REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 21-06-19

“Lámpara del cuerpo es el ojo…”

En la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Mt 6,19-23), Jesús comienza planteándonos un tema que es una constante en su enseñanza: el desapego de los bienes terrenales. “No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón”.

“Donde está tu tesoro allí está tu corazón…” Un tesoro es algo precioso, algo que valoramos por encima de otras cosas, cuya posesión nos causa satisfacción, orgullo, felicidad y, más aun, seguridad. Es algo que consideramos especialmente valioso. Por eso el perderlo nos causa tristeza, y hasta angustia.

Jesús nos invita a no poner nuestra confianza, ni nuestro corazón, en las cosas del mundo que por su propia naturaleza son efímeras. Las sedas y maderas más finas pueden ser carcomidas o roídas por la carcoma y la polilla o destruidas por el fuego, y las piedras y metales más preciosos pueden ser presa de los ladrones. Entonces sentiremos que hemos perdido lo más valioso en nuestras vidas.

Por eso Jesús nos invita a poner nuestra confianza, nuestra felicidad, nuestra seguridad en las cosas del cielo. “Bendito quien se fía de Yahvé, pues no defraudará Yahvé su confianza” (Jr 17,7).

“La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!” ¿A qué ojo se refiere Jesús en este pasaje?

Mi gran amiga Minerva Maldonado me refirió en una ocasión al libro de Eclesiástico (Sirácides), en donde se recapitula la creación del hombre (Eclo 17,1-14). Allí se nos dice que Dios, al crear a los hombres “puso en ellos su ojo interior, haciéndolos así descubrir las grandes cosas que había hecho, para que alabaran su Nombre Santísimo y proclamaran la grandeza de sus obras”.

La implicación es clara. Si nos empeñamos en atesorar tesoros en la tierra, estos van a “enfermar” el “ojo interior” que Dios puso en nuestros corazones. Y estaremos a oscuras; y seremos incapaces de reconocer y admirar las maravillas de la creación. Eso, a su vez, nos impedirá alabar su Nombre Santísimo y proclamar la grandeza de sus obras.

Por eso se dice que quien atesora tesoros en la tierra vive en las tinieblas. El que tiene su corazón orientado hacia lo material vive una ceguera espiritual. Las cosas materiales se convierten en una venda que impide que la Luz del Amor de Dios llegue a él y se refleje en sus ojos. De ahí la necesidad de tener nuestros ojos fijos en las “cosas del cielo”, es decir, en Dios-Luz.

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 26,1).

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de apartar todo aquello que opaque nuestro ojo interior, para que podamos contemplar su grandeza y alabarle por siempre.

Que tengan todos un hermoso fin de semana y, no olviden visitar la casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 10-09-19

Finalizada la cincuentena de Pascua con la Solemnidad de Pentecostés que celebráramos ayer, hoy retomamos en Tiempo Ordinario de la Liturgia.

Y para hoy, la liturgia nos regala hoy la versión de Mateo del pasaje de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Esta versión es la que da el nombre de “Sermón de Montaña” o “Sermón del Monte” a este pasaje pues, contrario a Mateo, la versión de Lucas nos presenta a Jesús pronunciando el discurso de las Bienaventuranzas “en un paraje llano” (Lc 6,17).

La razón para la diferencia entre una y otra versión obedece al fin pedagógico de cada relato evangélico, y al grupo a quien va dirigido. Lucas escribe para fortalecer la fe de los cristianos que ya estaban siendo perseguidos por profesar su fe. Mateo escribe su relato para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo, con el objetivo de probar que Jesús es el Mesías prometido, ya que en Él se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento.

Mateo quiere demostrar además, que en la persona de Jesús se cumple la profecía de Dt 18,18. Para ello recurre a establecer un paralelismo entre Jesús y Moisés: Moisés y Jesús perseguidos en su infancia; Moisés y Jesús ofreciendo un pan de vida, Moisés escribiendo cinco libros (la autoría humana del Pentateuco se le atribuía entonces a Moisés) y Jesús pronunciando cinco grandes discursos.

Finalmente, del mismo modo que Moisés subió al Monte Sinaí, Mateo nos presenta a Jesús subiendo “al monte”. Con ello quiere significar que Jesús va a llevar a cabo la fundación del “nuevo pueblo de Dios” basado en una nueva Alianza, con Jesús como el “nuevo Moisés”.

