REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO (OCTAVA) DE PASCUA, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA (B) 08-04-18

Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, también conocido como domingo de la Divina Misericordia.

La primera lectura (Hc 4,32-35) nos narra cómo las primeras comunidades cristianas “daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor”, y cómo por ese gesto “Dios los miraba a todos con mucho agrado”.

No olvidemos que hoy concluye la “Octava” de Pascua y, por tanto, la celebración que comenzó el domingo de Pascua de Resurrección y se prolongó hasta hoy. De ahí que la lectura evangélica (Jn 20,19-31) nos presenta las primeras dos apariciones de Jesús a sus discípulos. La primera el mismo día de la Resurrección, encontrándose encerrados en la estancia superior, por temor a las autoridades judías, luego de que Pedro y Juan encontraran la tumba vacía. La segunda tiene lugar una semana después (un día como hoy), pero esta vez los discípulos estaban fortalecidos por la presencia del Resucitado. Ahora la controversia giraba en torno a la incredulidad de Tomás.

Este pasaje, que es la conclusión del evangelio según san Juan, es sumamente denso y lleno de símbolos. Nos limitaremos a dos, comenzando con el segundo: la incredulidad de Tomás.

La pregunta obligada es: ¿Dónde estaba Tomás cuando el Señor se apareció a los discípulos por primera vez? De seguro estaba vagando, triste y desilusionado porque Jesús había muerto; había visto esfumarse en una horas todas sus expectativas, sus sueños mesiánicos. Se había separado del grupo. Por eso no tuvo la experiencia de Jesús resucitado; como nos pasa a nosotros cuando nos alejamos de la Iglesia. Cuando regresó se negaba a creer porque no lo había visto. Pero esta vez no se alejó, se mantuvo en comunión con sus hermanos, se congregó, y entonces tuvo el encuentro con Jesús resucitado. Igual nos pasa a nosotros cuando regresamos la Iglesia y nos congregamos para la celebración eucarística; los ojos de la fe nos permiten tener un encuentro con Jesús resucitado. Por eso en el rito de la consagración decimos, al igual que Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús concluye el pasaje diciendo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Los discípulos tuvieron la dicha de ver a Jesús resucitado. Nosotros por fe creemos que Él se hace presente con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en las especies de pan y vino durante la celebración eucarística; presencia tan real como lo fue la aparición a los discípulos en aquél primer domingo de Resurrección. ¡Y por ello Jesús nos llama dichosos, bienaventurados!

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la  manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, es absuelto.

Durante la Cuaresma y Semana Santa la Iglesia nos hizo un llamado a reconciliarnos. Si no lo hiciste entonces, recuerda que HOY es el domingo de la Divina Misericordia. ¡Anda, declárate culpable; te garantizo que saldrás absuelto!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA 07-04-18

 

¡Cristo ha resucitado! Ese ha sido nuestro “grito de batalla”, nuestra exclamación de júbilo durante una semana. Estamos culminando la Octava de Pascua, esa prolongación litúrgica del júbilo de la Resurrección que termina mañana. Y la lectura evangélica que nos propone la liturgia (Mc 16,9-15) es un resumen de las apariciones de Jesús narradas por los demás evangelistas, el signo positivo de que Jesús está vivo. Habiendo sido el relato de Marcos cronológicamente el primero en escribirse, algunos exégetas piensan que esta parte del relato no fue escrita por Marcos, sino añadida posteriormente en algún momento durante los siglos I y II, tal vez para sustituir un fragmento perdido del relato original. Otros, por el contrario, aluden a una fuente designada como “Q”, de la cual los sinópticos se nutrieron.

El pasaje comienza con la aparición a María Magdalena, continúa con la aparición a los caminantes de Emaús, y culmina con la aparición a los Once “cuando estaban a la mesa” (de nuevo el símbolo eucarístico). El autor subraya la incredulidad de los Once ante el anuncio de María Magdalena y los de Emaús. Tal vez quiera enfatizar que los apóstoles no eran personas que se creían cualquier cuento, que su fe no se consolidó hasta que tuvieron el encuentro con el Resucitado. Ese detalle le añade credibilidad al hecho de la Resurrección. Algo extraordinario tiene que haber ocurrido que les hizo cambiar de opinión y encendió en ellos la fe Pascual.

