REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 29-10-19

“¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta”.

El Evangelio de hoy (Lc 13,18-21) nos presenta dos “extractos” del discurso parabólico de Jesús acerca del Reino, y nos presenta dos perspectivas del Reino: la extensión del mismo, representada por el grano de mostaza, y su intensidad, representada por la levadura.

Cuando Jesús intenta explicar a sus discípulos la naturaleza del Reino, está consciente que no resulta fácil hacerlo en una manera que sea comprensible, pues se trata de algo “que no es de este mundo” (Jn 18,36), algo que ya ha llegado pero que todavía no ha alcanzado su plenitud (“Ya, pero todavía…”). Por eso tiene que recurrir a comparaciones, al uso de parábolas.

Son tantas las alusiones de Jesús al Reino citadas por Lucas, que resultaría impráctico citarlas todas en tan breve espacio. A manera de ejemplo, comienza diciendo que Él ha venido a anunciar la “buena nueva” del Reino de Dios (4,43); declara “bienaventurados” a los pobres, porque a ellos les pertenece el Reino (6,20); envía a los “doce” a proclamar el Reino (9,2); anuncia que el Reino “está cerca” (10,9-11); cuando enseña a sus discípulos a orar les instruye que digan: “venga a nosotros tu Reino”; dice que de los niños, y de los que son como ellos es el Reino (18,16); y finalmente, el buen ladrón le dice a Jesús: “acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino” (23,42).

El Reino, eso por lo que hay que dejar casa, mujer, hermanos, padre e hijos (18,29), rebasa toda comprensión por parte de los discípulos. Pero para que no se desanimen, les asegura que con los pocos recursos que tienen, pueden llevar a cabo su misión.

Para ello recurre primero al grano de mostaza, la semilla más pequeña de todas (los representa a ellos, los humildes comienzos del Reino), que cuando se planta y crece se convierte en un arbusto en el que anidan los pájaros. El Reino es algo que crece, que “brota” de la tierra, como lo hace una semilla cuando germina; es la vida misma que se abre paso poco a poco para romper la tierra que la aprisiona, y alzarse sobre ella. Nos enseña que el Reino no es algo estático, circunscrito a unos límites territoriales o temporales. Tiene que crecer y ha de seguir creciendo, aunque a veces su crecimiento sea lento, casi imperceptible.

La levadura, por su parte, le imparte a la imagen del Reino que Jesús quiere transmitir ese elemento de potencia de transformación que ocurre de forma casi imperceptible, como cuando la masa se mezcla con la levadura viva y se deja cubierta para esperar que fermente, y se  transforma en una hogaza lista para ser metida en el horno. El Reino ha de seguir transformándose, creciendo, hasta llegar a su plenitud en el día final, cuando se lleven a cabo las bodas del Cordero (Cfr. Ap 21).

Jesús nos envía a proclamar la buena noticia del Reino. Tenemos que seguir regando la semilla para que germine, rogándole al Señor que envíe operarios a su mies (Mt 9,38; Lc 10,2). Anda, ¡atrévete!; la paga es abundante: la Vida eterna (Cfr. Rm 6,23; Mt 10,32).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 07-10-19

El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 10,25-37), nos presenta la conocida parábola del buen samaritano. Sobre esta parábola se han escrito “ríos de tinta”. Además de la historia, edificante por demás, que nos presenta la misma, algunos exégetas ven en la compasión del samaritano una imagen de la misericordia de Dios, y en el regreso del samaritano al final de la parábola una especie de prefiguración del retorno de Cristo al final de los tiempos. Otros ven “claramente” en la parábola un reflejo de la historia de la salvación, al igual que en las “parábolas del Reino”.

