REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 23-03-18

“Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”. Esa ha sido la constante en los relatos evangélicos de los días recientes. La autoridades, los componentes del poder ideológico-religioso de la época, ya habían puesto en marcha su conspiración para acabar con Jesús. Había que eliminarlo. Pero su hora no había llegado aún. Cuando llegue la hora Él no opondrá resistencia, y enfrentará con valentía, no solo el poder ideológico-religioso, representado por el Sumo Sacerdote Caifás y el Sanedrín, sino también el poder político, representado por el rey Herodes Antipas y el Procurador romano Poncio Pilato.

En el relato evangélico de hoy (Jn 10,31-42) encontramos a Jesús enfrentando a unos judíos que se disponían a apedrearlo. Jesús los confronta con todos los portentos y prodigios que ha obrado “por encargo” de su Padre, y ellos insisten en apedrearlo, no por las buenas obras que ha realizado, sino por blasfemo, al atribuirse a sí mismo el ser Dios. Los judíos que le rodean están tan concentrados en la letra de la Ley que no pueden ver que tienen a Dios delante de ellos, no tienen fe. Creen en Dios pero no creen en Su Palabra que se hace presente entre ellos.

En el sermón de la Montaña Jesús había dicho: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Si no abro mi corazón al amor incondicional de Dios (la “Verdad”) y comparto ese amor con mi prójimo, especialmente los más necesitados, jamás veré el rostro de Dios aunque lo tenga delante de mí (Cfr. Mt 25,31-46). Me pasará igual que a aquellos judíos que lo tuvieron ante sí y no le reconocieron, a pesar de todas las pruebas que se les presentaron.

Como no había llegado su hora, el Señor lo protegió y permitió que escapara. En la misma situación vemos al profeta Jeremías en la primera lectura (Jr 20,10-13). Jeremías fue llamado por Dios al profetismo a temprana edad. Por eso puso resistencia cuando recibió su vocación: “¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven”. El Señor le dijo que no aceptaba esa excusa, y le prometió su protección (1,8).

A pesar de su corta edad, Jeremías fue llamado a denunciar los graves pecados del pueblo, sus infidelidades a la Alianza. Y al igual que Cristo, fue perseguido, y conspiraron para atraparlo y acabar con él. “‘Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo’. Mis amigos acechaban mi traspié: ‘A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él’”. Pero el profeta confió en la palabra de Dios y siguió adelante. “El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”.

Es la oración de petición confiada y fervorosa que encontramos en el Salmo (17) de hoy: “En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó”.

Asimismo tenemos que aprender a confiar en el Señor cuando se nos persiga, o se mofen de nosotros causa del Evangelio. “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador”.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 10-06-17

El pasaje del Evangelio de Marcos que contemplamos hoy (12,38-44) se desarrolla justo a la entrada del Templo, ante el vestíbulo, donde estaban colocadas trece grandes arcas que conformaban la “tesorería” del Templo. Allí depositaban las ofrendas los fieles, y comunicaban sus intenciones al encargado de contabilizar el valor de cada ofrenda.

La lectura nos dice que Jesús estaba observando a la gente que echaba dinero; estudiando los gestos, “viendo” con los ojos de Dios dentro de los corazones de todos los que desfilaban frente al arca de las ofendas. Allí vio unos ricos que echaban donativos “en cantidad” en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Jesús, que es Dios, sabe que era todo lo que aquella pobre mujer tenía.

Vemos una marcada diferencia en el significado de cada ofrenda. La viuda le entrega a Dios su pobreza, le ha dado lo único que posee. Los ricos, por el contrario, le entregan su poder y privilegios, le han dado lo que les sobra.

Siempre que leemos este pasaje hablamos de la importancia de ser generosos al momento de ofrendar, o de practicar la caridad; de dar de lo que tenemos, no de lo que nos sobra. Pensemos por un momento a la inversa. ¿Podríamos aplicar le enseñanza de este pasaje a Dios? Si Dios nos hubiese dado solo de lo que le sobra, ¿nos habría dado a su único Hijo para salvarnos? En el momento que esto ocurre Jesús sabe que le quedan apenas unos días de vida. Sabe que su Padre, que es Dios, lo va a ofrendar a Él, que también es Dios; es decir, que Dios se va a ofrendar a sí mismo, dando no solo lo que tiene, sino lo que es.

Tal vez por eso Jesús presta tanta importancia al gesto de aquella viuda que entregó su posibilidad de sobrevivir, confiando, como lo hizo la viuda de Sarepta, en la palabra del Señor cuando dijo que “el tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará” (1 Re 17,7-16).

Ese Jesús que nació pobre, teniendo por cuna un pesebre (Lc 2,7), vivió como pobre, no teniendo donde recostar la cabeza (Mt 18,20), e iba morir, también pobre, teniendo como fortuna su ropa (Jn 19,24), estaba a punto de ofrendar, al igual que la viuda, todo lo que tenía: su vida misma, su persona.

Ayer comentábamos que el Reinado que Jesús vino a instaurar está cimentado en el Amor, no en la riqueza ni el poder terrenal. Dios no es un Rey que vino de paseo a la tierra para mostrar su poder ni para devolverle el poder político a su Pueblo. Por el contrario, vino para hacerse pobre y esclavo de todos, y así mostrar su grandeza; para con su gesto comprar para nosotros la libertad que no puede restringirse con cadenas: la libertad de sabernos amados por un Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación.

