REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA, DOMINGO DEL BUEN PASTOR 12-05-19

Hoy celebramos el cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor. En este día también celebramos la Jornada Mundial de Oración por las las vocaciones sacerdotales; aquellos que continúan en el tiempo la misión del único Buen Pastor que le encomendó su rebaño a la Iglesia en la persona de Pedro (Jn 21,15-17).

La alegoría del Buen Pastor aparece originalmente en la Biblia en referencia al cuidado y protección de Yahvé hacia su pueblo (ej. Salmo 23, Ez 34, e Is 40,11). En el Nuevo Testamento Jesús se “apropia” de esa alegoría y se la aplica a sí mismo como el Hijo de Dios que cuida y salva a su rebaño. Ejemplo de ello es el capítulo 10 de Juan, de donde está tomada la lectura evangélica de hoy (Jn 10,27-30).

La figura del pastor para simbolizar la protección al pueblo es antiquísima. Así, por ejemplo, en el antiguo Egipto se presentaba a los faraones con dos símbolos: un matamoscas y un cayado, y en la mitología griega se representaba al dios Hermes con un carnero sobre los hombros.

Con esta figura se quiere representar lo incapaces que somos de alcanzar la salvación sin la ayuda de Dios-Buen Pastor. Las ovejas son unos animales que tienen un cerebro bien pequeño, no aprenden. También tienen una visión pobre. Por eso se vuelven a caer por el mismo barranco un y otra vez y, peor aún, pelean cuando el pastor trata de ayudarlas. Es la viva imagen de nosotros en este difícil camino a la santidad al que somos llamados.

Pero Jesús está empeñado en que ninguna de sus ovejas se pierda: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno”.

Esa imagen del Buen Pastor con la oveja sobre los hombros que los cristianos adoptamos se deriva de un hecho real. Cuando la oveja nace, el pastor a lleva sobre sus hombros un rato para que esta escuche su voz y se acostumbre a ella. Así le seguirá y no se perderá. De ahí la alegoría: “Mis ovejas escuchan mi voz… y ellas me siguen”. Por eso cuando nos alejamos de Jesús, nos encontramos desamparados y dispersos, “como ovejas si pastor” (Mt 9,36).

La segunda lectura de hoy (Ap 7,9.14b-17) nos presenta nuevamente la figura del Pastor, representada en el Cordero que está delante del trono, que será nuestro pastor y nos “conducirá hacia fuentes de aguas vivas”.

La promesa de Jesús es clara: Si escuchamos su voz y le seguimos, nadie nos arrebatará de su mano, y Él nos dará la vida eterna.

Señor, quiero escuchar tu voz; no permitas que los ruidos de las cosas del mundo me distraigan y pierda mi camino, pues sin Ti estaré desorientado y volveré a caer en los mismos barrancos que la vida me presenta. Jesús, Buen Pastor, no me apartes de Tu vista, y si me pierdo, deja las otras noventa y nueve para ir tras de mí hasta que me encuentres (Lc 15,4), de manera que pueda seguirte hacia la vida eterna que me has prometido.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 11-05-19

“… ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 6,60-69) es la culminación del “discurso del pan de vida” que hemos estado contemplando durante esta semana.

En el pasaje que leíamos ayer (Jn 6,51-59) Jesús había enfatizado en cinco ocasiones la necesidad de “comer su carne” y “beber su sangre” para obtener la vida eterna, en una alusión al sacramento de la Eucaristía que para ellos resultaba incomprensible. Esto, en respuesta a los comentarios de los judíos, quienes se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Lejos de suavizar o justificar sus palabras, reitera que el que no coma su carne y beba su sangre “no tendrá vida” en sí mismo, es decir, no tendrá la vida que da la Gracia, añadiendo que ello es necesario para que podamos “habitar” en Él y Él en nosotros.

Aquellas palabras (eso de “comer” su carne y “beber” su sangre) resultaban fuertes y escandalosas, duras, para muchos de los “discípulos” que le seguían: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Jesús no intenta convencerlos ni trata de explicar su discurso. Por el contrario, se reitera en lo dicho y les increpa: “¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Esas palabras hicieron que muchos discípulos suyos se echaran atrás y dejaran de seguirle.

