REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 10-05-22

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

Hemos dicho en innumerables ocasiones que no basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús; creer lo que Él nos dice, y actuar conforme a su Palabra. Ese era el problema de los judíos que cuestionaban a Jesús en el pasaje evangélico de hoy (Jn 10,22-30), instándolo a decirles si Él era o no el Mesías: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”.

Jesús les contesta siguiendo la alegoría del pastor y las ovejas: “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

“Os lo he dicho y no creéis… porque no sois ovejas mías”. Las ovejas del rebaño escuchan la voz de su pastor y le siguen. Los judíos pertenecían al “pueblo elegido” vinculado por la Alianza de Abraham, una alianza que se transmitía por la carne, por herencia biológica. Por eso estaba representada por un signo canal: la circuncisión. La Nueva Alianza en la persona de Jesús no se transmitiría por la carne, sino por la infusión del Espíritu.

Los judíos no comprendieron esto, por eso no le creyeron. “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron [la Palabra]. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios” (Jn 1,11-13).

Las ovejas del Buen Pastor son las que le escuchan y le siguen, sin sujeción a la carne o la herencia; y a esas Él les dará vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de Su mano.

No fue por casualidad que el lugar donde por primera vez se llamó “cristianos” a los seguidores de Jesús fue en Antioquía, territorio pagano. Hasta ese momento se les conocía como “seguidores del Camino” (Hc 9,2), un grupo de judíos que eran discípulos de un rabino llamado Jesús de Nazaret.

La primera lectura de hoy nos narra cómo la Palabra de Jesús-Buen Pastor es escuchada y abrazada por los paganos de Antioquía ante la predicación de Bernabé, a quien más tarde se le une Pablo, y entre ambos fundan allí una comunidad de fe. Ya no se trataba de un grupo de judíos siguiendo a su rabino; era un grupo de judíos y gentiles, creyentes en el Cristo resucitado y su anuncio de Reino. Era pues propicio que se les llamara “cristianos”. El nuevo “rebaño” de Jesús.

Nosotros somos herederos de la fe de esos cristianos gentiles. Hemos sido incorporados a Jesús y a la Nueva y Eterna Alianza instituida por Él, no “por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre”, sino porque hemos sido “engendrados por Dios” a través de la infusión del Espíritu que recibimos el día de nuestro Bautismo. El mismo Espíritu que recibieron los Apóstoles el día de Pentecostés, fiesta que ya se divisa en el horizonte.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 27-04-21

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

En la liturgia pascual continuamos leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. El pasaje que leemos hoy (Hc 11,19-26) nos presenta a Bernabé predicando exitosamente el Evangelio en Antioquía. Entusiasmado por la acogida de la Palabra en Antioquía, fue a buscar a Pablo y lo trajo a esa ciudad, en donde ambos permanecieron un año. Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización de mundo pagano. Tan visible fue el éxito de Pablo y Bernabé en esta misión, y tan floreciente la comunidad de Antioquía, que fue allí donde por primera vez llamaron “cristianos” a los seguidores de Jesús (11,26). Hasta entonces se les conocía como los seguidores de “el Camino”.

La lectura evangélica (Jn 10,22-30) es continuación de la que leyéramos el pasado domingo, y sigue presentándonos la figura de Jesús-Buen Pastor. El pasaje de hoy nos narra el último encuentro entre Jesús y los dirigentes judíos en el relato de Juan. Es el último intento de estos de lograr que Jesús acepte públicamente ante ellos su mesianismo: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”. La pregunta iba dirigida a hacerles más fácil su trabajo, pues ya para entonces la decisión estaba tomada: había que “eliminar” a Jesús.

