REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 05-05-18

En la lectura del evangelio que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 15,18-21), que forma parte de la gran oración de Jesús en la última cena, Él le dice a los apóstoles: “Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia”. En el evangelio que leíamos ayer ya Jesús les había manifestado que fue él quien les eligió, y hoy vemos que a reglón seguido les advierte que han de seguir su misma suerte. Ya desde la presentación en el Templo, Simeón había profetizado que el niño iba a ser signo de contradicción (Lc 2,34).

Jesús nos ha “sacado de este mundo” para que anunciemos a todos un nuevo modo de comprender el mundo y la vida, la Buena Noticia, que es Palabra de Dios, palabra que es viva y eficaz “y más cortante que espada alguna de dos filos”, que “penetra hasta la última división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón (Hb 4,12). Por eso, los que están “en el mundo” se sienten señalados y se incomodan ante el anuncio de la Palabra. De ahí que el mundo nos “odie”, nos persiga, como lo hicieron con Él.

Jesús sigue invitándonos a seguir sus pasos, a compartir su destino, pero nos advierte que el precio puede ser alto. Y tú, ¿estás dispuesto a seguirle?

Antes de contestar esa pregunta, echemos un vistazo a la primera lectura (Hc 16,1-10), en la que continuamos viendo la acción decidida del Espíritu Santo en la expansión de la Iglesia por el mundo greco-romano, y cómo guía a los discípulos en esa misión: “Como el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y Galacia. Al llegar a la frontera de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Troas”.  Aquella noche Pablo tuvo una visión en la que se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba ir a Macedonia a ayudarlos. Pablo y Timoteo partieron de inmediato para Macedonia, seguros de que Dios los llamaba a predicar el Evangelio a los macedonios.

Está claro, es Jesús quien escoge y convoca a sus discípulos, y a través de su Santo Espíritu los envía y les dice cuándo y dónde tienen que evangelizar. Por eso tenemos que aprender a orar, invocar, adorar, y ser dóciles al Espíritu Santo. Si intentamos valernos tan solo de nuestras propias fuerzas y capacidades, y llevar el mensaje de salvación a donde nos parezca, nuestra predicación será estéril. Tal vez podremos presentar una imagen “estática” de Jesús, pero seremos incapaces de transmitir el fuego que solo la experiencia del amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo puede brindarnos.

Que pasen un hermoso fin de semana, recordando visitar la Casa del Padre.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 13-03-18

El simbolismo del agua “inunda” la liturgia de hoy. La primera lectura, tomada del libro de Ezequiel (47,1-9.12) nos muestra una visión del Templo con torrentes de agua brotando de su lado derecho. El torrente de agua era tan abundante que llegó un momento en que no se podía vadear. Y esa agua era agua de vida, que hacía que la tierra diera frutos en abundancia, y hasta llegaba al Mar Muerto devolviendo la vida a sus aguas salobres.

El las Sagradas Escrituras el agua siempre ha sido símbolo de vida y, más aun, de la Vida que Dios nos da. Por eso se le asocia a los tiempos mesiánicos. Cristo ha venido a traer vida en abundancia. Hay quienes ven en el torrente que brota por el lado derecho del templo en esta visión de Ezequiel, una prefiguración del agua que brota del costado derecho de Jesús en la cruz luego del lanzazo, que sellaría la Nueva y Eterna Alianza y daría paso a la Iglesia como “nuevo pueblo” de Dios, instrumento de salvación instituido por Cristo.

En el capítulo siete de Juan el agua se nos presenta como el Espíritu que mana del Cristo glorificado: “‘El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí’. Como dice la Escritura: De su seno brotarán manantiales de agua viva. Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él” (Jn 7,37-39).

El pasaje evangélico de hoy (Jn 5,1-3.5-18) nos presenta el episodio en que Jesús cura a un paralítico que estaba echado en una camilla junto a la piscina de Betesda. Nos dice la Escritura que el hombre llevaba allí treinta y ocho años.

