REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES SANTO 08-04-20

“Ellos se ajustaron con él en treinta monedas”.

Ya estamos en el umbral de la Pasión. Es Miércoles Santo. Mañana celebraremos la Misa vespertina “en la cena del Señor”, y pasado mañana será el Viernes Santo. El pasaje evangélico que nos presenta la liturgia para hoy es precisamente la preparación de la cena, y la versión de Mateo de la traición de Judas (Mt 26,14-25). Pero el énfasis parece estar en la traición de Judas, pues comienza y termina con esta. Los preparativos y la cena parecen ser un telón de fondo para el drama de traición.

La lectura comienza así: “En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se presentó a los sumos sacerdotes y les propuso: ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’ Ellos se ajustaron con él en treinta monedas (Mateo es el único que menciona la cantidad acordada de “treinta monedas” Marcos y Lucas solo mencionan “dinero”). Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo”.

La trama de la traición continúa desarrollándose durante la cena: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Luego sigue un intercambio entre Jesús y sus discípulos, que culmina con Judas preguntando: “¿Soy yo acaso, Maestro?”, a lo que Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Esto ocurría justo antes de la institución de la Eucaristía.

Siempre que escucho la historia de la traición de Judas, recuerdo mis días de infancia y adolescencia cuando en mi pueblo natal se celebraba la quema de una réplica de Judas. Era como si emprendiéndola contra Judas, el pueblo entero tratara de echarle a este toda la culpa por la muerte de Jesús; como si dijéramos: “Si yo hubiese estado allí, no lo hubiese permitido”.

La realidad es que la traición de Judas fue el último evento de una conspiración de los poderes ideológico-religiosos de su tiempo, que llevaban tiempo planificando la muerte de Jesús. La suerte de Jesús estaba echada. Judas fue un hombre débil de carácter que sucumbió ante la tentación y se convirtió en un “tonto útil” en manos de los poderosos.

Es fácil echarle culpa a otro; eso nos hace sentir bien, nos justifica. Pero se nos olvida que Jesús murió por los pecados de toda la humanidad, cometidos y por cometer. Eso nos incluye a todos, sin excepción. Todos apuntamos el dedo acusador contra Judas, pero, ¿y qué de Pedro? ¿Acaso no traicionó también a Jesús? ¡Ah, pero Pedro se arrepintió y siguió dirigiendo la Iglesia, mientras Judas se ahorcó! Esta aseveración suscita tres preguntas, que cada cual debe contestarse: ¿Creen ustedes que Dios dejó de amar a Judas a raíz de la traición? ¿Existe la posibilidad de que Judas se haya arrepentido en el último instante de su vida? De ser así, ¿puede Dios haberlo perdonado?

¿Y qué de los demás discípulos, quienes a la hora de la verdad lo abandonaron, dejándolo solo en la cruz?

No pretendo justificar a Judas. Tan solo quiero recalcar que él no fue el único que traicionó a Jesús, ni será el último. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlo? Hoy debemos preguntarnos: ¿Cuántas veces te he traicionado, Señor? ¿Cuáles han sido mis “treinta monedas”?

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DE SEÑOR EN TIEMPOS DEL COVID-19 (CICLO A) 05-04-20

“La misma multitud que recibe a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén en el Evangelio correspondiente a la bendición de los ramos (Mt 21,1-11) ahora pide que le crucifiquen”.

Hoy celebramos el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, y la liturgia nos ofrece como lectura evangélica la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (26,14–27,66), un adelanto de lo que le espera a Jesús. En esta lectura la “multitud” anónima juega un papel importante. La misma multitud que recibe a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén en el Evangelio correspondiente a la bendición de los ramos (Mt 21,1-11) ahora pide que le crucifiquen.

Si comparamos la actitud de esa multitud anónima en ambas lecturas, vemos cuán volubles y manejables son las masas. Lo mismo podemos decir de nosotros. En un momento estamos alabando y bendiciendo al Señor mientras le recibimos en nuestros corazones, y al siguiente nos dejamos seducir por el maligno y terminamos dándole la espalda y “crucificándole”. Sí, cada vez que pecamos, estamos dando un martillazo en uno de los clavos que taladraron las manos y los pies de Jesús. Pero Él nos ama tanto que aun así ofreció su vida por los que lo asesinaron.

Esta semana Santa que comienza hoy nos presenta otra oportunidad de hacer introspección, examen de conciencia sobre nuestra actitud hacia Dios. ¿A cuál de las dos multitudes pertenezco?

