor sea una parte tan importante e imprescindible de nuestra identidad como cristianos, que todas nuestras obras estén motivadas por el amor.

REFLEXIÓN PARA EL MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA 29-08-20

“Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía”.

Hoy celebramos la memoria obligatoria del martirio de Juan el Bautista. La lectura evangélica de hoy (Mc 6,17-29) nos presenta la versión de Marcos del martirio de Juan. Algunos ven en este relato un anuncio de la suerte que habría de correr Jesús a consecuencia de la radicalidad de su mensaje. Juan había merecido la pena de muerte por haber denunciado, como buen profeta, la vida licenciosa que vivían los de su tiempo, ejemplificada en el adulterio del Rey Herodes Antipas con Herodías, la esposa de su hermano Herodes Filipo. Jesús, al denunciar la opresión de los pobres y marginados, y los pecados de las clases dominantes, se ganaría el odio de los líderes políticos y religiosos de su tiempo, quienes terminarían asesinándolo.

Juan, el precursor, se nos presenta también como el prototipo del seguidor de Jesús: recio, valiente, comprometido con la verdad. La suerte que corrieron tanto Juan el Bautista como Jesús fue extrema: la muerte. Marcos coloca este relato con toda intención después del envío de los doce, para significar la suerte que podía esperarles a ellos también, pues la predicación de todo el que sigue el ejemplo del Maestro va a provocar controversia, porque va a obligar a los que lo escuchan a enfrentarse a sus pecados. De este modo, el martirio de Juan el Bautista se convierte también en un anuncio para los “doce” sobre la suerte que les espera.

Aunque nos parezca algo que ocurrió en un pasado distante, algunos se sorprenden al enterarse que todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay hombres y mujeres valientes que pierden la vida por predicar el Evangelio de Jesucristo. De ese modo sus muertes se convierten en el mejor testimonio de su fe. De hecho, la palabra “mártir” significa “testigo”.

Hemos dicho en innumerables ocasiones que el seguimiento de Jesús no es fácil, que el verdadero discípulo de Jesús tiene que estar dispuesto a enfrentar el rechazo, la burla, el desprecio, la difamación, a “cargar su cruz”. Porque si bien el mensaje de Jesús está centrado en el amor, tiene unas exigencias de conducta, sobre todo de renuncias, que resultan inaceptables para muchos (Cfr. Jn 6,60-67). Quieren el beneficio de las promesas sin las obligaciones.

El verdadero cristiano tiene que predicar a Cristo; ¡a Cristo crucificado! “Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios” (1 Co 1,17-18).

Por eso el que confía en Jesús y en su Palabra salvífica enfrenta las consecuencias del seguimiento con la certeza de que no está solo. Eso es una promesa de Dios, y Dios nunca se retracta de sus promesas (Cfr. 1 Pe 10,23). Esa es la verdadera “esperanza del cristiano”, que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que es “la virtud teologal por la cual deseamos y esperamos de Dios, con una firme confianza, la vida eterna y las gracias para merecerla, porque Dios nos lo ha prometido”.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 19-08-20

Finalmente, los que contrató al atardecer, ni tan siquiera hablaron de compensación.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 19,30-20,16) pone de manifiesto la misericordia divina, y cómo esa misericordia se manifiesta en los que ponen su confianza en Él. Se trata de la “parábola de los obreros de la viña”. Para entender la enseñanza detrás de esta parábola tenemos que analizar detenidamente la conversación entre el dueño de la viña y cada grupo de jornaleros, y el salario que “ajusta” con cada uno. Veamos.

La parábola nos narra la historia del dueño de una viña que salió a contratar jornaleros para su viña. Fue a la plaza pública donde usualmente se congregaban los que buscaban trabajo. Nos dice la parábola que con los que contrató al amanecer, ajustó el salario en un denario por día. Salió por segunda vez a media mañana y contrató a otros que encontró sin trabajo diciéndoles: “os pagaré lo debido”. Lo mismo hizo al mediodía y a media tarde. Finalmente salió al caer la tarde y encontró a otros que habían estado todo el día y nadie los había contratado. A estos se limitó a decirles: “Id también vosotros a mi viña”.

Podemos ver tres tipos de jornaleros. Con los primeros el dueño se ajusta en un salario fijo. Ha acordado un contrato de empleo: un denario por día. Van a trabajar a cambio de una compensación específica. Los que contrató a media mañana, a mediodía y a media tarde, acordaron trabajar por una justa compensación, es decir, el dueño de la viña ofreció pagarles “lo debido” y ellos fueron a trabajar. Finalmente, los que contrató al atardecer, ni tan siquiera hablaron de compensación. Simplemente aceptaron el llamado del dueño: “Id también vosotros a mi viña”.

