REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. (A) 20-08-17

Las lecturas para este vigésimo domingo del tiempo ordinario nos presentan un tema común. La universalidad de la salvación.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías (56,1.6-7), nos anuncia que en los tiempos mesiánicos, contrario a la concepción judía, la salvación no alcanzará solamente al “pueblo elegido”, sino a todos los que acepten Su mensaje: “A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, … los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, … porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos”.

En la segunda lectura (Rm 11,13-15.29-32) san Pablo le recuerda a los romanos que del mismo modo que ellos han recibido y aceptado el mensaje de salvación, los judíos, quienes rechazaron y crucificaron a Cristo, también tienen oportunidad de salvarse, pues “los dones y la llamada de Dios son irrevocables”.

El Evangelio (Mt 15,21-28) nos presenta a Jesús en territorio pagano. Allí se le acercó una mujer cananea que comenzó a seguirlo pidiéndole a gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Como Jesús la ignoraba, los discípulos le pidieron que la atendiera, a lo que Jesús replicó que había sido enviado “a la ovejas descarriadas de Israel”.

En eso la mujer llegó hasta Él y se postró a sus pies reiterando su súplica. La reacción de Jesús puede dejarnos desconcertados si no la leemos en el contexto y cultura de la época: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. La mujer no se dejó disuadir por el aparente desplante de Jesús: “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Jesús se conmovió ante aquél despliegue de fe (¿qué madre no pone en los pies de Jesús los problemas y enfermedades de sus hijos?): “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.

Aquella mujer pagana creyó en Jesús y en su Palabra, y creyó que Jesús podía curar a su hija. Por eso no se rindió y continuó insistiendo (Cfr. Lc 11,13; 18,1-8). “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

Otro detalle de este pasaje es que, con sus palabras y su gesto, Jesús abrió las puertas a los paganos, apartándose así del pensamiento judío de exclusividad como “pueblo elegido”. La figura del “pan de los hijos” se refiere al mensaje de salvación que había sido dado primero al pueblo de Israel. Las migajas que caen y se comen los “perros” se refieren a la Buena Noticia de salvación que se comparte con los pueblos “paganos”.

Pablo, el apóstol de los gentiles lo expresa con elocuencia: “Toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada, pues uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los que le invocan” (Rm 10,12). “Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios. Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno” (Gál. 26,28).

Una Iglesia universal (católica), abierta a todo el que crea en Jesús y su mensaje salvífico.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 07-07-17

El evangelio que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 9,9-13) es uno sobre el cual podríamos escribir muchas páginas, dada la riqueza de su contenido. En este pasaje Mateo narra su propia vocación (del latín vocatio, que se deriva a su vez del verbo vocare – llamar), y se llama a sí mismo Mateo (que significa “don de Dios”), mientras Marcos y Lucas, en sus pasajes paralelos (Mc 2,13; Lc 5,27), le llaman Leví.

Por la brevedad que nos impone esta corta reflexión, nos limitaremos a una sola palabra, tal vez la más importante pronunciada por Jesús: “Sígueme”. Siempre que leo este pasaje trato de imaginarme la escena. Mateo sentado en su mesa de cobrador de impuestos (los publicanos eran de las personas más odiadas en tiempos de Jesús, nos solo por cobrar los impuestos para el imperio romano, sino por cobrar en exceso para enriquecerse), probablemente contando sus recaudos, y de momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a la mesa y lo mira con la mirada más penetrante que jamás haya visto, al punto que le hace levantar la suya y cruzarla con la de Aquél cuya presencia le perturbó. Y esa persona, a quien Mateo no había visto jamás, con un tono de voz amable pero con una firmeza avasalladora le dice: “Sígueme”. Y Mateo “se levanto, lo dejó todo y empezó a seguirlo” (Lc 5,27).

