REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 19-08-14

camello aguja

La lectura evangélica que contemplamos en la liturgia para hoy (Mt 19,23-30), es la continuación de la del joven rico que se nos propusiera ayer. En esta lectura, Jesús dice a sus discípulos: “Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios”. El “ojo de una aguja” a que se refiere Jesús era un pequeño portón que tenían las puertas principales de las ciudades como Jerusalén, por donde entraban los mercaderes después de la hora que se cerraban las mismas. Si el mercader traía camellos, le resultaba bien difícil entrarlos por “el ojo de la aguja”. Para poder lograrlo (no siempre podían), tenían que quitarle la carga y entrarlos arrodillados. ¿Ven el simbolismo?

De nuevo vemos a Jesús poniendo el apego a la riqueza como impedimento para alcanzar el reino de Dios, pero esta vez es, como ocurre a menudo, en un diálogo aparte con sus discípulos, luego del episodio. Los discípulos acaban de escuchar a Jesús pronunciarse en esos términos y están confundidos, pues en la mentalidad judía la riqueza y la prosperidad son sinónimos de bendición de Dios. ¿Cómo es posible que la riqueza, que es bendición de Dios, sea un impedimento para alcanzar el Reino? Pero Jesús se refiere a la conducta descrita en el Deuteronomio (8,11-18) que nos manda estar alertas, no sea que: “cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes, tu corazón se engría y olvides a Yahvé tu Dios que te sacó de Egipto, de la casa de la servidumbre”.

Jesús lo que nos propone es comprender que para seguirle tenemos que “desposeernos” de todo lo que pueda desviar nuestra atención de Dios como valor absoluto. Tenemos que aprender a depender, no de nuestra propia riqueza ni de aquello que pueda darnos “seguridad” humana, sino de los demás, y ante todo, de Dios, recordando que solo siguiéndole a Él podemos alcanzar la salvación. Por eso cuando los discípulos le preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”, Él les mira y les contesta: “Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo”…. “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”.

Tarea harto difícil, la verdadera “pobreza evangélica”, imposible para nosotros si dependemos de nuestros propios recursos. Solo si nos abandonamos a Dios incondicionalmente podemos lograrlo, porque “Dios lo puede todo” (Cfr. Lc 1,37).

En este pasaje se nos describe, además, la renuncia a las cosas del mundo llevada al extremo, que encontramos en aquellos que abrazan la vida religiosa abandonando “casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras” con tal de seguir a Jesús.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a desprendernos de todo lo que nos impide seguirle plenamente; que podamos hacer de Él, y de su seguimiento, el valor absoluto en nuestras vidas, para así ser acreedores a la vida eterna que Él nos tiene prometida.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (2) 18-08-14

ven-y-sigueme

La liturgia de hoy nos presenta el pasaje del joven rico (Mt 19,16-22). En la misma pregunta del joven encontramos el problema que presenta la situación: “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?” En primer lugar, acepta que el fin del hombre es la “vida eterna”. En segundo lugar, está consciente que para llegar a esa vida eterna hay un solo camino, el camino del bien (“¿qué tengo que hacer de bueno…?”).

En su forma de pensar, típica de la persona adinerada, el joven piensa en términos de “comprar”, “adquirir”, “obtener”. Por eso utiliza este último verbo con relación a la vida eterna al formular su pregunta. Jesús, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, le riposta: “¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Le dice que “uno solo es Bueno”, refiriéndose a Dios. Por eso le dice que tiene que cumplir los mandamientos, que vienen de Él.

El joven insiste diciéndole que él ya cumple con los mandamientos (resulta curioso que Jesús solo menciona los mandamientos que se refieren al prójimo, añadiendo el mandamiento del amor, que no forma parte del decálogo). Para el joven rico, por su posición cómoda, resulta fácil dar limosna a los pobres, pagar el diezmo al templo, “portarse bien”. Pero él quiere asegurarse que pueda “obtener” la vida eterna. Es alguien acostumbrado a adquirir las cosas sin importar el precio. Por eso no estaba preparado para la contestación de Jesús: “vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo”. La Escritura nos dice que “al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico”.