Los primeros recibieron el salario que habían acordado a cambio de su trabajo. Ni un céntimo más ni un céntimo menos. Estos nos recuerdan a los fariseos, quienes observaban el fiel “cumplimiento” de la Ley, y a cambio Dios les “debía” la recompensa del cielo. Tal parecería que pretendían “comprar” la salvación. El cumplimiento interesado de la Ley (me recuerda al “joven rico”). Esos son los que no comprenden cómo es posible que los demás reciban el mismo salario. Sienten que Dios es “injusto” si les da la misma recompensa a otros que ellos consideran pecadores. Nos recuerdan también la actitud del fariseo en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14).

El segundo grupo de jornaleros, los que fueron a trabajar bajo la promesa de que recibirían “lo debido”, confiaron en que el dueño de la viña habría de ser justo con ellos. Estos representan a aquellos que se acercan a servir al Señor cuando son llamados. Confían en la justicia divina, que tiene su raíz en la misericordia divina, y su confianza es recompensada.

Pero los que más se asemejan al publicano de la parábola de Lucas son los que fueron contratados ya al final del día. Estos ni tan siquiera hablaron de salario. Se contentaron con trabajar. Y probablemente se sintieron bien por el mero hecho de poder trabajar en lugar de estar ociosos. Estos se dieron de corazón, y su esfuerzo y desinterés resultaron agradables al dueño de la viña. Asimismo, si te acercas a servir al Señor por amor, sin interés, aunque sea al final de tu vida, recibirás tu justa recompensa: la Vida eterna.

Por eso Jesús termina refiriendo la enseñanza a la vida eterna: “Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. Todavía estamos a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 18-08-20

“El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre…”

La lectura evangélica que contemplamos en la liturgia para hoy (Mt 19,23-30), es la continuación de la del joven rico que se nos propusiera ayer. En esta lectura, Jesús dice a sus discípulos: “Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios”. El “ojo de una aguja” a que se refiere Jesús era un pequeño portón que tenían las puertas principales de las ciudades como Jerusalén, por donde entraban los mercaderes después de la hora que se cerraban las mismas. Si el mercader traía camellos, le resultaba bien difícil entrarlos por “el ojo de la aguja”. Para poder lograrlo (no siempre podían), tenían que quitarle la carga y entrarlo arrodillado. ¿Ven el simbolismo?

De nuevo vemos a Jesús poniendo el apego a la riqueza como impedimento para alcanzar el reino de Dios, pero esta vez es, como ocurre a menudo, en un diálogo aparte con sus discípulos, luego del episodio. Los discípulos acaban de escuchar a Jesús pronunciarse en esos términos y están confundidos, pues en la mentalidad judía la riqueza y la prosperidad son sinónimos de bendición de Dios. ¿Cómo es posible que la riqueza, que es bendición de Dios, sea un impedimento para alcanzar el Reino? Pero Jesús se refiere a la conducta descrita en el Deuteronomio (8,11-18) que nos manda estar alertas, no sea que: “cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes, tu corazón se engría y olvides a Yahvé tu Dios que te sacó de Egipto, de la casa de la servidumbre”.

Lo que Jesús nos propone es comprender que para seguirle tenemos que “desposeernos” de todo lo que pueda desviar nuestra atención de Dios como valor absoluto. Tenemos que aprender a depender, no de nuestra propia riqueza ni de aquello que pueda darnos “seguridad” humana, sino de los demás, y ante todo, de Dios, recordando que solo siguiéndole a Él podemos alcanzar la salvación. Por eso cuando los discípulos le preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”, Él les mira y les contesta: “Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo”…. “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”.

Tarea harto difícil, la verdadera “pobreza evangélica”, imposible para nosotros si dependemos de nuestros propios recursos. Solo si nos abandonamos a Dios incondicionalmente podemos lograrlo, porque “Dios lo puede todo” (Cfr. Lc 1,37).

En este pasaje se nos describe, además, la renuncia a las cosas del mundo llevada al extremo, que encontramos en aquellos que abrazan la vida religiosa abandonando “casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras” con tal de seguir a Jesús.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a desprendernos de todo lo que nos impide seguirle plenamente; que podamos hacer de Él, y de su seguimiento, el valor absoluto en nuestras vidas, para así ser acreedores a la vida eterna que Él nos tiene prometida.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 17-08-20

“¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”.