Hoy Jesús continúa diciendo lo mismo a cada uno de nosotros: “Sígueme”. A veces pensamos que eso es para los “santos”, para las ancianitas “piadosas”, para los “curas” y las monjitas. ¡Falso! Jesús nos llama a cada uno por nuestro nombre, por más pecadores que seamos, y tiene una misión para para cada cual. “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

En su ministerio Jesús se juntaba, se sentaba a la mesa con los “pecadores”, que en su tiempo se refería a unas determinadas clases sociales o tipos de gentes (publicanos, ladrones, prostitutas, paganos, adúlteros, asesinos, etc.). De esta manera Jesús rompe con los esquemas y prejuicios de su tiempo; no “etiqueta” a las personas, como solemos hacer hoy aún. Y ante el prejuicio y la intolerancia, nos propone el amor gratuito y desinteresado, la misericordia (en hebreo: hesed).

Jesús llamó a Mateo (publicano), a Pablo (su más acérrimo perseguidor), para convertirlos en apóstoles; y lo fueron porque estuvieron dispuestos a seguirle, a compartir su suerte. Hoy te llama a ti, me llama a mí. ¿Estamos dispuestos a “dejarlo todo” y empezar a seguirle?

Que conste, a veces nos llama tan solo para saber si en realidad estamos dispuestos a seguirlo, y a mitad el camino, o casi al final nos dice: “Como estuviste dispuesto a dejarlo todo para seguirme, ahora tengo algo mejor para ti”.

“¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25,21).

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (A) 11-06-17

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, ese misterio insondable del Dios Uno y Trino. Un solo Dios, tres personas divinas. Y en la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 3,16-18) Jesús reafirma en forma inequívoca la identidad entre el Padre y Él, y cómo un en acto de amor nos “entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

Este pasaje tenemos que leerlo en su contexto: La conversación de Jesús con Nicodemo que ocupa más de la primera mitad del capítulo 3 del Evangelio según san Juan, en la cual Jesús acaba de decirle a Nicodemo que “el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.

Durante la cincuentena de Pascua, mientras nos preparábamos para la solemnidad de Pentecostés, leíamos el libro de los Hechos de los Apóstoles que centraba nuestra mirada en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo consolador que los apóstoles y los otros discípulos congregados en torno a ellos recibirían en Pentecostés junto a María, la madre de Jesús y madre nuestra, dando origen a la Iglesia misionera.

Eso le infunde un carácter Trinitario a la Iglesia, ya que esta nace de la promesa del Padre que se hace realidad en Pentecostés a fin de que la comunidad dé testimonio de Jesús; y es el Espíritu quien guía la obra de evangelización y le da la fuerza necesaria para dar testimonio de Jesús en medio de persecuciones y luchas.

Es decir, que podemos participar de la vida eterna gracias a ese amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. La fórmula es sencilla: El Padre ama al Hijo con amor infinito y el Hijo ama al Padre de igual modo; y ese amor que se genera entre ellos es el Espíritu de la Verdad que se derrama sobre nosotros y nos conduce a la Verdad plena, que es el Amor incondicional de Dios. Por eso decimos en el Credo nicenoconstantinopolitano: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria…”

Esa identidad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu es la que hace posible la promesa de Jesús a sus discípulos al final del Evangelio según san Mateo: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Porque donde está el Padre está el Hijo, y está también el Espíritu; y donde está el Espíritu están el Padre y el Hijo. De este modo, en la acción del Espíritu Santo se nos revela, no solo el amor de Dios, sino la plenitud de la Trinidad.

Por eso Pablo termina su segunda carta a los Corintios (segunda lectura de hoy) diciendo: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros” (2 Co 13,13).

De eso se trata la Trinidad, pues todo el misterio de Dios se reduce al amor: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1Jn 4,7-8).

