REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA OBLIGATORIA DE SAN BERNABÉ, APÓSTOL 11-06-20

Hoy celebramos la memoria obligatoria de san Bernabé, apóstol. Bernabé no fue uno de los “doce” elegidos por Jesús. No obstante, desde los comienzos de la Iglesia fue considerado apóstol, primordialmente por su amplia labor apostólica y la misión que el Espíritu Santo le encomendó, según nos relata Lucas en la primera lectura de hoy (Hc 11,21b-26;13,1-39).

Bernabé era levita (de la tribu de Leví) oriundo de Chipre. Su nombre era José, pero este le fue cambiado por los apóstoles a Bernabé, que quiere decir “hijo de la exhortación”, se menciona en el libro de los Hechos de los Apóstoles por su generosidad, habiendo vendido una propiedad que tenía y puesto su importe a disposición de los apóstoles (4,36).

La lectura nos presenta a Bernabé predicando exitosamente el Evangelio en Antioquía: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. Entusiasmado por la acogida de la Palabra en Antioquía, fue a buscar a Pablo y lo trajo a esa ciudad, en donde ambos permanecieron un año. Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización de mundo pagano. Nos dice la lectura que en aquél lugar “había profetas y maestros”. Tan visible fue el éxito de Pablo y Bernabé en esta misión, y tan floreciente la comunidad de Antioquía, que fue allí donde por primera vez llamaron “cristianos” a los seguidores de Jesús (11,26c). Hasta entonces se les conocía como los seguidores del “Camino”.

Hemos dicho en ocasiones anteriores que el libro de los Hechos de los Apóstoles se conoce como el “Evangelio del Espíritu Santo”, porque recoge la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia. Así, la lectura nos dice que mientras la comunidad ayunaba y daba culto al Señor, “dijo el Espíritu Santo: ‘Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado’. Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron”. De allí partirían a evangelizar Seleucia, Chipre, Pafos, Perge de Panfilia, Iconio, Laconia y Listra, para luego regresar a Antioquía. Una lectura de los capítulos 13-15 de los Hechos de los Apóstoles nos revela la extensión de la labor apostólica de Pablo y Bernabé, y cómo el Espíritu Santo actuaba poderosamente efectuando conversiones y haciendo toda clase de milagros, y protegiéndolos, salvándolos de ser lapidados.

¡Ojalá nuestras comunidades de fe estuvieran tan atentas y dóciles al Espíritu Santo como aquella comunidad de Antioquía!

La Tradición nos presenta a Bernabé llegando a ser obispo de Milán, y martirizado alrededor del año 60 en Salamina.

“Señor Dios nuestro, la Iglesia de Antioquía, movida por el Espíritu Santo, envió a Pablo y Bernabé en misión apostólica entre paganos. Que la Iglesia de hoy, en cualquier parte del mundo, envíe buenos y celosos hombres y mujeres a anunciar el Evangelio. Llena a todos los misioneros con el Espíritu Santo y con gran fe, para que puedan tocar los corazones de los hombres y los ganen como discípulos y amigos de Jesucristo nuestro Señor” (Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS 31-05-20

“Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré”.

Hoy celebramos la gran solemnidad de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles mientras se encontraban reunidos en oración, junto a la María, la madre de Jesús, y otros discípulos, siguiendo las instrucciones y esperando el cumplimiento de la promesa del Señor quien, según la narración de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento en que iba a ascender al Padre les pidió que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre. La promesa “que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” (Hc 1,4b-5). Y luego añadió: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (1,8).

Se refería Jesús a la promesa que Jesús les había hecho de enviarles su Santo Espíritu: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Jesús ya vislumbra en el horizonte aquella Iglesia a la cual Él confiaría continuar su misión. Hasta ahora han estado juntos, él ha permanecido con ellos. Pero tienen que “ir a todo el mundo a proclamar el Evangelio”. Cada cual por su lado; y Él no puede físicamente acompañarlos a todos. Al enviarles el Espíritu Santo, este podrá acompañarlos a todos. Así podrá hacer cumplir la promesa que les hizo antes de marcharse: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe es la acción del creer, es actuar conforme a lo que creemos, es confiar plenamente en la palabra de Dios. Más que creer en Dios es creerle a Dios, creer en sus promesas.