A diferencia del decálogo, que contiene unos mandatos y unas prohibiciones abstractas, las Bienaventuranzas se refieren a situaciones de hecho concretas (ej. pobreza, llanto, hambre, sed), sufrimientos que viven todos los que trabajan en la construcción de ese nuevo orden al que Jesús se refiere como “el Reino”. Por eso los sujetos de las Bienaventuranzas no son las situaciones, sino las personas que las sufren por causa de la justicia y por seguir los pasos de Jesús. A esos es que quienes Jesús llama “bienaventurados”, a los que están dispuestos a “renunciar a sí mismos” para seguir a Jesús (Cfr. Mt 16,24; Mc 8,34).

Además de las situaciones pasivas que hemos reseñado, hay otras activas, que nos presentan actitudes concretas que los verdaderos discípulos de Jesús han de observar, como la mansedumbre, la misericordia, la limpieza de corazón, y la lucha por la justicia. A estos también Jesús llama “bienaventurados”.

El diccionario de la Real Academia Española define “bienaventurado” como el “que goza de Dios en el cielo”. Y tiene razón, porque las bienaventuranzas nos describen la conducta de los ciudadanos del Reino; ese Reino que ya ha comenzado pero que todavía no ha culminado; el famoso “ya, pero todavía”.

Hemos dicho en otras ocasiones que podemos comenzar a vivir nuestro cielo en la tierra. ¿Cómo?, Jesús nos da la “receta” en las Bienaventuranzas. Y si quisiéramos resumirlas podemos hacerlo en una sola palabra: Amor.

“El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 30-04-19

Como decíamos en nuestra reflexión de ayer, Nicodemo es un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan; personaje importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Durante ese primer encuentro con Jesús, es que se desarrolla el diálogo que se recoge parcialmente entre la lectura evangélica de ayer y la que nos ofrece la liturgia para hoy (Jn 3,5a.7b-15).

Ayer leíamos cómo, cuando Jesús le dijo que “el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios”, Nicodemo le preguntó: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?”.

Y es esa pregunta de Nicodemo la que provoca las palabras de Jesús con que comienza la lectura de hoy: “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”.

Nicodemo es incapaz de comprender lo que le dice Jesús. Su mentalidad de fariseo no le permitía ver más allá de la Ley y su cumplimiento. Jesús le está hablando de la verdadera Libertad que solo el Espíritu (que es el Amor entre el Padre y el Hijo) puede darnos. Ese concepto de libertad en el Espíritu que Jesús le planteaba resultaba incomprensible para él.

La idea de “nacer de nuevo” resulta irrisoria, imposible, para todo aquél que no ha conocido el Amor de Dios, ese Amor que nos hace comprender que para Dios todo es posible y que solo podemos alcanzar la Libertad plena abrazando la Cruz de su Hijo.

Entonces Jesús le dice: “Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo?” El cielo del que le habla Jesús a Nicodemo (y a nosotros) no hay que buscarlo en las alturas; es la experiencia de hacerse uno con el Padre como Él lo es. Es esa toma de conciencia grande y profunda de que Dios está con uno y uno está con Dios, en un pacto producto de la Libertad que solo puede provenir del Amor.

“Si permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32); libres, no para “hacer lo que nos dé la gana”, sino libres para amar. Porque como hemos dicho en ocasiones anteriores, la “verdad” a la que se refiere Jesús es el Amor incondicional de Dios. Ese es el concepto de Libertad que nos plantea Jesús; libertad que le hizo optar libremente por la Cruz, y que Él trata de comunicar a Nicodemo pero que este no puede entender: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Y tú, ¿le crees?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (C) 13-01-19

La Iglesia Universal celebra hoy la fiesta litúrgica del Bautismo del Señor, que marca el fin del tiempo litúrgico de Navidad. El Bautismo de Jesús es otra de las grandes epifanías (manifestaciones) de Jesús, y la liturgia nos regala como primera lectura un pasaje del profeta Isaías (42,1-4.6-7) que prefigura la lectura evangélica de hoy, que es la versión de Lucas del Bautismo de Jesús (3,15-16.21-22).

En la primera lectura el Señor se manifiesta por boca de Isaías: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu”. Como podemos apreciar, el paralelismo de este pasaje con el Evangelio es asombroso: “Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’”.

