REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 04-06-22

“Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”.

¡Mañana es Pentecostés! La solemnidad que celebra la venida del Espíritu Santo sobre el colegio apostólico reunido en torno a María, la madre de Jesús. Si bien la Iglesia gira en torno al Misterio Pascual de Cristo, es el Espíritu quien guía a los pecadores que la componemos para tomar las decisiones más humanas de Su Iglesia. Por eso ha perdurado dos mil años, a pesar de las debilidades de sus miembros.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy nos presentan el pasaje final del libro de los Hechos de los Apóstoles (28,16-20.30-31) y la conclusión del Evangelio según san Juan (21,20-25).

La lectura de Hechos nos narra la actividad de Pablo durante su primer cautiverio en Roma, y cómo su cautiverio (aunque estaba en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”) no fue impedimento para que él continuara su misión evangelizadora; estando preso, recibía a todos los que acudían a visitarle, “predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos”.

Aun estando en prisión, supo experimentar la verdadera libertad producto de sentirse amado por Dios y estar haciendo su voluntad. Mediante su testimonio en Roma, Pablo da cumplimiento a la promesa y el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Desde el principio hasta el final, vemos en el libro de los hechos de los Apóstoles la acción del Espíritu Santo en el desarrollo y expansión de la Iglesia por todo el mundo conocido.

El relato evangélico, por su parte, nos presenta la continuación del pasaje de ayer, con el diálogo entre Jesús y Pedro, que concluyó con el mandato de Jesús: “Sígueme”. Jesús le había dicho a Pedro que él iba a seguir su misma suerte, que iba a experimentar el martirio. Pedro probablemente se siente orgulloso de seguir los pasos del Señor. Entonces ve que Juan les está siguiendo mientras caminan, y ese deseo humano de compararse con los demás, de saber si otro va a tener el mismo privilegio que yo, le lleva a preguntarle a Jesús: “Señor, y éste ¿qué?”.

El mero hecho de referirse a Juan como “este”, implica cierto grado de orgullo, de aire de superioridad. Después de todo, ya había sido “escogido” para tomar las riendas de la Iglesia naciente. Jesús no pierde tiempo e inmediatamente lo baja de su pedestal: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. En otras palabras, cumple tu misión, y deja lo demás en las manos del Padre.

Nuestra Iglesia es Santa, pero está compuesta por pecadores que aspiramos a la santidad; y solo guiados y asistidos por el Espíritu puede seguir adelante y llevar a cabo su misión evangelizadora para que se cumpla la voluntad del Padre: que no se pierda ninguna de las ovejas de su rebaño.

¡Ven Espíritu Santo!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA 23-04-22

¡Verdaderamente ha resucitado! Aleluya, aleluya, aleluya.

¡Cristo ha resucitado! Ese ha sido nuestro “grito de batalla”, nuestra exclamación de júbilo durante una semana. Estamos culminando la Octava de Pascua, esa prolongación litúrgica del júbilo de la Resurrección que termina mañana. Y la lectura evangélica que nos propone la liturgia (Mc 16,9-15) es un resumen de las apariciones de Jesús narradas por los demás evangelistas, el signo positivo de que Jesús está vivo. Habiendo sido el relato de Marcos cronológicamente el primero en escribirse, algunos exégetas piensan que esta parte del relato no fue escrita por Marcos, sino añadida posteriormente en algún momento durante los siglos I y II, tal vez para sustituir un fragmento perdido del relato original. Otros, por el contrario, aluden a una fuente designada como “Q”, de la cual los sinópticos se nutrieron.

El pasaje comienza con la aparición a María Magdalena, continúa con la aparición a los caminantes de Emaús, y culmina con la aparición a los Once “cuando estaban a la mesa” (de nuevo el símbolo eucarístico). El autor subraya la incredulidad de los Once ante el anuncio de María Magdalena y los de Emaús. Tal vez quiera enfatizar que los apóstoles no eran personas que se creían cualquier cuento, que su fe no se consolidó hasta que tuvieron el encuentro con el Resucitado. Ese detalle le añade credibilidad al hecho de la Resurrección. Algo extraordinario tiene que haber ocurrido que les hizo cambiar de opinión y encendió en ellos la fe Pascual.

