REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 28-05-20

“…para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

La liturgia de hoy nos presenta como lectura evangélica (Jn 17,20-26) la tercera y última parte del “discurso de despedida” de Jesús a sus discípulos que transcurre en el trasfondo de la sobremesa de la última cena. A partir de este momento vemos que la oración de Jesús al Padre por sus discípulos inmediatos se convierte también en oración por todos los que en el futuro habríamos de convertirnos en sus discípulos por la palabra de aquellos: “Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. En otras palabras ora por la Iglesia que habría de fundarse sobre la fe de los apóstoles. Ora por nosotros… Imagínate; ¡Cristo ha orado por ti!

La súplica de Jesús al Padre es que haya unidad entre todos sus discípulos, los contemporáneos y los futuros; y el modelo, el marco de referencia que utiliza, es la unidad entre el Padre y Él, para que esa unidad se convierta en predicación, en testimonio de la Verdad, que es testimonio del Amor entre el Padre y el Hijo. De esta manera Jesús puede continuar la revelación del Padre a través de su Palabra y de la comunión de los creyentes.

Y nuestra misión, la misión de todos los bautizados que hemos recibido el Espíritu Santo, es difundir esa Palabra para que a través de ella otros crean también. Y el contenido de esa Palabra es solamente uno: que el Padre ha enviado al Hijo por pura gratuidad en el acto de amor más sublime en la historia. Y la manera de reciprocar ese amor es a través de nuestros hermanos. Así se crea la comunión, la unidad: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros”. Y esa comunión, ese amor, será el distintivo de los verdaderos discípulos de Jesús (Cfr. Jn 13,15).

Esta es la última plegaria de Jesús antes de entrar en su Pasión. Nos está diciendo qué le mueve a aceptar voluntariamente su Pasión, a entregar su vida. Ese es, podríamos decir, su testamento, su última voluntad; que todos seamos uno, que vivamos en la unidad. Eso es lo que Él quiere para la Iglesia que Él vislumbra en el horizonte. Ut unum sint!

Las últimas palabras de Jesús en esta plegaria “sellan” la misma y nos muestran el propósito de sus palabras: “para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”. Ese Amor que sirve de hilo conductor y a su vez de agente catalítico al mensaje de Jesús, que Juan nos expone de manera contundente en su relato evangélico; Amor que tiene nombre y apellido: el Espíritu Santo, que los discípulos recibirían en Pentecostés y que tú y yo recibimos el día de nuestro Bautismo.

¡Espíritu Santo, ven a mí!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 26-05-20

Continuamos nuestra ruta hacia Pentecostés, y el Espíritu Santo sigue ocupando un papel protagónico en la liturgia pascual.

La primera lectura de hoy (Hc 20,17-27) nos presenta el discurso de despedida de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Pablo hace un recuento de la labor que ha realizado en esa comunidad (“Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas”…) y, aunque reconociendo sus limitaciones humanas, manifiesta haber cumplido su misión.

Al mismo tiempo encontramos a un Pablo que se muestra dócil a la voz del Espíritu Santo y reconoce que es Él quien le guía en su misión: “Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas”. Por eso reconoce que su misión no ha concluido y, más aún, que le esperan grandes retos, persecuciones, encarcelamientos, luchas. “Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios”.

Igual sentido de “misión cumplida” encontramos en la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Jn 17,1-11a), que es el comienzo de llamada “oración sacerdotal” de Jesús, que ocupa todo el capítulo 17 del evangelio según san Juan.

Luego de concluida la “despedida” de sus discípulos que hemos estado leyendo en los días anteriores, Jesús se dirige al Padre con la satisfacción de haber cumplido la misión que este le había encomendado: “Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste… He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado”.

Concluida Su vida terrenal corresponde a los discípulos (eso nos incluye a nosotros) cosechar los frutos de su misión y continuar la misma. Por eso le ruega al Padre por sus discípulos, por nosotros: “Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti”.