Dos cosas nos llaman la atención sobre este pasaje. Primero, es Jesús quien se toma la iniciativa. Han llegado los tiempos mesiánicos. Es Él quien se acerca al paralítico y le pregunta: “¿Quieres quedar sano?” Una pregunta directa. Jesús sabe que el hombre lleva mucho tiempo, que ha puesto toda su esperanza en el agua de aquella piscina (en los versos 3b-4 se nos dice que cuando el agua que había en ella era agitada por las alas de un ángel del Señor que bajaba de vez en cuando, el primero que se metía se curaba).

Segundo, la respuesta del hombre ante esa pregunta trascendental: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado”. Jesús le había hecho una pregunta directa, lo único que tenía de decir era “sí”. No se daba cuenta que tenía ante sí al mismo Dios, aquél de quienes brotan torrentes de agua viva, capaz de echar demonios, curar enfermos, revivir muertos. Está ventilando su frustración, pero más que nada, su soledad: “no tengo a nadie…”

Jesús se compadece y le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. Palabras de vida, palabras de sanación, de alegría. Dentro de toda su frustración y soledad, aquél hombre creyó las palabras de Jesús. Por eso pudo recibir los frutos del milagro. “Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar”.

Jesús nos pregunta hoy si queremos quedar sanados de nuestros pecados. ¿Qué le vamos a contestar?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 12-03-18

La primera lectura que nos presenta la liturgia para hoy (65,17-21), está tomada del “Tercer Isaías”, que comprende los capítulos 56 al 66 de ese libro. Estos capítulos, escritos por un autor anónimo y atribuidos al profeta Isaías. Fueron escritos durante la “era de la restauración”, luego del regreso del pueblo judío a su país tras el destierro en Babilonia. Es un libro lleno de esperanza y alegría, dentro de la devastación que encontró el pueblo en Jerusalén a su regreso del destierro.

La lectura continúa el ambiente festivo del domingo lætare que celebrábamos ayer: “Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear. Mirad: voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos”.

Es un anticipo de la promesa de la “nueva Jerusalén” que san Juan nos presentará luego en el Apocalipsis en un ambiente de boda (uno de mis pasajes favoritos): “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios – con – ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado’” (Ap 21,1-4).

Es una promesa del Señor. Hay una sola condición: escuchar Su Palabra y creerle al que le envió. Y eso tiene que llenarnos de alegría. Así como el pueblo de Israel se levantó de entre las cenizas de una Jerusalén y un Templo destruidos, esta lectura nos prepara para la alegría de la Vigilia Pascual cuando resuene en los templos de todo el mundo el Gloria, anunciando la Resurrección de Jesús.

La lectura evangélica (Jn 4,43-54) nos presenta el pasaje de la curación del hijo de un funcionario real. Lo curioso de este episodio es que es un pagano quien nos revela la verdadera naturaleza de la fe: una confianza plena y absoluta en la palabra y la persona de Jesús, que le hace resistir los reproches iniciales de Jesús (“Como no veáis signos y prodigios, no creéis”) y le impulsa a actuar según esa confianza, sin necesidad de ningún signo visible. Creyó en Jesús, y “le creyó” a Jesús. Eso fue suficiente para emprender el camino de regreso a su casa con la certeza de que Jesús le había dicho: “Anda, tu hijo está curado”. Él creyó que su hijo estaba sano, y este fue sanado.

Nosotros tenemos la ventaja del testimonio de Su gloriosa Resurrección. Aun así, tenemos que preguntarnos: ¿Realmente le creo a Jesús?

En esta Cuaresma, oremos: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (B) 04-03-18

Continuamos adentrándonos en el tiempo de Cuaresma. El Evangelio de hoy (Jn 2,13-25) resalta la sacralidad del Templo. Ya desde el Antiguo Testamento Dios había enseñado a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), y acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13). Recordemos que para los judíos (a veces olvidamos que Jesús nació y murió siendo judío) el Templo era sinónimo de la presencia de Dios; era el lugar donde Dios habitaba, Su “casa”, a diferencia de la sinagoga, que era tan solo un lugar donde se congregaban para orar, y escuchar la Palabra y las enseñanzas de los maestros (“rabinos”).

