REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 16-02-19

Hoy la liturgia nos ofrece como lectura evangélica la “segunda multiplicación de los panes” (Mc 8,1-10). Como veremos más adelante, Marcos aprovecha la narración de esta segunda multiplicación para enfatizar lo que ha venido presentado en las lecturas de los días anteriores, que la mesa de Jesús está abierta a todos, judíos y paganos. También nos apunta hacia el sacramento que constituirá el culmen del culto cristiano: la Eucaristía.

La narración comienza diciendo que había “mucha gente” que seguía a Jesús y “no tenían qué comer”. A renglón seguido Marcos destaca una vez más la dimensión humana de Jesús; nos presenta a un Jesús capaz de sentimientos profundos, un Jesús rico en misericordia, que se compadece de los que tienen hambre y  comparte su pan: “Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos”. Esta última aseveración también nos apunta a la universalidad de la redención en la persona de Cristo Jesús, haciéndose eco de la referencia a “los que vienen de lejos”, frase utilizada en el libro de Josué (9,6), y en Is 60,4 para referirse a los paganos.

Esto último adquiere mayor relevancia cuando tomamos en cuenta que Marcos escribe para los paganos de la región itálica. Estos comprenden el mensaje que se les quiere transmitir: Ellos, que han “venido desde lejos”, también están invitados al banquete eucarístico de los tiempos mesiánicos.

De hecho, si comparamos la primera multiplicación de los panes con esta segunda, vemos más claro aún la relación entre la Eucaristía y la universalidad de la salvación. Así, por ejemplo, la primera ocurre en territorio judío para los judíos; la segunda ocurre en territorio pagano (la Decápolis). En la primera Jesús “bendijo” los panes, mientras que en la segunda pronunció la “acción de gracias” (eu-caristein en griego), un término familiar para los paganos, que sería adoptado por los cristianos para referirse a la celebración del sacramento que constituye el culmen de la liturgia, el banquete eucarístico al que todos estamos invitados y en el cual Jesús se nos ofrece a sí mismo como “pan de vida” (Cfr. Jn 6,35).

Además, en ambos relatos hay un sobrante, una sobreabundancia de panes, símbolo de un alimento que es inagotable y, por tanto, debe ponerse a disposición de los demás. Hoy nosotros, como Iglesia, hemos recibido la misión de anunciar la Palabra, la Buena Noticia del Reino a todos los pueblos de la tierra. Y ese anuncio va unido a un “dar de comer”, a practicar las obras de misericordia, a “servir” en el sentido más amplio de la palabra. Como hemos señalado en otras ocasiones, no tenemos que hacer milagros espectaculares como la multiplicación de los panes, pero sí podemos atender, acompañar, dedicar nuestro tiempo y compartir nuestros recursos, por escasos que sean, con los más necesitados. Entonces estaremos efectuando una verdadera “multiplicación” del mensaje inagotable de caridad, paz, esperanza y bienestar que Jesús nos legó en su actitud hacia los más necesitados.

Que tengan un hermoso fin de semana, y no olviden visitar la Casa del Señor. Allí hay pan en abundancia.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 09-02-19

La lectura del Evangelio que la liturgia nos propone para hoy (Mc 6,30-34) retoma la narración del primer “envío” que leíamos el pasado jueves (Mc 6,7-13). Hoy se nos presenta el regreso de los apóstoles de esa misión. El evangelista no nos dice cuánto tiempo estuvieron misionando, solo nos dice que “los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado”. Me imagino el entusiasmo de los apóstoles contando todas sus peripecias durante la misión. Había llegado la hora del “informe”, de comparar notas con el Maestro, de recibir crítica constructiva de Él.

Así debería ser la Asamblea eucarística del domingo. Cada vez que terminamos la misa, con el rito de conclusión, el sacerdote nos “envía” a la aventura de la vida a vivir lo que celebramos, llevando a Jesús en nuestros corazones, para que con nuestros quehaceres diarios alabemos y bendigamos al Señor. Así, después de nuestra “misión” durante la semana, nos reunimos nuevamente el siguiente domingo en torno a la mesa con Jesús, tal como lo hicieron los apóstoles en el pasaje evangélico de hoy. Cuando el Señor nos pregunte sobre nuestra misión, ¿qué le vamos a decir?