Hace dos días celebramos la Ascensión de Nuestro Señor a los cielos. Ahora quedamos nosotros “en el mundo”.

En la primera lectura vimos cómo Pablo entendió cuál era su misión y estuvo dispuesto a pagar el precio. Y tú, ¿estás dispuesto a pagar el tuyo?

REFLEXIÓN PARA EL SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUA – SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A) 24-05-20

Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. En Puerto Rico celebramos esta Solemnidad el séptimo domingo de Pascua en lugar del jueves de la sexta semana (como aún se celebra en otros lugares), que es cuando se cumplen los cuarenta días desde la Resurrección. Y las lecturas que nos brinda la liturgia son la narración de la Ascensión que nos hace san Lucas en Hc 1,1-11 (cabe señalar que Lucas es quien único nos narra el hecho de la Ascensión) y, para este Ciclo A, la conclusión del Evangelio según san Mateo (28,16-20).

Lo que parecería ser la “conclusión” del relato evangélico de Mateo que nos presenta la liturgia de hoy, leída a la luz de la primera lectura, es en realidad el “comienzo” de la historia de la Buena Noticia del Evangelio: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Estas palabras, pronunciadas por Jesús justo antes de su gloriosa ascensión, le imprimen a la Iglesia su talante misionero.

Por eso la solemnidad de la Ascensión nos sirve de preámbulo a la Fiesta de Pentecostés que observaremos el próximo domingo, ya que en aquella se ha de cumplir la promesa de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y ‘hasta el confín de la tierra’” (Hc 1,8).

La Ascensión es la culminación de la misión redentora de Jesús. Deja el mundo y regresa al mismo lugar de donde “descendió” al momento de su encarnación: a la derecha del Padre. Pero no regresa solo. Lleva consigo aquella multitud imposible de contar de todos los justos que le antecedieron en el mundo y fueron redimidos por su muerte de cruz. Las puertas del paraíso que se habían cerrado con el pecado de Adán, estaban abiertas nuevamente.

San Cirilo de Alejandría lo expresa con gran elocuencia: “El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y nunca ningún ser creado había penetrado en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. Él fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: ‘ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne’ (Hb 10,20)”.

Ahora que el Resucitado vive en la Gloria de Dios Padre, pidámosle que envíe sobre nosotros su Santo Espíritu para que, al igual que los apóstoles, tengamos el valor para continuar su obra salvadora en este mundo, para que ni uno solo de sus pequeños se pierda (Mt 18,14).

Veni Sancte Spiritus!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 19-05-20

“Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito”.

“Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia”. Palabras pronunciadas por Pablo y Silas al carcelero, al despertarse por la sacudida tan violenta que hizo temblar los cimientos de la cárcel en que se encontraban presos.

La primera lectura de hoy (Hc 16,22-34) nos presenta el final de la estadía de Pablo en Filipos, en donde fundaron una comunidad de creyentes. La predicación había sido bien acogida, hasta que ocurrió el evento que provocó la reacción tan violenta que nos narra el pasaje que leemos hoy, en el cual la gente se amotinó contra Pablo y Silas, lo que hizo que los magistrados dieran orden de que los desnudaran y apalearan, para luego encarcelarlos. ¿Qué causó esa reacción?

La respuesta es sencilla: expulsaron un espíritu adivino que poseía a una esclava, a quien sus amos explotaban sacándole gran beneficio económico. Ese decir, todo iba bien hasta que afectaron sus bolsillos. En lugar de alegrarse porque la mujer había sido liberada de un espíritu, se enfurecieron por la pérdida económica que esa liberación implicaba. ¡Cuántas veces vemos cómo las personas anteponen su interés económico a los intereses del Reino! Tan solo tenemos que recordar el pasaje del joven rico (Mt 19,16-23).

