REFLEXIÓN PARA EL LUNES 07-10-13

Buen samaritano

El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,25-37), nos presenta la conocida parábola del buen samaritano. Sobre esta parábola se han escrito “ríos de tinta”. Además de la historia, edificante por demás, que nos presenta la misma, algunos exégetas ven en la compasión del samaritano una imagen de la misericordia de Dios, y en el regreso del samaritano al final de la parábola una especie de prefiguración del retorno de Cristo al final de los tiempos. Otros ven “claramente” en la parábola un reflejo de la historia de la salvación, al igual que en las “parábolas del Reino”.

La parábola está precedida por una discusión sobre el mandamiento más importante: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”; mandamiento que recoge el “Shemá” que recitan los judíos (Dt 6,4) y hasta escriben en un pergamino que colocan en la jamba derecha de las puertas de sus hogares en un receptáculo llamado “mezuzah”, y el mandato sobre el prójimo contenido en Lev 19,18. Jesús llevará este último mandamiento un paso más allá, al pedirnos que amemos a nuestro prójimo, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado (Jn 13,34).

Lo cierto es que este relato nos enfrenta al pecado más común que cometemos a diario y pasamos por alto, lo ignoramos. Me refiero al pecado de omisión. Cuando rezamos el “Yo pecador”, decimos que “…he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Cuando pensamos en nuestros pecados, al hacer un examen de conciencia, pensamos en las actuaciones en que hemos incurrido que resultan ofensivas a Dios. Robar, matar, fornicar, mentir, etc., etc. ¿Pero qué de las veces que habiendo podido ayudar al prójimo que lo necesitaba nos hacemos de la vista larga? “Estoy muy ocupado… Voy tarde, y si me detengo… “Voy a ensuciarme la ropa…”

“En el atardecer de nuestra vida seremos juzgados en el amor”, nos dice San Juan de la Cruz. Y eso no se lo inventó él; ¿acaso el mismo Jesús no nos dijo: “Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber…? (Mt 25,35). En el mismo pasaje del “juicio final” Jesús encarna el pecado de omisión: “Porque tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me dieron de beber…” En otras palabras, no basta con abstenerse de cometer “actos” pecaminosos; peca tanto el que roba el pan ajeno, como el que pudiendo dar de comer al hambriento no lo hace. Es decir, para pecar no es necesario hacer el mal, basta con no hacer el bien, teniendo la capacidad y los medios para hacerlo. A veces se trata tan solo de prestar nuestros oídos a un hermano que necesita desahogarse, y “no tenemos tiempo…”

Y se nos olvida que en nuestro prójimo, en cada uno de nuestros hermanos, está la persona de Cristo; pero somos tan ciegos que no lo vemos. “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25,45).

¡Cuántas veces actuamos como el sacerdote o el levita de la parábola!

 

 

REFLEXIÓN PARA EL VIGESIMOSEXTO DOMINGO DEL T.O. 29-09-13

Rico epulon

El relato evangélico que nos ofrece la liturgia para este vigesimosexto domingo del tiempo ordinario (Lc 16,19-31) nos presenta la parábola del rico epulón y el mendigo Lázaro. Aunque el nombre del rico no se menciona en el relato, se le llama el rico “epulón” y muchas personas creen que ese es su nombre (y hasta lo escriben con mayúscula), lo cierto es que epulón es un adjetivo que significa: “hombre que come y se regala mucho”.

La parábola, con cierto aire escatológico (del final de los tiempos), nos muestra el contraste entre un hombre rico que gozaba de banquetear y darse buena vida, y un pobre mendigo que se acercaba a la puerta de la casa del rico con la esperanza de comer algo “de lo que tiraban de la mesa del rico”. De la lectura no surge que el hombre rico fuera malo. Tan solo que era rico y que disfrutaba de su riqueza (que de por sí no es malo), lo que nos da a entender que ponía su confianza en esa riqueza y de nada le sirvió, a juzgar por el final que tuvo. El pobre, por el contrario, dentro de su pobreza, puso su confianza en el Señor y eso le llevó a la felicidad eterna, al “seno de Abraham”, al “sheol” que iban las almas de los justos en espera de la llegada del Redentor, pues las puertas del Paraíso estaban cerradas. Esas son las almas que Jesús fue a liberar cuando decimos en el Credo de los Apóstoles que “descendió a los infiernos” (pero eso será objeto de otra enseñanza).