Jesús evade contestar directamente la pregunta y les remite a sus obras, que Él hace “en nombre de [su] Padre”. Pero los dirigentes judíos se niegan a creer porque están cegados. Aceptar que Jesús es el Mesías les quitaría su base de poder. Eso no les permite “ver” las obras de Jesús, y mucho menos escuchar su voz. “Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

De nuevo la referencia a la relación entre el pastor y sus ovejas: “Yo las conozco y ellas me siguen”. Cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos, nos referimos a algo más que saber el nombre o reconocer a alguien. Ese verbo implica una intimidad que va más allá de lo cotidiano. Y esa intimidad lleva a los verdaderos discípulos de Jesús a seguirle sin reservas, a confiar plenamente el Él, a aceptar su camino, como las ovejas que siguen la voz del pastor sabiendo que este les conducirá a las verdes praderas, hacia fuentes tranquilas (Cfr. Sal 22). En el caso de los discípulos de Jesús ese seguimiento es el que nos conduce a la “Vida eterna”.

Vemos que Jesús siempre habla en plural al referirse a nosotros como sus ovejas. Nos está diciendo que formamos parte de un pueblo, de un “rebaño”, de una Iglesia; que nuestra salvación no es individual, que no podemos desentendernos de nuestros hermanos ni de nuestra Iglesia, aunque en ocasiones nos sintamos incómodos con alguien o algo. No podemos caminar separados del “rebaño”, pues si nos separamos del rebaño, nos separamos del Pastor y nos apartaremos del camino.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 26-04-21

Hoy damos un paso atrás en la liturgia para leer el pasaje que antecede al Evangelio que leyéramos ayer, domingo del Buen Pastor. La lectura evangélica de hoy es el comienzo del capítulo 10 (1-10) del evangelio según san Juan. En este capítulo Juan desarrolla la alegoría del Pastor y las ovejas para referirse a la relación entre Jesús y nosotros. Hoy le añade un nuevo elemento a la alegoría: Nos presenta a Jesús, no solo como el pastor, sino como la “puerta” del aprisco de las ovejas. El aprisco es el lugar donde los pastores recogen sus rebaños para resguardarlos del frío o de la intemperie, mientras uno de ellos vigila toda la noche. Al amanecer, cuando van a llevar las ovejas a pastar, cada cual llama a las suyas y estas responden a su voz, o a su silbido particular.

Por eso Jesús comienza reiterando que las ovejas conocen su voz, que Él llama a cada una por su nombre y, una vez afuera, las ovejas le siguen “porque conocen su voz”. Como los que le escuchaban (que eran fariseos) parecieron no comprenderle, Jesús les propuso otra alegoría: “Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos: pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Otro de los siete “Yo soy” que Juan pone en boca de Jesús y nos apuntan a la divinidad de Jesús (Cfr. Ex 3,14).

Vemos cómo en este pasaje la alegoría de la “Puerta” adquiere mayor relieve que la del “Pastor”. Jesús se nos presenta hoy como la “puerta de las ovejas”, el único Mediador que puede alcanzarnos la salvación que Él ha obtenido para nosotros en virtud de su Misterio Pascual (pasión-muerte-resurrección). El mismo Pastor que nos conduce a verdes praderas y aguas tranquilas (Sal 23,2), se convierte en la Puerta que nos da acceso a esas praderas y aguas a través de la “cortina”, es decir, a través de su carne. “Tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que Él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne” (Hb 10,19; Cfr. Mt 27,51).

Jesús nos está pidiendo que le sigamos, y ese seguimiento incluye seguirlo hasta el Calvario, en donde la sangre derramada del Cordero se convierte en la Puerta que ha de conducirnos a la vida eterna: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

Esa es la misión de Jesús, dar vida a nosotros, sus ovejas, inclusive ofreciendo su propia vida para que podamos obtenerla. Jesús-Puerta nos abre a un nuevo espacio infinito y eterno, en donde todo el que le siga tiene cabida, como nos muestra la primera lectura de hoy, con la predicación del Evangelio de Jesús por parte de Pedro a los paganos (Hc 11,1-18).

