REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES 20-11-13

TALENTOS[1]

El Evangelio de hoy (Lc 19,11-28) nos presenta la versión de Lucas de la “parábola de los talentos” que leemos en el relato evangélico de Mateo (Mt 25,14-30). Lucas coloca este relato inmediatamente después del relato de Zaqueo y, además de darle un sabor escatológico, lo enmarca en un contexto histórico contemporáneo a Jesús con el cual los que le escuchaban podían relacionarse. Resulta que un tal Arquelao, quien estaba a cargo de la ciudad de Jericó, había marchado a Roma para pedir un título de rey al emperador, y un grupo de sus enemigos habían conspirado para que se denegara su petición.

Además, para el tiempo en que Lucas escribe su relato, ya los detractores del cristianismo comenzaban a burlarse y a cuestionar la veracidad de la promesa de la segunda venida de Jesús para instaurar su Reino definitivo. “¿Dónde está la promesa de su Venida? Nuestros padres han muerto y todo sigue como al principio de la creación” (2 Pe 3,4). Los contemporáneos de Jesús, los que le escuchaban, y hasta sus discípulos, tenían la noción de que el Reino de Dios se iba a concretizar de un momento a otro. No habían comprendido el “ya, pero todavía” que hemos mencionado en ocasiones anteriores.

Hemos de tener presente que cuando Jesús cuenta esta parábola, ya se está acercando a Jerusalén, la Pascua está “a la vuelta de la esquina”. Hay expectativa. ¿Qué mejor momento para que Jesús proclame su Reinado definitivo? Por eso le recibirán entre vítores y palmas en unos días, cuando haga su entrada en Jerusalén. Jesús lo sabe y quiere sacarles del error (su Reino no es de este mundo, Jn 18-36).

Por eso les propone la parábola del hombre que se marchó “a tierras lejanas” a buscar un título de rey y encomendó una onza de oro a cada uno de sus empleados. Al regresar les pidió cuentas. Dos de ellos habían negociado el oro y lo habían multiplicado. Como premio, el hombre les dio autoridad sobre un número de ciudades equivalente a las veces que lo habían multiplicado. En cambio, al que lo guardó para que no se le perdiera por temor a perderlo, y se lo devolvió sin ganancia, lo regañó diciendo a los presentes: “Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez”. Cuando le cuestionan su actitud, el hombre contestó: “Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”.

¿Qué nos quiere decir Jesús con ésta parábola? En primer lugar, que Él se va a marchar para regresar, mas nadie sabe cuándo, excepto el Padre (Cfr. Mt 24,36). Pero antes de irse nos va a encomendar su Palabra. ¿Qué vamos a hacer con ella? Tenemos que hacerla producir, fructificar, multiplicarse; cada cual según su capacidad. “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura” (Mc 16,15). Y los que así lo hagan, recibirán su justa recompensa. Si, por el contrario, nos la guardamos y no la hacemos producir, se nos quitará hasta esa misma Palabra, con todas las promesas que contiene.

Señor, danos la valentía y sagacidad para “negociar” tu Palabra de manera que rinda fruto en abundancia, y así ser merecedores de la gloria eterna.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES 29-10-13

grano de mostaza

El Evangelio de hoy (Lc 13,18-21) nos presenta dos “extractos” del discurso parabólico de Jesús acerca del Reino, y nos presenta dos perspectivas del Reino: la extensión del mismo, representada por el grano de mostaza, y su intensidad, representada por la levadura.

Cuando Jesús intenta explicar a sus discípulos la naturaleza del Reino, está consciente que no resulta fácil hacerlo en una manera que sea comprensible, pues se trata de algo “que no es de este mundo” (Jn 18,36), algo que ya ha llegado pero que todavía no ha alcanzado su plenitud (“Ya, pero todavía…”). Por eso tiene que recurrir a comparaciones, al uso de parábolas. Son tantas las alusiones de Jesús al Reino citadas por Lucas, que resultaría impráctico citarlas todas en tan breve espacio. A manera de ejemplo, comienza diciendo que Él ha venido a anunciar la “buena nueva” del Reino de Dios (4,43); declara “bienaventurados” a los pobres, porque a ellos les pertenece el Reino (6,20); envía a los “doce” a proclamar el Reino (9,2); anuncia que el Reino “está cerca” (10,9-11); cuando enseña a sus discípulos a orar les instruye que digan: “venga a nosotros tu Reino”; dice que de los niños, y de los que son como ellos es el Reino (18,16); y finalmente, el buen ladrón le dice a Jesús: “acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino” (23,42).