Si analizamos el pasaje, lo que Jesús hace es ponerlo a prueba. La realidad es que la riqueza no es impedimento para la salvación y la vida eterna; lo que sí es impedimento para seguir a Jesús es el apego a esa riqueza, al punto de nublar nuestro entendimiento cuando hay que decidir entre el seguimiento de Jesús y la protección de los bienes materiales. Esos bienes, esas posesiones, nos impiden entregar nuestro corazón totalmente a Dios. Por eso el joven se puso triste, porque su corazón, aunque bueno, estaba atrapado entre dos lealtades: Dios y el “ídolo” del dinero.

Durante las pasadas semanas Jesús nos ha estado hablando de la sencillez, la mansedumbre, la humildad como meta de los que queremos alcanzar la vida eterna. “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios” (Mt 5,3). El “pobre” para Jesús no es el que no tiene bienes, sino más bien aquél que no tiene su corazón puesto en las cosas. Se puede ser relativamente pobre y estar demasiado apegado a las pocas cosas materiales que se tiene; entonces se es como el “joven rico”. Del mismo modo, se puede tener una gran fortuna y vivir para agradar a Dios y ayudar a otros. Esa es la verdadera “pobreza evangélica” que caracteriza al discípulo de Jesús.

En este día, pidámosle al Padre que nos conceda el don de la pobreza evangélica que le es agradable, para que podamos ser dignos ciudadanos del Reino.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 08-08-14

cargar la cruz

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. Con esa sentencia comienza la lectura evangélica que nos regala la liturgia para hoy (Mt 16,24-28).

Jesús no se cansa de repetirlo. Él nos ofrece la vida eterna, la felicidad eterna en Su presencia, arropados de ese Amor infinito que solo Él puede prodigarnos, sin interrupciones, sin distracciones. Disfrutar de la “visión beatífica” de que nos habla santo Tomás de Aquino. ¿A quién le amarga un dulce?, dice el refrán. Pero ese dulce viene acompañado de lo que yo llamo la “letra chica”, que dice: “Carga con tu cruz y sígueme”. Uf, ¡qué difícil! Ahí es donde muchos se desaniman. Entonces resuenan las palabras de Jesús a los Doce cuando muchos de sus discípulos comenzaron a abandonarlo porque encontraban “muy duro” su mensaje: “¿También vosotros queréis marcharos? (Jn 6,67)”.

En una ocasión escuché una homilía en la que el predicador comparaba la cruz que Cristo nos invita a cargar para nuestra salvación, con el efecto secundario de un medicamento capaz de curarte una enfermedad. Se me ocurre tomar como ejemplo la quimioterapia, que es capaz de curar un cáncer o, al menos, prolongar considerablemente la vida del paciente, pero cuyos efectos secundarios pueden ser incómodos, desagradables, y hasta dolorosos. Así, podríamos decir que la cruz es el “efecto secundario” del seguimiento de Jesús.

Si somos capaces de soportar los efectos secundarios de un tratamiento médico para prolongar la vida terrenal, que de todos modos es temporal y va a terminar como quiera, ¿por qué se nos hace tan difícil aceptar la cruz que Cristo nos invita a cargar para alcanzar la vida eterna?

Lo mismo ocurre con los atletas, quienes sufren privaciones, se someten a estrictas disciplinas, y llevan su cuerpo a límites cada vez más extremos, a costa de dolor físico y agotamiento mental, con la esperanza (nunca la certeza) de ganar una carrera, o un partido, o cualquier otro evento deportivo. “Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio, por una incorruptible” (1 Co 9,25). ¿Cuánto más estaremos dispuestos a soportar con tal que alcanzar la “corona de gloria que no se marchita” que Cristo nos tiene prometida? Cfr. 1 Pe 5,4.