El Buen Pastor te ha llamado por tu nombre. ¿Lo vas a seguir?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 05-05-20


“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

En la liturgia pascual continuamos leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. El pasaje que leemos hoy (Hc 11,19-26) nos presenta a Bernabé predicando exitosamente el Evangelio en Antioquía. Entusiasmado por la acogida de la Palabra en Antioquía, fue a buscar a Pablo y lo trajo a esa ciudad, en donde ambos permanecieron un año.

Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización de mundo pagano. Tan visible fue el éxito de Pablo y Bernabé en esta misión, y tan floreciente la comunidad de Antioquía, que fue allí donde por primera vez llamaron “cristianos” a los seguidores de Jesús (11,26). Hasta entonces se les conocía como los seguidores de “el Camino”. Cabe señalar que la palabra “cristiano” fue utilizada inicialmente por los no creyentes como un término peyorativo, pero los seguidores de Jesús lo adoptaron con orgullo, al punto que se convirtió en el “sello” que hasta hoy denomina a los que seguimos a Cristo.

La lectura evangélica (Jn 10,22-30) continúa presentándonos la figura de Jesús-Buen Pastor. El pasaje de hoy nos narra el último encuentro entre Jesús y los dirigentes judíos en el relato de Juan. Es el último intento de estos de lograr que Jesús acepte públicamente ante ellos su mesianismo: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”. La pregunta iba dirigida a hacerles más fácil su trabajo, pues ya para entonces la decisión estaba tomada: había que “eliminar” a Jesús.

Jesús evade contestar directamente la pregunta y les remite a sus obras, que Él hace “en nombre de [su] Padre”. Pero los dirigentes judíos se niegan a creer porque están cegados. Aceptar que Jesús es el Mesías les quitaría su base de poder. Eso no les permite “ver” las obras de Jesús, y mucho menos escuchar su voz. “Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

De nuevo la referencia a la relación entre el pastor y sus ovejas: “Yo las conozco y ellas me siguen”. Cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos, nos referimos a algo más que saber el nombre o reconocer a alguien. Ese verbo implica una intimidad que va más allá de lo cotidiano. Y esa intimidad lleva a los verdaderos discípulos de Jesús a seguirle sin reservas, a confiar plenamente el Él, a aceptar su camino, como las ovejas que siguen la voz del pastor sabiendo que este les conducirá a las verdes praderas, hacia fuentes tranquilas (Cfr. Sal 22). En el caso de los que seguimos a Jesús, ese seguimiento es el que nos conduce a la “Vida eterna”.

Vemos que Jesús siempre habla en plural al referirse a nosotros como sus ovejas. Nos está diciendo que formamos parte de un pueblo, de un “rebaño”, de una Iglesia; que nuestra salvación no es individual, que no podemos desentendernos de nuestros hermanos ni de nuestra Iglesia, aunque en ocasiones nos sintamos incómodos con alguien o algo. No podemos caminar separados del “rebaño”, pues si nos separamos del rebaño, nos separamos del Pastor.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA (Y FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA) 13-05-19

Hoy la Iglesia Universal conmemora la aparición de la Nuestra Señora de Fátima a los niños Lucía, Jacinta y Francisco. Hace unos años compartimos una reflexión sobre esta festividad y ofrecimos detalles sobre las apariciones, especialmente el “milagro del sol” del 13 octubre de 1917.

La liturgia pascual continúa ofreciéndonos el Evangelio según san Juan. Hoy comenzamos la lectura del capítulo 10 (Jn 10,1-10) y Juan continúa desarrollando la alegoría del Pastor y las ovejas para referirse a la relación entre Jesús y nosotros. Hoy le añade un nuevo elemento a la alegoría: Nos presenta a Jesús, no solo como el pastor, sino como la puerta del aprisco de las ovejas. El aprisco es el lugar donde los pastores recogen sus rebaños para resguardarlos del frío o de la intemperie, mientras uno de ellos vigila toda la noche. Al amanecer, cuando van a llevar las ovejas a pastar, cada cual llama a las suyas y estas responden a su voz, o a su silbido particular.