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 03-06-17

¡Mañana es Pentecostés! La solemnidad que celebra la venida del Espíritu Santo sobre el colegio apostólico reunido en torno a María, la madre de Jesús. Si bien la Iglesia gira en torno al Misterio Pascual de Cristo, es el Espíritu quien guía a los pecadores que la componemos para tomar las decisiones más humanas de Su Iglesia. Por eso ha perdurado dos mil años, a pesar de las debilidades de sus miembros.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy nos presentan el pasaje final del libro de los Hechos de los Apóstoles (28,16-20.30-31) y la conclusión del Evangelio según san Juan (21,20-25).

La lectura de Hechos nos narra la actividad de Pablo durante su primer cautiverio en Roma, y cómo su cautiverio (aunque estaba en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”) no fue impedimento para que él continuara su misión evangelizadora; estando preso, recibía a todos los que acudían a visitarle, “predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos”.

Aun estando en prisión, supo experimentar la verdadera libertad producto de saberse amado por Dios y estar haciendo su voluntad. Mediante su testimonio en Roma, Pablo da cumplimiento la promesa y el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Desde el principio hasta el final, vemos en el libro de los hechos de los Apóstoles la acción del Espíritu Santo en el desarrollo y expansión de la Iglesia por todo el mundo conocido.

El relato evangélico, por su parte, nos presenta la continuación del pasaje de ayer, con el diálogo entre Jesús y Pedro, que concluyó con el mandato de Jesús: “Sígueme”. Jesús le había dicho a Pedro que él iba a seguir su misma suerte, que iba a experimentar el martirio. Pedro probablemente se siente orgulloso de seguir los pasos del Señor. Entonces ve que Juan les está siguiendo mientras caminan, y ese deseo humano de compararse con los demás, de saber si otro va a tener el mismo privilegio que yo, le lleva a preguntarle a Jesús: “Señor, y éste ¿qué?”.

El mero hecho de referirse a Juan como “este”, implica cierto grado de orgullo, de aire de superioridad. Después de todo, ya había sido “escogido” para tomar las riendas de la Iglesia naciente. Jesús no pierde tiempo e inmediatamente lo baja de su pedestal: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. En otras palabras, cumple tu misión, y deja lo demás en las manos del Padre.

Nuestra Iglesia es Santa, pero está compuesta por pecadores que aspiramos a la santidad; y solo guiados y asistidos por el Espíritu puede seguir adelante y llevar a cabo su misión evangelizadora para que se cumpla la voluntad del Padre: que no se pierda ninguna de las ovejas de su rebaño.

¡Ven Espíritu Santo!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 27-05-17

 

La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc 18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su encuentro con el Resucitado en el camino a Damasco, donde fue inundado por el Amor infinito de Jesús (que es a su vez el amor del Padre, y que entre ambos dan vida al Espíritu Santo), no ha tenido otra misión en la vida que compartir ese amor con todo el que se cruza en su camino. Y esa tiene que ser la misión de todo bautizado, de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mc 15,15).

Se trata de esa alegría desbordante producto de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.

Y esa alegría, la verdadera alegría del cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.

Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de su éxito. Y a ti, ¿se te nota?

Pero la lectura va más allá, luego de mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero ahora con mayor corrección doctrinal.

Este detalle nos muestra otra característica que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús: No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes sacrificios.

La Iglesia es misionera, evangelizadora, por definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se encoge, y termina desapareciendo (Evangelii Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda! ¿Qué estás esperando?

REFLEXIÓN DE PARA EL VIERNES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 26-05-17

Ruinas de la ciudad de Corinto en la actualidad, en donde Pablo predicó por año y medio, y se desarrolla el pasaje sobre el cual reflexionamos hoy.

La primera lectura de hoy (Hc 18,9-18) es continuación de la de ayer, y nos presenta a Pablo en plena evangelización de la ciudad de Corinto. Mientras estuvo allí vivió en casa de Priscila y Aquila, lugar donde con toda seguridad se reunían los cristianos para la oración, la enseñanza de la doctrina de los apóstoles, y la fracción del pan (Cfr. Hc 2,42).

