REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEMANA XXIV DEL T.O. (2) 19-09-14

proclamando-la-Buena-Nueva

La lectura evangélica de hoy (muestra cómo Jesús “iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del Reino de Dios”. Esa era su única preocupación (Lc 4,43), y toda su vida giró en torno a esa misión. Nació pobre y así mismo murió. Le bastaba con tener qué comer y qué vestir, pues el verdadero misionero depende de la Divina Providencia (Cfr. Mt 6,26).

Así, vemos cómo a Jesús y a los Doce les acompañaban un grupo de mujeres “que le ayudaban con sus bienes”. Al igual que aquellas mujeres, todos los cristianos tenemos la obligación de contribuir, en la medida de nuestros medios, al sostenimiento de nuestra Iglesia, para que nuestros pastores puedan concentrarse en su misión de enseñar. Pero, ¡ojo!, que esa Palabra sea cónsona con el mensaje de Cristo.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEMANA XXII DE T.O. (2) 04-09-14

Pescadores de hombres 3 sm

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy es la versión de Lucas de la “pesca milagrosa” (Lc 5,1-11). La mayoría de los exégetas enfatizan de este pasaje el simbolismo de la barca como imagen de la Iglesia, Pedro como cabeza de la Iglesia, y el echar las redes como la predicación de la Iglesia (que se configura con la expresión de Jesús al final del pasaje: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”). No obstante, teniendo en mente que en el relato de Lucas “discípulo” es sinónimo de “cristiano”, dividiremos el pasaje en tres partes: la gente que “se agolpaba” alrededor de Jesús para escuchar su Palabra, los discípulos que confían en esa Palabra y se hacen a la mar en contra de toda lógica, y los que lo abandonan todo para seguir a Jesús (“…dejándolo todo, lo siguieron”).

La primera distinción que establece el relato es entre aquellos que lo escuchaban y los discípulos que confían en su Palabra. Simón es un pescador profesional, él sabe que la noche es el momento propicio para la pesca (“nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada”). Ahora viene Jesús, que es un carpintero que no sabe de pesca, y le dice: “Rema mar adentro, y echa las redes para pescar”. Están cansados, lo que Jesús le pide es contrario a su experiencia. Aun así, Pedro decide confiar en Su palabra (“por tu palabra, echaré las redes”), con resultados extraordinarios: “Hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían”.

Pedro y los discípulos que le acompañaban confiaron en Jesús y en su Palabra. Por los resultados maravillosos obtenidos comprendieron, no solo la necesidad de creer en Su Palabra, sino que no hay tal cosa como un tiempo propicio para predicar el Evangelio que Jesús nos envía a predicar (Cfr. Mc 16,15-20). Hay que hacerlo “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2). Y cuando Jesús está sentado en nuestra barca, como lo estaba en la de Simón, el resultado no se hace esperar. Pero para lograr ese resultado tenemos que “echarnos a la mar”. No podemos permanecer tranquilos en la orilla. Como nos ha dicho el papa Francisco, tenemos que abrir las puertas de la Iglesia, no para que la gente entre, sino para salir nosotros a la calle a “armar líos”. Tenemos que escuchar su Palabra, confiar en ella, y actuar conforme a ella. Así nos convertiremos en “pescadores de hombres”.

Luego viene la verdadera actitud del discípulo; dejarlo todo y seguirle. Esta es tal vez la parte más difícil, sobre todo por el apego natural que sentimos por las cosas de este mundo. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no tenemos que tomar esto literalmente. Lo que esto significa es que pongamos a Jesús como el centro de nuestras vidas, que todas las cosas terrenales palidezcan, se conviertan en secundarias, a nuestro seguimiento de Jesús.

“Señor, que Jesús tu Hijo obre y actúe con y en nosotros, para que cada uno de nosotros tengamos el valor de decir: Aquí me tienes, Señor, envíame como tu mensajero” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEMANA XXII DEL T.O. (2) 01-09-14

comprender las escrituras

“Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Cor 2,1-5).

Esa breve primera lectura que nos propone la liturgia para hoy, encierra el secreto de lo que es la verdadera predicación. Al leerla vino a mi memoria un libro escrito por el P. Emiliano Tardiff: Jesús está vivo. En ese libro el Padre Tardiff recordaba cómo cuando él comenzó a predicar preparaba unas homilías bien profundas, citando los grandes autores clásicos y teólogos modernos; las escribía y luego las leía para que no se quedara nada. Hasta que un día, poco antes de comenzar una predicación sintió la voz del Señor que le dijo: “Si tú que tienes tantos estudios y has leído tanto no eres capaz de grabártelo en la memoria solo para repetirlo, ¿cómo quieres que esta gente sencilla que no tiene la misma preparación que tú, lo grabe en su corazón para vivirlo?”