Los apóstoles llevaron a cabo un acto de fe. Creyeron en Jesús y le creyeron a Jesús. Por tanto, estaban actuando de conformidad: Permanecieron en Jerusalén, y perseveraban en la oración con la certeza de que el Señor enviaría su Santo Espíritu sobre ellos. Y como sucede cada vez que llevamos a cabo un acto de fe, vemos manifestada la gloria y el poder de Dios. En este caso ese acto de fe se  tradujo en la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María la madre de Jesús, episodio que nos narra la primera lectura de hoy (Hc 2,1-11). Nos dice la lectura que “de repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.

Cuando pensamos en Pentecostés siempre pensamos en las “lengüitas de fuego”, y pasamos por alto la ráfaga de viento que precedió a las lenguas de fuego. Las últimas representan, no al Espíritu en sí, sino a una de sus manifestaciones, el carisma de hablar en lenguas extranjeras (xenoglosia). El poder pleno del Espíritu que recibieron aquél día está representado en la ráfaga de viento. De ahí que la Iglesia, congregada alrededor de María, recibió algo más; recibió la plenitud del Espíritu y con él la valentía, el arrojo para salir al mundo y enfrentar la persecución, la burla, la difamación que enfrenta todo el que acepta ese llamado de Jesús: “sígueme”. Así, aquellos hombres que habían estado encerrados por miedo a las autoridades que habían asesinado a Jesús, se lanzan a predicar la buena nueva de Jesús resucitado a todo el mundo.

Si invocamos el Espíritu Santo, no hay nada que nos dispongamos a hacer por el Reino que no podamos lograr. Y tú, ¿lo has invocado?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 30-05-20

“Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”.

¡Mañana es Pentecostés! La solemnidad que celebra la venida del Espíritu Santo sobre el colegio apostólico reunido en torno a María, la madre de Jesús. Si bien la Iglesia gira en torno al Misterio Pascual de Cristo, es el Espíritu quien guía a los pecadores que la componemos para tomar las decisiones más humanas de Su Iglesia. Por eso ha perdurado dos mil años, a pesar de las debilidades de sus miembros.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy nos presentan el pasaje final del libro de los Hechos de los Apóstoles (28,16-20.30-31) y la conclusión del Evangelio según san Juan (21,20-25).

La lectura de Hechos nos narra la actividad de Pablo durante su primer cautiverio en Roma, y cómo su cautiverio (aunque estaba en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”) no fue impedimento para que él continuara su misión evangelizadora; estando preso, recibía a todos los que acudían a visitarle, “predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos”.

Aun estando en prisión, supo experimentar la verdadera libertad producto de saberse amado por Dios y estar haciendo su voluntad. Mediante su testimonio en Roma, Pablo da cumplimiento a la promesa y el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Desde el principio hasta el final, vemos en el libro de los hechos de los Apóstoles la acción del Espíritu Santo en el desarrollo y expansión de la Iglesia por todo el mundo conocido.

El relato evangélico, por su parte, nos presenta la continuación del pasaje de ayer, con el diálogo entre Jesús y Pedro, que concluyó con el mandato de Jesús: “Sígueme”. Jesús le había dicho a Pedro que él iba a seguir su misma suerte, que iba a experimentar el martirio. Pedro probablemente se siente orgulloso de seguir los pasos del Señor. Entonces ve que Juan les está siguiendo mientras caminan, y ese deseo humano de compararse con los demás, de saber si otro va a tener el mismo privilegio que yo, le lleva a preguntarle a Jesús: “Señor, y éste ¿qué?”.

El mero hecho de referirse a Juan como “este”, implica cierto grado de orgullo, de aire de superioridad. Después de todo, ya había sido “escogido” para tomar las riendas de la Iglesia naciente. Jesús no pierde tiempo e inmediatamente lo baja de su pedestal: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. En otras palabras, cumple tu misión, y deja lo demás en las manos del Padre.

