REFLEXIÓN PARA EL DECIMOCTAVO DOMINGO DEL T.O. (B) 05-08-18

La primera lectura de hoy (Ex 16,2-4.12-15) nos sirve de marco de referencia para el evangelio (Jn 6,24-35). Esta lectura nos presenta al pueblo en el desierto, luego de haber sido liberado de la esclavitud en Egipto, “murmurando” contra Dios por haberlos enviado al desierto para morir de hambre, y a un Dios providente que les envía codornices y maná para saciar su hambre.

No habían pasado tres meses desde que Dios los había liberado de las plagas que envió sobre el pueblo egipcio, de haberlos liberado de la esclavitud en Egipto, y de haber separado las aguas del mar Rojo para huir del ejército del faraón, y ya se les había olvidado todo lo que Dios había hecho por ellos. Tan solo pensaban en hartarse de carne y pan.

Las codornices y el maná que Dios les provee son alimento material que tiene como propósito satisfacer el hambre corporal. Así mismo recibieron los judíos el pan de la multiplicación que Jesús les acababa de dar en la multiplicación de los panes que leyéramos el domingo pasado (Jn 6,1-15).

En el evangelio de hoy esas mismas personas siguen a Jesús hasta el otro lado del mar de Galilea y Jesús, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, sabe que lo han seguido por interés, que no han comprendido el significado del milagro: “Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Ésta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”.

Ante las preguntas de los que le seguían, Jesús les asegura que no fue Moisés quien les dio a comer pan en el desierto, sino el Padre, y que ahora el verdadero pan que Dios les da “es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo”. Se nos está presentando Él mismo como ese único pan capaz de satisfacer el hambre de eternidad, de vida eterna. Por eso se presenta diciendo: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed”. Ese “Yo soy” que repercute a lo largo del evangelio según san Juan (“Yo soy… la luz del mundo,… la resurrección y la vida,… la puerta,… el Buen Pastor,… la vid,… el camino, la verdad y la vida”.) nos evoca el nombre con que Yahvé se presentó a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3,14). De ese modo Jesús revela su divinidad.

Este pasaje también prefigura la Eucaristía, ese “pan” que no solo satisface el hambre corporal, sino que también es el alimento para el alma que nos da las fuerzas para llegar a la Casa del Padre.

Hoy, día del Señor, tenemos que preguntarnos: ¿Me acerco al Señor para que Él satisfaga mis necesidades materiales, o me acerco buscando ese alimento espiritual que da la fortaleza para continuar mi camino a la vida eterna?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 18-05-18

Ya en el umbral de Pentecostés, la liturgia nos propone como lectura evangélica (Jn 21,15-19) la conclusión del Evangelio según san Juan, que nos ha acompañado durante prácticamente toda la Pascua. Este pasaje constituye, junto a Mt 16,18 lo que tal vez sea el argumento bíblico más decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal.

Jesús, en su infinita pero misteriosa sabiduría, ha escogido a uno de sus amigos íntimos para que “apaciente sus corderos”, “pastoree sus ovejas”. Sí, al mismo Pedro que, luego de haber asegurado que estaba dispuesto a dar su vida por Él (Jn 13,37), había terminado negándolo tres veces (Mt 26,69-75). Mientras las multitudes seguían y aclamaban a Jesús, era fácil decir que estaba dispuesto a dar la vida por Él. Cuando se vieron rodeados de soldados y amenazados, ese entusiasmo se esfumó. Trato de imaginarme la angustia, la frustración, la vergüenza que sintió Pedro al recordar las palabras de Jesús cuando le dijo que antes de que cantara el gallo le habría negado tres veces.

Ahora se encuentran por última vez, luego del suceso traumático de la muerte de Jesús y su posterior resurrección. Ya todos comprendían lo que Jesús les había adelantado sobre su resurrección. Una vez más el ambiente es de sobremesa; acababan de consumir parte del producto de la pesca milagrosa, y Jesús y su amigo Pedro tienen un “aparte”, probablemente tomando un corto paseo a orillas del lago de Tiberíades. Jesús quiere confiarle a Pedro el rebaño que con tanto amor Él había juntado. Por eso el diálogo gira en torno al principal requisito que tiene que cumplir el que vaya a asumir semejante tarea: el amor.