Por eso Jesús comienza reiterando que las ovejas conocen su voz, que Él llama a cada una por su nombre y, una vez afuera, las ovejas le siguen “porque conocen su voz”. Como los que le escuchaban (que eran fariseos) parecieron no comprenderle, Jesús les propuso otra alegoría: “Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos: pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Otro de los “Yo soy” que Juan pone en boca de Jesús y nos apuntan a la divinidad de Jesús (Cfr. Ex 3,14).

Vemos cómo en este pasaje la alegoría de la “Puerta” adquiere mayor relieve que la del “Pastor”. Jesús se nos presenta hoy como la “puerta de las ovejas”, el único Mediador que puede alcanzarnos la salvación que Él ha obtenido para nosotros en virtud de su Misterio Pascual (muerte-resurrección). El mismo Pastor que nos conduce a verdes praderas y aguas tranquilas (Sal 23,2), se convierte en la Puerta que nos da acceso a esas praderas y aguas a través de la “cortina”, es decir, a través de su carne. “Tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que Él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne” (Hb 10, 19; Cfr. Mt 27,51).

Jesús nos está pidiendo que le sigamos, y ese seguimiento incluye seguirle hasta el Calvario, en donde la sangre derramada del Cordero se convierte en la Puerta que ha de conducirnos a la vida eterna: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

Esa es la misión de Jesús, dar vida a nosotros, sus ovejas, inclusive ofreciendo su propia vida para que podamos obtenerla. Jesús-Puerta nos abre a un nuevo espacio infinito y eterno, en donde todo el que le siga tiene cabida, como nos muestra la primera lectura de hoy, con la predicación del Evangelio de Jesús por parte de Pedro a los paganos (Hc 11,1-18).

“Señor: Danos un gran respeto hacia todos, vengan de donde vengan, y que tu Iglesia abrace a todas las culturas, para que Cristo sea verdaderamente el Señor y Pastor de todos, ahora y por los siglos de los siglos” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 08-05-15

En la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 10,11-16) hay una frase que siempre me atrae: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor” (v. 16). Ese mismo pensamiento resuena en la “oración de Jesús”, pronunciada como culminación a la última cena, que Juan recoge en el capítulo 17 de su evangelio: “…que todos sean uno. Como Tú, Padre, en mí, y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (17,21).

Y como comentábamos ayer al reflexionar sobre las lecturas que nos presentaba la liturgia para el Domingo del Buen Pastor, si queremos a hacer realidad el llamado de Cristo de que esas ovejas que no son de este redil se dejen conducir por Él, escuchen su voz, y formen “un solo rebaño” bajo el Supremo Pastor, tenemos que ser fieles a la unción sacerdotal, profética y real que recibimos en nuestro bautismo, y convertirnos en “pastores” para atraer esas ovejas al redil. Solo entonces podremos ser todos uno, como el Padre en Jesús, y Él en el Padre, y nosotros en Ellos. Entonces habrá “habrá un solo rebaño, un solo Pastor”.

Jesús-Puerta nos abre a un nuevo espacio infinito y eterno, en donde todo el que le siga tiene cabida, como nos muestra la primera lectura de hoy, con la predicación del Evangelio de Jesús por parte de Pedro a los paganos (Hc 11,1-18).

En esta lectura vemos cómo los primeros cristianos procedentes del judaísmo, que continuaban arraigados a las tradiciones del Antiguo Testamento, pretendían que todo el que se convirtiera y fuera bautizado abrazara también la Ley y las tradiciones ancestrales del judaísmo, incluyendo las prescripciones relacionadas a la abstención de carnes prohibidas, y hacerse circuncidar.

Ante el reproche de los partidarios de la circuncisión, Pedro les narró una visión que había tenido en la cual el Señor le presentó unos animales cuya carne era considerada impura, y le pidió que comiera, a lo que él se negó. Entonces el Señor le habló nuevamente diciéndole: “Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano”. Luego les relató cómo el Espíritu lo llevó a casa de unos paganos, quienes recibieron el Espíritu Santo y fueron bautizados. Pedro dijo entonces a sus interlocutores: “Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?”.

