Hermanos; les acompaño nuevamente el calendario académico y cursos a ser ofrecidos en el Instituto Superior de Teología y Pastoral Luis Cardenal Aponte Martínez de la Arquidiócesis de San Juan Bautista de Puerto Rico.
Este servidor estará impartiendo dos cursos, a saber:
Eclesiología – jueves de 7:00 a 9:00 pm en la Parroquia San Luis Rey (Reparto Metropolitano)
Presidentes de Asambleas Litúrgicas en ausencia de Presbítero y Diácono – martes de 7:00 a 9:00 pm en las facilidades de ISTEPA (Extensión Forest Hills, Bayamón).
Ambos cursos se ofrecerán de manera presencial. Espero saludarles entonces.
“Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz”.
El pasaje del Evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Lc 8,16-18) es uno de los más cortos: “En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener»”.
Hoy nos concentraremos en la primera oración de esta parábola de Jesús: “Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz”. La enseñanza de Jesús contenida en esta parábola complementa otras mediante las cuales de igual modo Jesús invita a sus discípulos (y a nosotros) a compartir la Palabra recibida de Él. Así nos habla de dar “fruto en abundancia”, el “ciento por uno”; y hoy nos habla de ser una luz que ilumine a “los que entran”, es decir, a todos los que entran en nuestro entorno.
Jesús nos está repitiendo que la Palabra de vida eterna (el candil) que recibimos de Él no es para que nos la quedemos para nosotros, como un secreto bien guardado (escondiéndolo debajo de la cama), es para que la proclamemos a todo el mundo (Mc 16,15). Y como he dicho en innumerables ocasiones, esa proclamación de la Buena Nueva del Reino que recibimos mediante la Palabra, no necesariamente implica “predicar” en el sentido que normalmente usamos esa palabra. Esa predicación, esa proclamación del Evangelio, se hace mediante la forma en que vivimos nuestra vida, nuestras palabras de aliento al que las necesita, nuestros gestos de ayuda al necesitado, el amor que prodigamos a nuestros semejantes, es decir, convirtiéndonos en otros “cristos”.
Hoy tenemos que preguntarnos: Mi fe, ¿es un asunto “personal” mío?; ¿llegan a enterarse los que me rodean (mis amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos) que yo soy cristiano, que vivo según las enseñanzas de Jesús? En otras palabras, ¿“se me nota” que soy cristiano? Reflexionando sobre el Evangelio de hoy, mi “candil”, ¿está escondido dentro de una vasija u oculto debajo de la cama, o lo pongo “en el candelero para que los que entran tengan luz”?
Jesús nos pide que estemos atentos (“A ver si me escucháis bien”). Porque no podemos dar luz si primero no la hemos recibido de Él. Hay una máxima latina que dice que nadie puede dar lo que no tiene (nemo dat quod non habet). Por eso mi insistencia constante en la formación del cristiano. Debemos esforzarnos en estudiar para conocer cada día más esa Palabra de Dios que es “luz del mundo” (Jn 8,12). Solo recibiendo y conociendo a plenitud esa Palabra que es la Luz, podemos colocarla en un “candelero”, “para que los que entran tengan luz”.
Pidámosle al Señor que nos permita conocer su Palabra cada día más, y nos dé la valentía de proclamarla con nuestra vida, de manera que el que nos vea tenga que decir: “Yo quiero de eso…”
Que pasen una hermosa semana llena de la PAZ que solo Él puede brindarnos.
“Llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”.
La lectura evangélica que nos brinda la liturgia de hoy (Mt 10,1-7) es el comienzo del llamado discurso misionero, o de envío, de Jesús a sus apóstoles, que ocupa todo capítulo 10 del Evangelio según san Mateo. El pasado domingo XIV del tiempo ordinario para este ciclo C leíamos el envío de los “setenta y dos” (Lc 10,1-9), que irían delante de Jesús a prepararle el camino en los lugares que pensaba visitar. La lectura que Mateo nos presenta hoy es el envío de los “doce”. Ya no se trata de una “avanzada”; se trata de aquellos que van a compartir con Él la responsabilidad de llevar a cabo y continuar la misión que el Padre le había encomendado.