Jesús conoce lo que hay en nuestros corazones, al punto que las palabras a veces pueden hasta tornarse en obstáculos. Pero aun así le pregunta tres veces (el mismo número de las negaciones): “¿me amas más que éstos?”; “¿me amas?”; “¿me quieres?”. Nos dice la escritura que a la tercera pregunta Pedro “se entristeció”. Probablemente recordó las negaciones, y también cuando su mirada se cruzó con la de Jesús en casa de Caifás. Jesús sabe que Pedro le ama, pero quiere que Pedro esté seguro que le ama. Porque la labor que le va a encomendar es una de amor, pues solo el que ama “hasta que le duela”, al punto de dar la vida, puede predicar el amor. Todo eso está implícito en la última palabra: “Sígueme”.

Jesús le está confiando su más preciado tesoro, y le está pidiendo que ese mismo amor que le tiene a Él, lo demuestre en su entrega incondicional a ese “rebaño”. Después de todo, la misión de Pedro, junto a los demás discípulos va a ser solo una: predicar el Amor a todo el mundo. Esa es también nuestra misión, y sobre esa gestión hemos de rendir cuentas. Como nos dijo san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Consciente del alcance y significado de la pregunta, cierra los ojos, examina tu corazón y contesta la pregunta que Jesús te está haciendo: “¿me amas?”

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA LITÚRGICA DE LOS APÓSTOLES FELIPE Y SANTIAGO 03-05-18

Ya para hoy hemos comentado las lecturas correspondientes al jueves de la quinta semana de Pascua. Sin embargo, hoy la Iglesia celebra la Fiesta Litúrgica de los Apóstoles Felipe y Santiago. Aquí nuestra reflexión para la Fiesta.

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de los santos Felipe y Santiago, apóstoles. La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy coincide con la que contempláramos el sábado de la cuarta semana de Pascua (Jn 14,6-14), que ya habíamos comentado anteriormente. En este pasaje Jesús se presenta como el único camino al Padre, por la identidad que existe entre ambos: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Les refiero a nuestra reflexión anterior, publicada en http://delamanodemaria.com/?p=7053.

Como primera lectura para esta Fiesta, nos apartamos momentáneamente del libro de los Hechos de los Apóstoles para visitar la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15, 1-8). En este pasaje encontramos a Pablo reiterando la proclamación de su fe pascual a los cristianos de la comunidad de Corinto: “Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí”. Como parte de la proclamación de fe pascual, Pablo nos presenta a Santiago y los demás apóstoles (lo que incluiría a Felipe) como testigos de la Resurrección.

La comunidad de Corinto fue una de las que más dolores de cabeza le causaron a Pablo. Basta leer ambas cartas para ver la cantidad de problemas que enfrentaba esa joven comunidad, causados primordialmente por estar ubicada en un puerto marítimo lleno de vicios, pecado (especialmente de índole sexual), idolatría, etc. De ahí la insistencia de Pablo en reiterarles la tradición apostólica que él había recibido,  no sin antes recordarles que hay una sola fe y una sola doctrina: el Evangelio de Jesucristo. Les dice que no pueden apartarse de ese Evangelio, pues, “de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe”. Ese es nuestro Camino de salvación, el único Camino que nos ha de conducir al Padre, como nos recuerda Jesús en la lectura evangélica.

Se trata de un Cristo que nos amó “hasta el extremo”, que murió por nuestros pecados. Por eso, si nos adherimos plenamente a Él (como tiene que ser, pues para Jesús no hay términos medios; el seguimiento ha de ser radical), no solo anunciaremos lo que sabemos de Él que hemos recibido de las Escrituras y la santa Tradición, sino que daremos testimonio con nuestra propia vida, que se convertirá en predicación viviente de la Buena Noticia del amor salvador de Jesús para toda la humanidad.