El Reino, eso por lo que hay que dejar casa, mujer, hermanos, padre e hijos (18,29), rebasa toda comprensión por parte de los discípulos. Pero para que no se desanimen, les asegura que con los pocos recursos que tienen pueden llevar a cabo su misión.

Para ello recurre primero al grano de mostaza, la semilla más pequeña de todas (los representa a ellos, los humildes comienzos del Reino), que cuando se planta y crece se convierte en un arbusto en el que anidan los pájaros. El Reino es algo que crece, que “brota” de la tierra, como lo hace una semilla cuando germina; es la vida misma que se abre paso poco a poco para romper la tierra que la aprisiona, y alzarse sobre ella. Nos enseña que el Reino no es algo estático, circunscrito a unos límites territoriales o temporales. Tiene que crecer y ha de seguir creciendo, aunque a veces su crecimiento sea lento, casi imperceptible.

La levadura, por su parte, le imparte a la imagen del Reino que Jesús quiere transmitir ese elemento de potencia de transformación que ocurre de forma casi imperceptible, como cuando la masa se mezcla con la levadura viva y se deja cubierta para esperar que fermente, y se  transforma en una hogaza lista para ser metida en el horno. El Reino ha de seguir transformándose, creciendo, hasta llegar a su plenitud en el día final, cuando se lleven a cabo las bodas del Cordero (Cfr. Ap 21).

Jesús nos envía a proclamar la buena noticia del Reino. Tenemos que seguir regando la semilla para que germine, rogándole al Señor que envíe operarios a su mies (Mt 9,38; Lc 10,2). Anda, ¡atrévete!; la paga es abundante: la Vida eterna (Cfr. Rom 6,23; Mt 10,32).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES 24-10-13

he venido a prender fuego 2

“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”. Estoy seguro que con esa frase tan impactante, con la que comienza la lectura evangélica de hoy (Lc 12,49-53), Jesús logró captar la atención de sus discípulos. “He venido a prender fuego en el mundo”… ¿Qué quiso decir Jesús con esa frase tan radical?

El fuego es un símbolo recurrente en el lenguaje bíblico, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y siempre se asocia con la presencia de Dios, o con Dios mismo, o como símbolo de la purificación que solo Dios puede proveer, o con el “juicio” de Dios. Así, por ejemplo, lo encontramos en la zarza ardiendo que Moisés encuentra en el Horeb cuando Dios le encomienda la misión de liberar al pueblo judío de la esclavitud en Egipto (Ex 3,1-6); también en el fuego (Ex 19,18) que acompañó la entrega del decálogo en el Sinaí, y en los holocaustos ofrecidos en el Templo, donde los animales sacrificados eran pasados por el fuego que simbolizaba el juicio final que purificará todas las cosas.

Las alusiones en el Nuevo Testamento son también numerosas. Así, a manera de ejemplo, se nos habla del fuego que ha de quemar la cizaña (Mt 13,40), las lenguas “como de fuego” que descendieron sobre los presentes en Pentecostés (Hc 2,3-4), el fuego que Jesús rehusó hacer llover del cielo sobre los samaritanos que se negaron a darles posada (Lc 9,54), y cómo les “ardía el corazón” a los discípulos de Emaús (Lc 24,32).

El mismo fuego que hacía arder el corazón de los de Emaús arropa y hacer arder el corazón de todo el que se abre a la Palabra de Dios y la pone en práctica; es el fuego del Espíritu Santo que le impulsa a evangelizar, a compartir la Buena Noticia del Reino. Pero el mensaje de Jesús tiene lo que yo llamo la “letra chica”. Jesús exige radicalidad en el seguimiento (Mt 16,24-25), no admite términos medios (Ap 3,15-16). Por eso no podemos mirar atrás una vez ponemos “la mano en el arado” (Lc 9,62).