El relato que contemplamos hoy comienza con Jesús presentándose en una visión a Pablo y diciéndole: “No temas. Sigue predicando y no te calles. Yo estoy contigo. Nadie pondrá la mano sobre ti para dañarte, porque en esta ciudad hay un pueblo numeroso que me está reservado”. Eso fue suficiente para que Pablo se quedara en Corinto durante año y medio, como habíamos adelantado en nuestra reflexión de ayer, y fundara una comunidad de creyentes en medio del ambiente pagano y libertino de aquella ciudad.

Hay algo que llama la atención sobre Pablo y su misión. Desde aquél primer encuentro de Pablo con la persona de Jesús en el camino a Damasco, Jesús está siempre presente en su vida; en todo momento y en todo lugar. Al leer las cartas de Pablo podemos ver cómo lo menciona continuamente (al menos tres o cuatro veces en cada página), cuenta con Él, no permite que se rompa el hilo conductor entre ambos. Y ese hilo conductor es la oración. De la misma manera que Jesús vivió toda su vida en un ambiente de oración con el Padre, Pablo vivió la suya en un ambiente de oración con Jesús. Más tarde dirá a los tesalonicenses: “Oren sin cesar” (1 Tes 5,17). Esa oración hacía que Jesús formara parte integrante y esencial de su vida; vivía en comunión con Él. Por eso Pablo podía escucharle.

Nosotros también podemos vivir esa comunión constante con Jesús si perseveramos en la oración. “No temas… porque yo estoy contigo”. Esa fue la promesa de Jesús a sus discípulos antes de partir (Cfr. Mt 28,20). Aquellos primeros cristianos estaban convencidos de esa presencia en sus vidas. Creían en Jesús y le creían a Jesús. Por eso “se llevaban el mundo de frente” y no cesaban en su empeño de evangelizar.

Hoy debo preguntarme: ¿Estoy convencido de la presencia de Jesús en mi vida? Más aún, cuando oro, ¿escucho su voz llamando a mi puerta (Cfr. Ap 3,20) que me dice: “No temas… porque yo estoy contigo”? Yo he tenido la experiencia de sentir Su presencia y escuchar Su voz en medio de un ambiente hostil y peligroso, y sentirme seguro porque me dijo claramente: “Nadie pondrá la mano sobre ti para dañarte”.

“No temas…” Esas palabras que el Señor le dice a Pablo están también, por así decirlo, a flor de labios de Dios. Son las mismas que el Padre le dice a Jeremías (1,8), a Zacarías (Lc 1,13) y a la Virgen María (Lc 1,30). Del mismo modo dijo a Moisés “Yo estoy contigo” (Ex 3,12). Ellos le creyeron y el Dios obró maravillas en ellos.

A nosotros, al igual que a Pablo y a los primeros cristianos, Jesús nos está diciendo: “¡No temas… estoy contigo!”. Señor, danos esa misma certeza, esa seguridad.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 25-05-17

Bema de Corinto; lugar donde Pablo predicó el Evangelio a los gentiles en esa ciudad.

La liturgia pascual continúa narrándonos la misión evangelizadora de Pablo. En el pasaje que contemplábamos ayer lo vimos en Atenas predicado en el areópago. A pesar de que logró algunas conversiones no tuvo el éxito esperado, y la lectura de hoy (Hc 18,1-8) nos lo muestra abandonando Atenas y dirigiéndose a Corinto.

Allí se encontró con Aquila y su mujer Priscila, con quienes se juntó. Contrario a lo que el Espíritu le dictaba, Pablo insistía en continuar tratando de convertir a los judíos, tal vez motivado por su formación como fariseo. El fracaso de Pablo con los judíos de Corinto fue rotundo. Tan solo Crispo, el jefe de la sinagoga, se convirtió. Ante los insultos y la férrea oposición de los judíos, Pablo se sacudió la ropa y les dijo: “Vosotros sois responsables de lo que os ocurra, yo no tengo culpa. En adelante me voy con los gentiles”. Y así lo hizo.

