REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR (TRASLADADA) 09-04-18

Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del Señor, ese hecho salvífico que puso en marcha la cadena de eventos que culminó en el Misterio Pascual de Jesús, selló la Nueva y definitiva Alianza, y abrió el camino para nuestra salvación. La Iglesia celebra esta Solemnidad el 25 de marzo, nueve meses antes del nacimiento de Jesús. Este año, por coincidir la fecha con el Domingo de Ramos, seguida de la Semana Santa y la Octava de Pascua que culminó ayer, se traslada para este día.

La primera lectura que nos presenta la liturgia para esta celebración está tomada del profeta Isaías (7,10-14; 8,10), que termina diciendo: “Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’”.

El Evangelio, tomado del relato de Lucas, nos brinda la narración tan hermosa del evangelista sobre el anuncio de la Encarnación de Jesús (1,26-38), uno de los pasajes más citados y comentados de las Sagradas Escrituras. No creo que haya un cristiano que no conozca ese pasaje.

Centraremos nuestra atención en el último versículo del mismo: “María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra’. Y la dejó el ángel”.

“Hágase”… No podemos encontrar otra palabra que exprese con mayor profundidad la fe de María. Es un abandonarse a la voluntad de Dios con la certeza que Él tiene para nosotros un plan que tal vez no comprendemos, pero que sabemos que tiene como finalidad nuestra salvación, pues esa es la voluntad de Dios. En la Anunciación, María, con su “hágase”, hizo posible el misterio de la Encarnación y dio paso a la plenitud de los tiempos y a nuestra redención. Así nos proporcionó el modelo a seguir para nuestra salvación.

Por eso podemos decir que “hágase” no es una palabra pasiva; por el contrario, es una palabra activa; es inclusive una palabra con fuerza creadora, la máxima expresión de la voluntad de Dios reflejada a lo largo de toda la historia de la salvación. Desde el Génesis, cuando dentro del caos inicial Yahvé dijo: “Hágase la luz” (Gn 1,2), hasta Getsemaní, cuando Jesús utilizó también la fuerza del “hágase” para culminar su sacrificio salvador: “Padre, si es posible aparta de mí esta copa; pero hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22,42).

El consentimiento de María a la propuesta del ángel, significado en su “hágase”, hizo posible que en ese momento se realizara sobre la tierra todo ese misterio de amor y misericordia predicho desde la caída del hombre (Gn 3,15), anunciado por los profetas, deseado por el pueblo de Israel, y anticipado por muchos (Mt 2,1-11).

Proyectando nuestra mirada hacia el Misterio Pascual, estoy seguro que la fuerza del “hágase” hizo posible que María se mantuviera erguida, con la cabeza en alto, al pie de la cruz en los momentos más difíciles. Asimismo, ese hágase de María al pie de la cruz, unido al de su Hijo, transformó las tinieblas del Gólgota en el glorioso amanecer de la Resurrección. Esa era la voluntad de Dios, y María lo comprendió, actuó de conformidad, y ocurrió.

¡Gracias, Mamá María!

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (B) 18-03-18

Hoy es el quinto domingo de Cuaresma. A la distancia nos parece divisar el Gólgota y todo el drama de la Pasión de Jesús, su muerte redentora que sellará con su sangre la Nueva y definitiva Alianza en su persona, y su gloriosa Resurrección.

La primera lectura, tomada de la profecía de Jeremías (31,31-34), nos apunta hacia la naturaleza permanente de esa Alianza, superior a la Antigua, y el valor redentor de la misma: “así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”.

El relato evangélico (Jn 12,20-33), que Juan sitúa en el contexto de la Pascua, cuando todos “subían” a Jerusalén a celebrarla, añade el elemento de unos “griegos” que querían ver a Jesús, y utiliza como uno de los mensajeros a Andrés, hermano de Simón Pedro, a quien Juan el Bautista le había señalado a Jesús al comienzo de su Evangelio: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Todo el pasaje gira en torno a la “hora” de su glorificación que ya está cercana.

La presencia de los griegos, por su parte, apunta hacia la universalidad de la redención mediante una Alianza que no quedará circunscrita al pueblo de Israel, sino a toda la humanidad.