Termina con la última exhortación de Jesús a sus discípulos (y a nosotros): “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Esa fe Pascual, avivada por el evento de Pentecostés, es la que brinda a los apóstoles la valentía para enfrentar a las autoridades judías en la primera lectura (Hc 4,13-21) de hoy, que es continuación de la de ayer en la que habían pasado la noche en la cárcel por predicar la resurrección de Jesús en cuyo nombre obraban milagros y anunciaban la Buena Noticia del Reino, siguiendo el mandato de Jesús de ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda la creación.

Confrontados con sus acusadores, quienes intentaban prohibirle “predicar y enseñar el nombre de Jesús”, Pedro, lleno del Espíritu Santo, proclamó: “Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. Recordemos las palabras de Jesús al concluir el relato de la aparición de Jesús en medio de ellos en el Evangelio del jueves (Lc 24,35-48), en el que concluye diciendo: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.

Concluye la primera lectura diciendo que “no encontraron la manera de castigarlos, porque el pueblo entero daba gloria a Dios por lo sucedido”. El poder de la Palabra, “más cortante que espada de doble filo” (Hb 4,2). Imposible de resistir…

Durante esta semana hemos estado celebrando la Resurrección de Jesús. No se trata de un acontecimiento del pasado; se trata de un acontecimiento presente, tan real como lo fue para los Once y los demás discípulos. Y como Pedro en la primera lectura, estamos llamados a ser testigos. ¡Jesús vive; verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR 17-04-22

¡Aleluya, Aleluya, Aleluya! ¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

Tan solo había adentro “las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”.

“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!” (de la Secuencia para la liturgia del Domingo de la Resurrección del Señor).

Hoy es el día más importante en la liturgia de la Iglesia. Celebramos el acontecimiento más importante en la historia de la humanidad. Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho el regalo de la Resurrección, que hace realidad la promesa de vida eterna. “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Cor 15,14). La Resurrección, y el encuentro con el Resucitado, fueron los eventos que hicieron comprender a los apóstoles todo lo que el Señor les había anunciado pero que ellos no habían comprendido a cabalidad.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este día (Jn 20,1-9), es la versión de Juan de lo ocurrido en la mañana gloriosa de aquél domingo en que Jesús resucitó. El pasaje nos muestra a María Magdalena llegando al sepulcro de madrugada y encontrando quitada la lápida del sepulcro. Inmediatamente dio razón del acontecimiento a Pedro y al “discípulo a quien tanto quería Jesús”, quienes salieron corriendo hacia el sepulcro. El segundo, que era más joven llegó primero y esperó que Pedro llegara y entrara primero en la tumba vacía; tan solo había adentro “las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”. Leí en algún lugar una vez, que en aquél tiempo cuando un artesano itinerante (como lo era Jesús) terminaba su labor, se quitaba el delantal de trabajo y lo enrollaba; así el que le había contratado sabía que había terminado. Jesús había culminado la labor que le había encomendado el Padre; se había entregado por nosotros y por nuestra salvación. Y como signo de ello, se quitó el sudario y lo enrolló…

Nos dice la Escritura que luego entró el más joven, “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”. El sepulcro vacío es el llamado “signo negativo” de la resurrección de Jesús, que junto al “signo positivo”, es decir, las apariciones, constituyen prueba irrefutable de que Jesús en efecto ha resucitado.

Debemos recordar, por otro lado, que Jesús resucitó con un cuerpo glorificado. Un misterio que no comprenderemos hasta que tengamos la misma  experiencia en el día final, cuando entremos junto a Él en la Jerusalén celestial. Por eso podía atravesar paredes (Jn 20,19) y al mismo tiempo comer (Lc 24, 30-31; Jn 21, 5.12-23), y por eso no todos podían verlo; solo aquellos a quienes Él se lo permitía. Así lo vemos en la primera lectura de hoy (Hc 10,34a.37-43): “Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos”.