Que pasen todos un hermoso fin de semana; y no olviden visitar el Templo, como lo hizo aquella viuda…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 09-06-17

 

La lectura evangélica que nos propone la Liturgia hoy (Mc 12,15-37) es tan corta como profunda: “En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: «¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, inspirado por el Espíritu Santo, dice: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies’. Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?»

La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo”.

Durante los pasados días hemos estado leyendo cómo los escribas, fariseos, sacerdotes, doctores de la Ley y herodianos, continuamente interrogan a Jesús delante de la multitud, sin éxito, en un burdo intento de ponerlo en aprietos.

Hoy vemos que es Jesús quien toma la iniciativa y formula una pregunta que pone en aprietos a sus interlocutores. Para ello, como siempre que debate con sus opositores, echa mano de su vasto conocimiento de las Escrituras, y cita el Salmo 109 (que se le atribuía a David), en el cual este llama “Señor” a su descendiente y Mesías. Por eso la pregunta con la cual Jesús “remata” su argumento: “Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?”

Esa pregunta, sobre la identidad de Jesús (¿quién es en realidad Jesús?), resuena a lo largo de todo el relato evangélico de Marcos. Y todo su Evangelio, escrito para los paganos de la región de lo que hoy es Italia, va dirigido a contestar esa pregunta: Jesús es el Hijo de Dios; el verdadero y único Dios. Además, Marcos acentúa la doble naturaleza de Jesús (una sola persona; dos naturalezas: divina y humana).

Así, Marcos presenta a los paganos un Jesús poderoso en obras. Él solo hace todo lo que los dioses paganos hacen parcialmente. Luego, Jesús es realmente Dios. Además, Marcos nos presenta también un Jesús cercano, familiar, que conoce los sentimientos y emociones de los hombres. Jesús es Dios y hombre verdadero.

En el Evangelio según san Marcos Jesús se también se presenta como el cumplimiento y realización de las promesas y esperanzas mesiánicas del Pueblo de Israel, pero desvestidas de las expectativas que encarnaban al Mesías esperado (“Hijo de David”) en un rey temporal que los iba a liberar del yugo del Imperio Romano, devolviendo a Israel el poderío político y económico del que disfrutó durante el reinado de David. Contrario a esas expectativas, Jesús se presenta ante el Pueblo como alguien diferente: el verdadero Hijo de Dios, el Mesías que viene a dar cumplimiento al proyecto del Padre que es la construcción del Reino, Reino cimentado en el Amor, Reino que no es de este mundo (Cfr. Jn 18,36). Ese concepto de mesianismo no se acomodaba a los intereses judíos y por eso lo rechazaron (Cfr. Jn 1,11).

El último verso de este pasaje nos dice que “la gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo”. Esa multitud anónima, la misma que recibió a Jesús con vítores durante su entrada triunfal a Jerusalén, terminaría crucificándolo una semana después. ¿Dónde quedó el “disfrute”? Como siempre, el nacionalismo y la violencia resultaron más atractivos a la multitud que el mensaje de Amor de Jesús.

Miremos a nuestro alrededor… ¿Es diferente hoy?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 07-04-17

“Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”. Esa ha sido la constante en los relatos evangélicos de los días recientes. La autoridades, los componentes del poder ideológico-religioso de la época, ya habían puesto en marcha su conspiración para acabar con Jesús. Había que eliminarlo. Pero su hora no había llegado aún. Cuando llegue la hora Él no opondrá resistencia, y enfrentará con valentía, no solo el poder ideológico-religioso, representado por el Sumo Sacerdote Caifás y el Sanedrín, sino también el poder político, representado por el rey Herodes Antipas y el Procurador romano Poncio Pilato.

En el relato evangélico de hoy (Jn 10,31-42) encontramos a Jesús enfrentando a unos judíos que se disponían a apedrearlo. Jesús los confronta con todos los portentos y prodigios que ha obrado “por encargo” de su Padre, y ellos insisten en apedrearlo, no por las buenas obras que ha realizado, sino por blasfemo, al atribuirse a sí mismo el ser Dios. Los judíos que le rodean están tan concentrados en la letra de la Ley que no pueden ver que tienen a Dios delante de ellos, no tienen fe. Creen en Dios pero no creen en Su Palabra que se hace presente entre ellos.

En el sermón de la Montaña Jesús había dicho: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Si no abro mi corazón al amor incondicional de Dios (la “Verdad”) y comparto ese amor con mi prójimo, especialmente los más necesitados, jamás veré el rostro de Dios aunque lo tenga delante de mí (Cfr. Mt 25,31-46). Me pasará igual que a aquellos judíos que lo tuvieron ante sí y no le reconocieron, a pesar de todas las pruebas que se les presentaron.

Como no había llegado su hora, el Señor lo protegió y permitió que escapara. En la misma situación vemos al profeta Jeremías en la primera lectura (Jr 20,10-13). Jeremías fue llamado por Dios al profetismo a temprana edad. Por eso puso resistencia cuando recibió su vocación: “¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven”. El Señor le dijo que no aceptaba esa excusa, y le prometió su protección (1,8).

A pesar de su corta edad, Jeremías fue llamado a denunciar los graves pecados del pueblo, sus infidelidades a la Alianza. Y al igual que Cristo, fue perseguido, y conspiraron para atraparlo y acabar con él. “‘Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo’. Mis amigos acechaban mi traspié: ‘A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él’”. Pero el profeta confió en la palabra de Dios y siguió adelante. “El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”.

Es la oración de petición confiada y fervorosa que encontramos en el Salmo (17) de hoy: “En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó”.

Asimismo tenemos que aprender a confiar en el Señor cuando se nos persiga, o se mofen de nosotros causa del Evangelio. “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador”.