Señor, hoy que celebramos la Fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago, concédenos la gracia de convertirnos en testigos del Resucitado mediante nuestro testimonio de vida, para que todos le conozcan y, conociéndole crean en la Buena Noticia y le reconozcan como el único Camino que conduce a Ti.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 19-04-18

La primera lectura de hoy (Hc 8,26-40) nos presenta a Felipe, quien ha salido de Jerusalén luego de la muerte de Esteban y ha continuado la propagación de la Buena Noticia, siguiendo el mandato de Jesús de ir por todo el mundo y proclamar el Evangelio (Mc 16,15), reiterado en la promesa de Jesús a los apóstoles antes de su ascensión (Hc 1,8) de que recibirían el Espíritu Santo y darían testimonio de Él hasta los confines de la tierra. Hoy encontramos a Felipe convirtiendo y bautizando a un alto funcionario de la reina de Etiopía, esto a apenas unos meses de la Resurrección de Jesús. Es el comienzo de ese testimonio que llevará al mismo Felipe a evangelizar hasta el actual Sudán al sur del río Nilo. Y el “motor” que impulsaba esa evangelización a todo el mundo era la fe Pascual, guiada por el Espíritu Santo que les había sido prometido y que recibieron en Pentecostés.

Aquél etíope encontró el Evangelio, no en el templo, sino en la carretera de Jerusalén a Gaza. ¡Jesús viene a nuestro encuentro en las calles, en las carreteras, en todos los caminos! El Evangelio es Palabra de Dios viva, y nos sale al paso donde menos lo imaginamos. Al igual que Felipe, todos estamos llamados a proclamar la Buena Noticia de la Resurrección a todo el que se cruce en nuestro camino.

En el pasaje evangélico que contemplamos hoy (Jn 6,44-51) Jesús se describe una vez más como el pan de vida que ha bajado del cielo: “Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él ya no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”… Juan sigue presentándonos a “Jesús Eucaristía”, poniendo en boca de Jesús un lenguaje eucarístico que nos presenta el pan que es su propia carne, para que el que crea y lo coma tenga vida eterna. La promesa de vida eterna. Restituir al hombre la inmortalidad que perdió con la caída y expulsión del paraíso. El hombre fue creado para ser inmortal; vivía en un jardín en el que había un árbol de la vida del que no podía comer, pues Yahvé le había advertido que “el día que comas de él, ten la seguridad de que vas a morir”. La soberbia llevó al hombre a comer del árbol, y la muerte entró en el mundo.

Jesús nos asegura que quien coma su cuerpo recuperará la inmortalidad. Se refiere, por supuesto, a esa vida eterna que trasciende a la muerte física, sobre la cual esta ya no tendrá poder. Pero para recibir los beneficios de ese alimento de vida eterna  es necesario creer; por eso, la frase “Yo soy en pan de vida” está precedida en este pasaje por esta aseveración de parte de Jesús: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna”.

Esas es la gran noticia de Jesús, la Buena Nueva por excelencia para nosotros. Si aceptamos su invitación a hacernos uno con Él en la Eucaristía, Él nos dará su vida eterna. ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE PASCUA 15-04-18

La liturgia para este tercer domingo de Pascua nos presenta la versión de Lucas de la primera aparición de Jesús a sus discípulos (Lc 24,35-48). Para ponernos en contexto, comienza diciendo que los que se habían topado con él en el camino a Emaús, “contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan”. En ese momento, Jesús “se presenta” en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”.

Nos dice la escritura que los discípulos de llenaron de miedo ante esa aparición sorpresiva, “porque creían ver un fantasma”. Sus mentes no podían procesar lo que sus sentidos le decían. Jesús percibe la confusión que su presencia había causado entre los discípulos, y decide demostrarles su corporeidad. Quiere demostrarles que su Resurrección es real, que no se trata meramente de que su espíritu ha vencido la muerte. No, ¡Él vive; verdaderamente ha resucitado! Estaba allí, en medio de ellos.

Entonces, mostrándole sus manos y sus pies les dice: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Ahí los discípulos comienzan a caer en la cuenta que efectivamente era el Señor que había resucitado tal como Él se los había adelantado, pero ellos no habían comprendido. Los discípulos se llenaron de alegría, pero Jesús percibió que aún estaban aturdidos por la intensidad de la experiencia. Por eso añade: “¿Tenéis ahí algo que comer?” Ellos le ofrecieron un pescado, “Él lo tomó y comió delante de ellos”.

No solo lo podían ver, escuchar, tocar, sino que había comido delante de ellos. ¿Qué gesto más humano que ese? El mensaje que Jesús quería transmitir a sus discípulos (y a nosotros) es el carácter totalizante de su Resurrección; que está vivo, que ha vencido la muerte. Esa es la misma resurrección de la que todos hemos de participar al final de los tiempos. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). ¡Qué promesa!