La parábola está precedida por una discusión sobre el mandamiento más importante: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”; mandamiento que recoge el Shemá que recitan los judíos (Dt 6,4) y hasta escriben en un pergamino que colocan en la jamba derecha de las puertas de sus hogares en un receptáculo llamado mezuzah, y el mandato sobre el prójimo contenido en Lev 19,18. Jesús llevará este último mandamiento un paso más allá, al pedirnos que amemos a nuestro prójimo, no como a nosotros mismos, sino como Él nos ha amado (Jn 13,34).

Lo cierto es que este relato nos enfrenta al pecado más común que cometemos a diario y pasamos por alto, lo ignoramos. Me refiero al pecado de omisión. Cuando rezamos el “Yo pecador”, decimos que “…he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Cuando pensamos en nuestros pecados, al hacer un examen de conciencia, pensamos en las actuaciones en que hemos incurrido que resultan ofensivas a Dios. Robar, matar, fornicar, mentir, etc., etc. ¿Pero qué de las veces que habiendo podido ayudar al prójimo que lo necesitaba nos hacemos de la vista larga? “Estoy muy ocupado… Voy tarde, y si me detengo… “Voy a ensuciarme la ropa…”

“En el atardecer de nuestra vida seremos juzgados en el amor”, nos dice San Juan de la Cruz. Y eso no se lo inventó él; ¿acaso el mismo Jesús no nos dijo: “Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber…? (Mt 25,35). En el mismo pasaje del “juicio final” Jesús encarna el pecado de omisión: “Porque tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me dieron de beber…” En otras palabras, no basta con abstenerse de cometer “actos” pecaminosos; peca tanto el que roba el pan ajeno, como el que pudiendo dar de comer al hambriento no lo hace. Es decir, para pecar no es necesario hacer el mal, basta con no hacer el bien, teniendo la capacidad y los medios para hacerlo. A veces se trata tan solo de prestar nuestros oídos a un hermano que necesita desahogarse, y “no tenemos tiempo…”

Y se nos olvida que en nuestro prójimo, en cada uno de nuestros hermanos, está la persona de Cristo; pero somos tan ciegos que no lo vemos. “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25,45).

¡Cuántas veces actuamos como el sacerdote o el levita de la parábola!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 30-08-19

En la primera lectura que nos propone la liturgia para hoy (1 Tes 4,1-18), san Pablo exhorta a la comunidad de Tesalónica a continuar agradando a Dios observando la conducta que él les había instruido: “Esto quiere Dios de vosotros: una vida sagrada, que os apartéis del desenfreno, que sepa cada cual controlar su propio cuerpo santa y respetuosamente, sin dejarse arrastrar por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios”. Esta exhortación se da en el contexto de esa carta, que habla de la segunda venida de Cristo y la necesidad de estar preparados.

El Evangelio, por su parte, nos presenta la parábola de las doncellas necias y las doncellas sensatas (Mt 25,1-13), que nos invita a estar preparados, vigilantes. Esta parábola nos presenta la espera por el “esposo” que tardaba en llegar: “Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Al igual que en la parábola de los talentos que sigue a esta (Mt 25,14-30), las doncellas necias no hicieron nada “malo”. Pero tampoco hicieron nada para estar preparadas para recibir al Esposo cuando llegara. No hacer nada es también una manera de hacer el mal; es el equivalente del gran pecado de nuestros tiempos: el pecado de omisión.

Está claro; Jesús es el “Esposo” en quien se hace presente el Reino de Dios, representado en el banquete de bodas. Cristo nos invita a ese banquete, a tomar una decisión ante Él y a vivir de tal manera que estemos preparados para ir a su encuentro en cualquier momento, no vaya a ser que por no tener nuestra alcuza llena de aceite, cuando finalmente llegue y acudamos a su encuentro ya la puerta se haya cerrado, y cuando toquemos nos diga: “No te conozco”.

La invitación está cursada y la mesa del banquete está dispuesta. La pregunta obligada es: Cuando llegue el Esposo (puede ser esta noche), ¿estaré preparado para salir a su encuentro y entrar al banquete?