Pablo permaneció en Corinto por aproximadamente un año y medio, en donde logró muchas conversiones entre los gentiles, que conformaron una comunidad cristiana a la que luego escribiría dos cartas. Pablo pasó muchos dolores de cabeza con esa comunidad, pero no se rindió; continuó predicando hasta que la semilla plantada dio fruto.

A nosotros muchas veces nos ocurre lo mismo en medio del mundo arropado por el secularismo en que nos ha tocado vivir. Vemos que nuestra predicación no rinde los frutos que esperamos o, al menos, no tan rápido como quisiéramos. Tal vez inclusive puede que sea otro quien coseche los frutos. Pero así es la semilla del Reino, que se siembra y va creciendo bajo tierra, fuera de nuestra vista, hasta que el día propicio germina y da fruto. Es ahí donde entra en juego el Espíritu Santo que nos da el don de la paciencia que nos hace madurar; madurez que nos aviva la esperanza (Rm 5,3) y nos permite seguir adelante.

La lectura evangélica (Jn 16,16-20) continúa narrando la sobremesa de la última cena y el discurso de despedida de Jesús, quien sigue tratando de explicar a sus discípulos su muerte inminente y su posterior resurrección, algo que no entenderán hasta que ocurra. Jesús intenta explicarle estos misterios utilizando una especie de juego de palabras: “Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver”. Como no comprenden, trata de explicárselos de otra manera: “Pues sí, os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría”.

Los discípulos no entendían en aquel momento que Jesús tenía que morir y luego resucitar, para con su muerte y resurrección abrirnos las puertas a la vida eterna. Antes de la última cena se los había dicho y tampoco lo habían comprendido: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

¡Cuántas veces en nuestras vidas no podemos “ver” a Jesús en medio de la oscuridad que nos rodea! ¡Cuántas veces sentimos ese vacío, esa ausencia! Pero cuando tenemos la certeza de que si perseveramos en la oración, “dentro de poco” volveremos a verlo y “nuestra tristeza se convertirá en alegría”, nos sentimos consolados. Para eso tenemos que creer en Jesús y creerle a Jesús. Porque para Él no hay desierto ni abismo que no pueda conquistar.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 23-05-17

“Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia”. Palabras pronunciadas por Pablo y Silas al carcelero, al despertarse por la sacudida tan violenta que hizo temblar los cimientos de la cárcel en que se encontraban presos.

La primera lectura de hoy (Hc 16,22-34) nos presenta el final de la estadía de Pablo en Filipos, en donde fundaron una comunidad de creyentes. La predicación había sido bien acogida, hasta que ocurrió el evento que provocó la reacción tan violenta que nos narra el pasaje que leemos hoy, en el cual la gente se amotinó contra Pablo y Silas, lo que hizo que los magistrados dieran orden de que los desnudaran y apalearan, para luego encarcelarlos. ¿Qué causó esa reacción?

La respuesta es sencilla: expulsaron un espíritu adivino que poseía a una esclava, a quien sus amos explotaban sacándole gran beneficio económico. Ese decir, todo iba bien hasta que afectaron sus bolsillos. En lugar de alegrarse porque la mujer había sido liberada de un espíritu, se enfurecieron por la pérdida económica que esa liberación implicaba. ¡Cuántas veces vemos cómo las personas anteponen su interés económico a los intereses del Reino! Tan solo tenemos que recordar el pasaje del joven rico (Mt 19,16-23).

Una vez encarcelados, Pablo y Silas oraban cantando himnos al Señor mientras los otros presos los escuchaban. Me pregunto qué pensarían esos presos al sentir a esos “locos” cantando himnos, heridos por la paliza y en medio de aquella mazmorra inmunda. Lo cierto es que, asistidos y fortalecidos por el Espíritu Santo, estaban viviendo las palabras del Evangelio: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 5,11-12).