Jesús está consciente de que después del viaje misionero los apóstoles deben estar cansados y hambrientos. Por eso les dice: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. El descanso y la alimentación son necesarios para mantenerse saludables y poder continuar predicando. En la celebración eucarística del domingo el Señor nos brinda un espacio de descanso de los trajines de la vida diaria, y nos alimenta con su Palabra y su Persona.

Continúa diciendo el relato que era tanta la gente que “no encontraban tiempo ni para comer”. Se montaron en una barca para ir a otro lugar tranquilo, pero la gente los siguió corriendo por la orilla del lago y se les adelantaron.

Al ver a la gente, Jesús sintió “lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. Vio la necesidad, el hambre espiritual de aquella multitud, y se sintió conmovido, al punto del sacrificio. Aquí se destaca otra dimensión de Jesús. Marcos nos presenta, no tanto el gran hacedor de milagros, sino el Pastor que cuida de su rebaño, aludiendo a una figura que encontramos en el antiguo testamento para referirse al pueblo de Israel que se había descarriado: “He visto a todo Israel disperso por las montañas, como ovejas sin pastor” (1 Re 22,17). Asimismo, nos lo presenta como el hombre sensible, que se compadece. Recordemos que Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús, quien habla con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús.

Trato de imaginar qué le diría Jesús a aquella multitud. Marcos no nos ofrece detalles sobre el contenido de la enseñanza de Jesús. Debemos suponer que les hablaba de la llegada del Reino, pues Marcos había establecido esto como la misión de Jesús, desde el comienzo de su Evangelio (1,14-15).

Esa es también nuestra misión (Mc 16,15). ¿Aceptas el reto?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TRIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 23-11-18

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy (Ap 10,8-12; Lc 19 45-48), aunque a primera vista parecerían no estar relacionadas, tratan el mismo tema.

La primera, tomada del libro del Apocalipsis, nos muestra a Juan recibiendo una orden de comerse un libro: “Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor”. Juan hizo lo que le ordenaba el ángel y en efecto así sucedió. Entonces le dijeron: “Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”.

Los exégetas interpretan ese símbolo de comerse el libro, como “alimentarse de la palabra y del pensamiento que contiene”. Esa palabra que cuando la recibimos se nos muestra dulce al paladar, con una dosis sobreabundante de amor y misericordia. Pero cuando la digerimos, es decir, cuando vemos las realidades de nuestro alrededor y vemos cómo esa Palabra es ignorada, pisoteada, y hasta manipulada y utilizada para fines contrarios a ella, sentimos amargura.

Entonces esa Palabra, “cortante como espada de doble filo” (Hb 4,12), nos dice que no podemos permanecer indiferentes, que tenemos que salir a profetizar y protestar, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) contra todo aquello que cause desigualdad, discrimen, odio y violencia; todo aquello que esté en contra del mensaje liberador de Jesús, y que debe provocar tristeza y amargura en el corazón de Dios.

Eso nos lleva al Evangelio. “Todos los días Jesús enseñaba en el Templo”, y el pueblo escuchaba su Palabra: “el pueblo entero estaba pendiente de sus labios”. Jesús nos trajo una nueva forma de culto, sustituyendo el culto meramente ritual que practicaban los judíos por un culto “en espíritu y verdad”, en el que su Palabra y nuestra oración cobran un papel importantísimo, y nos conducen al centro de la liturgia que es Él mismo que se hace presente en la Eucaristía. Por eso toda la primera parte de la misa es la “enseñanza” de Jesús, precisamente en el mismo lugar que Él lo hacía, en el Templo.

La denuncia de Jesús que escuchamos en el Evangelio, cuando nos dice: “‘Mi casa es casa de oración’; pero vosotros la habéis convertido en una ‘cueva de bandidos’”, nos hace preguntarnos: Nuestros templos, ¿son “casa de oración”? Basta con entrar en algunos templos y ver que, por el nivel de ruido y falta de reconocimiento a Jesús Eucaristía que está presente, parecen más una plaza pública que una casa de oración. Y en nuestros templos, ¿hay mercaderes como los que Jesús expulsó? ¿Se muestra un interés desmedido por los aspectos económicos, aún por encima de la oración y la caridad? En las reuniones de nuestros consejos parroquiales, ¿le prestamos más atención al “presupuesto” y las finanzas parroquiales que a la pastoral?

