REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 08-05-15

En la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 10,11-16) hay una frase que siempre me atrae: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor” (v. 16). Ese mismo pensamiento resuena en la “oración de Jesús”, pronunciada como culminación a la última cena, que Juan recoge en el capítulo 17 de su evangelio: “…que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí, y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (17,21).

Y como comentábamos ayer al reflexionar sobre las lecturas que nos presentaba la liturgia para el Domingo del Buen Pastor, si queremos a hacer realidad el llamado de Cristo de que esas ovejas que no son de este redil se dejen conducir por Él, escuchen su voz, y formen “un solo rebaño” bajo el Supremo Pastor, tenemos que ser fieles a la unción sacerdotal, profética y real que recibimos en nuestro bautismo, y convertirnos en “pastores” para atraer esas ovejas al redil. Solo entonces podremos ser todos uno, como el Padre en Jesús, y Él en el Padre, y nosotros en Ellos. Entonces habrá “habrá un solo rebaño, un solo Pastor”.

Jesús-Puerta nos abre a un nuevo espacio infinito y eterno, en donde todo el que le siga tiene cabida, como nos muestra la primera lectura de hoy, con la predicación del Evangelio de Jesús por parte de Pedro a los paganos (Hc 11,1-18).

En esta lectura vemos cómo los primeros cristianos procedentes del judaísmo, que continuaban arraigados a las tradiciones del Antiguo Testamento, pretendían que todo el que se convirtiera y fuera bautizado abrazara también la Ley y las tradiciones ancestrales del judaísmo, incluyendo las prescripciones relacionadas a la abstención de carnes prohibidas, y hacerse circuncidar.

Ante el reproche de los partidarios de la circuncisión, Pedro les narró una visión que había tenido en la cual el Señor le presentó unos animales cuya carne era considerada impura, y le pidió que comiera, a lo que él se negó. Entonces el Señor le habló nuevamente diciéndole: “Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano”. Luego les relató cómo el Espíritu lo llevó a casa de unos paganos, quienes recibieron el Espíritu Santo y fueron bautizados. Pedro dijo entonces a sus interlocutores: “Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?”.

En nuestro tiempo encontramos una situación similar cuando intentamos imponer nuestra visión de la Iglesia a personas de otras culturas, otros estilos de vida, e inclusive de diferentes grupos de edad. Debemos recordar que la Iglesia no es nuestro rebaño; que es el rebaño del Buen Pastor, y en ese rebaño hay cabida para TODOS. Como dijo el papa Francisco a los nuevos obispos hace unos años: “Somos llamados y constituidos pastores no de nosotros mismos, sino del Señor; y no para servirnos a nosotros mismos, sino al rebaño que se nos ha confiado”.

Ese llamado nos incluye a nosotros. Sí, a ti y a mí.

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA, DOMINGO DEL BUEN PASTOR 26-04-15

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Hoy celebramos el domingo del Buen Pastor. En este día también celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, por aquellos que continúan en el tiempo la misión del único Buen Pastor que encomendó su rebaño a la Iglesia en la persona de Pedro (Jn 21,15-17).

La alegoría del Buen Pastor aparece originalmente en la Biblia en referencia al cuidado y protección de Yahvé hacia su pueblo (ej. Salmo 23; Ez 34; Is 40,11). En el Nuevo Testamento Jesús se “apropia” de esa alegoría y se la aplica a sí mismo, como el Hijo de Dios que cuida y salva a su rebaño. Ejemplo de ello es el capítulo 10 de Juan, de donde está tomada la lectura evangélica de hoy (Jn 10,11-18).

La figura del pastor para simbolizar la protección al pueblo es antiquísima. Así por ejemplo, en el antiguo Egipto se presentaba a los faraones con dos símbolos: un matamoscas y un cayado, y en la mitología griega se representaba al dios Hermes con un carnero sobre los hombros.

Esa imagen del Buen Pastor con la oveja sobre los hombros que los cristianos adoptamos se deriva de un hecho real. Cuando la oveja nace, el pastor la lleva sobre sus hombros un rato para que esta escuche su voz y se acostumbre a ella. Así le seguirá y no se perderá. Ello es necesario porque las ovejas son unos animales que tienen un cerebro bien pequeño, no aprenden. También tienen una visión pobre. Por eso se vuelven a caer por el mismo barranco un y otra vez y, peor aún, pelean cuando el pastor trata de ayudarlas. ¿Te parece familiar esa imagen? Es la viva imagen de nosotros en este difícil camino a la santidad al que somos llamados.

De ahí la alegoría: “Mis ovejas escuchan mi voz… y ellas me siguen” (Jn 10,27). Por eso cuando nos alejamos de Jesús, nos encontramos desamparados y dispersos, “como ovejas sin pastor” (Mt 9,36).

El pasaje evangélico de hoy nos recuerda que Jesús está empeñado en que ninguna de sus ovejas se pierda, al punto de estar dispuesto a dar su vida: “Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas”.

Pero Jesús no se conforma con cuidar de las “ovejas” de su Iglesia. “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor” (Cfr. Ez 34,5-6.12-15).

El papa Francisco se ha hecho eco de esas palabras de Jesús al invitarnos a salir de la tranquilidad, la seguridad, el confort de nuestras comunidades de fe, nuestros templos, y salir a la calle, a las periferias, para rescatar las ovejas descarriadas, tanto las que se han perdido del redil de la Iglesia, como aquellas que simplemente nunca han escuchado la voz del Pastor. Pero para poder participar de esa misión primero tenemos que conocer la voz de nuestro Pastor para saber a dónde conducirlas.

Señor, quiero escuchar tu voz; no permitas que los ruidos de las cosas del mundo  me distraigan y pierda mi camino, pues sin Ti estaré desorientado y volveré a caer en los mismos barrancos que la vida me presenta y arrastraré tras de mi a aquellos que pretendo llevar hacia ti. Jesús, Buen Pastor, no me apartes de Tu vista, y si me pierdo, deja las otras noventa y nueve para ir tras de mí hasta que me encuentres (Lc 15,4), de manera que pueda seguirte y guiar a otros hacia la vida eterna que nos tienes prometida.