Esa alegría, producto de sentirse acompañados por el Paráclito en el cumplimiento del mandato de Jesús (Cfr. Mc 16,5), al punto que fueron liberados de sus cadenas, fue la que hizo que el carcelero se contagiara, se arrojara a los pies de Pablo y Silas, y les preguntara: “Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?”, provocando la contestación que citamos al comienzo de esta reflexión.

El poder de la Palabra de Dios hizo morada en aquél carcelero, quien se los llevó a su casa “a aquellas horas de la noche, les lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios”. Esta escena nos evoca el episodio de Zaqueo, el jefe de publicanos, a quien Jesús le dijo al recibirle en su casa en medio de un ambiente festivo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9; Cfr. Lc 15,7).

La lectura evangélica de hoy (Jn 16,5-11) nos apunta a la necesidad de que Jesús se fuera al Padre y enviara el Paráclito a los discípulos. El Espíritu podía acompañarles a todos, todo el tiempo y en todo lugar, sin que fuera necesaria la presencia física de Jesús.

Por eso tenemos que alabar y bendecir al Señor en todo momento y en todo lugar, invocando el auxilio del Espíritu defensor, especialmente en los momentos de tribulación, de prueba. Y entonces veremos cómo se manifiesta la gloria de Dios en nuestras vidas, y cómo esa manifestación “toca” a otros. Esa es la mejor predicación que podemos llevar a cabo.

Ya el ambiente “huele” a Pentecostés… ¿Acaso no lo sientes?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 22-05-17

Celebrando la Eucaristía en Filipos, en un pequeño islote en medio del río justo en el lugar en que Pablo bautizó a Lidia, la primera cristiana bautizada en el continente europeo (Hc 16,13-15). Una experiencia inolvidable. Allí celebramos la misa de la vigilia de Pentecostés. Foto tomada durante nuestra peregrinación del 2014.

La liturgia pascual continúa presentándonos la historia de la Iglesia primitiva y su expansión por todo el mundo conocido, gracias a la acción del Espíritu Santo. La primera lectura para hoy (Hc 16,11-15), en un pasaje aparentemente sencillo, nos presenta un hecho trascendental en la historia de la Iglesia. El relato de un viaje en barco nos presenta a Pablo, ya acompañado por Lucas, poniendo pie y predicando por primera vez la Buena Noticia de Jesús en el continente europeo. El viaje nos muestra a Pablo llegando primero a Neáplois, y luego a Filipos, donde permaneció un tiempo y fundó la primera comunidad cristiana en Europa; comunidad a la que más tarde escribiría la carta que también forma parte del Nuevo Testamento. Corría aproximadamente el año 50.

Gracias a ese viaje misionero de Pablo llegó también el Evangelio a tierras americanas, por voz de aquellos primeros misioneros europeos que arriesgaron sus vidas cruzando el Atlántico para traer el mensaje de salvación a estas tierras.

Hay un dato que no quiero dejar de mencionar. Si nos fijamos, de este punto en adelante la narración de los Hechos de los Apóstoles cambia de tercera persona a primera persona (“zarpamos”, “salimos”, “nos detuvimos”, etc.); lo que significa que desde ese momento en adelante, ya Lucas, el autor del libro, acompaña a Pablo en sus viajes.

En ese primer encuentro con unas mujeres que estaba orando, sobresale la figura de Lidia, una comerciante a quien “el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo”. Vemos la acción del Espíritu abriendo caminos, ayudando a los misioneros, proveyéndoles los medios. Habiendo escuchado y aceptado el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, Lidia se hizo bautizar, e invitó a Pablo y Lucas a hospedarse en su casa (Cfr. Lc 10,5-7).