Ese día comprendió que aquello que él predicaba no era lo que la gente quería, lo que necesitaba escuchar, y cambió su predicación para testimoniar el poder de Dios, y lo que Él está haciendo ahora, hoy. En otras palabras, compartir con los demás las historias del amor de Dios, las maravillas que Dios había hecho en él, su experiencia de Dios. No de un Jesús distante que vivió hace dos mil años, sino de ese Jesús que está vivo y presente entre nosotros.

No se trata ya de decir a la gente quién es Dios, sino qué significa Dios en mi vida, cómo esta ha cambiado desde que comencé mi relación amorosa con Él, y compartir esa experiencia con los demás. Yo pasé por el mismo proceso que el P. Tardiff, y la lectura de ese libro cambió mi predicación. Es la diferencia entre mostrar a alguien una foto de las cataratas del Niágara, y llevarle allí a contemplarlas en toda su majestuosidad, sintiendo el ruido, la vibración, cómo la piel se humedece con el rocío que invade todo el litoral.

Precisamente, ese fue el secreto de la predicación de Pablo, quien se valió, no de su sabiduría (de hecho, era un hombre con muchos estudios) ni de su elocuencia, sino de su conocimiento del Crucificado, producto de aquél encuentro en el camino a Damasco (Hc 9,1-22), y cómo ese encuentro había cambiado su vida para siempre.

Ese es el evangelio que todos estamos llamados a predicar con nuestro ejemplo de vida. Compartir con todos nuestra experiencia de Jesús, y cómo ese encuentro con el Jesús resucitado ha cambiado nuestras vidas, como lo hizo con Pablo, “para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”.

He aquí el proyecto que les propongo para la semana que comienza. Y no teman, recuerden que “para Dios, todo es posible” (Mt 19,26).

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA DEL MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA 29-08-14

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Hoy celebramos la memoria obligatoria del martirio de Juan el Bautista. La lectura evangélica de hoy (Mc 6,17-29) nos presenta la versión de Marcos del martirio de Juan. Algunos ven en este relato un anuncio de la suerte que habría de correr Jesús a consecuencia de la radicalidad de su mensaje. Juan había merecido la pena de muerte por haber denunciado, como buen profeta, la vida licenciosa que vivían los de su tiempo, ejemplificada en el adulterio del Rey Herodes Antipas con Herodías, la esposa de su hermano Herodes Filipo. Jesús, al denunciar la opresión de los pobres y marginados, y los pecados de las clases dominantes, se ganaría el odio de los líderes políticos y religiosos de su tiempo, quienes terminarían asesinándolo.

Juan, el precursor, se nos presenta también como el prototipo del seguidor de Jesús: recio, valiente, comprometido con la verdad. La suerte que corrieron tanto Juan el Bautista como Jesús fue extrema: la muerte. Marcos coloca este relato con toda intención después del envío de los doce, para significar la suerte que podía esperarles a ellos también, pues la predicación de todo el que sigue el ejemplo del Maestro va a provocar controversia, porque va a obligar a los que lo escuchan a enfrentarse a sus pecados. De este modo, el martirio de Juan el Bautista se convierte también en un anuncio para los “doce” sobre la suerte que les espera.

Aunque nos parezca algo que ocurrió en un pasado distante, algunos se sorprenden al enterarse que todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay hombres y mujeres valientes que pierden la vida por predicar el Evangelio de Jesucristo. De ese modo sus muertes se convierten en el mejor testimonio de su fe. De hecho, la palabra “mártir” significa “testigo”.

Hemos dicho en innumerables ocasiones que el seguimiento de Jesús no es fácil, que el verdadero discípulo de Jesús tiene que estar dispuesto a enfrentar el rechazo, la burla, el desprecio, la difamación, a “cargar su cruz”. Porque si bien el mensaje de Jesús está centrado en el amor, tiene unas exigencias de conducta, sobre todo de renuncias, que resultan inaceptables para muchos (Cfr. Jn 6,60-67). Quieren el beneficio de las promesas sin las obligaciones.

El verdadero cristiano tiene que predicar a Cristo; ¡a Cristo crucificado! “Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios” (1 Co 1,17-18).

Por eso el que confía en Jesús y en su Palabra salvífica enfrenta las consecuencias del seguimiento con la certeza de que no está solo. Eso es una promesa de Dios, y Dios nunca se retracta de sus promesas (Cfr. 1 Pe 10,23). Esa es la verdadera “esperanza del cristiano”, que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que es “la virtud teologal por la cual deseamos y esperamos de Dios, con una firme confianza, la vida eterna y las gracias para merecerla, porque Dios nos lo ha prometido”.