La parábola nos enseña, además, que la opción tenemos que hacerla aquí y ahora; que después del juicio será muy tarde. El rico epulón, al verse en el infierno, intentó obtener el favor de Abraham: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Ante lo infructuoso de su gestión, entonces intentó interceder por sus hermanos que aún vivían, pidiéndole a Abraham que le permitiera a Lázaro ir a advertirles lo que les esperaba si no cambiaban su conducta.

Abraham le contesta que para eso están las enseñanzas de Moisés y los profetas, añadiendo que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. ¿Qué podía añadir Lázaro a lo dicho por Moisés y los profetas? Hoy nosotros podemos preguntarnos, ¿hay algo que alguien pueda decirnos (aún con el dramatismo de la aparición de un muerto resucitado) que añada algo al mensaje de Jesús?

La Palabra, como el pasaje de hoy, nos interpela, nos llama a hacer una opción, recordándonos que para nosotros también habrá un juicio. ¿En qué o en quién vamos a poner nuestra confianza? ¿En nuestra fuerzas, nuestras capacidades, nuestras habilidades, nuestras posesiones materiales? ¿O, por el contario, vamos a poner nuestra confianza en nuestro Señor y Salvador y seguir sus enseñanzas?

La opción es nuestra…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES 23-09-13

candelero

El pasaje del Evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Lc 8,16-18) es uno de los más cortos: “En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener»”.

Hoy nos concentraremos en la primera oración de esta parábola de Jesús: “Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz”. La enseñanza de Jesús contenida en esta parábola complementa otras mediante las cuales de igual modo Jesús invita a sus discípulos (y a nosotros) a compartir la Palabra recibida de Él. Así nos habla de dar “fruto en abundancia”, el “ciento por uno”; y hoy nos habla de ser una luz que ilumine a “los que entran”, es decir, a todos los que entran en nuestro entorno.

Jesús nos está repitiendo que la Palabra de vida eterna (el candil) que recibimos de Él no es para que nos la quedemos para nosotros, como un secreto bien guardado (escondiéndolo debajo de la cama), es para que la proclamemos a todo el mundo (Mc 16,15). Y como he dicho en innumerables ocasiones, esa proclamación de la Buena Nueva del Reino que recibimos mediante la Palabra, no necesariamente implica “predicar” en el sentido que normalmente usamos esa palabra. Esa predicación, esa proclamación del Evangelio, de hace mediante la forma en que vivimos nuestra vida, nuestras palabras de aliento al que las necesita, nuestros gestos de ayuda al necesitado, el amor que prodigamos a nuestros semejantes, convirtiéndonos en otros “cristos”.

Hoy tenemos que preguntarnos: Mi fe, ¿es un asunto “personal” mío?; ¿llegan a enterarse los que me rodean (mis amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos) que yo soy cristiano, que vivo según las enseñanzas de Jesús? En otras palabras, ¿“se me nota” que soy cristiano? Reflexionando sobre el Evangelio de hoy, mi “candil”, ¿está escondido dentro de una vasija u oculto debajo de la cama, o lo pongo “en el candelero para que los que entran tengan luz”?

Jesús nos pide que estemos atentos (“A ver si me escucháis bien”). Porque no podemos dar luz si primero no la hemos recibido de Él. Hay una máxima de derecho que dice que nadie puede dar lo que no tiene (“nemo dat quod non habet”). Por eso mi insistencia constante en la formación del cristiano. Debemos esforzarnos en conocer cada día más esa Palabra de Dios que es “luz del mundo” (Jn 8,12). Solo recibiendo y conociendo a plenitud esa Palabra que es la Luz, podemos colocarla en un “candelero”, “para que los que entran tengan luz”.

Pidámosle al Señor que nos permita conocer su Palabra cada día más, y nos de la valentía de proclamarla con nuestra vida, de manera que el que nos vea tenga que decir: “Yo quiero de eso…”

Que pasen una hermosa semana llena de la PAZ que solo Él puede brindarnos.

RELEXIÓN PARA EL VIGESIMOQUINTO DOMINGO DEL T.O. 22-09-13

dios-y-dinero

El texto que nos presenta la lectura evangélica para este vigesimoquinto domingo del tiempo ordinario (Lc 16,1-13), la llamada parábola del “administrador astuto”, es una de esas que nos deja confundidos, pues da la impresión que está premiando la actuación de un administrador corrupto; que se nos está poniendo como ejemplo a una persona inescrupulosa que es capaz de cualquier trampa con tal de salir de un aprieto, al punto de que “el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido”. ¿Cómo podemos compaginar esto con el mensaje de Jesús?