Una vez encarcelados, Pablo y Silas oraban cantando himnos al Señor mientras los otros presos los escuchaban. Me pregunto qué pensarían esos presos al sentir a esos “locos” cantando himnos, heridos por la paliza y en medio de aquella mazmorra inmunda. Lo cierto es que, asistidos y fortalecidos por el Espíritu Santo, estaban viviendo las palabras del Evangelio: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 5,11-12).

Esa alegría, producto de sentirse acompañados por el Paráclito en el cumplimiento del mandato de Jesús (Cfr. Mc 16,5), al punto que fueron liberados de sus cadenas, fue la que hizo que el carcelero se contagiara, se arrojara a los pies de Pablo y Silas, y les preguntara: “Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?”, provocando la contestación que citamos al comienzo de esta reflexión.

El poder de la Palabra de Dios hizo morada en aquél carcelero, quien se los llevó a su casa “a aquellas horas de la noche, les lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios”. Esta escena nos evoca el episodio de Zaqueo, el jefe de publicanos, a quien Jesús le dijo al recibirle en su casa en medio de un ambiente festivo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9; Cfr. Lc 15,7).

La lectura evangélica de hoy (Jn 16,5-11) nos apunta a la necesidad de que Jesús se fuera al Padre y enviara el Paráclito a los discípulos. El Espíritu podía acompañarles a todos, todo el tiempo y en todo lugar, sin que fuera necesaria la presencia física de Jesús.

Por eso tenemos que alabar y bendecir al Señor en todo momento y en todo lugar, invocando el auxilio del Espíritu defensor, especialmente en los momentos de tribulación, de prueba, como los que estamos viviendo en tiempos del coronavirus. Y entonces veremos cómo se manifiesta la gloria de Dios en nuestras vidas, y cómo esa manifestación “toca” a otros. Esa es la mejor predicación que podemos llevar a cabo.

Ya “huele” a Pentecostés…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 16-05-20

Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán.

En la lectura del evangelio que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 15,18-21), que forma parte de la gran oración de Jesús en la última cena, Él le dice a los apóstoles: “Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia”. En el evangelio que leíamos ayer ya Jesús les había manifestado que fue él quien les eligió, y hoy vemos que a reglón seguido les advierte que han de seguir su misma suerte. Ya desde la presentación en el Templo, Simeón había profetizado que el niño iba a ser signo de contradicción (Lc 2,34).

Jesús nos ha “sacado de este mundo” para que anunciemos a todos un nuevo modo de comprender el mundo y la vida, la Buena Noticia, que es Palabra de Dios, palabra que es viva y eficaz “y más cortante que espada alguna de dos filos”, que “penetra hasta la última división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón (Hb 4,12). Por eso, los que están “en el mundo” se sienten señalados y se incomodan ante el anuncio de la Palabra. De ahí que el mundo nos “odie”, nos persiga, como lo hicieron con Él.

Jesús sigue invitándonos a seguir sus pasos, a compartir su destino, pero nos advierte que el precio puede ser alto. Y tú, ¿estás dispuesto a seguirle?

Antes de contestar esa pregunta, echemos un vistazo a la primera lectura (Hc 16,1-10), en la que continuamos viendo la acción decidida del Espíritu Santo en la expansión de la Iglesia por el mundo greco-romano, y cómo guía a los discípulos en esa misión: “Como el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y Galacia. Al llegar a la frontera de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Troas”.  Aquella noche Pablo tuvo una visión en la que se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba ir a Macedonia a ayudarlos. Pablo y Timoteo partieron de inmediato para Macedonia, seguros de que Dios los llamaba a predicar el Evangelio a los macedonios.