Termina con la última exhortación de Jesús a sus discípulos (y a nosotros): “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Esa fe Pascual, avivada por el evento de Pentecostés, es la que brinda a los apóstoles la valentía para enfrentar a las autoridades judías en la primera lectura (Hc 4,13-21) de hoy, que es continuación de la de ayer en la que habían pasado la noche en la cárcel por predicar la resurrección de Jesús en cuyo nombre obraban milagros y anunciaban la Buena Noticia del Reino. Ello, siguiendo el mandato de Jesús de ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda la creación.

Confrontados con sus acusadores, quienes intentaban prohibirle “predicar y enseñar el nombre de Jesús”, Pedro, lleno del Espíritu Santo, proclamó: “Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. Recordemos las palabras de Jesús al concluir el relato de la aparición de Jesús en medio de ellos en el Evangelio del jueves (Lc 24,35-48), en el que concluye diciendo: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.

Concluye la primera lectura diciendo que “no encontraron la manera de castigarlos, porque el pueblo entero daba gloria a Dios por lo sucedido”. El poder de la Palabra, “más cortante que espada de doble filo” (Hb 4,2). Imposible de resistir…

Durante esta semana hemos estado celebrando la Resurrección de Jesús. No se trata de un acontecimiento del pasado; se trata de un acontecimiento presente, tan real como lo fue para los Once y los demás discípulos. Y como Pedro en la primera lectura, estamos llamados a ser testigos. ¡Jesús vive; verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA 05-04-18

El relato evangélico que nos brinda la liturgia para hoy (Lc 24,35-48) es continuación del que leíamos ayer. Estaban los discípulos a quienes Jesús se les apareció en el camino de Emaús contando a los Once lo sucedido, “cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: ‘Paz a vosotros’”.

Los presentes se quedaron atónitos y llenos de miedo, pues “creían ver un fantasma”. Veían, pero sus cerebros se negaban a aceptar lo que estaban viendo. ¡Cuántas veces nos sucede que, al presenciar un milagro, comenzamos a buscar toda clase de explicación “lógica”, antes de aceptar que ha sido obra de Dios! Vemos y no creemos, porque vemos con los ojos del cuerpo y no con los ojos de la fe.

Resulta curioso que el relato no nos dice cómo Jesús llegó a allí, cómo se “apareció” entre los discípulos. ¡Ese detalle no tiene relevancia alguna ante el hecho trascendente de que Jesús está allí! Sí, el Jesús de Nazaret que caminó junto a ellos, que compartió con ellos la mesa, que les instruyó, es el mismo que el Resucitado.

Jesús percibe el miedo y el asombro de los discípulos, y quiere animarlos para que no quede duda, para que puedan ser testigos de su Resurrección. Por eso, después de mostrarle las heridas, “como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ‘¿Tenéis ahí algo de comer?’  Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”. El relato quiere enfatizar que el Resucitado es real, que se trata de la misma persona que Jesús de Nazaret; que no se trata de un invento ni un cuento de camino. Jesús de Nazaret ha resucitado y sus discípulos, especialmente los Once, cuya presencia enfatiza el relato de Lucas, son testigos de ello. Cómo Jesús, con su cuerpo glorificado es capaz de comer, es un misterio que escapa a nuestro entendimiento humano, pero con ese gesto se quiere establecer que Jesús está real y verdaderamente frente a sus discípulos.

Y al igual que lo hizo con los de Emaús, les explica lo que sobre su persona dicen las Escrituras, desde Moisés hasta los profetas, y cómo todo se cumplía en Él. Nos dice el pasaje que Jesús entonces “les abrió el entendimiento para comprender las escrituras”, añadiendo al final: “Vosotros sois testigos de esto”. Una vez más Jesús enfatiza la relación entre Él y las Escrituras, y el testimonio de los que creen en Él. Esta es la última aparición de Jesús en el evangelio según san Lucas, que el autor coloca justo antes de su Ascensión.

Antes de ascender, en el versículo que sigue al pasaje de hoy, Jesús les reitera la promesa del Espíritu Santo que recibirán en Pentecostés: “Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.

Es el Espíritu quien les dará la fortaleza para ser testigos: “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8).