El Señor tiene una cruz para cada uno de nosotros. Cuando enfrentado con tu cruz el Señor te pregunte si tú también quieres marcharte, ¿qué le vas a contestar? Recordemos la contestación de Simón Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

Recuerda, el Señor te invita a seguirle. El precio es alto, pero la recompensa es eterna.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DÉCIMO OCTAVA SEMANA DEL T.O. 04-07-14

jeremias yugo

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 14,13-21) es la misma que leímos ayer, décimo octavo domingo del T.O., la versión  de Mateo de la “primera multiplicación de los panes”, por lo que les referimos a nuestra reflexión para ese día.

La primera lectura (Jr 28,1-17) nos presenta una situación que no es ajena a nuestro tiempo: los falsos profetas. Jeremías ha venido denunciando los pecados del pueblo y anunciando el castigo que habría de sobrevenir a manos del rey Nabucodonosor. Como gesto simbólico de lo que le esperaba al pueblo, Yahvé había ordenado a Jeremías colocarse un yugo de madera al cuello, y advertirles al rey Josías y a los embajadores de los reinos vecinos, que no importaba lo que éstos hicieran, Él los iba a someter a todos bajo el yugo de Nabucodonosor (Jr 27).

Dios, conociendo la naturaleza humana, les advirtió: “Vosotros, pues, no oigáis a vuestros profetas, adivinos, soñadores, augures ni hechiceros que os hablan diciendo: “No serviréis al rey de Babilonia”, porque cosa falsa os profetizan para alejaros de sobre vuestro suelo, de suerte que yo os arroje y perezcáis”.

A pesar de esas advertencias, en el pasaje de hoy encontramos a Ananías, profeta de la corte, quien, contrario a lo profetizado por Jeremías, dice que el Señor le reveló que Nabucodonosor sería derrotado por Sedecías y sus aliados, devolviendo al templo todos los tesoros, y a Judea aquellos que ya había sido desterrados (para este momento todavía no se había completado la deportación a Babilonia, y el Templo no había sido destruido aún). Y para enfatizar su “profecía”, Ananías le quitó el yugo de madera que Jeremías llevaba al cuello y lo rompió, diciendo: “Así dice el Señor: ‘Así es como romperé el yugo del rey de Babilonia, que llevan al cuello tantas naciones, antes de dos años’”.

Jeremías, que había deseado que las palabras de Ananías fueran ciertas (“Amén, así lo haga el Señor”), no quiso confrontarlo y decidió marcharse. Pero el Señor le detuvo y le ordenó regresar para decirle a Ananías: “Así dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, yo… pondré yugo de hierro al cuello de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia”. De paso, le anunció la muerte de Ananías antes de un año, lo que, de hecho, ocurrió.

Ananías se presenta como el prototipo del profeta que “acomoda” el mensaje de Dios, escogiendo solo aquellas partes que todos queremos escuchar. ¡Cuántos de esos “profetas de la prosperidad” escuchamos a diario! Por el contrario, tendemos a rechazar el mensaje de aquellos que nos predican el verdadero Evangelio, que implica negaciones, sacrificios, “tomar nuestra cruz de cada día” y abandonarlo todo para seguir a Jesús.

Es bien fácil anunciar la felicidad (es lo que todos deseamos, ¿no?). Por eso cuando escuchamos un mensaje como “Pare de sufrir”, todos corren a buscar el aceite, o el pañuelo, o la rosa, que les va a traer la felicidad y la prosperidad aquí y ahora. Lo cierto es que a quien único trae prosperidad ese mensaje es al falso profeta que vende sueños a quienes el mensaje de Jesús les resulta incómodo.

¡Ojo!, mantengamos los ojos abiertos para no caer presa de esos embaucadores (Cfr. Mt 7,15).