Entonces Jesús se viró hacia donde estaban los Doce (trato de imaginarme la escena) y les lanza un desafío: “¿También ustedes quieren marcharse?” Como siempre, Simón Pedro tomó la palabra e hizo una profesión de fe: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Las palabras de Jesús siempre son motivo de controversia. Ya el anciano Simeón lo había profetizado desde el comienzo (Lc 2,34). Y hoy día no es diferente. Su seguimiento es exigente, duro, el estilo de vida que implica está reñido con los gustos, las tendencias del mundo actual. Seguir a Jesús implica hacerse uno con Él, “comer su carne”, no solo en la Eucaristía, sino también participar de su encarnación, y “beber la sangre” de su sacrificio.

Los que queremos perseverar, los que queremos permanecer fieles a Él, necesitamos comer constantemente de ese “pan de Vida”, no solo en la mesa de la Eucaristía, sino también en la mesa de la Palabra, que es también fuente de vida eterna: “¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

En la Eucaristía encontramos alimento, y en la Palabra el aliento y el consuelo que nos permite continuar en el camino a la Vida eterna que Él regala de balde a los que comemos de su cuerpo y bebemos de su sangre.

Él siempre tiene la mesa de la Eucaristía y la mesa de la Palabra dispuestas para ti.

¡Acércate! Él te está esperando…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 09-05-19

La primera lectura de hoy (Hc 8,26-40) nos presenta a Felipe, quien ha salido de Jerusalén luego de la muerte de Esteban y ha continuado la propagación de la Buena Noticia, siguiendo el mandato de Jesús de ir por todo el mundo y proclamar el Evangelio (Mc 16,15), reiterado en la promesa de Jesús a los apóstoles antes de su ascensión (Hc 1,8) de que recibirían el Espíritu Santo y darían testimonio de Él hasta los confines de la tierra. Hoy encontramos a Felipe convirtiendo y bautizando a un alto funcionario de la reina de Etiopía, esto a apenas unos meses de la Resurrección de Jesús. Es el comienzo de ese testimonio que llevará al mismo Felipe a evangelizar hasta el actual Sudán al sur del río Nilo. Y el “motor” que impulsaba esa evangelización a todo el mundo era la fe Pascual, guiada por el Espíritu Santo que les había sido prometido y que recibieron en Pentecostés.

Aquél etíope encontró el Evangelio, no en el templo, sino en la carretera de Jerusalén a Gaza. ¡Jesús viene a nuestro encuentro en las calles, en las carreteras, en todos los caminos! El Evangelio es Palabra de Dios viva, y nos sale al paso donde menos lo imaginamos. Al igual que Felipe, todos estamos llamados a proclamar la Buena Noticia de la Resurrección a todo el que se cruce en nuestro camino.

En el pasaje evangélico que contemplamos hoy (Jn 6,44-51) Jesús se describe una vez más como el pan de vida que ha bajado del cielo: “Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él ya no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”… Juan sigue presentándonos a “Jesús Eucaristía”, poniendo en boca de Jesús un lenguaje eucarístico que nos presenta el pan que es su propia carne, para que el que crea y lo coma tenga vida eterna. La promesa de vida eterna. Restituir al hombre la inmortalidad que perdió con la caída y expulsión del paraíso. El hombre fue creado para ser inmortal; vivía en un jardín en el que había un árbol de la vida del que no podía comer, pues Yahvé le había advertido que “el día que comas de él, ten la seguridad de que vas a morir”. La soberbia llevó al hombre a comer del árbol, y la muerte entró en el mundo.

Jesús nos asegura que quien coma su cuerpo recuperará la inmortalidad. Se refiere, por supuesto, a esa vida eterna que trasciende a la muerte física, sobre la cual esta ya no tendrá poder. Pero para recibir los beneficios de ese alimento de vida eterna  es necesario creer; por eso, la frase “Yo soy en pan de vida” está precedida en este pasaje por esta aseveración de parte de Jesús: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna”.

Esas es la gran noticia de Jesús, la Buena Nueva por excelencia para nosotros. Si aceptamos su invitación a hacernos uno con Él en la Eucaristía, Él nos dará su vida eterna. ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 04-04-19

“Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí!” (Jn 5,31-47). Los judíos se concentraban tanto en las Escrituras, escudriñando, debatiendo, teorizando, que eran incapaces de ver la gloria de Dios que estaba manifestándose ante sus ojos en la persona de Jesús. “Las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que Él envió no le creéis”.

Nosotros muchas veces caemos en el mismo error; “teorizamos” nuestra fe y nos perdemos en las ramas del árbol de las Escrituras en una búsqueda de los más rebuscados análisis de las mismas, mientras desatendemos las obras de misericordia, que son las que dan verdadero testimonio de nuestra fe y, en última instancia, de la presencia de Jesús en nosotros.