La liturgia de hoy nos presenta el pasaje del joven rico (Mt 19,16-22). En la misma pregunta del joven encontramos el problema que presenta la situación: “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?” En primer lugar, acepta que el fin del hombre es la “vida eterna”. En segundo lugar, está consciente que para llegar a esa vida eterna hay un solo camino, el camino del bien (“¿qué tengo que hacer de bueno…?”).

En su forma de pensar, típica de la persona adinerada, el joven piensa en términos de “comprar”, “adquirir”, “obtener”. Por eso utiliza este último verbo con relación a la vida eterna al formular su pregunta. Jesús, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, le riposta: “¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Le dice que “uno solo es Bueno”, refiriéndose a Dios. Por eso le dice que tiene que cumplir los mandamientos, que vienen de Él.

El joven insiste diciéndole que él ya cumple con los mandamientos (resulta curioso que Jesús solo menciona los mandamientos que se refieren al prójimo, añadiendo el mandamiento del amor, que no forma parte del decálogo). Para el joven rico, por su posición cómoda, resulta fácil dar limosna a los pobres, pagar el diezmo al templo, “portarse bien”. Pero él quiere asegurarse que pueda “obtener” la vida eterna. Es alguien acostumbrado a adquirir las cosas sin importar el precio. Por eso no estaba preparado para la contestación de Jesús: “vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo”. La Escritura nos dice que “al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico”.

Si analizamos el pasaje, lo que Jesús hace es ponerlo a prueba. La realidad es que la riqueza no es impedimento para la salvación y la vida eterna; lo que sí es impedimento para seguir a Jesús es el apego a esa riqueza, al punto de nublar nuestro entendimiento cuando hay que decidir entre el seguimiento de Jesús y la protección de los bienes materiales. Esos bienes, esas posesiones, nos impiden entregar nuestro corazón totalmente a Dios. Por eso el joven se puso triste, porque su corazón, aunque bueno, estaba atrapado entre dos lealtades: Dios y el “ídolo” del dinero.

Durante las pasadas semanas Jesús nos ha estado hablando de la sencillez, la mansedumbre, la humildad como meta de los que queremos alcanzar la vida eterna. “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios” (Mt 5,3). El “pobre” para Jesús no es el que no tiene bienes, sino más bien aquél que no tiene su corazón puesto en las cosas. Se puede ser relativamente pobre y estar demasiado apegado a las pocas cosas materiales que se tiene; entonces se es como el “joven rico”. Del mismo modo, se puede tener una gran fortuna y vivir para agradar a Dios y ayudar a otros. Esa es la verdadera “pobreza evangélica” que caracteriza al discípulo de Jesús.

En esta semana que comienza, pidámosle al Padre que nos conceda el don de la pobreza evangélica que le es agradable, para que podamos ser dignos ciudadanos del Reino.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN LORENZO, DIÁCONO Y MÁRTIR 09-08-20

Hoy la Iglesia universal (¿sabías que la palabra “católica” quiere decir “universal”?) celebra la Fiesta de san Lorenzo, mártir. Lorenzo fue uno de los siete diáconos de la Iglesia de Roma, en donde fue martirizado el 10 de agosto de 258. El papa Sixto lo había ordenado diácono y nombrado administrador de los archivos y los bienes de la Iglesia, y el cuidado de los pobres. Se le venera como santo patrón de los bibliotecarios.

Lorenzo es uno de esos santos cuya vida está rodeada de anécdotas y leyendas, entre las que podemos resaltar que se dice que entre los tesoros de la Iglesia cuya custodia se le habían confiado a Lorenzo estaba el “Santo Grial”, es decir, la copa utilizada por Jesús en la institución de la Eucaristía durante la última cena. A partir de ahí se han urdido toda clase de leyendas e intrigas, sobre todo para aquellos que gustan de ese tipo de historias

Otra anécdota cuenta que cuando el papa Sixto fue asesinado, el alcalde pagano de Roma le pidió a Lorenzo que le entregara todas las riquezas de la Iglesia, a lo que éste le pidió tiempo para recolectarlas. Entonces fue y recogió a todos los pobres, huérfanos, viudas, enfermos, tullidos, ciegos y leprosos que él atendía y se los presentó al alcalde diciéndole: “Estos son los tesoros de la Iglesia”. El alcalde, furioso por la actuación de Lorenzo lo condenó a muerte diciéndole: “Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida”.

Precisamente con su martirio tiene que ver la tercera anécdota. La “muerte lenta” que le prometió el alcalde fue morir asado en una parrilla. Cuenta la leyenda que, en medio del martirio, dijo a su verdugo: “Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho”.