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XVIII DEL T.O. (A) 03-08-14

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Las lecturas de hoy nos hablan de la generosidad de Dios para con su pueblo; de cómo su Palabra nos alimenta con su Amor, que nos sacia y nos da las fuerzas para enfrentar las adversidades que indefectiblemente acompañan al seguimiento (Cfr. Sir 2,1).

En la primera lectura (Is 55,1-3) Dios nos dice: “Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis”. Esos “platos sustanciosos” nos refieren al Amor incondicional de Dios.

En la segunda lectura (Rm 8,35.37-39) san Pablo nos dice que “ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

La lectura evangélica (Mt 14,13-21) nos presenta el pasaje de la “primera multiplicación de los panes”. Un milagro producto de la gratuidad del Amor. Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se retiró a un lugar tranquilo y apartado, como solía hacer cuando quería hablar con el Padre (orar). Esa multitud anónima que le seguía se enteró y acudieron a Él. Nos dice la Escritura que al ver el gentío, a Jesús “le dio lástima”. La versión de Marcos nos dice que Jesús sintió lástima de la multitud porque andaban “como ovejas sin pastor” (Mc 6,34) y se sentó a enseñarles muchas cosas. Mateo nos añade que curó a los enfermos; el prototipo del Buen Pastor que cuida de sus ovejas (Cfr. Jn 10).

Al caer la tarde los discípulos le sugirieron a Jesús que despidiera a la gente para que cada cual resolviera sus necesidades de alimento. La reacción de Jesús no se hizo esperar: “Dadles vosotros de comer”.

Mandó que le trajeran los cinco panes y dos peces que tenían e hizo que la gente se sentara en la yerba. Entonces, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos, y estos se los dieron a la gente.

Como siempre, Jesús, con sus gestos, nos está mostrando el camino a seguir. No se limitó a compadecerse, sentir lástima. Pasó de compadecerse a compartir. Compartió todo lo que tenía: su Palabra, su Persona, y su Pan. Y en ese compartir todo se multiplicó. Ese milagro lo vemos a diario en los que practican la verdadera caridad; no dar lo que sobra, sino lo que tenemos; mucho o poco.

Vemos también en esta perícopa evangélica una prefiguración de la celebración Eucarística, en la cual nos alimentamos primero con la Palabra de Dios para luego participar del Banquete Eucarístico. Es lo que la Iglesia, sucesora de los apóstoles sigue haciendo hoy. Y todo producto del Amor de Dios, que quiso permanecer con nosotros bajo las especies eucarísticas.

La Eucaristía, el verdadero pan, el único capaz de saciar nuestra hambre de Dios, el que nos alimenta para la vida eterna. “Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera” (Jn 6,49-50).

Si todavía no lo has hecho, ve a la Casa del Padre; allí “comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos”… ¡Anda, Él te espera!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. 01-08-14

Mc 6,1-6

“‘Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’. Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe”. Con estas palabras termina el pasaje evangélico que contemplamos en la liturgia de hoy (Mt 13,54-58).

Esas palabras fueron pronunciadas por Jesús luego de que los suyos lo increparan por sentirse “escandalizados” ante sus palabras. Sí, esos mismos que unos minutos antes se sentían “admirados” ante la sabiduría de sus palabras. ¿Qué pudo haber causado ese cambio de actitud tan dramático?

A muchos de nosotros nos pasa lo mismo cuando escuchamos el mensaje de Jesús. Asistimos a un retiro o una predicación y se nos hincha el corazón. Nos conmueven las palabras; sentimos “algo” que no podemos expresar de otro modo que no sea con lágrimas de emoción. ¡Qué bonito se siente! Estamos enamorados de Jesús…

Hasta que nos percatamos que esa relación tan hermosa conlleva negaciones, responsabilidades, sacrificios: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Lc 9, 23). Lo mismo suele ocurrir en otras relaciones como, por ejemplo, el matrimonio. Luego de ese “enamoramiento” inicial en el que todo luce color de rosa, surgen todos los eventos que no estaban en el libreto cuando dijimos: “en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad…”, junto a otras obligaciones. El libro del Apocalipsis lo describe así: “Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes. Date cuenta pues, de dónde has caído,…” (Ap 2,4-5).

