REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TRIGÉSIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 23-11-19


“Ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección”.

“No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. Con esta aseveración Jesús remata su contestación a otra pregunta capciosa que los saduceos que le habían planteado en la lectura evangélica que contemplamos hoy (Lc 20,27-40). Este es uno de esos pasajes del Evangelio que nos narran los tres sinópticos (Ver: Mt 22,23-33; Mc 12,18-27) con un paralelismo asombroso. Lo podemos enmarcar en el contexto de las polémicas de Jesús con sus opositores, los “intelectuales” de la época (escribas, ancianos, fariseos, herodianos, saduceos), todos conocedores de la Ley y las Escrituras. Las preguntas que estos le plantean son hipócritas, formuladas no con el deseo de saber la respuesta, sino para ver si Jesús “resbala” o contradice la Escritura, y así acusarlo o, al menos hacerle lucir mal.

Pero en este, como en los otros episodios similares encontramos a un Jesús conocedor de las Escrituras y maestro del arte de debate, que sabe utilizar las mismas escrituras para rebatir los argumentos de sus detractores.

El mismo pasaje nos dice que los saduceos no creían en la resurrección. Aun así, le formulan la pregunta: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.

Jesús, conocedor de la Escritura y de las doctrinas de las diversas sectas religiosas de la época, sabía que los saduceos no reconocían la totalidad de la Biblia Judía, sino solo el Pentateuco (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento). Por eso, además de decirles que están equivocados, que la resurrección no conlleva una reanimación de nuestro cuerpo mortal con todas sus apetencias, sino que seremos “como ángeles del cielo”, hace referencia al pasaje del Pentateuco (Ex 3,6) que citamos al principio.

Jesús aclara este concepto también para beneficio de los fariseos quienes, a pesar de que creían en la resurrección, tenían un concepto más físico del fenómeno. Él deja claro que en la “la vida futura” ya las personas no se casarán ni tendrán hijos, pues no habrá necesidad de descendencia, porque “ya no pueden morir” (Cfr. Ap 21,4), y estaremos disfrutando de la vida que no acaba.

El mensaje central de este pasaje evangélico es este: que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos”. Por eso los cristianos no le tememos a la muerte, pues sabemos que esta no es más que el paso a la vida eterna, donde disfrutaremos de la presencia de Dios por toda la eternidad.

Estamos a escasos días del comienzo del Adviento; tiempo que nos prepara para ese gran misterio de amor de un Dios que se hace niño, un Dios que se humana, para con su muerte y resurrección mostrársenos como un Dios que está vivo, que es vida, y que nos da la vida, porque Él “no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”.

Que pasen un hermoso fin de semana y no olviden visitar Su casa. Él está vivo y nos espera…

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (C) 10-11-19

“Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?”

El tema dominante de la liturgia de este trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario (Ciclo C) es la resurrección de los muertos.

La primera lectura, tomada del segundo libro de los Macabeos (7,1-2.914) nos narra la historia de siete hermanos que fueron arrestados y hechos azotar junto a su madre por negarse a cumplir con el mandato del rey Antíoco IV Epifanes que pretendía obligarles a comer carne de cerdo prohibida por la Ley. Pero ellos se mantuvieron firmes en su fe. Uno de ellos le dijo: “¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres”. Mientras otro manifestaba su confianza en la resurrección a la vida eterna: “Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna”.

En la lectura evangélica (Lc 20,27-38), continuamos acompañando a Jesús en esa “última subida” que comenzó en Galilea y culminará en Jerusalén, durante la cual Jesús ha estado instruyendo a sus discípulos. Hoy se le acercan unos saduceos y le ponen a prueba con una de esas preguntas cargadas que sus detractores suelen formularle. Los saduceos eran un “partido religioso” de los tiempos de Jesús quienes no creían en la resurrección, porque entendían que esa doctrina no formaba parte de la revelación de Dios que habían recibido de Moisés. De hecho, la doctrina de la resurrección aparece hacia el siglo VI antes de Cristo en una de las revelaciones contenidas en el libro de Daniel (12,2): “Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán”.

Hoy los saduceos le plantean a Jesús el caso hipotético de la mujer que enviuda del primero de siete hermanos sin tener descendencia, se casa con el hermano de su esposo (Cfr. Dt 25,5-10), enviuda de este y así de con todos los demás. Entonces le preguntan que al ésta morir, “cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.

La explicación de Jesús es sencilla: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección”. En otras palabras, como no pueden morir, ya no tendrán necesidad de multiplicarse, que es el fin primordial del matrimonio (Cfr. Gn 1,28).

Y como para rematar, dice a sus detractores: “Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor ‘Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob’. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. Podemos afirmar que hay resurrección porque Dios nos creó para la vida, no para la muerte, y la resurrección es la culminación de nuestra existencia (Cfr. Ap 7,9).

El “Dios de vivos” te espera en Su casa. No desaproveches la invitación. Si no lo has hecho, todavía estás a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 17-08-19

“¡Joven, yo te lo mando: levántate!”

La liturgia para hoy nos presenta como relato evangélico (Lc 7,11-17) la reanimación del hijo de la viuda de Naín por parte de Jesús.