Está claro, es Jesús quien escoge y convoca a sus discípulos, y a través de su Santo Espíritu los envía y les dice cuándo y dónde tienen que evangelizar. Por eso tenemos que aprender a orar, invocar, adorar, y ser dóciles al Espíritu Santo. Si intentamos valernos tan solo de nuestras propias fuerzas y capacidades, y llevar el mensaje de salvación a donde nos parezca, nuestra predicación será estéril. Tal vez podremos presentar una imagen “estática” de Jesús, pero seremos incapaces de transmitir el fuego que solo la experiencia del amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo puede brindarnos.

Que pasen un hermoso fin de semana, recordando convertir su hogar en Iglesia doméstica para adorar al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo, hasta que, cuando el Espíritu lo permita, podamos visitar nuevamente la Casa del Padre.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 13-05-20

“Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”.

Hoy celebramos la memoria de Nuestra Señora de Fátima. En otro lugar hemos publicado una reflexión sobre las apariciones relacionadas con esta advocación.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Jn 15,1-8) nos presenta otro de los famosos “Yo soy” que encontramos en el relato evangélico de Juan: Yo soy la verdadera vid. No se trata de una parábola, en la que Jesús utiliza una breve comparación basada en una experiencia cotidiana de la vida, imaginaria o real, con el propósito de enseñar una verdad espiritual. Aquí se trata de una afirmación absoluta de Jesús: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”.

A partir de esa afirmación, Jesús desarrolla una alegoría que nos presenta unos elementos en transposición: la vid (Jesús), los sarmientos (los discípulos) y el labrador (el Padre). Hay otro elemento adicional que es el instrumento de limpieza y poda, que es la Palabra de Jesús: “A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado”.

Jesús está diciendo a sus discípulos que ellos han sido “podados”, han sido limpiados por la Palabra del Padre que han recibido de Él, con el mismo cuidado y diligencia que un labrador poda “a todo el que da fruto… para que dé más fruto”.

Esta conversación de Jesús con sus discípulos se da en el contexto de la sobremesa de la última cena. Jesús sabe que el fin de su vida terrena está cerca; de ahí su insistencia en que los discípulos permanezcan unidos a Él, pues sabe que a ellos les queda una larga y ardua misión por delante. Y solo permaneciendo unidos a Él y a su Palabra, podrán tener éxito. Juan recalca esa insistencia, poniendo siete veces (la insistencia de Juan en el número 7) en labios de Jesús el verbo “permanecer”, entre los versículos 4 al 8.

A pesar de que al principio de la alegoría se nos presenta al Padre como el labrador, el énfasis del relato está en la relación entre la vid y los sarmientos, es decir, entre Jesús y sus discípulos; léase nosotros. Y el vínculo, la savia que mantiene con vida a los sarmientos, es la Palabra de Jesús. Esa comunicación entre Jesús y nosotros a través de su Palabra es la que nos mantiene “limpios”, nos va “podando” constantemente para que demos fruto. Si nos alejamos de su Palabra, no podemos dar fruto; entonces el Labrador nos “arrancará”, nos tirarán afuera y nos secaremos, para luego ser recogidos y echados al fuego. Mateo nos presenta un lenguaje similar de parte de Jesús, cuando sus discípulos le dicen que los fariseos se habían escandalizado por sus palabras: “Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz” (Mt 15,14).

Jesús nos está invitando a seguirlo, pero ese seguimiento implica constancia, “permanencia”; permanencia en el seguimiento y permanencia en su Palabra. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino” (Lc 9,62).  Como reiteramos constantemente, si no nos limitamos meramente a creer en Jesús, sino que le creemos a Jesús, entonces permaneceremos en Él, y Él permanecerá en nosotros; y todo lo que le pidamos se realizará. ¿Existe promesa mejor?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 08-05-20

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.

Continuamos nuestra ruta Pascual camino a Pentecostés y, para que no se nos olvide, la Primera lectura de hoy (Hc 13,26-33) nos recuerda que a Jesús, luego haber sido muerto y sepultado, “Dios lo resucitó de entre los muertos”.