No hay duda; el mensaje de Jesús es impactante, nos sentimos “admirados” como se sintieron sus compueblanos de Nazaret. Pero cuando profundizamos en las exigencias de su Palabra, al igual que aquellos, nos “escandalizamos”. Queremos las promesas sin las obligaciones. Por eso “los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Es la naturaleza humana.

Ese es el mayor obstáculo que enfrentamos a diario los que proclamamos el mensaje de Jesús entre “los nuestros”; cuando llega la hora de la verdad, la hora “negarnos a nosotros mismos”, muchos nos miran con desdén y comienzan a menospreciarnos, y hasta intentan ridiculizarnos. Esos son los que no tiene fe: “Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe”.

En el caso del profeta Jeremías, al igual que a Jesús, le costó la vida, siendo eventualmente torturado y asesinado por aquellos a quienes quería ayudar. La primera lectura de hoy (Jr 26,1-9) nos presenta el pasaje en que se le declara “reo de muerte” por el mero hecho de anunciar la Palabra de Dios y denunciar los pecados del pueblo (la misión profética): “Y cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: ‘Eres reo de muerte’”.

Hoy, pidamos al Señor que nos fortalezca el don de la fe para que podamos interiorizar su Palabra y ser sus testigos (Cfr. Hc 1,8).

Que pasen un hermoso fin de semana, y recuerden visitar la Casa del Padre; Él les espera con los brazos abiertos.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. 30-07-14

Papa Francisco lio

En la lectura evangélica (Mt 13,44-46) que nos ofrece la liturgia para hoy, volvemos a contemplar, en forma abreviada, dos de las siete parábolas del Reino: la del tesoro escondido y la de la perla de gran valor, que hemos comentado en días anteriores. ¿Por qué la insistencia de la Liturgia en repetir una y otra vez las parábolas del Reino?

Toda la misión de Jesús puede resumirse en una frase: “[T]engo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4,43). Habiendo sido esa la misión de Jesús, no puede ser otra la misión de la Iglesia. Por eso en sus últimas palabras antes de ascender al Padre, delegó esa misión a la Iglesia: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva (del Reino de Dios) a toda la creación” (Mc 16,15).

Anteriormente hemos señalado que Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, de su verdadero seguidor, no puede haber nada más valioso que los valores del Reino. Por eso tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. O sea, que no puede haber nada que se interponga entre nosotros y los valores del Reino.

El que decide acompañar a Jesús en ese anuncio de la Buena Nueva del Reino, el que pone su vida al servicio de la Palabra para que el Pueblo se convierta, tarde o temprano va a enfrentar el dedo acusador de sus detractores, tal como le sucedió al profeta Jeremías en la primera lectura de hoy (Jr 15,10.16-21): “Soy hombre que trae líos y contiendas a todo el país. No les debo dinero, ni me deben; ¡pero todos me maldicen!”.

Cuando nos enfrentamos a la burla, la persecución, la difamación, en ocasiones nuestra naturaleza humana nos hace dudar, flaquear, como le sucedió a Jeremías: “¿Por qué mi dolor no tiene fin y no hay remedio para mi herida? ¿Por qué tú, mi manantial, me dejas de repente sin agua?” Jeremías se encuentra en un momento de crisis espiritual. En esos momentos de “desierto”, o de “noche oscura”, la voz de Dios no se hace esperar: “Haré que tú seas como una fortaleza y una pared de bronce frente a ellos; y si te declaran la guerra, no te vencerán, pues yo estoy contigo para librarte y salvarte. Te protegeré contra los malvados y te arrancaré de las manos de los violentos”.