El mensaje de Jesús siempre fue motivo de controversia. Desde la presentación en el Templo, el anciano Simeón, “movido por el Espíritu Santo”, había profetizado que el niño sería “signo de contradicción”. Jesús está consciente de ello: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

Lo grandioso, y terrible, del mensaje de Jesús es que “desnuda” a los que lo reciben y los enfrenta con su podredumbre. De ahí el rechazo, la burla y la persecución que sufrió Él y todos los que decidimos seguirle y proclamar su Palabra. Nadie dijo que esto era fácil. Por eso muchos le abandonaron (Cfr. Jn 6,66) y le siguen abandonando. Pero los que creemos en Él y le creemos, sabemos que vale la pena, pues sabemos que Él tiene “palabras de vida eterna” (6,68). Anda, ¡atrévete!

FIESTA DE SAN LUCAS, EVANGELISTA 18-10-13

San Lucas

Hoy celebramos la Fiesta de san Lucas, evangelista, y el Evangelio de hoy (Lc 10,1-9) nos narra una vez más el envío de los “setenta y dos” a los lugares que él pensaba visitar; una especie de “avanzada” como las que usan los políticos de nuestro tiempo, para ir preparando el camino para su llegada. Ese envío es precedido por la famosa frase de Jesús: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”.

Desde los inicios de su vida pública Jesús había dejado establecida su misión: “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). En el pasaje de hoy Jesús continúa su “subida” final a la ciudad Santa de Jerusalén en donde culminará su obra redentora. Tiene que adiestrar a los que va a dejar a cargo de anunciar la Buena Noticia del Reino, y los envía en una misión “de prueba”, para que experimenten la satisfacción y el rechazo, la alegría y la frustración; para que se curtan. Más adelante les dirá: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15).

En la primera lectura (2 Tim 4,9-17) encontramos a Pablo, apóstol de los gentiles, continuando la obra misionera de Jesús, y repartiendo a sus discípulos y colaboradores. Solo Lucas permanece con él. La mies es abundante y los obreros pocos, así que hay que maximizar el rendimiento de cada uno de los “obreros”. Pablo sabe que los envía “como corderos en medio de lobos”, y les advierte de los peligros. Pero los despide con un mensaje de esperanza: “…el Señor me ayudó y me dio salud para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran los gentiles”. Jesús lo había prometido antes de su partida: “Y yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,10).

Especialmente a partir del Concilio Vaticano II, esa misión evangelizadora no está limitada al clero ni a los de vida consagrada; nos compete también a todos los laicos. Lo bueno es que el mismo Jesús nos dejó las instrucciones y, mejor aún, prometió acompañarnos. ¿Cómo podemos rechazar esa oferta? Con razón san Pablo decía: “¡Ay de mi si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). ¿Quieres gozar de la compañía de Jesús? ¡Evangeliza!

Recientemente el papa Francisco ha enfatizado el talante misionero de la Iglesia, exhortándonos a salir del encierro de nuestras iglesias y comunidades de fe hacia la calle: “Quiero agitación en las diócesis, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea clericalismo, de lo que sea comodidad (…) Si no salen, las instituciones se convierten en ONG (organizaciones no gubernamentales) y la Iglesia no puede ser una ONG”.

Tal como Jesús envió a los “setenta y dos” y Pablo a sus discípulos y colaboradores, hoy Francisco nos envía a todos a proclamar la Buena Noticia del Reino, y a continuar construyéndolo con nuestras obras, especialmente nuestro acercamiento a los marginados de la sociedad, para que ellos puedan experimentar el amor de Dios. Anda, ¡atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES 25-09-13

id a todo el mundo

La lectura evangélica que nos propone la liturgia de hoy (Lc 9,1-6), nos narra el “envío” de los doce, que guarda cierto paralelismo con el envío de “los setenta y dos” que el mismo Lucas nos narra más adelante (Lc 10,1-12). En ambos relatos encontramos unas instrucciones para la “misión” casi idénticas. En la de los doce que contemplamos hoy nos dice: “No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto”. A los setenta y dos les dirá: “No lleven dinero, ni alforja, ni sandalias…” La intención es clara; dejar atrás todo lo que pueda estorbarles en su misión. La verdadera pobreza evangélica.