Establecida su identidad, el centro de atención de la narración se desplaza a las Escrituras, o más bien, a la relación entre Jesús y las Escrituras. “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Continúa el relato diciendo que “entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Luego añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”. Ese “ustedes” nos incluye a nosotros.

Sí; estamos llamados a ser sus testigos, esa fue la misión que Jesús encomendó a sus discípulos antes de su Ascensión (Cfr. Hc 1,8). Pero para ser “testigos”, para dar testimonio de algo o alguien, tenemos que tener conocimiento personal. Por tanto, para poder dar testimonio de Jesús tenemos que haber tenido primero un encuentro personal con Él, con ese Jesús Resucitado que comió frente a sus discípulos y que hoy nos invita a “comerle” en el banquete eucarístico.

Estamos viviendo este tiempo especial de la Pascua en que celebramos Su gloriosa Resurrección. Si nos hemos limitado a las devociones y los ritos del Triduo Pascual, sin haber experimentado la vivencia del Resucitado no podemos ser sus testigos.

Te invito a hacer introspección. ¿Verdaderamente he tenido una experiencia con el Resucitado?

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO (OCTAVA) DE PASCUA, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA (B) 08-04-18

Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, también conocido como domingo de la Divina Misericordia.

La primera lectura (Hc 4,32-35) nos narra cómo las primeras comunidades cristianas “daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor”, y cómo por ese gesto “Dios los miraba a todos con mucho agrado”.

No olvidemos que hoy concluye la “Octava” de Pascua y, por tanto, la celebración que comenzó el domingo de Pascua de Resurrección y se prolongó hasta hoy. De ahí que la lectura evangélica (Jn 20,19-31) nos presenta las primeras dos apariciones de Jesús a sus discípulos. La primera el mismo día de la Resurrección, encontrándose encerrados en la estancia superior, por temor a las autoridades judías, luego de que Pedro y Juan encontraran la tumba vacía. La segunda tiene lugar una semana después (un día como hoy), pero esta vez los discípulos estaban fortalecidos por la presencia del Resucitado. Ahora la controversia giraba en torno a la incredulidad de Tomás.

Este pasaje, que es la conclusión del evangelio según san Juan, es sumamente denso y lleno de símbolos. Nos limitaremos a dos, comenzando con el segundo: la incredulidad de Tomás.

La pregunta obligada es: ¿Dónde estaba Tomás cuando el Señor se apareció a los discípulos por primera vez? De seguro estaba vagando, triste y desilusionado porque Jesús había muerto; había visto esfumarse en una horas todas sus expectativas, sus sueños mesiánicos. Se había separado del grupo. Por eso no tuvo la experiencia de Jesús resucitado; como nos pasa a nosotros cuando nos alejamos de la Iglesia. Cuando regresó se negaba a creer porque no lo había visto. Pero esta vez no se alejó, se mantuvo en comunión con sus hermanos, se congregó, y entonces tuvo el encuentro con Jesús resucitado. Igual nos pasa a nosotros cuando regresamos la Iglesia y nos congregamos para la celebración eucarística; los ojos de la fe nos permiten tener un encuentro con Jesús resucitado. Por eso en el rito de la consagración decimos, al igual que Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús concluye el pasaje diciendo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Los discípulos tuvieron la dicha de ver a Jesús resucitado. Nosotros por fe creemos que Él se hace presente con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en las especies de pan y vino durante la celebración eucarística; presencia tan real como lo fue la aparición a los discípulos en aquél primer domingo de Resurrección. ¡Y por ello Jesús nos llama dichosos, bienaventurados!

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la  manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, es absuelto.