La misma promesa aplica a todos los que profesamos nuestra fe en el Resucitado. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA 04-04-18

Continuamos nuestro camino en la Octava de Pascua con las apariciones del Resucitado a sus discípulos. Hoy la liturgia nos brinda la narración de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35).

El relato nos presenta a dos discípulos que salían de Jerusalén rumbo a una aldea llamada Emaús. Iban decepcionados, alicaídos. El Mesías en quien habían puesto todas sus esperanzas había muerto. Habían oído decir que estaba vivo, pero no parecían estar muy convencidos. En otras palabras, les faltaba fe o, al menos, esta se había debilitado con la experiencia traumática de la Pasión y muerte de Jesús.

Jesús sabe lo que van hablando; Él conoce nuestros corazones. Aun así, se acerca a ellos y les pregunta. Ellos no le reconocen, sus ojos están cegados por los acontecimientos. Le relatan sus experiencias y comparten con Él su tristeza y desilusión. Jesús los confronta con las Escrituras: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Pero no se limitó a eso. Con toda su paciencia se sentó a explicarles lo que de Él decían las Escrituras, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas”.

Ellos se interesan por lo que está diciéndoles aquél “forastero” que encontraron en el camino. No quieren que se marche. Se sienten atraídos hacia Él, pero todavía no le reconocen. Más adelante, luego de reconocerle, dirán cómo les “ardía el corazón” cuando les hablaba y les explicaba las Escrituras.

Le invitan a compartir la cena con ellos. Allí, “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. Ese gesto de Jesús, el mismo que compartió con sus discípulos en la última cena, hizo que se les abrieran los ojos de la fe. El relato continúa diciéndonos que tan pronto le reconocieron, Jesús “desapareció”. Desapareció de su vista física, pero habían tenido la oportunidad de ver el cuerpo glorificado del Resucitado, y esa “presencia” permaneció con ellos, al punto que regresaron a Jerusalén a informar lo ocurrido a los “once” y sus compañeros, quienes ya estaban diciendo “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.

Este pasaje está tan lleno de símbolos, que resulta imposible abordarlos todos en este espacio limitado. Nos limitaremos a comparar el camino de Emaús con nuestra propia vida, y el encuentro de estos con Jesús, con la Eucaristía.

Durante nuestro diario vivir, nos enfrentamos a los avatares que la vida nos lanza, ilusiones, decepciones, alegrías, fracasos. Y nuestra vista se va nublando al punto que nos imposibilita ver a Jesús que camina a nuestro lado.

Llegado el domingo, nos congregamos para la celebración eucarística y, al igual que los discípulos de Emaús, primero escuchamos las Escrituras y se nos explican. Eso hace que “arda nuestro corazón”. Finalmente, en la liturgia eucarística que culmina la celebración, nuestros ojos se abren y reconocemos al Resucitado. Es entonces que exclamamos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”. Y al igual que ocurrió a aquellos discípulos, Jesús “desaparece” de nuestra vista, pero su presencia, y el gozo que esta produce, permanecen en nuestros corazones. De ahí salimos con júbilo a enfrentar la aventura de la vida con nuevos bríos, y a proclamar: “¡Él vive!”

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA 02-04-18

Nos encontramos de lleno en la octava de Pascua. Con el Domingo de Resurrección comenzamos la cincuentena del tiempo pascual que culmina con la solemnidad de Pentecostés. Llamamos Octava de Pascua a la primera semana de la cincuentena. Es como si se tratara de un solo día, o sea, que la alegría del domingo de Pascua se prolonga por ocho días seguidos. Durante la octava, las lecturas evangélicas que nos brinda la liturgia se concentran en el signo “positivo” de la resurrección, las apariciones de Jesús, que junto al signo “negativo” (el sepulcro vacío), conforman los hechos que demuestran sin lugar a dudas que ¡Jesús ha resucitado! Estas lecturas nos transmitirán fielmente las experiencias de los apóstoles y otros con el Resucitado.

La lectura de hoy (Mt 28,8-15) nos presenta a María Magdalena y “la otra María” (María la de Santiago) marchándose a toda prisa del sepulcro después de haber presenciado al “Ángel del Señor” bajar del cielo en medio de un terremoto y rodar la piedra que servía de lápida. El Ángel les anunció que no temieran, que el Señor había resucitado tal como lo había anunciado, pidiéndoles que fueran a informar lo ocurrido a los discípulos (vv. 1-7).