En la Solemnidad de la Epifanía decíamos que la Iglesia celebra tres epifanías importantes: La Epifanía ante los Reyes Magos, la Epifanía a Juan el Bautista en el Río Jordán cuando Jesús fue bautizado, y la Epifanía a sus discípulos en las Bodas de Caná. En la que celebramos hoy, no solo experimentamos una manifestación de Jesús; tenemos una verdadera teofanía en la que se manifiestan las tres personas de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Ese gesto de Jesús de bautizarse como “uno más”, junto a los pecadores, sin necesitar bautismo por estar libre de todo pecado, enfatiza el carácter totalizante de la encarnación. Jesús se hizo uno con nosotros, uno de nosotros. Pero su doble naturaleza se revela en el Espíritu que desciende sobre Él y la voz del Padre que le llama “Hijo” (“Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios”. – Lc 1,35). La versión de la Biblia de Jerusalén, un poco más fiel al original, nos dice que la voz que se escuchó del cielo dijo: “Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado”.

Con esa “apertura” del cielo seguida de la frase que acabamos de escuchar, se establece una nueva relación entre Dios y la humanidad a través del Ungido. Así, todos los que nacemos del agua y del Espíritu por medio del Bautismo, que nos convierte en “hijos” del Padre y, por tanto, hermanos de Jesús y coherederos de la Gloria, podemos llamar a Dios “Padre”, y Él puede llamarnos “hijos”. San Pablo nos lo explica así: “En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!” (Rm 8,14-15).

El Espíritu Santo que impulsó a Jesús a su misión redentora, y le acompañará a lo largo de toda ella, es el mismo que se derramó sobre todos los que hemos sido bautizados, haciéndonos partícipes de la misma Vida y el mismo Espíritu del Señor, y llamándonos a continuar Su obra salvadora, convirtiéndonos en “Evangelios vivientes” en el mundo y en la historia.

Es el mismo Espíritu que hace posible la conversión de las especies eucarísticas en el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesús. ¿Quieres ser testigo de ese milagro? Anda, ve a la Casa del Padre. Él te espera con los brazos abiertos esperando que le digas Abbá y confundirse contigo en un abrazo.

REFLEXIÓN PARA LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS (02-11-18)

Hoy estamos publicando desde temprano nuestra acostumbrada reflexión para el día siguiente, ya que estamos prestos a partir para desempeñar nuestro servicio a la Orden de Predicadores.

Hoy celebramos la conmemoración de todos los fieles difuntos, y uno de los  Evangelios que nos propone la liturgia para hoy es Jn 14,1-6. Jesús sabe que su fin está cerca y quiere preparar a sus discípulos o, más bien, consolarlos, brindarles palabras de aliento. La mentalidad judía concebía el cielo como un lugar de muchas estancias o habitaciones. Pero Jesús le añade un elemento adicional: esas “estancias” están en la casa del Padre (“En la casa de mi Padre hay muchas estancias”), y esa casa es “su Casa” (más adelante, en los versículos 9 al 11 del mismo capítulo, les confirmará la identidad existente entre el Padre y Él).

Pero Jesús va más allá. Les promete que va a “prepararles” un lugar, y que cuando esté listo va a volver para llevarles con Él a la Casa del Padre (“volveré y os llevaré conmigo”). Es decir, no los va a abandonar; meramente va a prepararles un lugar, “para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. Sabemos que el cielo no es un lugar, sino más bien un estado de ser, un estar ante la presencia de Dios y arropados por su Amor por toda la eternidad. Jesús nos hace partícipes de su naturaleza divina, y nos permite hacerlo desde “ya”, como un anticipo de lo que nos espera en la vida eterna (Cfr. Gál 2,20).

Antes de irse, Jesús nos dejó un “mapa” de cómo llegar a la Casa del Padre. Cuando Él les dice a los discípulos que “adonde yo voy, ya sabéis el camino”, y Tomás le pregunta que cómo pueden saber el camino, Jesús pronuncia uno de los siete “Yo soy” (Cfr. Ex 3,14) que encontramos en el Evangelio según san Juan: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. La fórmula es sencilla. Para llegar a la Casa del Padre hay un solo camino: Jesús.