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 01-08-19

La lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mt 13,47-53) nos presenta nuevamente la última de las parábolas del Reino (la de la red, así como la conclusión del “discurso parabólico” de Jesús que abarca todo el capítulo 23 del Evangelio según san Mateo.

Esta es otra de esas parábolas con “sabor escatológico”, es decir, del fin de los tiempos y el juicio final. Compara el Reino de los cielos con una red que saca toda clase de peces del mar, buenos y malos. Y nos dice que al final de los tiempos los ángeles harán con nosotros lo mismo que hacen los pescadores con los peces que atrapan en la red: “separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido”, a lo que sigue esa frase que encontramos en Mateo y en Lucas: “Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. El rechinar de dientes es una frase tomada del Antiguo Testamento (Job16,9; Sal 35,16), que expresa odio y rabia, pero que unida al llanto expresa la desesperación y el dolor de los que quedarán excluidos de la salvación.

Hemos dicho que en sus parábolas Jesús utiliza imágenes de la cotidianidad. En este momento le está hablando a pescadores del lago de Galilea, personas que están familiarizadas con las faenas de la pesca; personas que saben que al echar las redes atrapan toda clase de peces, buenos y malos, y al sacarlas deben escoger entre los buenos y los malos, los que tienen valor y los que no son comestibles, y botar los últimos junto con toda clase de algas y otra basura que se enredan en las mismas. El Reino de los cielos se parece a… Solo así podemos entender los misterios del Reino.

Esa imagen del Reino como una red en la que caben tanto los peces buenos como los malos, lo mismo que en la parábola de cizaña y el trigo, nos apunta también al hecho de que el Reino ya está aquí, que ha comenzado. Que la imagen visible de la presencia del Reino, la Iglesia, al igual que el Reino, está abierta a todos, buenos y malos, trigo y cizaña, todos coexistiendo en esa “red”. Una Iglesia “santa” formada por santos y pecadores; una Iglesia que está constantemente llamada a la conversión. El mismo Jesús nos enseñó que su mensaje está dirigido a todos. Por eso se juntaba con pecadores, aquellos que tenían más necesidad de “médico” (Cfr. Lc 5,31-32).

Y ahí está la ventaja del Reino. Los “peces malos” tenemos oportunidad de convertirnos en “peces buenos” si acudimos a la misericordia divina y nos dejamos arropar de su infinito Amor. Y si algo caracteriza a Jesús es su infinita paciencia. No importa si nos convertimos a última hora, tendremos la misma recompensa (Mt 11,1-26), seremos contados entre los “peces buenos”, entre los “benditos del padre” (Cfr. Mt 25,34). El problema estriba en que no sabemos el día ni la hora (Mt 24,36).  Si fuera hoy, ¿serías contado entre los “peces buenos”? De ti depende… Todavía estás a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 31-07-19

En la lectura evangélica (Mt 13,44-46) que nos ofrece la liturgia para hoy, volvemos a contemplar, en forma abreviada, dos de las siete parábolas del Reino: la del tesoro escondido y la de la perla de gran valor. ¿Por qué la insistencia de la Liturgia en repetir una y otra vez las parábolas del Reino?

Toda la misión de Jesús puede resumirse en una frase: “[T]engo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4,43). Habiendo sido esa la misión de Jesús, no puede ser otra la misión de la Iglesia. Por eso en sus últimas palabras antes de ascender al Padre, delegó esa misión a la Iglesia: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva (del Reino de Dios) a toda la creación” (Mc 16,15).

Anteriormente hemos señalado que Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, de su verdadero seguidor, no puede haber nada más valioso que los valores del Reino. Por eso tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. O sea, que no puede haber nada que se interponga entre nosotros y los valores del Reino.

El que acepta esa misión de parte de Jesús, se llena de su Palabra, y pone su vida al servicio de esta, tiene “algo” que todos notan, tal como le sucedió a Moisés en la primera lectura de hoy (Ex 34,29-35). Nos relata el pasaje que cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las tablas que contenían Palabra de Dios “tenía radiante la piel de la cara”.