Estando de camino a comunicarles la buena noticia de la resurrección a los demás discípulos, Jesús se aparece a las mujeres y les dice: “Alegraos. No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Cuando examinamos los relatos de la Resurrección de Jesús, lo primero que salta a la vista es el papel tan importante que ocupan las mujeres en los mismos. En ocasiones anteriores hemos dicho que el Resucitado, con su cuerpo glorificado escoge a quién le permite verle. Muchos se preguntan por qué Jesús se apareció primero a las mujeres. La pregunta es válida.

El papa San Gregorio Magno nos brinda una posible explicación: “Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquellas mujeres, que no se apartaban del sepulcro. Buscaban al que no habían hallado, lo buscaban llorando y encendidas en el fuego del amor. Por ello, las mujeres fueron las únicas en verlo entonces, por que se habían quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas”.

En otras palabras, lo encontraron porque fueron las únicas que se atrevieron, las únicas que lo buscaron (Cfr. Mt 7,7-8). No hay duda, ese amor que ardía en los corazones de aquellas mujeres piadosas les proporcionó algo que le faltó a los hombres, quienes se habían escondido por temor a las autoridades: VALOR. Un valor capaz de enfrentar los peligros de la noche y la presencia de los guardias que custodiaban el sepulcro.

San Juan Pablo II al tratar el tema nos dice: “Es a las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección, haciéndolas las primeras testigos de esta verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza, que las había impulsado hasta el Calvario”.

Pidámosle al Resucitado nos conceda el amor y la perseverancia de aquellas mujeres, para tener un verdadero encuentro con Él y poder anunciar a todos la noticia: ¡Ha resucitado!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES SANTO 28-03-18

Ya estamos en el umbral de la Pasión. Es Miércoles Santo. Mañana celebraremos la Misa vespertina “en la cena del Señor”, y pasado mañana será el Viernes Santo. El pasaje evangélico que nos presenta la liturgia para hoy es precisamente la preparación de la cena, y la versión de Mateo de la traición de Judas (Mt 26,14-25). Pero el énfasis parece estar en la traición de Judas, pues comienza y termina con esta. Los preparativos y la cena parecen ser un telón de fondo para el drama de traición.

La lectura comienza así: “En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se presentó a los sumos sacerdotes y les propuso: ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’ Ellos se ajustaron con él en treinta monedas (Mateo es el único que menciona la cantidad acordada de “treinta monedas” Marcos y Lucas solo mencionan “dinero”). Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo”.

La trama de la traición continúa desarrollándose durante la cena: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Luego sigue un intercambio entre Jesús y sus discípulos, que culmina con Judas preguntando: “¿Soy yo acaso, Maestro?”, a lo que Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Esto ocurría justo antes de la institución de la Eucaristía.

Siempre que escucho la historia de la traición de Judas, recuerdo mis días de infancia y adolescencia cuando en mi pueblo natal se celebraba la quema de una réplica de Judas. Era como si emprendiéndola contra Judas, el pueblo entero tratara de echarle a este toda la culpa por la muerte de Jesús; como si dijéramos: “Si yo hubiese estado allí, no lo hubiese permitido”.

La realidad es que la traición de Judas fue el último evento de una conspiración de los poderes ideológico-religiosos de su tiempo, que llevaban tiempo planificando la muerte de Jesús. La suerte de Jesús estaba echada. Judas fue un hombre débil de carácter que sucumbió ante la tentación y se convirtió en un “tonto útil” en manos de los poderosos.

Es fácil echarle culpa a otro; eso nos hace sentir bien, nos justifica. Pero se nos olvida que Jesús murió por los pecados de toda la humanidad, cometidos y por cometer. Eso nos incluye a todos, sin excepción. Todos apuntamos el dedo acusador contra Judas, pero, ¿y qué de Pedro? ¿Acaso no traicionó también a Jesús? ¡Ah, pero Pedro se arrepintió y siguió dirigiendo la Iglesia, mientras Judas se ahorcó! Esta aseveración suscita tres preguntas, que cada cual debe contestarse: ¿Creen ustedes que Dios dejó de amar a Judas a raíz de la traición? ¿Existe la posibilidad de que Judas se haya arrepentido en el último instante de su vida? De ser así, ¿puede Dios haberlo perdonado?