En ocasiones hemos hablado de la “letra chica” del seguimiento de Jesús y cómo Jesús tiene una cruz distinta para cada uno de nosotros, según sus misteriosos designios. Lorenzo leyó esa letra chica y aceptó seguir a Jesús y dar testimonio de su Palabra sin importar las consecuencias. Con su muerte dio testimonio de la resurrección de Jesús (la palabra “mártir” quiere decir “testigo”) y logró que la Palabra de Dios diera fruto en abundancia.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para esta Fiesta (Jn 12,24-26) le da sentido al martirio de Lorenzo: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

Jesús nos invita a seguirle y nos advierte lo que nos espera. Lorenzo lo siguió hasta la muerte. Y pensar que a nosotros se nos hace tan difícil seguirlo en el sufrimiento, aún en las cosas más pequeñas, insignificantes, que a veces sacamos de proporción y nos parecen tan “dolorosas”. ¡Atrévete! No te vas a arrepentir. ¿Sabes cuál es el secreto? Una sola palabra: Amor.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 29-07-20

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo”.

En la lectura evangélica (Mt 13,44-46) que nos ofrece la liturgia para hoy, volvemos a contemplar, en forma abreviada, dos de las siete parábolas del Reino: la del tesoro escondido y la de la perla de gran valor, que hemos comentado en días anteriores. ¿Por qué la insistencia de la Liturgia en repetir una y otra vez las parábolas del Reino?

Toda la misión de Jesús puede resumirse en una frase: “[T]engo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4,43). Habiendo sido esa la misión de Jesús, no puede ser otra la misión de la Iglesia. Por eso en sus últimas palabras antes de ascender al Padre, delegó esa misión a la Iglesia: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva (del Reino de Dios) a toda la creación” (Mc 16,15).

Anteriormente hemos señalado que Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, de su verdadero seguidor, no puede haber nada más valioso que los valores del Reino. Por eso tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. O sea, que no puede haber nada que se interponga entre nosotros y los valores del Reino.

El que decide acompañar a Jesús en ese anuncio de la Buena Nueva del Reino, el que pone su vida al servicio de la Palabra para que el Pueblo se convierta, tarde o temprano va a enfrentar el dedo acusador de sus detractores, tal como le sucedió al profeta Jeremías en la primera lectura de hoy (Jr 15,10.16-21): “Soy hombre que trae líos y contiendas a todo el país. No les debo dinero, ni me deben; ¡pero todos me maldicen!”.

Cuando nos enfrentamos a la burla, la persecución, la difamación, en ocasiones nuestra naturaleza humana nos hace dudar, flaquear, como le sucedió a Jeremías: “¿Por qué mi dolor no tiene fin y no hay remedio para mi herida? ¿Por qué tú, mi manantial, me dejas de repente sin agua?” Jeremías se encuentra en un momento de crisis espiritual. En esos momentos de “desierto”, o de “noche oscura”, la voz de Dios no se hace esperar: “Haré que tú seas como una fortaleza y una pared de bronce frente a ellos; y si te declaran la guerra, no te vencerán, pues yo estoy contigo para librarte y salvarte. Te protegeré contra los malvados y te arrancaré de las manos de los violentos”. ¡Qué promesa!

Jeremías se lamenta de ser un “hombre que trae líos” con su predicación. Al releer este pasaje no puedo menos que recordar las palabras del papa Francisco a los jóvenes (y a todo el Pueblo de Dios) durante la JMJ en Río de Janeiro: “Espero lío… quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle”. De eso se trata el anuncio del Reino. ¿Qué estás esperando?

Hoy celebramos la memoria obligatoria de Santa Marta de Betania, hermana de María y Lázaro, amigos de Jesús. Para saber un poco sobre la vida y devoción a esta santa, pueden acceder a: https://www.aciprensa.com/recursos/biografia-2856.

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (A) 26-07-20

“El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”. 

En la lectura evangélica (Mt 13,44-52) que nos presenta la liturgia para este decimoséptimo domingo del tiempo ordinario, retomamos la narración de Mateo del segundo gran sermón (también llamado “discurso parabólico”) de Jesús, en el cual nos presenta siete parábolas del Reino. En el evangelio de hoy encontramos tres de esas parábolas; la del tesoro escondido, la de la perla de gran valor y, la que más nos inquieta, la de la red.

Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, del verdadero seguidor de Jesús, no hay más valioso que los valores del Reino; tanto que tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. Y su promesa es generosa, “el ciento por uno” en el presente, y “la vida eterna” en el mundo venidero (Mt 19,27-39; Mc 10,28-31; Lc 18,28-30).