Ahora que estamos prácticamente en el umbral del Adviento, hagamos un poco de introspección comunitaria. Esa Palabra “dulce al paladar” que recibimos, ¿nos causa “ardor” al digerirla? Entonces es tiempo de asumir la misión profética para la que se nos ungió en el bautismo.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 22-09-18

El Evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 8,4-15), la parábola del sembrador, es uno de esos que no requiere interpretación, pues el mismo Jesús se encargó de explicarla a sus discípulos. La conclusión destaca la importancia de escuchar y guardar la Palabra de Dios. En el pasaje siguiente de Lucas, Jesús reafirma esa conclusión: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8,21). De esta manera Jesús destaca que aún su propia madre es más madre de Él por escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios que por haberlo parido. Como el mismo Jesús dice al final de la parábola: “El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Como primera lectura tenemos la continuación de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,35-37.42-49). El pasaje que contemplamos hoy es secuela de la primera lectura que leyéramos el pasado jueves (1 Cor 15,1-11), que nos presentaba la veracidad del hecho de la resurrección de Jesús. Hoy Pablo aborda el tema de nuestra resurrección. La manera en que lo plantea apunta a que la controversia que pretende explicar surge no tanto del “hecho” de la resurrección, sino del “cómo”: “¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Qué clase de cuerpo traerán?”. La controversia parece girar en torno a la diferencia entre la concepción judía y la concepción griega de la relación entre el alma y el cuerpo, y cómo esto podría afectar el “proceso” de la resurrección.

Sin pretender entrar en disquisiciones filosóficas profundas (cosa que tampoco haremos aquí), Pablo le plantea a sus opositores el ejemplo de la semilla, que para poder tener plenitud de vida, tiene que morir primero: “Igual pasa en la resurrección de los muertos: se siembra lo corruptible, resucita incorruptible; se siembra lo miserable, resucita glorioso; se siembra lo débil, resucita fuerte; se siembra un cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual. Si hay cuerpo animal, lo hay también espiritual”. De esta manera Pablo explica la naturaleza del cuerpo glorificado (Cfr. Fil 3,21) que hemos de adquirir en el día final cuando todos resucitaremos (Jn 5,29; Mt 25,46); ese día en que esperamos formar parte de esa enorme muchedumbre, “imposible de contar”, de gentes que comparecerán frente al Cordero a rendirle culto por toda la eternidad, vestidas con túnicas blancas y palmas en las manos (Cfr. Ap 7,9.15).

El “hecho” de la resurrección no está en controversia. En cuanto al “cómo”, eso es una cuestión de fe. Si creemos en Jesús, y le creemos a Jesús y a su Palabra salvífica, tenemos la certeza de que si Él lo dijo, por su poder lo va a hacer. “Para Dios, nada es imposible” (Lc 1,37). Jesús resucitó gracias a su naturaleza divina; y, gracias al Espíritu que nos dejó y a su presencia en la Eucaristía, nosotros también participamos de su naturaleza divina. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54).

Mañana, cuando acudamos a la Casa del Padre y nos acerquemos a la mesa del Señor a recibir la Eucaristía, recordemos que estamos recibiendo Vida eterna. Lindo fin de semana a todos.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 17-09-18

Las lecturas bíblicas que nos propone la liturgia para el día de hoy (1 Cor 11,17-26.33 y Lc 7,1-11), aparentemente desarraigadas entre sí, tienen un vínculo que las une. La primera es uno de los “regaños” de Pablo a la comunidad de Corinto, que tantos dolores de cabeza le causó, por la conducta desordenada que estaban observando en las celebraciones eucarísticas, y la desunión que se manifestaba entre ellos. Pablo aprovecha la oportunidad para enfatizar la importancia y seriedad que reviste esa celebración, narrando el episodio de la institución de la Eucaristía que todos conocemos, pues lo repetimos cada vez que la celebramos.

La lectura evangélica, por su parte, nos narra la curación del criado del centurión. En ese episodio un centurión (pagano), envía unos judíos a hablar con Jesús para que este curara a su siervo, que estaba muy enfermo. Jesús partió hacia la casa del centurión para curarlo, pero cuando iba de camino, llegaron unos emisarios de este que le dijeron a Jesús que les mandaba decir a Jesús: “Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”. A renglón seguido añade que él está bajo el mando de superiores y a su vez tiene subordinados.