Aquí encontramos una marcada diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En la primera lectura vemos cómo cuando los Israelitas vieron a Moisés con el rostro brillante (por haber visto a Dios cara a cara, como a un amigo) “no se atrevieron a acercarse a él”, y el mismo Moisés se cubría la cara con un velo. Y es que en el Antiguo Testamento Dios todavía no se había revelado plenamente; por eso ni tan siquiera se podía pronunciar su nombre.

No es hasta que la Palabra se encarna, haciéndose uno con nosotros en todo excepto en el pecado, que Dios se nos revela plenamente en la persona de Jesús. Ahora podemos verlo, escucharlo, tocarlo, caminar junto a Él. Es entonces que nos envía su Santo Espíritu que nos permite llamar Abba a aquél cuyo nombre era impronunciable.

Y ese Espíritu Santo, que es el Amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros, hace resplandecer nuestros rostros con ese “algo” imposible de describir que hace a todo el que se cruza en nuestro camino perciba la presencia de Dios y diga: “Yo quiero de eso”; esa “perla de gran valor” que los impulsa a vender todo lo que tienen con tal de adquirirla.

Hoy, pidamos al Señor que derrame su Espíritu Santo sobre nosotros, de modo que todo el que nos vea lo vea a Él.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) – MEMORIA DE SANTA MARTA 29-07-19

En el evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Mt 13,31-35), la Iglesia nos invita a continuar rumiando las parábolas del Reino. Hoy nos presenta dos: la del grano de mostaza y la de la levadura. Ambas están comprendidas en el llamado “discurso parabólico” de Jesús, que ocupa todo el capítulo 13 del evangelio según san Mateo.

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, Mateo escribe su relato para los judíos de la Palestina convertidos al cristianismo, con el objetivo de probar que Jesús es el Mesías esperado, ya que en Él se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Por eso aprovecha la oportunidad para explicar por qué Jesús habla en parábolas: “Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: ‘Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo’” (Cfr. Sal 78,2).

Ambas parábolas que contemplamos hoy nos presentan el crecimiento del Reino de Dios en la tierra. En la primera (la del grano de mostaza) vemos cómo Jesús sembró la simiente, cómo el Hijo del Padre se hizo uno de nosotros, haciéndose Él mismo semilla fértil. Esparció su Palabra en los corazones de los hombres, como el sembrador en el campo, y esa Palabra dio fruto. Esa pequeña semilla, comparable a un grano de mostaza (la más pequeña de las semillas), que Jesús sembró hace dos mil años continúa dando frutos. Y nosotros hemos sido llamados a ser testigos de ese milagroso crecimiento, de cómo ese puñado de unos ciento veinte seguidores en Jerusalén (Hc 1,15), ha continuado creciendo y dando fruto hasta convertirse en la Iglesia que conocemos hoy. Pero aún queda mucho por hacer…

Para que esa cosecha no se pierda, Jesús necesita trabajadores: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para su cosecha.” (Mt 9,37). El dueño de los sembrados ha colocado un letrero a la entrada del campo: “Se necesitan trabajadores”. Tú, ¿te anotas?

Cuando nos acercamos a la segunda parábola, pensamos que de seguro Jesús observó muchas veces a su madre mezclar harina con levadura, para luego contemplar con admiración cómo aquella masa crecía ante sus ojos, antes de meterla en el horno. Con esta parábola Jesús dice a sus discípulos (incluyéndonos a nosotros) que estamos llamados a ser “levadura” entre los hombres para que su Palabra, y el Reino que ella anuncia, siga creciendo hasta llegar a los confines de la tierra. Por eso el papa Francisco nos llama a salir al mundo, a “las periferias”, para que ese mensaje de salvación que nos trae Jesús llegue a todos, porque “Dios, nuestro Salvador… quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2,3-4).