Para ello, como en todo ejercicio serio de exégesis bíblica, tenemos que remitirnos al idioma y entorno cultural de la época que se desarrolla el relato. Veamos.

En aquellos tiempos, el administrador usualmente era un empleado a quien el amo había escogido y adiestrado para ejercer ese cargo. Ese administrador no recibía un salario propiamente, sino una comisión, unos por cientos establecidos para cada renglón de lo administrado. Por eso vemos cómo este administrador astuto altera los recibos de forma distinta con los dos deudores. El amo iba a recibir su dinero íntegro, pues lo que el administrador había “rebajado” a la deuda de cada uno de los deudores era su comisión.

De ese modo, a cambio de renunciar a su comisión, se ganó el favor de unos acreedores que podían contratarle ahora que había quedado desempleado (recordemos que había sido despedido al comienzo del relato). Por eso Jesús dice a sus discípulos: “Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

Ahora comienza a hacer sentido el relato. No se trata de ser “tramposo”; se trata de saber escoger y, más aun, saber renunciar al dinero, a las riquezas, con tal de obtener un bien o beneficio mayor. ¿Y qué beneficio mayor que el Reino de los Cielos? Este sentido se hace más claro aun cuando Jesús termina diciendo a sus discípulos: “Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”.

La palabra utilizada en el texto original que ha sido traducida como “dinero”, es “mammón”, palabra aramea de origen fenicio que se refiere a aquella riqueza que ejerce tanta influencia sobre la persona al punto que la envilece, la esclaviza, al punto de convertirse en un dios. Lo hemos dicho en ocasiones anteriores. El dinero, la riqueza, producto de nuestro trabajo y la bendición de Dios, no son malos. Lo que no podemos permitir es que el dinero, la riqueza, se conviertan en un “dios”, en un obstáculo para seguir a Jesús (Cfr. Mt 19,16-22). “No podéis servir a Dios y al dinero”.

El administrador astuto supo renunciar a su dinero (su comisión) a cambio de ganar un beneficio mayor. Jesús nos propone al administrador astuto como ejemplo para dejarnos saber que aún estamos a tiempo. Si somos astutos, todavía podemos renunciar a lo que “nos toca” de este mundo para obtener una mayor riqueza, que nos “reciban en las moradas eternas”.

Que pasen todos una hermosa semana en la PAZ del Señor.  

REFLEXIÓN PARA EL VIGESIMOCUARTO DOMINGO DEL T.O. 15-09-13

reconcilacion

La liturgia nos regala para hoy como lectura evangélica (Lc 15, 1-32), las tres llamadas parábolas de la misericordia que ocupan el capítulo 15 de Lucas (la “oveja perdida”, la “dracma perdida” y el “hijo pródigo”). La introducción de la lectura (versículos uno al tres) nos apuntan a quiénes van dirigidas estas parábolas: a nosotros los pecadores.

La parábola del hijo pródigo es una de las más conocidas y comentadas del Nuevo Testamento, y siempre que la leo viene a mi mente el comentario de Henry M. Nouwen en su obra El regreso del hijo pródigo; meditaciones ante un cuadro de Rembrandt (lectura recomendada):

“Ahora, cuando miro de nuevo al anciano de Rembrandt inclinándose sobre su hijo recién llegado y tocándole los hombros con las manos, empiezo a ver no solo al padre que «estrecha al hijo en sus brazos,» sino a la madre que acaricia a su niño, le envuelve con el calor de su cuerpo, y le aprieta contra el vientre del que salió. Así, el «regreso del hijo pródigo» se convierte en el regreso al vientre de Dios, el regreso a los orígenes mismos del ser y vuelve a hacerse eco de la exhortación de Jesús a Nicodemo a nacer de nuevo”.

He leído este párrafo no sé cuántas veces, y siempre que lo hago me provoca un sentimiento tan profundo que hace brotar lágrimas a mis ojos. Es el amor incondicional de Dios-Madre, que no tiene comparación; que no importa lo que hagamos, NUNCA dejará de amarnos con la misma intensidad. No hay duda; de la misma manera que Dios es papá (Abba), también se nos muestra como “mamá”. De ese modo, el regreso al Padre nos evoca nuestra niñez cuando, aún después de una travesura, regresábamos confiados al regazo de nuestra madre, quien nos arrullaba y acariciaba con la ternura que solo una madre es capaz.