El domingo pasado leíamos en el Evangelio (Jn 3,14-21): “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Hoy ratifica esa redención, y la universalidad de la misma al decir: “cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. De este modo, Juan nos presenta la Cruz como triunfo y glorificación, la “locura de la Cruz” de la que nos habla san Pablo (1Cor 1,18).

Otro aspecto importante es la radicalidad del seguimiento, significado en la figura de la semilla de trigo que tiene que morir para que rinda fruto: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna”. Se refería, no tan solo a su Pasión y muerte inminentes, sino también a los que decidamos seguirlo. “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

Como tantas otras veces, Jesús echa mano de los símbolos agrícolas, conocidos por todos los de su tiempo, para transmitir su mensaje. Y el mensaje es claro; el verdadero seguidor de Jesús tiene que “morir” para poder convertirse en generador de fraternidad y agente de salvación para otros. Aunque Jesús lo llevó al extremo de la privación violenta de la vida, ese “morir” para nosotros implica morir a todo lo que nos impida seguir sus pasos y entregarnos a servir a otros por amor, que es a lo que Él nos invita, con la certeza de que, al igual que Él, el Padre nos premiará.

Jesús nos invita a seguirle. El camino es difícil, pero la recompensa es eterna…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 21-06-17

La liturgia sigue llevándonos de la mano por el “discurso evangélico” (también llamado “discurso inaugural”) de Jesús que comprende los capítulos 5 y 6 del Evangelio según san Mateo. El discurso comienza con las Bienaventuranzas y luego pasa a establecer la diferencia entre la Antigua Alianza fundamentada en la observancia de la Ley, y la Nueva Alianza que interpreta la misma Ley humanizada con el espíritu de las Bienaventuranzas las que, a su vez, están fundamentadas en la Ley del Amor.

Es este discurso Jesús nos reitera la primacía del amor y la disposición interior sobre el formalismo ritual y el cumplimento exterior de la Ley que practicaban los escribas y fariseos, presentándonos la justicia del verdadero discípulo como superior a la de aquellos. Para demostrarlo, en el pasaje que contemplamos hoy (Mt 6,1-6.16-18) utiliza las tres prácticas penitenciales clásicas de los fariseos, la limosna, la oración y el ayuno, que se refieren a nuestra relación con nuestro prójimo, con Dios y con nosotros mismos.

Hoy Jesús nos describe el “cumplimiento” exterior de los fariseos con las prácticas penitenciales aludidas, señalando que, por no estar acompañadas de una disposición interior cónsona con los actos y gestos exteriores, no son agradables a Dios.

Jesús se refiere a aquellos cuya conducta no guarda relación alguna con lo que hay en sus corazones. Aquellos que aparentan ser justos, ofrendan (asegurándose de que todos vean la denominación del billete que echan en la canasta de las ofendas), oran y participan de las celebraciones litúrgicas y los sacramentos con gran pompa, y se encargan de que todos sepan cuándo ayunan y hacen otros actos penitenciales, mientras en su interior están llenos de desprecio, envidias, rencor, soberbia, y hasta delirios de grandeza, pues gustan de recibir el reconocimiento de todos y hacen lo indecible para ocupar “puestos” en las comunidades de fe y ministerios parroquiales. ¿Quién dijo que el fariseísmo había desaparecido?

Jesús utiliza una palabra para referirse a estas personas: “hipócritas”. Esta palabra se deriva del griego hypokrites y significa “actor”, es decir, alguien que representa un personaje en una obra de teatro. Esos, nos dice Jesús, no tendrán recompensa del Padre, porque “ya han recibido su paga” (el reconocimiento y el aplauso de los hombres). El reconocimiento por parte de los demás nos podrá llenar de prestigio, de “gloria”, pero se trata de una gloria terrenal, pasajera, efímera.

Como la Ley del Amor está escrita en nuestros corazones, es allí donde se cumple, no en los gestos exteriores. Y el Padre, “que ve en lo escondido”, nos juzgará según lo que hay en nuestros corazones. Por eso nos reitera que si practicamos la limosna en secreto, si oramos en la intimidad de nuestro ser, y si ayunamos manteniendo nuestro buen semblante, el Padre, que “ve en lo secreto” nos recompensará. Porque habremos practicado la caridad (el Amor) hacia Dios, nuestro prójimo y nosotros mismos; habremos vivido el espíritu de las Bienaventuranzas.

“Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor” (San Juan de la Cruz).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 20-06-17

En el pasaje evangélico de ayer (Mt 5,38-42) Jesús nos instaba a “poner la otra mejilla” al que nos abofetee, a darle la capa al que quiera quitarnos la túnica, a caminar “la milla extra” por el que nos pida acompañamiento, a darle al que nos pida, y a no rehuir al que nos pida prestado. Decíamos que esa conducta está reñida con el mundo secular en que nos ha tocado vivir, y cómo puede resultar difícil, y hasta absurda, a nuestros contemporáneos.

Si creíamos que esas exigencias del seguimiento de Jesús eran difíciles, en la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mt 5,43-48), Jesús las lleva al extremo.

“Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Este pasaje da significado a lo dicho por Juan al final del prólogo de su relato evangélico: “la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (1,17). Es el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento: “Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor–. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones” (Jr 31,31-33).

Lo que parece imposible, amar a nuestros enemigos, se hace, no solo posible, sino que es consecuencia inevitable del llamado que Jesús nos hace: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. “Ser perfecto” significa amar sin medida, como Él nos ama, a pesar de todas nuestras afrentas, nuestras tibiezas, nuestras traiciones. “Ser perfecto” es aprender a ver el rostro de Jesús en todos nuestros hermanos, aun en aquellos que nos hace la vida difícil, aquellos que nos ponen la zancadilla, que entorpecen nuestra labor o, pero aun, nos causan daño con toda deliberación. Es a esos a quienes Jesús dice que tenemos que amar. ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? No.

Si abrimos nuestros corazones al Amor de Dios, y conocemos ese amor, y lo reciprocamos, no tenemos otra alternativa que amar a todos como lo hace Él (Cfr. Jn 14,5), que fue capaz de perdonar a sus verdugos (Lc 23,34).

Leí en algún lugar que amar es una decisión, y que el resultado de esa decisión es el amor. Comienza por ahí. Toma la decisión a amar a tus “enemigos”, añádele el Amor del Padre, y ya no será una mera decisión; será un imperativo de vida. Entonces serás perfecto, como nuestro Padre celestial es perfecto.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 16-06-17

En la lectura evangélica de hoy (Mt 5,27-32), continuación de la de ayer, Jesús continúa su catequesis sobre la nueva Alianza fundamentada en la Ley del amor que nos lleva a adorar en espíritu y verdad, a diferencia del ritualismo exterior del culto judío. Se trata de cumplir con los preceptos de la Ley, no por temor al castigo, sino mediante el ejercicio de la libertad que nos proporciona el Amor de Dios que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Es la Ley escrita, no en tablas de piedra ni en pergaminos, sino en nuestros corazones (Cfr. Jr 31,33; Hb 8,10).

Jesús nos propone una “relectura” del decálogo a partir de la intención que Dios tenía al proclamarlo. Se trata de interpretar los mandamientos según el espíritu de la Ley, no a base de una lectura literal. La “plenitud” que Jesús vino a dar a la Ley no es otra cosa que su interpretación a la luz de las virtudes expresadas en las Bienaventuranzas, como la misericordia, la justicia, la verdad, etc. Es la “humanización” de la Ley.

En el pasaje de hoy Jesús nos instruye: “Habéis oído el mandamiento ‘no cometerás adulterio’. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno”.

Está claro, no se trata del cumplimiento (palabra que hemos dicho se compone de otras dos: “cumplo y miento”) exterior de los fariseos que ocultaba su podredumbre interior, lo que llevaría a Jesús a llamarles sepulcros blanqueados: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!” (Mt 23,27-28); se trata del cumplimiento “de corazón”.

Se peca lo mismo con el pensamiento como con los actos, ya que en el pensamiento es que se fragua el pecado antes de llevar a cabo la acción: “Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones. Estas son las cosas que hacen impuro al hombre” (Mt 15,19-20).