La lectura evangélica de hoy hace patente la importancia que el mismo Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Esa afirmación de Jesús, que la lectura nos aclara se refería al “templo de su cuerpo”, nos va preparando para el drama de la Pasión y subsiguiente Resurrección de Jesús que culmina este tiempo especial de la Cuaresma,

Años más tarde san Pablo nos recordará que nosotros, al convertirnos en otros “cristos”, somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Cor 3,16-17). “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

“El celo de tu casa me devora”… Esa frase retumba en mi mente cada vez que entro en un templo y encuentro a la mayoría de los feligreses “socializando” y hablando nimiedades, en voz alta, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas. En esos momentos entiendo lo que Jesús sintió cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, y los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también (en las hostias consagradas que resguardan nuestros sagrarios), comportándonos con el respeto y decoro que merecen.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR 02-02-18

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de la Presentación del Señor. Esta fiesta conmemora el momento en que, en cumplimiento de la Ley de Moisés, la Sagrada Familia acude al Templo para la purificación de la madre (Lv 12,1-4), la ofrenda del primogénito a Dios (Ex 13,2; Núm 18,15), y su rescate mediante un sacrificio. Según Lv 12,1-4, la madre quedaba impura por cuarenta días después del parto por haber derramado sangre, y tenía que acudir al Templo para su purificación. En esa misma fecha tenía que ofrecer el primogénito a Dios. Por eso la liturgia coloca esta Fiesta cuarenta días después de la Navidad. Con esta celebración se cierra el tríptico que comienza con la Natividad el Señor, sigue en la Epifanía y culmina con la Presentación.

La entrada de Jesús en brazos de su Madre en el Templo representa el cumplimiento de la profecía de Malaquías que leemos como primera lectura (3,1-4): “De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis”.

Como lectura alterna la liturgia nos ofrece la Carta a los Hebreos (2,14-18), que nos presenta a Jesús como el “sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere”. Así, nos presenta un sacerdote que se sometió a la Ley y los mandatos de Padre para expiar nuestros pecados.

Está claro; Jesús es Dios, no necesita presentarse a sí mismo. Pero Él optó por hacerse igual en todo a nosotros, excepto en el pecado (Hb 4,15), y eso incluye el cumplimiento de la Ley y la obediencia al Padre (Cfr. Mt 5,17-18): “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice”. Él mismo quiso sentir el peso de la Ley, quiso ser uno con nosotros, aún en el dolor: “Como Él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”.

Así, el Evangelio (Lc 2,22-40) nos narra el episodio de la Presentación. Lucas es el único de los evangelistas que nos narra ese importante evento en la vida de Jesús.

Las palabras de Simeón anuncian el cumplimiento de la profecía de Malaquías. Tomando al Niño en brazos exclamó: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. A renglón seguido dice a María: “Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Cuando María entró al Templo con el Niño en brazos para presentarlo, dando una muestra de obediencia al Padre (Cfr. Lc 1,38), sabía que no solo lo estaba presentando y ofreciendo a Dios en el Templo, lo estaba presentando y ofreciendo a toda la humanidad. Sí; a ti y a mí. De ese modo estaba cooperando en la obra salvadora de su Hijo. Las palabras de Simeón ponen de manifiesto el papel de María en el misterio de la redención. Al entregar a su Hijo, se estaba entregando también a sí misma a la misión redentora de este. María corredentora…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 14-08-17

La primera lectura para hoy, tomada del libro del Deuteronomio (10,12-22), nos presenta a Moisés formulando al pueblo de Israel una pregunta que podemos aplicarnos a nosotros mismos: “¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios?” La contestación que el propio Moisés nos da es tan sencilla como profunda: temer a Dios, amarle, servirle, ser fiel a sus preceptos y mandatos. Podría decirse que esa contestación resume el libro del Deuteronomio.  Sí, sencilla como sencillo es Dios. Somos nosotros los que nos empeñamos en hacerlo complicado.

Más adelante en la lectura Moisés añade: “sólo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó (de nuevo el amor), y de su descendencia os escogió a vosotros entre todos los pueblos, como sucede hoy”. Sí, Dios escogió al pueblo de Israel de entre todos los pueblos para ser su Dios, y a Israel para que fuese su pueblo. Una Alianza que se traduce en un pacto de amor, que tendrá su culminación en la Nueva y definitiva Alianza sellada con la sangre de Jesús, que hizo extensivas las promesas de la Alianza a todo el que crea en Él y en su palabra salvífica.