Así, de la misma manera que el padre de nuestra parábola salió corriendo al encuentro de su hijo al verlo a la distancia y comenzó a besarlo aún antes de que este le pidiera perdón, nuestro Padre del cielo ya nos ha perdonado incluso antes de que pequemos. Pero para poder recibir ese perdón acompañando de ese caudal incontenible de amor maternal que le acompaña, tenemos que abandonar el camino equivocado que llevamos y emprender el camino de regreso al Padre.

Y ese día habrá fiesta en la casa del Padre, quien nos vestirá con el mejor traje de gala, y nos pondrá un anillo en la mano y sandalias en los pies (recuperaremos la dignidad de “hijos”). Por eso, cuanto más alejados de Él nos encontremos, cuanto más indignos de Él nos sintamos, no vacilemos en ir a su encuentro, porque un corazón quebrantado y humillado, Él no lo desprecia (Sal 50).

La Palabra nos invita a emprender el viaje de regreso a la casa del Padre. Les invito a que recorramos juntos ese camino, con la certeza de que al final del camino vendrá “Mamá” a nuestro encuentro y nos cubrirá con sus besos.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES 06-09-13

El novio está con ellos...

El novio está con ellos…

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy es la versión de Lucas (5,33-39) del pasaje en que los fariseos critican a Jesús porque sus discípulos, contrario a los de Juan, y a los de los propios fariseos, que ayunan y oran a menudo, se la pasan comiendo y bebiendo. El pasado 6 de julio leíamos la versión de Mateo (9,14-17). A la crítica de los fariseos, Jesús responde: “¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”. Luego añade dos parábolas cortas, la que propone que nadie remienda un paño viejo con una tela nueva, y la que propone que nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan y se pierden, tanto el vino, como los odres.

En aquella ocasión nos concentramos en el primer anuncio de la pasión de Jesús, y en las parábolas del paño y los odres viejos. Hoy nos limitaremos al significado de la frase: “¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”

Para entender esta frase, tenemos que partir del hecho de que en el Antiguo Testamento el ayuno, especialmente del vino, eran signos de austeridad y penitencia ligados a la espera del Mesías prometido. Simbólicamente significaban que “los tiempos son malos, estamos insatisfechos, hemos perdido el gusto de vivir… que venga de una vez el tiempo de la consolación y de la alegría, cuando el mesías estará aquí”. Pero como todas las prácticas rituales de los fariseos, estos habían convertido también ese ayuno en algo externo, que no guardaba relación con la actitud interior.

Pero la contestación de Jesús va más allá. No solo hace referencia al verdadero significado de ese ayuno, sino que les dice que este ya no es necesario para sus discípulos porque “el novio está con ellos”. Es decir, los tiempos mesiánicos ya han llegado. No es tiempo de austeridad y privaciones; ¡el tiempo de la alegría y la celebración ha llegado!

Nosotros, los cristianos de hoy, no debemos olvidar que esos tiempos mesiánicos no terminaron con la muerte de Jesús. El tiempo de la alegría se ha perpetuado con la presencia de Jesús entre nosotros: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28,20). ¡Jesús está vivo! Está presente entre nosotros en su Palabra, en la Eucaristía, cada vez que hay dos o más reunidos en su nombre (Mt 18,20). Y la verdadera alegría del cristiano consiste precisamente de saber que “el novio” está con nosotros; en amarlo y sentirnos amados por Él. Y eso no depende de ningún rito externo, ni de oraciones vacías, carentes de contenido espiritual. Ese es precisamente el fundamento de las críticas de Jesús contra los escribas y fariseos.

Por tanto, nuestra alegría más profunda ha de estar fundamentada en esa “presencia” de Novio entre nosotros. Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de sentir la alegría que produce el sentir esa presencia, ante la cual palidecen todas las angustias y todos los dolores. ¡Que viva el Novio!

REFLEXIÓN PARA EL VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DEL T.O. 01-09-13

Lc 14,1.7-14

La primera lectura que nos ofrece la liturgia para este vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario está tomada del libro del Eclesiástico (3,17-18.20.28-29). Este libro se conoce también como Sirácides, o Ben Sirac y es uno de los llamados “deuterocanónicos” que no están incluidos en el canon Palestinense del Antiguo Testamento. Por eso tampoco lo encontraremos en la Biblia protestante. Y es una lástima, porque este es un libro cuya finalidad es orientar la vida en armonía con la ley y, sobre todo, recalcar la importancia de la moral y la religión como bases para la mejor educación integral del hombre.