Pidamos al Señor por el aumento en las vocaciones sacerdotales, diaconales y religiosas, y para que cada día haya más laicos comprometidos dispuestos a trabajar hombro a hombro con los consagrados en el anuncio del Reino.

Hoy celebramos la memoria de Santa Marta de Betania, hermana de María y Lázaro, amigos de Jesús. Para saber un poco sobre la vida y devoción a esta santa, pueden acceder a: https://www.aciprensa.com/recursos/biografia-2856.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOSEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 27-07-19

El evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Mt 13,24-30), nos presenta otra de las parábolas del Reino: la parábola de la cizaña. Y al igual que hizo con la parábola del sembrador que leyéramos el miércoles de esta semana, que la explicó en el evangelio que hubiésemos leído ayer de no haber coincidido con la memoria de San Joaquín y Santa Ana, Él mismo va a explicar esta parábola a sus discípulos en la lectura evangélica del martes próximo (Mt 13,36-43): “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema: así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.

Resulta claro que el mensaje que Jesús quiere transmitir a través de esta parábola es de naturaleza escatológica, es decir, relacionada con el final de los tiempos y el juicio final que ha de venir entonces. Jesús es consciente de nuestra debilidad, de nuestra inclinación al pecado. Sabe que el maligno va a estar constantemente al acecho (Cfr. 1 Pe 5,8), como la yerba mala que trata de ahogar la buena cosecha. Por eso cuando los ángeles, encargados de hacer cumplir la sentencia del juicio final, le preguntan al “Hijo del Hombre” si arrancan la cizaña, este les contesta que no, porque pueden, sin querer, arrancar también el trigo.

Cuando Jesús hablaba en parábolas a los de su tiempo, lo hacía en un lenguaje que ellos entendían, y los que saben de siembra y cosecha de trigo saben que aunque al principio el trigo y la cizaña crecen más o menos a la misma altura, eventualmente el trigo crece mucho más alto, lo que permite que los obreros al cortar con su hoz no confundan la espiga del trigo con la de la cizaña.

Así mismo ocurrirá al final de los tiempos con los que escuchen la palabra del Padre y la pongan en práctica; descollarán por encima de los que se dejen seducir por el Maligno. Entonces vendrán los ángeles del Señor “y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido”. Y “los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.

Esta parábola nos presenta otra característica de Jesús: su infinita paciencia. Contrario al Mesías justiciero que esperaban los judíos, que vendría a “castigar” a los “malos” (los enemigos del pueblo escogido, los “paganos”), Jesús se mezcla con ellos, los invita a su mesa, y tiene con ellos la misma paciencia que tuvo Yahvé para con su pueblo a lo largo de toda su historia, tolerando y perdonando todas sus infidelidades.

Hoy Jesús nos pregunta: Y tú, ¿eres trigo o cizaña? Si somos trigo, brillaremos “como el sol en el Reino del Padre”. Si optamos por ser cizaña, entonces “será el llanto y el rechinar de dientes”… Jesús nos llama, pero no nos obliga (Ap 3,20). Y no se cansa de esperar.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMOSEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 24-07-19

La liturgia de hoy nos presenta como lectura evangélica (Mt 13,1-9) el comienzo del “discurso parabólico” de Jesús, que ocupa todo el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo e incluye siete parábolas, las llamadas “parábolas del Reino”.

La primera de esas parábolas, que leemos hoy, es la “parábola del sembrador”. En esta conocida parábola, un hombre salió a sembrar y la semilla cayó en cuatro clases de terreno (a la orilla del camino, en terreno pedregoso, entre zarzas, y en terreno bueno) pero solo la semilla que cayó en tierra buena dio grano. Esta parábola, que recogen los tres sinópticos, es una que no requiere un gran ejercicio de hermenéutica para interpretarla, pues el mismo Jesús se la explica a sus discípulos, según veremos en la lectura evangélica de este viernes.