Jesús dice a los judíos: “No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió Él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?” Jesús se refería al libro del Deuteronomio (que los judíos atribuían a Moisés), en el que Yahvé le dice a Moisés: “Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, yo mismo le pediré cuenta” (Dt 18,18-19). En Jesús se cumplió esta profecía, y los suyos no le recibieron (Cfr. Jn 1,11).

Jesús se nos presenta como el “nuevo Moisés”, que intercede por nosotros ante el Padre, de la misma manera que lo hizo Moisés en la primera lectura de hoy (Ex 32,7-14) por los de su pueblo cuando adoraron un becerro de oro, haciendo que Dios se “arrepintiera” de la amenaza que había pronunciado contra ellos. Jesús llevará esa intercesión hasta las últimas consecuencias, ofrendando su vida por nosotros.

En la lectura evangélica de ayer Jesús (Jn 5,17-30) nos decía: “En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna”.

Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Hemos acogido a Jesús, escuchado su Palabra, y reconocido e interpretado justamente las grandes obras que ha hecho en nosotros? Habiéndole reconocido e interpretado sus obras, ¿seguimos sus pasos a pesar de nuestra débil naturaleza y ponemos en práctica su Palabra? ¿O somos de los que “no creemos al que (el Padre) envió”?

Durante esta Cuaresma, pidamos al Señor que reavive nuestra fe y afiance nuestro compromiso en Su seguimiento, de manera que podamos imitarle en su entrega total por nuestros hermanos. Esto incluye interceder ante el Padre por los pecadores, incluyendo aquellos que nos hacen daño o nos persiguen. Lo hemos dicho en ocasiones anteriores. El seguimiento de Jesús ha de ser radical. No hay términos medios (Cfr. Ap 3,15-16).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 04-03-19

El pasaje evangélico que nos propone la liturgia de hoy (Mc 10,17-30) es el del “joven rico”, llamado así por el evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que también le consideraba digno de veneración.

La pregunta que le formula el hombre rico a Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?, es decir, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del seguimiento. Si queremos ser santos, como Jesús es Santo, no puede haber nada más importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero, ni los placeres, ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”

De nuevo, no se trata de que el dinero, de por sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás (Cfr. Lc 9,62). Hay personas relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una aguja”.

Y aunque el seguimiento de Jesús, que nos conduce por el camino de la salvación, no está motivado por interés o deseo de recompensa, sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).

Si nos arrepentimos y nos tornamos hacia Dios, dejando a un lado toda “riqueza” temporal, Dios nos recibe y reanima, permitiéndonos conocer Su amor, que nos conducirá a la Verdad y a la vida eterna (Cfr. Primera lectura – Sir 17,20-28).

Dentro de dos días comenzamos la Cuaresma con la celebración del miércoles de ceniza. Aprovechemos este tiempo, y el llamado que se nos hace, para retomar nuestro camino de conversión que nos permita fijar nuestra mirada en Dios y echar a un lado todo lo que pueda apartarnos de Él.

¡Hermosa semana!

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (C) 20-01-19

Mi esposa y yo acabando de renovar nuestros votos matrimoniales en Caná de Galilea, en el lugar donde la tradición dice que se celebraron las bodas de Caná. Jesús escogió la celebración de un matrimonio para realizar su primer milagro.

“Porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”. Así termina la primera lectura de hoy, tomada del libro del profeta Isaías (62,1-5). Encontramos en este pasaje esa imagen que permea todo el Antiguo Testamento y nos presenta la relación entre Dios y su Pueblo, entre Dios y nosotros, como la que existe entre el marido y la mujer. Ese amor que es una mezcla perfecta del amor que llamamos “eros” y el amor “agapé” (Cfr. Encíclica Deus caritas est del papa emérito Benedicto XVI); ese amor que quiere poseer y a la vez entregarse, que quiere la intimidad, pero está dispuesto a sacrificarlo todo, hasta la misma intimidad, por el bien del ser amado.