Tenemos ante nosotros a todo un militar de alto rango que reconoce la autoridad de Jesús por encima de la de él, y que la presencia física no es necesaria para que la palabra con autoridad sea efectiva. Pero el centurión no solo le reconoce autoridad a Jesús, se reconoce indigno de Él, se reconoce pecador. Es la misma reacción que observamos en Pedro en el pasaje de la pesca milagrosa: “Apártate de mí, que soy un pecador” (Lc 5,8).  He aquí el vínculo entre la primera y segunda lecturas. ¿Qué decimos inmediatamente antes de la comunión? “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para salvarme”.

Esta actuación de centurión de dar crédito a la Palabra de Jesús y hacer de ella un acto de fe, lleva a Jesús a exclamar: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”. Se trata de una confianza plena en la Palabra de Jesús. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no se trata de meramente “creer en Jesús”, se trata de “creerle a Jesús”. Es la actitud de Pedro en el episodio de la pesca milagrosa: “Si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5,5). A diferencia de los judíos que exigían signos y requerían presencia para los milagros, este pagano supo confiar en el poder salvífico y sanador de la Palabra de Jesús.

La versión de Mateo sobre este episodio contiene un versículo que Lucas omite, que le da mayor alcance al mismo: “Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes” (Mt 8,11-12). Vino a los suyos y no lo recibieron (Jn 1,11). No lo recibieron porque les faltaba fe. La Nueva Alianza que Jesús viene a traernos se transmite, no por la carne como la Antigua, sino por la infusión del Espíritu. El Espíritu que nos infunde la virtud teologal de la fe, por la cual creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado. Y esa está abierta a todos, judíos y gentiles.

Hoy, pidamos al Señor que acreciente en nosotros la virtud de la fe, para que creyendo en su Palabra y poniéndola en práctica, seamos acreedores de las promesas del Reino.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL T.O. (B) 26-08-18

La liturgia de hoy nos presenta la culminación del “discurso del pan de vida” (Jn 6,60-69), que hemos estado contemplando durante los pasados cuatro domingos.

En el Evangelio que contemplábamos el pasado domingo (Jn 6,51-59) Jesús había enfatizado en cinco ocasiones la necesidad de “comer su carne” y “beber su sangre” para obtener la vida eterna, en una alusión al sacramento de la Eucaristía que para ellos resultaba incomprensible. Esto, en respuesta a los comentarios de los judíos, quienes se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Lejos de suavizar o justificar sus palabras, reitera que el que no coma su carne y beba su sangre “no tendrá vida” en sí mismo, es decir, no tendrá la vida que da la Gracia, añadiendo que ello es necesario para que podamos “habitar” en Él y Él en nosotros.

Aquellas palabras (eso de “comer” su carne y “beber” su sangre) resultaban fuertes y escandalosas, duras, para muchos de los “discípulos” que le seguían: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Jesús no intenta convencerlos ni trata de explicar su discurso. Por el contrario, se reitera en lo dicho y les increpa: “¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen… Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Esas palabras hicieron que muchos discípulos suyos se echaran atrás y dejaran de seguirle.

Entonces Jesús se viró hacia donde estaban los Doce (trato de imaginarme la escena) y les lanza un desafío: “¿También ustedes quieren marcharse?” Como siempre, Simón Pedro tomó la palabra e hizo una profesión de fe: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Las palabras de Jesús siempre son motivo de controversia. Ya el anciano Simeón lo había profetizado desde el comienzo (Lc 2,34). Y hoy día no es diferente. Su seguimiento es exigente, duro, el estilo de vida que implica está reñido con los gustos, las tendencias del mundo actual. Seguir a Jesús implica hacerse uno con Él, “comer su carne”, no solo en la Eucaristía, sino también participar de su encarnación, y “beber la sangre” de su sacrificio.

Los que queremos perseverar, los que queremos permanecer fieles a Él, necesitamos comer constantemente de ese “pan de Vida”, no solo en la mesa de la Eucaristía, sino también en la mesa de la Palabra, que es también fuente de vida eterna: “¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

En la Eucaristía encontramos alimento, y en la Palabra el aliento y el consuelo que nos permite continuar en el camino a la Vida eterna que Él regala de balde a los que comemos de su cuerpo y bebemos de su sangre.

Él siempre tiene la mesa de la Eucaristía y la mesa de la Palabra dispuestas para ti.