Es de notar que en ambos casos la “misión” es la misma: el anuncio del Reino, que fue precisamente la misión de Jesús. “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Esa es la gran misión de la Iglesia, anunciar al todo el mundo la Buena Nueva del Reino, dando testimonio del amor de Dios. Y de la misma manera que Jesús abandonó Nazaret dejándolo todo, eso mismo instruye tanto a los apóstoles como a los setenta y dos.

Aunque hay ciertas variantes entre ambos envíos, nos concentraremos en las citadas “instrucciones” a ambos grupos; instrucciones que son de aplicación a todo discípulo, incluyéndonos a nosotros. Ese “dejarlo todo”, incluyendo las cosas “básicas” para sobrevivir, es la prueba del verdadero discípulo que confía en la Divina Providencia, y nos evoca la vocación de los primeros apóstoles, quienes “abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11), y la de Mateo, que “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,28). “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?” (Mt 6,26).

Una de las características del verdadero discípulo es la libertad. Y esa libertad solo es posible cuando nos desprendemos de todo. Si nada tenemos, nada tememos perder. Por tanto, no tendremos preocupaciones que nos impidan concentrarnos totalmente nuestra misión. Piénsalo; desde el momento que tienes una “posesión”, tienes la preocupación de no dejarla en un lugar donde puedas perderla, o alguien pueda apropiarse de ella. Solo el que ha tenido la experiencia de perderlo todo, al punto de no ser dueño ni tan siquiera de la ropa que lleva puesta, sabe a lo que me refiero.

Si creemos en Dios y le creemos a Dios, sabemos que cuando Él nos encomienda una misión siempre va a permanecer a nuestro lado, acompañándonos y proporcionándonos las fuerzas y los medios para cumplirla (Cfr. Ex 3,12; Jr 1,8). Por eso el verdadero discípulo no teme enfrentar la adversidad. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31).

Hoy, pidamos al Señor que nos permita liberarnos de todo equipaje inútil que pueda estorbar u opacar la misión a la que hemos sido llamados, de anunciar la Buena Noticia del Reino y el Amor de Dios.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES 04-09-13

Les imponia las manos

El pasaje evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 4,38-44), la curación de la suegra de Pedro, aparenta ser uno sencillo, envuelto en la cotidianidad. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de su amigo Pedro. Es un tramo corto; Pedro vive cerca de la sinagoga. De hecho, la casa de Pedro se ve desde la sinagoga. La suegra de Pedro está enferma, con fiebre muy alta. Nos dice la escritura que Jesús “increpó a la fiebre” y esta se curó. Se riega la voz. Comienzan a traerle enfermos y Él los cura a todos; y hasta echa demonios. Nos hallamos en el último año de la vida pública de Jesús.

Esta escena nos muestra cómo va haciéndose realidad el “año de gracia del Señor” que Jesús había anunciado poco antes en el “discurso programático” pronunciado en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,19). Jesús sigue manifestando su poder, hasta los demonios saben que Él es el Mesías: “Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías”.

Tres cosas queremos resaltar de este pasaje.

En primer lugar, vemos cómo tan pronto Jesús curó a la suegra de Simón, ella “levantándose enseguida, se puso a servirles”. Jesús nos llama a servir de la misma manera que Él lo hace. Su vida terrenal se desarrolló en un ambiente de servicio amoroso al prójimo. Él nos llama a todos. Si hemos de seguir sus pasos tenemos que poner nuestros carismas al servicio de los demás, compartir las gracias que Él nos ha prodigado. Y no se trata de hacerlo “mañana”. No, hemos de hacerlo con la misma prontitud que Él lo hace. Tenemos que estar prestos a servir cuando se nos necesita, no “cuando tengamos tiempo”. Esa es la característica distintiva del verdadero discípulo de Jesús.