Hoy celebramos el evento más importante de la historia de la salvación, la culminación del Misterio Pascual de Jesús, quien venciendo la muerte nos liberó que la esclavitud, haciendo posible su promesa de vida eterna para todo el que crea en Él (Jn 11, 25b-26). La fe nos permite participar y ser testigos de la Resurrección. Por eso en la liturgia eucarística exclamamos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”.

Señor, resucita en mi corazón, para que yo también pueda ser testigo de esa gloriosa Resurrección que celebramos hoy. ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 19-02-22

Altar mayor de la Basílica de la Transfiguración, construida en lo alto del Monte Tabor, donde la tradición dice que ocurrió el episodio que nos narra la liturgia de hoy, y donde tuve el privilegio de servir como ayudante del altar.

La liturgia de hoy nos presenta la versión de Marcos de la Transfiguración (9,2-13), otro de esos eventos importantes que aparecen en los tres evangelios sinópticos.

Nos dice la lectura que Jesús tomó consigo a los discípulos que eran sus amigos inseparables: Pedro, Santiago y su hermano Juan, y los llevó a un “monte alto”, que la tradición nos dice fue el Monte Tabor. Allí “se transfiguró delante de ellos”, es decir, les permitió ver, por unos instantes, la gloria de su divinidad, apareciendo también junto a Él Elías y Moisés, conversando con Él.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, esta narración está tan preñada de simbolismos, que resulta imposible reseñarlos en estos breves párrafos. No obstante, tratemos de resumir lo que la transfiguración representó para aquellos discípulos.

Aunque nos dice la lectura que los discípulos no sabían qué decir porque “estaban asustados”, no hay duda que ya han comprendido que Jesús es el Mesías; por eso lo han dejado todo para seguirlo, sin importar las consecuencias de ese seguimiento. Pero todavía no han logrado percibir en toda su magnitud la gloria de ese Camino que es Jesús. Así que Él decide brindarles una prueba de su gloria para afianzar su fe. Podríamos comparar esta experiencia con esos momentos que vivimos, por fugaces que sean, en que vemos manifestada sin lugar a dudas la gloria y el poder de Dios; esos momentos que afianzan nuestra fe y nos permiten seguir adelante tras los pasos del Maestro.

Pedro quedó tan impactado por esa experiencia, que cuando escribió su segunda carta (2 Pe 1-16-19), lo reseñó con emoción, recalcando que fue testigo ocular de la grandeza de Jesús, añadiendo que escuchó la voz del Padre que les dijo: “Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco”.

El simbolismo de la presencia de Elías y Moisés en este pasaje es fuerte, pues Elías representa a los profetas y Moisés representa la Ley (los profetas y la Ley son otra forma de referirse al Antiguo Testamento). Y el hecho de que aparezcan flanqueando a Jesús, quien representa el Evangelio, nos apunta a la Nueva Alianza en la persona de Jesucristo (los términos “Testamento” y “Alianza” son sinónimos), la plenitud de la Revelación.

Pero hay algo que siempre me ha llamado la atención sobre el relato evangélico de la Transfiguración. ¿Cómo sabían los apóstoles que los que estaban junto a Jesús eran Elías y Moisés, si ellos no los conocieron y en aquella época no había fotos? Podríamos adelantar, sin agotarlas, varias explicaciones, todas en el plano de la especulación.

Una posibilidad es que al quedar arropados de la gloria de Dios se les abrió el entendimiento y reconocieron a los personajes. Otra posible explicación que es que por la conversación entre ellos lograron identificarlos.