Jesús nos propone que antes que pecar nos arranquemos o cortemos aquellas partes de nuestro cuerpo que puedan hacernos pecar. Aunque algunos sostienen que Jesús quería que esta aseveración se tomase al pie de la letra para indicar la radicalidad y la seriedad con las que Él insiste en la observancia de este mandamiento, podría también decirse que hace uso de la hipérbole con un fin pedagógico: enfatizar que la pureza de corazón va por encima de la propia integridad corporal (por la concepción judía de la resurrección física era importante ser enterrado con el cuerpo íntegro). Si fuéramos a hacer una lectura literal de este pasaje, ¡cuántos tuertos, mancos, y castrados habría!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 14-06-17

“Nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva: no de código escrito, sino de espíritu; porque la ley escrita mata, el Espíritu da vida”.

En este pasaje, tomado de la primera lectura de hoy (2 Cor 3,4-11), san Pablo resume en cierta medida la enseñanza contenida en la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia (Mt 5,17-19), en que Jesús nos dice: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos”.

Para los judíos la Ley y los profetas constituían la expresión de la voluntad de Dios, la esencia de las Sagradas Escrituras. Jesús era judío; más aún, era el Mesías que había sido anunciado por los profetas. Era inconcebible que viniera a echar por tierra lo que constituía el fundamento de la fe de su pueblo. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Durante su vida terrena Jesús nos dio unos indicadores, como: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Así los primeros cristianos tuvieron que determinar qué preceptos de la Ley eran de origen divino y cuáles eran hechura de los hombres, como los 613 preceptos de la Mitzvá, que los fariseos habían derivado de la Torá (Ley escrita) y la Torá shebe al pe (Ley oral). La Iglesia cristiana tuvo su origen en el judaísmo, en la Ley y los profetas del Antiguo Testamento (Antigua Alianza), y dio paso a la Alianza Nueva y Eterna (Nuevo Testamento). ¿Cuáles de aquellas leyes y tradiciones ancestrales había que mantener? ¿Cuáles constituían Ley, y cuáles eran meros preceptos establecidos por los hombres interpretando la Ley?

El problema de los fariseos era que habían reducido la religión al “cumplimiento” objetivo de unas normas de conducta, divorciadas del “corazón”. El cumplimiento por temor al castigo. Jesús nos dijo que el cumplimiento de la Ley estaba predicado en el Amor (“Si me amáis guardaréis mis mandamientos”… Jn 14,15). El que ama a Dios y ama a su prójimo por amor a Él, ya cumple con todos los mandamientos. Ahí está la plenitud del cumplimiento de la Ley. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

A eso se refiere la primera lectura de hoy cuando dice: “Si el ministerio de la condena se hizo con resplandor, cuánto más resplandecerá el ministerio del perdón”.

“Señor Dios nuestro, tú has tomado la iniciativa de amarnos y de traernos tu libertad por medio de tu Hijo Jesucristo. Enriquécenos con el Espíritu de Jesús, derrámalo sobre nosotros generosamente, sin medida, para que no nos escondamos por más tiempo detrás de tradiciones y de la letra de la ley para apagar al Espíritu Santo que quiere hacernos libres” (Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 11-05-17

La primera lectura de hoy (Hc 13,13-25) continúa presentándonos la expansión de la Iglesia por el mundo greco-romano. Expansión que llevaría la Buena Noticia a los confines del mundo conocido, obedeciendo el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su ascensión: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

En el pasaje de hoy, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata el comienzo de la misión de Pablo y Bernabé. Guiado por el Espíritu Santo, Pablo “actualiza” el Antiguo Testamento, narrando a los que estaban congregados en la sinagoga de Antioquía la historia del pueblo de Israel, todas las obras maravillosas que Dios había hecho por su Pueblo elegido, y cómo en la persona de Jesús esas obras habían encontrado su culminación. La transición de la Antigua Alianza a la Nueva Alianza, sellada con la sangre derramada por Jesús en la Cruz.

Esta lectura nos enseña que no nos podemos limitar a “leer” las Sagradas Escrituras; que tenemos que actualizarlas, encontrar el mensaje de Jesús resucitado en los “signos de los tiempos”, en todos los acontecimientos, positivos y negativos, personales y colectivos, los cuales, cuando los interpretamos a la luz del Evangelio, nos transmiten un mensaje interpelante de Cristo. Es la continuación de la Historia de la Salvación, de la cual somos testigos y protagonistas junto al Resucitado.