Jeremías se lamenta de ser un “hombre que trae líos” con su predicación. Al releer este pasaje no puedo menos que recordar las palabras del papa Francisco a los jóvenes (y a todo el Pueblo de Dios) durante la JMJ en Río de Janeiro: “Espero lío… quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle”. De eso se trata el anuncio del Reino. ¿Qué estás esperando?

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (A) 27-07-14

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En la lectura evangélica (Mt 13,44-46) que nos presenta la liturgia para este decimoséptimo domingo del tiempo ordinario, retomamos la narración de Mateo del segundo gran sermón (también llamado “discurso parabólico”) de Jesús, en el cual nos presenta siete parábolas del Reino. En el evangelio de hoy encontramos tres de esas parábolas; la del tesoro escondido, la de la perla de gran valor y, la que más nos inquieta, la de la red.

Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, del verdadero seguidor de Jesús, no hay más valioso que los valores del Reino; tanto que tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. Y su promesa es generosa, “el ciento por uno” en el presente, y “la vida eterna” en el mundo venidero (Mt 19,27-39; Mc 10,28-31; Lc 18,28-30).

Es cierto que a veces ese “abandonarlo todo” se nos hace difícil, sobre todo cuando a eso tenemos que añadir las persecuciones, las burlas, las humillaciones, las pruebas que encontramos en el camino, que en ocasiones nos hacen dudar… Lo único que nos permite seguir adelante es la certeza de que Dios no nos abandona, y aunque no nos libre de la prueba, nos acompañará en ella. Y aún medio de la prueba podremos sentirnos felices, sabiendo que Él nos ama incondicionalmente y está a nuestro lado, y que nuestros “nombres están inscritos en el cielo” (Cfr. Lc 10,20). Esa es la verdadera “alegría del cristiano”.

Pero la cosa no termina ahí. En la parábola de la red Jesús nos advierte que el anuncio del Reino va dirigido a todos, los “buenos” (los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica), y los malos (los que escuchan la Palabra y la rechazan o la ignoran): “El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Esa última frase, “allí será el llanto y el rechinar de dientes”, aparece al menos cinco veces en Mateo y una en Lucas, siempre relacionada con el Juicio Final. Aunque en lenguaje bíblico el rechinar de dientes aparece como ejemplo de rabia y odio (Cfr. Job 16,9; Sal 35,16; Hc 7,54), cuando se une al llanto se refiere al dolor y la desesperación de los que quedarán excluidos de la salvación.

Esta parábola de la red nos invita a hacer introspección, a analizar nuestra vida de fe. Y la pregunta es obligada: cuando salgan los “ángeles del Señor” a separar los peces buenos de los malos, ¿en cuál de los grupos seré contado?

Lo bueno es que todavía estamos a tiempo; el Señor NUNCA se cansa de tocar a la puerta. Anda, ábrele (tu corazón), Él te lo ha prometido: entrará a tu casa y cenará contigo, y tú con Él (Cfr. Ap 3,20).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. 15-07-14

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Estamos acostumbrados a escuchar a Jesús pronunciar palabras de amor, llenas de misericordia; por eso nos estremece y hasta nos confunde escucharle pronunciar palabras fuertes de reproche y condenación, como las que encontramos en el evangelio de hoy (Mt 11,10-24). Jesús acaba de impartir las instrucciones a sus apóstoles antes de enviarlos en misión. Y hacia el final de esas instrucciones ya les había dicho que si en algún lugar no los recibían bien, que se sacudieran el polvo de los pies y continuaran su camino a otro lugar en el cual estuvieran dispuestos a escucharles.

No hay duda, la Palabra de Jesús a veces nos resulta amenazadora, precisamente por las exigencias de vida que contiene, por lo que yo llamo la “letra chica”. No se trata de un juego, es algo bien serio. Si algo está en “juego” es nuestra salvación, la Vida eterna. Tenemos dos opciones: o aceptamos a Jesús (con todo lo que implica), o lo rechazamos. No hay términos medios. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,15).