La lectura evangélica, por su parte, nos presenta nuevamente otro de los famosos “Yo soy” de Jesús que encontramos en el relato evangélico de Juan (14,1-6), que nos apuntan a la identidad entre Jesús y el Padre (Cfr. Ex 3,14): “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. Jesús pronuncia estas palabras en el contexto de la última cena, después del lavatorio de los pies a sus discípulos, el anuncio de la traición de Judas, el anuncio de su glorificación, la institución del mandamiento del amor, y el anuncio de las negaciones de Pedro (que refiere a la interrogante de ese “lugar” a donde va Jesús).

Es ahí que Jesús les dice: “Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. Jesús utiliza ese lenguaje partiendo de la concepción judía de que el cielo era un lugar de muchas estancias o “habitaciones”. Jesús toma ese concepto y lo lleva un paso más allá. Relaciona ese “lugar” con la Casa del Padre hacia donde Él ha dicho que va. Eso les asegura a sus discípulos un lugar en la Casa del Padre. Y tú, ¿te cuentas entre sus discípulos?

“Y adonde yo voy, ya sabéis el camino”, les dice Jesús a renglón seguido, lo que suscita la duda de Tomás (¡Tomás siempre dudando!): “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Es en contestación a esa interrogante que Jesús pronuncia el Yo soy que hemos reseñado.

Vemos cómo Jesús se identifica con el Padre. Especialmente en el relato de Juan, Jesús repite que Él y el Padre son uno, que quien le ve a Él ha visto al Padre, y quien le escucha a Él escucha al Padre, al punto que a veces suena como un trabalenguas.

La misma identidad existe entre la persona de Jesús y el misterio del Reino. Él en persona es el misterio del Reino de Dios. Por eso puede decir a los testigos oculares: ¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!, pues yo os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que veis y no lo vieron, quisieron oír lo que oís y no lo oyeron (Lc 10,23s). La llegada de Jesús, el misterio de su encarnación, es la llegada del Reino. El “Reino de Dios” no es un concepto territorial; ni tan siquiera es un lugar (como tampoco lo es el cielo). Se trata del Reinado de Dios; el hecho de que Dios “reina” sobre toda la creación. Y Jesús es uno con el Padre.

Él va primero al Padre. Ha prometido que va a prepararnos un lugar, y cuando esté listo ha de venir a buscarnos para que “donde yo esté, estén también ustedes”. Es decir, que nos hace partícipes de Su vida divina. También nos ha dicho que hay un solo camino hacia la Casa del Padre, y ese Camino es Él. ¿Te animas a seguir ese Camino?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA 14-04-20

“Cuando no encontramos a Jesús dentro de nosotros o, como María, lo vemos pero no le reconocemos, si nos arrepentimos de corazón y lloramos nuestra culpa, Jesús nos llamará por nuestro propio nombre”.

Como habíamos adelantado ayer, los pasajes evangélicos que vamos a contemplar durante la Octava de Pascua nos narran las apariciones de Jesús a sus discípulos luego de su gloriosa resurrección.

Hoy la liturgia nos presenta la versión de Juan de la aparición de Jesús a María Magdalena (Jn 20,11-18). En los versículos anteriores María había encontrado que la piedra que cubría el sepulcro había sido removida, había ido a avisarles a Pedro y a Juan, estos habían llegado y habían encontrado el sepulcro vacío. Al regresarse a casa los discípulos, María se quedó llorando junto al sepulcro.

Al asomarse al sepulcro vio dos ángeles en donde había estado el cuerpo del Señor. “Ellos le preguntan: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Ella les contesta: ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’”. Vemos que el llanto de María se ve acentuado por la ausencia del cadáver. Ya no solo llora por la muerte de Jesús, sino porque no sabe dónde está su cadáver. No podría sentirse más “abandonada”.