¿Y qué de los demás discípulos, quienes a la hora de la verdad lo abandonaron, dejándolo solo en la cruz?

No pretendo justificar a Judas. Tan solo quiero recalcar que él no fue el único que traicionó a Jesús, ni será el último. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlo? Hoy debemos preguntarnos: ¿Cuántas veces te he traicionado, Señor? ¿Cuáles han sido mis “treinta monedas”?

El confesionario está abierto… Todavía estamos a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 01-02-18

“Jesús instituyó a Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14). Así nos dice el Evangelio según san Marcos al narrarnos la “vocación” de los doce. De ahí en adelante vemos cómo Marcos constantemente nos presenta a “Jesús con sus discípulos” enfrentándose a las multitudes que se agolpaban frente a Él, frente a los adversarios que querían eliminarlo, frente a los incrédulos, haciéndole frente al maligno, expulsando demonios. Los discípulos, especialmente los “doce”, han seguido sus pasos, se han sentado a sus pies a escuchar sus enseñanzas, has sido testigos del anuncio de la Buena Noticia por parte de Jesús, han aceptado compartir su destino. En otras palabras, se han comportado como verdaderos discípulos.

El relato evangélico de hoy (Mc 6,7-13) nos presenta el momento de la “prueba”. Ha terminado el período de adiestramiento. Llegó la hora de la verdad. Jesús llama a los doce y por primera vez los “envía”. Solos, sin el maestro, en su primer “vuelo de práctica”. Pero los envía de dos en dos. Ese gesto de Jesús, como todos sus actos, tiene un fin pedagógico. La misión evangelizadora es una labor de equipo, no hay (o no debe haber) lugar para protagonismos.

Y al enviarlos, les dio “autoridad sobre los espíritus inmundos”. Esta frase tenemos que leerla en el contexto religioso-cultural de la época de Jesús en la cual sus contemporáneos veían a Satanás en todas partes. Lo cierto es que la Palabra que ellos iban a proclamar no era una campaña publicitaria para vender algo que va a “hacernos sentir bien”, a la manera de algunas sectas. No, la Palabra de Dios, “cortante como espada de dos filos” (Hb 4,12), nos hace enfrentarnos a nuestros pecados, a nuestros propios demonios.

En palabras de Bruno Maggioni, “la misión es, como dice Marcos, una lucha contra el maligno; donde llega la palabra del discípulo, Satanás no tiene más remedio que manifestarse, tienen que salir a la luz el pecado, la injusticia, la ambición; hay que contar con la oposición y con la resistencia. Por eso el discípulo no es únicamente un maestro que enseña, sino un testigo que se compromete en la lucha contra Satanás de parte de la verdad, de la libertad y del amor”.

Como parte esencial de las “instrucciones” (me imagino a Jesús como el “coach” de un equipo de fútbol, dando las últimas instrucciones a sus jugadores antes del primer partido de la temporada), les encargó que viajaran livianos, que llevaran “un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto”. Dos lecciones. Nada que pueda preocuparles perder; nada que desvíe su atención de la misión que se les ha encomendado. Segundo: confiar en la providencia divina. El que los envió, se encargará de proveer.

Finalmente, les prepara para el rechazo, compañero inseparable del misionero. Y la instrucción es sencilla y al grano: “si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies”. El mensaje de Jesús interpela, no nos puede dejar neutrales e indiferentes; lo aceptamos o lo rechazamos. Y muchos optan por el rechazo, la vía más fácil. En ese caso, vayamos a “sembrar” en otros campos.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 29-01-18

El Evangelio de hoy (Mc 5,1-20) nos presenta a Jesús en territorio pagano. La lectura evangélica que contemplamos el sábado pasado nos mostraba a Jesús dirigiéndose a territorio pagano, a Gerasa, que quedaba al otro lado del lago de Galilea. El pasaje nos relata un suceso ocurrido cuando Jesús llegó junto a sus discípulos a su destino, después de calmar la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí le salió al encuentro “un hombre poseído de espíritu inmundo” que vivía en el cementerio entre los sepulcros. Jesús exorciza al endemoniado, y los espíritus inmundos que lo tenían poseído salieron del hombre y se metieron en una gran piara de cerdos (unos dos mil), que “se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago”. Al enterarse de la curación del endemoniado, todos quedaron maravillados (“espantados”). Pero tan pronto se enteraron de lo ocurrido con los cerdos, “le rogaban que se marchase de su país”.