Otro detalle que cabe resaltar es cómo Jesús curaba los enfermos “poniendo las manos sobre cada uno”. Él pudo haberlos curados a todos con su mera presencia, o con el poder de su Palabra a todos en grupo. Pero optó por hacerlo de manera personal. Nos está demostrando que para Él todos y cada uno de nosotros es importante, único, especial; que nos ama individualmente, que quiere tener una relación personal con cada cual; que no somos “uno más”.

Finalmente, vemos cómo la gente “querían retenerlo para que no se les fuese”; a lo que Jesús les dijo: “También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado”. A veces estamos tan “enamorados” de Jesús que queremos acapararlo, apropiarnos de Él. Nos tornamos egoístas. O peor aún, pretendemos aprovecharle, monopolizarle. Olvidamos que Él vino para todos. Lo mismo aplica a su Palabra. Si pretendemos retener el Evangelio para nosotros lo desvirtuamos. Jesús es la “Buena Noticia”, y si no la compartimos deja de serlo.

En este día que comienza, pidamos al Señor que abra nuestros corazones para recibir el poder sanador de Jesús, producto de su amor, y nos conceda el don de la generosidad para compartirlo con todos, especialmente mediante el servicio a Él y a los demás, como lo hizo la suegra de Simón Pedro.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES 12-07-13

"Mirad que os mando como ovejas entre lobos" (Mt 10,16).

“Mirad que os mando como ovejas entre lobos” (Mt 10,16).

La primera lectura de la liturgia para hoy (Gn 46,1-7.28-30), nos narra la culminación de la historia de José, con la salida de Jacob y sus descendientes de la tierra de Canaán hacia Egipto, en donde se establecerán por cuatro siglos. Este pasaje sirve de preludio a la esclavitud en Egipto que dará paso a la figura de Moisés, que aparecerá al comienzo del libro del Éxodo.

En la lectura evangélica (Mt 10, 16-23), Jesús continúa las instrucciones a sus apóstoles (“los doce”) antes de enviarlos a proclamar la Buena Noticia del Reino. Jesús les advierte que no iban a ser recibidos bien en todos lados, que los enviaba como corderos en medio de lobos. Jesús es consciente que Él mismo no fue bien recibido entre los suyos (Cfr. Lc 4,24), es decir, contempla ese mismo fracaso entre las posibilidades de sus enviados.

Jesús es también consciente que el mensaje de amor que sus enviados van a predicar con entrega, con mansedumbre, será rechazado, y hasta combatido con brutalidad y violencia por los adversarios de la Palabra. Los apóstoles serán de ese modo ejemplo de que el Reino de Dios se revela en la debilidad de Jesús y de sus enviados. San Pablo recogerá ese pensamiento cuando diga: “Él (Jesús) me respondió: ‘Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad’. Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,9-10).

Pero a pesar de que les asegura que no los dejará solos, e inclusive que el Espíritu les sugerirá lo que tienen que decir cuando los arresten, les instruye que sean “sagaces como serpientes y sencillos como palomas”, que no se fíen de nadie. La mansedumbre no quiere decir que sean incautos o tontos. Por el contrario, al utilizar el ejemplo de la serpiente y la paloma, les dice que tienen que ser hábiles, inteligentes, cautos como la serpiente para discernir la presencia de lobos y no provocarlos innecesariamente, pero manteniendo al mismo tiempo la candidez, la simplicidad de las palomas, sin dobleces ni complicaciones.

Jesús siempre es claro con los que llama a seguirles. El camino va a ser difícil, lleno de obstáculos, persecuciones e insultos. El que sigue a Jesús tiene que estar consciente que su recompensa no será en este mundo, sino en la vida eterna: “el que persevere hasta el final se salvará”. Y esa recompensa es la “corona de gloria que no se marchita” de que nos habla san Pedro (1 Pe 5,4).

Esas instrucciones de Jesús a los apóstoles son también para todos los que aceptamos el llamado de Jesús a participar de la misión evangelizadora. El Concilio Vaticano II dejó claramente establecido el papel de los laicos como “nuevos evangelizadores”. Ya no es una misión reservada a los ministros ordenados o consagrados (Apostilicam actuositatem). Nos toca a todos; a ti y a mí. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES 11-07-13

José se da a conocer a sus hermanos (Gn 45,3-4).

José se da a conocer a sus hermanos (Gn 45,3-4).