Hoy no podremos recibir los ramos benditos como acostumbramos, pero nuestros pastores nos han exhortado a bendecir en familia y colocar en nuestras puertas una rama palma, o de cualquier árbol o planta verde como signo de nuestra fe. Unos ramos frescos, llenos de vida. Esos ramos eventualmente van a secarse. Así de efímera es nuestra vida. Hoy se nos brinda otra oportunidad. No sabemos si vamos a estar aquí el próximo año, el próximo mes, la próxima semana, mañana, esta noche… Cuando venga el Hijo de hombre, ¿en cuál de las multitudes nos sorprenderá?

Jesús nos ama con locura, con pasión; quiere relacionarse con nosotros; quiere nuestra salvación, para eso nos creó el Padre, por eso cuando le fallamos envió a su Hijo. Pero, como dice el P. Larrañaga, “Dios es un perfecto caballero”, es incapaz de imponerse. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

Jesús se ofreció a sí mismo como víctima propiciatoria por todos los pecados de la humanidad, cometidos y por cometer; los tuyos y los míos. Pero para poder recibir el beneficio de esa redención tenemos que acercarnos a Él, reconocerle, y reconocer nuestra culpa como lo hizo el buen ladrón. Y para eso Jesús nos dejó el Sacramento de la reconciliación, y se lo encomendó a Su Iglesia a través de los apóstoles (Jn 20,22-23).

Este año muchos nos vemos privados del sacramento de la reconciliación. El papa Francisco, consciente de la situación extraordinaria que estamos atravesando, nos ha explicado cómo confesar en ausencia de un sacerdote: Haces lo que dice el Catecismo. Si no encuentras un sacerdote para confesar, habla con Dios y pídele perdón con todo el corazón. Y prométele: “Más tarde confesaré, pero perdóname ahora”. E inmediatamente volverás a la gracia de Dios.

Por Su Dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero…

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 17-03-20

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Dios nos perdona incluso antes de que le pidamos perdón, teniendo tan solo que acercarnos al sacramento de la reconciliación para poder recibirlo.

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt 6,12). En ese fragmento de la oración que el mismo Cristo nos enseñó, y que repetimos a diario sin prestar atención a lo que decimos, podría resumirse la lectura evangélica que la liturgia nos ofrece hoy (Mt 18,21-35). ¡Cuán prestos somos al juzgar y criticar al prójimo, y cuán lentos somos a la hora de perdonar! Se nos olvida que la medida con que nosotros midamos también se usará para nosotros (Mt 7,2b; Lc 6,38b).

En algún lugar he leído que perdonar no es solo un deber moral, sino el eco de la conciencia de haber sido perdonado. Es decir, perdonamos porque hemos sido perdonados, y como una consecuencia directa de ese perdón que hemos recibido.

Para entender el alcance del relato evangélico de hoy, tenemos que entender la mentalidad judía de la época de Jesús, y cómo esta había ido evolucionando. En la antigüedad, cuando alguien nos ofendía merecía una venganza de hasta “setenta veces siete” (Gn 4,24). Posteriormente, con la llamada “ley del talión”, esta venganza se redujo a la medida de la falta: “ojo por ojo, diente por diente…” (Ex 21, 23-25). Este concepto siguió evolucionando y no es hasta una época bien posterior que se introduce la noción del perdón, pero hasta cierto límite, sujeto a ciertas “tarifas”. Cabe señalar que estas “tarifas” variaban de una escuela rabínica a otra. Así se establecía el número de veces que se debía perdonar a los hermanos, las esposas, los hijos.

Jesús era considerado por sus discípulos como raboní. Dentro de ese marco es que Pedro pregunta a Jesús: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”. Quería saber cuál era la “tarifa” que Jesús iba a imponer a sus discípulos. A lo que Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Para explicar su punto, les expone la “parábola del servidor despiadado”; aquél de quien el rey se había compadecido y le había perdonado una deuda considerable. Luego, ese mismo servidor hizo encarcelar a otro que le debía una suma mucho menor. Al enterarse el rey, le hizo encarcelar también hasta que pagara la deuda en tu totalidad diciéndole: “¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?”. Al final Jesús añade: “Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.

No podemos negar el perdón a los demás, porque nosotros mismos hemos sido perdonados; y ese perdón no puede estar sujeto a un número de veces, a una “tarifa”, porque a nosotros Dios nos perdona sin límite. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, nos perdona incluso antes de que le pidamos perdón, teniendo tan solo que acercarnos al sacramento de la reconciliación para poder recibirlo. Solo perdonando sin medida al que nos ofende, como Dios lo hace con nosotros, estaremos proclamando la Buena Noticia del perdón de Dios.

