REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 13-05-17

Hoy es 13 de mayo, fecha en que la Iglesia conmemora la aparición de la Virgen María a los niños Lucía, Jacinta y Francisco en un lugar llamado Cova de Iría (Ensenada de Irene), cerca de Fátima, Portugal, aparición que dio origen a la advocación de Nuestra Señora de Fátima. Les invitamos a leer nuestra reflexión anterior sobre esta aparición.

La liturgia Pascual continúa proponiéndonos el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hc 13,44-52) y la acción del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia. El pasaje de hoy nos presenta a Pablo y Bernabé predicando la Buena Nueva que “se iba difundiendo por toda la región” de Pisidia. Pablo acababa de decirles a los de Antioquía que la justificación que ellos no habían podido alcanzar por la Ley de Moisés, gracias a Jesús, la alcanzaría todo el que cree (13,38b-39). Como siempre, la Palabra fue acogida con agrado por los gentiles y rechazada por los judíos, quienes en su mayoría se radicalizaban en su apego a la Ley por encima de la predicación de Pablo y Bernabé.

No pudiendo rebatir esa predicación, optaron por desacreditarlos, valiéndose de “las señoras distinguidas y devotas y los principales de la ciudad, [quienes] provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio” a continuar su labor evangelizadora. Termina diciendo el pasaje que “los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo”. Y no es para menos. A pesar de los inconvenientes y las persecuciones, estando llenos de Espíritu Santo y llevando la Palabra en sus corazones, se sentían acompañados por Jesús, quien antes de subir al Padre les había prometido: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28,20).

En la lectura evangélica (Jn 14,7-14) encontramos a Jesús nuevamente estableciendo esa identidad entre el Padre y Él: “Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Y ante la insistencia de Felipe de que les muestre al Padre, Jesús le responde: “¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”.

Jesús no solo nos está diciendo que Él es quien nos puede mostrar al Padre en Su propia persona, sino que el Padre y su Reino se hacen también presentes en este mundo a través de las obras de los que creen en el Hijo y le creen al Hijo, porque “lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”.

El creyente, la persona de fe, está llamada a continuar la misión que el Padre le encomendó al Hijo, y que Él nos ha delegado. Y en el desempeño de esa misión lo acompañarán grandes signos, como nos decía el evangelio según san Marcos que leíamos en su Fiesta: “echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos” (Mc 16, 17-18). Esto es una promesa del Señor, y Él nunca se retracta de su Palabra.

Señor, que tu Hijo esté presente en todas las obras que hagamos en Tu nombre para que al igual que Él, seamos signos de Tu presencia en el mundo.

CONMEMORACIÓN DEL “MILAGRO DEL SOL” DE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA 13-10-16

fatima

Hoy es 13 de octubre, fecha en que la Iglesia conmemora la última aparición de la Virgen María a los niños Lucía, Jacinta y Francisco en un lugar llamado Cova de Iría (Ensenada de Irene), cerca de Fátima, Portugal, aparición que dio origen a la advocación de Nuestra Señora de Fátima.

La primera aparición estuvo precedida por varias apariciones de un ángel que exhortó a los niños a orar repitiendo las siguientes palabras: “Mi Dios, yo creo en ti, yo te adoro, yo te espero y yo te amo. Te pido perdón por los que no creen, no te adoran, no te esperan y no te aman”. Después de repetir esta oración tres veces, el ángel les dijo: “Oren de esta forma. Los corazones de Jesús y María están listos para escucharlos”.

Me llama la atención el hecho de que cuando el ángel del Señor se apareció a los niños les dijo: “No tengan miedo. Soy el ángel de la paz. Oren conmigo”. “No tengan miedo”. Las mismas palabras que el ángel le dijo a María en la Anunciación (Lc 1,30).

El 13 de mayo de 1917, casi ocho meses después de la última aparición del ángel, mientras pastoreaban el rebaño de su familia en la Cova de Iría, la Santísima Virgen se le apareció a los niños bajo el nombre de Nuestra Señora del Rosario. De hecho, el primer mensaje de la Virgen a los niños fue que rezaran el Santo Rosario todos los días para traer la paz al mundo. Para ese tiempo la Primera Guerra Mundial estaba en pleno apogeo.

Pero tal vez la aparición más conocida, por lo espectacular y por el número de testigos (unas 70,000 personas), fue la última, que ocurrió el 13 de octubre de 1917, en el mismo lugar. Es el llamado “milagro de cielo de Fátima” o el “milagro del sol”. Este suceso se considera el fenómeno sobrenatural más grande del siglo XX.

Según los múltiples relatos del suceso, luego de una lluvia torrencial el sol salió, y ante la mirada atónita de los presentes, giró tres veces sobre sí mismo mientras emitía luces de múltiples colores, dando la impresión de que iba a caer sobre ellos, lo que provocó que muchos gritaran de miedo. Mientras esto sucedía, los niños videntes tuvieron visiones de San José con el Niño, Nuestra Señora de los Dolores, y Nuestra Señora del Carmen. Este fenómeno del sol duró aproximadamente diez minutos, y al terminar, las ropas de todos los presentes, que se habían empapado con la lluvia torrencial, estaban totalmente secas, al igual que el suelo del lugar.

Pidamos a Nuestra Señora de Fátima que nos ayude a perseverar en el rezo del Santo Rosario, y que lleve nuestras súplicas a su Hijo para que el mundo alcance la paz que tanto anhelamos, sobre todo en el Mediano Oriente, para que termine la matanza de cristianos.

Les invito a repetir la oración que el ángel enseñó a los pastorcitos:

“Mi Dios, yo creo en ti, yo te adoro, yo te espero y yo te amo. Te pido perdón por los que no creen, no te adoran, no te esperan y no te aman”. Amén.