Jesús lo había adelantado: “Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar;… Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Y esa Palabra no se hizo esperar. Estando María ahogada en llanto se le presenta Jesús y le dice: “Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. Pero María no lo reconoce (Jesús estaba con su cuerpo glorificado) y le confunde con el jardinero, diciéndole que si él se ha llevado el cadáver que le diga dónde está para ir a recogerlo. Un acto de misericordia y caridad.

Hasta este momento toda la conversación, tanto con los ángeles como con Jesús, ha trascurrido en un plano impersonal, se le ha llamado por el apelativo de “mujer”, tal vez reflejo del vacío y la tristeza que ella experimentaba en su corazón. Ese mismo vacío que sintió María Magdalena, lo sentimos nosotros en nuestros corazones cuando estamos en pecado. En ese momento nuestra alma está tan vacía como lo estuvo aquel sepulcro hace casi dos mil años. Jesús no está y no lo podemos encontrar…

Pero todo cambia cuando Jesús se le revela y la llama por su nombre: “¡María!” En ese momento se le abren los ojos del alma, y su vacío y tristeza se convierten en gozo, y reconoce a Jesús: “¡Rabboni!”. Trato de imaginar lo que María debe haber sentido en ese momento. Sentiría que su pecho iba a estallar; no encontraría palabras para expresar su alegría, por eso trata de abrazarlo y Jesús no se lo permite: “Suéltame, que todavía no he subido al Padre”. Y le envía a dar la buena noticia a sus hermanos.

Del mismo modo, cuando nuestra alma está vacía por causa del pecado, cuando no encontramos a Jesús dentro de nosotros o, como María, lo vemos pero no le reconocemos, si nos arrepentimos de corazón y lloramos nuestra culpa, Jesús nos llamará por nuestro propio nombre. Y entonces se nos abrirán los ojos del alma y le reconoceremos. Pero a diferencia de María, quien no pudo abrazar al Resucitado porque todavía no había subido al Padre, nosotros sí podemos fundirnos con Él en el abrazo más amoroso imaginable. Y saldremos con júbilo a decir a nuestros hermanos: ¡Él vive!

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN 12-04-20

“Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba”.

¡Cristo ha resucitado; verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

Hoy es el día más importante en la liturgia de la Iglesia. Celebramos el hecho salvífico más importante en la historia de la humanidad. Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho el regalo de la Resurrección, que hace realidad la promesa de vida eterna. “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,14). La Resurrección, y el encuentro con el Resucitado, fueron los eventos que hicieron comprender a los apóstoles todo lo que el Señor les había anunciado pero que ellos no habían comprendido a cabalidad.

Y para este día la liturgia nos propone dos lecturas evangélicas alternas (Jn 20,1-9 y Mt 28,1-10). Ambas nos presentan la versión de cada evangelista de lo ocurrido en aquella mañana gloriosa en que Jesús resucitó. El año pasado reflexionamos sobre la versión de Juan, así que hoy comentaremos sobre la narración de Mateo.

Nos narra Mateo que las mismas mujeres que estuvieron presentes en la sepultura (María Magdalena y “la otra María”) se dirigieron a visitar el sepulcro, y al llegar al lugar fueron testigos de cómo un ángel del Señor hizo rodar la piedra que lo cubría.

“El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: ‘Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis». Ya os lo he dicho.’ Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘¡Dios os guarde!’ (otras versiones dicen “Paz a ustedes”). Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: ‘No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’”.

Este pasaje nos presenta los dos signos de la Resurrección, el negativo (el sepulcro vacío) y el positivo (la aparición de Jesús). No hay duda, ¡Jesús ha resucitado! Lo que el ángel les había anunciado de palabra (¡no está aquí, ha resucitado!) ellas lo comprueban al ver el sepulcro vacío, y esa certeza se reafirma en el encuentro con el Resucitado.