Hoy nosotros tenemos una ventaja que aquellos discípulos no tuvieron; el testimonio de su Pascua gloriosa, y la “transfiguración” que tenemos el privilegio de presenciar en cada celebración eucarística. Pidamos al Señor que cada vez que participemos de la Eucaristía, los ojos de la fe nos permitan contemplar la gloria de Jesús y escuchar en nuestras almas aquella voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 20-10-21

Hoy, pidamos al Señor por nuestros obispos, sacerdotes, diáconos y laicos comprometidos a cargo de los diversos ministerios para que adquieran conciencia de que como mucho se les ha encomendado, mucho se les exigirá; y que mientras más sirvan, mayor será su recompensa.

El Evangelio que contemplamos en la liturgia de hoy (Lc 12,39-48) es continuación del que leíamos ayer y, de hecho, continúa el tema de la exhortación a la vigilancia y al servicio como preparación para el “regreso” inesperado de Jesús. Pero la tónica de hoy se sienta con la pregunta de Pedro: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?” (v.41).

Después de haber invitado a la vigilancia a todo cristiano Jesús centra su mensaje en aquellos “administradores” que el “amo” a puesto al frente de su “servidumbre”, es decir a los pastores de la Iglesia, que tendrán que rendirle cuentas cuando llegue el amo. “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá” (v. 48).

Esta parábola nos evoca el capítulo 34 de Ezequiel cuando Yahvé, por voz del profeta increpa a los pastores de Israel por haber descuidado el rebaño que se les confió: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿Acaso los pastores no deben apacentar el rebaño? Pero ustedes se alimentan con la leche, se visten con la lana, sacrifican a las ovejas más gordas, y no apacientan el rebaño” (vv. 2-4). “Porque mis ovejas han sido expuestas a la depredación y se han convertido en presa de todas las fieras salvajes por falta de pastor; porque mis pastores no cuidan a mis ovejas; porque ellos se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas” (v. 8).

Tal vez Pedro entendió que como él había sido nombrado “persona a cargo”, “responsable” (Cfr. Mt 16,18), estaba seguro en su “puesto”. De nuevo la naturaleza humana interponiéndose, creando esos “fantasmas” del orgullo que se interponen entre nosotros y el verdadero seguimiento de Jesús. Pero Jesús no vacila en derrumbar su falso orgullo. Le dice todo lo contrario; mientras más responsabilidades se nos encomienden, más estricto será el Señor al momento de exigirnos cuentas.

La tentación de utilizar, oprimir, e ignorar las necesidades de aquellos que están bajo los que ocupan posiciones de liderato o autoridad es grande. Las lecturas de hoy nos recuerdan que estos deben practicar la justicia, convirtiéndose de ese modo en “esclavos” de esta, como exhorta Pablo a los de Roma en la primera lectura (Rm 6,12-18): “…gracias a Dios, vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados y, liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia”.

El que obra así, estará siempre preparado para esa hora menos pensada cuando llegue el “Hijo del hombre”. Entonces podrá decirle como dice el mismo Pablo a los de Corinto: “siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda” (1 Cor 9,19).

Hoy, pidamos al Señor por nuestros obispos, sacerdotes, diáconos y laicos comprometidos a cargo de los diversos ministerios para que adquieran conciencia de la grave responsabilidad que conlleva su elección por parte del Señor, y que como mucho se les ha encomendado, mucho se les exigirá; y que mientras más sirvan, mayor será su recompensa.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO DEL T.O. – CICLO B – 19-09-21

“El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mc 9,30-37) es el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. El primero lo leíamos el pasado domingo (Mc 8,27-35). En esa ocasión veíamos a Pedro increpando a Jesús luego del anuncio, y a Jesús regañándolo por mirar con ojos de hombre los eventos que Él anticipaba, en lugar de verlos como hechos salvíficos.

En el relato evangélico de hoy vemos cómo, luego del anuncio de la pasión, los discípulos tampoco comprenden su alcance. En lugar de meditar sobre el mensaje de salvación que Jesús pretendía transmitirles, se pusieron a discutir entre sí quién era el más importante de ellos. De nuevo nos damos de frente con la naturaleza humana, que reúsa ver más allá de su propio bienestar, de su propia conveniencia. Una naturaleza humana marcada por la soberbia, que ha sido llamada “la madre de todos los pecados”, la que llevó a nuestros primeros padres a pretender ser iguales a Dios, introduciendo de ese modo el pecado y la muerte en el mundo.