Hoy celebramos la memoria obligatoria de san Benito Abad, el santo patrono de Europa, donde se celebra como fiesta, con lecturas propias para la liturgia. En Puerto Rico es memoria, por lo que se contemplan las lecturas propias del tiempo ordinario, hoy las del jueves de la decimocuarta semana del T.O.

La primera lectura que nos brinda la liturgia continúa narrándonos la historia de la descendencia de Abraham, y cómo Yahvé cumple la Alianza pactada con el pueblo elegido en la persona de aquél. Ayer leíamos la historia de los hijos de Jacob, y cómo los hermanos se habían puesto de acuerdo para deshacerse de José, quien gozaba del favor de su padre. Hoy se nos narra la culminación de esa historia con el encuentro entre José, convertido en administrador del faraón, y sus hermanos (Gn 44,18-21.23b-29; 45; 1-5).

Aprovecho para hacer un paréntesis de formación. Muchas veces las lecturas que nos brinda la liturgia son porciones escogidas de una historia más larga, como está ocurriendo con esta historia de José, y como ocurrió en días recientes con la historia de Rebecca. En estos casos es recomendable que vayamos a la Biblia y leamos el pasaje completo. De esa manera podremos apreciar toda la riqueza del relato y tener una mejor comprensión de los hechos y el mensaje que nos brinda la Palabra.

La enseñanza principal que encontramos en la primera lectura se resume al final: “Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios. Pero ahora no os preocupéis, ni os pese el haberme vendido aquí; para salvación me envió Dios delante de vosotros”. Dios había permitido el mal que sus hermanos habían hecho a José con un propósito; que en el momento de mayor necesidad, José estuviera allí para librarles de la hambruna.

Muchas veces Dios permite que nos sucedan cosas que no comprendemos, pero si las aceptamos como la voluntad de Dios, eventualmente nos percatamos que todo lo sucedido era para nuestro propio bien. “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman, de aquellos que él llamó según su designio” (Rm 8,28). Los que han escuchado mi testimonio saben que puedo dar fe de eso…

En la lectura evangélica continuamos las instrucciones que Jesús les imparte a los “doce” al enviarlos en la misión de proclamar el evangelio, instrucciones que guardan cierto paralelismo con las instrucciones que impartió a los “setenta y dos”, que leyéramos el pasado domingo XIV del tiempo ordinario (Lc 10,1-9). En ambos “envíos” Jesús enfatiza el desapego a las cosas materiales, instándoles a dejar atrás todo lo que pueda convertirse en una preocupación que desvíe su atención de la misión que les está encomendando. Se trata de abandonarse a la Providencia divina.

Una frase añade en este relato de los “doce”: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Con esta frase Jesús les (nos) recuerda que el Evangelio es para todos, que la salvación es regalo de Dios, y como tal tenemos que compartir con todos, los dones que hemos recibido de Él. No podemos convertir el anuncio de la Buena Nueva del Reino en un negocio o en una fuente de ingresos, ni en una forma de obtener bienes para nosotros, porque se desvirtúa.

Recién esta semana el papa Francisco nos decía: “Me duele ver a un cura o a una monja con el último modelo de coche”. Francisco está claro…

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOCUARTO DOMINGO DEL T.O.

La lectura evangélica de hoy (Lc 10,1-9) encontramos a Jesús que continúa su “subida” final a la ciudad Santa de Jerusalén en donde culminará su obra redentora. El pasaje nos narra el envío de los “setenta y dos” a los lugares que él pensaba visitar en su camino. Estos han de actuar como una especie de “avanzada”, como las que usan los políticos de nuestro tiempo para ir preparando el camino para su llegada. Al leer este pasaje resuenan las palabras del “Cántico de Zacarías”, pronunciadas por el anciano con relación a Juan el Bautista: “Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos” (Lc 1,76).

El envío es precedido por la famosa frase de Jesús: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. El trabajo es arduo, la tierra que hay que arar, sembrar y cosechar es tan extensa como la tierra misma.