Gracias a ello cada uno de nosotros puede decir: “Sólo de mí se enamoró el Señor, me amó y me escogió para la vida eterna”. No lo olvides; Dios te ama con pasión y ansía ser reciprocado ¿Y cómo vamos a reciprocarle? Amando al Cristo que vive en cada uno de nuestros hermanos, especialmente los más débiles y necesitados (Cfr. Mt 25,40).

La lectura evangélica (Mt 17,22-27), por su parte, nos presenta uno de esos pasajes en que Jesús no aparece haciendo grandes portentos, sino más bien en su vida diaria como uno más de nosotros. El impuesto de los “dos dracmas” que el colector de impuestos reclama es uno que se cobraba para el mantenimiento del Templo. Jesús es superior al Templo, pero aun así paga sus impuestos; no reclama privilegios para sí, cumple con su deber ciudadano.

Hace un tiempo leía una reflexión sobre este pasaje que señalaba un simbolismo profundo en ese gesto de Jesús de decirle a Pedro que eche un anzuelo, coja el primer pez que pique, coja la moneda de plata que va encontrar en la boca del pez, y con ella pague el impuesto por ambos: “Cógela y págales por mí y por ti”. Con ese gesto parece decirle a Pedro que sus destinos están unidos, que han de correr la misma suerte (al principio del pasaje acababa de hacer un anuncio de su pasión), que persevere en su misión.

Más adelante, Jesús habría de pagar “por ti y por mí”, con su propia vida, nuestra redención (en el mundo antiguo “redención” era el precio que se pagaba por la libertad de un esclavo), para luego resucitar en toda su gloria y mostrarnos el camino que le espera a todo el que le siga.

Jesús ya pagó por ti y por mí y te entrega el boleto de entrada a la Casa del Padre. El boleto tiene una sola condición: “Ámense unos a otros, como yo los amo a ustedes” (Jn 13,14). ¿Lo aceptas?

Que pasen una hermosa semana llena de la PAZ que solo el sabernos amados por Dios puede traernos,

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 10-06-17

El pasaje del Evangelio de Marcos que contemplamos hoy (12,38-44) se desarrolla justo a la entrada del Templo, ante el vestíbulo, donde estaban colocadas trece grandes arcas que conformaban la “tesorería” del Templo. Allí depositaban las ofrendas los fieles, y comunicaban sus intenciones al encargado de contabilizar el valor de cada ofrenda.

La lectura nos dice que Jesús estaba observando a la gente que echaba dinero; estudiando los gestos, “viendo” con los ojos de Dios dentro de los corazones de todos los que desfilaban frente al arca de las ofendas. Allí vio unos ricos que echaban donativos “en cantidad” en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Jesús, que es Dios, sabe que era todo lo que aquella pobre mujer tenía.

Vemos una marcada diferencia en el significado de cada ofrenda. La viuda le entrega a Dios su pobreza, le ha dado lo único que posee. Los ricos, por el contrario, le entregan su poder y privilegios, le han dado lo que les sobra.

Siempre que leemos este pasaje hablamos de la importancia de ser generosos al momento de ofrendar, o de practicar la caridad; de dar de lo que tenemos, no de lo que nos sobra. Pensemos por un momento a la inversa. ¿Podríamos aplicar le enseñanza de este pasaje a Dios? Si Dios nos hubiese dado solo de lo que le sobra, ¿nos habría dado a su único Hijo para salvarnos? En el momento que esto ocurre Jesús sabe que le quedan apenas unos días de vida. Sabe que su Padre, que es Dios, lo va a ofrendar a Él, que también es Dios; es decir, que Dios se va a ofrendar a sí mismo, dando no solo lo que tiene, sino lo que es.

Tal vez por eso Jesús presta tanta importancia al gesto de aquella viuda que entregó su posibilidad de sobrevivir, confiando, como lo hizo la viuda de Sarepta, en la palabra del Señor cuando dijo que “el tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará” (1 Re 17,7-16).

