REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 09-04-13

Nicodemo es un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan (al igual que Lázaro), y que es importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús, que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Nicodemo era un fariseo rico que, intrigado y atraído por el mensaje de Jesús, decide ir a visitarle de noche. Ahí se suscita el primer encuentro con Jesús, en el cual se desarrolla el diálogo que recoge parcialmente la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Jn 3,5a.7b-15).

El saludo de Nicodemo y el inicio del diálogo, que no aparecen en el fragmento que leemos hoy, son importantes para entender el mismo, así como la mentalidad y la actitud con que Nicodemo se presentó ante Jesús: “‘Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él.’ Jesús le respondió: ‘Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios’. Nicodemo le preguntó: ‘¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?’” (vv. 2-4).

Es esa pregunta de Nicodemo la que provoca las palabras de Jesús con que comienza la lectura de hoy: “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”. Nicodemo es incapaz de comprender lo que le dice Jesús. Su mentalidad de fariseo no le permitía ver más allá de la Ley y su cumplimiento. El concepto de libertad en el Espíritu que Jesús le planteaba resultaba incomprensible para él. La idea de “nacer de nuevo” resulta irrisoria, imposible, para todo aquél que no ha conocido el amor de Dios, ese amor que nos hace comprender que para Dios todo es posible.

“Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo?” El cielo de que le habla Jesús a Nicodemo (y a nosotros) no hay que buscarlo en las alturas; es la experiencia de hacerse uno con el Padre como Él lo es. Es esa toma de conciencia grande y profunda de que Dios está con uno y uno está con Dios, en un pacto producto de la libertad que solo puede provenir del amor.

Y ese concepto de libertad que nos plantea Jesús fue el que le hizo optar libremente por la Cruz, que Él anuncia y Nicodemo no puede entender: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Con su muerte de cruz Jesús transformó una forma de muerte ignominiosa en glorificación y medio para alcanzar la vida eterna, para pasar de la muerte a la Vida. Es el legado de su Misterio Pascual (pasión, muerte, resurrección y glorificación) que hemos estado contemplando en las pasadas dos semanas.

Él nos mostró el camino, y somos testigos de su Resurrección. ¿Te animas a seguirle?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 15-03-13

El pasaje que nos presenta la liturgia de hoy como primera lectura (Sab 2,1a.12-22) parece un adelanto (como esos que nos dan en el cine) del drama de la Pasión que vamos a contemplar dentro de unos días. El libro de la Sabiduría es uno de los llamados “deuterocanónicos” que no forman parte de la Biblia protestante. Fue escrito durante la era de la restauración, luego del destierro en Babilonia. Sin este libro la Biblia se quedaría “coja”, pues el mismo sirve como una especie de “puente” entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.

Cuando leemos este pasaje nos parece estar escuchando a los perseguidores de Jesús. Luego de reprochar su conducta, enfatizando su osadía al llamarse “Hijo del Señor”, deciden acabar con Él: “Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él”.

Esta lectura nos sirve de preámbulo al pasaje del Evangelio según san Juan que contemplamos hoy (Jn 7,1-2.10.25-30). Este es uno de esos pasajes que la liturgia nos presenta fragmentados, por lo que es recomendable leerlo en su totalidad (los vv. 1-30), para poder entenderlo.

Juan nos reafirma la persona de Jesús como enviado del Padre, el único que le conoce y, por tanto, el único vehículo para conocer al Padre. “A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado”.

Pero la trama sigue complicándose. Vemos cómo el cerco va cerrándose cada vez más alrededor de la persona de Jesús, cómo va desarrollándose la conspiración que dentro de unos días se concretizará. Él está viviendo la experiencia de sentirse acorralado, rodeado de odio. Ve acercarse el fin… Tiene que ser cuidadoso, mide sus actuaciones, porque “todavía no ha llegado su hora”.

Dentro de todo este drama, Jesús se mantiene cauteloso pero sereno. Sabe quién le ha enviado y para qué ha sido enviado. Tiene que cumplir su misión salvadora. Se siente amado por el Padre y conoce sus secretos. Todo está en manos de Padre.

Jesús nos revela que Dios es nuestro Padre (Mt 6,9, Lc 11,2), por eso, al igual que Él, somos hijos de Dios (Jn 1,12; Rm 8,15-30) y coherederos de la gloria.

Contemplamos la serenidad, la paz de Jesús en medio de la persecución y el odio que le rodeaba, y sabemos que esa paz es producto de saberse amado por el Padre. Ese amor que le permite sentirse acompañando en medio del desierto. Vivía esa intimidad con el Padre, que se nutría de la oración constante.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de vivir como Él esa intimidad con el Padre, para que seamos reconfortados por Su presencia en medio de la tribulación. Abandonarnos a Su misericordia, como un niño en brazos de su padre o, mejor aún, su madre. Ese es el secreto.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES 13-03-13

La primera lectura que nos presenta la liturgia para hoy (Is 49,8-15), está tomada del “Segundo Isaías” o “Libro de la Consolación” que comprende los capítulos 40-55 del Libro de Isaías. El profeta alienta y consuela al pueblo que había sido deportado a Babilonia. Les asegura que Yahvé Dios no los ha abandonado; que regresarán a su tierra “porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua”. Nuevamente resuena el símbolo del agua que da vida, especialmente la vida que viene de Dios.

Continúa diciendo Yahvé: “Convertiré mis montes en caminos, y mis senderos se nivelarán”. Las mismas palabras utilizará Juan el Bautista cuando anuncie que el Mesías se acerca (Lc 3, 4-6). Es la salvación que viene de Dios, “el compasivo”.

El profeta finaliza el pasaje con uno de los versos más hermosos de toda la Sagrada Escritura, que pone de manifiesto el amor inmenso que Dios tiene a su pueblo: “Sión decía: ‘Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado’. ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. Es el amor de Dios Madre, que supera al de una madre humana. Un amor que no tiene comparación, y ese amor es el que asegura que Dios no ha abandonado a su pueblo.

Tenemos que detenernos a contemplar el alcance de esas palabras de amor pronunciadas por el mismo Dios. Así de mucho nos ama. ¡Sí; a ti y a mí! Por eso tengo la certeza de que Dios nunca me abandona; por eso he sentido su presencia en los momentos más difíciles de mi vida.

En la lectura evangélica (Jn 5,17-39) Jesús asegura que ya “ha llegado la hora”. De todos los evangelistas, Juan es quien más enfatiza la divinidad de Jesús; y el pasaje que leemos hoy es un ejemplo de ello. Nos dice lo que todo lo que hace el Padre lo hace también el Hijo.

Asimismo, vemos cómo Juan insiste a lo largo de su Evangelio en dar a Jesús el título de “Yo soy” (el pan de vida, el camino, el buen pastor, etc.), que es el equivalente al nombre hebreo (יהוה = Yahvé) que Dios le revela a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3,14). Juan no quiere dejar lugar a dudas. Jesús es Dios.

Hoy se nos muestra como dador de vida, hasta el punto de tener poder sobre la muerte: “Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere”. Y nos dice más. Nos dice que la resurrección y la vida comienzan desde ahora para los que creen en Él y le creen a Él: “Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida”.

Es una promesa del Señor. Hay una sola condición: escuchar Su Palabra y creerle al que le envió. Eso se llama fe.

¡Todavía estamos a tiempo!