En esta conmemoración de los fieles difuntos la Iglesia nos invita a orar por aquellos que han muerto y que se encuentran en el Purgatorio, es decir, todos aquellos que mueren en gracia y amistad de Dios pero que tienen alguna que otra “mancha” en su túnica blanca. La Iglesia nos enseña que con nuestras oraciones podemos ayudar a ese proceso de “purificación” que tienen que pasar antes de poder pasar a formar parte de aquella “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”, que nos presentaba la liturgia de ayer (Ap 7,9). Esta tradición de orar por los difuntos la deriva la Iglesia del segundo libro de los Macabeos, en el que Juan Macabeo “mandó ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2 Mac. 12, 46). Por cierto, este último libro, sin el cual la historia del Pueblo de Israel se queda trunca, no figura en le versión protestante de la Biblia.

Hoy, elevemos una plegaria por todos los seres queridos que nos ha precedido, para que el Señor en su infinita misericordia perdone aquellas faltas que por su fragilidad humana puedan haber cometido, pero que no les hacen merecedores del castigo eterno, de manera que puedan comenzar a ocupar esa “estancia” que Jesús les tiene preparada en la Casa del Padre.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 17-07-18

Estamos acostumbrados a escuchar a Jesús pronunciar palabras de amor, llenas de misericordia; por eso nos estremece y hasta nos confunde escucharle pronunciar palabras fuertes de reproche y condenación, como las que encontramos en el evangelio de hoy (Mt 11,20-24). Jesús acaba de impartir las instrucciones a sus apóstoles antes de enviarlos en misión. Y hacia el final de esas instrucciones ya les había dicho que si en algún lugar no los recibían bien, que se sacudieran el polvo de los pies y continuaran su camino a otro lugar en el cual estuvieran dispuestos a escucharles.

No hay duda, la Palabra de Jesús a veces nos resulta amenazadora, precisamente por las exigencias de vida que contiene, por lo que yo llamo la “letra chica”. No se trata de un juego, es algo bien serio. Si algo está en “juego” es nuestra salvación, la Vida eterna. Tenemos dos opciones: o aceptamos a Jesús (con todo lo que implica), o lo rechazamos. No hay términos medios. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,15).

El seguimiento de Jesús no es fácil; su lenguaje es duro, sin “adornos”, por eso muchos de sus discípulos al oírle optaron por abandonarlo (Cfr. Jn 6,60.66), ante lo cual Jesús se dirigió a los Doce diciendo: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67).

Los habitantes de las ciudades que Él menciona en la lectura de hoy, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, donde Él realizó la mayoría de los milagros, donde predicó en las sinagogas y en las ciudades, donde pronunció el discurso de las Bienaventuranzas, no le hicieron caso (Cfr. Jn 1,11). Por eso las compara con ciudades paganas de Tiro, Sidón y Gomorra, y les anuncia que correrán una suerte peor que aquellas.

Jesús se muestra especialmente fuerte con Cafarnaún, la ciudad donde llevó  cabo la parte más significativa de su ministerio, y que sirvió como “centro de operaciones” de su misión evangelizadora: “Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”.

Esa misma Palabra nos pregunta hoy, a cada uno de nosotros: “Y tú, ¿piensas escalar el cielo?”

¿Cuál es tu respuesta?

Está claro, para ser ciudadanos del Reino, y acreedores a la Vida eterna tenemos que imitar a Jesús, que no es otra cosa que vivir la Ley del Amor, que Él mismo resume en dos mandamientos: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37.39). Y el cumplimiento del primero se logra en el cumplimiento del segundo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Cfr. Mt 25, 31-46).

Se lee fácil, pero, Señor, ¡qué difícil se nos hace seguirte!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 10-04-18

Nicodemo es un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan; personaje importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Durante ese primer encuentro con Jesús, es que se desarrolla el diálogo que se recoge parcialmente en la lectura que nos ofrece la liturgia para hoy (Jn 3,5a.7b-15).

En el pasaje que le precede inmediatamente, y que hubiésemos leído ayer, de no haberse trasladado a Solemnidad de la Anunciación, vemos cómo, cuando Jesús le dijo que “el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios”, Nicodemo le preguntó: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?”.

Y es esa pregunta de Nicodemo la que provoca las palabras de Jesús con que comienza la lectura de hoy: “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”.