Ese Jesús que nació pobre, teniendo por cuna un pesebre (Lc 2,7), vivió como pobre, no teniendo donde recostar la cabeza (Mt 18,20), e iba morir, también pobre, teniendo como fortuna su ropa (Jn 19,24), estaba a punto de ofrendar, al igual que la viuda, todo lo que tenía: su vida misma, su persona.

Ayer comentábamos que el Reinado que Jesús vino a instaurar está cimentado en el Amor, no en la riqueza ni el poder terrenal. Dios no es un Rey que vino de paseo a la tierra para mostrar su poder ni para devolverle el poder político a su Pueblo. Por el contrario, vino para hacerse pobre y esclavo de todos, y así mostrar su grandeza; para con su gesto comprar para nosotros la libertad que no puede restringirse con cadenas: la libertad de sabernos amados por un Dios que se ofrece a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación.

Que pasen todos un hermoso fin de semana; y no olviden visitar el Templo, como lo hizo aquella viuda…

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR 02-02-17

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de la Presentación del Señor. Esta fiesta conmemora el momento en que, en cumplimiento de la Ley de Moisés, la Sagrada Familia acude al Templo para la purificación de la madre (Lv 12,1-4), la ofrenda del primogénito a Dios (Ex 13,2; Núm 18,15), y su rescate mediante un sacrificio. Según Lv 12,1-4, la madre quedaba impura por cuarenta días después del parto por haber derramado sangre, y tenía que acudir al Templo para su purificación. En esa misma fecha tenía que ofrecer el primogénito a Dios. Por eso la liturgia coloca esta Fiesta cuarenta días después de la Navidad. Con esta celebración se cierra el tríptico que comienza con la Natividad el Señor, sigue en la Epifanía y culmina con la Presentación.

La entrada de Jesús en brazos de su Madre en el Templo representa el cumplimiento de la profecía de Malaquías que leemos como primera lectura (3,1-4): “De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis”.

Como lectura alterna la liturgia nos ofrece la Carta a los Hebreos (2,14-18), que nos presenta a Jesús como el “sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere”. Así, nos presenta un sacerdote que se sometió a la Ley y los mandatos de Padre para expiar nuestros pecados.

Está claro; Jesús es Dios, no necesita presentarse a sí mismo. Pero Él optó por hacerse igual en todo a nosotros, excepto en el pecado (Hb 4,15), y eso incluye el cumplimiento de la Ley y la obediencia al Padre (Cfr. Mt 5,17-18): “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice”. Él mismo quiso sentir el peso de la Ley, quiso ser uno con nosotros, aún en el dolor: “Como Él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”.

Así, el Evangelio (Lc 2,22-40) nos narra el episodio de la Presentación. Lucas es el único de los evangelistas que nos narra ese importante evento en la vida de Jesús.

Las palabras de Simeón anuncian el cumplimiento de la profecía de Malaquías. Tomando al Niño en brazos exclamó: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. A renglón seguido dice a María: “Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Cuando María entró al Templo con el Niño en brazos para presentarlo, dando una muestra de obediencia al Padre (Cfr. Lc 1,38), sabía que no solo lo estaba presentando y ofreciendo a Dios en el Templo, lo estaba presentando y ofreciendo a toda la humanidad. Sí; a ti y a mí. De ese modo estaba cooperando en la obra salvadora de su Hijo. Las palabras de Simeón ponen de manifiesto el papel de María en el misterio de la redención. Al entregar a su Hijo, se estaba entregando también a sí misma a la misión redentora de este. María corredentora…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 22-11-16

con vuestra perseverancia salvareis

“Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Esas palabras, pronunciadas por Jesús a sus discípulos, conforman el Evangelio de hoy (Lc 21,12-19).

Jesús continúa su “discurso escatológico” que comenzara ayer; habla de lo que habría de suceder a sus discípulos antes de la destrucción la ciudad de Jerusalén y del Templo (año 70 d.C.). Curiosamente, cuando Lucas escribe su relato evangélico, ya esto había sucedido (Lucas escribe su evangelio entre los años 80 y 90). El mismo Lucas, en Hechos de los Apóstoles, nos narra las peripecias de los apóstoles Pedro, Pablo, Juan, Silas, y otros, y cómo los apresan, los desnudan, los apalean, y los meten en la cárcel por predicar el Evangelio, y cómo tienen que comparecer ante reyes y magistrados. Tal y como Jesús anuncia que habría de ocurrir.

