REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA OBLIGATORIA DE NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN DE LOS DOLORES 15-09-20

Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»

Ayer celebrábamos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz que nos invitaba a fijar nuestra mirada en el Crucificado. Hoy la Iglesia nos invita a contemplar a aquella que fue testigo y partícipe del sacrificio de la Cruz, celebrando la memoria obligatoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores (la “Dolorosa”). Y a propósito de esta memoria la liturgia nos brinda uno de los pasajes evangélicos más conocidos e interpretados del Nuevo Testamento (Jn 19,25-27). El pasaje nos muestra a las tres Marías (María, la Madre de Jesús, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena) al pie de la cruz, y “cerca” al discípulo amado. Nos dice la Escritura que “Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.»  Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”.

Aparte de la cuestión legal-cultural de la necesidad de una mujer no quedarse sin la protección de un hombre que velara por sus derechos, la interpretación de este pasaje ha ido evolucionando a lo largo de la historia de la Iglesia, especialmente en cuanto al papel de María en ese momento crucial de su misión. Las palabras de Jesús en esos, sus últimos momentos de vida, sirven para proyectar el significado de la escena más allá del ámbito de aquél momento tan íntimo entre la Madre y el Hijo.

En las palabras de Jesús podemos ver cómo Jesús constituye a María madre espiritual de todos los creyentes; tanto de la Iglesia, como de cada uno de nosotros individuamente, representados en la persona del discípulo amado. Como dijera el Papa León XIII: “En la persona de Juan, según el pensamiento constante de la Iglesia, Cristo quiere referirse al género humano y particularmente a todos los que habrían de adherirse a él con la fe”.

María ejerció su papel de madre de la Iglesia, y de los discípulos, desde los comienzos de la Iglesia, reuniendo a estos últimos junto a ella en oración tras la muerte y resurrección de Jesús (Hc 1,14).

Yo no tengo la menor duda de que la presencia de María, la llena de gracia, en aquella estancia superior, precipitó la venida del Espíritu Santo sobre los presentes aquél día de Pentecostés. María, constituida ya por su Hijo en madre espiritual de todos, continuó animando y ejerciendo su cuidado maternal sobre aquellos que continuarían la labor misionera de su Hijo. Así, como Madre solícita, está siempre pendiente a nuestras necesidades para recabar la intervención de su Hijo cuando se necesario para que la obra de su Hijo no se vea frustrada. Si lo hizo en Caná de Galilea por los novios (Jn 2-1-11), ¿cómo no lo va a hacer por nosotros, los que seguimos a su Hijo, el mismo que nos la entregó como madre al pie de la Cruz?

¿Qué hijo no va a recurrir a su madre en los momentos difíciles, con la certeza de que en sus brazos va a encontrar el consuelo, la paz que tanto necesita? No temas acudir a ella en tus momentos de tribulación; ella te acogerá en su regazo y allí te sentirás seguro, amado… Y ya nada podrá perturbarte.

Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 17-08-19

“¡Joven, yo te lo mando: levántate!”

La liturgia para hoy nos presenta como relato evangélico (Lc 7,11-17) la reanimación del hijo de la viuda de Naín por parte de Jesús.

En este pasaje es producto de uno de los atributos de Jesús: la compasión. Recordemos que en la cultura judía una mujer viuda que no tuviera un hombre que le diera estatus legal no tenía derechos, estaba destinada a una vida de miseria. Por tanto, para una mujer viuda perder su único hijo era una desgracia que iba mucho más allá del dolor de la pérdida del hijo de sus entrañas. Por eso Jesús le encargó a su Madre, la Virgen María, al discípulo amado al pie de la cruz.

El relato nos dice que, al ver a la viuda, Jesús “se compadeció de ella” (una traducción bastante pobre). Conmovido en sus entrañas, decidió devolver la dignidad, la seguridad a aquella pobre mujer.

En el relato se puede apreciar también la ternura, otro atributo de la Misericordia de Dios. El pasaje nos dice que Jesús se acercó a la viuda y le dijo: “No llores”. No resulta difícil visualizar el rostro de ternura que acompañó esas palabras. Imagino que Jesús posó su mano sobre el hombro de la viuda al pronunciar esas palabras. Luego se acercó al ataúd y lo tocó (algo prohibido en la ley judía). ¡Cuántas veces en nuestra oración al estar pasando un momento de tristeza sentimos la tierna voz de Jesús que nos dice: “No llores”! Palabras que son un bálsamo para el alma adolorida.

No hay duda de que la revivificación se efectúa por el poder de Dios. Nos narra el Evangelio que al tocar el ataúd Jesús dijo: “¡Joven, yo te lo mando: levántate!”, e “inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar”. Mas Jesús no se conformó con revivificar al joven. El pasaje nos dice que “Jesús se lo entregó a su madre”. Lo mismo que haría meses más tarde con el discípulo amado (que nos representa a todos) al pie de la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26).

No debemos perder de perspectiva que, en este caso, como en otros, tal como el de Lázaro, los difuntos fueron reanimados, no resucitados. Se trató de una recuperación temporal de la vida. Eventualmente todos morirían nuevamente. No será sino hasta más tarde que Jesús, con su gloriosa Resurrección, nos mostrará el camino a otro tipo de vida a la que todos vamos a resucitar para reinar junto a Él por toda la eternidad (Cfr. Ap 22,5).

Otro elemento que queremos resaltar en esta perícopa es que termina con una acción de gracias y alabanza a Dios: “Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: ‘Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo’”.

Señor, Tú que eres Dios de vivos y tienes palabras de vida eterna, compadécete de nosotros, pecadores, y danos la gracia de ser acreedores a la vida eterna que nos has prometido.