Por eso nos dice la escritura que en primer lugar, “llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Les delegó su autoridad. Los primeros obispos. El primer signo de la Iglesia apostólica.
Luego Mateo se toma el trabajo de mencionarlos a todos por su nombre. Ya no se trata de un grupo anónimo de setenta y dos discípulos. Se trata de los “doce”, a quienes Mateo llama “apóstoles” al identificarlos por sus nombres. Estos son aquellos a quienes Jesús, luego de pasar una noche entera en oración, escogió de entre sus discípulos para que continuaran Su misión, llamándoles apóstoles (Lc 6,12-13).
Luego de delegarles su autoridad, comenzó a darles las instrucciones, la primera de las cuales la que recoge la lectura de hoy: “No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”.
Recordemos que Mateo escribió su relato evangélico para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo, para demostrarles que Jesús era el Mesías anunciado por los profetas; que en el Él se cumplían todas las profecías y promesas del Antiguo Testamento. Por eso Mateo enfatiza que Jesús envió a los apóstoles en primera instancia a proclamar el anuncio del Reino al pueblo judío, que ellos entendían era el recipiente de todas esas promesas.
Es decir, que a pesar de que luego de su Resurrección nos diría que su mensaje liberador iba dirigido a toda la humanidad (Mt 28,19), instando a los apóstoles a ir a hacer discípulos a todas las naciones, decidió “comenzar por la casa”.
Si examinamos nuestra Iglesia, vemos que, al igual que aquellos primeros apóstoles, debemos comenzar evangelizando, formando a los “nuestros” antes que a los “de afuera”. Fortalecer nuestra Iglesia para entonces poder llevar nuestra misión evangelizadora a todas las gentes. De ahí nuestra insistencia en la formación de nuestra feligresía. Personas cuya fe se “enfría” y terminan alejándose, por desconocimiento de la riqueza de nuestra tradición, nuestra liturgia y, sobre todo, de los fundamentos bíblicos de nuestra Iglesia, la única fundada por Jesucristo. Personas que se “aburren” en nuestras celebraciones litúrgicas, sencillamente porque desconocen lo que está ocurriendo. No se puede amar lo que no se conoce.
Todos estamos llamados a evangelizar. Pero vayamos primeramente “a las ovejas descarriadas” de nuestra Iglesia. Comencemos pues, al igual que “los doce”, por nuestra familia, nuestra comunidad parroquial, especialmente a los que se han alejado…
Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”.
La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc
18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice
el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el
evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su
encuentro con el Resucitado en el camino a Damasco, donde fue inundado por el
Amor infinito de Jesús (que es a su vez el amor del Padre, y que entre ambos
dan vida al Espíritu Santo), no ha tenido otra misión en la vida que compartir
ese amor con todo el que se cruza en su camino. Y esa tiene que ser la misión
de todo bautizado, de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mc 15,15).
Se trata de esa alegría desbordante producto
de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se
nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El
papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene
de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un
gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra
en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.
Y esa alegría, la verdadera alegría del
cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos
dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se
enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel
gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.
Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo
cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de
su éxito. Y a ti, ¿se te nota?
Pero la lectura va más allá, luego de
mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío
natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de
Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía
públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo
tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es
decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero
ahora con mayor corrección doctrinal.
Este detalle nos muestra otra característica
que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús:
No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la
medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que
lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es
como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades
cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De
ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes
sacrificios.
La Iglesia es misionera, evangelizadora, por
definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se
encoge, y termina desapareciendo (Evangelii
Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo
de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda!
¿Qué estás esperando?
Jesús nos está repitiendo que la Palabra de vida eterna (el candil) que recibimos de Él no es para que nos la quedemos para nosotros, como un secreto bien guardado, es para que la proclamemos a todo el mundo.
El pasaje del Evangelio que nos propone la
liturgia para hoy (Lc 8,16-18) es uno de los más cortos: “En aquel tiempo, dijo
Jesús a la gente: «Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete
debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz.
Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse
o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al
que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener»”.
Hoy nos concentraremos en la primera oración
de esta parábola de Jesús: “Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o
lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran
tengan luz”. La enseñanza de Jesús contenida en esta parábola complementa otras
mediante las cuales de igual modo Jesús invita a sus discípulos (y a nosotros)
a compartir la Palabra recibida de Él. Así nos habla de dar “fruto en
abundancia”, el “ciento por uno”; y hoy nos habla de ser una luz que ilumine a
“los que entran”, es decir, a todos los que entran en nuestro entorno.
Jesús nos está repitiendo que la Palabra de
vida eterna (el candil) que recibimos de Él no es para que nos la quedemos para
nosotros, como un secreto bien guardado (escondiéndolo debajo de la cama), es
para que la proclamemos a todo el mundo (Mc 16,15). Y como he dicho en
innumerables ocasiones, esa proclamación de la Buena Nueva del Reino que
recibimos mediante la Palabra, no necesariamente implica “predicar” en el
sentido que normalmente usamos esa palabra. Esa predicación, esa proclamación
del Evangelio, se hace mediante la forma en que vivimos nuestra vida, nuestras
palabras de aliento al que las necesita, nuestros gestos de ayuda al necesitado,
el amor que prodigamos a nuestros semejantes, es decir, convirtiéndonos en
otros “cristos”.
Hoy tenemos que preguntarnos: Mi fe, ¿es un
asunto “personal” mío?; ¿llegan a enterarse los que me rodean (mis amigos,
familiares, compañeros de trabajo, vecinos) que yo soy cristiano, que vivo
según las enseñanzas de Jesús? En otras palabras, ¿“se me nota” que soy
cristiano? Reflexionando sobre el Evangelio de hoy, mi “candil”, ¿está
escondido dentro de una vasija u oculto debajo de la cama, o lo pongo “en el
candelero para que los que entran tengan luz”?
Jesús nos pide que estemos atentos (“A ver si
me escucháis bien”). Porque no podemos dar luz si primero no la hemos recibido
de Él. Hay una máxima latina que dice que nadie puede dar lo que no tiene (nemo dat quod non habet). Por eso mi
insistencia constante en la formación del cristiano. Debemos esforzarnos en estudiar
para conocer cada día más esa Palabra de Dios que es “luz del mundo” (Jn 8,12).
Solo recibiendo y conociendo a plenitud esa Palabra que es la Luz, podemos
colocarla en un “candelero”, “para que los que entran tengan luz”.
Pidámosle al Señor que nos permita conocer su
Palabra cada día más, y nos dé la valentía de proclamarla con nuestra vida, de
manera que el que nos vea tenga que decir: “Yo quiero de eso…”
Que pasen una hermosa semana llena de la PAZ
que solo Él puede brindarnos.
Les acompaño el programa de clases del Instituto Superior de Teología y Pastoral de la Arquidiócesis de San Juan para el semestre agosto-diciembre 2021.
Por motivo de la pandemia todos los cursos para el público en general (excepto según se indica) se continuarán ofreciendo en forma virtual a través de las plataformas ZOOM o Google Classroom.
Las instrucciones para el proceso de matrículay el formulario de matrícula aparecen en los documentos adjuntos.
La pandemia nos ha brindado la oportunidad de tomar cursos en ISTEPA sin la necesidad de salir de nuestros hogares, especialmente en las noches. Aprovechemos este regalo.
Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”.
La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc
18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice
el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el
evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su
encuentro con el Resucitado en el camino a Damasco, donde fue inundado por el
Amor infinito de Jesús (que es a su vez el amor del Padre, y que entre ambos
dan vida al Espíritu Santo), no ha tenido otra misión en la vida que compartir
ese amor con todo el que se cruza en su camino. Y esa tiene que ser la misión
de todo bautizado, de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mc 15,15).
Se trata de esa alegría desbordante producto
de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se
nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El
papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene
de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un
gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra
en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.
