REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 27-01-18

En días recientes Marcos nos estuvo narrando una serie de parábolas relacionadas con el Reino. En la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 4, 35-41) comienza la narración de una serie de cuatro milagros que Jesús realizará en presencia de sus discípulos, con exclusión de la muchedumbre que le seguía a todas partes. Jesús quiere demostrarles que el Reino a que se refería en las parábolas ya ha llegado, que está entre nosotros.

El hecho de que realice esos portentos solo para beneficio de su círculo íntimo, los Doce, pone de relieve el deseo de Jesús de instruir a esos que van a estar a cargo de continuar propagando la Buena Noticia del Reino. Nadie puede hablar de un Reino que dice que ha llegado, si no lo cree. De lo contrario, su mensaje estará hueco, y será incapaz de convencer a los que lo escuchan.

En este primer milagro vemos a Jesús ejerciendo poder sobre los elementos, específicamente sobre el viento y el mar. Jesús da por terminada una jornada de trabajo e invita a sus discípulos a ir “a la otra orilla” del lago de Tiberíades. “Vamos a la otra orilla”, les dice; lejos del gentío; quiere estar a solas con ellos, pero a la vez quiere demostrarles lo difícil que ha de ser su trabajo, y la importancia de permanecer constantes en la fe, aún en medio de las dificultades. Abandonan Galilea y se dirigen a tierra de paganos, lugar donde aún no se ha escuchado la palabra de Dios; verdadero “territorio de misión”. Así nos llama a todos.

No bien habían salido, se desató un fuerte huracán que levantó las olas, y amenazaban con hacer zozobrar la embarcación (Cfr. Sir 2,1). En el lenguaje bíblico el mar es siempre lugar de peligro y se le asocia con el maligno. Y la tormenta es, por su parte, símbolo de momentos de crisis, tanto personales como colectivas.

Trato de imaginar la escena: Los discípulos asustados, temerosos por sus vidas, mientras el Señor duerme plácidamente en la popa de la lancha, aparentemente ajeno a todo lo que sucede a su alrededor. ¡Cuántas veces en nuestras vidas nos enfrentamos a una situación difícil e inesperada y nos parece que el Señor “duerme”, aparentando estar ajeno a lo que nos ocurre!

Los discípulos se apresuran a despertarlo con un grito de angustia unido a un sentido de abandono: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Sigo imaginando la escena. Jesús se despierta, y poniéndose de pie increpa al viento y dice al lago: “¡Silencio, cállate! Se levanta, y mirándolos con una mezcla de desilusión y ternura, les dice: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”

Tal parece que los discípulos habían olvidado que el Señor iba en su barca, aunque durmiera. Lo mismo nos ocurre a nosotros cada vez que nos enfrentamos a las pruebas de la vida y nos parece que el Señor “duerme”. Nos acobardamos. Nuestra falta de fe nos hace pensar que el Señor nos ha abandonado o, cuando menos, está ajeno a nuestros problemas. Se nos olvida que mientras Él esté en nuestra barca, aunque aparente dormir, estará velando por nosotros. Y si ponemos nuestra confianza en Él, increpará al viento y la tormenta cesará. ¡Confía!

REFLEXIÓN PARA EL DECIMONOVENO DOMINGO DEL T.O. (A) 13-08-17

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 14,22-33) es la misma que contemplamos el pasado martes de la decimoctava semana, por lo que les remitimos a nuestra reflexión para ese día.

Como primera lectura (1 Re 19,9a.11-13a) se nos ofrece hoy el episodio que nos presenta al profeta Elías llegando al monte Horeb (el Sinaí) y entrando en una cueva para pasar la noche. Allí escuchó la voz del Señor que le dijo: “Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va pasar!”

Para entender bien este pasaje tenemos que ponerlo en contexto. La reina Jezabel había amenazado con dar muerte a Elías y este decidió huir del país y dirigirse al monte Horeb para ponerse a salvo. Caminó durante cuarenta días por el desierto (rememorando la marcha de cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto) hasta legar a su destino. Durante su marcha por el desierto fue alimentado por un pan que le traían los ángeles (pan bajado del cielo). Luego, al igual que Moisés, Elías se metió en una cueva (Cfr. Ex 33,22), y allí el Señor le habló anunciándole su paso inminente. Vemos un claro paralelismo entre Moisés y Elías. La Escritura nos está diciendo que la enseñanza de Elías está enraizada en la obra de Moisés.

La diferencia entre ambos estriba en la manifestación de la presencia de Dios. Mientras en el Éxodo vemos esa presencia manifestada con vientos huracanados, terremotos y fuego (Cfr. Ex 19), en el caso de Elías es todo lo contrario: Cuando el Señor le dijo que saliera de la cueva y se pusiera de pie, porque Él iba a pasar, “vino un huracán tan violento que descuajaba los montes e hizo trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva”.

Contrario a los pueblos paganos (y el mismo pueblo de Israel antes de Elías), que asociaban los fenómenos naturales a la presencia de Dios, este se le presenta a Elías como el sonido de una “brisa tenue”, como un susurro. El susurro se define como “el silbido de un silencio tenue”. Esto nos evoca aquella suave brisa de que la habla Jesús a Nicodemo (Jn 3,8). Elías nos anuncia una nueva forma de ver a Dios.

Y es que así es Dios; se nos manifiesta sin ruidos, sin sonido de trompetas, sin coros de ángeles. Se manifiesta en las cosas sencillas, cotidianas de la vida. Cuentan que Santa Teresa tuvo su primer arrebato místico mientras fregaba los trastes en el convento…

Muchas veces, especialmente en esos períodos de aridez espiritual que sufrimos, que nos hacen clamar: “Señor, ¿Dónde estás? ¡Muéstrame tu rostro!”, finalmente descubrimos que no lo encontramos porque lo buscamos en el lugar equivocado; ha estado “escondiéndose” a plena vista, en los hambrientos, los sedientos, los inmigrantes, los desnudos, los enfermos, los presos… (Cfr. Mt 25,31-46).

Hoy, día del Señor, pidámosle que nos conceda la gracia de encontrarle en las cosas sencillas de cada día.