¡Acércate! Él te está esperando…

REFLEXIÓN PARA EL DECIMONOVENO DOMINGO DEL T.O. (B) 12-08-18

La primera lectura de hoy (1 Re 19,4-8) nos presenta al profeta Elías huyendo de la reina Jezabel, que había prometido matarlo. Luego de caminar por el desierto, llegó un momento en que, como nos pasa a nosotros muchas vences en nuestras vidas, se sintió cansado, agobiado, rendido, frustrado, al punto de desear su propia muerte, y simplemente se acostó a dormir (hoy día a eso le llamarían “depresión”).

Pero lo que Elías no sabía era que la misión que Dios tenía para él no había concluido. Por eso le envía un ángel que le lleva pan y agua, y le ordena comer. Elías, como todo buen deprimido, comió y se volvió a acostar. Entonces el ángel del Señor lo volvió a tocar, le ordenó levantarse, e insistió en que comiera nuevamente porque el camino que tenía por delante era superior a sus fuerzas y con ese pan (“con la fuerza de ese alimento”) lo iba a lograr. Así caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb.

Podemos ver en este pasaje cómo la combinación de la palabra de Dios pronunciada a través del ángel, junto con el pan (que había “bajado del cielo” de manos del ángel), levantaron al profeta de su letargo físico y espiritual y le permitieron seguir adelante con su misión.

En el evangelio (Jn 6,41-51) encontramos a Jesús frente a aquellos que hace poco lo seguía porque les había hartado y ahora le critican, murmuran contra Él, como lo hicieron con Moisés en el desierto, porque se les ha presentado Él mismo como el “pan bajado del cielo”. Entonces Jesús les dice: “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí”. Y luego añade: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera”.

Nuevamente vemos la combinación de la escucha de la Palabra de Dios y el “pan de vida”, la energía, el “combustible” que nos da la fuerza para continuar nuestro camino hacia la vida eterna (“el que coma de este pan vivirá para siempre”). El mensaje es claro. Si escuchamos al Padre, creemos en Jesús; y si creemos en Jesús, y le creemos a Jesús, que es la Palabra hecha carne (Jn 1,14), y “comemos su carne”, “viviremos para siempre”. ¡Qué promesa!

Jesús nos legó la Eucaristía (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-23; Lc 22, 19-20, 1 Cor 11,23-25), que más que una “combinación” de Palabra y Pan, es la propia Palabra de Dios hecha carne, el alimento físico y espiritual por excelencia que nos proporciona la fortaleza necesaria para continuar nuestro peregrinar hacia la vida eterna a esa “vida en abundancia” que Jesús nos ha prometido.

Cuando te sientas cansado, agobiado, como se sintió el profeta Elías, recuerda las palabras de Jesús: “Vengan a mi todos los que estén fatigados y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28). Y la Eucaristía te brinda el lugar de encuentro por excelencia. Hoy es un buen día; reconcíliate con Él y recíbelo en tu cuerpo y en tu alma.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR 06-08-18

Altar mayor de la Basílica de la Transfiguración, construida en lo alto del Monte Tabor, donde la tradición dice que ocurrió el episodio que nos narra la liturgia de hoy, y donde tuve el privilegio de servir como ayudante del altar.

Hoy celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor, otro de esos eventos importantes que aparecen en los tres evangelios sinópticos. La liturgia de hoy nos presenta la versión de Marcos (9,9-12).

Nos dice la lectura que Jesús tomó consigo a los discípulos que eran sus amigos inseparables: Pedro, Santiago y su hermano Juan, y los llevó a un monte apartado, que la tradición nos dice fue el Monte Tabor. Allí “se transfiguró delante de ellos”, es decir, les permitió ver, por unos instantes, la gloria de su divinidad, apareciendo también junto a Él Moisés y Elías, “conversando con Él”.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, esta narración está tan preñada de simbolismos, que resulta imposible reseñarlos en estos breves párrafos. No obstante, tratemos de resumir lo que la transfiguración representó para aquellos discípulos.

Los discípulos ya han comprendido que Jesús es el Mesías; por eso lo han dejado todo para seguirlo, sin importar las consecuencias de ese seguimiento. Pero todavía no han logrado percibir en toda su magnitud la gloria de ese Camino que es Jesús. Así que Él decide brindarles una prueba de su gloria para afianzar su fe. Podríamos comparar esta experiencia con esos momentos que vivimos, por fugaces que sean, en que vemos manifestada sin lugar a dudas la gloria y el poder de Dios; esos momentos que afianzan nuestra fe y nos permiten seguir adelante tras los pasos del Maestro.