El mismo libro nos narra que ellos salían de la cárcel contentos, “dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús” (Hc 5,41). Contentos además porque habían tenido la oportunidad de predicar el Evangelio, no solo en la cárcel, sino ante reyes y magistrados. Más aún, confiados en las palabras del mismo Jesús cuando les dijo: “Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. El llamado es a la confianza y la perseverancia; características del discípulo-apóstol; ese que escucha el llamado, lo acoge, y se lanza a la misión que Dios le ha encomendado. Discípulos de la verdad; verdad que hemos dicho es la fidelidad del Amor de Dios que nos lleva a confiar plenamente en Él y en sus promesas; Amor que hace que Jesús diga a sus discípulos: “En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). La promesa va más allá de salvar la vida: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Lo hermoso de la Biblia es su consistencia. Ya Isaías nos transmitía la Palabra de Dios: “Ahora, así dice Yahvé tu creador, Jacob, tu plasmador, Israel. ‘No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán. Si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti. Porque yo soy Yahvé tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador’” (Is 43,1-3). Promesa poderosa… ¿Cómo no poner nuestra confianza en ese Dios?

Jesús es consistente en sus exigencias, pero igual lo es en sus promesas. Y nosotros podremos fallarle, pero Él nunca se retracta de sus promesas.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 22-11-16

no-quedara-piedra-sobre-piedra

En la lectura evangélica para la liturgia de hoy (Lc 21,5-11), Jesús utiliza un lenguaje simbólico muy familiar para los judíos de su época, el llamado género apocalíptico, una especie de “código” que todos comprendían.  Al igual que con la primera lectura (Ap 14,14-19), que participa del mismo género, no podemos hacer una lectura literal de los textos, so pena de caer en interpretaciones erróneas y pasar por alto su sentido profundo.

El Evangelio nos sitúa en el comienzo del último discurso de Jesús, el llamado “discurso escatológico”, en el cual se mezclan dos eventos: el fin de Jerusalén y el fin del mundo, siendo el primero un símbolo del segundo. Ello hace que el mensaje que encierra el pasaje sea válido para todos los tiempos.

Los que seguían a Jesús comentaban sobre la belleza del Templo, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, “por la calidad de la piedra y los exvotos” (los exvotos son los dones u ofrendas como una muleta, una figura de cera, o de plata u otro metal, cabellos, tablillas, cuadros, etc., que los fieles dedican a Dios en señal y recuerdo de un beneficio recibido, y que se cuelgan en los muros o en la techumbre de los templos). Jesús enfatiza la fragilidad y transitoriedad de las obras humanas, por más portentosas que sean: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

La pregunta de los discípulos no se hizo esperar: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?” Nuestra naturaleza humana nos lleva a querer saber cuándo y cómo, y qué señales debemos esperar; esa obsesión con el tiempo lineal, cuando nuestra verdadera preocupación debe ser por las cosas eternas. A lo largo de la historia encontramos personas que se nutren y aprovechan del miedo y la incertidumbre que produce ese “final de los tiempos”. Fue así en tiempos de Jesús y continúa siéndolo hoy. Por eso Jesús advierte a sus discípulos: “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: ‘Yo soy’, o bien ‘El momento está cerca’; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida”.

Son muchas las sectas que han florecido vendiendo un mensaje del fin inminente, para luego tener que cambiar la “fecha” una y otra vez. Me causa una mezcla de lástima y tristeza ver a tantas personas que se llaman católicos, genuinamente preocupados por la supuesta llegada del fin de los tiempos en diversas fechas. Jesús nos advierte contra aquellos que nos digan que “el momento está cerca”. Él mismo nos dice también que: “En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt 24,36).

Para nosotros los cristianos el día y la hora no deben tener importancia alguna. Lo importante es estar preparados, para que cuando llegue el novio, nos encuentre con las lámparas encendidas y con aceite para alimentarlas. Así entraremos con Él a la sala nupcial (Mt 25,1-13).