Así, por ejemplo, el pasaje de hoy nos ofrece un sabio consejo relacionado con la importancia de proceder con humildad en todas las instancias de nuestras vidas: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes”. Años más tarde, Jesús recogerá esa sabiduría en su oración: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Mt 11,25-26).

De igual  modo, Jesús nos pediría que le siguiéramos en el camino de la humildad, que es producto del amor y se traduce en el servicio al prójimo: “aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Mas no se limitó a decirlo, sino que nos dio el mayor ejemplo de humildad al lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,1-15).

Siguiendo la misma línea, en el evangelio que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 14,1.7-14) Jesús advierte a los fariseos que es preferible ocupar los últimos lugares (últimos en términos de importancia) antes que los primeros, pues nos corremos el riesgo de que llegue otro “de más categoría” que nosotros y nos pidan que le cedamos nuestro puesto. Por el contrario, es preferible ocupar los últimos puestos y que el anfitrión nos diga “Amigo, sube más arriba”. Uno de los defectos de los fariseos precisamente era el deseo de figurar, Por eso Jesús recalca: “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Jesús se refiere, por supuesto a la humildad de corazón, pone su énfasis en la conversión interior, no en lo exterior. El día del juicio seremos juzgados, no por los honores y puestos que obtuvimos, sino por cuánto servimos a otros, cuánto amamos.

A renglón seguido Jesús cambia su enfoque de los invitados a su anfitrión. Para ello usa la figura del “banquete”, que en términos bíblicos se refiere al Reino de los cielos: Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”. Esa invitación a los marginados a sentarse a nuestra mesa implica solidarizarse, hacerse uno con ellos. Así, en el día final cuando ellos, por quienes Jesús siempre mostró preferencia sean llamados a entrar en el Reino, el Padre nos dirá a nosotros también: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo” (Mt 25,34).

No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

 

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO 31-08-13

Parabola de los talentos

“Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes”, y luego se marchó. Así comienza la “parábola de los talentos” que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 25,14-30). A cada uno le dejó talentos según su capacidad; a uno cinco, a otro dos, y a otro uno. Al final de la parábola vemos que “al cabo de mucho tiempo” el hombre regresó a pedir cuentas a cada uno sobre qué había hecho con los talentos que le había encomendado. Siempre me ha llamado la atención el uso en esta parábola de la moneda muy valiosa llamada “talento” (equivalente a más o menos 6,000 dracmas), la misma palabra que utilizamos para describir los dones, los carismas, las habilidades que Dios nos ha prodigado.

La figura del hombre que se va a extranjero nos evoca la persona de Jesús, quien luego de su gloriosa resurrección, nos dejó a cargo de “sus bienes” (“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura” – Mc 16,15), para regresar en el último día, cuando tendremos que rendir cuentas sobre nuestra gestión aquí en la tierra.

Y Dios, que es justo, nunca nos va a exigir más de lo que podemos dar (“a cada cual según su capacidad”), pero la parábola nos está diciendo que tenemos que dar el máximo, utilizar esos talentos que Dios nos ha encomendado para la gran obra de la construcción de Reino. La actitud del que, temeroso, escondió la moneda para no perderla, nos apunta a otra exigencia. No podemos “sentarnos” sobre nuestros talentos para no arriesgarnos a perderlos. No. Tenemos que estar dispuestos a arriesgarlo todo por el Reino. No arriesgar nada equivale a no ganar nada. Se nos ha encomendado la semilla del Reino. Si nos conformamos con guardarla en nuestro corazón y no salimos a sembrarla por temor a que no dé fruto, estaremos obrando igual que el empleado que hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Por eso insisto tanto en que tenemos que formarnos para que podamos formar a otros.

Como hemos dicho en innumerables ocasiones, evangelizar, “invertir” los bienes que el Señor nos ha encomendado no quiere decir que todos tenemos que salir a predicar de palabra el evangelio por campos y ciudades. El Señor es claro: “a cada cual según su capacidad”. Hay muchas formas de predicar la Buena Nueva del Reino, siendo nuestro ejemplo de vida, arriesgándonos a la burla y al discrimen, la mejor de ellas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Cuáles son mis talentos que puedo poner al servicio del prójimo para adelantar la causa del Reino? Cantar, acompañar enfermos, cocinar, limpiar, barrer, leer, enseñar…. Cuando regrese el “Señor”, ¿qué cuentas voy a rendir?