Y esa alegría, la verdadera alegría del
cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos
dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se
enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel
gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.
Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo
cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de
su éxito. Y a ti, ¿se te nota?
Pero la lectura va más allá, luego de
mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío
natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de
Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía
públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo
tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es
decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero
ahora con mayor corrección doctrinal.
Este detalle nos muestra otra característica
que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús:
No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la
medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que
lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es
como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades
cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De
ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes
sacrificios.
La Iglesia es misionera, evangelizadora, por
definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se
encoge, y termina desapareciendo (Evangelii
Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo
de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda!
¿Qué estás esperando?
“Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses”.
“Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus
empleados y los dejó encargados de sus bienes”, y luego se marchó. Así comienza
la “parábola de los talentos” que nos presenta la liturgia de hoy (Mt
25,14-30). A cada uno le dejó talentos según su capacidad; a uno cinco, a otro
dos, y a otro uno. Al final de la parábola vemos que “al cabo de mucho tiempo” el
hombre regresó a pedir cuentas a cada uno sobre qué había hecho con los
talentos que le había encomendado. Siempre me ha llamado la atención el uso en
esta parábola de la moneda muy valiosa llamada “talento”, que es la misma
palabra que utilizamos para describir los dones, los carismas, las habilidades
que Dios nos ha prodigado.
La figura del hombre que se va a extranjero
nos evoca la persona de Jesús, quien luego de su gloriosa resurrección, nos
dejó a cargo de “sus bienes” (“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio
a toda creatura” – Mc 16,15), para regresar en el último día, cuando tendremos
que rendir cuentas sobre nuestra gestión aquí en la tierra.
Y Dios, que es justo, nunca nos va a exigir
más de lo que podemos dar (“a cada cual según su capacidad”), pero la parábola
nos está diciendo que tenemos que dar el máximo, utilizar esos talentos que
Dios nos ha encomendado para la gran obra de la construcción de Reino. La
actitud del que, temeroso, escondió la moneda para no perderla, nos apunta a
otra exigencia. No podemos “sentarnos” sobre nuestros talentos para no
arriesgarnos a perderlos. No. Tenemos que estar dispuestos a arriesgarlo todo
por el Reino. No arriesgar nada equivale a no ganar nada. Se nos ha encomendado
la semilla del Reino. Si nos conformamos con guardarla en nuestro corazón y no
salimos a sembrarla por temor a que no dé fruto, estaremos obrando igual que el
empleado que hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Por
eso insisto tanto en que tenemos que formarnos para que podamos formar a otros.
Como hemos dicho en innumerables ocasiones,
evangelizar, “invertir” los bienes que el Señor nos ha encomendado no quiere
decir que todos tenemos que salir a predicar de palabra el evangelio por campos
y ciudades. El Señor es claro: “a cada cual según su capacidad”. Hay muchas
formas de predicar la Buena Nueva del Reino, siendo nuestro ejemplo de vida,
arriesgándonos a la burla y al discrimen, la mejor de ellas. Hoy tenemos que
preguntarnos: ¿Cuáles son mis talentos que puedo poner al servicio del prójimo
para adelantar la causa del Reino? Cantar, acompañar enfermos, cocinar,
limpiar, barrer, leer, enseñar, predicar… Cuando regrese el “Señor”, ¿qué
cuentas voy a rendir?
En esta parábola encontramos nuevamente la
figura del “banquete” como premio para el que ha sabido administrar sus
talentos, y las tinieblas y el “llanto y el rechinar de dientes” para el que no
lo ha hecho. Y tú, ¿a dónde quieres ir?
Espero que estés pasando un lindo fin de semana. Si aún no lo has hecho, visita la Casa del Padre; Él te espera. Y su aún no puedes hacerlo presencialmente, hazlo virtualmente por internet o televisión.
“Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”.