Sí, así nos ama Dios a nosotros, a ti y a mí; ¡con pasión, con locura! “Y este, igual que un esposo que sale de su alcoba, se alegra como un atleta al recorrer su camino…” (Sal 19,6).  Así se siente Dios después de un momento de intimidad con nosotros. Nos ama hasta el punto que nos envió a su único Hijo para que se inmolara por nuestra salvación, por nuestro bien, por nuestra felicidad eterna. Y todo por amor…

Y es en ese mismo ambiente de bodas que Jesús comienza su vida pública, su primer “signo” (Juan llama “signos” a los milagros de Jesús), como vemos en la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este segundo domingo del Tiempo durante el año (Jn 2,1-11), el pasaje de las bodas de Caná. Y allí, junto a Él, propiciando ese milagro, estaba su madre María, nuestra Madre. Llegada la plenitud de los tiempos (Cfr. Gál 4,4), Dios nos envió a su Hijo, el “vino nuevo”, el mejor vino reservado por el “novio” para lo último: “Y entonces (el mayordomo) llamó al novio y le dijo: ‘Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora’”. Los novios comenzaban una nueva vida. Así Jesús nos ofrece una nueva vida, la vida eterna.

Y su madre María nos da la fórmula para poder disfrutar de ese vino nuevo: “Hagan lo que él diga”. Si escuchamos su Palabra y la ponemos en práctica (Cfr. Lc 11,28), podremos sentirnos amados por Dios como la novia en su noche de bodas…

“Oh Dios, siempre fiel y lleno de amor: Tu Hijo Jesús compartió con gente ordinaria la alegría de una boda, en Caná. Prepara la mesa para nosotros y escáncianos el vino sabroso de tu alianza, atráenos más cerca hacia ti y envíanos a acercarnos más a los hermanos. Caldea nuestros corazones con tu mismo amor. Haz que nuestras vidas se conviertan en fiesta, canto sin fin de alegría y alabanza dirigido a ti, nuestro Dios vivo, por medio de Jesucristo nuestro Señor” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DESPUÉS DE EPIFANÍA 11-01-19


” y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad”.

El apóstol san Juan continúa dominando la primera lectura de la liturgia de este tiempo de Navidad que culminará mañana sábado para dar paso a la Fiesta del Bautismo del Señor, que a su vez marca el inicio del Tiempo Ordinario. La lectura de hoy (1 Jn 5,5-13) comienza planteándonos una interrogante: “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” En los escritos de Juan la palabra “mundo” describe esa actitud nuestra de pensar que somos el “ombligo del mundo”, lo que nos lleva a sucumbir ante la tentación de pretender salvarnos por nuestras propias fuerzas, sin necesitar de Dios. Juan nos recuerda que solo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios puede vencer esa tentación. Solo de esa manera podemos entregarnos a Él y saber que solo en Él y por Él obtendremos la salvación y la vida eterna.

Establecido ese hecho, pasa a fundamentar su aseveración: “Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo”. Al hacer referencia al “agua y la sangre”, Juan está aludiendo a la obediencia de Jesús a su Padre hasta la muerte, en el gesto de amor más formidable en la historia de la humanidad. No olvidemos que Juan estuvo al pie de la cruz y fue testigo de la sangre y el agua que brotaron del costado de Cristo en el momento del sacrificio máximo. Jesús ha hecho el máximo sacrificio, y lo ha hecho por amor. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Como ha dicho Noel Quesson: “El Corazón abierto, del que mana «el agua y la sangre» ¡es el símbolo más fuerte y expresivo del amor!”.

Juan añade un tercer “testigo” para confirmar la veracidad de su afirmación: “el Espíritu [que] es la verdad”. Así tenemos tres testigos: el Espíritu, el agua y la sangre. Debemos recordar que en los procedimientos judiciales de la época se requerían tres testigos para probar la veracidad de un hecho. Está claro; Juan no quiere dejar lugar a dudas de que lo que dice es la verdad.

Y el resultado de ese sacrificio de amor y por amor del Hijo de Dios, es hacernos acreedores a la vida eterna: “Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna”.

Juan nos asegura que esa “vida eterna” la podemos disfrutar desde ahora, porque si tenemos al Hijo, podemos vencer al “mundo”, y si vencemos al mundo, seremos partícipes de la plenitud de la Vida que es el Hijo.

Señor, aumenta mi fe para que pueda llegar a la plenitud de la Vida en tu Hijo, de manera que pueda disfrutar desde ahora de la vida eterna que nos tienes prometida.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO 14-12-18

“¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: ‘Hemos tocado la flauta,y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Tiene un demonio’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios” (Mt 11,16-19).

