REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) – 16-10-20

Cuidado con la levadura de los fariseos (o sea, con su hipocresía).

Una antigua historia de los indios norteamericanos cuenta que una mañana un viejo Cherokee le contó a su nieto acerca de una batalla que ocurre en el interior de las personas y le dijo:

“Hijo mío, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros”.

“Uno es Malvado – Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego..”

“El otro es Bueno – Es alegría, paz amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe”.

El nieto lo meditó por un minuto y luego preguntó a su abuelo:

“¿Qué lobo gana?”

El viejo Cherokee respondió,

“Aquél al que tú alimentes”.

De ese mismo modo dentro de cada uno de nosotros se libra una batalla entre dos “cristianos” distintos que habitan en nuestro interior: De un lado el “fariseo” (las raíces del fariseísmo no desaparecieron con el advenimiento del cristianismo) que se concentra en el cumplimiento ritual, “practica” los sacramentos y se le ve en todas las celebraciones litúrgicas con un aire de santidad, mientras mira con desdén, orgullo, aire de superioridad y ego engrandecido a todos los “pecadores”. De otro lado habita aquél que está siempre atento a la escucha la Palabra de Dios, permite que esa Palabra penetre en lo más profundo de su ser, haciéndole reconocer su pequeñez e incapacidad de obtener la salvación por sus propios medios y méritos, y está siempre en actitud de benevolencia, compasión, acogida y misericordia hacia los hermanos.

En la lectura evangélica de hoy (Lc 12,1-7) Jesús previene a sus discípulos (a nosotros) contra el fariseísmo: “Cuidado con la levadura de los fariseos (o sea, con su hipocresía). Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo”.

Nos está diciendo, no solo que temamos a “la levadura” de los fariseos, o sea, su hipocresía, sino que nos aseguremos de no sucumbir a la tentación de “alimentar” el fariseísmo, la hipocresía de creernos superiores a los demás, porque a la larga nuestros propios actos nos acusarán ya que “nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse”.

Esta lectura, aunque toma la forma de una diatriba en contra de los fariseos, es en realidad una invitación a que alimentemos a ese “lobo” que habita en nosotros que es alegría, paz amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe, del que le hablaba el abuelo Cherokee a su nieto.

¿A quién vamos a temer? ¿Al “qué dirán” de los demás, o al que tiene poder para matar y después echar al infierno? En otras palabras, ¿a cuál de los dos “lobos” vamos a alimentar?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 26-08-20

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre”.

En la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 23,27-32), Jesús continúa su diatriba contra los escribas y fariseos a quienes llama hipócritas. La palabra “hipócrita” se deriva de un vocablo griego que se refiere a la función de desempeñar un papel en una obra teatral, es decir, a actuar. De hecho, ese era el término que se usaba para designar a los actores teatrales. También se designaban con ese nombre las máscaras que utilizaban en el teatro. De ahí, el vocablo evolucionó para referirse a las personas que “actúan” en su vida cotidiana, es decir, que fingen ser lo que en realidad no son.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crímenes”. El término “sepulcro encalado” (otras traducciones utilizan “sepulcro blanqueado”) se deriva de la costumbre judía de encalar, o pintar con cal, las lápidas de los sepulcros para no tocarlas sin querer, pues de hacerlo incurrían en impureza legal. Según la ley judía, todo el que tocase un cadáver, o una tumba que albergara un cadáver, incurría en impureza y tenía que someterse a ritos de purificación y ofrecer sacrificios para quedar “limpio”.

De nuevo vemos en la actitud de los escribas y fariseos el énfasis en lo exterior por encima de la actitud interior, de la intención. Si tocas la lápida, aunque no sepas que tiene un cadáver adentro, incurres en impureza. La “pureza ritual” por encima de la pureza de corazón. Por el contario, aunque tu alma esté llena de pecado y podredumbre, mientras mantengas la apariencia exterior das cumplimiento a la ley. La configuración perfecta del “actor”, el hipócrita griego, el “sepulcro blanqueado”.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas!’ Con esto atestiguáis en contra vuestra, que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!”

Esta actitud que Jesús condena nos evoca la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14), quien oraba de pie en el templo diciendo: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano (se refería al publicano que había subido con él al templo). Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. Se olvidaba el fariseo que Dios “ve en lo secreto”, es decir, en nuestro corazón, y nos recompensará según lo que encuentre allí (Cfr. Mt 6,1-6.16-18).

Cada vez que leemos este capítulo 23 de Mateo comenzamos a pensar en cuántos fariseos conocemos, y de seguro identificamos unos cuantos de inmediato. Pero rara vez nos detenemos a mirar en nuestro interior. ¿Será por temor a encontrar el fariseo que allí habita?

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la humildad del publicano de la parábola para, en lugar de señalar con desdén a los que juzgamos “fariseos”, podamos decir de corazón: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 25-08-20

Es lo que el campesino puertorriqueño compara con la hoja del yagrumo, que cuando usted la ve de un lado tiene un color, pero cuando la vira del otro lado, tiene un color diferente.