En nuestro tiempo encontramos una situación similar cuando intentamos imponer nuestra visión de la Iglesia a personas de otras culturas, otros estilos de vida, e inclusive de diferentes grupos de edad. Debemos recordar que la Iglesia no es nuestro rebaño; que es el rebaño del Buen Pastor, y en ese rebaño hay cabida para TODOS. Como dijo el papa Francisco a los nuevos obispos hace unos años: “Somos llamados y constituidos pastores no de nosotros mismos, sino del Señor; y no para servirnos a nosotros mismos, sino al rebaño que se nos ha confiado”.

Ese llamado nos incluye a nosotros. Sí, a ti y a mí.

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA (A) – DOMINGO DEL BUEN PASTOR 07-05-17

Al reflexionar sobre las lecturas que nos presenta la liturgia de hoy, cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, normalmente nos concentramos en la figura del Buen Pastor, y en todas las características que adornan esa figura tan importante en la mentalidad del pueblo de Israel y en nuestra fe cristiana.

Pero el Evangelio que contemplamos hoy (Jn 10,1-10) nos presenta, además, la figura de la puerta del aprisco de las ovejas, y a Jesús como esa “puerta”. “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Nuevamente resuena el “Yo soy” del Evangelio según san Juan, que nos refiere al nombre con el que Dios se identifica cuando Moisés le pregunta su nombre en el pasaje de la zarza ardiendo (Ex 3,14), y que apunta a la divinidad de Jesús.

Al principio del pasaje Jesús nos presenta la figura del pastor que entra por la puerta luego que el guarda le abre, “y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”. Ya anteriormente hemos dicho que cuando una oveja nace el pastor la lleva sobre su cuello un tiempo para que se acostumbre a su voz, y luego le siga al escuchar esa voz. Además, era costumbre que los pastores llevaran su rebaño al aprisco junto con las ovejas de otros pastores a pasar la noche. Al regresar al día siguiente a buscar su rebaño, llamaba sus ovejas, estas reconocían su voz, y lo seguían.

Y ese rebaño es la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios producto de la Nueva Alianza; el cuerpo místico de Cristo que todos conformamos. Jesús nos compara con ovejas, un animal dócil y totalmente dependiente del pastor, pues tienen una visión pobre. Por eso más que seguir la figura del pastor, siguen su voz. Del mismo modo, Jesús nos invita a seguirlo través de su Palabra, seguimiento que implica seguir sus huellas, no importa a dónde nos conduzcan, aunque sea al sufrimiento (Cfr. segunda lectura – 1 Pe 2,20-25).

Si vamos a hacer realidad el deseo de Cristo de que todos se salven (1 Tim 2,3), tenemos que ser fieles a la unción sacerdotal, profética y real que recibimos en nuestro bautismo, y convertirnos en “pastores” para atraer las ovejas descarriadas, las que aún no conocen la voz del Supremo Pastor, enseñándoles a escuchar Su voz para que le sigan.

El papa Francisco se hace eco de esas palabras de Jesús al invitarnos a salir de la tranquilidad, la seguridad, el confort de nuestras comunidades de fe, nuestros templos, y salir a la calle, a las periferias, para rescatar, no solo a las ovejas descarriadas que nunca han escuchado la voz del Pastor, sino también a aquellas que se han perdido del redil de la Iglesia.

Pero para poder participar de esa misión primero tenemos que conocer la voz de nuestro Pastor para saber a dónde conducirlas. Y tú, ¿has escuchado la voz de Jesús?

Felicito en este día a todos los feligreses de nuestra Parroquia El Buen Pastor, de Guaynabo, Puerto Rico, así como a la congregación de las Hermanas Misioneras del Buen Pastor a quienes tanto a mi esposa Jossie como a mí nos unen profundos lazos de amor fraterno.