Jesús, con la paciencia que lo caracteriza, luego de decirles que: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”, toma un niño, lo pone en medio de todos, lo abraza, y dice: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. Para comprender el alcance de esa frase tenemos que entender que en la época de Jesús un niño no tenía derechos, era una mera posesión de sus padres, y si no los tenía y nadie lo acogía, valía lo mismo que un perro callejero. Jesús está enseñando a sus discípulos que ante el Padre la verdadera grandeza está en el servicio, sobre todo a los pobres y marginados, por quienes Él siempre mostró preferencia. Él mismo les daría la máxima lección de humildad lavando sus pies en la última cena.

Y no se trata de “dar”, se trata de “darse” a los demás. En Santa Teresa de Calcuta encontramos a alguien que supo entender a plenitud y poner en práctica el mensaje se Jesús. Abandonando todo, viviendo en extrema pobreza, supo darse en cuerpo y alma a los demás, especialmente a los más pobres de los pobres, en quienes aprendió a ver el rostro de Jesús; y acogiéndolos, era a Él a quien acogía; y no teniendo nada, se lo daba todo, les daba su amor. Como ella misma decía: “Cuanto menos poseemos, más podemos dar. Parece imposible, pero no lo es. Esa es la lógica del amor”.

Hoy, día del Señor, pidámosle nos conceda la humildad de espíritu que nos permita acercarnos a los más necesitados y ver en ellos el rostro de Jesús, de modo que acogiéndolos a ellos en Su nombre, lo acojamos a Él; y acogiéndolo a Él acojamos al Padre que lo envió.

Que pasen un lindo día y, si no lo han hecho aún, todavía están a tiempo de visitar la casa del Padre. ¡Bendiciones a todos!

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. – CICLO B – 12-09-21

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy (Is 50,5-9a; Sal 114; St 2,14-18; y Mc 8,27-35) son tan ricas en simbolismo y doctrina, que resulta difícil escoger uno o dos versículos para reflexionar en estas cortas líneas.

El evangelio nos presenta el pasaje de la profesión de fe de Pedro. Luego de realizar una “encuesta” entre sus discípulos sobre quién decía la gente que Él era, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús a sus discípulos de guardar silencio al respecto. Pero como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16).

Como nos dice la segunda lectura de hoy, la fe sin obras, por si sola está muerta. En otras palabras, “no basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús”. Y cuando creemos en su Palabra salvífica, cualquier sufrimiento, tribulación, prueba, que podamos experimentar cobra un nuevo significado, nos permite participar de la obra salvadora de Jesús. A eso se refiere Pablo cuando dice: “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo” (Col 1,24).

Nadie ha dicho que esto es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa es la que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. Que pasen un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL T.O. (B) 22-08-21

¿También vosotros queréis marcharos?

La liturgia de hoy nos presenta la culminación del “discurso del pan de vida” (Jn 6,60-69), que hemos estado contemplando durante los pasados cuatro domingos.

En el Evangelio que contemplábamos el pasado domingo (Jn 6,51-59) Jesús había enfatizado en cinco ocasiones la necesidad de “comer su carne” y “beber su sangre” para obtener la vida eterna, en una alusión al sacramento de la Eucaristía que para ellos resultaba incomprensible. Esto, en respuesta a los comentarios de los judíos, quienes se preguntaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Lejos de suavizar o justificar sus palabras, reitera que el que no coma su carne y beba su sangre “no tendrá vida” en sí mismo, es decir, no tendrá la vida que da la Gracia, añadiendo que ello es necesario para que podamos “habitar” en Él y Él en nosotros.

Aquellas palabras (eso de “comer” su carne y “beber” su sangre) resultaban fuertes y escandalosas, duras, para muchos de los “discípulos” que le seguían: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Jesús no intenta convencerlos ni trata de explicar su discurso. Por el contrario, se reitera en lo dicho y les increpa: “¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen… Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Esas palabras hicieron que muchos discípulos suyos se echaran atrás y dejaran de seguirle.