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumen. Por tanto, la muerte de dos mil cerdos representaba para ellos una pérdida económica considerable. De nuevo, la admiración que sintieron por Jesús ante la curación del endemoniado se tornó en desprecio ante las consecuencias materiales. Para esta gente, los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de un solo hombre. La liberación de un hombre valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino. El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo. Nos recuerda la parábola del joven rico: “Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico” (Cfr. Mt 19,16-22). Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado a renunciar a estas.

Se trata de la economía de la exclusión e inequidad que critica el papa Francisco en el número 53 de su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad”.

Otro detalle cabe resaltar. Cuando echaron a Jesús del lugar, el hombre que había curado pidió acompañarle, y Jesús no se lo permitió. Jesús deja claro que Él es quien escoge a sus discípulos (los llama por su nombre). Además, contrario a su conducta usual (el “secreto mesiánico” que hemos discutido en ocasiones anteriores), le pidió al hombre que fuera a anunciar a los suyos “lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia”. Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los paganos. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. Y nos invita a hacer lo mismo. ¿Aceptas? ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 24-01-18

La liturgia nos invita hoy a continuar leyendo el evangelio según san Marcos (4,1-20). A partir de este punto en el relato, Marcos nos va a presentar cinco sermones de Jesús y cuatro milagros, todos en presencia de sus discípulos a quienes había instituido apóstoles (Mc 3,13-10), como para afianzar su relación con ellos, que ya constituían su círculo íntimo.

La lectura de hoy nos presenta a Jesús “enseñando” otra vez junto al lago. Esa palabra coloca a Jesús ejerciendo la función propia de un rabino, enseñar. Hemos visto a lo largo del relato de Marcos cómo la fama de Jesús ha seguido creciendo, y a donde quiera que vaya le siguen multitudes. Una vez más, había tanta gente que tuvo que subirse a una barca y retirarse de la orilla mientras la gente permanecía en ella, y “les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar”.

La parábola es el recurso literario preferido por Jesús para comunicar sus enseñanzas, especialmente con relación al Reino. Estas consisten en una breve narración de un suceso, imaginario o real, del que podemos deducir, por comparación, una enseñanza moral, o una verdad que trasciende nuestra experiencia. El Reino es un misterio, algo que está más allá de nuestra comprensión, pero relacionándolo con situaciones concretas que forman parte de nuestra experiencia cotidiana, podemos tener al menos un atisbo de esa “otra” realidad trascendente.

El pueblo de Galilea entendía de árboles y pájaros, conocía el color y la historia del trigo y la amenaza de la cizaña, sabía de semillas, de la tierra, de la pesca, de las costumbres de las aves de rapiña, conocía la vida de las zorras y cómo cobija una gallina a sus polluelos, etc. Y Jesús aprovecha esas experiencias para comunicarles la Buena Noticia del Reino (Cfr. Lc 4,43).

Nos dice la lectura que en esta ocasión Jesús les narró la parábola del sembrador, en la que un hombre regó semillas que cayeron en cuatro tipos de terreno: la orilla del camino, terreno pedregoso, entre zarzas, y en tierra buena, y cómo solamente las últimas nacieron, crecieron y dieron fruto. Lo curioso de esta parábola es que al retirarse el gentío, los discípulos pidieron a Jesús que les explicara la parábola, y Jesús procedió a explicárselas, no sin antes advertirles que “a vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas”. Más adelante veremos a Jesús repitiendo ese gesto de hablar a la gente en parábolas y explicarle su significado a los discípulos en privado: “Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo” (Mc 4,33-34).

¿Por qué esa doble vara? Algunos ven en ese gesto de Jesús, que hoy catalogaríamos de discriminatorio, la importancia que los “doce” (y sus sucesores, los obispos) iban a tener en la Iglesia. El fundamento para lo que hoy llamamos el “magisterio” de la Iglesia.

Que pasen un hermoso día en la PAZ del Señor.