Jesús ha vencido la muerte. De ese modo el Padre no permitió que su cuerpo experimentara la corrupción (Cfr. Hc 13,37; Sal 16,10). La muerte no tendrá más poder sobre nosotros. Lo que aparentaba ser una derrota fue utilizada por Dios para convertir la oscuridad de la noche de aquel primer Sábado Santo en el glorioso amanecer del Domingo de Resurrección. Y si creemos en Jesús y creemos en su Palabra (i.e., tenemos fe), tenemos la certeza de que nosotros también hemos de resucitar tal y como Él lo hizo (Cfr. Jn 5,28-29).

Todos somos llamados a ser testigos de la Resurrección. Por eso en la celebración eucarística exclamamos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!” Y al igual que aquellas mujeres partieron presurosas a comunicar la buena noticia de la Resurrección a los discípulos, nosotros tenemos que salir de allí a proclamar nuestra fe pascual a toda la humanidad.

No está aquí; ha resucitado. ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES SANTO 08-04-20

“Ellos se ajustaron con él en treinta monedas”.

Ya estamos en el umbral de la Pasión. Es Miércoles Santo. Mañana celebraremos la Misa vespertina “en la cena del Señor”, y pasado mañana será el Viernes Santo. El pasaje evangélico que nos presenta la liturgia para hoy es precisamente la preparación de la cena, y la versión de Mateo de la traición de Judas (Mt 26,14-25). Pero el énfasis parece estar en la traición de Judas, pues comienza y termina con esta. Los preparativos y la cena parecen ser un telón de fondo para el drama de traición.

La lectura comienza así: “En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se presentó a los sumos sacerdotes y les propuso: ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’ Ellos se ajustaron con él en treinta monedas (Mateo es el único que menciona la cantidad acordada de “treinta monedas” Marcos y Lucas solo mencionan “dinero”). Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo”.

La trama de la traición continúa desarrollándose durante la cena: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Luego sigue un intercambio entre Jesús y sus discípulos, que culmina con Judas preguntando: “¿Soy yo acaso, Maestro?”, a lo que Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Esto ocurría justo antes de la institución de la Eucaristía.

Siempre que escucho la historia de la traición de Judas, recuerdo mis días de infancia y adolescencia cuando en mi pueblo natal se celebraba la quema de una réplica de Judas. Era como si emprendiéndola contra Judas, el pueblo entero tratara de echarle a este toda la culpa por la muerte de Jesús; como si dijéramos: “Si yo hubiese estado allí, no lo hubiese permitido”.

La realidad es que la traición de Judas fue el último evento de una conspiración de los poderes ideológico-religiosos de su tiempo, que llevaban tiempo planificando la muerte de Jesús. La suerte de Jesús estaba echada. Judas fue un hombre débil de carácter que sucumbió ante la tentación y se convirtió en un “tonto útil” en manos de los poderosos.

Es fácil echarle culpa a otro; eso nos hace sentir bien, nos justifica. Pero se nos olvida que Jesús murió por los pecados de toda la humanidad, cometidos y por cometer. Eso nos incluye a todos, sin excepción. Todos apuntamos el dedo acusador contra Judas, pero, ¿y qué de Pedro? ¿Acaso no traicionó también a Jesús? ¡Ah, pero Pedro se arrepintió y siguió dirigiendo la Iglesia, mientras Judas se ahorcó! Esta aseveración suscita tres preguntas, que cada cual debe contestarse: ¿Creen ustedes que Dios dejó de amar a Judas a raíz de la traición? ¿Existe la posibilidad de que Judas se haya arrepentido en el último instante de su vida? De ser así, ¿puede Dios haberlo perdonado?

¿Y qué de los demás discípulos, quienes a la hora de la verdad lo abandonaron, dejándolo solo en la cruz?

No pretendo justificar a Judas. Tan solo quiero recalcar que él no fue el único que traicionó a Jesús, ni será el último. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlo? Hoy debemos preguntarnos: ¿Cuántas veces te he traicionado, Señor? ¿Cuáles han sido mis “treinta monedas”?