Durante la Cuaresma y Semana Santa la Iglesia nos hizo un llamado a reconciliarnos. Si no lo hiciste entonces, recuerda que HOY es el domingo de la Divina Misericordia. ¡Anda, declárate culpable; te garantizo que saldrás absuelto!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA 07-04-18

 

¡Cristo ha resucitado! Ese ha sido nuestro “grito de batalla”, nuestra exclamación de júbilo durante una semana. Estamos culminando la Octava de Pascua, esa prolongación litúrgica del júbilo de la Resurrección que termina mañana. Y la lectura evangélica que nos propone la liturgia (Mc 16,9-15) es un resumen de las apariciones de Jesús narradas por los demás evangelistas, el signo positivo de que Jesús está vivo. Habiendo sido el relato de Marcos cronológicamente el primero en escribirse, algunos exégetas piensan que esta parte del relato no fue escrita por Marcos, sino añadida posteriormente en algún momento durante los siglos I y II, tal vez para sustituir un fragmento perdido del relato original. Otros, por el contrario, aluden a una fuente designada como “Q”, de la cual los sinópticos se nutrieron.

El pasaje comienza con la aparición a María Magdalena, continúa con la aparición a los caminantes de Emaús, y culmina con la aparición a los Once “cuando estaban a la mesa” (de nuevo el símbolo eucarístico). El autor subraya la incredulidad de los Once ante el anuncio de María Magdalena y los de Emaús. Tal vez quiera enfatizar que los apóstoles no eran personas que se creían cualquier cuento, que su fe no se consolidó hasta que tuvieron el encuentro con el Resucitado. Ese detalle le añade credibilidad al hecho de la Resurrección. Algo extraordinario tiene que haber ocurrido que les hizo cambiar de opinión y encendió en ellos la fe Pascual.

Termina con la última exhortación de Jesús a sus discípulos (y a nosotros): “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Esa fe Pascual, avivada por el evento de Pentecostés, es la que brinda a los apóstoles la valentía para enfrentar a las autoridades judías en la primera lectura (Hc 4,13-21) de hoy, que es continuación de la de ayer en la que habían pasado la noche en la cárcel por predicar la resurrección de Jesús en cuyo nombre obraban milagros y anunciaban la Buena Noticia del Reino. Ello, siguiendo el mandato de Jesús de ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda la creación.

Confrontados con sus acusadores, quienes intentaban prohibirle “predicar y enseñar el nombre de Jesús”, Pedro, lleno del Espíritu Santo, proclamó: “Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. Recordemos las palabras de Jesús al concluir el relato de la aparición de Jesús en medio de ellos en el Evangelio del jueves (Lc 24,35-48), en el que concluye diciendo: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.

Concluye la primera lectura diciendo que “no encontraron la manera de castigarlos, porque el pueblo entero daba gloria a Dios por lo sucedido”. El poder de la Palabra, “más cortante que espada de doble filo” (Hb 4,2). Imposible de resistir…

Durante esta semana hemos estado celebrando la Resurrección de Jesús. No se trata de un acontecimiento del pasado; se trata de un acontecimiento presente, tan real como lo fue para los Once y los demás discípulos. Y como Pedro en la primera lectura, estamos llamados a ser testigos. ¡Jesús vive; verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA 02-04-18

Nos encontramos de lleno en la octava de Pascua. Con el Domingo de Resurrección comenzamos la cincuentena del tiempo pascual que culmina con la solemnidad de Pentecostés. Llamamos Octava de Pascua a la primera semana de la cincuentena. Es como si se tratara de un solo día, o sea, que la alegría del domingo de Pascua se prolonga por ocho días seguidos. Durante la octava, las lecturas evangélicas que nos brinda la liturgia se concentran en el signo “positivo” de la resurrección, las apariciones de Jesús, que junto al signo “negativo” (el sepulcro vacío), conforman los hechos que demuestran sin lugar a dudas que ¡Jesús ha resucitado! Estas lecturas nos transmitirán fielmente las experiencias de los apóstoles y otros con el Resucitado.

La lectura de hoy (Mt 28,8-15) nos presenta a María Magdalena y “la otra María” (María la de Santiago) marchándose a toda prisa del sepulcro después de haber presenciado al “Ángel del Señor” bajar del cielo en medio de un terremoto y rodar la piedra que servía de lápida. El Ángel les anunció que no temieran, que el Señor había resucitado tal como lo había anunciado, pidiéndoles que fueran a informar lo ocurrido a los discípulos (vv. 1-7).

Estando de camino a comunicarles la buena noticia de la resurrección a los demás discípulos, Jesús se aparece a las mujeres y les dice: “Alegraos. No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Cuando examinamos los relatos de la Resurrección de Jesús, lo primero que salta a la vista es el papel tan importante que ocupan las mujeres en los mismos. En ocasiones anteriores hemos dicho que el Resucitado, con su cuerpo glorificado escoge a quién le permite verle. Muchos se preguntan por qué Jesús se apareció primero a las mujeres. La pregunta es válida.