Nuestra Iglesia es Santa, pero está compuesta por pecadores que aspiramos a la santidad; y solo guiados y asistidos por el Espíritu puede seguir adelante y llevar a cabo su misión evangelizadora para que se cumpla la voluntad del Padre: que no se pierda ninguna de las ovejas de su rebaño.

¡Ven Espíritu Santo!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 27-05-20

Calle principal de la ciudad de Éfeso, por donde san Pablo seguramente caminó muchas veces durante los tres años que permaneció allí.

La liturgia pascual continúa preparándonos para la gran Solemnidad de Pentecostés con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles que, como hemos dicho, se conoce como el “Evangelio del Espíritu Santo”, porque nos muestra la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia.

Hoy leemos la segunda parte del emotivo discurso de despedida de Pablo a la comunidad de Éfeso, en donde había permanecido durante tres años (Hc 20,28-38). Es continuación de la lectura que escucháramos ayer.

En esta parte Pablo se refiere principalmente a los deberes pastorales de los presbíteros que instituyó como sus sucesores en aquella Iglesia (algunas traducciones utilizan la palabra “anciano”, que es otra traducción de griego presbytres).

Pablo comienza recordándoles el carácter sagrado de sus cargos, advirtiéndoles que tengan cuidado de sí mismos, es decir, que lleven una conducta cónsona con el cargo que ocupan y el Evangelio que predican para que sirvan de ejemplo a la comunidad. Luego les encomienda el “rebaño” que “el Espíritu Santo les ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios”. Con eso Pablo enfatiza que no fue él quien los eligió y consagró en su cargo, sino el Espíritu Santo.

De paso les recuerda los peligros que van a enfrentar, para que estén avisados y preparados para enfrentarlos. Si los leemos encontramos que no distan mucho de los peligros que enfrenta nuestra Iglesia veinte siglos más tarde: Los externos, los “lobos feroces” que vienen de afuera a tratar de acabar con el rebaño (bástanos ver el proselitismo feroz de las sectas y otras religiones, el avance inmisericorde del secularismo y las prácticas “exóticas” de religiones y filosofías orientales, los “nuevos movimientos religiosos, etc.), así como los peligros internos: aquellos que deforman la sana doctrina de la Iglesia y crean grupos o movimientos con características de sectas dentro de la propia Iglesia, que llegan a promover creencias o conductas reñidas con las enseñanzas de la Iglesia.

Pablo los encomienda al Dios Uno y Trino: “Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos”.

Hay un detalle en esta lectura que no quiero pasar por alto. Casi al final, Pablo cita a Jesús: “acordándonos de las palabras del Señor Jesús: ‘Hay más dicha en dar que en recibir’.” ¿De dónde sacó Pablo esa cita? Ciertamente no fue de los Evangelios, porque en ninguno de ellos Jesús pronuncia semejantes palabras. La recibió de la Santa Tradición. Este es uno de los pasajes que refuerzan la doctrina católica que expresa que el “depósito de la fe” está contenido en las Sagradas Escrituras y la Santa Tradición, contrario a la mayoría de otras confesiones cristianas que no aceptan nada que no esté contenido en la Biblia.

Hoy, pidamos al Señor que derrame su Santo Espíritu en abundancia sobre nuestros presbíteros, para que tengan la sabiduría y la constancia de cuidar de sí mismos, y proteger al rebaño que el mismo Espíritu les ha encomendado.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 26-05-20

Continuamos nuestra ruta hacia Pentecostés, y el Espíritu Santo sigue ocupando un papel protagónico en la liturgia pascual.

La primera lectura de hoy (Hc 20,17-27) nos presenta el discurso de despedida de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Pablo hace un recuento de la labor que ha realizado en esa comunidad (“Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas”…) y, aunque reconociendo sus limitaciones humanas, manifiesta haber cumplido su misión.

Al mismo tiempo encontramos a un Pablo que se muestra dócil a la voz del Espíritu Santo y reconoce que es Él quien le guía en su misión: “Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas”. Por eso reconoce que su misión no ha concluido y, más aún, que le esperan grandes retos, persecuciones, encarcelamientos, luchas. “Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios”.