Desde los inicios de su vida pública Jesús había dejado establecida su misión: “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Él sabe su tiempo es corto, y que los “doce” no van a poder continuar solos el trabajo. Tiene que adiestrar a otros que también ha de dejar a cargo de anunciar la Buena Noticia del Reino. Por eso los envía en una misión “de prueba”, para que experimenten la satisfacción y el rechazo, la alegría y la frustración; para que se curtan. Jesús sabía que la misión no iba ser fácil, que se iban a enfrentar a la hostilidad de los enemigos del Reino. Por eso les advierte: “Mirad que os mando como corderos en medio de lobos”. Más adelante, les (nos) dirá: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15).

Jesús sabía también que esos setenta y dos tendrían que multiplicarse una y otra vez, hasta el final de los tiempos. Esa labor continúa hoy. Por eso tenemos que continuar pidiendo al dueño de la mies que mande obreros a su mies y, más aun, enrollarnos las mangas y comenzar nosotros a laborar también.

Especialmente a partir del Concilio Vaticano II, la misión evangelizadora no está limitada al clero ni a los de vida consagrada; nos compete también a todos los laicos. Todos estamos llamados a evangelizar; en nuestro entorno familiar, en nuestra comunidad, en nuestro trabajo, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2). Lo bueno es que el mismo Jesús nos dejó las instrucciones y, mejor aún, prometió acompañarnos (Cfr. Mt 28,20). ¿Cómo podemos rechazar esa oferta? Con razón san Pablo decía: “¡Ay de mi si no evangelizo!” (1 Cor 9,16).

En este día del Señor, pidámosle, por intercesión de nuestra Madre, la siempre Virgen María, que suscite vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales para continuar la misión evangelizadora, y nos conceda a nosotros la gracia necesaria para proclamar la Buena Nueva del Reino, especialmente con nuestra conducta.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 23-04-13

Durante este Año de la fe, hemos dicho en innumerables ocasiones que no basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús; creer lo que Él nos dice, y actuar conforme a su Palabra. Ese era el problema de los judíos que cuestionaban a Jesús en el pasaje evangélico de hoy (Jn 10,22-30), instándolo a decirles si Él era o no el Mesías: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”.

Jesús les contesta siguiendo la alegoría del pastor y las ovejas: “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

“Os lo he dicho y no creéis… porque no sois ovejas mías”. Las ovejas del rebaño escuchan la voz de su pastor y le siguen. Los judíos pertenecían al “pueblo elegido” vinculado por la Alianza de Abraham, una alianza que se transmitía por la carne, por herencia biológica. Por eso estaba representada por un signo canal: la circuncisión. La Nueva Alianza en la persona de Jesús no se transmitiría por la carne, sino por la infusión del Espíritu.

Los judíos no comprendieron esto, por eso no le creyeron. “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron [la Palabra]. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios” (Jn 1,11-13).

Las ovejas del Buen Pastor son las que le escuchan y le siguen, sin sujeción a la carne o la herencia; y a esas Él les dará vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de Su mano.

No fue por casualidad que el lugar donde por primera vez se llamó “cristianos” a los seguidores de Jesús fue en Antioquía, territorio pagano. Hasta ese momento se les conocía como “seguidores del Camino” (Hc 9,2), un grupo de judíos que eran discípulos de un rabino llamado Jesús de Nazaret.

La primera lectura de hoy nos narra cómo la Palabra de Jesús-Buen Pastor es escuchada y abrazada por los paganos de Antioquía ante la predicación de Bernabé, a quien más tarde se le une Pablo, y entre ambos fundan allí una Iglesia. Ya no se trataba de un grupo de judíos siguiendo a su rabino; era un grupo de judíos y gentiles, creyentes en el Cristo resucitado y su anuncio de Reino. Era pues propicio que se les llamara “cristianos”. El nuevo “rebaño” de Jesús.

Nosotros somos herederos de la fe de esos cristianos gentiles. Hemos sido incorporados a Jesús y a la Nueva y Eterna Alianza instituida por Él, no “por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre”, sino porque hemos sido “engendrados por Dios” a través de la infusión del Espíritu que recibimos el día de nuestro Bautismo. El mismo Espíritu que recibieron los Apóstoles el día de Pentecostés, fiesta que ya se divisa en el horizonte.