El papa San Gregorio Magno nos brinda una posible explicación: “Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquellas mujeres, que no se apartaban del sepulcro. Buscaban al que no habían hallado, lo buscaban llorando y encendidas en el fuego del amor. Por ello, las mujeres fueron las únicas en verlo entonces, por que se habían quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas”.

En otras palabras, lo encontraron porque fueron las únicas que se atrevieron, las únicas que lo buscaron (Cfr. Mt 7,7-8). No hay duda, ese amor que ardía en los corazones de aquellas mujeres piadosas les proporcionó algo que le faltó a los hombres, quienes se habían escondido por temor a las autoridades: VALOR. Un valor capaz de enfrentar los peligros de la noche y la presencia de los guardias que custodiaban el sepulcro.

San Juan Pablo II al tratar el tema nos dice: “Es a las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección, haciéndolas las primeras testigos de esta verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza, que las había impulsado hasta el Calvario”.

Pidámosle al Resucitado nos conceda el amor y la perseverancia de aquellas mujeres, para tener un verdadero encuentro con Él y poder anunciar a todos la noticia: ¡Ha resucitado!

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN 01-04-18

 

¡Aleluya, Aleluya, Aleluya! ¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!” (de la Secuencia para la liturgia del Domingo de la Resurrección del Señor).

Hoy es el día más importante en la liturgia de la Iglesia. Celebramos el acontecimiento más importante en la historia de la humanidad. Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho el regalo de la Resurrección, que hace realidad la promesa de vida eterna. “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,14). La Resurrección, y el encuentro con el Resucitado, fueron los eventos que hicieron comprender a los apóstoles todo lo que el Señor les había anunciado pero que ellos no habían comprendido a cabalidad.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este día (Jn 20,1-9), es la versión de Juan de lo ocurrido en la mañana gloriosa de aquél domingo en que Jesús resucitó. El pasaje nos muestra a María Magdalena llegando al sepulcro de madrugada y encontrando quitada la lápida del sepulcro. Inmediatamente dio razón del acontecimiento a Pedro y al “discípulo a quien tanto quería Jesús”, quienes salieron corriendo hacia el sepulcro. El segundo, que era más joven llegó primero y esperó que Pedro llegara y entrara primero en la tumba vacía; tan solo había adentro “las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”. Leí en algún lugar una vez, que en aquél tiempo cuando un artesano itinerante (como lo era Jesús) terminaba su labor, se quitaba el delantal de trabajo y lo enrollaba; así el que le había contratado sabía que había terminado. Jesús había culminado la labor que le había encomendado el Padre; se había entregado por nosotros y por nuestra salvación. Y como signo de ello, se quitó el sudario y lo enrolló…

Nos dice la Escritura que luego entró el más joven, “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”. El sepulcro vacío es el llamado “signo negativo” de la resurrección de Jesús, que junto al “signo positivo”, es decir, las apariciones, constituyen prueba irrefutable de que Jesús en efecto ha resucitado.

Debemos recordar, por otro lado, que Jesús resucitó con un cuerpo glorificado. Un misterio que no comprenderemos hasta que tengamos la misma  experiencia en el día final, cuando entremos junto a Él en la Jerusalén celestial. Por eso podía atravesar paredes (Jn 20,19) y al mismo tiempo comer (Lc 24, 30-31; Jn 21, 5.12-23), y por eso no todos podían verlo; solo aquellos a quienes Él se lo permitía. Así lo vemos en la primera lectura de hoy (Hc 10,34a.37-43): “Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”.

Hoy celebramos el evento más importante de la historia de la salvación, la culminación del Misterio Pascual de Jesús, quien venciendo la muerte nos liberó que la esclavitud, haciendo posible su promesa de vida eterna para todo el que crea en Él (Jn 11, 25b-26). La fe nos permite participar y ser testigos de la Resurrección. Por eso en la liturgia eucarística exclamamos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”.

Señor, resucita en mi corazón, para que yo también pueda ser testigo de esa gloriosa Resurrección que celebramos hoy. ¡Aleluya, aleluya, aleluya!