Para invitar a Héctor

En plena faena

Como parte de nuestro ministerio, estamos disponibles para participar en la formación de sus comunidades o grupos, y compartir nuestras experiencias marianas, así como otros temas de interés relacionados con nuestra fe, mediante retiros, acompañamiento, predicaciones, charlas, reflexiones, o seminarios.

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SOLEMNIDAD DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN, FUNDADOR DE LA ORDEN DE PREDICADORES 08-08-14

Santo Domingo nuestro Padre VERITAS

Aunque para nuestra Provincia Eclesiástica hoy es “Memoria”, la Orden de Predicadores (Dominicos) celebra hoy, 8 de agosto, la Solemnidad de nuestro padre y fundador Santo Domingo de Guzmán, por lo que en esta fecha celebramos la liturgia propia de la solemnidad, apartándonos de las lecturas correspondientes al tiempo ordinario.

El año pasado publicamos una reflexión sobre las lecturas propias de la solemnidad, a la cual les referimos.

Santo Domingo de Guzmán nació en Caleruega (España), alrededor del año 1170. Realizó sus estudios teológicos en Palencia y fue nombrado canónigo de la Iglesia de Osma. Incansable predicador, con su predicación y con su vida ejemplar, combatió con éxito la herejía albigense. Junto a otros que se le unieron en esa empresa, fundó la Orden de Predicadores. Murió en Bolonia el día 6 de agosto del año 1221. Fue canonizado en el año 1234.

Vivió una vida ejemplar dedicado a la oración, el estudio, la contemplación, y la santa predicación, características que imprimió a la Orden de Predicadores. La Orden se apresta a celebrar el Jubileo de los 800 años de su fundación en el 2016.

Domingo vivió la verdadera pobreza evangélica, entregándose por completo a los pobres y marginados, llegando al extremo de vender su última posesión, y la más preciada, sus libros, para repartir el dinero a los pobres.

Cuentan que apenas dormía, y pasaba la noche en vela orando y llorando por los pecados de la humanidad.

El papa Gregorio IX, al canonizar a santo Domingo dijo de él: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.

Me siento honrado de vestir el hábito de la Orden de Predicadores fundada por tan insigne santo, y me esfuerzo cada día por hacerme merecedor de esa gracia.

Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros.

 

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. 15-07-14

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Estamos acostumbrados a escuchar a Jesús pronunciar palabras de amor, llenas de misericordia; por eso nos estremece y hasta nos confunde escucharle pronunciar palabras fuertes de reproche y condenación, como las que encontramos en el evangelio de hoy (Mt 11,10-24). Jesús acaba de impartir las instrucciones a sus apóstoles antes de enviarlos en misión. Y hacia el final de esas instrucciones ya les había dicho que si en algún lugar no los recibían bien, que se sacudieran el polvo de los pies y continuaran su camino a otro lugar en el cual estuvieran dispuestos a escucharles.

No hay duda, la Palabra de Jesús a veces nos resulta amenazadora, precisamente por las exigencias de vida que contiene, por lo que yo llamo la “letra chica”. No se trata de un juego, es algo bien serio. Si algo está en “juego” es nuestra salvación, la Vida eterna. Tenemos dos opciones: o aceptamos a Jesús (con todo lo que implica), o lo rechazamos. No hay términos medios. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,15).

Los habitantes de las ciudades que Él menciona en la lectura de hoy, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, donde Él realizó la mayoría de los milagros, donde predicó en las sinagogas y en las ciudades, donde pronunció el discurso de las Bienaventuranzas, no le hicieron caso (Cfr. Jn 1,11). Por eso las compara con ciudades paganas de Tiro, Sidón y Gomorra, y les anuncia que correrán una suerte peor que aquellas.

Jesús se muestra especialmente fuerte con Cafarnaún, la ciudad donde llevó  cabo la parte más significativa de su ministerio, y que sirvió como “centro de operaciones” de su misión evangelizadora: “Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno”.

Esa misma Palabra nos pregunta hoy, a cada uno de nosotros: “Y tú, ¿piensas escalar el cielo?”

¿Cuál es tu respuesta?

Está claro, para ser ciudadanos del Reino, y acreedores a la Vida eterna tenemos que imitar a Jesús, que no es otra cosa que vivir la Ley del Amor, que Él mismo resume en dos mandamientos: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37.39). Y el cumplimiento del primero se logra en el cumplimiento del segundo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Cfr. Mt 25, 31-46).

Se lee fácil, pero, Señor, ¡qué difícil se nos hace seguirte!

“Señor, Dios nuestro, abre nuestras mentes y corazones para poder percibir los signos de Tu presencia en el bien que tantos hermanos nos hacen a nosotros mismos y a los demás. Danos la gracia de poder percibir también la presencia de nuestro Señor crucificado en los afligidos y en los que sufren. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor” (Oración colecta).

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