Igual sentido de “misión cumplida” encontramos en la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Jn 17,1-11a), que es el comienzo de llamada “oración sacerdotal” de Jesús, que ocupa todo el capítulo 17 del evangelio según san Juan.

Luego de concluida la “despedida” de sus discípulos que hemos estado leyendo en los días anteriores, Jesús se dirige al Padre con la satisfacción de haber cumplido la misión que este le había encomendado: “Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste… He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado”.

Concluida Su vida terrenal corresponde a los discípulos (eso nos incluye a nosotros) cosechar los frutos de su misión y continuar la misma. Por eso le ruega al Padre por sus discípulos, por nosotros: “Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti”.

Hace dos días celebramos la Ascensión de Nuestro Señor a los cielos. Ahora quedamos nosotros “en el mundo”.

En la primera lectura vimos cómo Pablo entendió cuál era su misión y estuvo dispuesto a pagar el precio. Y tú, ¿estás dispuesto a pagar el tuyo?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 25-05-20

El evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Jn 16,29-33) es la conclusión del discurso de despedida de Jesús al finalizar la última cena. Y justo en ese momento vemos una afirmación de fe de parte de los apóstoles: “Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios”. Pero esa “fe” es producto de la euforia de haber tenido ese encuentro con la divinidad de Jesús, de haber comprendido finalmente que Jesús es el Hijo de Dios.

Jesús, que se encarnó para experimentar, para vivir en carne propia nuestras emociones y nuestras debilidades, sabe que esa fe de los apóstoles no ha sido probada (Cfr. 1 Pe 1,7; Prov 17,3) y, más aún, sabe que fallarán en la primera prueba de fuego, fracaso que estará representado en las negaciones de Pedro. “¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo”. La fe de los apóstoles no ha sido fortalecida por la prueba. Tienen que percatarse de su fragilidad y de su incapacidad para enfrentar por sí mismos la prueba de fe.

Recordemos que siempre que Jesús nos señala una debilidad, nos da la fórmula para sobreponernos a ella: “Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo”. Los apóstoles y los demás discípulos no lo comprenderán hasta que reciban la fuerza del Espíritu en Pentecostés. Entonces sabrán que no están solos, y que si Jesús “venció al mundo” ellos, y nosotros, podremos también vencer al mundo.

Estamos a una semana de la celebración de la gran fiesta del Espíritu Santo, la Solemnidad de Pentecostés, en la que celebraremos la venida del Espíritu Santo sobre aquellos discípulos que se encontraban reunidos en oración junto a María, la Madre de Jesús en la estancia superior, en el mismo lugar en que Jesús había instituido la Eucaristía. Y las lecturas de esta semana, especialmente la primera lectura, continuarán presentándonos la acción del Espíritu Santo en aquella Iglesia incipiente.

Así, la primera lectura de hoy (Hc 19,1-8) nos muestra cómo cuando Pablo les impuso las manos a doce gentiles convertidos de la ciudad de Éfeso, “bajó sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar”. Se trata del mismo Espíritu que nosotros recibimos en nuestro Bautismo. Tan solo tenemos que invocarlo y Él vendrá sobre nosotros. Tal vez no hablemos en lenguas, pero la fuerza del Espíritu nos permitirá enfrentar con valentía las adversidades, la enfermedad y el sufrimiento cuando estas se crucen en nuestro camino, para con nuestra conducta dar testimonio de que Jesucristo es el Señor. Esa será nuestra mejor predicación.

Que pasen una hermosa semana en la PAZ que solo el Espíritu, que es el Amor de Dios que se derrama sobre nosotros, puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUA – SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A) 24-05-20

Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. En Puerto Rico celebramos esta Solemnidad el séptimo domingo de Pascua en lugar del jueves de la sexta semana (como aún se celebra en otros lugares), que es cuando se cumplen los cuarenta días desde la Resurrección. Y las lecturas que nos brinda la liturgia son la narración de la Ascensión que nos hace san Lucas en Hc 1,1-11 (cabe señalar que Lucas es quien único nos narra el hecho de la Ascensión) y, para este Ciclo A, la conclusión del Evangelio según san Mateo (28,16-20).