A lo largo de todos los relatos evangélicos encontramos que Jesús enseña utilizando parábolas. El término “parábola” viene del griego y significa “comparación”. La parábola es, pues, una breve comparación basada en una experiencia de la vida diaria, que tiene por finalidad enseñar una verdad espiritual. Jesús vino a predicar los secretos y las maravillas, los misterios del Reino de Dios. Esos misterios sobrepasan el entendimiento humano; se refieren a verdades que el hombre no puede descubrir por sí mismo.

Sin embargo, los galileos sí entendían de árboles, de pájaros, de animales de labranza, de la tierra, de semillas, de la siembra y la cosecha y la amenaza de la cizaña, de la pesca. También de las aves de rapiña, de los rebaños y el peligro de las zorras, de las gallinas y sus polluelos, etc.

Jesús echa mano de esas experiencias cotidianas para explicar los secretos y maravillas del Reino de Dios. De ese modo las parábolas de Jesús trascienden su tiempo y sirven para nosotros hoy, pues para nosotros resulta más fácil familiarizarnos con las costumbres de la época de Jesús que tratar de entender por nuestra cuenta los misterios del Reino. Durante las próximas dos semanas estaremos leyendo estas “parábolas del Reino”, y a través de ellas, adentrándonos en los misterios del Reino.

Toda la misión de Jesús puede resumirse en una frase: “Tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4,43).

Pero el significado de las parábolas solo puede ser entendido por los que tienen una disposición favorable para con Dios, pues es algo que es concedido por pura gratuidad de parte de Dios a las personas de fe, y negado a los “autosuficientes”. Así, el que tiene fe entenderá cada día más y más de los misterios del Reino, y al que no tiene fe, “aun lo que tiene se le quitará” (13,12). No es algo que dependa de la capacidad intelectual de la persona. Por el contrario, se trata de reconocer nuestra pequeñez y abrirnos a Dios con corazón humilde, sensible y dispuesto, pues Él siempre ha mostrado preferencia por los humildes y los débiles al momento de mostrarles las maravillas y los misterios del Reino (Cfr. Mt 11,25).

Señor, ayúdame a ser “tierra buena”, para recibir en nuestros corazones la Palabra que tu Hijo nos brinda y, entendiendo sus maravillas, convertirnos en verdaderos ciudadanos el Reino. Por Jesucristo Nuestro Señor.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 01-02-19

Marcos continúa presentándonos las parábolas de Jesús relacionadas con el Reino. Al igual que ayer, en la lectura evangélica de hoy (Mc 4,26-34) nos presenta dos de ellas, ambas relacionadas con la agricultura. Jesús desarrolló su ministerio en una cultura acostumbrada a la siembra, que podía relacionarse con el lenguaje de la agricultura. De nuevo encontramos a Jesús enseñando con parábolas, utilizando vivencias que les resultaban familiares a los que escuchaban. “Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender”.

En la primera de las parábolas Jesús compara el Reino de Dios con una semilla que se siembra en la tierra y, sin que el campesino sepa cómo, desde el mismo momento en que la siembra, comienzan a ocurrir una serie de maravillas, allí, en lo oculto, bajo la tierra. Y cuando él se levanta, encuentra que la semilla ha germinado. Un verdadero misterio. Una vez siembra la semilla ya no depende de él; las fuerzas ocultas de la naturaleza toman su curso, y “la tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano”. Finalmente llega el momento de la cosecha, “Se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Pero si no siembra, nunca va a cosechar.