La lectura evangélica que nos brinda la liturgia
de hoy (Mt 10,1-7) es el comienzo del llamado discurso misionero, o de envío,
de Jesús a sus apóstoles que ocupa todo capítulo 10 del Evangelio según san
Mateo. El pasaje que Mateo nos presenta hoy es el envío de los “doce”; de
aquellos que van a compartir con Él la responsabilidad de llevar a cabo y
continuar la misión que el Padre le había encomendado (Cfr. Mt 9,35; Lc
4,43).
Por eso nos dice la Escritura que en primer
lugar, “llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar
espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Les delegó su
autoridad. Los primeros obispos. El primer signo de la Iglesia apostólica.
Luego Mateo se toma el trabajo de mencionarlos
a todos por su nombre. Ya no se trata de un grupo anónimo de setenta y dos
discípulos (Lc 10,1-9). Se trata de los “doce”, a quienes Mateo llama
“apóstoles” al identificarlos por sus nombres. Estos son aquellos a quienes
Jesús, luego de pasar una noche entera en oración, escogió de entre sus
discípulos para que continuaran Su misión, llamándoles apóstoles (Lc 6,12-13).
Luego de delegarles su autoridad, comenzó a
darles las instrucciones, la primera de las cuales la recoge la lectura de hoy:
“No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id
a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos
está cerca”.
Recordemos que Mateo escribió su relato
evangélico para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo, para
demostrar que Jesús era el Mesías anunciado por los profetas; que en el Él se
cumplían todas las profecías y promesas del Antiguo Testamento. Por eso Mateo
enfatiza que Jesús envió a los apóstoles en primera instancia a proclamar el anuncio
del Reino al pueblo judío, que ellos entendían era el recipiente de todas esas
promesas.
Es decir, que a pesar de que luego de su
Resurrección nos diría que su mensaje liberador iba dirigido a toda la
humanidad (Mt 28,19), instando a los apóstoles a ir a hacer discípulos a todas
las naciones, decidió “comenzar por la casa”.
Si examinamos nuestra Iglesia, vemos que, al
igual que aquellos primeros apóstoles, debemos comenzar evangelizando, formando
a los “nuestros” antes que a los “de afuera”. Fortalecer nuestra Iglesia para
entonces poder llevar nuestra misión evangelizadora a todas las gentes. De ahí
nuestra insistencia en la formación de nuestra feligresía; personas cuya fe se
“enfría” y terminan alejándose, por desconocimiento de la riqueza de nuestra
tradición, nuestra liturgia y, sobre todo, de los fundamentos bíblicos de
nuestra Iglesia, la única fundada por Jesucristo. Personas que se “aburren” en
nuestras celebraciones litúrgicas, sencillamente porque desconocen lo que está
ocurriendo. No se puede amar lo que no se conoce.
Todos estamos llamados a evangelizar. Pero
vayamos primeramente “a las ovejas descarriadas” de nuestra Iglesia. Comencemos
pues, al igual que “los doce”, por nuestra familia, nuestra comunidad
parroquial, especialmente los que se han alejado…
Rutas de los cuatro viajes misioneros de san Pablo.
La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc
18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice
el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el
evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su encuentro con el Resucitado en el
camino a Damasco, donde fue inundado por el Amor infinito de Jesús (que es a su
vez el amor del Padre, y que entre ambos dan vida al Espíritu Santo), no ha
tenido otra misión en la vida que compartir ese amor con todo el que se cruza
en su camino. Y esa tiene que ser la misión de todo bautizado, de todo el que
ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr.
Mc 15,15).
Se trata de esa alegría desbordante producto
de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se
nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El
papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene
de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un
gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra
en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.
Y esa alegría, la verdadera alegría del
cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos
dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se
enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel
gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.
Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo
cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de
su éxito. Y a ti, ¿se te nota?
Pero la lectura va más allá, luego de
mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío
natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de
Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía
públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo
tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es
decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero
ahora con mayor corrección doctrinal.
Este detalle nos muestra otra característica
que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús:
No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la
medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que
lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es
como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades
cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De
ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes
sacrificios.
La Iglesia es misionera, evangelizadora, por
definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se
encoge, y termina desapareciendo (Evangelii
Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo
de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda!
¿Qué estás esperando?