Esta corta lectura evangélica es la que nos  propone la liturgia para hoy viernes de la segunda semana de Adviento. Con esta parábola Jesús pone de manifiesto la actitud del pueblo que prefería mantenerse como estaba, y no tenía intención alguna de cambiar, de escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica. No querían “comprometerse”. Jesús los compara con unos niños jugando en la plaza. Mientras unos quieren estar alegres, otros prefieren estar tristes; no se ponen de acuerdo. El problema es que cuando se refiere a los adultos del tiempo de Jesús, “esta generación” (y los de la nuestra), no se trata de un juego, se trata de la vida eterna. Lo que ocurre es que cuando se trata de las cosas de Dios, del mensaje de Jesús, de su Evangelio, siempre hay una excusa. Es más fácil decir “no creo”, que aceptarlo y enfrentar las consecuencias que esa fe implica.

Por eso cuando vino Juan el Bautista, que predicaba su mensaje de penitencia y austeridad, no le aceptaron. “Tiene un demonio” decían; “es demasiado exigente”, decían otros. Esas mismas personas,cuando vino Jesús a predicar su mensaje de amor y fraternidad, y se juntaba con pecadores, y compartía con ellos la mesa y el vino, también lo rechazaron. “Es un comilón y borracho”. Hoy día no es diferente. Preferimos estar dentro de nuestra “zona de confort”. Que no venga nadie a decirme cómo tengo que actuar; no quiero comprometerme, no me interesa cambiar.

Estamos prácticamente a mitad del tiempo de Adviento; ese tiempo que nos llama a la conversión y penitencia, y a la preparación para la espera gozosa de Jesús. ¿Cuál es nuestra excusa para negarnos a entraren el Adviento y vivir el gozo de la Navidad? ¿Asumimos la actitud de que si“nos tocan la flauta” nos negamos a bailar y si nos “cantan lamentaciones” nos negamos a llorar?

No hay duda. Resulta más cómodo vivir desde ahora una “Navidad por adelantado” con la fiesta, la comida, la bebida, la música “típicas” de la época, sin compromiso espiritual alguno, sin necesidad de cambio (me siento bien como estoy), porque si tomo en serio a Cristo y a su mensaje, me voy a “poner en evidencia” y me voy a ver obligado a decidir entre lo que me ofrece Cristo y lo que me ofrece el mundo.

Durante esta época de Adviento la Iglesia nos invita a dejar que Jesús entre en nuestras vidas, en nuestros corazones, con todas las consecuencias que ello implica; lo que yo llamo la “letra chica” que está implícita en el seguimiento del Evangelio. Pidamos al Señor que nos ayude a comprender que el momento de cambiar y comprometernos es “ahora”. Solo así seremos acreedores del Reino.

¡Piénsalo!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TRIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 24-11-18

Hoy celebramos la memoria obligatoria de San Andrés Dung-Lac junto con los otros 116 mártires vietnamitas de los siglos XVIII y XIX (ocho obispos, cincuenta sacerdotes, cincuenta y nueve laicos, hombres y mujeres de diferentes edades y condiciones, todos los cuales prefirieron el destierro, las cárceles, los tormentos y finalmente la muerte a renunciar a su fe.

El pasaje que la liturgia nos propone para hoy (Ap 11,4-12) trata precisamente sobre dos “testigos”, a quienes Juan llama “los dos olivos y los dos candelabros que están en la presencia del Señor de la tierra”. La palabra “mártir” se deriva del griego “martyr”, que quiere decir “testigo”. En el caso de los cristianos, el mayor testimonio que podemos de nuestra fe es la vida misma; estar dispuestos a morir antes de renegar de nuestra fe, como lo han hecho tantos mártires a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y sigue ocurriendo hoy. Entre ese grupo de cristianos valientes la Iglesia reconoce a San Andrés Dung-Lac junto con los otros 116 mártires vietnamitas, quienes fueron canonizados por El Papa san Juan Pablo II el 19 de junio de 1988 en la Plaza de San Pedro.

Esta lectura, típica del género apocalíptico, está preñada de símbolos, muchos tomados del Antiguo testamento, como la referencia a “los dos olivos” y “los dos candelabros (Cfr. Zc 4,3.14). Esta lectura es continuación del texto anterior que nos habla de los dos testigos que habían sido enviados a proclamar la Palabra (11,1-3). El Señor advierte que los que traten de hacerles daño morirán sin remedio. Vemos cómo estos dos testigos, “al terminar su testimonio” se enfrentarán sin temor al maligno, quien “les hará guerra, los derrotará y los matará”. Y como suele suceder en el género apocalíptico, los enemigos podrán obtener victorias parciales, pero al final, las fuerzas del bien triunfarán sobre las fuerzas del mal. Mientras todos se felicitaban y festejaban por la muerte de los profetas, porque estos les herían con sus palabras, y exhibían sus cadáveres sin darle sepultura, “un aliento de vida mandado por Dios entró en ellos y se pusieron de pie, en medio del terror de todos los que lo veían”, mientras una voz desde el cielo decía: “Subid aquí”. Y ascendieron al cielo.