Señor, ayúdame a perdonar como Tú me perdonas…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 11-03-20

“El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor.”

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy tienen un tema común. La Palabra de Dios es cortante, pone al descubierto los pecados de los hombres. Por eso incomoda a muchos, especialmente a aquellos que no son sinceros. La reacción es siempre la misma: Hay que eliminar el mensajero.

En la primera lectura (Jr 18,18-20) vemos cómo sus detractores conspiran para difamar a Jeremías, desprestigiarlo para restarle credibilidad a su mensaje, que es Palabra de Dios. Él es tan solo un profeta, un portavoz de Dios.

Los malvados dijeron: “Venid, maquinemos contra Jeremías”. De este modo Jeremías se convierte en prefigura de Cristo, quien será perseguido y difamado a causa de esa Palabra (Él mismo es la Palabra encarnada). “Venid, lo heriremos con su propia lengua”. Lo que hacen los difamadores, tergiversan las palabras del que quieren difamar, tratan de herirlo con sus propias palabras. Me recuerda la Pasión. Jesús habla del Reino y lo acusan de proclamarse rey (Jn 18, 18-20); dice que destruirá el templo y lo reconstruirá en tres días (refiriéndose a su muerte y resurrección), y lo acusan de blasfemo y terrorista (Mt 26,60b-61). El poder de la lengua… Capaz de herir a una persona en lo más profundo de su ser, de “matar” su reputación. No solo peca contra el quinto mandamiento el que mata físicamente a su prójimo; también el que mata su reputación (Cfr. Mt 5,21-22).

La lectura evangélica de hoy (Mt 20,17-28) nos presenta el tercer anuncio de la pasión por parte de Jesucristo a sus discípulos en el Evangelio según san Mateo. Ya anteriormente lo había hecho en Mt 16, 21-23; y 17, 22-23; 20.

Este tercer anuncio, a diferencia de los anteriores, tiene un aire de inminencia. Jesús sabe que su hora está cerca, el pasaje comienza diciendo que Jesús iba “subiendo a Jerusalén”. Su última subida a Jerusalén, en donde culminaría su misión, enfrentaría su muerte: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará”. Anuncia su misterio pascual.

Pero a pesar de que era el tercer anuncio, los discípulos no parecieron comprender la seriedad ni el alcance del mismo. Siguen pensando en “pequeño”, en su “mundillo”, en “puestos”, en reconocimiento. Ya se acerca la hora definitiva y todavía no han captado el mensaje de Jesús, del que vino a servir y no a ser servido. Por eso Jesús les dice: “el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”.

Tal vez por eso, en la hora final, recurre al gesto dramático de quitarse el manto, ceñirse una toalla, echar agua en un recipiente, y lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,4-5).

Hoy hemos de preguntarnos: ¿He captado el mensaje de Jesús, o estoy todavía como los discípulos, pendiente de puestos y reconocimientos?

Señor, danos el don de la humildad.

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA 08-03-20

Altar mayor de la Basílica de la Transfiguración, construida en lo alto del Monte Tabor, donde la tradición dice que ocurrió el episodio que nos narra la liturgia de hoy, y donde tuve el privilegio de servir como ayudante del altar.

La liturgia de hoy nos presenta el pasaje de la Transfiguración del Señor (Mt 17,1-9). El pasaje nos narra que Jesús tomó consigo a los discípulos que conformaban su “círculo íntimo” de amigos: Pedro, Santiago, y su hermano Juan, y los llevó aparte a una montaña (la tradición nos dice que fue el Monte Tabor). Allí, delante de ellos, se “transfiguró”, es decir, les permitió ver, por unos instantes, la gloria de su divinidad.

Esta narración está tan preñada de simbolismos, que resultaría imposible reseñarlos en estos breves párrafos. Trataremos, por tanto, de resumir lo que la Transfiguración representó para los discípulos a quienes Jesús les concedió el privilegio de presenciarla.