Lo que parecería ser la “conclusión” del relato evangélico de Mateo que nos presenta la liturgia de hoy, leída a la luz de la primera lectura, es en realidad el “comienzo” de la historia de la Buena Noticia del Evangelio: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Estas palabras, pronunciadas por Jesús justo antes de su gloriosa ascensión, le imprimen a la Iglesia su talante misionero.

Por eso la solemnidad de la Ascensión nos sirve de preámbulo a la Fiesta de Pentecostés que observaremos el próximo domingo, ya que en aquella se ha de cumplir la promesa de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y ‘hasta el confín de la tierra’” (Hc 1,8).

La Ascensión es la culminación de la misión redentora de Jesús. Deja el mundo y regresa al mismo lugar de donde “descendió” al momento de su encarnación: a la derecha del Padre. Pero no regresa solo. Lleva consigo aquella multitud imposible de contar de todos los justos que le antecedieron en el mundo y fueron redimidos por su muerte de cruz. Las puertas del paraíso que se habían cerrado con el pecado de Adán, estaban abiertas nuevamente.

San Cirilo de Alejandría lo expresa con gran elocuencia: “El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y nunca ningún ser creado había penetrado en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. Él fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: ‘ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne’ (Hb 10,20)”.

Ahora que el Resucitado vive en la Gloria de Dios Padre, pidámosle que envíe sobre nosotros su Santo Espíritu para que, al igual que los apóstoles, tengamos el valor para continuar su obra salvadora en este mundo, para que ni uno solo de sus pequeños se pierda (Mt 18,14).

Veni Sancte Spiritus!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 23-05-20

Rutas de los cuatro viajes misioneros de san Pablo.

La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc 18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su encuentro con el Resucitado en el camino a Damasco, donde fue inundado por el Amor infinito de Jesús (que es a su vez el amor del Padre, y que entre ambos dan vida al Espíritu Santo), no ha tenido otra misión en la vida que compartir ese amor con todo el que se cruza en su camino. Y esa tiene que ser la misión de todo bautizado, de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mc 15,15).

Se trata de esa alegría desbordante producto de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.

Y esa alegría, la verdadera alegría del cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.

Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de su éxito. Y a ti, ¿se te nota?

Pero la lectura va más allá, luego de mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero ahora con mayor corrección doctrinal.

Este detalle nos muestra otra característica que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús: No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes sacrificios.

La Iglesia es misionera, evangelizadora, por definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se encoge, y termina desapareciendo (Evangelii Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda! ¿Qué estás esperando?

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 21-05-20

Ruinas de “Bema” de Corinto; lugar donde Pablo predicó el Evangelio a los gentiles en esa ciudad.

La liturgia pascual continúa narrándonos la misión evangelizadora de Pablo. En el pasaje que contemplábamos ayer lo vimos en Atenas predicado en el areópago. A pesar de que logró algunas conversiones no tuvo el éxito esperado, y la lectura de hoy (Hc 18,1-8) nos lo muestra abandonando Atenas y dirigiéndose a Corinto.

Allí se encontró con Aquila y su mujer Priscila, con quienes se juntó. Contrario a lo que el Espíritu le dictaba, Pablo insistía en continuar tratando de convertir a los judíos, tal vez motivado por su formación como fariseo. El fracaso de Pablo con los judíos de Corinto fue rotundo. Tan solo Crispo, el jefe de la sinagoga, se convirtió. Ante los insultos y la férrea oposición de los judíos, Pablo se sacudió la ropa y les dijo: “Vosotros sois responsables de lo que os ocurra, yo no tengo culpa. En adelante me voy con los gentiles”. Y así lo hizo.

Pablo permaneció en Corinto por aproximadamente un año y medio, en donde logró muchas conversiones entre los gentiles, que conformaron una comunidad cristiana a la que luego escribiría dos cartas. Pablo pasó muchos dolores de cabeza con esa comunidad, pero no se rindió; continuó predicando hasta que la semilla plantada dio fruto.