Entonces Jesús se viró hacia donde estaban los Doce (trato de imaginarme la escena) y les lanza un desafío: “¿También ustedes quieren marcharse?” Como siempre, Simón Pedro tomó la palabra e hizo una profesión de fe: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Las palabras de Jesús siempre son motivo de controversia. Ya el anciano Simeón lo había profetizado desde el comienzo (Lc 2,34). Y hoy día no es diferente. Su seguimiento es exigente, duro, el estilo de vida que implica está reñido con los gustos, las tendencias del mundo actual. Seguir a Jesús implica hacerse uno con Él, “comer su carne”, no solo en la Eucaristía, sino también participar de su encarnación, y “beber la sangre” de su sacrificio.

Los que queremos perseverar, los que queremos permanecer fieles a Él, necesitamos comer constantemente de ese “pan de Vida”, no solo en la mesa de la Eucaristía, sino también en la mesa de la Palabra, que es también fuente de vida eterna: “¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

En la Eucaristía encontramos alimento, y en la Palabra el aliento y el consuelo que nos permiten continuar en el camino a la Vida eterna que Él regala de balde a los que comemos de su cuerpo y bebemos de su sangre.

Él siempre tiene la mesa de la Eucaristía y la mesa de la Palabra dispuestas para ti.

¡Acércate! Él te está esperando…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DÉCIMA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 12-08-21

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

“Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Cuando repetimos esa frase al rezar el Padrenuestro, la oración que el mismo Cristo nos enseñó, ¿tenemos conciencia de lo que estamos diciendo? Con esta frase podríamos resumir el evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Mt 18,21-19,1).

Se trata del episodio en que Pedro, como portavoz del grupo (ya para entonces Jesús lo había instituido “piedra” de la Iglesia – Mt 16,18) le pregunta a Jesús que cuántas veces tenía que perdonar a un hermano que le hubiese ofendido. Y creyendo expresar lo máximo posible le pregunta que si hasta siete veces (recordemos que el siete es el número que representa la perfección). Pero Jesús lo lleva al infinito, a decirle que debe perdonar no hasta siete, sino hasta setenta veces siete.

Y para que comprendieran mejor, Jesús aprovecha la oportunidad y les presenta la “parábola del siervo sin entrañas”, a quien el rey le había perdonado una deuda cuantiosa, y al salir se encontró con un amigo que le debía una suma insignificante de dinero. Haciendo ademán de ahorcarle, le reclamó el pago de la deuda; y como el amigo no pudo pagarle, lo metió en la cárcel. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, mandó llamar al siervo y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo mandó a meter preso hasta que pagara la deuda. A lo que Jesús añadió: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

“Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”… Habiendo meditado este evangelio, tenemos que preguntarnos: ¿cuántas veces ofendemos a Dios? ¿Cuántas veces Él nos perdona? Al mismo tiempo pensemos cuán difícil se nos hace perdonar, a veces una sola falta de un hermano hacia nosotros; falta que con toda seguridad palidece ante las faltas que Dios, como una madre que se desborda en amor a hacia el hijo de sus entrañas, nos perdona una y otra vez, “hasta setenta veces siete”.

Y ahí está la clave. ¡En el amor! Amor y perdón son como dos caras de una misma moneda. El que ama de verdad perdona de corazón, porque el que ama no puede albergar rencor, ni odio, ni resentimiento en su corazón. La luz no admite la oscuridad… En el Antiguo Testamento se nos pedía que amáramos al prójimo como a nosotros mismos. Jesús los llevó más allá al pedirnos que nos amemos los unos a los otros COMO ÉL NOS AMA. Un salto cuantitativo y cualitativo. El reto es grande; solos no podemos, pero con Su ayuda, ¡nada es imposible!

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a perdonar totalmente y sin reservas como Él nos perdona una y otra vez… Que pasen todos un hermoso día.