En esta parábola encontramos nuevamente la figura del “banquete” como premio para el que ha sabido administrar sus talentos, y las tinieblas y el “llanto y el rechinar de dientes” para el que no lo ha hecho. Y tú, ¿a dónde quieres ir?

Buen fin de semana a todos, y no olviden visitar la Casa del Padre.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA 30-08-13

santa Rosa de Lima

“El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: ‘Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús’”. (CIC 2449).

Hoy celebramos la Fiesta de Santa Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, patrona de las Américas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. La cita del Catecismo de la Iglesia Católica que hemos transcrito resume la vida y misión de esta insigne santa de nuestra Orden. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

Santa Rosa supo ver el rostro de Jesús en los enfermos, en los pobres, y en los más necesitados, comprendiendo que sirviéndoles servía a Jesús, y que haciéndolo estaba haciéndose acreedora de ese gran tesoro que es la vida eterna (Cfr. Mt 25,40.46). Comprendió valía la pena dejarlo todo con tal de servir a Jesús.

Durante su corta vida (vivió apenas treinta y un años) supo enfrentar la burla y la incomprensión, y combatir las tentaciones que la asechaban constantemente. Su belleza física le ganaba el halago de todos. Con tal de no sentir vanidad y evitar ser motivo de tentación para otros, llegó al extremo de desfigurarse el rostro y las manos. Cuentan que en una ocasión su madre le colocó una hermosa guirnalda de flores en la cabeza y ella, para hacer penitencia por aquella vanidad, se clavó en la cabeza las horquillas que sostenían la corona con tanta fuerza que luego resultó difícil removerla.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla (dos de las llamadas “parábolas del Reino” que Mateo nos narra en el capítulo 13 de su relato):

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Rosa de Lima había encontrado ese gran tesoro que es el amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Cuando leemos las vidas de los grandes santos, nos examinamos y comprendemos lo mucho que nos falta para alcanzar esa santidad a la que todos estamos llamados (1 Pe 1,15). Si ellos, humanos igual que nosotros, con nuestras mismas debilidades, lo lograron, nosotros también podemos hacerlo.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXION PARA EL VIGESIMOPRIMER DOMINGO DEL T.O. (C) 24-08-13

el-pan-de-la-unidad

En el Evangelio de hoy Lucas nos muestra la imagen de Jesús típica de él: como predicador itinerante, recorriendo ciudades y aldeas enseñando (Lc 13,22-30). En este pasaje encontramos a “uno” de los que le escuchaba preguntarle: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. De nuevo alguien anónimo; tú o yo. La pregunta no es la correcta, pues la preocupación no debe ser “cuántos” se van a salvar, sino cómo, qué hay que hacer, para salvarse.

Y en el estilo típico de Jesús, opta por no contestar directamente la pregunta, sino hacerlo a través de una parábola: “Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’; y él os replicará: ‘No sé quiénes sois’. Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados’… Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”.

El que le formula la pregunta, uno de los que le seguía, parece partir de la premisa que él pertenece al número de los “escogidos”. Eso nos pasa a muchos de los que nos sentamos a su mesa (recibimos la Eucaristía) y estamos presentes cuando “enseña en nuestras plazas” (la liturgia de la Palabra); creemos que por eso ya estamos salvados. El problema es que no sabemos cuándo va a llegar el Amo de la casa y cerrar la puerta. En ese momento, ¿estaremos adentro (en “gracia”), o estaremos afuera (en pecado)?

Está claro que la salvación no va a depender de a qué religión “pertenecemos”, ni a cuántas misas hemos asistido, ni cuántos sacramentos hemos recibido. Muchos de los llamados “pecadores” pueden experimentar una verdadera conversión a última hora y esos estarán “adentro” cuando se cierren las puertas. Y muchos de los que se “sientan a la mesa” a menudo, y van y vienen se quedarán afuera cuando el Amo “cierre las puertas”. Como nos dice el mismo Jesús en el Evangelio según san Mateo: “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!” (Mt 7,21-23).

No se trata de “creer” en Jesús, se trata de “creerle”. Y si le creemos, no nos limitaremos a ese mero acto de fe; le seguiremos y actuaremos acorde a sus enseñanzas, “haremos la voluntad del Padre celestial”. Se trata de unir la fe a las obras (St 2,14-26). Y el secreto para lograrlo es uno: vivir el Amor de Dios; amarlo y amar a los demás como Él nos ama (Jn 13,34).

Hoy, pidamos al Señor el don de la perseverancia en la fe y las obras.