Los habitantes de las ciudades que Él menciona en la lectura de hoy, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, donde Él realizó la mayoría de los milagros, donde predicó en las sinagogas y en las ciudades, donde pronunció el discurso de las Bienaventuranzas, no le hicieron caso (Cfr. Jn 1,11). Por eso las compara con ciudades paganas de Tiro, Sidón y Gomorra, y les anuncia que correrán una suerte peor que aquellas.

Jesús se muestra especialmente fuerte con Cafarnaún, la ciudad donde llevó  cabo la parte más significativa de su ministerio, y que sirvió como “centro de operaciones” de su misión evangelizadora: “Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”.

Esa misma Palabra nos pregunta hoy, a cada uno de nosotros: “Y tú, ¿piensas escalar el cielo?”

¿Cuál es tu respuesta?

Está claro, para ser ciudadanos del Reino, y acreedores a la Vida eterna tenemos que imitar a Jesús, que no es otra cosa que vivir la Ley del Amor, que Él mismo resume en dos mandamientos: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37.39). Y el cumplimiento del primero se logra en el cumplimiento del segundo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Cfr. Mt 25, 31-46).

Se lee fácil, pero, Señor, ¡qué difícil se nos hace seguirte!

“Señor, Dios nuestro, abre nuestras mentes y corazones para poder percibir los signos de Tu presencia en el bien que tantos hermanos nos hacen a nosotros mismos y a los demás. Danos la gracia de poder percibir también la presencia de nuestro Señor crucificado en los afligidos y en los que sufren. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. 14-07-14

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La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 10,34-11,1) nos presenta la conclusión del “discurso apostólico”, o de envío de los “doce”, antes de partir por su cuenta a “enseñar y predicar en sus ciudades” (11,1).

Jesús quiere asegurarse que los apóstoles tienen plena consciencia del compromiso que implica el aceptar la misión, y lo difícil, conflictiva y peligrosa que va a ser la misma. Ha utilizado toda clase de ejemplos y alegorías, pero antes de concluir, por si no han entendido el alcance de sus palabras, les habla en lenguaje más directo: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa”.

Así es el mensaje de Jesús, conflictivo. Él no admite términos medios; nos quiere “calientes” o “fríos”, porque los “tibios” no tienen cabida en el Reino (Cfr. Ap 3, 15-16). Ya lo había profetizado el anciano Simeón cuando llevaron al Niño a presentar al Templo: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción” (Lc 2,34).

Todo el que acepta el llamado a predicar la Buena Nueva del Reino va a encontrar oposición, burla, odio, persecución, porque el mensaje de Vida eterna viene acompañado de unas exigencias que no todos están dispuestos a aceptar.

Para enfatizar la radicalidad en el seguimiento que espera de los apóstoles, Jesús lo contrapone a uno de los deberes más sagrados del pueblo judío y del nuestro, el amor paterno y el amor filial: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”.

Jesús utiliza, como lo hace en otras ocasiones, el recurso de la hipérbole con un fin pedagógico. No es que esté renegando de las enseñanzas de los mandamientos y la Ley del amor contendida en las Bienaventuranzas. Nos está diciendo que no puede haber nada que obstaculice el seguimiento radical que se le exige a quien acepta continuar Su misión. Tenemos que estar dispuestos a renunciar a todo, aún a aquellas personas o cosas que son más importantes en nuestras vidas con tal de seguirlo.

Ahí es que el mensaje de Jesús se torna conflictivo. Muchos no están dispuestos a abandonar el confort y la “seguridad” que le brindan las personas, los placeres, las cosas terrenales, para aceptar la invitación a coger nuestra propia cruz y seguirle, confiando tan solo en la promesa de que Él no nos abandonará (Mt 10,24-33).

¡Ay de aquellos que se dejan seducir por los cantos de sirena de las “iglesias de la prosperidad”! Ese no es el mensaje de Jesús.