La lectura evangélica (Jn 13,16-20) nos narra las palabras de Jesús a sus discípulos luego de la lavarles los pies: “Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”. Con estas palabras Jesús quiere explicar a los discípulos (y a nosotros) el alcance del gesto que acaba de realizar, y que ha de ser el norte de la conducta de sus seguidores, pero sobre todo el significado de la Ley del Amor.

El discípulo de Jesús tiene que seguir sus pasos. Eso implica amar sin límites, hasta que duela, como nos dice santa Madre Teresa de Calcuta. No se trata meramente de “imitar” la conducta de Jesús, se trata de sentir igual que Él, de amar igual que Él, de convertirse en servidor incondicional, en “esclavo” del hermano, por amor.

Jesús continúa diciéndonos lo que espera de nosotros, y cada vez nos parece más difícil cumplir con esa expectativa. Eso nos obliga a hacer introspección, no de nuestra conducta exterior, sino de nuestra vida, de nuestro “ser”. ¿Soy un verdadero “servidor”? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a servir? ¿A quién sirvo? Jesús nos ha dado la medida y nos ha dicho: “dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”.

Jesús sabe que va a ser traicionado. Y aun así lava los pies del que lo va a traicionar, se convierte en su esclavo. Y es en esa traición que nos va a revelar su divinidad (¡qué misterio!): “Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy”. “Yo soy”, el nombre que Dios le reveló a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3,14).

Esta lectura nos invita a preguntarnos: ¿Soy un “admirador” de Jesús o soy otro “cristo” (Gál 2,20)?

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE PASCUA (A) – DOMINGO DEL BUEN PASTOR 07-05-17

Al reflexionar sobre las lecturas que nos presenta la liturgia de hoy, cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, normalmente nos concentramos en la figura del Buen Pastor, y en todas las características que adornan esa figura tan importante en la mentalidad del pueblo de Israel y en nuestra fe cristiana.

Pero el Evangelio que contemplamos hoy (Jn 10,1-10) nos presenta, además, la figura de la puerta del aprisco de las ovejas, y a Jesús como esa “puerta”. “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Nuevamente resuena el “Yo soy” del Evangelio según san Juan, que nos refiere al nombre con el que Dios se identifica cuando Moisés le pregunta su nombre en el pasaje de la zarza ardiendo (Ex 3,14), y que apunta a la divinidad de Jesús.

Al principio del pasaje Jesús nos presenta la figura del pastor que entra por la puerta luego que el guarda le abre, “y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”. Ya anteriormente hemos dicho que cuando una oveja nace el pastor la lleva sobre su cuello un tiempo para que se acostumbre a su voz, y luego le siga al escuchar esa voz. Además, era costumbre que los pastores llevaran su rebaño al aprisco junto con las ovejas de otros pastores a pasar la noche. Al regresar al día siguiente a buscar su rebaño, llamaba sus ovejas, estas reconocían su voz, y lo seguían.

Y ese rebaño es la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios producto de la Nueva Alianza; el cuerpo místico de Cristo que todos conformamos. Jesús nos compara con ovejas, un animal dócil y totalmente dependiente del pastor, pues tienen una visión pobre. Por eso más que seguir la figura del pastor, siguen su voz. Del mismo modo, Jesús nos invita a seguirlo través de su Palabra, seguimiento que implica seguir sus huellas, no importa a dónde nos conduzcan, aunque sea al sufrimiento (Cfr. segunda lectura – 1 Pe 2,20-25).

Si vamos a hacer realidad el deseo de Cristo de que todos se salven (1 Tim 2,3), tenemos que ser fieles a la unción sacerdotal, profética y real que recibimos en nuestro bautismo, y convertirnos en “pastores” para atraer las ovejas descarriadas, las que aún no conocen la voz del Supremo Pastor, enseñándoles a escuchar Su voz para que le sigan.