Nicodemo es incapaz de comprender lo que le dice Jesús. Su mentalidad de fariseo no le permitía ver más allá de la Ley y su cumplimiento. Jesús le está hablando de la verdadera Libertad que solo el Espíritu (que es el Amor entre el Padre y el Hijo) puede darnos. Ese concepto de libertad en el Espíritu que Jesús le planteaba resultaba incomprensible para él.

La idea de “nacer de nuevo” resulta irrisoria, imposible, para todo aquél que no ha conocido el Amor de Dios, ese Amor que nos hace comprender que para Dios todo es posible y que solo podemos alcanzar la Libertad plena abrazando la Cruz de su Hijo.

Entonces Jesús le dice: “Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo?” El cielo del que le habla Jesús a Nicodemo (y a nosotros) no hay que buscarlo en las alturas; es la experiencia de hacerse uno con el Padre como Él lo es. Es esa toma de conciencia grande y profunda de que Dios está con uno y uno está con Dios, en un pacto producto de la Libertad que solo puede provenir del Amor.

“Si permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32); libres, no para “hacer lo que nos dé la gana”, sino libres para amar. Porque como hemos dicho en ocasiones anteriores, la “verdad” a la que se refiere Jesús es el Amor incondicional de Dios. Ese es el concepto de Libertad que nos plantea Jesús; libertad que le hizo optar libremente por la Cruz, y que Él trata de comunicar a Nicodemo pero que este no puede entender: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Y tú, ¿le crees?

REFLEXIÓN PARA LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS 02-11-16

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Hoy celebramos la conmemoración de todos los fieles difuntos, y uno de los Evangelios que nos propone la liturgia para hoy es Jn 14,1-6. Jesús sabe que su fin está cerca y quiere preparar a sus discípulos o, más bien, consolarlos, brindarles palabras de aliento. La mentalidad judía concebía el cielo como un lugar de muchas estancias o habitaciones. Pero Jesús le añade un elemento adicional: esas “estancias” están en la casa del Padre (“En la casa de mi Padre hay muchas estancias”), y esa casa es “su Casa” (más adelante, en los versículos 9 al 11 del mismo capítulo, les confirmará la identidad existente entre el Padre y Él).

Pero Jesús va más allá. Les promete que va a “prepararles” un lugar, y que cuando esté listo va a volver para llevarles con Él a la Casa del Padre (“volveré y os llevaré conmigo”). Es decir, no los va a abandonar; meramente va a prepararles un lugar, “para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. Sabemos que el cielo no es un lugar, sino más bien un estado de ser, un estar ante la presencia de Dios y arropados por su Amor por toda la eternidad. Jesús nos hace partícipes de su naturaleza divina, y nos permite hacerlo desde “ya”, como un anticipo de lo que nos espera en la vida eterna (Cfr. Gál 2,20).

Antes de irse, Jesús nos dejó un “mapa” de cómo llegar a la Casa del Padre. Cuando Él les dice a los discípulos que “adonde yo voy, ya sabéis el camino”, y Tomás le pregunta que cómo pueden saber el camino, Jesús pronuncia uno de los siete “Yo soy” (Cfr. Ex 3,14) que encontramos en el Evangelio según san Juan: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. La fórmula es sencilla. Para llegar a la Casa del Padre hay un solo camino: Jesús.

En esta conmemoración de los fieles difuntos la Iglesia nos invita a orar por aquellos que han muerto y que se encuentran en el Purgatorio, es decir, todos aquellos que mueren en gracia y amistad de Dios pero que tienen alguna que otra “mancha” en su túnica blanca. La Iglesia nos enseña que con nuestras oraciones podemos ayudar a ese proceso de “purificación” que tienen que pasar antes de poder pasar a formar parte de aquella “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”, que nos presentaba la liturgia de ayer (Ap 7,9). Esta tradición de orar por los difuntos la deriva la Iglesia del segundo libro de los Macabeos, en el que Judas Macabeo “mandó ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2 Mac. 12, 46).

Hoy, elevemos una plegaria por todos los seres queridos que nos ha precedido, para que el Señor en su infinita misericordia perdone aquellas faltas que por su fragilidad humana puedan haber cometido, pero que no les hacen merecedores del castigo eterno, de manera que puedan comenzar a ocupar esa “estancia” que Jesús les tiene preparada en la Casa del Padre.