Los discípulos ya habían comprendido que Jesús era el Mesías esperado; por eso lo habían dejado todo para seguirle, sin importar las consecuencias de ese seguimiento. Pero todavía no habían logrado percibir en toda su magnitud la gloria de ese Camino que es Jesús. Él decidió brindarles una prueba de su gloria para afianzar su fe. Podríamos comparar esta experiencia con esos momentos que vivimos, por fugaces que sean, en que vemos manifestada sin lugar a dudas la gloria y el poder de Dios; esos momentos que afianzan nuestra fe y nos permiten seguir adelante tras los pasos del Maestro. En esos momentos resuenan en nuestro espíritu las palabras del Padre: “Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadlo”.

Concluye la lectura diciéndonos que luego de escuchar esas palabras miraron a su alrededor y no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Es entonces que Jesús les dice “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Pero ellos todavía no acertaban a comprender el alcance de aquellas palabras, eso de “resucitar de entre los muertos”. Está adelantándoles (y adelantándonos a nosotros en esta preparación cuaresmal) la gloriosa Resurrección que ha de culminar su Misterio Pascual. A pesar de que Jesús se los anuncia en más de una ocasión, no será hasta después de la Resurrección cuando, iluminados por el Espíritu Santo que recibirán en Pentecostés, comprendan plenamente el alcance de las mismas.

Hoy nosotros tenemos una ventaja que aquellos discípulos no tuvieron; el testimonio de la gloriosa Resurrección de Jesús, y la “transfiguración” que tenemos el privilegio de presenciar en cada celebración eucarística. Porque Jesús no solo resucitó, sino que también quiso permanecer con nosotros en la Eucaristía.

Hoy, pidamos al Padre que cada vez que participemos de la Eucaristía, los ojos de la fe nos permitan contemplar la gloria de su Hijo y escuchar en nuestras almas aquella voz que nos dice: “Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadlo”.

Pidamos también al Señor que nos permita compenetrarnos con Jesús al punto que nos “transfiguremos” junto con ÉL, para que Su luz ilumine nuestros rostros y podamos convertirnos en “faros” que aparten las tinieblas y arrojen un rayo de esperanza que guíe a nuestros hermanos hacia Él.

Que pasen un hermoso fin de semana y, recuerda, el Señor te espera en Su casa.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 07-03-20

“Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Con esa frase pronunciada por Jesús termina la lectura evangélica que la liturgia nos propone para hoy (Mt 5,43-48). Y esa perfección se manifiesta en el amor que Dios prodiga a toda la humanidad, sin distinción, aún sobre los que no le conocen, aquellos que lo ignoran, aquellos que lo odian, aquellos que blasfeman contra Él. Esa es la medida que se nos exige. ¡Uf!

“Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?”

La ley del amor. Jesús la repite sin cansancio. No podemos acercarnos a Él sin toparnos de frente con ese mensaje. Jesús nos ofrece la filiación divina (¡qué regalo!). Hay un solo requisito: amar; amar sin distinción y sin excepciones, especialmente a aquellos que nos hacen la vida imposible, aquellos que nos traicionan, nos odian, aquellos que son “diferentes”… Y más aún, orar por los que nos persiguen, los que nos hacen daño. Tú nos has mostrado el camino: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¡Señor, qué difícil se nos hace seguirte!

Tú siempre nos hablas claro, sin dobleces: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). ¿No será eso nada más que un sueño, un ideal, una ilusión, una quimera, una ingenuidad de Tu parte, Señor?

Pero Tú nunca nos pides nada que no podamos lograr; y mientras más difícil la encomienda, más cerca de nosotros estás para ayudarnos. En este caso nos dejaste el Espíritu de Verdad que iba a venir y hacer morada en nosotros: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17).

Durante este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a la conversión. Esa conversión de corazón es una obra de la Gracia de Dios. Como nos dice el libro de las Lamentaciones: “Conviértenos Señor, y nos convertiremos” (Lm 5,21). Y esa Gracia que obra la conversión en nosotros la recibimos cuando le abrimos nuestro corazón a ese Espíritu de la Verdad y le permitimos que haga morada en nosotros; ese Espíritu que es el Amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Solo entonces podremos decir con san Pablo: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

“Conviértenos Señor, y nos convertiremos”.

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (A) 01-03-20

“El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes»”.

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los pecadores, a reconciliarnos con Él. Nuestra débil naturaleza humana, esa inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la tentación.

La primera lectura (Gn 2,7-9;3,1-7) nos presenta la primera caída del hombre cuando, seducidos por la serpiente, el hombre y la mujer se dejaron arropar por la soberbia y quisieron ser como Dios (ya no necesitarían de Él). De esa manera entró el pecado al mundo, a la humanidad; el pecado original.

Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, experimentó también en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios, se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación. Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno. De paso, en un acto de misericordia, conociendo nuestra inclinación al pecado, nos dejó el sacramento de la reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena con el Dios uno y trino (Jn 20,23).

La lectura evangélica de hoy (Mt 4,1-11) nos presenta la versión de Mateo de las tentaciones en el desierto. En el lenguaje bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”. Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su muerte y resurrección.

La lectura nos presenta al diablo tentando a Jesús en el desierto. Hacia el final, Jesús sintió hambre, fue entonces cuando el maligno redobló su tentación (siempre actúa así). Aprovechándose de esa necesidad básica del hombre, y reconociendo que Jesús es Dios y tiene el poder, le propuso convertir una piedra en pan para calmar el hambre física. Creyó que lo tenía “arrinconado”. Pero Jesús, fortalecido por cuarenta días de oración y ayuno, venció la tentación.

Del mismo modo Jesús vence las otras dos tentaciones del diablo: primero tentándolo para que haga alarde de su divinidad saltando al vacío sin que su cuerpo sufra daño alguno, y luego prometiéndole poder y gloria terrenales a cambio de postrarse ante él. Finalmente, el diablo tuvo que retirarse del lugar sin lograr que Jesús cayera en la tentación.

La versión de Lucas de este pasaje (4,1-13) dice que el demonio se marchó “hasta otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de tentarnos nuevamente, “como un león rugiente” (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer momento de debilidad para atacar. Y una vez averigua cuál es nuestro flanco débil, por ahí nos va a atacar siempre.

Tiempo de cuaresma, tiempo de conversión, tiempo de penitencia, tiempo de reconciliación. Durante este tiempo la liturgia nos invita a tornarnos hacia Él con confianza para decirle: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (Sal 50).

Reconcíliate con Dios, reconcíliate con tu hermano… Hoy es el día, mañana puede ser muy tarde.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DESPUÉS DE CENIZA 28-02-20

“¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán”.

Continuamos adentrándonos en el tiempo fuerte de la Cuaresma, ese tiempo de conversión en que se nos llama a practicar tres formas de penitencia: el ayuno, la oración y la limosna. Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy tratan la práctica del ayuno.

La primera, tomada del libro del profeta Isaías (58,1-9a), nos habla del verdadero ayuno que agrada al Señor. Comienza denunciando la práctica “exterior” del ayuno por parte del pueblo de Dios; aquél ayuno que podrá mortificar el cuerpo pero no está acompañado de, ni provocado por, un cambio de actitud interior, la verdadera “conversión” de corazón. El pueblo se queja de que Dios no presta atención al ayuno que practica, a lo que Dios, por voz del profeta les responde: “¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?”

No, el ayuno agradable a Dios, el que Él desea, se manifiesta en el arrepentimiento y la conversión: “El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: ‘Aquí estoy’” (¿No les parece estar escuchando al Papa Francisco?).

De nada nos vale privarnos de alimento, o como hacen algunos, privarse de bebidas alcohólicas durante la cuaresma, para luego tomarse en una juerga todo lo que no se tomaron durante ese tiempo, diz que para celebrar la Pascua de Resurrección, sin ningún vestigio de conversión. Eso no deja de ser una caricatura del ayuno.

El Salmo que leemos hoy (50), el Miserere, pone de manifiesto el sacrificio agradable a Dios: “Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Ese es el sacrificio, el “ayuno” agradable a Dios.

La lectura evangélica (Mt 9,14-15) nos presenta el pasaje de los discípulos de Juan que criticaban a los de Jesús por no observar rigurosamente el ayuno ritual (debemos recordar que según la tradición, Juan el Bautista pertenecía al grupo de los esenios, quienes eran más estrictos que los fariseos en cuanto a las prácticas rituales). Jesús les contesta: “¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán”. “Boda”: ambiente de fiesta; “novio”: nos evoca el desposorio de Dios con la humanidad, esa figura de Dios-esposo y pueblo-esposa que utiliza el Antiguo Testamento para describir la relación entre Dios y su pueblo. Es ocasión de fiesta, gozo, alegría, júbilo. Nos está diciendo que los tiempos mesiánicos han llegado. No hay por qué ayunar, pues no se trata de ayunar por ayunar.

Luego añade: “Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán”. Ayer leíamos el primer anuncio de su Pasión por parte de Jesús en Lucas; hoy lo hacemos en Mateo. Nos hace mirar al final de la Cuaresma, la culminación de su pacto de amor con la humanidad, su Misterio Pascual.