El papa Francisco se hace eco de esas palabras de Jesús al invitarnos a salir de la tranquilidad, la seguridad, el confort de nuestras comunidades de fe, nuestros templos, y salir a la calle, a las periferias, para rescatar, no solo a las ovejas descarriadas que nunca han escuchado la voz del Pastor, sino también a aquellas que se han perdido del redil de la Iglesia.

Pero para poder participar de esa misión primero tenemos que conocer la voz de nuestro Pastor para saber a dónde conducirlas. Y tú, ¿has escuchado la voz de Jesús?

Felicito en este día a todos los feligreses de nuestra Parroquia El Buen Pastor, de Guaynabo, Puerto Rico, así como a la congregación de las Hermanas Misioneras del Buen Pastor a quienes tanto a mi esposa Jossie como a mí nos unen profundos lazos de amor fraterno.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 18-02-17

Altar mayor de la Basílica de la Transfiguración, construida en lo alto del Monte Tabor, donde la tradición dice que ocurrió el episodio que nos narra la liturgia de hoy, y donde tuve el privilegio de servir como ayudante del altar.

La liturgia de hoy nos presenta la versión de Marcos de la Transfiguración (9,2-13), otro de esos eventos importantes que aparecen en los tres evangelios sinópticos.

Nos dice la lectura que Jesús tomó consigo a los discípulos que eran sus amigos inseparables: Pedro, Santiago y su hermano Juan, y los llevó a un “monte alto”, que la tradición nos dice fue el Monte Tabor. Allí “se transfiguró delante de ellos”, es decir, les permitió ver, por unos instantes, la gloria de su divinidad, apareciendo también junto a Él Elías y Moisés, conversando con Él.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, esta narración está tan preñada de simbolismos, que resulta imposible reseñarlos en estos breves párrafos. No obstante, tratemos de resumir lo que la transfiguración representó para aquellos discípulos.

Aunque nos dice la lectura que los discípulos no sabían qué decir porque “estaban asustados”, no hay duda que ya han comprendido que Jesús es el Mesías; por eso lo han dejado todo para seguirlo, sin importar las consecuencias de ese seguimiento. Pero todavía no han logrado percibir en toda su magnitud la gloria de ese Camino que es Jesús. Así que Él decide brindarles una prueba de su gloria para afianzar su fe. Podríamos comparar esta experiencia con esos momentos que vivimos, por fugaces que sean, en que vemos manifestada sin lugar a dudas la gloria y el poder de Dios; esos momentos que afianzan nuestra fe y nos permiten seguir adelante tras los pasos del Maestro.

Pedro quedó tan impactado por esa experiencia, que cuando escribió su segunda carta (2 Pe 1-16-19), lo reseñó con emoción, recalcando que fue testigo ocular de la grandeza de Jesús, añadiendo que escuchó la voz del Padre que les dijo: “Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco”.

El simbolismo de la presencia de Elías y Moisés en este pasaje es fuerte, pues Elías representa a los profetas y Moisés representa la Ley (los profetas y la Ley son otra forma de referirse al Antiguo Testamento). Y el hecho de que aparezcan flanqueando a Jesús, quien representa el Evangelio, nos apunta a la Nueva Alianza en la persona de Jesucristo (los términos “Testamento” y “Alianza” son sinónimos), la plenitud de la Revelación.

Pero hay algo que siempre me ha llamado la atención sobre el relato evangélico de la Transfiguración. ¿Cómo sabían los apóstoles que los que estaban junto a Jesús eran Elías y Moisés, si ellos no los conocieron y en aquella época no había fotos? Podríamos adelantar, sin agotarlas, varias explicaciones, todas en el plano de la especulación.

Una posibilidad es que al quedar arropados de la gloria de Dios se les abrió el entendimiento y reconocieron a los personajes. Otra posible explicación que es que por la conversación entre ellos lograron identificarlos.

Hoy nosotros tenemos una ventaja que aquellos discípulos no tuvieron; el testimonio de su Pascua gloriosa, y la “transfiguración” que tenemos el privilegio de presenciar en cada celebración eucarística. Pidamos al Señor que cada vez que participemos de la Eucaristía, los ojos de la fe nos permitan contemplar la gloria de Jesús y escuchar en nuestras almas aquella voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”.