Así es el Reino de Dios, como una semilla viva que hay que sembrar. No nos podemos cruzar de brazos. Hay que sembrar, hay que arriesgarse. Y el campo en que hemos de sembrarla son las almas de los que nos escuchan anunciar ese Reino. ¡Tenemos que sembrar! Tenemos que confiar en que esa semilla va a ir geminando lentamente, oculta en lo más profundo de las almas. Al igual que la semilla de la parábola, una vez la sembramos ya no depende de nosotros. La Palabra de Dios y el anuncio del Reino tienen una fuerza y poder misteriosos que harán germinar esa semilla de una u otra manera. Pero ¡tenemos que atrevernos a sembrar! Si no sembramos no podemos cosechar. Del mismo modo que el campesino confía en las fuerzas de la naturaleza al sembrar su semilla, así tenemos que confiar nosotros en la Fuerza de la Palabra de Dios para hacer germinar los frutos del anuncio del Reino.

La segunda parábola que nos presenta la lectura de hoy, la del grano de mostaza, nos apunta a que no importa cuán pequeña sea la semilla que sembremos, tiene el potencial de crecer como la más grande de las hortalizas, “y echar ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”.

A veces nos cohibimos de sembrar pensando que nuestra “semilla” es pequeña, no nos atrevemos a anunciar el Reino de Dios, porque “tenemos poco que decir”. Ninguna semilla es demasiado pequeña. Si hemos recibido la Palabra de Dios anunciando el Reino, tan solo tenemos que arriesgarnos, atrevernos a regar la semilla. No olvidemos que esa Palabra tiene poder creador, capaz de hacerla germinar aún en las condiciones más desfavorables. Entonces nos sorprenderemos cuando ese anuncio, al parecer insignificante, “echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. El mensaje de Jesús es consistente: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”.

No me canso de repetirlo: ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 31-01-19

En la lectura evangélica de hoy (Mc 4,21-25), Marcos nos presenta dos parábolas cortas, ambas relacionadas con el anuncio del Reino.

La primera de ellas, la del candil que no se trae para ponerlo debajo del celemín (las notas de la Biblia de Jerusalén dice que “en la antigüedad, el celemín era un pequeño mueble de tres o cuatro patas) o debajo de la cama, sino para ponerlo en el candelero para que alumbre. Termina Jesús esa breve parábola con la frase que le escucharemos decir en más de una ocasión: “El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Jesús utiliza imágenes, situaciones, gestos, que les son familiares a la gente, para transmitir la realidad invisible del Reino. Probablemente ha visto a su propia madre en muchas ocasiones traer un candil, al caer la noche, para iluminar la habitación en que se encontraban. Él echa mano de esa imagen sencilla, doméstica, familiar, para enseñarnos la actitud que debemos tener respecto a la Palabra de Dios que recibimos. Esa Palabra de Vida eterna no es para esconderla, sino para ponerla en un lugar visible para que todos se beneficien de su Luz.

Jesús nos ha dicho que tenemos que ir por todo el mundo a proclamar la Buena Noticia del Reino (Mc 16,15), a ser la “luz del mundo”. La versión de Mateo de este pasaje, que el evangelista coloca inmediatamente después del sermón de las Bienaventuranzas, es más explícita, y nos muestra a Jesús diciendo (Mt 15,14): “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.

En la parte del ritual del Bautismo que llamamos effetá (palabra aramea que significa “ábrete”), el ministro traza la señal de la cruz tocando los oídos y los labios del bautizando, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de Dios y sus labios para proclamarla, es decir, cumplir la misión profética para la cual somos ungidos en el Sacramento.

Lo hemos dicho muchas veces, cuando recibimos la Palabra de Dios en nuestros corazones, no podemos quedárnosla para nosotros, tenemos que compartir la Buena Nueva del Reino con todos, como los enfermos a quienes Jesús curaba y les pedía que guardaran silencio, que no podían contenerse y salían corriendo a contárselo a todos.

Y como a los discípulos, a quienes explicaba las cosas del Reino en privado, tenemos que pedir al Espíritu que nos permita recibir esas verdades “ocultas” que Jesús quiere transmitirnos, para “ponerlas en alto” y que se “descubran” ante los demás. De ahí el mandato de Jesús: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”.

Yo me atreví. Y tú, ¿te atreves? Anda, ¡Atrévete!