La lectura evangélica (Jn 15,26 -16,4a) continúa narrándonos el discurso de despedida de Jesús, en el cual Jesús instruye y prepara a sus discípulos para lo que les espera, incluyendo el martirio. Les asegura que ha de enviarles el Paráclito que dará testimonio de Él; y que ellos también darán testimonio de Él. La palabra “testimonio”, según utilizada en el Nuevo Testamento, es sinónimo de martirio. Dar la vida por el Evangelio es el gran Testimonio, confesar con la sangre la Verdad. Jesús les está diciendo de tendrán que enfrentar el martirio: “llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios”. Y les advierte que: “Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho”.

Es el Espíritu quien ha de darles las fuerzas para “dar testimonio”. Y mientras existan en el mundo el pecado, el egoísmo y el mal, los cristianos seremos perseguidos, humillados, ridiculizados. La mayoría de nosotros tenemos la dicha de proclamar nuestra fe en un mundo donde no tenemos que confesar la Verdad con nuestra sangre, pero ello no nos exime de la burla, la persecución, a veces abierta y (la peor) a veces vedada. Desgraciadamente, todavía hoy existen aquellos que sufren el martirio por profesar su fe, como está ocurriendo en el Oriente medio.

Señor, envía tu Santo Espíritu sobre nosotros, para que tengamos la valentía y perseverancia de proclamar tu Evangelio, a tiempo y a destiempo, sin importar las consecuencias.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 16-05-17

La liturgia de Pascua para hoy nos presenta como primera lectura (Hc 14,19-28) la conclusión del primer viaje misionero de Pablo. Si leemos cuidadosamente notaremos que a su regreso, Pablo y Bernabé hacen el viaje original a la inversa, pasando por las mismas ciudades que ya habían visitado, con el propósito de afianzar la fe de aquellos nuevos cristianos, convertidos en su mayoría del paganismo. Lo mismo hará Pablo posteriormente mediante las cartas que dirigirá a otras comunidades. Pablo estaba consciente que la semilla de la fe tiene que ser irrigada, abonada y podada en tiempo para que germine y de fruto.

El pasaje comienza con la lapidación de Pablo por parte de unos judíos que resentían la forma en que el Evangelio de Jesús se iba propagando. Luego de apedrearlo, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo dejaron por muerto. Pero lejos de amilanarlo, esa experiencia le dio nuevos bríos para continuar predicando. Nos evoca las palabras del Señor a Ananías en el pasaje de la conversión de Pablo, cuando refiriéndose a Pablo le dijo: “Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre” (Hc 9,15-16).

Pablo había vivido esas palabras. Por eso lo encontramos al final del pasaje de hoy “animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. Ese es un tema recurrente en la predicación de Pablo. Nuestra fe en el Resucitado no suprime la tribulación, las pruebas; por el contrario, parecería que acompañan al que decide seguir los pasos de Jesús. La diferencia es que para el cristiano ese sufrimiento adquiere un significado distinto, adquiere sentido.

Sabemos que, de la misma manera que Jesús fue glorificado en su pasión, para luego ser resucitado e ir a reinar junto al Padre por toda la eternidad, nuestro sufrimiento es un “paso”, un peldaño, en esa escalera que nos conduce al Reino de Dios en donde reinaremos junto a Él “por los siglos de los siglos” (Ap 22,5).

Cuando me enfrento a mis sufrimientos, ¿puedo ver en ellos esa prueba que me purifica como el oro en el crisol, y me permitirá ser enaltecido ante Dios (Cfr. Sir 2,1-6) en el día final?

La lectura evangélica (Jn 14,27-31a) nos muestra a Jesús anunciando a sus discípulos que con su pasión iba destronar a Satanás como “príncipe de este mundo”. “Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago”. Y eso implica que padezca, muera, y sea resucitado, para que todos crean en Él, y todo el que crea en Él se salve. Ese es el mismo camino que estamos llamados a seguir los que nos llamamos sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9,22-23).

No es cuestión de valor; se trata de creer en el Resucitado y creer en su Palabra.