Pedro quedó tan impactado por esa experiencia, que cuando escribió su segunda carta (primera lectura de hoy, 2 Pe 1-16-19), lo reseñó con emoción, recalcando que fue “testigo ocular” de la grandeza de Jesús, añadiendo que escuchó la voz del Padre que les dijo: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”.

El simbolismo de la presencia de Moisés y Elías en este pasaje es fuerte, pues Moisés representa la Ley, y Elías a los profetas (la Ley y los Profetas son otra forma de referirse al Antiguo Testamento). Y el hecho de que aparezcan flanqueando a Jesús, quien representa el Evangelio, nos apunta a la Nueva Alianza en la persona de Jesucristo (los términos “Testamento” y “Alianza” son sinónimos), la plenitud de la Revelación.

Pero hay algo que siempre me ha llamado la atención sobre el relato evangélico de la Transfiguración. ¿Cómo sabían los apóstoles que los que estaban junto a Jesús eran Moisés y Elías, si ellos no los conocieron y en aquella época no había fotos? Podríamos adelantar, sin agotarlas, varias explicaciones, todas en el plano de la especulación.

Una posibilidad es que al quedar arropados de la gloria de Dios se les abrió el entendimiento y reconocieron a los personajes. Otra posible explicación que es que por la conversación entre ellos lograron identificarlos.

Hoy nosotros tenemos una ventaja que aquellos discípulos no tuvieron; el testimonio de su Pascua gloriosa, y la “transfiguración” que tenemos el privilegio de presenciar en cada celebración eucarística. Pidamos al Señor que cada vez que participemos de la Eucaristía, los ojos de la fe nos permitan contemplar la gloria de Jesús y escuchar en nuestras almas aquella voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”.

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOCTAVO DOMINGO DEL T.O. (B) 05-08-18

La primera lectura de hoy (Ex 16,2-4.12-15) nos sirve de marco de referencia para el evangelio (Jn 6,24-35). Esta lectura nos presenta al pueblo en el desierto, luego de haber sido liberado de la esclavitud en Egipto, “murmurando” contra Dios por haberlos enviado al desierto para morir de hambre, y a un Dios providente que les envía codornices y maná para saciar su hambre.

No habían pasado tres meses desde que Dios los había liberado de las plagas que envió sobre el pueblo egipcio, de haberlos liberado de la esclavitud en Egipto, y de haber separado las aguas del mar Rojo para huir del ejército del faraón, y ya se les había olvidado todo lo que Dios había hecho por ellos. Tan solo pensaban en hartarse de carne y pan.

Las codornices y el maná que Dios les provee son alimento material que tiene como propósito satisfacer el hambre corporal. Así mismo recibieron los judíos el pan de la multiplicación que Jesús les acababa de dar en la multiplicación de los panes que leyéramos el domingo pasado (Jn 6,1-15).

En el evangelio de hoy esas mismas personas siguen a Jesús hasta el otro lado del mar de Galilea y Jesús, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, sabe que lo han seguido por interés, que no han comprendido el significado del milagro: “Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Ésta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”.

Ante las preguntas de los que le seguían, Jesús les asegura que no fue Moisés quien les dio a comer pan en el desierto, sino el Padre, y que ahora el verdadero pan que Dios les da “es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo”. Se nos está presentando Él mismo como ese único pan capaz de satisfacer el hambre de eternidad, de vida eterna. Por eso se presenta diciendo: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed”. Ese “Yo soy” que repercute a lo largo del evangelio según san Juan (“Yo soy… la luz del mundo,… la resurrección y la vida,… la puerta,… el Buen Pastor,… la vid,… el camino, la verdad y la vida”.) nos evoca el nombre con que Yahvé se presentó a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3,14). De ese modo Jesús revela su divinidad.

Este pasaje también prefigura la Eucaristía, ese “pan” que no solo satisface el hambre corporal, sino que también es el alimento para el alma que nos da las fuerzas para llegar a la Casa del Padre.

Hoy, día del Señor, tenemos que preguntarnos: ¿Me acerco al Señor para que Él satisfaga mis necesidades materiales, o me acerco buscando ese alimento espiritual que da la fortaleza para continuar mi camino a la vida eterna?