El Señor nos está asegurando que los que estén dispuestos a mantenerse firmes en su testimonio, resucitarán para la vida eterna, a diferencia de los que les hicieron daño, que “morirán sin remedio”. Leemos en las actas martiriales cómo aquellos cristianos preferían ser devorados por las fieras mientras cantaban himnos y salmos, y me imagino que uno de los que cantaban sería el Salmo 16: “Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado, nunca vacilaré. Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro: porque no me entregarás a la Muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro”. Porque el cristiano que cree en la resurrección nunca será presa de la muerte, pues cree en la promesa de que en el día final resucitará para no morir jamás.

Ayúdame, Señor, a mantenerme firme en mi fe a pesar de los ataques, las burlas, las dificultades, las persecuciones. ¡Señor yo creo, pero aumenta mi fe!

Para una reflexión sobre el Evangelio de hoy ver:   http://delamanodemaria.com/?p=8001

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 29-10-18

El Evangelio de hoy (Lc 13,18-21) nos presenta dos “extractos” del discurso parabólico de Jesús acerca del Reino, y nos presenta dos perspectivas del Reino: la extensión del mismo, representada por el grano de mostaza, y su intensidad, representada por la levadura.

Cuando Jesús intenta explicar a sus discípulos la naturaleza del Reino, está consciente que no resulta fácil hacerlo en una manera que sea comprensible, pues se trata de algo “que no es de este mundo” (Jn 18,36), algo que ya ha llegado pero que todavía no ha alcanzado su plenitud (“Ya, pero todavía…”). Por eso tiene que recurrir a comparaciones, al uso de parábolas. Son tantas las alusiones de Jesús al Reino citadas por Lucas, que resultaría impráctico citarlas todas en tan breve espacio. A manera de ejemplo, comienza diciendo que Él ha venido a anunciar la “buena nueva” del Reino de Dios (4,43); declara “bienaventurados” a los pobres, porque a ellos les pertenece el Reino (6,20); envía a los “doce” a proclamar el Reino (9,2); anuncia que el Reino “está cerca” (10,9-11); cuando enseña a sus discípulos a orar les instruye que digan: “venga a nosotros tu Reino”; dice que de los niños, y de los que son como ellos es el Reino (18,16); y finalmente, el buen ladrón le dice a Jesús: “acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino” (23,42).

El Reino, eso por lo que hay que dejar casa, mujer, hermanos, padre e hijos (18,29), rebasa toda comprensión por parte de los discípulos. Pero para que no se desanimen, les asegura que con los pocos recursos que tienen, pueden llevar a cabo su misión.

Para ello recurre primero al grano de mostaza, la semilla más pequeña de todas (los representa a ellos, los humildes comienzos del Reino), que cuando se planta y crece se convierte en un arbusto en el que anidan los pájaros. El Reino es algo que crece, que “brota” de la tierra, como lo hace una semilla cuando germina; es la vida misma que se abre paso poco a poco para romper la tierra que la aprisiona, y alzarse sobre ella. Nos enseña que el Reino no es algo estático, circunscrito a unos límites territoriales o temporales. Tiene que crecer y ha de seguir creciendo, aunque a veces su crecimiento sea lento, casi imperceptible.

La levadura, por su parte, le imparte a la imagen del Reino que Jesús quiere transmitir ese elemento de potencia de transformación que ocurre de forma casi imperceptible, como cuando la masa se mezcla con la levadura viva y se deja cubierta para esperar que fermente, y se  transforma en una hogaza lista para ser metida en el horno. El Reino ha de seguir transformándose, creciendo, hasta llegar a su plenitud en el día final, cuando se lleven a cabo las bodas del Cordero (Cfr. Ap 21).

Jesús nos envía a proclamar la buena noticia del Reino. Tenemos que seguir regando la semilla para que germine, rogándole al Señor que envíe operarios a su mies (Mt 9,38; Lc 10,2). Anda, ¡atrévete!; la paga es abundante: la Vida eterna (Cfr. Rom 6,23; Mt 10,32).