Es cierto que a veces ese “abandonarlo todo” se nos hace difícil, sobre todo cuando a eso tenemos que añadir las persecuciones, las burlas, las humillaciones, las pruebas que encontramos en el camino, que en ocasiones nos hacen dudar… Lo único que nos permite seguir adelante es la certeza de que Dios no nos abandona, y aunque no nos libre de la prueba, nos acompañará en ella. Y aún medio de la prueba podremos sentirnos felices, sabiendo que Él nos ama incondicionalmente y está a nuestro lado, y que nuestros “nombres están inscritos en el cielo” (Cfr. Lc 10,20). Esa es la verdadera “alegría del cristiano”.

Pero la cosa no termina ahí. En la parábola de la red Jesús nos advierte que el anuncio del Reino va dirigido a todos, los “buenos” (los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica), y los malos (los que escuchan la Palabra y la rechazan o la ignoran): “El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Esa última frase, “allí será el llanto y el rechinar de dientes”, aparece al menos cinco veces en Mateo y una en Lucas, siempre relacionada con el Juicio Final. Aunque en lenguaje bíblico el rechinar de dientes aparece como ejemplo de rabia y odio (Cfr. Job 16,9; Sal 35,16; Hc 7,54), cuando se une al llanto se refiere al dolor y la desesperación de los que quedarán excluidos de la salvación.

Esta parábola de la red nos invita a hacer introspección, a analizar nuestra vida de fe. Y la pregunta es obligada: cuando salgan los “ángeles del Señor” a separar los peces buenos de los malos, ¿en cuál de los grupos seré contado?

Lo bueno es que todavía estamos a tiempo; el Señor NUNCA se cansa de tocar a la puerta. Anda, ábrele (tu corazón), Él te lo ha prometido: entrará a tu casa y cenará contigo, y tú con Él (Cfr. Ap 3,20).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DÉCIMO QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 14-07-20

“Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”.

Estamos acostumbrados a escuchar a Jesús pronunciar palabras de amor, llenas de misericordia; por eso nos estremece y hasta nos confunde escucharle pronunciar palabras fuertes de reproche y condenación, como las que encontramos en el evangelio de hoy (Mt 11,20-24). Jesús acaba de impartir las instrucciones a sus apóstoles antes de enviarlos en misión. Y hacia el final de esas instrucciones ya les había dicho que si en algún lugar no los recibían bien, que se sacudieran el polvo de los pies y continuaran su camino a otro lugar en el cual estuvieran dispuestos a escucharles.

No hay duda, la Palabra de Jesús a veces nos resulta amenazadora, precisamente por las exigencias de vida que contiene, por lo que yo llamo la “letra chica”. No se trata de un juego, es algo bien serio. Si algo está en “juego” es nuestra salvación, la Vida eterna. Tenemos dos opciones: o aceptamos a Jesús (con todo lo que implica), o lo rechazamos. No hay términos medios. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,15).

El seguimiento de Jesús no es fácil; su lenguaje es duro, sin “adornos”, por eso muchos de sus discípulos al oírle optaron por abandonarlo (Cfr. Jn 6,60.66), ante lo cual Jesús se dirigió a los Doce diciendo: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67).

Los habitantes de las ciudades que Él menciona en la lectura de hoy, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, donde Él realizó la mayoría de los milagros, donde predicó en las sinagogas y en las ciudades, donde pronunció el discurso de las Bienaventuranzas, no le hicieron caso (Cfr. Jn 1,11). Por eso las compara con ciudades paganas de Tiro, Sidón y Gomorra, y les anuncia que correrán una suerte peor que aquellas.

Jesús se muestra especialmente fuerte con Cafarnaún, la ciudad donde llevó  cabo la parte más significativa de su ministerio, y que sirvió como “centro de operaciones” de su misión evangelizadora: “Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”.

Esa misma Palabra nos pregunta hoy, a cada uno de nosotros: “Y tú, ¿piensas escalar el cielo?”

¿Cuál es tu respuesta?

Está claro, para ser ciudadanos del Reino, y acreedores a la Vida eterna tenemos que imitar a Jesús, que no es otra cosa que vivir la Ley del Amor, que Él mismo resume en dos mandamientos: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37.39). Y el cumplimiento del primero se logra en el cumplimiento del segundo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Cfr. Mt 25, 31-46).

Se lee fácil, pero, Señor, ¡qué difícil se nos hace seguirte!