A nosotros muchas veces nos ocurre lo mismo en medio del mundo arropado por el secularismo en que nos ha tocado vivir. Vemos que nuestra predicación no rinde los frutos que esperamos o, al menos, no tan rápido como quisiéramos. Tal vez inclusive puede que sea otro quien coseche los frutos. Pero así es la semilla del Reino, que se siembra y va creciendo bajo tierra, fuera de nuestra vista, hasta que el día propicio germina y da fruto. Es ahí donde entra en juego el Espíritu Santo que nos da el don de la paciencia que nos hace madurar; madurez que nos aviva la esperanza (Rm 5,3) y nos permite seguir adelante.

La lectura evangélica (Jn 16,16-20) continúa narrando la sobremesa de la última cena y el discurso de despedida de Jesús, quien sigue tratando de explicar a sus discípulos su muerte inminente y su posterior resurrección, algo que no entenderán hasta que ocurra. Jesús intenta explicarle estos misterios utilizando una especie de juego de palabras: “Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver”. Como no comprenden, trata de explicárselos de otra manera: “Pues sí, os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría”.

Los discípulos no entendían en aquel momento que Jesús tenía que morir y luego resucitar, para con su muerte y resurrección abrirnos las puertas a la vida eterna. Antes de la última cena se los había dicho y tampoco lo habían comprendido: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

¡Cuántas veces en nuestras vidas no podemos “ver” a Jesús en medio de la oscuridad que nos rodea! ¡Cuántas veces sentimos ese vacío, esa ausencia! Pero cuando tenemos la certeza de que si perseveramos en la oración, “dentro de poco” volveremos a verlo y “nuestra tristeza se convertirá en alegría”, nos sentimos consolados. Para eso tenemos que creer en Jesús y creerle a Jesús. Porque para Él no hay desierto ni abismo que no pueda conquistar.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 20-05-20

“Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”.

La liturgia continúa preparándonos para la Fiesta de Pentecostés que estaremos celebrando dentro de poco más de una semana. Tanto el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos ha venido mostrando el papel protagónico del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia primitiva, como el relato evangélico de Juan con las promesas de Jesús respecto al Defensor, nos ponen en perspectiva para “saborear” el evento de Pentecostés en toda su grandeza.

En la lectura evangélica de hoy (Jn 16,12-15), Jesús nos revela la tarea fundamental del Espíritu que hemos recibido de Él: nos “guiará hasta la verdad plena”; porque es “el Espíritu de la verdad”. Y esa verdad plena no es otra que Dios es amor. Un Padre que nos ama “hasta el extremo”; que ha sido capaz de sacrificar a su único Hijo para tengamos vida eterna.

Y podemos participar de esa vida eterna gracias al amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Por eso recitamos en el Credo Niceno-Constantinopolitano (el Credo “largo” que rezamos en la liturgia eucarística): “Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El Padre ama al Hijo con amor infinito y el Hijo ama al Padre de igual modo; y ese amor que se genera entre ellos es el Espíritu de la Verdad que se derrama sobre nosotros y nos conduce a la Verdad plena.

Ese Espíritu que nos conduce a la plenitud del Amor es el que nos permite sentirnos seguros al llevar a cabo la misión que Jesús nos encomendó. “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,3-5).

Jesús nos asegura, además, que lo que el Espíritu nos comunique en ese coloquio amoroso “no será suyo: hablará de lo que oye y [n]os comunicará lo que está por venir”. Por eso el Espíritu le glorificará, porque será de Él que reciba todo lo que nos ha de revelar. Es decir, que el Espíritu nos ha de conducir al conocimiento de la Verdad plena que se ha manifestado en la persona de Jesús. Y el que conoce a Jesús, conoce al Padre (Jn 14,7).

No se trata de que el Espíritu nos revele nuevas verdades. No. La revelación de Dios culminó, terminó, con la persona de Jesucristo. Pero el Espíritu nos conducirá al pleno conocimiento de esa Verdad revelada por Cristo que encontramos en su Palabra, que es Él mismo y que nos conduce al Padre (Cfr. Jn 14,6).

Pidamos al Espíritu Santo que se derrame sobre nosotros para poder acceder al depósito de la fe (constituido por la Palabra y la Santa Tradición) guiados por el Magisterio de la Iglesia, para poder llegar a la “verdad plena” que Jesús nos reveló.