En este pasaje es producto de uno de los atributos de Jesús: la compasión. Recordemos que en la cultura judía una mujer viuda que no tuviera un hombre que le diera estatus legal no tenía derechos, estaba destinada a una vida de miseria. Por tanto, para una mujer viuda perder su único hijo era una desgracia que iba mucho más allá del dolor de la pérdida del hijo de sus entrañas. Por eso Jesús le encargó a su Madre, la Virgen María, al discípulo amado al pie de la cruz.

El relato nos dice que, al ver a la viuda, Jesús “se compadeció de ella” (una traducción bastante pobre). Conmovido en sus entrañas, decidió devolver la dignidad, la seguridad a aquella pobre mujer.

En el relato se puede apreciar también la ternura, otro atributo de la Misericordia de Dios. El pasaje nos dice que Jesús se acercó a la viuda y le dijo: “No llores”. No resulta difícil visualizar el rostro de ternura que acompañó esas palabras. Imagino que Jesús posó su mano sobre el hombro de la viuda al pronunciar esas palabras. Luego se acercó al ataúd y lo tocó (algo prohibido en la ley judía). ¡Cuántas veces en nuestra oración al estar pasando un momento de tristeza sentimos la tierna voz de Jesús que nos dice: “No llores”! Palabras que son un bálsamo para el alma adolorida.

No hay duda de que la revivificación se efectúa por el poder de Dios. Nos narra el Evangelio que al tocar el ataúd Jesús dijo: “¡Joven, yo te lo mando: levántate!”, e “inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar”. Mas Jesús no se conformó con revivificar al joven. El pasaje nos dice que “Jesús se lo entregó a su madre”. Lo mismo que haría meses más tarde con el discípulo amado (que nos representa a todos) al pie de la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26).

No debemos perder de perspectiva que, en este caso, como en otros, tal como el de Lázaro, los difuntos fueron reanimados, no resucitados. Se trató de una recuperación temporal de la vida. Eventualmente todos morirían nuevamente. No será sino hasta más tarde que Jesús, con su gloriosa Resurrección, nos mostrará el camino a otro tipo de vida a la que todos vamos a resucitar para reinar junto a Él por toda la eternidad (Cfr. Ap 22,5).

Otro elemento que queremos resaltar en esta perícopa es que termina con una acción de gracias y alabanza a Dios: “Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: ‘Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo’”.

Señor, Tú que eres Dios de vivos y tienes palabras de vida eterna, compadécete de nosotros, pecadores, y danos la gracia de ser acreedores a la vida eterna que nos has prometido.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 07-06-17

“No es Dios de muertos, sino de vivos”. Con esta aseveración Jesús remata su contestación a otra pregunta capciosa que los saduceos que le habían planteado en la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 12,18-27).  En días recientes hemos estado leyendo esta especie de recopilación que Marcos hace de las polémicas de Jesús con sus opositores, los “intelectuales” de la época (escribas, ancianos, fariseos, herodianos, saduceos), todos conocedores de la Ley y las Escrituras. Las preguntas que le plantean son hipócritas, formuladas no con el deseo de saber la respuesta, sino para ver si Jesús “resbala” o contradice la Escritura, y así hacerle lucir mal.

Pero en este, como en los otros episodios similares encontramos a un Jesús conocedor de las Escrituras y maestro del arte de debate, que sabe utilizar las mismas escrituras para rebatir los argumentos de sus detractores.

El mismo pasaje nos dice que los saduceos no creían en la resurrección. Aun así, le formulan la pregunta: “Maestro, Moisés nos dejó escrito: ‘Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano’. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.

Jesús, conocedor de la Escritura y de las doctrinas de las diversas sectas religiosas de la época, sabía que los saduceos no reconocían la totalidad de la Biblia Judía, sino solo el Pentateuco (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento). Por eso, luego de decirles que están equivocados, que la resurrección no conlleva una reanimación de nuestro cuerpo mortal con todas sus apetencias, sino que seremos “como ángeles del cielo”, les cita el pasaje del Pentateuco (Ex 3,6).

Jesús nos dice que una vez resucitados a la vida eterna, nuestra única preocupación al igual que los ángeles, será servir, alabar, y “contemplar continuamente el rostro del Padre” (Cfr. Mt 18,10); la “visión beatífica”, que según la doctrina católica es privilegio de los ángeles y de los justos (los fallecidos en gracia de Dios).

Jesús aclara este concepto también para beneficio de los fariseos quienes, a pesar de que creían en la resurrección, tenían un concepto más físico del fenómeno. Él deja claro que en la “otra vida” ya las personas no se casarán ni tendrán hijos, pues no habrá necesidad de descendencia, porque “ya no habrá muerte” (Cfr. Ap 21,4), y estaremos disfrutando de la vida que no acaba.

Por eso, el mensaje central de este pasaje evangélico es este: que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos”.

“Señor, tú eres el Dios vivo y el Dios de la alianza de la vida y del amor leal. Guárdanos en tu amor y guarda la promesa de vida que nos has dado por medio de tu Hijo Jesucristo” (Oración colecta).