El evangelio que leemos en la liturgia de hoy (Mt 23,23-26) es una continuación del de ayer que forma parte de ese discurso contra la actitud de los escribas y fariseos que Mateo pone en boca de Jesús en el capítulo 23 de su relato evangélico. Cada una de las críticas va precedida de un “¡Ay!”, que es una traducción bastante libre de la palabra griega en el original Quai, a falta de una palabra equivalente en español. Pero la palabra original lo que expresa, más que una maldición, es dolor, indignación.

Tanto el evangelio de ayer (Mt 23,13-22) como el de hoy, tienen una línea de pensamiento subyacente: Jesús desprecia con vehemencia la hipocresía de los fariseos. Personas que se quedan en los ritos externos y en el “cumplimiento” (palabra compuesta por otras dos: “cumplo” y “miento”) de unos preceptos creados por ellos mismos para su propio beneficio, mientras “descuidan lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad”. Fíjense que Jesús no condena los ritos ni la observancia de la ley (Cfr. Mt 5,18), lo que condena es el quedarse en los ritos y observancia externos sin que estos reflejen una actitud interior conforme a lo que se practica: “Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello”.

A diario vemos los “fariseos” de nuestro tiempo, esas personas que gustan de ocupar los primeros puestos en todas las actividades y celebraciones litúrgicas de la Iglesia, en la oración comunitaria, en las lecturas de la celebración eucarística, en los sacramentos; pero su vida personal, su conducta “fuera del templo”, no guarda relación alguna con esa “religiosidad” demostrada en el Templo. Son meros actores interpretando un “papel” para “las gradas”. Esa es la actitud que Jesús condena cuando dice: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno!” Es lo que el campesino puertorriqueño compara con la hoja del yagrumo, que cuando usted la ve de un lado tiene un color, pero cuando la vira del otro lado, tiene un color diferente.

Son pocas las veces que vemos a Jesús verdaderamente molesto, indignado. Aunque el evangelio no describe la actitud de Jesús cuando pronuncia las palabras que leemos en el pasaje de hoy, no resulta difícil imaginarse hasta el tono de voz que utilizó; el de una persona bien molesta, indignada, como cuando echó a los mercaderes del Templo (Jn 2,13-25).

Jesús nos está diciendo que el verdadero cristiano es una persona “genuina”, sin dobleces, transparente, que practica lo que predica. Nos está diciendo que, aunque no debemos menospreciar los ritos externos (la purificación exterior de “la copa y el plato”), estos tienen menos importancia que la pureza interior. Cuando lleguemos a ese día que nos espera a todos en que tengamos que enfrentarnos a nuestra vida, no se nos preguntará cuántas veces acudimos al templo, ni cuántas veces participamos en los ritos religiosos, ni cuánto diezmamos; se nos preguntará cuánto amamos. Como dijo san Juan de la Cruz: “A la tarde de la vida te examinarán en el amor”.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 28-08-19

En la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 23,27-32), Jesús continúa su diatriba contra los escribas y fariseos a quienes llama hipócritas. La palabra “hipócrita” se deriva de un vocablo griego que se refiere a la función de desempeñar un papel en una obra teatral, es decir, a actuar. De hecho, ese era el término que se usaba para designar a los actores teatrales. También se designaban con ese nombre las máscaras que utilizaban en el teatro. De ahí, el vocablo evolucionó para referirse a las personas que “actúan” en su vida cotidiana, es decir, que fingen ser lo que en realidad no son.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crímenes”. El término “sepulcro encalado” (otras traducciones utilizan “sepulcro blanqueado”) se deriva de la costumbre judía de encalar, o pintar con cal, las lápidas de los sepulcros para no tocarlas sin querer, pues de hacerlo incurrían en impureza legal. Según la ley judía, todo el que tocase un cadáver, o una tumba que albergara un cadáver, incurría en impureza y tenía que someterse a ritos de purificación y ofrecer sacrificios para quedar “limpio”.

De nuevo vemos en la actitud de los escribas y fariseos el énfasis en lo exterior por encima de la actitud interior, de la intención. Si tocas la lápida, aunque no sepas que tiene un cadáver adentro, incurres en impureza. La “pureza ritual” por encima de la pureza de corazón. Por el contario, aunque tu alma esté llena de pecado y podredumbre, mientras mantengas la apariencia exterior das cumplimiento a la ley. La configuración perfecta del “actor”, el hipócrita griego, el “sepulcro blanqueado”.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas!’ Con esto atestiguáis en contra vuestra, que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!”

Esta actitud que Jesús condena nos evoca la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14), quien oraba de pie en el templo diciendo: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano (se refería al publicano que había subido con él al templo). Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. Se olvidaba el fariseo que Dios “ve en lo secreto”, es decir, en nuestro corazón, y nos recompensará según lo que encuentre allí (Cfr. Mt 6,1-6.16-18).

Cada vez que leemos este capítulo 23 de Mateo comenzamos a pensar en cuántos fariseos conocemos, y de seguro identificamos unos cuantos de inmediato. Pero rara vez nos detenemos a mirar en nuestro interior. ¿Será por temor a encontrar el fariseo que allí habita?

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la humildad del publicano de la parábola para, en lugar de señalar con desdén a los que juzgamos “fariseos”, podamos decir de corazón: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”.